De Belén al Calvario

 

Por el Maestro Tibetano Djwhal Khul

 

(Alice A. Bailey)

 

 

 

 


Dedicado a

M. VÍCTOR FOX

como afectuoso reconocimiento

por su compañerismo en el

servicio prestado y por su

comprensivo corazón.

 

 

 

Prefacio

 

ESTE libro sale a la luz con el ferviente deseo de que sus efectos sean totalmente constructivos y lleven a una profundización de nuestra creencia en Cristo y a un reconocimiento más amplio de la obra que vino a iniciar. Muchos años de trabajo como evange­lista y como maestra en el campo de los principios cristianos, y un ciclo difícil en el cual tuve que encarar el problema de mi pro­pia relación con Cristo y el cristianismo, me llevaron a dos reconocimientos definidamente claros y precisos: reconocer, primero, la realidad de la Individualidad de Cristo y Su misión y, segundo, que el desarrollo de la conciencia y naturaleza crísticas, en el hom­bre como individuo y en la raza como un todo, contienen en sí la solución de nuestros problemas mundiales. De todo corazón me remito a las palabras de Arthur Weigall: (1)

 

       "Sin embargo, el Jesús de la historia, distinto del Jesús de la teo­logía, sigue siendo 'el camino, la verdad y la vida', y estoy convencido de que si nos concentramos sobre la figura histórica de Nuestro Señor y sus enseñanzas, sólo ello bastaría para inspirar en este siglo XX la ferviente adhesión y servicio que en siglos anteriores demostraba el hombre común, mediante la exposición de los dogmas teológicos, la ame­naza del Infierno y la celebración de complicados ritos y ceremonias".

 

El reino de Dios se halla hoy en proceso de rápida formación, como pueden atestiguarlo quienes poseen una visión del futuro y la percepción de la belleza y de la divinidad del hombre, que emergen rápidamente. Estamos pasando por un período de tran­sición entre la antigua y la nueva era, y la verdadera misión de Cristo, tan profunda y frecuentemente oscurecida por las disputas e implicancias teológicas, encierra en sí la revelación futura. El desarrollo de la humanidad garantiza el reconocimiento de Cristo y Su trabajo y la participación consciente en el reino de Dios. Este punto está maravillosamente tratado por Karl Pfleger en el siguiente párrafo:(2)

 

"Las fuerzas creadoras de todos los hombres deben cristianizarse mediante el redescubrimiento de la naturaleza crística del hombre, que se ha perdido de vista hace tanto tiempo. Debemos decirle al hombre, despojado de su divinidad y habiendo caído víctima de un humanismo puramente natural, toda la verdad sobre sí mismo y revelarle el mis­terio humano‑divino de su origen, historia y vocación. Entonces los hombres comprenderán por fin, que no son nada ni tienen un verdadero ser, si no son cristianos ni aceptan tener su ser en Cristo mismo; que donde Cristo se aparta, empieza el infierno, porque, excepto en su eterna humanidad divina, la vida del hombre no tiene significado ni justifica­ción; que ese cielo una vez captado en lo más recóndito de su ser, les permite, conjuntamente con la innúmera legión de seres humanos que pululan por el planeta, al girar en el silencio del espacio infinito, encon­trar por primera vez su morada en lo eterno del corazón humano‑divino. En sus profundidades metafísicas, el hombre y el mundo constituyen el cuerpo místico de Cristo. En circunferencias de tiempo y espacio deben convertirse en el cuerpo místico de Cristo. Ésta es la vocación histórica de la humanidad y no otra".

 

 La evocación consciente de la vida crística en el corazón huma­no y nuestra rápida integración en el reino de Dios, es la tarea inmediata que nos espera, incluyendo nuestra responsabilidad, oportunidad y destino.

 

Quiero aclarar que en las numerosas citas que empleo en este libro, trato de demostrar cuánto se ha extendido este reconoci­miento. Los libros mencionados me trajeron mucha luz e inspira­ción. No obstante, debo aclarar enfáticamente, que ninguno de los autores citados deben considerarse en modo alguno solidarios con mi punto de vista.

 

Para terminar, deseo agradecer a los señores William Cumings y Alan Murray, por la ayuda voluntaria e inteligente que me han prestado, posibilitando la aparición de este libro.

 

(1)       The Paganism in Our Christianity, pág. 16.

(2)       WrestIers with Christ, pág. 293.

 

 

 

 

  De Belén al Calvario

 

De todos los que buscaron mi cuna en Belén

escuchando una voz y siguiendo una estrella,

¿Cuántos me acompañaron al Calvario?

Estaba demasiado lejos.

 

La gloria rodeaba al niño del establo,

y también la esperanza de los hombres que luchaban

Mas esa esperanza colmada, les llegó            por lo perdido.

en mi corona de espinas y a través de mi cruz.

 

La verdad fue mi espada y el dolor mi respaldo,

que conferí a quienes continuaron mi senda.

Un jumento enjaezado fue el corcel

que elegí para cabalgar.

 

Así pasó la gloria de Belén,

y los dones de los Reyes y los Magos de Oriente;

así pasaron las multitudes y sólo doce

estuvieron en el festín.

 

De humilde pan servido en el aposento alto,

donde el triste cáliz pasó de mano en mano

en prueba de mi amor por el género humano

que puebla la tierra.

 

Cuando en Getsemaní oré en soledad

pidiendo se apartara el cáliz más amargo,

no pudieron velar conmigo una sola hora

hasta el alba.

 

Muchos buscaron mi cuna en Belén

escuchando una voz y siguiendo una estrella,

pero sólo Simón me siguió hasta el Calvario.

Estaba demasiado lejos.

 

H. Le Gallienne.

      Reproducido con el permiso de

      The New York Times y del autor.

 

 

 

 

CAPÍTULO 1

 

NOTAS PRELIMINARES SOBRE LA INICIACIÓN

 

 

 PENSAMIENTO CLAVE

 

"Existe una humana apetencia de Dios, pero también hay apetencia divina por el hombre. Dios es la idea suprema, la preocupación y el deseo supremo del hombre. El hombre es la idea suprema, la preocupación y el deseo supremo de Dios. El problema de Dios es un problema humano. El pro­blema del hombre es un problema divino... El hombre es la contraparte de Dios y de Su bienamado, del cual espera amor recíproco. El hombre es la otra persona del divino misterio. Dios necesita al hombre. Su voluntad no sólo es que Él exista, sino que exista también el hombre, el Amante y el amado".

            

                                    Wrestlers with Christ, por KARL PFLEGER, pág. 236.

 

 

1

 

Estamos en el proceso de pasar de una era religiosa a otra. Las actuales tendencias espirituales se van definiendo cada vez más. Los corazones de los hombres nunca han estado más abiertos que ahora a la impresión espiritual, y la puerta hacia el propio centro de la realidad está abierta de par en par. Sin embargo, paralela­mente, este significativo desarrollo ha dado un giro en dirección contraria y las filosofías materialistas y las doctrinas negativistas prevalecen cada vez más. Para muchos, toda la cuestión de la va­lidez de la religión cristiana debe aún determinarse. Se sostiene que el cristianismo ha fracasado y que el hombre no necesita el relato del Evangelio con sus implicancias de divinidad y su inci­tación al servicio y al sacrificio.

 

El Evangelio ¿es históricamente verdad? ¿Se trata de una na­rración mística de gran belleza y de verdadero valor educativo, que sin embargo no es de importancia vital para los hombres y mujeres inteligentes que se enorgullecen hoy de sus poderes de  razonar, de su independencia de los antiguos impedimentos men­tales y de las viejas y polvorientas tradiciones? Acerca de la des­cripción sobre la perfección del carácter de Cristo no existe duda alguna. Los enemigos del cristianismo admiten Su excepcionalidad, Su básica profundidad, Su comprensión de los corazones de los hombres. Reconocen lo inteligente de Sus ideas y las apoyan en sus propias filosofías. Los desarrollos que el Carpintero de Nazareth causó en la trama de la vida humana, Sus ideales sociales y económicos y la belleza de la civilización que podría fundarse sobre las enseñanzas éticas del Sermón de la Montaña, son des­tacados con frecuencia por la mayoría de quienes rehúsan reco­nocer Su misión como expresión de la divinidad. Desde el punto de vista racional, la cuestión de la autenticidad histórica del rela­to de Su vida permanece aún sin resolverse, aunque Su enseñanza sobre la Paternidad de Dios y la hermandad del hombre, está res­paldada por las mentalidades más sobresalientes de la raza. Los que se mueven en el mundo de las ideas, de la fe y de la experiencia viviente, dan testimonio de Su divinidad y de nuestro posible acer­camiento a Él. Pero tal testimonio es considerado a menudo con ligereza, como místico, fútil y carente de pruebas. La creencia individual, después de todo, no es de valor para nadie, excepto para el propio creyente, o en lo que tiende a acrecentar el testi­monio hasta asumir tales proporciones que con el tiempo se con­vierta en una prueba. Respaldarse en un "tipo de creencia", puede indicar una experiencia viviente y constituir una especie de autohipnotismo y una "vía de escape" de las dificultades y problemas de la vida cotidiana. El esfuerzo por comprender, adquirir expe­riencia, experimentar y expresar lo que se conoce y cree, es fre­cuentemente demasiado difícil, para la mayoría, por eso se res­paldan en una creencia basada en el testimonio de quienes ins­piran confianza, como la forma más fácil de salir del paso.

 

Los problemas de la religión y los del cristianismo ortodoxo, no son una ni la misma cosa. H. Fielding (1) aclara bien esta dife­rencia, diciendo:

 

"Lo que llaman religión, yo lo llamo solamente razonamiento acerca de la religión. Los dogmas y los credos no constituyen la religión. Son síntesis de las razones que dan los hombres para explicar los hechos de la vida que constituyen la religión, así como las filosofías son síntesis de las teorías que expresan los hombres para explicar otros hechos. Tanto los credos como las filosofías surgen de la razón. Son especulacio­nes, no hechos. Son términos pesimistas del cerebro. La religión es algo distinta, es una serie de hechos".

 

       Gran parte de la crítica e incredulidad que nos circunda, así como también la negación a lo que llamamos verdades, se basa en el hecho de que la religión ha sido reemplazada en gran parte por un credo, y la doctrina ha tomado el lugar de la experiencia viviente, que es la nota clave de este libro.

 

Quizás otra razón por la cual la humanidad cree actualmente tan poco, o duda tan lamentablemente sobre lo que se cree, sea el hecho de que los teólogos trataron de sacar al cristianismo del lugar que ocupa en el esquema de las cosas y pasaron por alto su posición en la gran continuidad de la revelación divina. Trata­ron de acentuar su excepcionalidad, considerándola totalmente una independiente y aislada expresión de la religión espiritual. Con ello destruyen su raigambre, sacuden sus cimientos y hacen que resulte difícil, para la mente humana que se va desarrollando constantemente, aceptar su presentación. Sin embargo, San Agus­tín dice que "la denominada religión cristiana existió entre los antiguos, y no desde el comienzo de la raza humana hasta que Cristo encarnó, en esa época la verdadera religión que ya existía comen­zó a llamarse cristianismo". (2) La sabiduría que expresa relación con Dios, las reglas del sendero, que guían nuestros errantes pasos de retorno al hogar del Padre, y las enseñanzas que trae la reve­lación, siempre han sido las mismas a través de las edades, e idénticas a las que Cristo enseñó. Este conjunto de verdades inter­nas y esta riqueza de conocimiento divino han existido desde tiempo inmemorial. Tal es la verdad que Cristo reveló, pero hizo algo más. Reveló en Sí Mismo y a través de Su vida, lo que estos cono­cimientos y sabiduría podrían hacer por el hombre. Demostró la total expresión de la divinidad en Sí Mismo y ordenó a sus discí­pulos hacer lo propio.

 

En la continuidad de la revelación, el cristianismo entra en su ciclo de expresión bajo la misma ley divina que rige a toda ma­nifestación –la Ley de la Aparición Cíclica. La revelación pasa primero por todos las fases de la manifestación o apariencia de la forma, luego por el crecimiento y desarrollo y, finalmente (cuan­do el ciclo se aproxima a su fin), la cristalización, y un gradual pero constante énfasis puesto sobre la letra y la forma, hasta que la muerte de la forma sea inevitable y oportuna. Pero el espíritu sigue viviendo y toma nuevas formas. El Espíritu de Cristo es in­mortal, y así como Él vive eternamente, lo que Él encarnó para demostrarlo, también debe vivir. La célula en la matriz, la etapa de lo diminuto, el desarrollo del niño, hasta convertirse en hombre,  a todo esto se sometió el Cristo, pasando por todos los pro­cesos que configuran el destino de cada hijo de Dios. Debido a esta sumisión y a que "porque padeció, aprendió la obediencia”, (3) se confió en que Él podía revelar a Dios al hombre y (si puede decirse) lo divino en el hombre a Dios. Los Evangelios demues­tran que Cristo continuamente proclamaba este reconocimiento del Padre.

 

Esta gran continuidad de la revelación es nuestra posesión más preciada, y en ella encaja y debe encajar la religión de Cristo. Dios nunca ha quedado sin testigos y nunca quedará. Con frecuen­cia olvidamos el lugar que ocupa el cristianismo como realización del pasado y como peldaño hacia el futuro, siendo quizás ésta una de las razones de por qué la gente habla de un cristianismo deca­dente y espera esa revelación espiritual que parece ser tan nece­saria. De no hacer hincapié sobre esta continuidad y del lugar que ocupa en ella la fe cristiana, puede llegar la revelación y no ser reconocida.

 

"Se dice que antiguamente todo país que poseía una civilización, tenía una doctrina esotérica, un sistema denominado SABIDURIA, y a quienes se dedicaban a su divulgación se los denominaba al principio eruditos o sabios... Pitágoras denominó a este sistema... Gnosis o Conocimiento de las cosas existentes. De acuerdo a la noble designación de SABIDURIA, los antiguos maestros, los sabios de la India, los magos de Persia y de Babilonia, los videntes y profetas de Israel, los hierofantes de Egipto y de Arabia y los filósofos de Grecia y de Occidente, abarca­ron todo el conocimiento, que consideraron esencialmente divino, clasi­ficándolo en parte como esotérico y el resto como externo". (4)

 

Conocemos mucho sobre enseñanza exotérica. El cristianismo ortodoxo y teológico se funda en ella, como toda formulación orto­doxa de las grandes religiones. Sin embargo, cuando se olvida la enseñanza sobre la sabiduría interna y se ignora el aspecto eso­térico, desaparecen el espíritu y la experiencia experimental vi­viente. Nos ocupamos de los detalles, de la forma externa de la fe y olvidamos lamentablemente el significado interno que pro­porciona vida y salvación al individuo y a la humanidad. Batalla­mos arduamente por lo no esencial de las interpretaciones tradi­cionales y no enseñamos el secreto y la técnica de la vida cristiana. Recalcamos preferentemente los aspectos doctrinales y dogmáticos y deificamos la letra, mientras tanto el alma del hombre clama por el espíritu de la vida, velado por la letra. Nos apasionamos por el aspecto histórico de la narración evangélica, el elemento tiempo, la exactitud de las numerosas traducciones, pero no percibimos la magnificencia verdadera de la realización de Cristo y la signifi­cativa enseñanza que encierra para el hombre y la raza. El drama de Su vida y su aplicación práctica a las vidas de Sus seguidores, se ha perdido de vista por la indebida importancia dada a ciertas frases que se Le atribuyen, mientras que lo que expresó con Su vida y las relaciones que recalcó y consideró implícitas en Su reve­lación, fueron totalmente ignoradas. Puede decirse que:

 

"El cristianismo posee un contenido característico, independiente de todos los elementos contenidos en él. Este contenido simple es única­mente Cristo. En el cristianismo como tal, encontramos a Cristo y sólo a Él. Esta verdad fue enunciada repetidamente, pero se ha asimilado muy poco. Lo nuevo, original y excepcional en el cristianismo no con­siste en doctrinas generales, sino en hechos concretos; no es el conte­nido especulativo de Sus ideas, sino su encarnación en la viviente perso­nalidad histórica de Quien pudo llamarse el camino, la verdad y la vida. Cristo es la síntesis viviente y personal de toda verdad religiosa revela­da en el transcurso de los siglos. Y Él puede ser valorado y comprendido sólo a la luz de una síntesis religiosa y filosófica que 'abarque el conte­nido total de la evolución religiosa sin excluir ni un solo elemento positivo’ ". (5)

 

Defendemos al Cristo histórico y, en la lucha, perdemos de vista Su mensaje de amor a todos los seres. Los fanáticos discuten sobre Sus palabras y olvidan que fue "el Verbo hecho carne". Argumentarnos acerca del Nacimiento virginal del Cristo y olvi­damos la verdad que la Encarnación está destinada a enseñarnos. Evelyn Underhill señala en su valiosa obra Mysticism, que "la Encarnación, que para el cristianismo popular es sinónimo del nacimiento histórico y la vida terrena del Cristo, para el místico no sólo es eso, sino un proceso perpetuo, cósmico y personal".

 

Los estudiosos dedican su vida a probar que toda la historia es únicamente un mito. Debería tenerse en cuenta, no obstante, que un mito es una creencia sintetizada y un conocimiento del pasado, trasmitido para guiarnos y formar los cimientos de una nueva revelación y un peldaño para la siguiente verdad. Un mito es una verdad probada y válida que sirve de puente para salvar el abis­mo entre el conocimiento adquirido en el pasado y la verdad for­mulada en el presente, con infinitas y divinas posibilidades para el futuro. Los antiguos mitos y misterios proporcionan una pre­sentación correlativa del mensaje divino tal como surgió de Dios, en respuesta a las necesidades del hombre, a través de las edades. La verdad de una era se convierte en el mito de la siguiente, pero su significación y realidad permanecen intocables y requieren sólo una nueva interpretación en el presente. Esto está bellamente ex­presado en los párrafos dados a continuación y merecen un cuida­doso estudio: (6)

 

  “...hecho y mito son en última instancia, indisolubles; que el uno pueda ser los muchos y los muchos uno, es la excepcional y suprema paradoja de la verdad, irreductible para el hombre.

 

"Pero el hombre llega a ser el amo de su destino, y cuanto más leal­mente se aplique a los hechos, tanto más fiel será su reverencia por el mito.

 

"Pues en realidad es el reflejo del sentido común en el alma del hom­bre término medio, en su experimento y experiencia con la naturaleza de la Naturaleza y con la suya propia; los mitos constituyen la diná­mica espiritual que, inspira a cada hombre en su momento más elevado, en el del más elevado de los hombres (el Amante verdadero), el precursor y el protagonista, el poeta y el artista, el maestro y el predicador, el filósofo y el estadista, el sacerdote y el profeta, el héroe y el santo.

 

"Esas miríadas de formas de la realidad, el mito evolucionante, san­tifica el espíritu del tiempo en cada sucesiva civilización; la propia crea­ción corporal del hombre es invisible, imperceptible y omnipotente, y brinda a cada individuo su oportunidad..., pero dentro de esa forma el hombre tiene libertad para elegir voluntariamente entre las innumerables facetas."

 

Así que somos libres de elegir y de rechazar; pero debemos elegir con los ojos que la sagacidad y la sabiduría nos han abierto, señal característica de quienes se internaron considerablemente en el sendero de retorno. Existen vida, verdad y vitalidad, en la historia del Evangelio, que deben ser aplicadas nuevamente por nosotros. En el mensaje de Jesús hay dinámica y divinidad.

 

El cristianismo es hoy, para nosotros, una religión culminante y la más grande de las últimas revelaciones divinas. Gran parte de ella, desde su origen, hace dos mil años, terminó por ser consi­derada corno un mito, y los claros delineamientos de la historia se han oscurecido hasta el punto de ser frecuentemente conside­rados simbólicos. Sin embargo, detrás del mito y del símbolo, se halla la realidad –una verdad esencial, dramática y práctica. Esto ha sido suscintamente expresado por Richard Rothschild: (7)

 

“...una realidad es siempre la encarnación de una idea, es decir, un significado, un valor, un símbolo... En verdad, el símbolo fija la idea misma. Sin palabras ningún pensamiento sería posible; sin las pincela­das, ningún cuadro tomaría forma ni aún en la mente del artista. Por eso, al referirnos a la religión, en la que el género humano trata de incorporar sus conceptos más generales, descubrimos que el simbolismo es esencial".

 

      El símbolo y la forma externa acaparan nuestra atención, mien­tras que el significado permanece oscurecido y no afecta suficien­temente nuestras vidas. En nuestro miope análisis de la letra, perdemos la significación de la Palabra misma. Debemos penetrar detrás del símbolo hasta lo que éste encarna, y apartar nuestra atención del mundo de las formas externas, hacia el de las reali­dades internas. Hermann Keyserling, (8) se refiere a esto, en las pa­labras siguientes:

 

"El proceso de trasladar los niveles de la letra al significado interno, en las actitudes espirituales, puede ser explicado claramente con una simple suposición. Consiste en ‘ver a través’ del fenómeno. Todo fenómeno viviente es antes y después de todo, un símbolo, porque la esencia de la vida es significado. Pero todo símbolo, que es la máxima expresión de un estado de conciencia, trasparenta en sí otra expresión más profunda, y así sucesivamente hasta la eternidad, porque todas las cosas en el sentido vinculador de la vida están internamente conectadas, y sus profundidades tienen sus raíces en Dios.

 

"Por consiguiente, ninguna forma espiritual puede ser la máxima expresión; todo significado, que ha sido penetrado, se convierte automá­ticamente en una mera expresión de la letra, de otra más profunda, y de allí que el antiguo fenómeno toma un nuevo y distinto significado. Así las religiones católica, protestante, católica griega, islámica y bu­dista, pueden en principio continuar siendo lo que fueron en el plano de esta vida y, no obstante, significar algo totalmente nuevo."

 

La única excusa para la aparición de este libro es que consti­tuye una tentativa para penetrar en ese significado más profundo que subyace en los grandes acontecimientos de la vida de Cristo y llevar renovada vida e interés a la aspiración debilitada del cristiano. Si se puede demostrar que la historia revelada en los Evangelios no sólo es aplicable al Personaje divino que vivió du­rante un tiempo entre los hombres, sino que tiene un significado y significación prácticos para el hombre civilizado de hoy, enton­ces se habrá logrado algún objetivo y prestado cierto servicio y ayuda. Posiblemente hoy –debido a nuestra evolución más avan­zada y a la capacidad de expresarnos mediante graduaciones de conciencia sutilmente desarrolladas—, podamos captar la ense­ñanza con una visión más clara y aplicar más inteligentemente la lección indicada. Este gran Mito nos pertenece –seamos suficien­temente valientes para emplear este término en su verdadero y co­rrecto significado. Un mito puede transformarse en una realidad en la experiencia de un individuo, porque es una realidad que pue­de probarse. Nos apoyamos en los mitos, pero debemos tratar de volver a interpretarlos a la luz del presente. Por el experi­mento autoiniciado podemos probar su validez, por la experiencia  podemos establecer que son fuerzas que rigen nuestras vidas, y por su expresión demostrar su verdad a los demás. Éste es el tema del presente libro, pues trata los hechos referidos en el Evan­gelio, ese quíntuple mito correlativo que enseña la revelación de la divinidad en la persona de Jesucristo, una verdad eterna en su sentido cósmico e histórico y en su aplicación práctica para el individuo. El mito se divide en cinco grandes episodios:

 

1.      El Nacimiento en Belén.

 

2.      El Bautismo en el Jordán.

 

3.      La Transfiguración en el Monte Carmelo.

 

4.      La Crucifixión en el Gólgota.

 

5.      La Resurrección y la Ascensión.

 

Nuestra tarea consiste en develar su significado y reinterpre­tarlos en términos modernos.

 

 La historia del hombre ha alcanzado un punto de crisis y de culminación debido a la influencia del cristianismo. Como miem­bros de la familia humana, el hombre ha llegado a un nivel de integración desconocido en el pasado, excepto en el caso de una selecta minoría en cada país. El hombre es, como dicen los psicó­logos, un conjunto de organismos físicos, de fuerza vital, de es­tados psíquicos o condiciones emocionales, y de reacciones mentales o pensantes. El hombre está preparado para que se le indique su siguiente transición, desarrollo o desenvolvimiento. Espera esto y está alerta para aprovechar la oportunidad. La puerta hacia un mundo de existencia y conciencia superiores está abierta de par en par; el camino al reino de Dios está claramente marcado. Muchas entraron en ese reino en el pasado, despertaron y se en­contraron en un mundo de existencia y comprensión, que para la mayoría el un misterio cerrado. La gloria del momento presente reside en que miles de seres se hallan ya preparados y (si se les da la instrucción necesaria) pueden ser iniciados en los misterios de Dios. Un nuevo desarrollo de la conciencia es hoy posible; una nueva meta ha surgido y rige las intenciones de la mayoría. Como raza, estamos definidamente encaminados hacia un nuevo conoci­miento, nuevos reconocimientos y un mundo más profundo de valores. Lo que ocurre en el plano externo de la experiencia, es señal de un acontecimiento en un mundo más sutil de significados. Para ello debemos prepararnos.

 

Vimos que la revelación cristiana unifica las enseñanzas del pasado. Esto Lo indicó Cristo Mismo cuando dijo: "No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas, no he venido para abrogar, sino para cumplir". (9) Cristo encarnó todo el pasado  y reveló al hombre sus más altas posibilidades. Las palabras del Dr. Berdyaev (10) arrojan más luz sobre el tema:

 

"La revelación cristiana es universal, y todo la analogía que existe en otras religiones, es sencillamente una parte de esa revelación. El cristianismo no es una religión del mismo orden que otras; como ha dicho Schleiermacher, es la religión de las religiones. ¿Qué importancia tiene si dentro del cristianismo, que se supone es tan distinto de las otras creencias, no hay nada de original fuera de la venida de Cristo y de Su, Personalidad?, ¿no es precisamente sobre esto que se cumple la espe­ranza de todas las religiones?".

 

Cada gran período de tiempo y cada ciclo mundial tendrá –por la amorosa bondad de Dios— su religión de religiones que sinte­tiza todas las revelaciones pasadas e indica la esperanza futura. La actual expectativa: del mundo demuestra que estamos al borde de una nueva revelación, revelación que en modo alguno negará nuestra divina herencia espiritual, sino que, a la maravilla del pasado, agregará una clara visión del futuro. Expresará lo divino, algo hasta ahora no revelado. Por lo tanto, es posible que la comprensión de algunos de los significados más profundos de la historia del Evangelio, permita al buscador moderno captar una síntesis más amplia del tema.

 

Algunas de esas implicaciones más profundas se trataron en una obra publicada hace muchos años, titulada The Crisis of the Christ, escrita por un cristiano veterano, el Dr. Campbell Morgan. Tomó los cinco episodios principales de la vida del Salvador, en torno a los cuales se ha erigido todo el Evangelio, y los aplicó, amplia y generalmente, impartiéndonos la comprensión de que Cristo no sólo pasó por esas dramáticas experiencias, sino que nos dejó el definido mandato de "seguir Sus pasos". (11) ¿No es posible que esos grandes hechos en la experiencia de Cristo, esos cinco aspectos personificados del mito universal, puedan tener, para nosotros, como individuos, un interés más allá de lo histórico y lo personal? ¿No es posible que encarnen una experiencia o em­presa iniciática por la cual podrán ahora muchos cristianos experimentar y así obedecer Su mandato de entrar en una nueva vida? ¿Acaso no debemos todos nacer de nuevo, ser bautizados en Espí­ritu y transfigurados en la cima de la montaña de la experiencia viviente? ¿No tiene acaso la mayoría la crucifixión por delante, que conduce a la resurrección y a la ascensión? ¿Y no habremos interpretado esas palabras en un sentido muy estrecho, con una implicancia demasiado sentimental y común, por cuanto pueden  indicar, a quienes están preparados, un camino especial y un modo más rápido de seguir los pasos del Hijo de Dios? Éste es uno de los puntos que nos conciernen y que este libro tratará de desarrollar. Si puede descubrirse este significado, más intenso, si el drama del Evangelio puede llegar a ser, de alguna manera particular, el drama de las almas que ya están preparadas, en­tonces podremos ver la resurrección de las esencialidades del cris­tianismo y la revivificación de la forma que va cristalizándose con tanta rapidez. De este modo, "el credo y la teología serán nuevamente importantes para nosotros, se convertirán en los te­soros esenciales de la religión, porque en ellos la raza conserva edad tras edad, los factores determinantes de todo valor hu­mano”. (12)

 

2

 

Resulta interesante recordar que otras enseñanzas además de las dadas por el cristianismo, han hecho hincapié en estas cinco importantes crisis que ocurren, si se desea, en la vida de los seres humanos que se respaldan en su esencial divinidad. Tanto las ense­ñanzas hindúes como las creencias budistas, las destacaron como crisis evolutivas, que no podremos finalmente evadir; la correcta comprensión de la interrelación de estas grandes religiones mun­diales, puede traer con el tiempo una mejor comprensión de todas ellas. La religión de Buda, que precedió a la de Cristo, expresa las mismas verdades básicas, pero las establece en términos diferen­tes, que pueden, sin embargo, ayudarnos a alcanzar una interpre­tación más amplia del cristianismo.

    

     "El budismo y el cristianismo originaron respectivamente de dos inspirados momentos de la historia: la vida de Buda y la vida de Cristo. Buda dio Su doctrina para iluminar al mundo; Cristo dio Su vida. Corresponde a los cristianos discernir la doctrina. Quizás, en última instancia, la parte más valiosa de la doctrina de Buda sea la interpreta­ción de su vida”. (13)

 

Las enseñanzas de Lao‑Tzu pueden servir también para el mismo propósito. La religión eventualmente debe ser un compen­dio, extraído de muchas  fuentes y formado por muchas verdades. Resulta por lo tanto lícito pensar que si en la actualidad debiéramos elegir un credo, podríamos escoger el cristianismo por esta razón específica: el problema central de la vida es aferrarnos a  nuestra divinidad y ponerla de manifiesto. En la vida de Cristo tenemos la demostración más completa y perfecta y el ejemplo de una divinidad vivida exitosamente en la tierra, vivida como la mayoría de nosotros debe hacerlo, no en el retiro, sino en medio de las tormentas y las tensiones.

 

Representantes de todos los credos se reúnen hoy para tratar la posibilidad de encontrar una plataforma, de tal universalidad y verdad, que todos los hombres puedan unirse en torno a ella, y en la cual podría basarse la futura religión mundial. Tal vez esto pueda encontrar una interpretación y comprensión más clara de los cinco relevantes episodios, en su relación excepcional y práctica, no sólo con el individuo, sino con toda la humanidad. Este conocimiento nos atará más definidamente al pasado, nos introducirá en la verdad existente entonces, y señalará nuestro de­ber y meta inmediatos, que al ser comprendidos, nos permitirá vivir en forma más divina y servir más adecuadamente, logrando así que la voluntad de Dios fructifique en la tierra. Lo importante es el significado interno y nuestra relación individual con ello. Como cierto escritor dice:

 

"Por lo tanto, formas externas de una religión, proporcionan muy escasos indicios de su significado. Un autor señala, por ejemplo, que el cristianismo 'derivó sus prácticas fundamentales e incluso varios de sus sacramentos, de las creencias religiosas y de los ritos del hombre primitivo; su cosmogonía y filosofía histórica, de los judíos; su fondo mesiánico, de los egipcios y judíos; su teológica, de los griegos; su filo­sofía cósmica, escatología y otras mundanalidades, de los persas; su complejo de impureza de las corrientes ascéticas, del judaísmo, de los cultos del misterio oriental y del neoplatonismo; su firmeza en la fe y su credulidad contra toda razón y observación, del neoplatonismo; su ritual y liturgia –hasta el sacramento de la misa , de los cultos de los misterios paganos; sus métodos de predicación, de los retóricos pa­ganos, y su organización, leyes y sistema financiero, del Imperio Ro­mano’“. (14)

 

“Pero todo esto se refiere sólo a la parte externa de la religión, a su credo, prácticas y ritos, en otros términos, a su simbolismo. Lo que destacamos, por otra parte, es el hecho que esas exteriorizaciones, sea cual fuera su 'origen', debieran ser reinterpretadas por cada nueva cul­tura, asimiladas por esa cultura, digeridas por ella e integradas en su restante trasfondo de conceptos”. (15)

 

La comprensión de la unidad y a veces la uniformidad de la enseñanza impartida en Oriente y Occidente, nos otorga una va­liosa adquisición y un enriquecimiento de nuestra conciencia. Por ejemplo, el cuarto acontecimiento de la vida de Cristo, la crucifixión, tiene su paralelo en la cuarta iniciación de la enseñanza oriental, denominada la Gran Renunciación. Tenemos una inicia­ción llamada, en terminología budista, "la entrada en la corriente”, y hay en la vida de Jesús un episodio que designamos como "el bautismo en el Jordán". La historia del nacimiento de Cristo en Belén tiene su paralelo prácticamente en cada detalle de la vida de los mensajeros de Dios que Le precedieron. Esos hechos probados deberían sin duda evocarnos el reconocimiento de que aunque haya muchos mensajeros, hay sólo un Mensaje; pero este reconocimiento en modo alguno niega la tarea señera de Cristo y la función singular que vino a realizar.

 

Es interesante también recordar que estas dos descollantes In­dividualidades, el Buda y el Cristo, estamparon Su impronta en ambos hemisferios, siendo el Buda el Instructor de Oriente y el Cristo, el Salvador de Occidente. Cualesquiera sean nuestras con­clusiones personales respecto a Sus relaciones con el Padre en los Cielos, o entre sí, el hecho subsiste por sobre toda controversia: Revelaron entre Sí la divinidad a sus respectivas civilizaciones y, de una manera harto significativa, trabajaron juntos para el beneficio eventual de la raza. Sus dos sistemas son interdepen­dientes, y Buda preparó al mundo para el mensaje y la misión de Cristo.

 

Ambos encarnaron en Sí Mismos ciertos principios cósmicos, y por Sus obras y sacrificios, ciertos poderes divinos se derrama­ron a través de la humanidad y sobre ella. La tarea realizada por Buda y el mensaje que dio, estimularon la inteligencia para alcanzar la sabiduría. La sabiduría es un principio cósmico y una potencia divina. Esto es lo que encarnó Buda.

 

Pero el amor llegó al mundo por intermedio de Cristo, y Él, con su obra, trasmutó la emoción en Amor. Como "Dios es Amor”, la comprensión de que Cristo reveló el amor de Dios aclara la magnitud de la tarea que emprendió –tarea mucho más allá de los poderes de cualquier instructor o mensajero que Le precedió. Cuando Buda recibió la iluminación, "permitió entrar" una oleada de luz sobre la vida y sobre nuestros problemas mundiales, y esta inteligente comprensión de las causas de la angustia del mundo la formuló en las Cuatro Nobles Verdades, que como bien se sabe son:

 

1.     La existencia en el universo fenoménico es inseparable del sufri­miento y la tristeza.

 

2.     La causa del sufrimiento es el deseo de vivir en el mundo de los fenó­menos.

 

3.     El cese del sufrimiento se logra anulando todo deseo de vivir en este universo fenoménico.

 

4.     El medio para lograr que cese el sufrimiento es hollar el Noble  Óctuple Sendero, en el cual se expresan la recta creencia, las rectas intenciones, la recta palabra, las correctas acciones, el recto vivir, el recto esfuerzo, el recto pensar y la correcta concentración.

 

Buda proporcionó una estructura de la verdad, del dogma y de la doctrina, que capacitó, a muchos millares de individuos a través de los siglos, para ver la luz. Hoy Cristo y Sus discípulos llevan a cabo (como lo han hecho durante dos mil años) la misma tarea de llevar la iluminación y la salvación a los hombres. La ilusión del mundo ha recibido severos golpes y las mentes de los seres humanos están llegando masivamente a una creciente claridad mental. Por lo tanto, mediante el mensaje de Buda, el hombre puede, por primera vez, conocer la causa de su eterno descon­tento, de su constante desagrado e insatisfacción y de su incesante nostalgia. El hombre puede aprender del Buda que la forma de liberarse se halla en el desapego, el desapasionamiento y el dis­cernimientos. Éstos son los primeros pasos en el camino hacia Cristo.

 

Mediante el mensaje de Cristo surgieron tres conceptos gene­rales en la conciencia racial:

 

Primero, que el individuo, como tal, tiene valor. La doctrina oriental del renacimiento tendió en general a negar esta verdad, creyendo que había tiempo suficiente y que la oportunidad se ofrecería interminablemente y el proceso evolutivo realizaría su tarea. La humanidad puede ir a la deriva con la marea, y even­tualmente todo se arreglará. De allí que la actitud general de Oriente no era destacar el valor supremo del individuo. Pero Cristo vino y destacó la acción del individuo, diciendo: "Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras bue­nas obras". (16)

 

Segundo, se ofreció la oportunidad, a toda la raza, para dar un gran paso hacia adelante, pasar el "nuevo nacimiento", o recibir la primera iniciación. En el próximo capítulo trataremos este tema.

 

 El tercer concepto que Cristo enseñó contiene la técnica de la nueva era, que se aplicará cuando la salvación individual y el nuevo nacimiento hayan sido correctamente comprendidos. Este fue el mensaje o mandato, "ama a tu prójimo como a ti mismo". (17) El esfuerzo individual, la oportunidad grupal y la identificación recíproca, fue el mensaje del Cristo.

 

En la enseñanza del Buda tenemos las tres maneras en que puede cambiarse la naturaleza inferior y prepararse para ser una expresión consciente de la divinidad. Mediante el desapego el hom­bre aprende a apartar su conciencia e interés de las cosas de los sentidos y a desoir los llamados de la naturaleza inferior. El desa­pego impone un nuevo ritmo al hombre. Mediante la lección del desapasionamiento se inmuniza del sufrimiento de la naturaleza inferior, a medida que aparta su interés de las cosas secundarias y de lo no esencial y lo centra en las realidades superiores. Me­diante la práctica del discernimiento, la mente aprende a selec­cionar lo bueno, lo bello y lo verdadero. Estas tres prácticas cam­bian la actitud hacia la vida y la realidad, y cuando se efectúan sensatamente proporcionan la regla de la sabiduría y preparan al discípulo para la vida crística.

 

A la enseñanza dada a la raza le sigue el trabajo de Cristo con la humanidad, dando por resultado la comprensión del valor del individuo y su esfuerzo autoiniciado por la liberación y la ilumina­ción, teniendo como objetivo final el amor y el bien grupales. Aprendemos a perfeccionarnos de acuerdo al mandato de Cristo "Sed, pues, vosotros perfectos", (18) para tener algo con qué con­tribuir al bien del grupo y para servir a Cristo con perfección. De allí, esa realidad espiritual de que hablaba San Pablo, "Cristo en vosotros, esperanza es de gloria", (19) que se libera en el hombre y puede manifestarse en toda su expresión. Cuando un número suficiente de personas haya captado este ideal, la entera familia humana podrá ponerse por primera vez frente al portal que lleva al Sendero de Luz, y la vida crística florecerá en el reino humano. Entonces se desvanecerá la personalidad, oscurecida por la gloria del alma, que, como el sol naciente, disipa las tinieblas, revela la situación de la vida e ilumina la naturaleza inferior. Como conse­cuencia, se llega a la actividad grupal, y el yo, como se lo concibe generalmente, desaparece. Esto ya está ocurriendo. El resultado final de la tarea de Cristo está representado en Sus propias pa­labras en San Juan 17, que sería de valor leerlas.

 

Individualidad, Iniciación, Identificación, he aquí los términos en que puede expresarse el mensaje de Cristo. Esto Lo resumió, cuando estaba en la tierra, en la frase: "Yo y mi Padre somos uno". (20) Esa gran Individualidad, el Cristo, por el proceso de las cinco grandes Iniciaciones, nos mostró las etapas y métodos por los cuales puede llegarse a la identificación con Dios. Este párrafo proporciona la nota fundamental de todo el Evangelio y consti­tuye el tema de este libro .

La interrelación entre el trabajo del pasado y del presente, tal como ha sido dada por el gran Instructor de Oriente y por el Salvador de Occidente, puede expresarse como:

El Buda .......... ........El Método.................Desapego

                                                              Desapasionamiento

                                                              Discernimiento

El Cristo................El Resultado............Individualismo

                                                              Iniciación

                                                              Identificación

      

       Cristo vivió Su vida en la pequeña pero significativa faja de tierra que llamamos Palestina, la Tierra Santa. Vino a probarnos la posibilidad del logro individual. Surgió (como parecen haberlo hecho todos los Instructores, a través de las edades) de Oriente, y trabajó en ese país que se alza como un puente entre los hemis­ferios oriental y occidental y que separa dos civilizaciones muy distintas. Los pensadores modernos harían bien en recordar que el cristianismo es una religión que sirve de puente, y en esto reside su gran importancia. El cristianismo es la religión del período transitivo que vincula la era de la existencia individualista auto­consciente con un futuro mundo unificado de conciencia grupal. Es en forma relevante una religión de separaciones, que demues­tra al hombre su dualidad, sentando las bases para que realice su esfuerzo a fin de lograr la unidad o unificación. La compren­sión de esta dualidad es una etapa imprescindible en el desenvol­vimiento del hombre, y el propósito del cristianismo ha sido re­velarlo, así como también señalar la lucha entre el hombre infe­rior y el superior, entre el hombre carnal y el espiritual, unidos en una sola persona, y afirmar la necesidad de que el hombre inferior sea salvado por el hombre superior. Esto lo dice San Pablo en términos familiares en: "...para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en él las enemistades". (21) Tal fue la divina misión de Cristo y ésta es la lección del relato del Evangelio. Por consiguiente, Cristo no sólo unificó en Sí Mismo “la ley y los profetas" del pasado, sino que también nos entregó una verdad que pudiera salvar el abismo existente entre el credo y la filosofía de Oriente y nuestro mate­rialismo y conquistas científicas occidentales, siendo ambos, ex­presiones divinas de la realidad. Al mismo tiempo el Cristo de­mostró a los seres humanos la perfección de la tarea que cada  hombre podía realizar dentro de sí mismo, uniendo esa esencial dualidad que es su naturaleza y produciendo la unificación de lo humano y lo divino, tarea a la cual deben ayudar todas las reli­giones. Cada uno de nosotros debe "crear de dos un solo y nuevo hombre, haciendo así la paz” porque paz es unidad y síntesis.

 

Pero la lección y el mensaje que Cristo trajo al hombre como individuo, también lo trajo para las naciones, presentándoles la esperanza de una futura unidad y paz mundiales. Vino al comien­zo de la era astronómica denominada "era de Piscis” porque du­rante este periodo de aproximadamente dos mil años, nuestro sol pasa por el signo zodiacal de Piscis, los peces. De ahí las frecuentes referencias a los Peces y la aparición del símbolo del pez en la literatura cristiana, incluyendo el Nuevo Testamento. Esta era de Piscis cae entre la anterior dispensación judía (los dos mil años en que el sol pasó por el signo de Aries, el Carnero) y la era de Acuario, en la que nuestro sol está ahora transitando. Es­tos hechos son de carácter astronómico, pero aquí no voy a hablar de conclusiones astrológicas. En el período en que el sol estaba en Aries, encontramos frecuentes alusiones al carnero o víctima propiciatoria, en las enseñanzas del Antiguo Testamento y en la celebración de la festividad de la Pascua. En la era cristiana em­pleamos la simbología del pez, hasta el punto de comer pescado el Viernes Santo. El símbolo de la era de Acuario, según se esta­blece en todos los antiguos zodíacos, es un hombre llevando un cántaro de agua. El mensaje de esta era es de unidad, comunión y relación entre hermanos, porque todos somos hijos de un mismo Padre. A esa era se refirió Cristo en las instrucciones que dio a Sus discípulos cuando los envió a la ciudad, diciéndoles: "He aquí, al entrar en la ciudad, os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua, seguidle hasta la casa donde, entrare”. (22) Así lo hicieron, y más tarde se realizó en dicha casa la grande y sagrada fiesta de la comunión. Se refiere sin lugar a dudas, a un período futuro en que se entrará en la casa zodiacal llamada "el portador de agua” donde todos nos sentaremos a la misma mesa y tomaremos una recíproca comunión. La dispensación cristiana ocurre entre los dos grandes ciclos mundiales, y así como Cristo consumó en Sí Mismo el mensaje del pasado y dio la enseñanza para el presente, también señaló ese futuro de unidad y com­prensión que constituye nuestra inevitable meta. Estamos hoy al final de la era pisceana, y entramos ya en el periodo de la unidad acuariana, que Él nos anticipó. El "aposento alto" es el símbolo del alto punto de realización hacia el que marchamos como raza, muy rápidamente. Algún día se celebrará la gran ceremonia de la Comunión, de la cual todo servicio de comunión es el anticipo. Estamos entrando lentamente en este nuevo signo. Durante más de dos mil años sus potencias y  fuerzas actuarán sobre la raza y establecerán los nuevos tipos, fomentarán las nuevas expan­siones de conciencia y conducirán al hombre a una realización práctica de la hermandad.

 

En un artículo titulado This Vibrant Clod, George Gray (23) dice que ha llegado el momento en que debemos despertar al impacto de los nuevos rayos, las vibraciones cósmicas y las renovadas ener­gías que empiezan a actuar en nuestro planeta. Establece que la ciencia tiene plena conciencia de que esas nuevas fuerzas están produciendo sus efectos sobre la tierra, y en consecuencia pre­gunta, ¿por qué si esto es  así, la humanidad debe considerarse inmune a esos efectos? y agrega,

 

“...el origen de los rayos cósmicos está envuelto en el misterio, aunque las autoridades en la materia creen que llegan del espacio; de la realidad de estos bombardeos desde lo externo no cabe ninguna duda. Aunque no son perceptibles para los sentidos del hombre y pueden captarse sólo indirectamente por medio de aparatos, son superlativos portadores de la energía del mundo... Parece improbable que la tierra esté expuesta a ese continuo bombardeo por dichas fuerzas sin ser afectada, y se han hecho muchas especulaciones sobre dichos efectos".

 

Más adelante agrega:

 

"Tales son algunas de las fuerzas que inciden sobre la tierra y sobre los mortales. Si, como sugiere el profesor Lewis, algunas de ellas pue­den trasmutar los metales en rocas, ¿qué no le harán al protoplasma? Si algunas de esas radiaciones trasforman nuestra atmósfera en ionos­fera y la distienden y alzan en montañas aéreas, llevándola de un lado a otro como una carpa circense bajo un huracán, ¿no será que alguna de esas influencias desempeña una función activadora en los átomos vivos de la corriente sanguínea, o en los átomos pensantes del cerebro?...

 

"Después de todo, el supremo problema de la investigación, desde el punto de vista humano, es el planteado a la cuestión de la causa y el efecto. ¿Cuáles son las consecuencias terrenales conjuntas de estas radiaciones, empujes, arrastres y adherencias, a que está sometido el planeta continuamente? Es un gran interrogante, pero aunque sea el comienzo de una respuesta tendría mucho valor para el género humano."

 

Es interesante observar, a la luz de lo expuesto, que las ener­gías que actuaron sobre nuestro planeta cuando el sol estaba en Aries, el carnero, produjeron en la simbología religiosa el énfasis de la cabra o carnero, y que en nuestra era actual de Piscis, los Peces, su influencia ha matizado nuestra simbología cristiana al Punto de que el pez ocupa el lugar preponderante en el Nuevo Testamento y en nuestra simbología escatológica. Los nuevos ra­yos, energía e influencias entrantes, deben con toda seguridad estar destinados a producir iguales efectos, no sólo en el campo de los fenómenos físicos, sino también en el mundo de los valores espirituales. Los átomos del cerebro humano están despertando como nunca, y los millones de células que, según se dice, están inactivas y adormecidas en el cerebro humano, pueden ser puestas en actividad funcionante, trayendo esa percepción intuitiva que podrá reconocer la futura revelación espiritual.

 

Hoy el mundo se está reorientando hacia las nuevas influen­cias, y en los procesos de reajuste es inevitable un caos tempo­rario. El cristianismo no será reemplazado, sino trascendido; su trabajo preparatorio será realizado exitosamente, y el Cristo nos dará otra vez la siguiente revelación de la divinidad. Si lo que sabemos ahora de Dios es todo lo que puede saberse, la divinidad de Dios sería algo limitado. ¿Quién puede decir cuál será la nueva formulación de la verdad? Pero la luz está penetrando lentamente en los corazones y las mentes de los hombres, y a la luz de esta radiación iluminada ellos visualizarán las nuevas verdades y logra­rán una nueva enunciación de la sabiduría antigua. Mediante la lupa de la mente iluminada, el hombre verá muy pronto aspectos de la divinidad hasta ahora desconocidos. ¿No existirán cualidades y características de la naturaleza divina que permanecieron hasta hoy totalmente desconocidos y son irreconocibles? ¿No puede ha­ber revelaciones de Dios sin precedente alguno, para las que no tenemos palabras o medios de expresión adecuados? Los antiguos misterios, que muy pronto serán restaurados, deben volver a inter­pretarse a la luz del cristianismo, readaptándose  para cubrir las modernas necesidades, porque ahora podemos penetrar en el Lugar Sagrado como hombres y mujeres inteligentes y no como niños, como espectadores de las historias y sucesos dramáticos en los cuales, en calidad de individuos, no tomamos parte consciente­mente. Cristo desempeñó para nosotros el drama de las cinco ini­ciaciones, incitándonos a seguir Sus pasos. La era pasada nos preparó para esto, y ahora podemos entrar inteligentemente en el reino de Dios por el proceso de la iniciación. El hecho de que el Cristo histórico haya existido y caminado sobre la tierra, es la garantía de nuestra propia divinidad y de nuestro logro final. El hecho del Cristo mítico, que aparece una y otra vez a través de las edades, prueba que Dios nunca ha quedado sin testigos y que siempre han existido. quienes alcanzaron la realización. El hecho del Cristo cósmico, manifestado como el anhelo hacia la per­fección en todos los reinos de la naturaleza, prueba la realidad de Dios y es nuestra eterna esperanza. La humanidad se encuentra ante los portales de la iniciación.

 

 

 

3

 

Siempre han existido templos, misterios y lugares sagrados, donde el verdadero aspirante podía hallar lo que buscaba, y la necesaria instrucción sobre el camino que debía seguir. Un viejo profeta dijo:

 

“ ... y habrá allí calzada y camino y será llamado Camino de Santidad; el inmundo no pasará por él, sino que estará con ellos; el que anduviere por este camino, por torpe que sea, no se extraviará". (24)

 

Es un camino que va de afuera adentro. Revela, paso a paso, la vida oculta velada por cada forma y símbolo. Asigna al aspi­rante ciertas tareas que lo llevan a la comprensión, produciendo una inclusividad y sabiduría que llenan las necesidades más sen­tidas. El aspirante pasa la etapa de la búsqueda, o lo que los tibe­tanos llaman "el conocimiento directo". En ese sendero,  la visión y la esperanza dan lugar al conocimiento. Se recibe una iniciación tras otra, llevando cada una al iniciado, más cerca de la meta de la total unidad. Quienes trabajaron, sufrieron y realizaron esto en el pasado, constituyen una larga cadena que se extiende desde el pasado más remoto al presente, porque los iniciados están toda­vía con nosotros y la puerta aún permanece abierta de par en par. Por intermedio de esta jerarquía de realización los hombres son ascendidos paso a paso por la larga escala que va de la tierra al cielo, para permanecer oportunamente ante el Iniciador y en ese momento trascendental descubrir que Cristo Mismo es quien Les da la bienvenida, el Amigo familiar que habiéndolos preparado con el ejemplo y el precepto, los introduce en la presencia de Dios. Tal ha sido la experiencia, la experiencia uniforme a través de las edades, de todos los buscadores. Rebelándose en Oriente con­tra la rueda del renacimiento, con su constante y reiterado sufri­miento y dolor, o en Occidente contra la aparente y monstruosa injusticia de una vida dolorosa que el cristiano se adjudica, por eso los hombres se han dirigido internamente para descubrir la luz, la paz y la liberación, tan ardientemente deseadas. Kenneth Saunders dice: (25)

 

"En Grecia y en Asia Menor, como en la India, la conciencia y el corazón humanos protestaron contra la monstruosa pesadilla del rena­cimiento, y las religiones de los misterios son, como las religiones de la India, una promesa de salvación. Enseñan que el iniciado 'se salva' 'nace de nuevo a la vida eterna', se 'ilumina' o ‘glorifica', porque el Logos o Divina Razón penetra en él, dándole poder sobre la naturaleza, vol­viéndolo a crear, de modo que ya no es más un muñeco impotente a merced de demonios caprichosos y del inexorable destino, sino que en cierto sentido es Dios. Grandes e imponentes sacramentos... simboli­zaban este nuevo nacimiento a la Vida Eterna y 'los hombres estaban sedientos de creencia y adoración' ".

 

La misma verdad e idéntica meta surgen de los postulados cristianos, con la diferencia de que Cristo nos da un cuadro defi­nido de todo el proceso en la propia historia de Su vida, construida sobre las iniciaciones mayores que constituyen nuestra herencia universal y gloria y, para muchos, la oportunidad inmediata. Esas iniciaciones son:

 

1.     El Nacimiento en Belén, del cual Cristo dijo a Nicodemo: "el que no naciere de nuevo no puede ver el reino de Dios". (26)

 

2.     El Bautismo en el Jordán. Éste es el bautismo a que se refería Juan, el Bautista, agregando que el Bautismo del Espíritu Santo y del fuego debía sernos administrado por Cristo. (27)

 

3.     La Transfiguración. Allí por primera vez se manifiesta la perfección, y se le comunica a los discípulos la divina posibilidad de tal per­fección. Surge el mandato: "Sed vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”. (28)

 

4.     La Crucifixión. En Oriente se la designa como la Gran Renuncia­ción, con su lección del sacrificio y su llamamiento a la muerte de la naturaleza inferior. "Cada día muero”, (29) decía el apóstol, porque sólo en la práctica de sobrellevar la muerte de cada día puede en­frentarse y resistirse a la Muerte final.

 

5.     La Resurrección y Ascensión, el triunfo final que capacita al ini­ciado cuando enuncia y sabe el significado de las palabras: "¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?, ¿dónde, oh sepulcro, tu victoria?”. (30)

 

 

Tales son los cinco grandes y dramáticos acontecimientos de los misterios. Tales son las iniciaciones por las que todos los hom­bres deberán pasar algún día. La humanidad se encuentra hoy en el sendero de probación. El camino de la purificación es ho­llado por las masas, y estamos en proceso de purificarnos del mal y del materialismo. Cuando se haya completado este proceso, mu­chos estarán preparados para recibir la primera de las iniciacio­nes y pasar por el nuevo Nacimiento. Los discípulos del mundo se están preparando para la segunda iniciación, el Bautismo, y para esto debe purificarse la naturaleza emocional de deseos y de­dicarla a la vida del alma. Los iniciados del mundo enfrentan la iniciación de la Transfiguración. El control de la mente y la co­rrecta orientación hacia el alma, con la completa transmutación de la personalidad integrada, es lo que les espera.

 

Se dicen muchas tonterías hoy respeto a la iniciación, y en el mundo hay muchas personas que pretenden ser iniciados. Olvidan que ningún iniciado hace tal proclamación o habla de si mismo. Quienes proclaman ser iniciados lo niegan al proclamarlo. A los discípulos e iniciados se les enseña a ser incluyentes en sus pensamientos y no separatistas en sus actitudes. Nunca se apartan del resto de la humanidad, afirmando su condición, poniéndose auto­máticamente sobre un pedestal. Tampoco los requisitos, como se establece en muchos libros esotéricos, son tan sencillos como los presentan. Por su lectura podría creerse que mientras el aspirante logra cierta tolerancia, bondad, devoción, simpatía, idealismo, pa­ciencia, perseverancia, ha llenado los requisitos principales. Estas cosas en realidad son las esencialidades primordiales, pero a esas cualidades debe añadirse una comprensión inteligente y un des­arrollo mental que lleve a una sensata e inteligente colaboración con los planes destinados a la humanidad. Lo que se requiere es el equilibrio de la cabeza y del corazón; el intelecto debe tener su complemento y expresión en el amor y por intermedio de éste. Esto requiere una proclamación sumamente cuidadosa. Amor, senti­miento y devoción, se los confunde a menudo. El amor puro es un atributo del alma y es omnincluyente, y precisamente en este amor puro reside nuestra relación con Dios y con nuestros seme­jantes. "Porque el amor de Dios es más amplio que la mente del hombre, y el corazón del Eterno maravillosamente bondadoso", dice el antiguo himno –y así se expresa ese amor que es atributo de la Deidad y también el atributo oculto de todo hijo de Dios. El sentimiento es emocional e inestable, la devoción puede ser fa­nática y cruel, pero el amor fusiona y mezcla, comprende e inter­preta y sintetiza toda forma y expresión, todas las causas y las razas, en un ardiente corazón amoroso, que no sabe de separacio­nes, divisiones ni desarmonías. La realización de esta divina expre­sión en nuestra vida cotidiana exige lo máximo de nosotros. Ser un iniciado exige todo el poder de cada uno de los aspectos de nuestra naturaleza. No es una tarea fácil. Afrontar las pruebas inevitables que enfrentaremos al hollar el sendero que Cristo re­corrió, requiere un excepcional valor. Para colaborar sabia y sen­satamente con el Plan de Dios y fusionar nuestra voluntad con la Voluntad divina, debemos poner en actividad no sólo el más pro­fundo amor de nuestro corazón, sino también las más agudas deci­siones de la mente.

 

La iniciación debe contemplarse como un gran experimento. Hubo una época, quizás cuando se instituyó este proceso de desen­volvimiento, que fue posible restablecer en la tierra ciertos pro­cesos internos, conocidos entonces sólo por unos pocos. Luego, lo interno podía presentarse en forma simbólica para enseñar a "los pequeños”, más adelante lo mismo pudo ser realizado abiertamente y expresado en la tierra por el Hijo de Dios, el Cristo. La inicia­ción es un proceso viviente, y mediante él todos quienes se disci­plinan debidamente y cumplen voluntariamente, pueden ser acep­tados, analizados y ayudados por ese grupo de iniciados y conoce­dores que son los guías de la raza, conocidos por muchos y diversos nombres en diferentes partes del mundo y en distintas épocas. En Occidente se Los llama Cristo y Su Iglesia, los Hermanos Mayo­res de la Humanidad. La iniciación es, por lo tanto, una realidad y no una hermosa visión fácilmente lograda, como parecieran establecerlo tantos libros esotéricos y ocultistas. La iniciación no es un proceso que alcanza un individuo cuando ingresa en ciertas organizaciones y que sólo puede comprenderse ingresando en tales grupos. La iniciación no tiene nada que ver con sociedades, es­cuelas esotéricas u organizaciones. Todo lo que pueden hacer es enseñar al aspirante ciertas bien conocidas y fundamentales "reglas del camino", y dejarlo que comprenda o no, según se lo permitan su ansia y desarrollo, y que atraviese el portal, si su equipo y su destino se lo permiten. Los Instructores de la raza y el Cristo, "el Maestro de Maestros e Instructor de ángeles y hombres", no se interesan por estas organizaciones ni por ningún otro movimien­to en el mundo, que lleve actualmente iluminación y verdad a los hombres. Los iniciados del mundo se encuentran en toda nación, iglesia y grupo, donde haya hombres de buena voluntad activos y donde se preste un servicio mundial. Los grupos esotéricos modernos no son los custodios de las enseñanzas de la iniciación ni es su prerrogativa preparar al individuo para este desarrollo. La mejor enseñanza sólo puede preparar a los hombres para la etapa del proceso evolutivo denominado discipulado. La razón por la cual lamentablemente  es así, y por qué la iniciación parece estar alejada de los miembros de la mayoría de los grupos, que afirman poseer una visión interna de los procesos iniciáticos, se debe a que estos grupos no han puesto el énfasis necesario en la ilumi­nación mental, que forzosamente ilumina el camino hacia el portal que conduce al "Lugar Secreto del Altísimo". En cambio hicieron  hincapié en la devoción personal a los Maestros de Sabiduría y a los conductores de su propia organización; recalcaron la adhe­sión a la enseñanza autoritaria y a ciertas reglas de vida, y no dieron impulso fundamental de adhesión a la todavía pequeña voz del alma. El camino al lugar de la iniciación y al Centro donde se encuentra Cristo, es el camino del alma, el camino solitario del propio desenvolvimiento, desapercibimiento y disciplina. Es el ca­mino de la iluminación mental y de la percepción intuitiva. Esto fue bien explicado en una revista publicada hace muchos años y decía:

 

"Sin embargo, la verdad es que el hombre inteligente hace del mundo su propia cámara de iniciación, y de la vida misma el umbral de los misterios. Si un hombre puede manejarse a sí mismo con perfección, puede manejar todo lo demás. Posee la fuerza. El modo exacto de em­plearla es una mera cuestión de detalle. Debemos hacer uso de cada oportunidad que se nos presenta, y cuando nada ocurre tratemos de pro­porcionarnos nuestra propia oportunidad.

 

"Los que aspiran a un verdadero progreso deben considerar todo lo que les sucede en la vida como una prueba iniciática, y ser, por así decirlo, sus propios iniciadores". (31)

 

La iniciación es la revelación del amor, el segundo gran aspecto de la divinidad que se expresa en la sabiduría. Esta expresión se encuentra en toda su plenitud, en la vida de Cristo, que nos reveló la naturaleza del amor esencial y nos dijo que amáramos. Demos­tró lo que es la divinidad y, luego, expresó que viviéramos divina­mente. El Nuevo Testamento, presenta de tres maneras, cada vez más progresivas en su definición de la experiencia, esta vida en desenvolvimiento del viviente amor divino, dándonos la secuencia de la revelación de Cristo en el corazón humano. Tenemos ante todo la frase "Cristo en nosotros esperanza es de gloria”. (32) Ésta es la etapa que precede y sigue al nuevo nacimiento, el Naci­miento en Belén, etapa hacia la cual se dirige lenta, pero constan­temente, la masa constituyendo hoy la meta inmediata de la mayo­ría de los aspirantes del mundo. En segundo término tenemos la etapa denominada del hombre maduro en Cristo, con lo que se indi­ca la acrecentada experiencia de la vida divina y un desenvolvi­miento más profundo de la conciencia crística en el ser humano. Hacia este fin están ahora orientados los discípulos del mundo. Luego tenemos la etapa de la realización a que se refiere San Pablo en los siguientes términos:

 

"Hasta que todos lleguemos, a la unidad de la fe y del conocimiento  del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la es­tatura de la plenitud de Cristo”. (33)

 

La iniciación es por lo tanto una serie graduada y positiva de expansiones de conciencia una creciente y constante percepción de la divinidad y todas sus implicancias. Muchos de los llamados ini­ciados de hoy creen haber alcanzado este estado, porque algún guía esotérico o vidente psíquico, les dijo que es así; pero en su fuero interno nada saben del proceso mediante el cual podrán pasar (como lo enseñó la masonería) por esa puerta misteriosa, entre dos grandes pilares, en su búsqueda de la luz; ellos tienen un conocimiento consciente del programa autoiniciado que debe seguirse en plena conciencia vigílica, siendo conocido simultánea­mente por el alma divina inmanente y por la mente y el cerebro del hombre en la vida física. Estas expansiones de conciencia re­velan progresivamente al hombre la calidad de su naturaleza su­perior e inferior; este conocimiento señala a San Pablo, como uno de los primeros iniciados que logró esa condición bajo la dispen­sación cristiana. Leamos lo que dice acerca de esta revelación de su dualidad:

 

"Y  yo sé que en mí esto es, en mi carne no mora el bien, porque el

      querer el bien está en mí, pero no el hacerlo.

 

"Porque no hago el bien que quiero, mas el mal que no quiero, eso hago.

 

"Porque según el hombre interno, me deleito en la ley de Dios.

 

"Pero veo otra ley en mis miembros, que se revela contra la ley de mi mente y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.

 

"Miserable de mí ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?

 

"Gracias doy a Dios por Jesucristo Señor nuestro." (34)

 

Únicamente mediante la revelación del Cristo interno, en cada ser humano, puede realizarse esta unificación. Sólo mediante el nuevo nacimiento, el bautismo del espíritu y del fuego y la transfiguración de la naturaleza, puede hallarse la liberación y llegarse a la unidad  con Dios. Sólo mediante el sacrificio de la humanidad, que es la esencia de la crucifixión, puede cumplirse la resurrección.

 

Lo que es verdad para el individuo lo es finalmente para toda la familia humana. El plan para la humanidad concierne al des­arrollo consciente del hombre. A medida que el género humano acrecienta su sabiduría y conocimiento y las civilizaciones vienen y van, traen cada una la lección y el punto elevado de realización, y los hombres, como grupo, se acercan al portal que conduce a la vida. Todo descubrimiento moderno, todo estudio y conocimiento psicológico, toda actividad grupal y toda realización científica, así como todo verdadero conocimiento ocultista, son de naturaleza es­piritual, sirven de ayuda para esa expansión de conciencia que con­vertirá al género humano en el gran Iniciador. Cuando los seres humanos puedan captar en una gran síntesis la necesidad de en­trar más definidamente en el mundo de los verdaderos significados y valores, los misterios serán universalmente reconocidos. Se ve­rán los nuevos valores y las nuevas técnicas y métodos de vida se desarrollarán como resultado de esa percepción. Hay signos de que ya está ocurriendo, que la destrucción efectuada a nuestro al­rededor y el derrumbe de las antiguas instituciones, políticas, reli­giosas y sociales, son sólo preliminares de esta empresa. Estamos en camino de llegar a "lo que está adentro" y muchas voces lo proclaman hoy. A este respecto dice el Dr. Nicholas Berdyaev: (35)

 

"La vida, ante todo, debe ser contemplada interna y espiritualmente (no externa o políticamente como lo hacen los revolucionarios y los contrarrevolucionarios) y vivirse con todo esfuerzo espiritual y disci­plina moral. Es erróneo suponer que las formas políticas son en sí eficaces; solamente el espíritu otorga la salud y crea nuevas formas propias. "El vino nuevo debe ponerse en odres nuevos". Lo subrayado me pertenece, A.A.B

 

Estamos en el sendero de transición (¿podríamos denominarlo el Sendero del Discipulado?) que nos llevará hacia una nueva di­mensión, hacia el mundo interno de la realidad y de la correcta energía, mundo en el cual sólo el cuerpo espiritual puede actuar y únicamente el ojo del espíritu puede ver. No lo pueden percibir quienes aún no han despertado su percepción interna y su intui­ción está dormida. Cuando el cuerpo espiritual empieza a orga­nizarse y a crecer, y cuando el ojo de la sabiduría se abre lenta­mente y se prepara para ver realmente, entonces se tendrán los indicios de que el Cristo latente en cada hijo de Dios, está empe­zando a controlar y a guiar al hombre al mundo del ser espiritual, del verdadero significado y de los valores esenciales. Este mundo es el reino de Dios, el mundo de las almas, y cuando se manifiesta, constituye esa expresión de vida divina que llamamos el quinto reino de la naturaleza. Pero no puede ser todavía percibido por todos. Mediante los procesos de la iniciación este mundo es reve­lado. Se ha dicho que:

 

"Los Antiguos Misterios, la iniciación moderna y toda ocupación mís­tica se apoya en la doctrina de que el hombre nunca puede aprender por los Sentidos corporales los secretos de la vida y el problema del universo. El ojo, el oído y los demás órganos del cuerpo, sólo son vías de percepción del burdo mundo físico que nos rodea. Mecánicamente adaptados a nuestro medio externo, no tienen otra función más elevada que registrar sus impresiones sobre nuestra parte inferior, construida de materia y destinada a disolverse en sus elementos, tarde o temprano. La razón es la que analiza y sintetiza esas impresiones. Entre ella y el máximo conocimiento hay innumerables velos... Mientras nuestras per­cepciones estén restringidas a meras experiencias sensorias, nuestro conocimiento será proporcionalmente pequeño; para ser verdaderamente sabios, debemos romper las ataduras de la ilusión, desgarrar los velos de maya, romper las cadenas de la pasión y conocer el verdadero yo, poniéndolo al frente de nuestra conciencia y acciones”. (36)

 

Antes de poder recibir la iniciación, debe captarse la signifi­cación de las ideas que se acaban de exponer, suponiendo que ha­brán logrado necesariamente ciertos grandes desenvolvimientos. Estos requisitos pueden verse actuando hoy en la vida de cada discípulo y quienes tienen ojos para ver, observarán que aquéllos efectúan activos cambios en la raza.

 

La aspiración es un requisito fundamental para el individuo y para la raza. Hoy la humanidad aspira a grandes alturas y tal aspiración es responsable de los grandes movimientos nacionales que se ven en tantos países. Al mismo tiempo los discípulos indi­viduales están esforzándose nuevamente por lograr la ilumina­ción, incitados por su deseo de llenar las necesidades del mundo. El egoísmo espiritual, característica de los aspirantes del pasado, debe ser trascendido y trasmutado en amor al semejante y en "participación de sus padecimientos". (37) El yo debe perderse de vista en el servicio. El servicio se está convirtiendo rápidamente en la nota clave de la época y en uno de los incentivos del esfuerzo racial. Enfrentar el desastre y sufrir el doloroso experimento, siempre ha sido el sino del discípulo individual. Evidentemente al discípulo mundial, la humanidad, se lo considera digno de tal prueba. Esta universalidad de las dificultades en todo sector de la vida humana, sin excluir grupo alguno, indica que la entera humanidad está preparándose para la iniciación. Hay un propósito subyacente en todo lo que ocurre. Los dolores de parto, del Cristo dentro de la raza, han comenzado y el Cristo nacerá en "La Casa del Pan" (significado de la palabra "Belén"). Las implicancias de los actuales dolores y sufrimientos mundiales son tan evidentes que es innecesario dar mayores explicaciones. Hay un propósito subyacente en todos los acontecimientos mundiales en la actuali­dad y una recompensa al final del camino. Algún día, más pronto de lo que muchos creen, se abrirán ampliamente, ante el sufriente discípulo mundial, los portales de la iniciación (como se abrieron en el pasado para el individuo), la humanidad entrará en un nue­vo reino y permanecerá ante la misteriosa Presencia, Cuya luz y sabiduría alumbraron al mundo por medio de la Persona de Cristo, y Cuya voz Se oyó en cada una de las cinco crisis por las que pasó Cristo. Entonces el género humano penetrará en el mundo de las causas y del conocimiento. Habitaremos en el mundo interno de la realidad, y la apariencia externa de la vida física se conocerá como símbolo de las condiciones y acontecimientos internos. En­tonces comenzaremos a trabajar y a vivir como los iniciados de los misterios, y nuestras vidas se regularán desde el reino de la realidad donde Cristo y Sus Discípulos, de todos los tiempos (la Iglesia invisible), guían y controlan los acontecimientos humanos.

 

La meta que Ellos tienen en vista y el fin hacia el que trabajan, ha sido sintetizado en un comentario referido a una antigua es­critura tibetana. El texto es el siguiente:

 

"Todo lo bello, todo lo bueno, todo lo que promueve la erradicación del dolor y de la ignorancia en la tierra, debe dedicarse a la Gran Consumación. Entonces, cuando los Señores de Compasión hayan civilizado espiritualmente la tierra y hecho de ella un Cielo, se revelará a los Peregrinos el Sendero Infinito que llega hasta el corazón del universo. El hombre ya no será hombre, habrá trascendido la naturaleza, e imper­sonalmente, aunque consciente, se unificará con todos los Seres iluminados, y ayudará a cumplir la Ley de la Evolución Superior, de la cual el Nirvana sólo es el comienzo”. (38)

 

Tal es nuestra meta. Es nuestro glorioso objetivo. ¿Cómo avanzar hacia su consumación? ¿Cuál es el primer paso que de­bemos dar? Según las palabras de un poeta desconocido:

 

"Cuando no puedas ver

debajo de la apariencia externa

la causa que inicia a todos los efectos,

cuando no puedas sentir el amor de Dios,

como cálida afluencia de la luz del sol

circundando la entera tierra,

entonces conócete iniciado en los Misterios,

que los sabios siempre consideraron de gran valor".

 

 

1 Heartír of Men.

2 Extraído por W. Kingsland de Religion in the Light of Theosophy.

3 He. 5:8.

4 La Doctrina Secreta, de H. P. Blavatsky, T. V, pág. 64 (2da. ed. arg., Editorial Kier).

5 Wrestlers with Christ, de Karl Pfleger, pág. 248.

6 Eros and Psyche, de Benchara Branford, pág. 82.

7 Reality and Ilusion, pág. 233.

8 The Recovery of Truth, págs. 91, 92.

9 Mt. 5:17.

10 Freedom and the Spirit, págs. 88, 89.

11 1 P. 2:21.

12 The Meaning of God in Human Experience, de W. E. Hocking, p. 139.

13 Religion in the Making, de A. N. Whitehead, pág. 55.

14 The Twilight of Christianity, de Harry Elmer Barnes, pág. 414.

15 Reality and Ilusion, de Richard Rothschild, págs. 241, 242.

18 Mt. 5:48.

19 CoL 1:27.

20 Jn. 10:30.

21 Ef. 2:15, 16.

22 Lc. 22:7, 10

23 Extraído de Harpers Magazine, abril de 1935.

24 Is. 35:8.

25 The Gospel for Asia, pág. 62.

26 Jn. 3:3.

27 Mt. 3:2.

28 Mt. 5:48.

29 1 Co. 15:31.

30 1 Co. 15 : 55.

31 The Theosophist, T. IX, pág. 364.

32 Co. 1:27.

33 Ef. 4:13.

34 Ro. 7:18, 25.

35 The End of Our Time, pág. 163.

36 The Theosophist, T. IX, pág. 243.

37 Fil. 3: 10.

38 Tibetan Yogas and Serret Doctrine, de W. Y. Evans‑Wentz, pág. 12.

 

 

 

 

CAPÍTULO II

 

LA PRIMERA INICIACIÓN... EL NACIMIENTO EN BELÉN

 

PENSAMIENTO CLAVE

 

"En la naturaleza existen tres maravillas perpetuas ‑la magia de la materia, el milagro de la vida y el misterio de la humanidad. En todo hombre se encuentran y se unen estas tres maravillas".

 

Eros and Psyche, de Benchara Branford, pág. 76.

                       "El que no naciere de nuevo, no Puede ver el reino de Dios".

 

 

 

1

 

EN la dilucidación de las cinco iniciaciones mayores, trataremos de hacer tres cosas. Primero, comprender que el cristianismo es la flor y el fruto de las religiones del pasado, siendo la última que surgió, con excepción de la religión mahometana. Vimos que el  énfasis de la religión cristiana se puso en la unidad de la familia Humana y en la misión singular del Cristo Mismo. Karl Pfleger (1)  lo expresa en un magnífico párrafo:

 

"Grandes seres hicieron mucho para el mejoramiento de la huma­nidad. Pero el 'mayor y definitivo ideal del desarrollo del hombre, el de la raza humana que encarnó, de acuerdo a las leyes de nuestra historia', es Cristo. Y lo más importante es que además de desarrollarnos y elevarnos, nos desarrolla en Él Mismo. 'La abarcante naturaleza crística es asombrosa, porque es la naturaleza de Dios. Por lo tanto, Cristo es la semejanza de Dios en la tierra... Cristo ha penetrado total­mente en la humanidad y el hombre se esfuerza por trasformarse en su ideal, la Persona de Cristo'. Cristo es el ideal del hombre, porque re­presenta la 'condición final de la naturaleza humana"'.

 

Cristo vino a enseñar el supremo valor del individuo, según se dijo en el capítulo anterior. (2)

 

 Parecería que el énfasis puesto por los seguidores de Mahoma sobre la existencia de Dios, el Supremo, el Uno y el único, tuviera el carácter de un pronunciamiento equilibrador, surgiendo, como lo hizo en el siglo XV, a fin de proteger al hombre del olvido de Dios, a medida que se acercaba a su propia divinidad latente y esencial, como hijo del Padre. El estudio de las relaciones de las distintas creencias y la manera en que se preparan para ello y se complementan mutuamente, es de profundo interés. Esto lo olvidan a menudo nuestros teólogos occidentales. El cristianismo pue­de mantener en secreto, y así lo hace, la sagrada enseñanza, pero la heredó del pasado. Puede personalizarse mediante la instrumen­tación de los grandes Mensajeros divinos, pero el camino de cada Mensajero ha sido preparado de antemano,  y Él Mismo fue pre­cedido por otros grandes hijos de Dios. Su palabra puede ser la Palabra dadora de vida para nuestra civilización occidental, y personalizar la salvación que debía llegarnos, pero Oriente tenía sus propios maestros, y cada civilización pasada en nuestro pla­neta tuvo su Representante divino. Al considerar el mensaje del cristianismo y su contribución excepcional, no olvidemos el pasado, porque entonces jamás comprenderíamos nuestra propia fe.

 

Segundo, pensemos en términos de la totalidad y comprenda­mos que las grandes expansiones de conciencia a que nos referi­remos constantemente tienen paralelos universales. Algunos de estos desarrollos residen en la historia del pasado racial. Otros están en el porvenir. Uno es posible en el presente inmediato. A medida que el equipo físico y mecánico del hombre se desarrolla a fin de enfrentar la expansión de su conciencia, es llevado gra­dualmente a una mayor experiencia de la Inmanencia divina, a una mejor percepción de la trascendencia divina y a registrar con creciente e iluminada percepción, la revelación que se le presenta correlativamente para su educación y desarrollo cultural. Este pensamiento sugiere una oportuna pregunta.

 

"¿No será que al desarrollarse la estructura del cerebro se acrecentó en tal forma su sensibilidad, que en determinado momento estableció contacto con lo divino, y entonces el hombre, el animal, se trasformó en el Hombre espiritual y se abrió un nuevo capítulo en la historia del Universo? El hombre al descubrir así a Dios se hizo divino". (3)

 

Ese gran acontecimiento marcó una iniciación definitiva en la vida de la raza. La simiente o germen de la vida crística fue im­plantada en la familia humana. Estamos ahora al borde del naci­miento del Cristo racial, y desde las tinieblas de la matriz de la materia, el Cristo‑Niño puede penetrar hasta la luz del reino de  Dios. Nos espera otra crisis, y Cristo ha preparado ya a la raza para ello, porque cuando nació en Belén no fue simplemente el nacimiento de otro Instructor y Mensajero divino, constituyó la aparición de un Individuo que no sólo sintetizó en Sí Mismo las realizaciones pasadas de la raza, sino que fue el precursor del fu­turo, que encarnó en Sí todo lo que era posible realizar para la humanidad. La aparición de Cristo en la caverna de Belén marcó la inauguración de un nuevo ciclo de desarrollo espiritual para la raza y el individuo.

 

Consideraremos esos desarrollos desde el punto de vista del individuo y estudiaremos los episodios que se relatan en los Evan­gelios, que conciernen vitalmente al ser humano individual que, llegando al final del largo y fatigoso camino de la evolución, está preparado para representar nuevamente el mismo drama en su propia experiencia. Tiene la oportunidad de pasar de la etapa del nuevo nacimiento a la de la resurrección final, por el escarpado sendero del Monte Gólgota. En lo más recóndito de su ser debe aprender a comprender las palabras de Cristo: "Os es necesario nacer de nuevo". (4) También expresar la muerte en vida, que cons­tituye el destacado mensaje de San Pablo. (5)

 

Cada uno de nosotros debe comprobar esto por sí mismo, tarde o temprano, porque, "vivir una experiencia religiosa es la única manera legítima de llegar a comprender el dogma". (6) Sólo siguien­do el ejemplo de los que ya han realizado, aprenderemos el significado de la realización. Únicamente viviendo divinamente podrá expresarse nuestra divinidad oculta. Esto implica una auto­aplicación práctica que trae su propia recompensa, pero al prin­cipió debe llevarse a cabo ciegamente.

 

 

"La Presencia divina debe compenetrar a los individuos, estar pre­sente en su propia esencia en todas las cosas individuales, aunque no es la esencia del individuo. La luz de la divinidad siempre ilumina nuestra alma y todas las cosas, pero sólo se convierte en nuestra luz, cuando estamos preparados". (7)

 

La historia de la Humanidad es, por lo tanto, la historia de esta búsqueda individual por la expresión de la luz divina y la realización final del nuevo nacimiento que libera al hombre a fin de prestar servicio en el reino de Dios. A través de las edades, los individuos de todo el mundo pasaron por esas cinco expansiones de conciencia y entraron en una profunda vida de servicio más rico y pleno. Gradualmente, su sentido de la divinidad ha ido aumentando y su percepción de la Vida divina, inmanente en la naturaleza, los ha llevado al reconocimiento de la paralela verdad de Dios trascendente. Dios en el individuo y Dios en Cristo, Dios en todas las formas y Dios en la vida animadora del cosmos, y un Dios que conscientemente anima siempre un universo y tam­bién a un hombre y al más diminuto átomo de sustancia. La evo­lución de este reconocimiento de la divinidad en el hombre ha sido lenta y gradual, pero en ciertas etapas de la historia racial (como en la historia del hombre individual) hubieron momentos críticos, surgieron crisis y se trascendieron, y cada iniciación definida otorgó a la raza una más amplia comprensión. El género humano está siendo preparado hoy para tal transición y para un nuevo enfoque de la conciencia humana, en una dimensión superior y en un campo de experiencia más rico. La humanidad está preparada para ascender otro peldaño en la escala evolutiva. Encontrándonos frente a una situación tan particular y poseyendo una experiencia sin paralelo, no debe sorprendernos la actual situación caótica. Temblamos ante la posibilidad de dar otro paso adelante; estamos preparados para otra iniciación, y a punto de ampliar nuestro horizonte y atravesar una puerta abierta para entrar en una habi­tación más grande. Todo lo que trascurre no indica fracaso, con­fusión insensible, ni ciego trastorno. Es más bien un proceso de destrucción temporaria para una mayor reconstrucción, cons­tituyendo la analogía, en la vida racial, de las pruebas y experien­cias que siempre le llegan al discípulo que se prepara para la ini­ciación. Para ello el cristianismo ha reparado un considerable número de seres de la raza. La nueva interpretación y la pró­xima revelación son inminentes. El Dr. Berdyaev (8) dice:

 

"La naturaleza humana posee una capacidad infinita de regenera­ción y recuperación. Sin embargo, no podemos imaginarnos un renaci­miento espiritual del hombre y de su obra, sino por la profundización de su cristianismo, hasta llegar a una nueva manifestación de la seme­janza de Cristo en el hombre, por lealtad a la revelación cristiana en la personalidad humana. En el cristianismo, el estudio del hombre no es aún total y completo; el contenido de su Revelación en lo que res­pecta al hombre, no ha sido ampliamente explorado ni se ha desarrollado toda su riqueza".

 

Esta revitalización futura de la naturaleza interna y esencial de la humanidad, con la consiguiente reorganización de los asuntos mundiales y de la vida humana, la presienten y esperan los pensa­dores de la raza y constantemente aíslan la actual oportunidad. La expectativa asume grandes proporciones. El diario "The New York Times" del 4 de abril de 1935, informó que el Dr. Isaías Bowman, presidente de la Universidad John Hopkins, dijo algo muy significativo relacionado con este tema. Subrayó la necesidad de que la humanidad descubra la verdad, puntualizando que los hombres deberían ante todo tratar de que se produzca ese estado mental que acepta la verdad cuando es descubierta y luego la ponga en práctica. Dijo también que en la actualidad ciertas pre­misas importantes deberían regir el pensamiento mundial. Señaló que una de ellas, podría describirse en términos del antiguo afo­rismo mejicano que dice: "Siempre habrá en el centro una nueva Palabra". Toda forma tiene su centro positivo de vida. Todo orga­nismo está construido en torno a un núcleo central de fuerza. Hay un centro en nuestro universo, del cual surgió la Palabra, que trajo a la existencia a nuestro sistema solar organizado, tal como es hoy, y al planeta en que vivimos con sus miríadas de formas de vida.

 

"En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios y el Verbo era Dios.

"Éste era en el principio con Dios.

"Todas las cosas por él fueron hechas y, sin él, nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.

"En él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres.

"En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho, pero el mundo no le conoció". (9)

 

Lo que es verdad del Todo lo es también de la parte. Cada civi­lización, como expresión de la conciencia humana, ha tenido su Verbo. Hace dos mil años un Verbo se "hizo carne" por nosotros, y en torno a ese centro dinámico de vida espiritual, gira nuestro mundo occidental. En lo que a los resultados concierne, no tiene importancia aceptar o dudar de este hecho o, como dice el Dr. Albert Schweitzer: (10)

 

"El fundamento histórico del cristianismo, tal como lo consideran el racionalismo, el liberalismo y la teología moderna, ya no existe, lo cual no significa, sin embargo, que el cristianismo haya perdido su funda­mento histórico. El trabajo que la teología histórica creyó debía realizar y ahora ve que se derrumba en el instante próximo a su terminación, es sólo una capa externa de terracota, del verdadero fundamento histórico indestructible, independiente de cualquier conocimiento y comprobación histórica ‑simplemente porque está allí, existe.

 

"Jesús representa algo para nuestro mundo, porque una poderosa corriente de influencia espiritual surgió de Él y penetró también en nuestra era. Este hecho no puede ser negado ni confirmado por el cono­cimiento histórico."

 

       La Palabra siempre fue emitida para que la raza pueda ver y reconocer el próximo paso a dar. Cristo hizo que el hombre oyera esto en el pasado y Cristo hará que el hombre pueda oírlo nueva­mente. Algún día, como bien saben los masones, estas palabras pronunciadas periódicamente, serán reemplazadas por una Pala­bra conocida por ellos como "la Palabra Perdida". Cuando final­mente se enuncie esa Palabra, la humanidad podrá ascender a la última cima de la realización humana. La divinidad oculta alumbrará entonces en toda su gloria, por medio de la raza. Qui­zás se haya: alcanzado la cúspide del logro material. Ahora nos llega la oportunidad de que el Yo sutil y divino se manifieste por medio de la experiencia que llamamos "el nuevo nacimiento", y que el cristianismo ha enseñado. El efecto de todo lo que está ocurriendo ahora en la tierra es traer a la superficie lo que está oculto en el corazón humano, y revelar ante nuestros ojos la nue­va visión. Entonces podremos pasar, por el portal de la nueva era, a una comprensión más profunda de las realidades vitales y a una norma más real y superior de los valores. La Palabra debe emitir­se nuevamente desde el centro, el Centro en los Cielos y el centro de todo corazón humano. Cada alma individual debe oírla por sí misma. Cada uno de nosotros tiene que pasar por esa experiencia, donde sabemos que somos el 'Verbo hecho carne", y hasta que la experiencia de Belén no sea parte de nuestra conciencia indi­vidual como almas, seguirá siendo un mito. Pero puede conver­tirse en una realidad ‑la más grande realidad en la experiencia del alma.

 

No puedo detenerme para definir, la palabra "alma". Un resu­men de un libro del Dr. B. Bosanquet, (11) expresa la idea en tér­minos que la vinculan con la experiencia individual, no obstante conservando en toda su belleza las implicancias cósmicas. Es imposible aislar a un alma, dice el autor:

 

"El alma -empleo el término en su sentido más general para señalar el centro de experiencia que como microcosmos ha adquirido o está adquiriendo un carácter propio y una persistencia relativa‑ no debe compararse a un agente independiente de exteriorización constitutiva por una parte, o de la vida de lo absoluto por la otra. Nuestra idea ha sido desde el principio... que el alma es cierta porción de la exteriorización que 'adquiere vida' al centrarse en la mente. Cuando hablamos del alma como voluntad que moldea las circunstancias en forma creadora, tene­mos otra expresión del microcosmos, incluyendo el centro, circundado por las circunstancias, remodelándose y reformándose a sí mismo. Por otra parte, es un hilo o fibra de la vida absoluta..., una corriente u oleada dentro de ella, de longitud e intensidad variables, y separada de la gran masa líquida en la cual se mueve". Lo subrayado me per­tenece A.A.B.

 

Lo que esta alma es, cuando se devela y manifiesta (aún por medio de las limitaciones de la carne), ‑Cristo lo ha expresado en forma clara.  Lo parcial en nosotros es lo completo en Él, una rea­lidad en toda su expresión. Cristo nos ha unido a Él, por medio de Su humanidad perfeccionada; nos ha unido a Dios por medio de Su divinidad expresada. Cristo reveló a Dios, y Dios, según se dice en términos lúcidos, es

 

“ ... el elemento coaligador del mundo. La conciencia que en nosotros es individual, en Él es universal; el amor sólo parcial en nosotros, es omniabarcante en Él. Fuera de Él no podría haber mundo, porque ‑no podría haber un ajuste de la individualidad. Su propósito en el mundo es la cualidad de la realización, y está siempre incorporado, en las ideas particulares relevantes, al actual estado del mundo. Así toda realización es inmortal en el sentido en que modela los actuales ideales de Dios en el mundo tal como existen ahora. Cada acto deja en el mundo una impre­sión de Dios más profunda o más débil...” (12)

 

Dos pensamientos deben tenerse en cuenta en estos momentos, si no queremos sumergirnos en el aparente caos mundial, per­diendo así nuestra perspectiva. Uno es que cada edad proporciona su propia salida. Esto es lo que quiso decir Cristo cuando expre­só "Yo soy el camino la verdad y la vida". (13) Él sabía que sinte­tizaba en Sí Mismo el alma del pasado y el espíritu del futuro. El Dr. Bonsanquet dice que "los grandes hombres del mundo no nacen simplemente de sus padres terrenales. Edades enteras y también países están enfocados en ellos". Y lo que es cierto de Cristo, lo es también de Su enseñanza. El cristianismo abarca el pasado e incluye los mejores elementos religiosos.

 

“Parecería como que el cristianismo ocupara una posición central singular al presentar en sí una síntesis de los elementos más sutiles de las otras religiones superiores. Esta posición central no es el resul­tado de una componenda, sino de una síntesis y armonización creadora de lo más descollante y excelente de otras religiones. Intelectualmente, su concepto de Dios es un teísmo, síntesis del deísmo de los mahome­tanos y del panteísmo de los hindúes. Éticamente, está en el punto medio entre el ascetismo budista que 'renuncia al mundo', y la autorrealiza­ción 'mundana' de Confucio. Emocionalmente, fusiona las disciplinadas restricciones del estoicismo con el fervor del bakti hindú. Además, es la religión que ha tratado con mayor hondura el problema del mal ‑sin sofocarlo (como hace el hinduismo), consignando el mundo de los hechos al reino de la ilusión, ni endiosándolo (como los zoroastrianos y los ma­niqueos), sino haciéndolo parte de la estructura esencial de la Realidad”. (14)

 

 El alma del hombre se halla ante los portales de la revelación y debe aprender que élla vendrá perfeccionada a través de él. En su conocido poema “Paracelsus”  expresa esto en las bien cono­cidas palabras:

 

"Mora así en todo,

desde el diminuto comienzo de la vida hasta finalizar

en el hombre ‑la consumación de nuestro esquema

del Ser, la terminación de esta esfera

de la vida; cuyos atributos ya diseminados

por doquier sobre el mundo visible,

piden ser combinados como ínfimos fragmentos

destinados a unirse en un maravilloso todo,

cualidades imperfectas diseminadas por toda la creación,

sugiriendo una criatura aún increada,

algún punto donde estos rayos dispersos pueden unirse,

convergiendo en las facultades del hombre...

. . . . . . . . . . . . . . . . ..

 

Cuando la raza sea perfecta,

es decir, como hombre; todo lo dado al género humano,

y por el hombre producido, hasta ahora ha llegado a su fin:

pero en el hombre íntegro se inicia nuevamente

una tendencia hacia Dios. Las predicciones auguraron

el acercamiento del Hombre; en el yo del hombre surgen

augustas anticipaciones, símbolos, tipos 

de tenue esplendor, siempre existentes

en ese eterno círculo perseguido por la vida.

Los hombres comienzan a cruzar los límites de la naturaleza,

            descubriendo nuevas esperanzas y obligaciones, que rápidamente suplantan

            sus propias alegrías y pesares; llegan a ser demasiado grandes

            para los estrechos credos del mal y del bien, que se desvanecen

ante la inmensurable sed de bien; en tanto

surge en ellos la paz en forma creciente,

estos hombres se hallan ya en la tierra,

serenos en medio de las criaturas semiformadas que los rodean,

que deben ser salvados por ellos y unirse a ellos."

 

      El hombre, el ser humano, alma encarnada, está en vísperas de dar ese paso hacia adelante que producirá el primero de los grandes desenvolvimientos, denominado "el nuevo nacimiento". Una vez experimentado esto, la vida del Cristo‑Niño se acrecentará y el impulso establecido lo llevará hacia adelante por el Camino que va de una cumbre elevada de realización a otra, hasta que él mismo se convierta en un iluminado portador de Luz, y pueda alumbrar el camino de los demás. Los iluminados siempre han llevado a la raza hacia adelante; los conocedores, los místicos y los santos, siempre han revelado las cumbres de las posibilida­des individuales y raciales.

 

 "Revelan a otros hombres lo que el hombre puede ser; reducen el cuerpo a átomos y producen una llama viviente en un cuerpo recién reconstruido; desentierran la oculta belleza de los seres humanos que pasaron al más allá como desecho de la humanidad, y enhebran en el hilo dorado del amor de Dios, virtudes cuya existencia era apenas co­nocida y su combinación parecía imposible: fervor y paciencia, humil­dad y poder, desapego y afecto, humilde esperanza y elevada humildad. Pero, por sobre todo, los santos poseen el secreto de la paz, así como el amante corresponde a los deseos de su corazón, y en esa realización algún gozo cantó internamente, al cual respondieron todas sus facultades. Los santos no son solitarios ni estoicos, conocen el dolor y comprenden la pena, pero dondequiera vayan, los acompaña la claridad solar de la primavera." (16)

 

El Camino que va desde el Nacimiento en Belén hasta el Monte de la Crucifixión, es duro y difícil, pero es hollado con regocijo por el Cristo y por quienes han sintonizado su conciencia con la Suya. El goce de la vida física se trasforma en el goce de la comprensión, y nuevos valores, nuevos deseos y un nuevo amor, reemplazan al antiguo. El Dr. Whitehead (17) lo aclara bellamente con las palabras:

 

"En cuanto se alcanza la conciencia superior, el goce de la existencia se entrelaza con el dolor, la frustración, la privación y la tragedia. En medio de tanta belleza, heroísmo y osadía transitorios, la Paz es la intuición de lo permanente. Conserva vívida la sensibilidad de la tra­gedia, y la ve como un ser viviente, persuadiendo al mundo para obtener lo sutil, más allá del desvanecido nivel de los hechos circundantes. Cada tragedia es la revelación de un ideal ‑lo que debió haber sido no fue lo que pudo ser. La tragedia no ocurrió en vano. Este poder de sobrevivir de la fuerza motivadora, debido a la atracción de las reservas de la Belleza, marca la diferencia entre el mal trágico y el mal denso. El sentimiento interno que corresponde a esta captación del servicio que presta la tragedia, es la Paz ‑la purificación de las emociones."

 

El Nacimiento en Belén marcó el comienzo del largo camino de la tragedia del Salvador. Hizo de Él "varón de dolores, experi­mentado en quebranto". (18) Fue el principio del fin, señalando Su iniciación en los estados superiores de conciencia. Está evidenciado en el Evangelio.

 

2

 

      Antes de referirnos en forma definida a esas grandes inicia­ciones, sería de valor tratar brevemente uno o dos puntos relacionados con el tema en general. Se da tanta enseñanza peculiar y sin fundamento sobre el tema, en la actualidad, y tan grande es el interés general, que se necesita con urgencia pensar con claridad y prestar atención a ciertos factores que con frecuencia se pasan por alto. Aquí cabría preguntarse "¿Quién es el inicia­dor? ¿Quién podría ser elegido para presentarse ante Él y recibir la iniciación”?

 

Nunca se acentúa con demasiada claridad que el primer ini­ciador que enfrenta el hombre es siempre su propia alma. Muchas escuelas esotéricas y maestros de esoterismo basan sus enseñanzas en las de algún gran Maestro y ponen a sus aspirantes bajo su tutela, que se supone los preparará para este paso, y sin cuya ayuda no hay progreso posible, olvidando que no hay Maestro que pueda hacer contacto con un ser humano, hasta que no haya establecido un claro y definido contacto con su propia alma. En el nivel de la percepción, el del alma, residen quienes pueden ayudarnos, y hasta no haber penetrado en ese nivel, como individuos, es imposible lograr un contacto inteligente con quienes actúan allí normalmente. La iniciación está relacionada con la conciencia y es simplemente una palabra que empleamos para expresar la transición que el hombre establece entre la conciencia del cuarto reino o humano, y el quinto o espiritual, el reino de Dios. Cristo vino para revelarnos el camino a ese reino y

 

"llamó a esa condición... el “Reino de los Cielos” que no era un lugar ni un mundo mejor, sino un estado de la mente o del alma, algo a que todos los hombres pueden tener acceso si siguen el camino. 'Esforzaos por tanto en conoceros a vosotros mismos y sabréis que sois hijos del Padre; sabréis que estáis (en la Ciudad de Dios), que vosotros sois la ciudad”. (19) Es evidente que esas palabras fueron dichas por quien des­cubrió ese Reino y que, por propia experiencia, adquirida en el camino hacia ese Reino, trató de enseñar a los demás. . . “ (20)

 

Esta alma iniciadora, denominada, como hemos visto, de di­versos modos en El Nuevo Testamento y en las demás religiones, tiene una terminología adecuada a la época y al temperamento del aspirante. Donde el discípulo cristiano habla de que "Cristo en vosotros esperanza es de Gloria", (21) el discípulo oriental puede hablar del Yo o Atman. Las modernas  escuelas de pensamiento hablan del ego, yo superior, hombre verdadero o entidad espiri­tual, mientras que en El Antiguo Testamento se hace referencia al "Ángel de la Presencia". Podría recopilarse una larga lista de sinónimos, pero para nuestros fines nos limitaremos a la pala­bra "alma" por su amplio empleo en Occidente.

 

El alma inmortal en el hombre, lo prepara para la primera ini­ciación, porque esta alma se manifiesta en la tierra como el "Cristo-­Niño" que aparece en el hombre. Éste es el nuevo nacimiento. Lo que se ha estado gestando lentamente en el hombre llega a nacer por fin y el Cristo o alma nace conscientemente. Siempre ha estado presente el germen del Cristo viviente, aunque oculto en cada ser humano. Pero a su debido tiempo y período, el alma infante hace su aparición, siendo posible la primera de las cinco iniciaciones. La tarea prosigue y la vida crística se desarrolla y desenvuelve en el hombre hasta que tienen lugar las iniciaciones segunda y terce­ra. En esta etapa, como muchos creen, somos iniciados por medio del Cristo, y en plena conciencia vigílica el iniciado permanece ante Su Presencia y Lo ve cara a cara. Browning expresa esta verdad en su gran poema, diciendo:

 

“Oh, Saúl, será

un Rostro como mi rostro el que te reciba; a un Hombre como yo

amarás y por Él serás amado, siempre. Una Mano como ésta

¡te abrirá los portales de la nueva vida!

¡Mira al Cristo ante ti. !" (22)

 

Después de la tercera iniciación, la Trasfiguración, cuando la personalidad ha sido subordinada al alma o Cristo inmanente, y la gloria del Señor puede brillar a través de la carne, enfrentamos la suprema realización de la Crucifixión y la Resurrección. Des­pués, se dice, ese Ser misterioso a que se refiere El Antiguo Testa­mento, denominándolo Melquisedek o el Anciano de los Días, desem­peñará Su parte y nos iniciará en misterios aún más elevados. De este Personaje se dice que:

 

"Este Melquisedek, Rey de Salem, Sacerdote del Dios Altísimo... era, en primer término, como Su nombre lo indica, Rey de Justicia, y además Rey de Salem (es decir, Rey de la Paz). Sin padre ni madre ni genea­logía, no tiene principio de días ni fin de vida..., permanece sacerdote para siempre”. (23)

Él es Quién recibe al iniciado y supervisa las transiciones supe­riores de conciencia que constituyen la recompensa a las pruebas pasadas triunfalmente. Es Aquél cuya "estrella alumbra" cuando el iniciado entra en la luz.

 

Hay, por lo tanto, tres iniciadores: primero, la propia alma del hombre; segundo, el Cristo de la historia y, finalmente, el Anciano de los Días, Aquél en Quien "vivimos, nos movemos y tenemos nuestro Ser". (24) Estas ideas interesan porque comprendemos que de las cinco iniciaciones, tres parecen ser, y en verdad son de suprema importancia. En la vida de Cristo hay episodios que repre­sentan grandes etapas de realización, culminando ciclos e iniciando otros nuevos, y son: la primera iniciación, el Nacimiento; la ter­cera iniciación, la Trasfiguración; la quinta iniciación, la Resurrec­ción. Existe en la naturaleza un misterioso valor relacionado con las iniciaciones primera, tercera y quinta ‑el comienzo, el punto medio y la consumación final. Como ya se dijo, "no sólo los intervalos entre la nota básica, la tercera mayor y la quinta perfec­ta, o los que distinguen la corchea de la semicorchea, son los que permiten componer una sinfonía o canción". Entre esos elevados puntos de cuyos intervalos da detalles el Evangelio, continúa la ta­rea que hace posibles las realizaciones posteriores. Consideramos especialmente en este libro, la técnica de la entrada en el reino de Dios. Tal reino existe, y nacer en él es tan ineludible como el naci­miento en la familia humana. El procedimiento correlativo desde la gestación, hasta que "en la plenitud del tiempo" nace el Cristo-­Niño, el alma empieza a manifestarse en la tierra, comenzando la vida del discípulo y del iniciado. Pasa de una etapa a otra hasta que domina todas las leyes del reino espiritual. Por el nacimiento, el servicio y el sacrificio, el iniciado se hace ciudadano de ese reino, y esto constituye un proceso relacionado con su vida interna, tan natural como lo son los procesos físicos relacionados con su vida externa como ser humano. Ambos van juntos, pero la realidad in­terna eventualmente viene a la manifestación mediante el sacri­ficio de lo humano a lo divino. La siguiente cita aclara este con­cepto:

 

«Todos los grandes instructores han sabido que 'perder' esta vida debe ser el camino de todo el género humano, a fin de lograr un nuevo naci­miento, el Nirvana o reino de los Cielos; por lo tanto, al exigir a sus seguidores que pierdan su vida por Él y se nieguen a sí mismos, Jesús no les pidió nada excepcional. Si alguien quisiera seguir las enseñanzas de la Vedanta, del Buda o de Lao‑Tsé, debería también, implícitamente, perder al mundo entero y ganar sus propias almas. Tomando literalmente las palabras de Jesús, debemos alcanzar el mismo desapego de las cosas de este mundo como lo hacen los indúes al alcanzar el 'sa­madhi’. No niego, sin embargo, que el intento de poner en práctica Su lección resulta lo más difícil del mundo, pero, si se logra, el resultado sería ciertamente la liberación absoluta de las condiciones en que se ha desenvuelto la humanidad hasta el presente, y la entrada en un estado tan nuevo, como cualquier reino celestial imaginado: 'No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento desde donde quiere, sopla, y oyes su sonido; más ni sabes de dónde viene y adónde  va: así es todo aquel que es nacido del Espíritu’ (25) ¿Puede alguien decir hoy, o alguien haber dicho alguna vez, dónde está el subconsciente o el alma? Se acepta que está fuera de toda designación de tiempo y espacio, y esa idea es quizá para nuestras mentes modernas la que más se acerca a un concepto de la naturaleza de aquello que 'volverá a nacer' del Espí­ritu, y aunque no volvamos a nacer de nuevo, esa naturaleza permanecerá siendo tan insondable como el viento”. (26)

 

       El iniciado no es simplemente un hombre bueno. El mundo está lleno de hombres buenos que probablemente están muy lejos de ser iniciados, tampoco es un devoto bien intencionado. El ini­ciado es un hombre que ha agregado una sensata comprensión in­telectual a las cualidades básicas de una sana devoción y carácter moral. Por medio de la disciplina ha coordinado su naturaleza in­ferior, la personalidad, por eso es "un recipiente útil para uso del amo” (27) siendo ese amo su propia alma. El iniciado sabe que deam­bula por un mundo de ilusión, pero se está instruyendo a sí mismo mientras camina a la luz de su alma, comprendiendo que al servir a sus semejantes y al olvidarse de sí mismo se prepara para presen­tarse ante el portal de la Iniciación. En ese sendero conoce a quie­nes como él, están aprendiendo a ser ciudadanos de ese reino. El mismo autor citado dice:

 

“, ... el vínculo de unión entre las personas que conocieron algo del reino ‑aunque como individuos no se conozcan‑ es el territorio del Reino de los Cielos, como Jesús quería que fuese, y cuando algunos de sus ciudadanos se conocen en cuerpo y mente, hay un reconocimiento instantáneo. Como ciudadanos del mundo pagan tributo al César, pero al mismo tiempo saben que el Reino de Dios 'no es de este mundo' y dan a Dios las cosas que son de Dios, comprobando que son también ciudadanos de ese Reino Interno, rodeándonos, invisible, intangible... está el Reino, a su debido tiempo entraremos allí. Cuando los hombres comprendan, es decir, acep­ten, que 'el reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán: ¡hélo aquí o hélo allí!, porque he aquí el reino de Dios dentro de vosotros'; (28)  entonces habrán dado el primer paso para conquistarlo." (29)

 

Éste ha sido el conocimiento y el mensaje de todos los verda­deros cristianos en el trascurso de los siglos, y su testimonio con­junto atestigua la realidad del reino, y el hecho de que quienes realmente lo buscan pueden hallarlo, y los que indagan acerca de su existencia, no serán defraudados. El camino hacia el reino se halla mediante preguntas y respuestas, buscando y encontrando, obedeciendo la voz interna, que sólo puede escucharse cuando las otras voces callan. El canónigo B. H. Streeter (30) lo aclara de este modo:

 

”Un intento sincero de cumplir la voluntad de Dios será poseer la condición preliminar de 'saber si la enseñanza es verdadera'. El camino para el conocimiento de Dios se hallará por la reorientación del propósito y el deseo, y la constante rededicación del yo a lo más elevado que conoce.

 

"Si así fuera, podrá esperarse que en determinado punto del desen­volvimiento espiritual, la personalidad llegará a ser suficientemente sen­sible a la influencia de lo divino, para lograr la percepción de la voluntad de Dios, que puede hallar expresión por medio de una voz interna."

 

Cuando oímos esa voz alcanzamos la conciencia de las posibilida­des futuras y damos el paso inicial hacia la primera iniciación, que nos lleva a Belén y a descubrir y conocer a Cristo. Encontramos a Dios dentro de nosotros mismos. En la caverna del corazón puede sentirse el latido de la vida divina. El hombre descubre que es uno entre un vasto número de quienes pasaron por la misma expe­riencia, y mediante el proceso de la iniciación da nacimiento al Cristo. La "vida infantil” recién nacida en el reino de Dios, comien­za con las luchas y las experiencias que lo llevarán gradualmente de una iniciación a otra, hasta obtener la realización. Entonces se convierte en un instructor y expresión de la divinidad y sigue las huellas del Salvador, sirviendo a la raza, emitiendo la nota nece­saria y ayudando a otros a alcanzar el punto por él logrado. El sen­dero del servicio y la colaboración con la voluntad divina se con­vierten en el propósito de su vida.

 

No todos los iniciados pueden alcanzar la altitud lograda por Cristo. Su misión fue única y cósmica. Pero para los discípulos del mundo es posible la experiencia de cada una de las etapas de ilu­minación, según las describe el Evangelio. En consecuencia, al re­sumir las ideas concernientes al nuevo nacimiento en el reino, que tantos enfrentan en esta época, debe tenerse en cuenta que:

 

"En la primera gran Iniciación, el Cristo nace en el discípulo. En­tonces percibe por primera vez en sí mismo la afluencia del Amor divino y experimenta el maravilloso cambio que lo hace sentirse uno con todo lo que vive. Éste es el 'Segundo Nacimiento', del que se regocijan todos los seres celestiales, porque nace en el Reino de los Cielos', como uno de los 'pequeños', como un 'infante', nombres que se aplican a los nuevos Iniciados. Tal es el significado de las palabras de Jesús, que sugieren que un hombre debe convertirse en un niño para entrar en el Reino." (31)

 

La misma autora, en otro pasaje de su libro, dice:

 

"El 'segundo nacimiento' es otro término muy conocido para designar la Iniciación; hasta en la India, se los llama 'dos veces nacidos' a los de las  castas superiores, y la ceremonia que los convierte en dos veces nacidos es la de la Iniciación ‑que en estos tiempos modernos es mera broza, pero son 'las figuras de las cosas celestiales’. (32) Cuando Jesús se dirige a Nicodemo, le dice: 'el que no naciere otra vez, no puede ver el reino de Dios', y se habla de este nacimiento como de 'agua y Espíritu'. (33) Ésta es la primera Iniciación; le sigue la 'del Espíritu Santo y la del fuego', (34) es decir, el bautismo del iniciado en su madurez, ya que el primero es el del nacimiento que da la bienvenida 'como a niños' que entran en el reino. (35) Que era enteramente familiar esta imagen entre los místicos judíos, se aprecia en la sorpresa que manifiesta Jesús cuando Nicodemo no entiende la fraseología mística de Su Interlocutor: '¿Eres tú, maestro de Israel y no sabes esto?’.” (36)

 

Los discípulos del mundo de esta época enfrentan estas posi­bles cumbres de realización. Así también se halla el fatigado discí­pulo mundial, la conjunta humanidad, agotada y aturdida, perpleja,  ­e intranquila, aunque consciente de las divinas potencialidades y de los grandes sueños, visiones e ideales, que evocan una esperanza y rechazan una derrota, y son la garantía del éxito eventual. La voz de todos los Salvadores del mundo y el ejemplo de Cristo, indi­can a la humanidad el Camino que debe seguirse. Esto nos aparta de lo superficial y material y nos eleva del mundo irreal al mundo de la realidad. "El hombre está harto de una vida separada de su centro religioso y comenzará la búsqueda de un nuevo equilibrio religioso, de una profundización espiritual; ninguna actividad puede llevarla a cabo meramente en la superficie, llevando una vida puramente externa”. (37) Lo profundo llama a lo profundo y de las tinieblas de esas honduras, por el dolor y el sufrimiento, surgirá el Cristo‑Niño, y la humanidad en conjunto estará preparada para la gran transición hacia el reino de Dios. Herman Keyserling (38) dice lo mismo que el Dr. Berdyaev, señalando, además, que "la verdadera historia del género humano en realidad recién comienza; el hombre sólo ha alcanzado el grado de conciencia que le permitirá ser dueño de su destino". Puede entrar ahora en el reino y comen­zar la historia espiritual. Hasta el presente, la historia ha sido preparatoria. Recién ahora, por primera vez, la raza está en con­diciones de dar el gran paso en el sendero del discipulado y de la purificación, que precede al sendero de la iniciación. Los individuos siempre han surgido de la masa y ascendieron al pináculo de la realización, escalando la montaña de la iniciación. Actualmente, esto resulta posible para la mayoría. La voz de los que se realiza­ron, la clarinada de los que ya se han iniciado en los misterios del reino de Dios, posibilita el siguiente paso. El momento es único y urgente. El llamado es para el individuo, pero también, por pri­mera vez en la historia, resuena en los oídos de la multitud, porque la masa está preparada para responder. El Dr. W. E. Hoc­king (39) dice al respecto:

      

       "Las relaciones entre el hombre y Dios, en el trascurso de la his­toria religiosa, se hicieron más profundamente personales y apasionadas, con una profundización del sentido del mal y angustia espiritual. El alma encuentra por fin su compañero divino. Pero mientras la religión penetra en estratos más profundos y fértiles del conocimiento de Dios, se evi­dencia que el desarrollo de la religión cae progresivamente sobre los hombros de los individuos que, por su experiencia de Dios y su conoci­miento, se convierten en autoridad para los demás. Vemos que la religión se universaliza y, al mismo tiempo, se hace peculiarmente personal."

      

Tal es la situación actual. Las voces de los individuos que pe­netraron en el reino, llaman a la multitud en términos claros, y esto es seguro, aunque a algunos la iniciación de la humanidad les pa­rezca un proceso lento. Las antiguas verdades enunciadas por los Instructores y Salvadores mundiales están en proceso de ser inter­pretadas para satisfacer las antiguas necesidades en nuevos tér­minos y en forma más vital. Los Conductores que moldean los espíritus de los hombres mantienen los portales abiertos de par en par, y el género humano se verá obligado a atravesarlos rápida­mente si escucha el llamado, pero inevitablemente lo hará, lo oiga o no.

 

De esos inspirados Conductores, Voces y Conocedores de Dios el siguiente párrafo, extraído de un libro ya citado, resume lo que trato de expresar:

 

"De todos los grandes conductores de la humanidad, el tipo supremo del genio, por aceptación universal y para honra del género humano, ha sido: siempre el revelador de nuevas formas de esa noble vida abundante, siendo a la vez santo, sabio y artista, y sobre todo gran amante de la naturaleza y del hombre, un verdadero representante de la vida en su plenitud y unidad, que visualiza el magno drama de la vida del hombre en su totalidad y amplitud, movido a compasión por los sufrimientos y necesidades de sus semejantes, absorbe, para bien de ellos, con infinita paciencia, la cultura superior de su época y, después, basando sus descu­brimientos supremos en la humilde aceptación de la experiencia y la in­vestigación arriesgada, inyecta nueva vida a las grandes y antiguas reli­giones, fundando sobre ellas una síntesis nueva y más amplia, a la luz de la cual el arte poético‑cósmico, antiguo y perdurable, del género hu­mano, se acrecienta, enriquece y purifica. Luego se abre una nueva era para todos los seres vivientes, humanos o no." (40)

 

Estas palabras expresan la misión de Cristo en el pasado y el mensaje que dará en el futuro.

 

Por lo tanto, nuestro tema surge gradualmente de nuestra con­ciencia y vemos que debe ser encarado desde dos ángulos princi­pales. Ante todo estudiaremos esas cinco iniciaciones de Jesús, desde el ángulo del aspirante individual, para poner de manifiesto que como hijos de Dios podemos participar de lo que el Cristo realizó. Una de las cosas más interesantes que se presenta al estu­diar la vida de Cristo, y percibir cómo el Plan divino para esa vida fue registrándose progresivamente en Su conciencia, es que al principio apenas pudo percibir lo que debía hacer. Las ideas se fueron desarrollando a medida que el Cristo crecía. Después de la primera iniciación, el Nacimiento en Belén, las palabras que dirigió a Su Madre fueron: "¿No sabíais que en los asuntos de mi Padre me es necesario estar?”. (41) Él sabía que se Le había ordenado trabajar y servir, pero las especificaciones de esa tarea se aclararon en Su mente recién más adelante. Simplemente reconoció un Plan, y a ese Plan Se dedicó. Esto es lo que deben hacer quienes siguen Sus pasos.

 

Luego tuvo lugar la segunda iniciación, la del Bautismo. Cristo había llegado a la adultez y esta realización fue seguida inmediata­mente por un definido y consciente rechazo del mal. El reconoci­miento del trabajo a emprenderse debe ser seguido por la purifi­cación del que debe realizarlo y demostrar esa purificación y libe­ración del mal. Cristo lo demostró al triunfar sobre las tres tenta­ciones. Sólo después de esta evidente preparación leemos (42) que se dedicó a enseñar.

 

El reconocimiento y la preparación para participar en el Plan divino fueron seguidos por la dedicación a ese Plan. Después de la Trasfiguración, Cristo comprendió totalmente lo que tenía por delante y Lo definió claramente a Sus discípulos, cuando dijo:

 

“... que el Hijo del hombre padezca muchas cosas y sea rechazado por los ancianos, los principales sacerdotes y por los escribas, y sea muerto y resucite al tercer día.. . Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a si mismo, y tome su cruz cada día, y sígame.” (43)

 

Más adelante, en el mismo capítulo leemos que "Él volvió su rostro para ir" al lugar del sufrimiento y del sacrificio.

 

Finalmente comprendió que había cumplido lo que de Él se es­peraba. Cumplió el Plan, cumplió los asuntos de Su Padre y las “muchas cosas" emprendidas. Leemos que aún en la Cruz, el Plan absorbía Su atención y con Su "consumado es” (44), pasó por los por­tales de la muerte a una gozosa resurrección.

 

La revelación gradual del Plan y el servicio al mismo, siempre acompañan al proceso iniciático; el individuo aprende a subordinar su vida a la Voluntad del Padre y a trasformarse (como lo hizo Cristo) en el servidor de esa Voluntad. El proceso iniciático en sí es sólo una parte del Plan general para la raza, y los senderos del discipulado y de la iniciación sólo son las etapas finales en el sen­dero de la Evolución. Los primeros pasos en el sendero conciernen a la vida y la experiencia humanas, pero las etapas finales después del nuevo nacimiento, conciernen al desenvolvimiento del espíritu.

 

Lo que atañe al desarrollo del individuo también atañe a la ra­za. Todas esas etapas deben ser realizadas en la vida racial. Los que ven claramente esa visión, pueden percibir evidencias de este Plan en desenvolvimiento, en el constante surgimiento de las dis­tintas ideas que hoy predominan en el mundo. Sin entrar en detalles o en extensas explicaciones del tema, el desarrollo del Plan y de la respuesta racial pueden percibirse con toda claridad en el desen­volvimiento de la idea de Dios. Primero, Dios fue una lejana Deidad antropomorfa, desconocida, no amada, vista con temor y recelo y adorada como una Deidad que se expresaba mediante las fuerzas de la naturaleza. A medida que trascurría el tiempo, este Dios dis­tante se aproximó un poco más a Su pueblo, tomando un tinte más humano, hasta que en la dispensación judía, lo vemos muy parecido a nosotros, pero siendo todavía un Regente ético e iracundo, al cual se le obedecía y temía. A medida que trascurría el tiempo fue acer­cándose más, y antes del advenimiento del cristianismo, los hombres Lo reconocieron como el bienamado Krishna, de la fe hindú, y como el Buda. Luego llegó el Cristo para Occidente. Se vio a Dios Mismo encarnado entre los hombres. Lo lejano se convirtió en cer­cano, y Él, que había sido reverenciado con temor y asombro, podía ahora ser conocido y amado. Hoy Dios está aproximándose más aún, y la nueva era no sólo reconocerá la verdad de las revelaciones pasadas, atestiguando su validez y progresiva revelación de la divinidad, sino que a todo se sumará la revelación definitiva de la Presencia de Dios en el corazón humano, del Cristo que nace en el hombre, y cada ser humano se manifestará verdaderamente como hijo de Dios.

 

Si consideramos el desarrollo de la conciencia, vemos que apa­rece el mismo Plan divino. Aunque la raza en su infancia estaba dominada por el instinto, a medida que fue pasando el tiempo el  intelecto empezó a manifestarse, y ahora continúa controlando los asuntos humanos y gubernamentales y las ideas. El intelecto correctamente empleado y comprendido está evolucionando hacia algo más sutil y revelador, y podemos progresivamente trazar el crecimiento de esta nueva fuerza, la intuición, en el inteligente hombre moderno. A su vez, esto trae iluminación, y así el hombre pasa de una gloria a otra, hasta que el omnisciente y cósmico hijo de Dios pueda verse expresándose a través de cada hijo del hombre.

 

El mismo desenvolvimiento puede observarse también racial­mente en la transición efectuada en las diversas etapas que van desde el salvaje aislado hasta la familia y la tribu, luego desde la unificación de las tribus en naciones regidas por un solo gobierno, hasta que hoy vivimos en un mundo que comienza a responder a algo más grande que la nación ‑la humanidad misma‑ y a con­cebir su expresión por el desarrollo de una conciencia interna­cional. Por cualquier línea desde donde tracemos el desarrollo del Plan, venimos de un pasado distante, oscuro e ignorante, y vamos a la actual etapa donde surgen valores más reales. Empezamos a columbrar lo que es ese Plan y hacia dónde vamos. Entramos cons­tantemente en un mundo de realidades espirituales, porque "hay un camino que se inicia en cada conjunto natural de hechos y va hacia cada realidad espiritual en el universo, y la naturaleza esencial de la mente obliga siempre en cierta medida, a recorrer este camino...” (45).

 

 En este "fin de la era" el hombre enfrenta el portal de la oportunidad y, como está en proceso de descubrir su propia divi­nidad, penetrará en el ámbito de los valores reales y llegará a un mejor conocimiento de Dios. El misterio del nuevo nacimiento lo enfrenta y debe pasar por esa experiencia. Las siguientes pala­bras son iluminadoras:

 

"El misterio de la Encarnación no es de propiedad exclusiva de la Iglesia cristiana. Cada generación tiene su revelación encarnada. Pero aunque la manifestación de lo divino se actualiza en el hombre cuando encarna en los videntes, profetas y santos, la constante tarea de los pen­sadores ha sido definir y expresar en palabras la naturaleza del mundo espiritual. Con el término Dios o dioses, se ha descrito el contenido espi­ritual del Universo como un ser místico... , así Dios ha llegado a ser nuestro Padre en los Cielos, considerándolo como el poseedor de todas las bondades. La cualidad que se Le ha atribuido mayormente ha sido la de Su Amor... Por lo general se sostiene que Dios responde a los acerca­mientos humanos y colabora activamente con el hombre en su esfuerzo por ascender. La evidente encarnación de un elemento divino en el hombre, ha llevado, por un proceso a la inversa, al concepto de un Ser divino detrás del universo visible, y poseedor de todas las perfecciones”. (46)

 

La divinidad del hombre debe nacer tanto en el individuo como en la raza, así el reino de Dios vendrá a la existencia en la tierra. El Dr. Berdyaev (47) expresa lo mismo cuando dice que no son posibles "una sociedad y cultura perfectas sin esta verdadera vida espiritual, es decir, sin un renacimiento religioso. No debemos contentarnos con simbolizarla o simularla, sino aceptarla en su legítima forma."

 

 

3

 

Estas cinco iniciaciones tienen ciertos puntos básicos en común y semejanzas que en sí son de real significación. Existen factores afines a todas ellas. El Camino que conduce al reino es universal y el hombre es el símbolo y la realidad. El hombre observa todos los mitos y símbolos del mundo; lee y conoce la historia de los Salvadores del mundo, y al mismo tiempo debe volver a actualizar la misma historia y convertir el mito en una realidad en su propia experiencia personal; debe conocer a Cristo y también seguirlo, etapa tras etapa, a través de las grandes experiencias del proceso iniciático.

 

Toda iniciación está precedida de un viaje; cada etapa y acon­tecimiento dramático ocurre al finalizar un período de viaje. Es evidente este simbolismo. "Hollar el sendero" es el modo familiar de describir el acercamiento de un ser humano a los misterios. Es interesante observar que todo el mundo está en actividad. Em­prenden viajes y peregrinaciones, proceso simbólico de una con­dición interna de búsqueda y acercamiento a una meta preorde­nada. Los viajes por tren, barco, avión, son comunes. Grandes grupos emigran de un lugar a otro, según las posibles condiciones económicas y el dictado del destino. Viajamos de aquí para allá. Caminamos, ampliamos nuestros horizontes. Nos preparamos tam­bién para expansiones de conciencia que nos permitirán vivir en dos reinos a la vez ‑la vida que debe vivirse en la tierra y la que podemos vivir en el reino de Dios. La humanidad está en la pri­mera etapa de su viaje al místico Belén, donde debe nacer el Cristo‑Niño, y la primera iniciación es, en estos momentos, un acontecimiento inminente para muchos.

 

 "Ante cada hombre se abre

un camino, y caminos y un CAMlNO.

Y el alma superior asciende por el Camino superior

y el alma inferior va a tientas por el inferior;

y entre las brumosas planicies,

los demás van a la deriva, de aquí para allá.

Pero ante cada hombre se abre

un Camino superior y otro inferior,

y cada hombre decide

el Camino que debe seguir su alma." (48)

 

 La enunciación de una Palabra de Poder señala una iniciación. El iniciado la oye, aunque el resto del mundo no pueda oírla. Cuando Cristo pasó por esas crisis, en cada una de ellas resonó una Voz, y el sonido emitido "abrió de nuevo los portales de la vida". Puerta tras puerta se abren ante la demanda del iniciado, como respuesta del Iniciador que está al otro lado del portal. Ve­remos lo que significó cada una de estas Palabras. La palabra siempre surge del centro. Repetidamente se dice en El Nuevo Tes­tamento: "el que tenga oídos para oír, oiga”, (49) y un estudio de las palabras dirigidas a las siete Iglesias en las Revelaciones, arro­jará mucha luz sobre el factor de la Palabra.

 

Grandes Palabras raciales fueron emitidas, produciendo los cambios requeridos y significando para los sensitivos un poder de verdadero valor espiritual.

 

      La Palabra o sonido para la antigua Asia en el pasado fue Tao, o el Camino. Representaba el antiguo Camino que los Iniciados del Lejano Oriente hollaban y enseñaban. Para nuestra raza, la palabra es Aum, que ha de generado en el Amén de nuestro ver­náculo occidental. Las antiguas escrituras de la India consideran a esta Palabra como indicando peculiarmente la divinidad, el es­píritu de vida, el aliento de Dios. Cuál será la nueva Palabra que "surgirá del centro”, no lo sabemos, pues no será enunciada hasta que la raza esté preparada. Pero hay una Palabra común de Poder que será puesta bajo la custodia de nuestra raza si estamos a la altura de nuestra oportunidad, y por medio del nuevo nacimiento entraremos en el reino de Dios. Es la Palabra quedará vida al al­ma oculta en el hombre y lo energetizará en una actividad espiri­tual renovadora. A medida que la raza acreciente su sensibilidad y los aspirantes del mundo, de todas las religiones, cultiven la facul­tad (por medio de la meditación) de oír la Voz que puede acallar a las demás voces, y a medida que aprenda a registrar ese Sonido  que apaga a todos los demás, podrán, como grupo, reconocer la nueva Palabra que se emitirá.

 

En cada iniciación de Jesús, como veremos, se dio un Signo, que se estampó en la conciencia de los no iniciados. Cada vez se vio un símbolo o forma que indicaba una revelación. Cristo Mis­mo dice que al final de los tiempos “la señal del Hijo del Hombre se verá en el Cielo." (50) Así como el Nacimiento en Belén fue anun­ciado por un signo, la Estrella, también el nacimiento hacia el cual se encamina apresuradamente la raza, será anunciado por un Signo celestial. La súplica que se eleva desde el corazón de todo verdadero aspirante a la iniciación está bellamente expresada en la siguiente plegaria:

 

“Hay una paz que a toda comprensión trasciende, es la que mora en el corazón de quienes viven en lo Eterno. Hay un poder que todas las cosas renueva, es el que vive y se mueve en quienes saben que el Yo es uno. Que esta paz se cierna sobre nosotros, que ese poder nos eleve, hasta llegar donde el único Iniciador es invocado, hasta ver el fulgor de Su estrella."

 

Cuando se vea ese Signo y se oiga la Palabra, el paso siguiente será registrar la Visión. El iniciado puede ver el Plan y la parte que debe desempeñar, entonces sabe lo que debe hacer. De esta Visión se habla como de la "visión de Dios” pero se expresa para el hombre en términos de la voluntad de Dios y la plenitud de lo que Dios intenta hacer. Estamos destinados a ser iniciados en los misterios de esa voluntad. La visión de Dios es la visión del Plan de Dios. Ningún hombre ha visto a Dios. La revelación de Dios viene por la revelación de Cristo.

 

“Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre y nos basta.

Jesús le respondió: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me has conocido Felipe? El que me ha visto, ha visto al Padre'." (51)

 

Cristo reveló en Sí Mismo la voluntad de Dios y dio a la huma­nidad una visión del Plan de Dios para el mundo, y este Plan es la venida del reino. Cristo era Dios y la palabra de Dios surgía de Él. El Dr. A. N. Whitehead (52) aclara esta idea:

 

"Él es completo en el sentido de que su visión determina toda posi­bilidad de valor. Tal visión completa, coordina y ajusta cada detalle. De este modo no se agregan a su conocimiento las relaciones de las normas particulares de valores, ni lo perturba la comprensión en el mundo actual de lo que ya conceptualmente conoce en su mundo ideal. Este mundo ideal de armonización conceptual es sencillamente una descripción del propio Dios. Así, la naturaleza de Dios es el total conocimiento conceptual del ámbito de las formas ideales. El reino de los cielos es Dios...

 

"El reino de los cielos no es la separación del bien y del mal... Es la superación del mal por el bien. Esta trasmutación del mal se introduce en el mundo actual debido a que la inclusión de la naturaleza de Dios in­cluye la visión ideal de todo mal actual, tan pleno de novedosas conse­cuencias como para surgir y restaurar el bien...

 

"Todo acontecimiento, en su aspecto más sutil, introduce a Dios en el mundo. Por su intermedio otorga un fundamento a su visión ideal como realidad a la cual Dios proporciona el consiguiente ideal, y como factor que salva al mundo de la autodestrucción del mal. El poder por el cual Dios sostiene al mundo, es el poder de Sí mismo como ideal. Él se agrega al fundamento efectivo del cual surge todo acto creador. El mundo vive por la encarnación de Dios en Sí Mismo."

 

El hombre vive por la encarnación de Dios en el hombre. Pa­sando por el portal del nuevo nacimiento, el hombre puede redimir la carne en que esa divinidad está encerrada, entonces puede ayu­dar a redimir al mundo. También para la raza existe la crisis, la iniciación y la visión. Se dice: "donde no hay visión los pueblos perecen". (53) Pero esa visión no es la de todo el Plan. No es la experiencia terminante ni la consumación insondable. No estamos aún preparados para ello. Ni el propio Cristo proclamó la reve­lación final. Vio y proclamó el paso siguiente que debería dar la raza. Los acontecimientos inmediatos son presentidos para ser considerados más tarde inteligentemente; tenemos un momento de previsión, de predicción, de movimiento y actividad, de dificultad y servicio y del siguiente despliegue de gloria.

 

Después de la visión, como la que siguió a la iniciación, viene un renovado cielo de pruebas y dificultades. Las verdades revela­das y la revelación acordada, deben realizarse en la experiencia de la vida diaria. Momentos de asimilación y reflexión deben se­guir a los de exaltación y visión. A no ser que se tenga una expe­riencia práctica de lo que se sabe, este saber quedará en la cima de la montaña de la revelación. Lo que se da a continuación acla­rará el punto:

 

"Lo que un hombre conoce de la cualidad interina de la vida depende principalmente de tres cosas: primero, de la profundidad y alcance de su propia experiencia personal; segundo, de hasta dónde posee afinidad imaginativa para penetrar en la experiencia interna de otros y, tercero, de hasta dónde ha reflexionado sobre el material que se le ha presen­tado. De todo lo dicho, la experiencia personal es el primer requisito, pero eso solo no es bastante, porque para la “mayoría de las personas” se ha dicho que “son ignorantes a pesar de tener experiencia". La sabiduría y la percepción interna surgen, no del número de cosas hechas ni de la severi­dad de las cosas sentidas, sino de la profundidad y calidad de la posreflexión sobre ello." (54)

 

Por último, toda iniciación conduce a servir más ampliamente. Una forma práctica de vida espiritual debe seguir a los momentos pasados en la cima de la montaña. El yo y sus realizaciones deben olvidarse al servir a los demás. No hay escapatoria posible. Todo pináculo logrado es seguido invariablemente por un ciclo de prue­ba. Toda nueva revelación captada y apropiada debe adaptarse a las necesidades de una vida de servicio consecuente y tenaz, y la iniciación siempre requiere pruebas renovadas y acrecentado po­der para servir.

 

 

4

 

"Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alum­bramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón." (55)

 

      Con esas simples palabras comienza la historia trascendental. Una historia de tan vastos alcances y consecuencias, que recién hoy empezamos a ver los resultados. Sólo hoy, dos mil años des­pués del acontecimiento, la lección de la vida de Cristo está produciendo un efecto formativo en la imaginación de los hombres; sólo hoy, la fundamental lección que Cristo vino a enseñarnos está produciendo los necesarios cambios en la capacidad de captación del hombre. Recién ahora nos damos cuenta que la evidencia his­tórica de Su llegada en la tierra es la historia misma, y que existe en el mundo la evidencia de dos grandes corrientes de esfuerzo o actividad ‑la conciencia del hombre, separatista, común, en des­arrollo, y la constante aplicación del mensaje de Cristo en los he­chos actuales, para su modificación y cambio, y determinar, mucho más allá de lo que podemos concebir, el camino que deberemos seguir. Cristo llegó en la plenitud del tiempo, justamente cuando la humanidad se aproximaba a la madurez, mostrándonos en Si Mismo y a través de Su vida, lo que un hombre fue y podía ser. Phillips Brooks (56) dice:

 

“ ¡El misterio del hombre! El que no cree en eso no puede entrar en la gloria plena de la Encarnación, ni puede creer en Cristo. Allí donde lo misterioso de la adultez toca lo divino, aparece Cristo... Para quien conoce los límites superiores de ese misterio en su propia vida, la histo­ria de cómo debería ser capaz de recibir y contener a la divinidad en sus profundidades, no puede ser increíble ¿o debería decir no puede parecer extraño? Una vez sentido el misterio del hombre ¿puede ser extraño? Cuando pensamos si es posible que Dios debería colmar a la humanidad de Sí Mismo y cuando vemos que la humanidad puede estar colmada de Dios ¿puede concebirse que no Lo haga? ; ¿no habrá encarnación? De la misma manera cuando parece inevitable y natural, el cristianismo se convierte en nuestro canon. Sólo entonces brilla en la cima de la mon­taña, hacia la que todas las fibras de nuestra vida inferior aspiran. El Hijo de Dios es también el Hijo del Hombre."

 

iEl Hijo de Dios es también el Hijo del Hombre! Este hecho ha sido tal vez olvidado, por el énfasis puesto en Su divinidad. Esa divinidad está allí y nadie puede tocarla u ocultarla, es radiación y luz blanca pura. Pero la condición humana está también allí, como garantía para nuestras oportunidades y potencialidades, res­paldando nuestra fe. Mediante el poder magnético exhalado por las palabras del Apóstol Bienamado, al describir a Cristo como al Hijo de Dios que habla en forma divina, nos postramos con amor y adoramos esa divinidad. Pero Su condición humana es subra­yada por San Lucas y San Mateo, así como Su vida de Gran Servidor fue exaltada por San Marcos. Se ha discutido la divini­dad de Cristo. De no haber existido otro Evangelio que el de San Juan, sólo habríamos conocido Su divinidad. Cristo como hombre, y Lo que hizo y Lo que fue como tal, no ha sido considerado por este Evangelio. Por ejemplo, se ha indicado que:

 

“... en el evangelio, según San Juan, no hay una sola parábola. ¿Sabía usted esto? Y si lo sabía ¿no le parece extraño? Es lo menos que puede decirse.

"Pero esas no son las omisiones más asombrosas.

"No se registra el Nacimiento virginal.

"No se registra la Tentación.

"No se registra la Trasfiguración.

"No existe el Sermón de la Montaña."  (57)

 

Cualquier escritor moderno, responsable de una biografía de Cristo, sería criticado muy severamente (de parte de los teólogos y ortodoxos) si hubiera omitido puntos tan importantes. Pero, evidentemente, según la opinión del apóstol, esos puntos no fueron de primordial importancia. El Espíritu de Cristo era lo más vital y necesario. Los otros tres apóstoles proporcionaron el ambiente y lo detalles, y aparentemente hicieron mucho para poner esos detalles de acuerdo a las enseñanzas del pasado, respecto al medio y vida de los instructores y salvadores del mundo, donde encon­tramos una curiosa coincidencia en acontecimientos y hechos.

 

 Se ha discutido sobre los detalles relacionados con la aparición fenoménica del Cristo y se ha descuidado el énfasis puesto en tres de las iniciaciones, sobre Sus palabras y significado. Nos respaldamos en los acontecimientos físicos de Su vida y nos esfor­zamos por probar la autenticidad histórica de esos acontecimientos y, en todo momento, Dios Mismo habla: "Escuchadle".

 

Otro punto que se olvida frecuentemente es que, al venir a la tierra y encarnar en forma humana, Dios testimonió Su fe en la divinidad que existe en el hombre. Tuvo suficiente confianza en los hombres y en sus reacciones a las condiciones mundanas, por eso ofrecía a Su Hijo para demostrar esa posibilidad al hombre y salvar así al mundo. En esto expresó Su creencia, y Su conducta fue dictada por esa creencia. Con toda reverencia quisiera decir que la divinidad del hombre garantiza una expresión de la divinidad. Así actuó Dios. Dean Inge, al escribir sobre las obras de Plotino, dice muy apropiadamente que "la conducta de la vida descansa en un acto de fe que comienza con un experimento y ter­mina con una experiencia". Estas palabras se aplican a Dios y al hombre. Dios tiene tal fe en la espiritualidad innata del hombre ‑¿y qué es la espiritualidad sino la expresión, en la forma, de la divinidad?‑ que se aventura en un gran experimento que ha lle­vado a la experiencia cristiana. ¡Fe en Cristo! ¡Fe en la humanidad! ¡Fe en la respuesta del hombre al experimento! ¡Fe de que la visión dada pueda trasmutarse o desarrollarse en experien­cia! Ésa fue la fe que Dios puso en la humanidad. La fe cristiana a pesar del dogma y la doctrina, a pesar de las distorsiones de los teólogos académicos y de las imposiciones de algunos clérigos ignorantes, ha unido a Dios y al hombre, fusionados en el Cristo, presentándose así la verdad de que todo ser humano puede también tener fe, para aventurarse a experimentar y pasar por la experiencia. Esta verdad vital, dramática, presentada mística­mente, pero siempre viviente, cuando es captada por la mente y comprendida por el corazón, capacita a todo aspirante a los Mis­terios cristianos para pasar por el portal del nuevo Nacimiento, hacia la luz, y a caminar desde ese momento bajo esa luz, por­que "... la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto". (58) Esta verdad es aún una verdad viviente y enriquece y colora toda nuestra fe, porque:

 

"Estos dogmas se traducen en símbolos y ritos siempre variables y matizados, controlados por la verdad que debe expresarse y, finalmente, las abstracciones del intelecto viven en la palabra hecha carne, la Divi­nidad visible en la forma dé un hombre que fue visto y tocado. En Cristo y por Cristo se logra todo lo que de otro modo podría parecer imposible, justamente porque Cristo es hombre y también es Dios, capaz de hablar en lenguaje humano, que, no obstante, extrae de las riquezas insondables de la eternidad. Su mensaje de la verdad no lo detiene el tiempo ni el espacio, sino el conocimiento o la ignorancia indebidos, los cambios de costumbres o de cultura, el amor a lo visible o a lo invisible." (59)

 

En esta continuidad (base de nuestra fe en el amor de Dios) han habido, como hemos visto, muchas palabras enviadas desde el Centro. Muchos Hijos de Dios, durante las edades, han dado a la humanidad una visión progresiva y reveladora de "las cumbres de la posibilidad", interpretando para la raza el Plan de Dios, en términos adecuados a cada época y temperamento. La uniformidad de la historia de sus vidas, la repetida aparición de la Virgen Madre (frecuentemente una variante del nombre María), la simi­litud de los detalles del nacimiento, todo indica la constante y re­novada promulgación de una verdad. Por su dramática cualidad y repetida ocurrencia, Dios graba en los corazones de los hombres ciertas grandes verdades, vitales para su salvación.

 

Una de esas verdades es que el amor de Dios es eterno y Su amor, por su pueblo, ha sido constante e inalterable. Cuando el tiempo está maduro y la necesidad del pueblo lo demanda, Él aparece para salvar las almas de los hombres.  En la antigua In­dia Krishna proclamó esta verdad en majestuosas palabras:

 

"Siempre que haya un debilitamiento de la ley y un crecimiento de la ilegalidad en todas partes, entonces Me manifiesto.

"Para la salvación de los justos y la destrucción de quienes hacen el mal, para el firme establecimiento de la ley, Yo vuelvo a nacer edad tras edad.

"El que percibe Mi nacimiento y obra como divino, que en verdad lo es... ése está Conmigo, oh Arjuna."  (60)

 

Una y otra vez han aparecido instructores, manifestando la naturaleza divina según lo justifica el desarrollo racial, enuncian­do las palabras que determinaron la cultura y la civilización de los pueblos, y siguieron su camino dejando que la simiente sem­brada germine y rinda fruto. En la plenitud del tiempo llegó Cristo y, si la evolución tiene algún significado y la raza en con­junto ha desarrollado su conciencia, el mensaje que dio y la vida que vivió, deben necesariamente sintetizar todo lo mejor del pa­sado, y completar, realizar y proclamar, una posible cultura espi­ritual futura, que trascenderá grandemente todo lo que el pasado pudo haber dado.

 

La mayoría de esos grandes Hijos de Dios, resulta curioso constatarlo, nacieron en una caverna y por lo general de una madre virgen.

 

“En lo que respecta al nacimiento virginal, es significativo que las Epístolas no se refieran al mismo, las cuales constituyen los primitivos documentos cristianos; en cambio, San Pablo habla de Jesús como 'que era del linaje de David, según la carne, (61) es decir, de la estirpe de José, descendiente de David. El Evangelio más antiguo, el de San Marcos, que data entre los años 70 y 100 d.C., no lo menciona; tampoco lo hace el de San Juan que fue escrito antes del año 100 d. C. El Libro de la Revelación, escrito entre los años 69 y 93 d. C., no se refiere a este tema, pero si el Nacimiento virginal hubiera sido un dogma importante de la fe, habría figurado sin lugar a dudas en el simbolismo místico de este trabajo." (62)

 

 A Isis, con frecuencia, se la representa de pie sobre la luna creciente, con doce estrellas rodeando su cabeza. En casi todos las iglesias católicas romanas del continente europeo, pueden obser­varse cuadros y estatuas de María, "Reina del Cielo", de pie sobre la Luna creciente y su cabeza circundada por doce estrellas.

 

"Es más que casualidad que tantas vírgenes madres y diosas de la antigüedad llevasen el mismo nombre. La madre de Baco era Myrra; la madre de Hermes o Mercurio era Myrra o Maia; la madre del Salvador siamés Sommona Cadom, se llamaba Maya María, es decir, 'María la Grande'; la madre de Adonis era Myrra; la madre de Buda era Maya; ahora bien, todos esos nombres: Myrra, Maia o María, son igual que María, la madre del Salvador cristiano. El mes de mayo estaba consa­grado a esas diosas, así como está dedicado a la Virgen María actual­mente. Ella se llamó Myrra y María, y también María. . . " (63)

 

En el lenguaje simbólico del esoterismo, la caverna es el lugar de la iniciación. Esto siempre ha sido así y podría efectuarse un estudio muy interesante del proceso iniciático y del nuevo naci­miento, si se recogieran y analizaran las numerosas referencias sobre esos hechos que ocurrieron en cavernas, citados en antiguos documentos. El establo en que nació Jesús fue con toda probabili­dad una cueva, porque en esos días, muchos establos eran exca­vaciones. Esto lo reconoció la iglesia primitiva y se dice que "es bien sabido que mientras en los Evangelios se establece que Jesús nació en el establo de una posada, los primeros escritores cristia­nos, tales como Justiniano mártir y Orígenes, dicen explícita­mente que nació en una caverna." (64)

 

Al estudiar esas cinco iniciaciones en el Evangelio, encontra­mos que dos de ellas tienen lugar en una caverna, dos en la cima de una montaña y una en el llano, entre las profundidades y las alturas. La primera y la última de las iniciaciones (el Nacimiento a la vida y la Resurrección a la "vida más abundante" (65)) tuvo lugar en una caverna. La Trasfiguración y la Crucifixión se efec­tuaron en la cima de una montaña o colina, mientras que la se­gunda iniciación, después de la cual Cristo comenzó su ministerio público, ocurrió en un río, en las llanuras del Jordán, tal vez sim­bolizando la misión de Cristo de vivir y trabajar entre los hom­bres. La frase masónica, "encontrarse en el llano", tiene ahora nuevo significado. Después de cada experiencia en la montaña, Cristo bajaba otra vez al llano de la vida cotidiana y allí mani­festaba los efectos o resultados de ese gran acontecimiento.

 

Mitra nació en una cueva, como muchos otros. Cristo nació en una cueva y entró, como lo hicieron todos Sus antecesores, en la vida de servicio y sacrificio, capacitándose así para la tarea de Salvador del mundo.

 

Los Salvadores trajeron luz y revelación al género humano y fueron sacrificados, en la mayoría de los casos, por el odio de quienes no comprendieron su mensaje u objetaron sus métodos. Todos ellos "descendieron a los infiernos y al tercer día resucita­ron". Hay veinte o treinta relatos similares difundidos al correr de los siglos en la historia de la humanidad, y estos relatos y las misiones descritas son siempre idénticos.

 

"La historia de Jesús, como se verá, tiene muchas cosas análogas con los relatos de anteriores dioses soles y con el actual recorrido del Sol en los cielos, ¡tantas, que no pueden atribuirse a la mera casualidad ni aún a las tretas y blasfemias del demonio! Enumeremos algunas: 1) el nacimiento de una madre virgen; 2) el nacimiento en un establo ‑‑caverna o cámara subterránea‑; 3) el 25 de diciembre ‑justamente después del solsticio de invierno‑‑; 4) la Estrella de Oriente ‑Sirio‑; 5) la lle­gáda de los Magos ‑los tres Reyes‑; 6) la amenaza de exterminar a los inocentes y la consiguiente huida a un país distante ‑según se dice ‑de Krishna y otros dioses soles. Tenemos además las festividades de la Iglesia, o 7) la Candelaria, el 2 de febrero, con procesiones de cirios para simbolizar la creciente luz; 8) Cuaresma, o la llegada de la primavera; 9) la Pascua, generalmente el 25 de marzo, para celebrar el cruce del Sol por el Ecuador, y 10) simultáneamente, la erupción de luces en el Santo Sepulcro de Jerusalén. Tenemos 11), la Crucifixión y muerte del Dios‑Cordero, el Viernes Santo, tres días antes de Pascua; además 12) la crucifixión en un árbol; 13) el sepulcro vacío; 14) la resurrección gozosa (como en los casos de Osiris, Attis y otros); 15) los doce discípulos (los signos del zodíaco), y 16) la traición por uno de los doce. Más adelante tenemos: 17) el Día de San Juan (24 de junio), dedicado al nacimiento del bienamado discípulo Juan, la analogía del día de Navidad; tenemos las festividades 18) de la Asunción de la Virgen (15 de agosto); 19) la Natividad de la Virgen (8 de septiembre), analogía del traslado del dios a través de Virgo; además la contradicción de Cristo y sus discipulos en la constelación de otoño; 20) la Serpiente y el Escorpión y, finalmente, el cunioso hecho de que la Iglesia 21) dedica el mismo día del solsticio de invierno (cuando cualquiera puede dudar lógicamente del re­nacimiento del Sol) a Santo Tomás, i que puso en duda la verdad de la Resurrección!" (66)

 

Cualquier estudiante de las religiones comparadas puede investigar la veracidad de esas declaraciones y al final quedará asombrado por la persistencia del amor de Dios y la voluntad de sacrificio que manifestaron   todos esos Hijos de Dios.

 

Por consiguiente es prudente y oportuno recordar que:

 

"Estos acontecimientos se reproducen en las vidas de los diversos Dioses Solares, y en la antigüedad abundaron ejemplos de ello: Isis en Egipto, como María de Belén, fue nuestra Señora Inmaculada, Estrella del Mar, Reina del Cielo, Madre de Dios. La vemos en las estampas, de pie sobre la media luna creciente, coronada de estrellas, sosteniendo en sus brazos a su hijo Horus, con una cruz en el respaldo del asiento, donde está sentada su madre y él en su regazo. El signo de Virgo del zodíaco está representado en antiguos dibujos como una mujer amamantando a un niño, el tipo de todas las futuras Madonnas con sus divinos Infantes, demostrando el origen del símbolo. Devaki también se representa con el divino Krishna en brazos, igual que Milita o Istar de Babilonia, también con la consabida corona de estrellas y con su hijo Tammuz sobre sus rodillas. Mercurio y Esculapio, Baco y Hércules, Perseo y Dioscuri, Mitra y Zaratustra, eran todos de origen humano‑divino.” (67)

 

Resulta apropiado recordar que la catedral de Notre Dame  de París está construida sobre el antiguo solar de un templo dedicado a Isis, y la Iglesia primitiva con frecuencia se valía de una seudo ocasión atea para determinar un rito cristiano, o día cristiano de recordación sagrada. Incluso así fue establecido el 25 de diciem­bre como el día de Navidad. La misma autora dice:

 

"Respecto a la designación del 25 de diciembre como nacimiento de Jesús, Willamson afirma que: 'Todos los cristianos saben que el 25 de diciembre se reconoce ahora como la festividad del nacimiento de Jesús, pero muy pocos se dan cuenta que esto no ha sido siempre así. Se dice que ha habido ciento treinta y seis fechas distintas, establecidas por las diferentes sectas cristianas. Lightfoot la fija el día 15 de septiembre, otros la establecen en febrero o agosto. Epifanio menciona dos sectas, una que la celebra en junio y otra en julio. El asunto fue definitivamente decidido por el Papa Julio, en el año 337 d. C., y San Crisóstomo, en el 390, dice: 'En este día, es decir, el 25 de diciembre, también en Roma fue fijado últimamente el nacimiento de Cristo, de modo que cuando los paganos celebraban sus ceremonias (la Brumalia en honor de Baco), los cristianos realizaban sus ritos sin ser molestados." (68)

 

La elección de esta fecha determinada es cósmica en sus impli­caciones y estamos seguros que los sabios de los tiempos primitivos tomaron estas grandes decisiones premeditadamente. Vuelve An­nie Besant a decirnos que:

 

"La deidad siempre nace en el solsticio de invierno, después del día más corto del año, en la medianoche del 24 de diciembre, cuando el signo de Virgo asciende sobre el horizonte; nace cuando este signo asciende, nace siempre de una virgen, que permanece virgen después que ha dado a luz a su hijo Sol, como la Virgen celestial permanece inalterable y sin mácula cuando el sol surge de ella en los Cielos. Débil, endeble como infante, es él, nace cuando los días son más cortos y las noches más largas. . . " (69)

Es también interesante recordar que:

 

"El Venerable Bede (70) que escribió a principios del siglo VIII, dice que 'el antiguo pueblo de la nación anglo', con lo que alude a los ingleses paganos antes de establecerse en Gran Bretaña en el año 500 d. C., 'comenzaban el año el 25 de diciembre, en el que ahora celebramos el nacimiento de nuestro Señor' y agrega que la noche del 24 al 25 de diciembre, ‘que es la noche tan sagrada para nosotros ahora, se llamaba en la lengua   de ese pueblo, Modranecht, es decir, Noche de la Madre, por las ceremo­nias que ejecutaban en esa larga vigilia nocturna'. El autor no menciona cuáles eran esas ceremonias, pero evidentemente estaban relacionadas con el nacimiento del Dios Sol. En la época en que los ingleses se convirtieron al cristianismo en los siglos VI y VII, la festividad de la Navidad, el 25 de diciembre, había sido ya establecida en Roma desde hacía tiempo, como una celebración solemne, pero en Inglaterra, su identificación con el alegre 'Yule' pagano (palabra ésta que aparentemente significaba 'hol­gorio') le confirió un tono festivo que no lo tenía en la parte meridional. Este tono ha prevalecido en marcado contraste con la característica que      existe entre las razas latinas, donde era desconocida hasta hace pocos años la costumbre del Norte de festejar y hacer regalos en Navidad." (71)

 

En la época del nacimiento de Cristo, Sirio, la Estrella de Oriente, estaba sobre el meridiano, y Orión, llamado por los astró­nomos orientales "los Tres Reyes", se encontraba en sus proximi­dades; en consecuencia, la constelación de Virgo, la Virgen, se elevaba en el Este y la línea de la eclíptica, la del ecuador y la del horizonte, se unían todas en esa constelación. Es también intere­sante ver que la estrella más grande y brillante de la constelación       de Virgo, se llama Spica (Espiga); está representada por la es­piga de trigo (signo de fertilidad), que sostiene la Virgen. Belén      significa "casa del pan", existiendo, por lo tanto, una relación evidente entre los dos términos. Esta constelación está formada por tres estrellas en forma de copa. Éste es el verdadero Santo Grial, que contiene la sangre de la vida, el custodio de lo más santo y sagrado, lo que encierra la divinidad. He aquí los hechos astro­nómicos. La interpretación del simbolismo atribuido desde muy  antiguo, es algo tan viejo como la misma religión. De dónde sa­lieron esos signos, y cómo surgieron a la vida los significados y simbolismos asociados a ellos, se pierde en la noche de los tiempos. Han existido en las mentes y pensamientos de los hombres y en sus escritos, durante miles de años, y constituyen nuestra herencia conjunta de hoy. El antiguo zodíaco de Dendera (anterior al cris­tianismo en varios miles de años) constituye una amplia prueba de lo antedicho. En el tránsito del sol en torno del zodíaco, el "Hombre de los Cielos" llega a su debido tiempo a Piscis, signo en exacta oposición a Virgo, y que es precisamente el signo de los Salvadores del mundo. Ya hemos visto que la era del cristianismo es la Era de Piscis; Cristo llegó a Tierra Santa cuando nuestro sol transitaba hacia ese signo. Por consiguiente, lo que comenzó y tuvo su ser en Virgo (el nacimiento del Niño‑Cristo), es consu­mado en Piscis, cuando el Cristo‑Niño, habiendo llegado a su ma­durez, se presenta como Salvador del mundo.

 

Otro hecho astronómico resulta de interés a este respecto. Es­trechamente asociadas con la constelación de Virgo, que se en­cuentra en el mismo sector del cielo, hay otras tres constelaciones, en las cuales está representada simbólicamente la historia del Niño que nacerá, sufrirá y volverá. Existe un grupo de estrellas denominado Coma Berenice, la Mujer con el Niño, los Centauros o el Centauro, y Boötes, nombre que en hebreo significa "el que viene". Ante todo, tenemos el niño nacido de mujer, y esa mujer es virgen: después está el centauro que siempre fue el símbolo de la humanidad en las antiguas mitologías, porque el hombre es un animal más un dios, por lo tanto, un ser humano. Después el que vendrá, descuella sobre todos ellos, influyéndolos, señalando la realización que se logrará por el nacimiento y la encarnación hu­mana. Verdaderamente el libro ilustrado del cielo contiene la eter­na verdad para los que tienen ojos para ver e intuición lo bastante desarrollada para interpretar. La profecía no está confinada a La Biblia solamente, sino que aparece ante los ojos de los hombres en la bóveda celeste.

 

De este modo, mientras "los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos" (72) tenemos la pro­fecía del acontecimiento mundial que tuvo lugar cuando Cristo nació en Belén, "la casa del pan", y Virgo ascendía sobre el horizonte, mientras brillaba la Estrella de Oriente.

 

Entonces vino Cristo y tomó posesión de Su Propia carne y sangre, porque el mundo de los hombres lo atraía y el amor del  Padre lo impulsaba. Vino a dar vida a un propósito y a una reali­zación y a indicarnos el Camino: Vino a darnos un ejemplo para ser energetizados por la esperanza que "no avergüenza" (73) y “pro­seguir hasta la meta del premio del supremo llamamiento". (74) Phil­lips Brooks (75) el gran predicador, enuncia esto con toda claridad:

 

"Cuanto Cristo venga, encontrará que realmente existe el alma del mundo, que contiene en sí las facultades más santas, que se mueve y que tenue u oscuramente, a pesar de todos sus obstáculos, va hacia la verda­dera dirección; lo que haga por el alma del mundo será acelerarla total­mente; emitirá la clarinada de la real vida en sus oídos; hará sentir la nobleza de las actividades que le parecían innobles, la esperanza de los impulsos que le parecían desesperanzados y le ordenaría que fuera como ella misma... Lo indigno se colmará de dignidad, lo insignificante de significado... Tenuemente percibirían el débil reflejo de Su Vida, la ver­dadera Luz del Mundo, la iluminación real y la inspiración de la huma­nidad... La verdad es que cada vida superior a la que llega el hombre y especialmente la superior vida más elevada en Cristo, constituye la verdadera línea de la humanidad del hombre. Tenemos la aceleración y cumplimiento de lo que el hombre es, por la misma esencia de Su naturaleza. Cuanto más irradia la divinidad en el hombre, será más y no menos hombre verdadero." Debe observarse que el viaje que precede al nacimiento es también parte de la historia: de la vida de otros instructores enviado por Dios. Por ejemplo, leemos:

 

"Entre los treinta y dos signos que debían ser verificados por la madre del esperado Mesías (Buda), el quinto establecía 'que ella debería viajar en el momento del nacimiento de su hijo'. En consecuencia, 'para que se cumpliera lo dicho por los profetas', la virgen Maya, en el décimo mes, después de su concepción celestial, realizaba un viaje para reunirse con su padre, cuando he aquí que el Mesías nace bajo un árbol. Un relato establece que ella se había apeado ante una posada cuando nació Buda'.

 

"La madre de Lao‑Tsé, el sabio chino, nacido de una Virgen, se en­contraba lejos de su hogar cuando nació su hijo. Se había detenido a des­cansar bajo un árbol, y allí como la virgen Maya, tuvo a SU hijo”. (76)

 

 En el Evangelio se dice que la Virgen María, con su esposo José, y el Cristo‑Niño en sus entrañas, salía de Nazaret, en Ga­lilea, hacia Belén. A veces, el estudio de los significados de los nombres que aparecen en la Biblia y en la tradición, arrojan mu­cha luz sobre el episodio mismo y develan en parte su significado oculto. En el estudio del relato bíblico, he empleado solamente la Biblia y la Concordancia de Cruden, de donde extraje la inter­pretación de los nombres. Allí encontramos que "Nazareth" sig­nifica "lo que se consagra" o se aparta. "Galilea" significa "el girar de la rueda" ‑la rueda de la vida y de la muerte que gira constantemente, arrastrándonos a todos en su giro y manteniéndonos  así en la "rueda de la existencia” como la llaman los bu­distas, hasta haber aprendido las lecciones de la vida y conver­tirnos en “instrumento para honrar, santificar y ser útiles al Señor”. (77)

 

El Cristo dejó atrás la larga jornada de la existencia y Él, con Su Madre, recorre la última parte del camino. Consagrado desde eones a este trabajo de salvación mundial, debe someterse, ante todo, a los procesos comunes del nacimiento y la in­fancia. Cristo salió de Nazaret, el lugar de la consagración, y fue a Belén, la Casa del Pan, donde en forma singular Él Mismo se tuvo que convertir en el "Pan de Vida" (78) para un mundo ham­briento. Fue apartado o se apartó (como todos los hijos de Dios que despiertan), para el trabajo de redención. Vino a dar de comer al hambriento y a este respecto tenemos dos versículos en La Biblia que arrojan luz sobre Su tarea y la correspondiente pre­paración. En efecto, "El grano se trilla" (79) y el propio Cristo nos dice "si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, solo queda; pero si muere lleva mucho fruto".(80) Éste es el destino que Le esperaba cuando nació en Belén. Entonces empezó la carrera, que con el tiempo había de "trillarlo", llevándolo después hasta Su muerte.

 

Según la concordancia, el nombre "María" significa "la excel­sa del Señor". Al decir estas palabras, viene a la mente el famoso cuadro de Murillo que representa a la Virgen de pie sobre la Luna en creciente y envuelta en nubes celestiales. Tal es la asunción de la Virgen a la gloria. Hay otro punto interesante en relación con la constelación de Virgo, que podríamos mencionar. María, la Virgen, en el simbolismo de la antigua sabiduría, representa la materia virgen, la sustancia que nutre, alimenta y oculta dentro de sí al Cristo Niño, la conciencia crística. En último análisis, mediante la forma y la materia, Dios queda revelado. Ésa es la historia de la divina encarnación. La materia, influida por el Espí­ritu Santo, la tercera Persona de la Trinidad, da nacimiento al segundo aspecto, en la persona del Cristo cósmico, mítico e indi­vidual.

 

Asociadas al libro de imágenes de los cielos, hay tres conste­laciones, además de la de Virgo, simbolizadas por mujeres. Tene­mos a Casiopeya, la Mujer Entronizada. Esta constelación es el símbolo de la etapa de la vida humana en la cual predomina y  triunfa la materia y la forma, donde la vida divina interna está tan profundamente oculta que no hay signo de ella, controlando y rigiendo solamente la naturaleza material. Luego viene una eta­pa posterior en la historia de la raza y del individuo, donde en­contramos a Berenice que surge simbólicamente, es decir, la Mujer que lleva al Cristo‑Niño. En esta etapa la materia empieza a re­velar su verdadera función, que es dar a luz al Cristo en cada forma. Cuando el giro de la gran rueda de la vida haya desem­peñado su parte, entonces María puede salir de Nazaret, en Ga­lilea, y dirigirse a Belén, para dar a luz al Salvador. Por último tenemos a Andrómeda, la Mujer encadenada, o la materia supeditada al alma. Así rige el Alma o el Cristo. Tenemos, primero, la materia dominante, entronizada y triunfante. Segundo, la mate­ria como custodio de la divinidad, de la belleza y la realidad ocul­tas, preparada para traerlas a la existencia. Tercero, la materia como servidora de lo que ha nacido, el Cristo. Sin embargo, nada de esto se efectúa si no se emprende el viaje desde Nazaret, el lugar de la consagración, y desde Galilea, el lugar de la rutina cotidiana de la vida, y todo esto es cierto, ya se trate del Cristo cósmico oculto por la forma de un sistema solar, o del Cristo mí­tico oculto en la humanidad en el trascurso de las edades, o del Cristo histórico oculto dentro de la forma de Jesús, o el Cristo individual oculto en el hombre común. La rutina es siempre la misma: el viaje, el nuevo nacimiento, la experiencia de la vida, el servicio que debe prestarse, la muerte que debe sufrirse y, des­pués, la resurrección para un servicio más amplio.

 

El nombre "José" significa "el que agrega"; José era un cons­tructor, un carpintero, un obrero de la construcción, el que asienta una piedra sobre otra, una viga sobre otra. Es el símbolo del as­pecto constructivo‑creador de Dios Padre. En esas tres personas, José, el niño Jesús y María, tenemos simbolizada la divina Tripli­cidad, y representados Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, o materia, animada por la Deidad y, por lo tanto, ejempli­ficada en la Virgen María.

 

En la actualidad las muchedumbres viajan. La enseñanza del Sendero y del Camino a Dios, absorben hoy la atención de los as­pirantes en el mundo. Estamos en el sendero de retorno a Belén, un Belén individual y racial. Estamos a punto de penetrar en la caverna donde tendrá lugar el nuevo nacimiento, y la etapa del largo viaje de la vida está casi completa. Este simbolismo es qui­zá más real de lo que creemos. El actual problema mundial lo constituye el pan, y nuestras inquietudes, perplejidades, guerras y luchas, se basan en el problema económico de cómo alimentar a  los pueblos. Todo el mundo se ocupa ahora de la idea de Belén, del pan. En esta sutil implicancia hay una segura garantía de que así como anteriormente Cristo llegó a la Casa del Pan, así cum­plirá Su palabra nuevamente, Se realizará a Sí mismo y retornará. La caverna, lugar de la oscuridad y del malestar, fue para María un lugar de dolor y de agotamiento. Esta historia de la caverna o establo del Nuevo Testamento, quizá sea más simbólica que nin­guna otra en la Biblia. El viaje largo y penoso terminó en una oscura caverna. El largo y agotador viaje de la humanidad nos ha llevado hoy a un lugar muy difícil y desagradable. La vida del discípulo individual, antes de recibir la iniciación y pasar por la experiencia del nuevo nacimiento, es siempre de enormes dificul­tades y penurias. Pero en las tinieblas y en las dificultades se descubre al Cristo; allí puede, florecer la vida crística, y podemos presentarnos ante Él, como el Iniciador. George Macdonald, el poeta ciego, sentía esto cuando escribió los hermosos versos que a tantos dieron consuelo:

 

"Desafía a la tiniebla, sea cual fuere,

densa oscuridad de dolor, o extraño misterio

de oración o providencia. Inténtalo perseverante,

y hallarás del amor el velado sacramento.

Una secreta revelación, dulzura, luz,

aguardan al acecho del luchador nocturno.

En la densa oscuridad de su mismo corazón

Cristo reúne las almas trasfiguradas."

 

En la caverna de la iniciación están simbolizados, con claridad meridiana, los cuatro reinos de la naturaleza. En la estructura rocosa de la caverna, aparece el reino mineral. El forraje y el heno, que sin duda están allí, simbolizan el reino vegetal. El buey y el asno representan la naturaleza animal, pero también mucho más que eso. El buey representa la forma de adoración que debía cesar en la tierra en la época que vino Cristo. Había aún muchos que adoraban al toro, culto que prevaleció en la época en que nues­tro sol pasaba por la era de Tauro, el Toro conservado en ese en­tonces en los misterios de Mitra y de Egipto. El signo que precedió inmediatamente a la era cristiana fue Aries, el Carnero o Cordero, simbolizado en los rebaños de ovejas que rodeaban a Belén.

 

Es también interesante recordar que el asno es un animal ínti­mamente vinculado con la historia de María y su Hijo. Dos asnos se mencionan en el Evangelio, uno que viene del norte llevando a María a Belén y otro la lleva a Egipto. Son los símbolos de dos constelaciones llamadas respectivamente Asno Septentrional y As­no Meridional, que se encuentran en las inmediaciones de la cons­telación de Virgo.

 

Encontramos al reino humano en las figuras de María y José, el ente humano más la dualidad, tan esenciales para la existencia misma. En el recién nacido, se expresa la propia divinidad. Así, en esa pequeña caverna, está representado el cosmos.

 

Cuando Cristo nació en Belén, resonó una triple palabra: "Glo­ria a Dios en las alturas, en la tierra paz y buena voluntad entre los hombres". (81) Un triple enunciado nos fue dado entonces.

 

Fue cantado por los ángeles en la noche, para los pastores que cuidaban sus rebaños en los prados que rodeaban la caverna­-establo donde se encontraba el Niño. Un hecho trascendental ha­bía ocurrido en el cosmos y las huestes celestiales lo honraban.

 

La cuestión de la excepcionalidad de la Tierra frecuentemente ha preocupado a las personas reflexivas. ¿Puede un átomo infini­tesimal en el espacio, tal como lo es nuestro planeta, ser de tanto interés para Dios que permitió este gran experimento? ¿El miste­rio del hombre y el significado de nuestro propósito es de tanta importancia, que no tenga paralelo en ninguna otra parte?

 

¿Puede realmente ocurrir algo en esta "mota de polvo", de sig­nificación tan vital, como para que los ángeles canten "Gloria a Dios en las alturas, en la tierra paz y buena voluntad entre los hombres" Quisiéramos que así fuera. Tememos el momento en que aparezca nuestra futileza al contemplar las estrellas en el firmamento, sabiendo que existen miles de millones de constela­ciones y cientos de millones de universos. Somos una motita en la gran inmensidad. Sin embargo, Beverley Nichols, (82) en uno de sus libros, tan sugestivo y necesario, señala que:

 

"Más adelante hallarán cuatro afirmaciones, anunciadas por los cua­tro hombres de ciencia más modernos y eminentes, que en pocas palabras eliminan el terror del universo y el espectro de la inmensidad y vuelven a restablecer a la aparentemente insignificante Tierra, en una posición de suma importancia. Estas declaraciones se han hecho con toda claridad, sin ningún intento de disfrazarlas. Sin embargo, con una sola excepción, nadie pareció darse cuenta de ellas. La excepción la constituye un exce­lente y pequeño libro donde se mencionan todas estas opiniones en con­junto, pero ni aún así, parece haberse captado la enorme importancia mundial que tienen. Decir importancia enorme no es exagerado. Consti­tuyen un resumen literal de la esencia de las conclusiones a que llegaron esos hombres, que para no perder más tiempo son:

 

'Que esta tierra, esta mota de polvo, ha sido elegida entre el infinito número de millones de otros astros, para un único y determinado pro­pósito.'

 

'Citaremos lo que nuestras autoridades han dicho sobre esta decla­ración.

 

“Ambrose Fleming: 'Hay razones poderosas para creer que un siste­ma planetario como el nuestro es muy raro, sino único, en el universo, y la naturaleza y las condiciones de nuestra Tierra son únicas en esa excepcionalidad.. !'

 

"Sir Arthur Eddington: Ni una de la vasta profusión de estrellas en sus miríadas de agrupaciones, observa escenas similares a las que se desarrollan bajo los rayos de nuestro sol.'

 

"Este pequeño grano de arena, que es la Tierra, a la cual tendemos a considerar con desprecio, empieza a asumir un particular brillo propio, ¿no es así? Puede no ser muy grande, pero si nos atenemos a los hombres que saben, parece haber algo distinto en ella. Aun cuando fuese un gui­jarro, sería un guijarro de bastante valor y se justificaría que coleccio­náramos muestras de él.

 

"Pero el asunto es que no podemos coleccionar muestras, porque sólo es el único guijarro. Es imposible creerlo, sin embargo, tenemos a Sir Arthur Thomson, que debe saber algo de estas cuestiones y confiesa:

 

"Arthur Thomson: 'Hay algo aterrador en la aparente excepciona­lidad de nuestra Tierra.’

 

"¡Unica! Ahí tenemos nuevamente la misma palabra."

 

Quizá somos más importantes de lo que creemos. Quizá lo que sucede en el reino de nuestra conciencia realmente tiene impor­tancia en el esquema cósmico. Sabemos que no tiene mucha impor­tancia lo que le sucede al cuerpo, pero sí lo que sucede en y a través de ese cuerpo. Quizá lo que ocurre en el cuerpo y por medio de lo que llamamos planeta, habitado también por Dios, es de vital importancia para los planes de Dios Mismo. Esto daría sen­tido a la vida. Sólo cuando hemos captado y apreciado su significado podemos comprender la significación de la Palabra emitida. Parafrasearemos el mensaje de los ángeles, el cual fue emitido por un grupo de seres y dado a otro. Por lo tanto es un mensaje mun­dial que aún espera respuesta. Cuando la conciencia crística se haya despertado en todos los hombres, entonces tendremos paz en la tierra y buena voluntad entre los hombres. Cuando esto ocurra, entonces podrá Dios ser glorificado. La expresión de nues­tra divinidad pondrá fin al odio reinante en la tierra y derribará los muros que separan a un hombre de otro, a un grupo de otro, a una nación de otra y a una religión de otra. Donde hay buena voluntad debe haber paz, actividad organizada y el reconocimiento del Plan de Dios, porque ese Plan es síntesis, ese Plan es fusión, unidad y unificación. Entonces Cristo será el todo en todos y Dios Padre será glorificado. Esto se efectuará por la viviente unión con Dios por medio del Cristo el Cristo histórico, que reveló a Dios y mediante el Cristo individual, oculto en cada cora­zón humano, debe ser traído a la existencia. Ninguna de las Epís­tolas de El Nuevo Testamento establece esto tan claramente como la Epístola a los Efesios, porque en ella se establece la posibilidad en términos que no admiten excusa para una mala interpreta­ción, y dice:

 

', ... compenetrado por la idea de una unión viviente con Cristo, morando en Él. Está expresada en muchas metáforas. Estamos arraigados en Él, como lo está el árbol al suelo, para mantenerse firme y dar fruto. Esta­mos construidos en Él, como los fuertes cimientos del Templo están asen­tados en la roca viva. Vivimos en Él, como los miembros en el cuerpo. . . La morada es recíproca. Él está en nosotros y nosotros en Él. Él está en nosotros como fuente de nuestro ser; nosotros estamos en Él llenos de Su plenitud. Él está en nosotros, todo comunicativo; nosotros estamos en Él, todos receptivos. Él es en nosotros como la luz del sol, así como la cámara sin luz estaría a oscuras. Nosotros estamos en Él como leño ver­de que ha sido arrojado en la flamígera hoguera, resplandeciendo con rojizo y trasformante calor, Él está en nosotros como la savia que circula en el árbol, nosotros en Él como las ramas."  (83)

 

Es necesario comprender ahora esto. Cristo en Dios, Dios en Cristo. Cristo en nosotros. Esto es lo que traerá a la existencia esa religión que será la del amor, de la paz en la tierra, de la buena voluntad universal, de la comprensión divina y del profundo reconocimiento de Dios. Entonces Su impronta y Su vida podrán verse en todas partes, en todos los seres y en todas las cosas. La "signa­tura divina" (como lo llama Boehme) se reconocerá en todas par­tes. La vida de Dios está hoy agitando las mentes de los hombres y obligándolos a ir hacia la cámara del nacimiento. De allí pasarán a un nuevo mundo, donde ideales más elevados y contactos más profundos, unidos a una comprensión más amplia, caracterizarán a la humanidad. Un escritor católico muy conocido, de gran sa­biduría, habla de esta religión universal, que debe surgir cuando el mensaje de Cristo sea captado en toda su belleza:

 

       "Aunque el movimiento de la vida humana es un continuo vaivén de olas que suben y bajan, el cristiano está seguro de que 'el Espíritu de Dios se mueve sobre la faz de las aguas'. Y que los abismos más profundos y oscuros están iluminados por un rayo de luz que atraviesa to­dos los obstáculos.

 

       "¿Podremos también acariciar la esperanza de que el movimiento aludido llegará finalmente al océano de una sola religión universal, que comprenda a toda la humanidad? El cristianismo ya está en el mundo, y sabe que es esa religión que todo lo abarca. De vez en cuando algún arroyo y en ocasiones hasta algún río, fluyen del cristianismo. Pero no pierden su existencia, porque continúan fluyendo, en otros términos, mantienen su identidad. Y debido a que el cristianismo recibe nuevos tributarios, pierde por otra parte lo que interiormente nunca le perte­neció. Los límites de su futuro crecimiento no pueden ser determinados por nosotros. El curso futuro de la historia de la religión permanece oculto, porque no ha sido revelado.

 

"Lo único que sabemos es que el océano y los ríos están relacionados mutuamente. Corno dice La Biblia: 'En todo tiempo y de diversas mane­ras Dios ha hablado a nuestros Padres' y 'nunca ha quedado sin tes­tigos'. Un vínculo espiritual une toda manifestación religiosa en la humanidad. A primera vista, la historia de la religión manifiesta una gran diversidad. Pero si la contemplamos más detenidamente, la vida religiosa es una unidad esencial, una sola aspiración de deseo y amor a Dios, despertado por el propio Espíritu Divino. 'No sólo desde el punto de vista intelectual sino desde el religioso, todo el género humano cons­tituye una sola unidad, porque posee un acopio común de verdad religiosa fundamental. (J. W. Huer)"' (84)

 

Cuando Cristo vino, quienes tenían visión y estaban prepara­dos dijeron: "Su estrella hemos visto en el Oriente y venimos a adorarle". (85) Ese signo se dio a los pocos que estaban preparados y que hicieron el necesario viaje a Belén. Pero otro signo, visto por muchos, fue dado por el ángel del Señor a los pastores que vigilaban el campo esa noche. "Esto os servirá de señal; hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre". (86) Esta señal se dio a los dos o tres que vigilaban, dispuestos a consagrar todo lo que poseían, y que percibieron el destello de la estrella de la iniciación y se apresuraron a encaminarse a la cámara iniciática. La mayoría que estaba interesada y atenta, necesitaba una señal más concreta y fácil de ser interpretada, por eso se les dijo que fueran a ver al infante y a su madre. Su actitud se expresa en las palabras: 'Pasemos, pues, hasta Belén y veamos esto que ha su­cedido". (87) Pero los tres que comprendieron, fueron a adorar y a dar.

 

Cuando vieron brillar la estrella, los tres Reyes emprendieron el viaje, y cargados de regalos llegaron a Belén. Son los símbolos de esos discípulos en el mundo que están hoy dispuestos a prepa­rarse para recibir la primera iniciación; trasmutar su conoci­miento en sabiduría y ofrecer todo lo que poseen al Cristo interno.

 

 Los regalos que llevaban constituyen el tipo específico de dis­ciplina que debe seguirse a fin de entregar al Cristo, en el mo­mento del nuevo nacimiento, dones que simbolizarán lo realizado. Los tres Reyes ofrecieron al infante Jesús tres regalos ‑‑oro, in­cienso y mirra. Analicemos por un momento la importancia específica que éstos tienen para el futuro iniciado individual. Los esoteristas dicen que el hombre es de naturaleza triple y esta ver­dad está apoyada por los sicólogos con sus investigaciones y experimentos. El hombre es un cuerpo físico viviente, una suma total de reacciones emocionales y también ese algo misterioso que lla­mamos mente. Las tres partes del hombre: física, emocional y mental, tienen que ofrecerse en sacrificio y adoración, como dádiva voluntaria al “Cristo interno", antes que el Cristo pueda expre­sarse por medio del discípulo y del iniciado, como Él anhela ha­cerlo. El oro es un símbolo de la naturaleza material que debe ser consagrado al servicio de Dios y del hombre. El incienso simboliza la naturaleza emocional, con sus aspiraciones, deseos y anhelos, y esta aspiración debe elevarse, como el incienso, hasta los pies de Dios. El incienso es también símbolo de purificación, ese fuego que consume toda la escoria y deja la esencia para que Dios la ben­diga. La mirra o la amargura, se relaciona con la mente. Por medio de la mente sufrimos como seres humanos, y cuanto más progresa la raza y se desarrolla la mente, tanto mayor es nuestra capacidad de sufrimiento. Pero cuando el sufrimiento se ve en su verdadera luz y se lo dedica a la divinidad, puede empleárselo como instru­mento de mayor acercamiento a Dios. Entonces podemos ofrecer a Dios ese raro y maravilloso don de una mente que ha alcanzado la sabiduría por el dolor, y de un Corazón que se ha hecho bonda­doso por la zozobra y las dificultades superadas.

 

A medida que estudiamos el significado de esas tres ofrendas presentadas al niño Jesús por los antiguos discípulos, y al obser­var su significado en lo que respecta a nuestra situación indivi­dual, resulta igualmente evidente que la humanidad, como raza, está hoy ante el niño Jesús en la Casa del Pan, al final de un  largo viaje, y puede ofrecer, si lo desea, los dones de la vida material, los de la purificación, por medio de los fuegos de la adversidad y el sufrimiento a que estuvo sometida. La humanidad puede viajar desde Galilea vía Nazaret. El oro, objeto que hoy parece ser la sangre vital de los pueblos, debe consagrarse a Cristo. El incienso, los sueños, las visiones y aspiraciones de la multitud, tan reales y profundos que todas las naciones luchan por expresarlos, deben también dedicarse y ofrecerse al Cristo para ser Él el todo en todos. El dolor y sufrimiento y la agonía de la humanidad, nunca tan agudas como ahora, debe ofrendarse a los pies del Cristo. Hemos aprendido mucho. Que el significado de todo esto penetre en nuestros corazones y en nuestras mentes y que la razón del dolor nos impulse a ofrecerla como nuestra máxima dádiva a Cristo. El dolor siempre acompaña al nacimiento. En el aposento donde se produce un nacimiento hay sufrimiento. Su comprensión despierta en las mentes de quienes meditan sobre el sufrimiento y la agonía del mundo, un optimismo profundo y constructivo. ¿No podría indicar que los dolores de parto preceden a la revelación de ‑Cristo? Cuando lo comprendamos, diremos como San Pablo:

 

“Por su bien he sufrido la pérdida de todo, que estimo como mero estiércol, a fin de ganar a Cristo, encontrarme en Él, por no poseer justicia propia, derivada de la Ley, sino de lo que surge por la fe en Cristo ‑la Justicia proveniente de Dios por la fe... No digo que ya he obtenido este conocimiento o logrado la percepción. Pero sigo adelante, esforzándome por ganar aquello por lo cual yo también fui ganado por Cristo Jesús... Pero esta cosa hago ‑olvidé todo el pasado y sigo ade­lante con mis ojos fijos en la meta, me esfuerzo por ganar el premio celestial en Cristo Jesús. Por lo tanto, todos los creyentes adultos deben apreciar estos pensamientos, y si de alguna manera piensan diferente, también Dios se los aclarará. Pero cualquiera sea la etapa alcanzada, perseveremos en nuestro trayecto." (88)

 

5

 

 El relato de la infancia de Cristo como se da en el Evangelio, se explica en muy pocas palabras. Solamente se relata un episodio, donde Jesús, habiendo cumplido los doce años, fue llevado por Su Madre al Templo del Señor, y allí, por primera vez, dio muestras de Su vocación, evidenciando así el conocimiento de que se Le había preordenado una misión. Anteriormente a este episodio, Sus pa­dres habían cumplido todos los requisitos del ritual judío y tam­bién habían realizado el viaje a Egipto. Nada se dice de lo que hizo allí. Todo lo que sabemos está encerrado en las palabras:

 

“... volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. Y el Niño crecía y se fortalecía en espíritu, se colmaba de sabiduría y la gracia de Dios era sobre Él."  (89)

 

      Los estudiantes harían bien en recordar que el número doce es considerado por los esoteristas de todos los credos, como el nú­mero de lo completo, expresado una y otra vez en las distintas escrituras del mundo. Los comentarios que siguen son interesantes en este sentido, pues indican la significación de esta cifra y su relación con la iniciación:

 

      "Alcanzar la edad de doce años significa un período completo de evo­lución, donde se recibe la iniciación del alma crística, teniendo lugar en la mente interna (el templo) y corresponde al despertar de los aspectos de la lógica y la intuición del alma. Éste es el principio Padre‑Madre, indicado por la presencia de los progenitores." (90)

 

 

Y también

 

"Este número (el de los doce discípulos) está ejemplificado por muchas cosas en El Antiguo Testamento, como ser: los 12 hijos de Jacob, los 12 príncipes de los Hijos de Israel, los 12 manantiales de He­lim, las 12 piedras en el pectoral de Aarón, los 12 panecillos de la propo­sición, los 12 espías enviados por Moisés, las 12 piedras del altar, las 12 piedras extraídas del río Jordán, los 12 bueyes que sostienen el mar de bronce. En El Nuevo Testamento tenemos las 12 estrellas de la corona de la novia, los 12 cimientos de Jerusalén que vio Juan, y sus 12 puertas." (91)

 

Todas esas recurrencias del número 12 probablemente tienen su origen en los doce signos del zodíaco, esa franja imaginaria de los cielos por la cual, aparentemente, transita el Sol en su viaje du­rante un año, y su cielo mayor de aproximadamente 25.000 años.

 

Habiendo completado el trabajo preparatorio, Cristo, en Su duodécimo año, realizó nuevamente otra experiencia intuitiva, yendo desde Nazaret (lugar de consagración) al Templo, donde la intuición Lo llevó a un nuevo conocimiento de Su trabajo. Nada indica que Él conociera detalladamente en qué consistía esa mi­sión; no dio explicación alguna a Su Madre. Comenzó a hacer el trabajo que constituía Su deber inmediato y enseñó a quienes se encontraban en el Templo, asombrando con Su comprensión y Sus respuestas. Su madre, asombrada y apenada a la vez, le llamó la atención respecto a ella y a Su padre, pero sólo recibió la serena respuesta dicha con convicción, que cambió totalmente la vida de ella: "¿No sabíais que en los asuntos de mi Padre debo estar?. (92) Esos asuntos, a medida que se desarrollaron en Su conciencia en el trascurso de los años, se ampliaron y extendieron en omnia­barcante amor, que la iglesia ortodoxa está dispuesta a admitir.

 

"La universalidad del propósito salvador de Dios, lo enseña con más claridad El Nuevo Testamento. Por una parte, Cristo insiste en que Su evangelio va dirigido a cada ser humano y que todos están obligados a aceptarlo. 'El que cree será salvo, el que no cree será condenado'. 'Nadie llega al Padre sino por Mí'. 'Id y enseñad a todos los pueblos'. 'El que os escucha, me escucha a Mí, el que os desprecia, Me desprecia'. Pero Cristo está muy lejos de rechazar y condenar cualquier creencia genuina, cual­quier disposición a escuchar la Voz divina, cualquier amor que esté fuera del orden visible de Su reino, por ejemplo, los tres sabios de Oriente a quienes atrajo hacia Sí, antes de que la Iglesia visible existiera, el ladrón en la cruz a quien prometiera el Paraíso, sin ningún bautismo visible de la Iglesia, o la samaritana del pozo de Jacob, que no había logrado el conocimiento pleno 'en espíritu y en verdad', pero que estaba abierta a una iluminación mayor, o la mujer de Cananea a quien otorgó las 'mi­gajas', o el centurión pagano de Cafarnaun que Le hizo decir: 'De cierto  os digo, que ni aun en Israel, he hallado fe tanta. Y os digo que vendrán muchos de Oriente y Occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob., '” (93)

 

La extensión de esta misión alboreó lentamente en la joven mente de Cristo, que comenzó, como debe obligatoriamente hacer todo verdadero hijo de Dios iniciado, a actuar como mensajero de Dios, en cuanto reconoció la Visión y el lugar mismo en que se encontraba. Habiendo de este modo indicado Su comprensión del trabajo futuro, leemos: "Y descendió con ellos (Sus padres) y volvió a Nazaret (lugar de renovada consagración) y estaba su­jeto a ellos... Y Jesús crecía en sabiduría y estatura y en gracia para con Dios y los hombres." (94)

 

 Encontramos con mucha frecuencia en el Evangelio la palabra "bajó". Cristo y Su madre "bajaron a Egipto", "Él bajó a Naza­ret" y una y otra vez "bajó" de la cima de la montaña o del lugar de la soledad, para cumplir con su deber entre los hombres. Después de la oculta experiencia en Egipto (oculta porque la Biblia nada dice) y después de la revelación en el Templo y la aceptación de la tarea a cumplir, Cristo regresa al lugar de Su deber. En este caso, después de la iniciación del Nacimiento, se dice que durante un período de treinta años actuó como hombre en la vida cotidiana, en un taller de carpintería y en el hogar de Sus padres. Esta vida hogareña constituye la prueba a que fuera sometido y su importancia no puede sobreestimarse. ¿Sería blasfemia decir que si hubiera fracasado en esa tarea inmediata, habría fracasado en el resto de Su obra? Si no hubiera logrado demostrar la divi­nidad en el círculo hogareño y en la pequeña ciudad que le deparó el destino ¿habría podido actuar como Salvador del mundo? Él vino a revelarnos nuestra humanidad, como debiera ser y será, cuando concluyamos el largo viaje a Belén. Esto constituyó lo ex­cepcional de Su misión. El Dr. L. W. Grensted, (95) dice a este res­pecto:

 

"No es irracional creer que una vez en la historia este significado del universo ha sido revelado excepcionalmente en la vida humana. Ninguna filosofía puede posiblemente probar que esto ha sucedido. Pero si ha su­cedido y si Jesús habló claramente cuando dIjo: 'Soy el Camino, la Ver­dad y la Vida', entonces el sendero de la comprensión no consiste en un elaborado proceso de análisis teológico, sino en la fe y el amor. Em­pieza, como el amor debe empezar, por el hogar. De allí se pasa de un amor a otro mayor. El amor del padre o de la madre es la clave de todas las relaciones humanas. Encontramos en ese amor una posibilidad de amar que no puede detenerse hasta alcanzar a todo el género humano.

 

 Pero solamente en Cristo alcanzamos a percibir cuán profundo y grande puede ser ese amor. Y en esa revelación de amor, la fe alcanza el mis­terio fundamental del ser que los hombres llaman Dios. 'El que no ama a su hermano al cual ha visto ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? (96) y 'Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor." (97)

 

Cristo vivió calladamente en Su hogar con Sus padres, reali­zando la dificilísima experiencia de vivir una vida hogareña, con su monotonía, sus costumbres sin variaciones, su obligada subor­dinación a la voluntad y las necesidades del grupo, con sus leccio­nes de sacrificio, de comprensión y de servicio. Ésta es siempre la primera lección que todo discípulo debe aprender. Hasta no ha­berla aprendido no puede progresar. Hasta que la divinidad no se exprese en el hogar y entre los que nos conocen bien y son nuestros amigos familiares, no puede esperarse que se manifieste en otras partes. Debemos vivir como hijos de Dios en el lugar ‑insípido, tedioso y a veces sórdido‑ en que el destino nos ha colocado en ninguna otra parte puede ser posible esta etapa. En el lugar donde nos encontramos es donde iniciamos nuestro viaje y de él no escaparemos. Si no tenemos éxito como discípulos donde esta­mos y en el lugar en que nos descubrimos a nosotros mismos, ninguna otra oportunidad se nos ofrecerá hasta lograr el éxito. Aquí está nuestra prueba y nuestro campo de servicio. Muchos estudiantes verdaderos y conscientes creen que en realidad po­drían impresionar en su medio ambiente y manifestar su divini­dad si tuvieran un hogar distinto y un ambiente o escenario dife­rentes. Si hubieran contraído matrimonio con otra persona o si tuvieran más dinero o más ‑tiempo libre, despertarían más sim­patía en sus amigos, o si disfrutaran de mejor salud física, quién sabe qué podrían realizar. Una prueba es algo que constata y muestra nuestra fuerza; exige lo máximo de nosotros y nos revela los puntos débiles y dónde reside nuestro fracaso. Hoy se necesitan discípulos responsables y aquellos que fueron probados de tal ma­nera que no se desmoralizan ante las dificultades ni cuando en­frenten puntos oscuros en la vida. ¡Debiéramos darnos cuenta que existen ya esas circunstancias y medio ambiente donde podemos aprender la lección de la obediencia a lo superior que está en nos­otros! Poseemos exactamente el tipo de cuerpo y las condiciones físicas por los cuales puede expresarse la divinidad. Tenemos los contactos en el mundo y el tipo de trabajo requeridos para poder dar el paso en el sendero del discipulado, el siguiente paso hacia Dios. Hasta que los aspirantes no capten este hecho esencial y se dediquen con regocijo a una vida de servicio, dándose amorosamen­te en sus propios hogares, 'no realizarán progreso alguno. Hasta que el camino de la vida no sea hollado con alegría en el círculo hogareño, en silencio, sin compadecerse de sí mismo, ninguna otra lección, ninguna otra oportunidad, les será brindada. Muchos as­pirantes bien intencionados deben también comprender su respon­sabilidad por muchas que sean las dificultades con que tropiezan. Confundidos, porque les parece evocar demasiado antagonismo en­tre quienes los rodean, se lamentan de no hallar una respuesta amis­tosa mientras estudian, leen y piensan, intentando llevar una vida espiritual. La razón puede hallarse, por lo general, en su egoísmo espiritual. Hablan demasiado de sus aspiraciones y de sí mismos. Debido a que fracasan en su primera responsabilidad, no encuen­tran una reacción comprensiva a su demanda de tiempo para me­ditar. Quieren reconocimiento de que están meditando, exigen tranquilidad, no ser molestados ni interrumpidos. Ninguna de esas dificultades surgiría si los aspirantes recordaran dos cosas: Pri­mero, que la meditación es un proceso que se lleva a cabo en secreto, silenciosa y regularmente en el templo secreto de la propia mente del hombre. Segundo, que mucho podría hacerse si la gente no hablara tanto sobre lo que hace. Debemos caminar silenciosa­mente con Dios y mantenernos como personalidades en segundo plano; debemos organizar nuestras vidas de manera de poder vivir como almas, dedicando tiempo para cultivarlas, aunque conser­vando el sentido de la proporción, reteniendo el afecto de quienes nos rodean y cumpliendo a la perfección con nuestras responsa­bilidades y obligaciones. La autocompasión y el hablar en dema­sía, son rocas en las que se estrellan muchos aspirantes.

 

Por el amor y la práctica amorosa probamos nuestra iniciación en los misterios. Nacidos en el mundo de amor de Belén, la nota clave de nuestras vidas, desde ese momento, debe ser la obediencia a lo más elevado que hay en nosotros, el amor a todos los seres, y la total confianza en el poder del Cristo inmanente, para expre­sar (por medio de la forma externa de nuestra personalidad) una vida de amor. La vida de Cristo debe ser vivida hoy y, oportuna­mente, por todos. Es una vida de regocijo y alegría, de pruebas y de problemas, pero su esencia es amor y su método, el amor.

 

"Los hombres de fe, los hombres felices, los hombres con luz en los ojos y un canto en sus corazones, dicen que Dios dio mucho más que una señal en los cielos, o una vislumbre de un fulgurante pergamino. Dio una vida y murió por nosotros. Dicen que tomó sobre Sí el dolor y la desesperación del mundo, disipándolos en un solo sacramento de amor." (98)

 

Nos dejó el ejemplo de seguir Sus pasos y llevar a cabo el trabajo que Él iniciara.

 

       Mientras viajamos con Cristo desde Belén hasta la hora cercana a la segunda iniciación, ¿cuál es la lección que hemos apren­dido? ¿Cómo podemos resumir la significación de ese episodio en términos de aplicación práctica individual? ¿Este episodio tiene algún significado personal? ¿Cuáles son los requisitos y las posi­bilidades que nos esperan? Si un estudio de esas cinco etapas en la vida de Cristo no son de valor para nosotros y si se refieren a un desenvolvimiento de imposible interpretación humana, enton­ces, todo lo que se ha escrito y enseñado, en el trascurso de los siglos, resulta fútil y sin utilidad alguna. Las aplicaciones teoló­gicas comunes ya no atraen a la inteligencia desarrollada del hombre. Cristo Mismo siempre tiene poder de atraer el interés humano y también atraer hacia Sí a quienes tienen visión para ver la verdad tal cual es y escuchar el mensaje evangélico en los términos que cada nueva era exige. Constituiría una pérdida de tiempo seguir elaborando esta antigua historia del Cristo vivien­te, si no contiene un mensaje específico para nosotros, y si todo lo que se nos pide es asumir la actitud del observador y de un hombre que simplemente dice: "Así es". Esta actitud creyente, aunque negativa, se ha mantenido demasiado tiempo. Hemos observado al Cristo desde tan lejos, y nos ocupamos tanto de la comprensión de Sus realizaciones, que la parte individual que de­bemos desempeñar, eventual e inevitablemente, ha sido olvidada. Le hemos dejado a Él todo el trabajo. Hemos tratado de imitarlo, y Él no quiere ser imitado. Quiere que probemos, para Él, para nosotros mismos y el mundo, que la divinidad que reside en Él se halla también en nosotros. Debemos descubrir que podemos ser como Él, porque lo hemos visto. Ha tenido fe ilimitada en nosotros y en la realidad de que "todos somos hijos de Dios", porque “nuestro Padre es uno". Nos demanda hollar el sendero de santi­dad y lograr la perfección que Su vida alcanzó, para lo cual Él Mismo nos pide que trabajemos.

 

A veces uno piensa si ha sido correcto que los hombres acepten las ideas de San Pablo tal como fueran traducidas en el trascurso de los siglos. El concepto del pecado muy poco fue tratado por Cristo. San Pablo lo recalcó, y el punto de vista que dio al cristia­nismo es, quizás, el responsable principal del complejo de inferioridad dominante en el cristiano común, inferioridad que Cristo no enseñó en modo alguno. Cristo nos llama a una santificación de la vida y nos exhorta a seguir Sus pasos, no los pasos o la in­terpretación que pudieran dar a sus palabras cualesquiera de Sus discípulos, por estimables o valiosas que fueran.

 

¿Cuál es esa santidad a que nos exhorta, cuando damos el pri­mer paso para el nuevo nacimiento? ¿Qué es un hombre santo? A continuación tenemos su imagen de acuerdo a la vida y el men­saje de Cristo:

 

"El hombre santo, el hombre perfecto, es aquel que en la total espontaneidad de su amor creador y en cada uno de los tres reinos princi­pales de la naturaleza, material, vital y social, cumple con todos sus deberes, desarrolla todas las verdades y conoce todas las bellezas, cada uno en su máxima potencialidad, en su yo natural. El hombre santo in­corpora así el deber amoroso la encarnación de la verdad vehemente y la personificación de la belleza suprema. Sólo el hombre santo es íntegro y sólo el hombre íntegro es santo." (99)

 

Plenitud, unidad, unificación, integridad, son las caracterís­ticas que distinguen al hombre perfecto. Una vez vista con ojos bien abiertos la visión de la divinidad ¿qué podemos hacer? Este interrogante expresa nuestro problema. ¿Cuál es el paso siguiente, el deber inmediato del hombre que sabe que en él no ha tenido lugar el nuevo nacimiento, pero siente en sí el impulso de ir desde Galilea a Belén, por el camino de Nazaret?

 

Requiere ante todo, esfuerzo. Significa iniciativa, empleo de energía, superación de la inercia y voluntad de obligarse a sí mis­mo a emprender el viaje inicial. Esto significa escuchar y obedecer la insistente demanda del alma para un mayor acercamiento a Dios y una más plena expresión de la divinidad y, sin embargo, "todo individuo en algún momento ha titubeado entre obedecer al espléndido anhelo de seguir adelante hacia el conocimiento, o al deseo de retroceder al lugar seguro”. (100)

 

En realidad, existen dificultades y peligros en el descrito camino al centro. Mucho debe superarse y enfrentarse. La natura­leza inferior (el aspecto María) retrocede ante la perspectiva y prefiere la inercia y la estabilidad, a la actividad requerida y a la incertidumbre momentánea.

 

Este nuevo nacimiento no es un sueño místico, ni tampoco la hermosa visión de algo posible, aunque no probable. No es simple­mente la expresión simbólica de alguna meta definitiva, que nos espera en un nebuloso futuro o en alguna otra forma de existencia, o en algún cielo eventual que podremos lograr si volvemos a la crédula y ciega aceptación de todo lo que la teología puede decir­nos. Es relativamente fácil de creer y constituye la línea de menor resistencia para la mayoría. Es difícil abrirnos camino hasta la etapa de experiencia donde se aclara el programa divino para el hombre, y las posibilidades que Cristo dramatizó se convierten en algo que nos impide descansar hasta que lo hayamos trasmu­tado en experiencia personal, por el experimento de la iniciación. El nuevo nacimiento es el resultado del proceso evolutivo y un hecho tan natural como lo es el nacimiento de un niño en el mundo de la vida física. Eternamente, durante edades, los hombres reali­zaron y continuarán realizando la gran transición, comprobando la realidad de esta experiencia. Todos debemos afrontarla en una u otra oportunidad.

 

Dos reconocimientos deben surgir en el mundo mental del as­pirante de hoy. Primero, la presencia del alma, una entidad vi­viente que puede y debe ser conocida por el proceso de traerla a la existencia en el plano de la vida diaria; segundo, la determina­ción de reorientar toda la naturaleza. para posibilitar una identi­ficación más estrecha con esa alma, hasta lograrse la total unidad. Vamos viendo lo que debe hacerse y adoptando la correcta actitud que lo hará posible. Las dos mitades de nuestra dualidad esencial ‑alma y cuerpo, Cristo y María, influidos por el Espíritu Santo, lo material y lo espiritual‑ se enfrentan y se aproximan cada vez más hasta que se alcanza la unión completa y el Cristo nace por intermedio de la Madre. Pero la aceptación de esta idea di­vina y la orientación de la vida para que la idea sea una realidad, son los primeros e inmediatos pasos. El Dr. Sheldon, (101) hablando de las necesidades actuales de la humanidad y de la parte que una sicología iluminada puede desempeñar para satisfacerla, dice:

 

" ... el verdadero problema crucial de hoy no está en ninguna de ellas, sino en la cuarta zona o nivel de la conciencia humana, es decir, perte­nece al tiempo, a la orientación plena de propósito.

 

“Durante años, los sicólogos han sojuzgado al alma con una intensi­dad que recuerda a la de los puritanos, al sojuzgar su conciencia sexual. Pero ahora empezamos a sentir la imperativa necesidad de una sicología que pueda enfrentarse con este cuarto nivel de la mente. Las necesitamos mucho más que la sabiduría económica, política y sexual."

 

Esto es lo que Cristo enseñó y por ello oró al Padre:

 

"Mas no ruego solamente por éstos (Sus discípulos), sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean una cosa, como tú, oh Padre, estás en mí y yo en ti, que tam­bién ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste... Yo en ellos y Tú en mí, para que sean perfectos en unidad."  (102)

 

 Ésa es la doctrina de unificación, Dios inmanente en el uni­verso, el Cristo cósmico. Dios inmanente en la humanidad, reve­lado por el Cristo histórico. Dios inmanente en el individuo, el Cristo interno, el alma.

 

"Cristo, siendo Dios real, procediendo del Dios potencial, desciende a la materia como el Sacrificio Divino desde el comienzo de la manifesta­ción. Contiene en Sí las ideas de todas las formas y cualidades que deben plasmarse en la materia. Voluntariamente se envuelve dentro de la natu­raleza y entrega su vida como una gozosa afluencia, para que las muchas almas puedan vivir y progresar. Entonces se trasforma, al completar la involución en el Hombre Arquetípico Divino, dispuesto a derramarse, en la evolución, en todas las cualidades y formas de vida. En el ser interno de todas las cosas, vive en secreto, y eventualmente nace o se manifiesta en el alma humana, donde, a medida que aumenta su poder, se convierte en el conquistador de la naturaleza inferior y, en el santo, finalmente retorna a Su Padre y Origen." (103)

 

Esta verdad está bellamente expresada en los párrafos siguientes:

 

"Dios pronuncia Su Eterna Palabra desde la Eternidad. Habla de dos maneras, que, no obstante, es una sola, desde el punto de vista de Dios. La pronuncia eternamente en Sí Mismo, por lo tanto, la pronuncia eternamente en el alma. Engendra a Su Hijo desde lo eterno que está en Sí Mismo, y así lo engendra en nosotros y nos engendra como a Su Hijo Eterno. Pero ¿cuál es la Eterna Palabra o el Hijo, cuando la pro­nuncia en el nivel del alma? Allí está lo que se halla en Dios y para Dios Mismo: la idea que posee Dios de Sí Mismo, es decir, el conoci­miento que tiene de Sí Mismo se convierte en el conocimiento del alma, por la participación en la Palabra. Poseer la Palabra es poseer parte del propio conocimiento de Dios y de ese conocimiento de Dios por el cual Él se conoce a Sí Mismo. Además, significa tener el conocimiento de Dios, no como simple accidente, no como un hecho sicológico empírico, no como acto aislado y concreto de percepción, no como idea o teoría, sino como esencia y fundamento superempírico de la propia alma. Según la expresión de Eckhart: el alma no tiene al Hijo, sino que es el Hijo. No posee conocimiento de Dios, sino que es fundamentalmente el conocimien­to de Dios de Sí Mismo. Lo que surge en nosotros como ‘idea' o 'con­cepto' de Dios es simplemente la función externa de las 'facultades', no la esencia de la materia. Por eso agrega Eckhart, 'Dios se conoce y se ama a Sí Mismo en nosotros’”. (104)

 

¿Cómo puede experimentarse esta verdad del alma y el nuevo nacimiento en forma tan sencilla y práctica que aparezca su sig­nificado como permitiéndonos hacer lo que sea necesario? Tal vez ayuden las siguientes afirmaciones:

 

1.      Oculto en todo ser humano está el "Verbo encarnado",  el Hijo de Dios hecho

carne. Éste es "Cristo en nosotros, esperanza es de Gloria” que sólo es una esperanza para la masa. Cristo aún no Se ha manifestado. Está oculto y velado por la forma. Se ve a María, pero no a Cristo.

 

2. A medida que la rueda de la vida (la experiencia en Galilea) nos lleva de una lección a otra, nos acercamos cada vez más a la realidad interna y a la deidad oculta. Pero el Cristo‑Niño se halla todavía oculto en la matriz de la forma.

 

3. A su debido tiempo, la personalidad, física, emocional y men­tal, se fusiona en un todo viviente. La Virgen María está a punto de dar a luz a su Hijo.

 

4. La larga jornada toca a su término y el Cristo niño oculto, nace en la primera iniciación.

 

El Dr. W. R. Inge (105) se refiere a esta verdad en los siguientes términos:

 

"Macario, siguiendo a Metodio, enseña que la verdadera idea de la Encarnación incluye la unión del Logos con las almas pías, por las que se siente satisfecho. En cada una de ellas nace un Cristo. De este modo, junto con las ideas de Ransom y del Sacrificio que Cristo realizó por nosotros, los teólogos añadieron las ideas de santificación y de trasfor­mación interna del Cristo en nosotros, considerando a este último tan real y parte integrante de nuestra redención, como el primero. Pero la doctrina de la Inmanencia Divina en el corazón humano nunca llegó a constituir la verdad central de la teología hasta la época de los místicos medievales. Es Eckhart quien dice: 'El Padre pronuncia la Palabra en el alma y, cuando el Hijo nace, todas las almas se convierten en María'."

 

Se nos ha convocado para el nuevo nacimiento, nuestras perso­nalidades viven ahora plenas de potencialidad. El momento ha llegado.

 

"Levántate, oh mortal, comprende la finalidad de tu ser, haz lugar a Dios en tu alma, para que Él pueda poner de manifiesto a Su Hijo dentro de ti”. (106)

 

El alma humana debe escuchar el desafío del alma crística y percibir que "María es bendita, no porque concibiera al Cristo corporalmente, sino porque lo llevó espiritualmente, y en esto todos pueden obrar de igual modo que ella". (Eckhart)

 

 

1    Wrestlers with Christ, pág. 208.

2    Véase pág. 23

3    A Pilgrim's Quest for the Divine, de Lord Conway of Allington, pag. 66

4    Jn. 3:7.

5    1 Co. 15:31.

6    The Recovery of Truth, de Pavel Florensky, citado por Herman Key­serling, pág. 80.

7    Religious Realism, de D. C. Macintosh y otros, pág. 483.

8    The End of Our Time, pág. 62.

9    Jn. 1: 1, 2, 3, 4, 10.

10  The Mystery of the K¡ngdom, of God, págs. 28, 29.

11 The Value and Destiny of the Individual, Pág‑ 129.

12 Religion in the Making, de A: N. Whitehead, págs. 158, 159.

13 Jn. 14:6.

14 The God Who Speaks, de B. H. Streeter, pág. 212.

15 Paracelsus, de Robert Browning (versión libre).

16 Mirage and Truth, de M. C. D'Arcy, S. J., pág. 29.

17 Adventure of Ideas, pág. 369.

18 Is. 53:3.

19 Fragmentos de 0xyrhynchus.

20 The World Breath, de L. C. Beekett, pág. 245.

21 Col., I, 27.

22 Saul.

23 He. 7:1-4.

24 He. 17:28.

25 Jn. 3:7‑8.

26 The World Breath, de L. C. Beckett, pág, 250.

27 II Ti. 2:21.

28 Lu. 17:20‑21.

29 The World Breath, de L. C. Beckett, pág. 249.

30 The God Who Speaks, pág. 3.

31 Cristianismo Esotérico, de Annie Besant.

32 He. 9:23.

33 Jn. 3:5.

34 Mt. 3:11,

35 Mt. 18:3.

36. Jn. 3:10.

37 The End of Our Time, de Nicholas Berdyaev, pág. 59.

38 The Recovery of Truth, pág. 68.

39 The Meaning of God in Human Experience, pág. 336.

40 Eros and Psyche, de Benchara Branford, pág. 250.

41 Lc. 2:49.

42 Lc. 4:14, 15.

43 Lc. 9:22, 23.

44 Jn. 19:30.

45 The Value and Destiny of the Individual, de B. Bosanquet, pág. 111.

46 A Pilgrim's Quest for the Divine, de Lord Conway of Allington, pág. 72.

47 The End of Our Time, pág. 199.

48 John Oxenham.

49 Mt. 11:15.

50 Mt. 24:30.

51 Jn. 14:8, 9.

52 Religion in the Making, págs. 153, 156.

53 Pr. 29:18.

54 Realit y, de B. H. Streeter, pág. 36.

55 Lc. 2:6, 7.

56 Light of the World, pág. 14.

57 The Fool Hath Said, de Beverley Nichols, pág. 112.

58 Pr. 4:18.

59 Mirage and Truth, de M. C. D'Arcy, S. J., pág. 170.

60 The Bhagavad Gita, IV: 7, 8. Traducción de Ch. Johnston.

61 Ro. 1:3.

62 The Paganism in Our Christianity, de Arthur Weigall, pág. 42.

63 Bible Myths, de T. W. Doane, pág. 332.

64 Pagan Christ, de J. M. Robertson, pág. 338.

65 Jn 10:10

66 Pagan and Christian Creeds, de Edward Carpenter, pág. 50.

67 y 68 Cristianismo Esotérico, de Annie Besant.

69 Cristianismo Esotérico, de Annie Besant.

70 De Temp. rat., Bede, XIII.

71 The Paganism in Our Christianity, de Arthur Weigall, págs. 236‑37.

72 Sal. 19: 1.

73 Ro. 5:5.

74 Fil. 3:14.

75 Light of the World, pág. 5.

76 Bible Myths, de T. W. Doane, pág. 5.

77 II To. 2:21.

78 Jn. 6:33, 35. 41, 58.

79 Is. 28:28.

80 Jn. 12:24.

81 Lc., 2:14.

82 The Fool Hath Said, págs. 28, 29, 30.

83 Sermons, de A. MacLaren, págs. 71, 72.

84 Religions of Mankind, de Otto Karrer, pág. 175.

85 Mt., 2:2.

86 Lc., 2:12.

87 Lc.,   2:15.

88 Fil., 3:8, 9, 12, 16, Traducción de Weymouth.

89 Lc., 2:39, 40.

90 Dictionary of the Sacred Language of all Scriptures and Myths, de G. A. Gaskell, pág 773.

91 Bishop Rabanus Manrus, 857, d. C.

92 Lc., 2:49.

93 Religions of Mankind, de Otto Karrer, pág. 256.

94 Lc., 2:51, 52.

95 Psychology and God, págs. 83, 84.

96 I. Jn., 4:20.

97 1. Jn., 4:7, 8.

98 The Fool Hath Said, de Beverley Nichols, pág. 48.

99 Eros and Psyche, de Benchara Branford, pág. 361.

100 Psychology and the Promethean Will, de W. H. Sheldon, pág. 47.

101 Psychology and the Promethean Will, de W. H. Sheldon, pág. IX.

102 Jn., 17:20, 23.

103 Dictionary of the Sacred Languages of all Scriptures and Myths, de G. A. Gaskell.

104 Mysticism, East and West, de Rudolf Otto, pág. 197.

105, The Paddock Lectures, pág. 66.

106 Hours with the Mysties, de Vaughan, T. I, pág. 300

 

 

 

 

CAPITULO III

 

LA SEGUNDA INICIACIÓN... EL BAUTISMO

EN EL JORDÁN

 

 

 

PENSAMIENTO CLAVE

 

“Es el momento propicio para practicar seriamente la vida cristiana... En momentos catastróficos tiene lugar un proceso de purificación ascética, sin el cual no puede haber vida espiritual alguna, ni para la sociedad ni para el indi­viduo.”

 

Freedom of the Spirit, de Nicholas Berdyaev, pág. 46.

 

 

 

 

1

 

 

Siempre que algo sea percibido y sentido, constituye una experiencia del alma; siempre que un pensamiento y un sentimiento se identifiquen, allí está el alma. El alma significa unidad, unicidad y unión entre el deseo interno y la realidad externa. A medida que el hombre progresa y acepta el universo, y adquiere la compatibilidad entre lo que siente, como deseo interno, y lo que percibe, como disposición externa, y a medida que se expanden ambos elementos, el alma va hacia la grandeza.” 1  (Lo subrayado me pertenece. A .A. B.)

 

 La primera iniciación se ha realizado. Cristo ha nacido en Be­lén. El alma ha alcanzado su expresión externa, y ahora esta alma –Cristo (como el representante histórico de todo lo que el alma puede ser) el iniciado individual– va hacia la grandeza. La misión del Salvador se inicia definidamente en ese momento, pero en bien de los que vendrán después, Él debe emitir la nota de la puri­ficación y adaptarse a los requisitos del ritual y a la tendencia general del pensamiento de Su época. El iniciado que ha dado el primer paso, debe acentuar la purificación de la naturaleza in­ferior, esencial para el prefacio de la segunda iniciación. El bautismo de Juan fue el símbolo de esta purificación. Cristo Se some­tió al bautismo, haciendo caso omiso a las protestas del Bautista,  diciéndole: “Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia”. 2

 

Cristo alcanzó la madurez. La tradición dice que tenía treinta años cuando fue bautizado y comenzó su breve, aunque espectacu­lar, vida pública. ¿Quién puede decir cuánta verdad encierra esto desde el punto de vista histórico? No reviste mayor importancia, Cristo fue, es y siempre será. Hablando simbólicamente, era nece­sario que Cristo cumpliera treinta años, porque ese número es significativo en lo que a la humanidad concierne. Treinta significa el perfeccionamiento de los tres aspectos de la personalidad: el cuerpo físico, la naturaleza emocional y la mente. Los tres consti­tuyen el aspecto forma del hombre y velan u ocultan al alma. Son en realidad el mecanismo de contacto del hombre con el mundo externo, el equipo por el cual su conciencia se desarrolla y despierta, y todos constituyen el “mecanismo de respuesta”, según los sicólogos. Sabemos que el hombre es un animal físico, un ser emo­cional y sensorio y una entidad pensante. Cuando las tres partes de la naturaleza inferior del hombre funcionan armónicamente y forman una unidad, para ser empleada por el hombre interno, dan por resultado una personalidad integrada, un yo inferior eficiente. Esto testimonia el número treinta. Diez es el número de la perfec­ción y treinta es la perfección de las tres partes del equipo del alma.

 

Es conveniente recordar que mediante esos tres aspectos (o re­flejos del ser divino) el hombre se pone en relación con el universo existente y, por lo tanto, con Dios inmanente en la naturaleza. El cuerpo físico nos permite establecer contacto con el mundo tan­gible y visible. La naturaleza emocional sensoria nos permite decir: “Elevo mi corazón a Dios”. La mayoría de la gente vive en el corazón y en el cuerpo sensorio, y mediante el corazón descubre el camino hacia el Corazón de Dios. Sólo el amor puede revelar al Amor. Cuando por el correcto empleo y la comprensión, la mente es definidamente dirigida y correctamente orientada, se pone en armonía con la Mente de Dios, la Mente Universal, el Propósito, el Plan y la Voluntad de Dios. La mente iluminada del hombre, re­vela la Mente de la Deidad. Así se observa que el hombre está hecho “a imagen y semejanza de Dios”. 3

 

 En la segunda iniciación, Cristo permaneció ante Dios, el Ini­ciador, pues sus tres aspectos habían sido purificados y alcanza­ron la madurez. Su mecanismo estaba preparado y dispuesto para la tarea, permitiéndole dar pruebas de esa purificación y de la tensa actitud que Le capacitaría para llevar a cabo satisfactoriamente Su misión. Esto tuvo que probarlo ante Dios y el hombre, median­te la purificación que obtuvo por el bautismo y las consiguientes tentaciones en el desierto. Preparado para Su obra, poseía lo que el Dr. W. H. Sheldon 4 denominó “los tres elementos principales para una gran mente, esto es, entusiasmo, visión intuitiva y un efectivo equipo sistematizado”, agregando más adelante que los dos primeros “son los de mayor importancia, porque no pueden adquirirse cuando una persona ha llegado a la vida adulta sin ellos”.

 

Cristo estaba así equipado.

 

Será conveniente estudiar en forma breve el propósito para el cual estaba equipado. Vimos en el capítulo anterior que este pla­neta, llamado Tierra, es considerado por muchos científicos mo­dernos y eminentes, como probablemente único en su constitución y propósito. Aparentemente proporciona un condicionamiento de la vida que no existe en otro planeta. Esto puede o no ser así, pero sólo el desarrollo de la conciencia del hombre podrá verificar o negar esta teoría de la excepcionalidad. Al observar la vida plane­taria vemos que actualmente la perspectiva en todos los reinos es desalentadora. En ellos hay muerte y enfermedad, y en los reinos animal y humano, no sólo eso sino, también violencia en todos los órdenes. En la familia humana particularmente, la visión es pe­nosa, pues muy poco hemos aprendido de lo que Cristo representó y casi nada hemos logrado de los procesos purificadores de la vida moderna. La voluntad por mejorar puede apreciarse en la mayoría de los campos que conciernen al individuo, pero el impulso es aún débil en toda la humanidad. Sin embargo puede ser despertada, y así despertaremos a las responsabilidades circundantes, al analizar nuevamente el mensaje de amor dado por Cristo. Este pensa­miento cobra mayor iluminación en estas nobles palabras:

“Existe, no obstante, otro punto de vista que no debemos pasar por alto. Así como del maloliente alquitrán salen algunas de las cosas más hermosas del mundo, también en la tierra más negra existe la potencia­lidad de un glorioso florecimiento. Elevar la vista hacia esas cumbres de posibilidades debe ser la tarea de toda empresa humana, no sólo para corregir abusos, sino para ampliar el horizonte del hombre, elevándolo a los planos superiores de la percepción y la comprensión, trasformán­dolo, como en el viejo cuento de hadas, del cerdo que es, en el príncipe que será.

“Debido a que el odio, representa la acentuación de la discordia en la vida y, por lo tanto, tiende a separarnos de toda relación significativa, mediante el valor interno del yo de otro individuo, es, fundamentalmente, la más destructiva de las fuerzas humanas, lo cual no quiere decir que sentir odio o desprecio por las estupideces de la vida, es un sentimiento reprensible... Pero hasta no despojarnos de las animosidades perso­nales, que pueden existir en algunas ocasiones, no podemos liberar en nosotros las energías de las cuales debemos valernos para progresar sig­nificativamente y alcanzar una estatura espiritual de cierta madurez. Hasta no habernos desprendido de esos odios y animosidades (aunque sólo sea mediante técnicas prácticas para trasformar los antagonismos en piedad, en determinadas situaciones), todo nuestro ser está en cortocircuito, la voluntad está inhibida y la afluencia del yo queda retenida, frustrada y derrotada.” 5

 

Probablemente sea verdad que Cristo vino a nosotros con un mensaje más profundo y amplio que cualquier Mensajero anterior, proveniente del centro, pero esto en modo alguno disminuye la condición y la tarea de Quienes Lo precedieron. Cristo vino en una época crucial, en un período de crisis mundial, encarnando en Sí un principio cósmico —el del Amor, cualidad sobresaliente de Dios. Otros aspectos, cualidades y propósitos de la naturaleza divina, fueron revelados en anteriores encarnaciones de Dios, y aparecieron a medida que la raza llegaba a una etapa de su des­arrollo donde era posible una reacción correcta. Zaratustra, para nombrar uno de esos Mensajeros, había llamado la atención del género humano sobre el hecho de los dos principios básicos que existían en el mundo —los del bien y del mal— acentuando así las dualidades básicas de la existencia. Moisés reveló la Ley, ex­hortando a los hombres a reconocer a Dios como principio de jus­ticia, aún cuando pareciera una justicia desprovista de amor para quienes vivimos después de la revelación dada por el Cristo. Buda encarnó en Sí Mismo el principio de la sabiduría divina y, con clara visión del mundo de las causas, vio la existencia mortal tal cual era, y señaló el camino de salida. Pero el fundamental prin­cipio del universo, el Amor, no había sido revelado antes de la venida de Cristo. Dios es amor, y en la plenitud del tiempo, esta característica sobresaliente de la naturaleza divina tuvo que ser revelada de tal modo que el hombre pudiera captarla. Es así que Cristo encarnó en Sí Mismo el más grande de los principios cósmicos. Esta Ley de Amor puede vérsela actuando en el univer­so como la Ley de Atracción, con todo lo que este término implica —coherencia, integración, posición, dirección y la marcha rítmica de nuestro sistema solar; puede ser observada también en la disposición de Dios hacia la humanidad, como lo ha revelado Cristo. Esta función excepcional de Cristo, como custodio y revelador de un principio cósmico o energía, se halla detrás de todo lo que hizo.

 

 Ésa fue la base y el resultado de la perfección que alcanzara, ése el incentivo y el impulso de Su vida de servicio y ése es el prin­cipio sobre el que se funda el reino de Dios. Otto Karrer, 6 a este respecto, dice:

“Podemos afirmar con toda confianza que las siguientes doctrinas religiosas fundamentales no se ven o enseñan en religión alguna, con la solidez, afirmación y certera visión que establece el cristianismo:

 

a.     El concepto de Dios, el Padre espiritual y viviente que creó el mundo por amor, se reveló en Su Hijo como el Amor en Persona y nunca cesa de ofrecer Su gracia a una humanidad que se ha separado de Él por el pecado.

b.     El correspondiente concepto de que el hombre fue hecho a imagen de Dios, destinado a comunicarse con Él, aunque en el pecado aún lo busca a tientas y en secreto, unido a Él por el amor.

c.     La valoración positiva de la disposición moral del hombre, su capa­cidad para aceptar libremente las inspiraciones de los santos y hacer que por la fe y el amor sean eficaces para la perfección sobrenatural de su personalidad y el establecimiento de una fraternidad personal, abarca a los hijos de Dios, es decir, el reino de Dios.

d.     En tanto que el paganismo, estrictamente hablando, no conoce meta ni propósito, y sólo puede esperar un interminable círculo o cadena de fenómenos; para el cristianismo, la finalidad por la cual todas las cosas existen, es la gloria de Dios en Su creación y la bendición de esa creación en la comunión entre Dios y la humanidad.”

 

 Que el paganismo no tiene meta o propósito, es hoy para la mayoría una afirmación que no resiste una investigación. Todo lo que ha transcurrido en el pasado tuvo como meta lo ocurrido cuando apareció Cristo. Preparó a la humanidad para la oportu­nidad que se le ofrecía, constituyendo los cimientos sobre los cua­les está basado el presente. Similarmente, la inminente revela­ción del próximo siglo constituirá el cimiento sobre el cual se apo­yará el futuro y, para este propósito, todo lo que ahora transcurre tiene suprema importancia.

 

Cristo no sólo tendió el puente entre Oriente y Occidente, re­sumiendo en Sí Mismo todo lo que Oriente tenía de valor como contribución, sino que dio a nuestra civilización occidental (en esa época aún no habían surgido) los grandes ideales y el ejemplo de sacrificio y de servicio que hoy, dos mil años después que Él caminó entre los hombres, han llegado a ser la nota clave de las mejores mentes de la era. La narración de cómo vinieron las ideas e hicieron impacto en la conciencia humana, cambiando el curso de los asuntos humanos, constituye el relato de la historia; en forma curiosa las ideas son el elemento imprevisible del futuro. Algún individuo de destacada personalidad sale de las filas de la raza, reflexiona y elabora alguna grandiosa y dinámica idea ba­sada en la verdad. La formula en términos que pueden ser com­prendidos por sus semejantes, llegando eventualmente a vivir de acuerdo a ella. Surgen entonces nuevas tendencias, incentivos e impulsos, y así se escribe la historia. Puede decirse con toda propiedad, que sin ideas no habría historia. En la enunciación de una idea cósmica y en la capacidad de hacer de esa idea un ideal de fuerza dinámica, Cristo no ha sido superado por nadie. Con el ejemplo de Su vida, nos dio una idea, que con el tiempo llegó a ser el ideal del servicio, por eso hoy muchos gobernantes y pen­sadores del mundo dedican su atención al bienestar de hombres y naciones. Que la técnica empleada y los métodos aplicados para la realización del ideal presentido y soñado, son con frecuencia indeseables y erróneos, produciendo resultados crueles y separa­tistas, no altera en modo alguno el hecho de que detrás de todos esos experimentos idealistas de la raza, subyace un gran ideal, di­vinamente inspirado y sintetizado para nosotros por Cristo, con Su vida y Su enseñanza.

“Individualmente o en grupo, el hombre elabora grandes ideales, cuya realización puede cambiar la faz de las naciones y la de la madre Tierra.

“El hombre generalmente oscila en la vida entre estos polos extremos, a veces está frustrado y vencido, otras libre y victorioso.

“Hombres y ciudades, naciones y civilizaciones, pueden juzgarse fructíferamente desde este elevado punto de vista histórico.

“A medida que los movimientos del hombre se parecen cada vez más a la ciega deriva del polvo, su historia se va oscureciendo en el caos. Cuando sus movimientos se parecen al majestuoso fluir de un poderoso río hacia el océano, bajo el impulso inescrutable de grandes ideales, ampliamente aceptados, su historia se ilumina como un cosmos.

“Ninguna ciencia, arte ni religión; ningún filósofo, estadista ni sa­cerdote; ninguna artesanía familiar ni popular; ningún campo, ni redil ni pez ni leñador; ninguna artesanía manual ni mecánica; ningún arte u oficio del hombre que crea cultura y satisface necesidades, puede existir ni fructificar por mucho tiempo, sin la creación, prosecución de ideales y construcción de utopías —el renacimiento en una forma adaptada a cada civilización que nace del gran mito.” 7

 

Cristo enunció la más grande de las ideas, la de que Dios es Amor, y que ese amor podía manifestarse en forma humana y, al hacerlo, constituye una posibilidad para todos los hombres. Su vida fue demostrar una perfección que el mundo nunca había visto.

“El rasgo característico del cristianismo, desde el comienzo, ha sido que la norma de la verdad y de la santidad, y la definida revelación de Dios no es una ley o una revelación universal del Absoluto, su canal no sólo es de importancia sino que es una Persona determinada... La reve­lación universal no se rechaza, se mide por este excepcional Revelador. Para el cristianismo, la Persona de Cristo es la medida de todas las cosas, y su regla fundamental el mandato: ‘Sígueme’. El cristianismo obliga al hombre a hacer frente a una decisión. Lo ata al ‘Mediador en­tre Dios y el hombre’. Ve en Él, con Harnack, no simplemente, un foco de inspiración religiosa, ‘donde’ puede ser revivida nuevamente ‘la vida religiosa’, sino a todo el Mediador, no sólo ve la puerta, sino también el camino; no únicamente, como dice Schleiermacher, ‘la más perfecta pre­sentación de la religión hasta el presente’, sino también la ‘luz del mun­do, sin la cual ningún hombre puede llegar al Padre'.“ 8

 

El alma, que es el Cristo oculto en todos nosotros, es el me­diador entre el espíritu (el Padre) y el ser humano. Cristo hizo hincapié en esto cuando llamó la atención sobre la divinidad esen­cial del hombre, hablando de Dios como “nuestro Padre”, así co­mo fue el Padre de Cristo. Era la luz lo que vino a mostrar y que vio en todos nosotros (oculta y velada) exhortándonos a que de­jemos brillar esa luz. 9 Nos desafió a mostrar la perfección que Él encarnó y ordenó que la demostráramos. Nos probó lo que era posible y pidió que lo expresemos. En esta forma excepcional de revelación, Cristo no tiene igual, porque fue el más grande, elevado y verdadero de los mensajeros que aparecieron en este mundo, pero no porque (¿ me atreveré a decirlo?) fuese el más grande de los que podían venir. No me atrevo a limitar a Dios así. De acuerdo a la revelación evolutiva sobre la naturaleza de la divinidad, parece ser que Cristo fue la culminación del pasado, la indicación del futuro. ¿ No sería acaso posible que haya aspec­tos y características de la naturaleza divina, de los cuales no tengamos aún el más remoto concepto hasta ahora? ¿ No será pro­bable que nuestro mecanismo sensible sea todavía inadecuado para captar la plenitud de Dios? ¿ No podrá ser que nuestro mecanismo de percepción requiera un mayor desarrollo evolutivo antes de que otras características divinas y espirituales puedan ser re­veladas sin peligro a nosotros y en nosotros? Podrá haber futu­ras revelaciones de tan estupenda belleza y maravilla que ni siquiera podemos formarnos la menor idea de su posible delinea­miento. De lo contrario Dios estaría limitado y estático, y sería incapaz de hacer más de lo que hizo. ¿ Cómo intentar decir que es posible para nosotros visualizar los límites de la naturaleza de la Deidad? ¿Cómo puede el intelecto humano creer con toda arrogancia que  le es posible reconocer, aunque sea por medio de Cristo, los objetivos fundamentales de la Voluntad divina? La  historia del desarrollo de la conciencia humana prueba que la verdad se ha dado en forma progresiva y que esa brillante galaxia constituida por los Instructores del Mundo dio una interpretación de la Deidad cada vez más amplia, llegando, en el transcurso del tiempo, a un mayor y creciente número. Cristo nos ha dado la revelación más elevada e incluyente a lo que la conciencia hu­mana puede responder, hasta la era actual. Pero, ¿ cómo atrevernos a decir que no es posible para Dios hacer más, cuando esta­mos dispuestos a recibirlo? Para ello nos preparamos rápida­mente. Hasta el propio Cristo dijo a Sus discípulos, “el que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también, y aún ma­yores hará”. 10

 

Estas palabras expresan una verdad, o toda la estructura de nuestra creencia se viene abajo. Algo más debe revelarse, o la historia del pasado pierde su fundamento y las creencias anti­guas su significación, y habremos llegado a una encrucijada que parecería que hasta el propio Dios fuera incapaz de trascender, y esto no puede aceptarse.

Debido precisamente a que el cristianismo combina en una unidad soberana los más altos y profundos poderes de la naturaleza humana, ‘debe abarcar todas las formas del desarrollo humano para que los pe­ríodos de la historia puedan ser el conjunto de testigos de la verdad que los incluye a todos’ (Deutinger). En este sentido debemos comprender el juicio de Gorres de que ‘el principio más sublime y sagrado que repre­senta el cristianismo, es su propio y continuo crecimiento, puesto que ninguna realidad finita puede agotar la riqueza de su ideal’. Únicamente por el viviente presentimiento de que Cristo vive a través de las edades, un solo cuerpo compuesto de miembros dispersos en tiempo y espacio, el cristianismo, puede alcanzar progresivamente una adecuada personifica­ción terrena de la cristiandad, en su integridad ideal. El cristianismo, por lo tanto, según lo interpreta la Iglesia histórica, puede aceptar el principio de la evolución en su verdadero significado, sin dañar el carácter excepcional y la misión que ha recibido de Dios.” 11

 

El Cristo cósmico, el Cristo místico, el Cristo histórico y el Cristo individual, existen por toda la eternidad, por eso la reve­lación puede ser progresiva. Si pudiéramos creer, como cree el Dr. Whitehead, que Dios incluye a todas las formas y lo que éstas revelan, seguramente, a medida que se desarrollan nuestras fa­cultades y mejora nuestro mecanismo de contacto, podremos ver más de la divinidad que hasta ahora, y ser dignos posteriormente, de una mayor revelación. Sólo nuestras limitaciones como seres humanos impiden ver todo lo que debe ser visto. El Dr. A. L. Whitehead,12 expresa esta divina síntesis en los términos si­guientes:

“De este modo, si Dios es una entidad real que interviene en toda fase creadora y, no obstante, está más allá de todo cambio, Él debe estar exento de la inconsistencia interna que es la característica del mal. Pues­to que Dios es real, debe encerrar en Sí Mismo una síntesis del entero universo. Por lo tanto, hay en la naturaleza de Dios un aspecto del reino de las formas, según son calificadas por el mundo, y un aspecto del mundo, según es calificado por las formas. Su culminación, para que esté exento de toda transición hacia algo distinto, debe significar que Su naturaleza permanece autoconsistente en relación con los cambios.”

 

El nuevo Nacimiento nos llevó a un punto donde fuimos cons­cientes de un nuevo mundo de luz y del ser. Mediante el proceso de dicha iniciación nos convertimos en ciudadanos del reino de Dios, que Cristo vino a establecer como una realidad en la con­ciencia del hombre; por el nuevo nacimiento pasamos a un mundo regido por una serie de leyes superiores o espirituales, y nuevos objetivos se abren ante nosotros, surgen nuevos aspectos de nues­tra oculta naturaleza espiritual y empezamos a descubrir en nos­otros mismos, el delineamiento de un nuevo ser, con diferentes gustos, deseos, ideales y métodos de actividad mundana. Escu­chemos estas palabras:

 

“El Nuevo Nacimiento, como yo lo entiendo... es el surgimiento de un sentido trascendental, que ansía una aventura espiritual, un amor divino, pureza y perfección. Una completa autoentrega, la total aniqui­lación que encuentra su realización en el amor, en lo que llamamos Amor de Dios. Nadie puede definir ni describir ese amor. Llámeselo don divino, emanación sobrenatural o como se quiera. Las palabras no pueden ex­plicarlo, pero quienes lo experimentan no necesitan la confirmación de la razón o de la lógica, ni prueba alguna. Ilumina toda la Naturaleza, penetra y rige toda vida. Se logra de muchas maneras; puede llegarse a él por muchos portales; pero quienes cruzaron el umbral y penetraron, saben que han llegado, aun cuando sólo alcanzan los lindes del Reino de los Cielos. Si no sienten allí regocijo, ¿dónde podrán hallarlo entonces? La visión puede desvanecerse de vez en cuando, pero una vez experi­mentada, se sabe que retornará.” 18

 

Hablamos mucho de la unificación que Cristo realizó dentro de Sí Mismo y para el hombre. Reconocemos la unidad que expe­rimentó con el Padre y que nos ha exhortado a una unidad di­vina similar. Pero ¿no será posible que haya establecido una sín­tesis más amplia que la del individuo y Dios, la síntesis del rei­no de Dios?

 

 ¿ Qué significan esas palabras? Hemos hablado del reino de Dios en términos de separación. O estamos en ese reino, o fuera de él. Se dice que debemos salir del reino de los hombres (con­trolado por el mundo, el demonio y la carne) y entrar en otro, descrito como totalmente distinto. Todos los aspectos de los tres reinos subhumanos, animal, vegetal y mineral, se encuentran en el hombre, y su síntesis, más otro factor, el intelecto divino, cons­tituyen lo que llamamos el reino humano. El hombre unifica en sí las llamadas manifestaciones inferiores de la deidad. En los reinos subhumanos de la naturaleza encontramos tres tipos principales de conciencia: el reino mineral, con su poder de discri­minación subjetivo, su capacidad de crecer y su radiactividad ultérrima; el reino vegetal, con su sensibilidad o sensitividad, y su mecanismo de respuesta en desarrollo, sensible a la luz solar, al calor y al frío, como a cualquier condición climática circundante; el reino animal, con su conciencia grandemente acrecen­tada, su capacidad de libre movimiento y de contactos más am­plios, gracias a su naturaleza instintiva. El reino humano, encar­na todos esos tipos de conocimientos, conciencia, sensitividad, instinto, además de esa misteriosa facultad humana que llamamos “mente”, y resumimos todas esas cualidades heredadas, en la pa­labra “autoconciencia”.

 

Sin embargo, en la experiencia del ser humano inteligente, hay un lento y nebuloso reconocimiento de que existe algo más grande aún y de mayor valor, fuera de sí mismo. El hombre es sensible a una serie de contactos más sutiles y de impresiones que denomina espirituales, ideales o místicas. Otro tipo de conciencia empieza a germinar en él, y cuando tiene lugar el naci­miento en Belén, esta conciencia se pone de manifiesto y es re­conocida. En momentos en que el ser humano sintetiza en sí todo su pasado, agregando su propia constitución peculiar y sus cua­lidades, empiezan a surgir y a demostrarse en él cualidades que no son humanas.

 

Los miembros del reino de Dios seguramente encarnarán la herencia de los cuatro reinos, del mismo modo que el hombre encarna la herencia de tres. Esta ciudadanía superior abarca la expresión de la conciencia crística, que es la conciencia de grupo, de relación, de la parte al todo (algo que Cristo acentuaba con­tinuamente) y de lo humano a lo divino. El resultado de este conocimiento debe ser, sin lugar a dudas, de acuerdo al esquema evolutivo, la aparición de otro reino en la naturaleza, siendo ésta la gran tarea de Cristo. Por el poder de Su divinidad realizada,  constituyó el hombre que reunió en Sí Mismo lo mejor de todo lo que había sido, y revelaba también lo que iba a ser. Él ciñó en una unidad funcional, lo superior y lo inferior, haciendo de ello un “hombre nuevo”. Fundó el reino de Dios en la tierra y pre­sentó una síntesis de todos los reinos de la naturaleza, provocan­do así la aparición de un quinto reino. Podemos resumir la uni­ficación lograda del siguiente modo:

1.       Unificó en Sí mismo, a la perfección, los aspectos físico, emocional y mental del hombre, comprobando de este modo la existencia del individuo perfecto.

2.       Unificó en Sí Mismo alma y cuerpo, los aspectos superior e inferior, presentando así una encarnación divina.

3.       Unificó en Sí Mismo lo mejor de todos los reinos de la naturaleza, mineral, vegetal y animal, que en su síntesis forman lo humano, con el intelecto activo.

4.       Fusionó esta síntesis con un factor espiritual superior, causando el nacimiento de otro reino de la naturaleza, el quinto.

 

Habiendo creado Cristo, en Sí Mismo, una unificación o sín­tesis tras otra, para beneficio de la humanidad, aparece ante Juan el Bautista y pasa por la segunda iniciación, la de la purificación en las aguas del Jordán. Por el proceso del bautismo y por las tentaciones que le siguieron, Cristo evidenció su madurez, enfrentó Su misión y demostró al mundo Su pureza y Su poder.

 

La tercera iniciación, la de la Transfiguración, testimonió la unificación que Cristo había realizado entre cuerpo y alma. La integración era completa y, por consiguiente, la iluminación fue evidente para Sus discípulos. Apareció ante ellos como Hijo del Hombre y como Hijo de Dios, y habiéndoles probado Quién era, encaró la muerte que le esperaba y el intermediario servicio.

 

En la cuarta iniciación demostró esta integración, no sólo co­mo Hombre-Dios sino como Aquél que abarca en Su conciencia al entero mundo de los hombres. Se unificó con la humanidad, reflejando la efectividad de esa divina energía que lo capacitó para decir con toda verdad: “Y yo, si fuere ascendido de la tierra, a todos atraeré a mí”. 14 Fue ascendido, entre la Tierra y el Cielo, y durante dos mil años, Sus palabras han permanecido inalte­rables.

 

 

2

 

“Entonces Jesús vino de Galilea al Jordán, para ser bautizado por Juan. Mas Juan se oponía diciendo: ‘Yo debo ser bautizado por ti ¿y Tú vienes a mí?’

 “Pero Jesús le respondió: ‘Deja ahora, porque así conviene cumplir toda justicia’. Entonces lo dejó.

“Y Jesús, después que fue bautizado, salió del agua, y los cielos le fueron abiertos y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma y venia sobre él.

“Y una voz de los cielos decía: ‘Éste es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia’.” 15

 

En estas simples palabras se narra la historia de esta inicia­ción. La nota clave es purificación, cerrando un período de pre­paración y silencioso servicio, e inaugurando un ciclo de fatigosa  actividad. La purificación de la naturaleza inferior es un requi­sito que la iglesia cristiana ha subrayado siempre, como también lo ha hecho el credo hindú. Cristo proclamó este ideal ante Sus discípulos y los demás hombres, cuando dijo: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. 16

 

En un antiguo tratado sobre meditación, encontramos que el maestro proclama: “Por la purificación llega también la quietud del espíritu... y la capacidad de ver al yo”. 17  La purificación es de muchas clases y grados. Hay pureza física y pureza moral, y hay también esa pureza magnética que hace del hombre un canal de fuerza espiritual. Hay pureza síquica, cosa muy rara de hallar, y pureza mental. La palabra “pureza”, viene del sánscrito pur, que significa libertad de impureza, de limitación, del aprisiona­miento del espíritu en las cadenas de la materia. No puede haber logro sin purificación; no hay posibilidad de ver y manifestar divinidad, sin pasar por las aguas purificadoras. En el mundo se está efectuando hoy una gran limpieza. Una “purificación as­cética” y una abstinencia obligatoria de muchas cosas, conside­radas hasta ahora deseables, tienen lugar en el mundo y nadie puede escaparse de aquéllas. Esto se debe al derrumbe del siste­ma económico y a tantos otros sistemas ineficaces para el mundo moderno. La purificación se impone, y como consecuencia debe producirse un sentido más real de los valores. Una limpieza de ideales erróneos, una purificación racial de normas deshonestas y objetivos indeseables, se está aplicando poderosamente en esta época. Quizás esto signifique que muchos individuos de la raza bajan hoy al Jordán y entran en sus aguas purificadoras. Una purificación ascética autoaplicada y el reconocimiento de su valor por los precursores de la familia humana, podrá conducirlos al portal de la iniciación.

 

 Tenemos también, en este episodio, una interesante analogía en lo que le sucede hoy a la raza desde el punto de vista astro­lógico. Estamos entrando en el signo de Acuario, el Portador de Agua. Este signo representa simbólicamente la pureza y la re­lación grupales, la universalidad de la experiencia y las aguas que se vierten sobre todo lo existente. Cuando empezamos a en­trar en este signo, hace más o menos doscientos años, el agua llegó a ser de interés y uso general, y por primera vez para fines sanitarios y de irrigación. Así fue posible el control y la utiliza­ción del agua como medio de transporte en amplia escala mundial. El empleo del agua en nuestros hogares es ahora tan universal que apenas percibimos lo que pudo haber sido el mundo antes de utilizarla.

 

Cristo, en esta gran iniciación, penetró en la corriente y las aguas pasaron sobre Él. En la India se llama a esta iniciación “entrar en la corriente”, y se considera que quien la recibe de­muestra pureza física y síquica. Al tratar esta iniciación debe­mos recordar que en la historia, narrada en el Evangelio, se hace referencia a dos tipos de bautismo:

“Respondió Juan diciendo a todos: ‘Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego’.” 18

 

Hay, por consiguiente, dos clases de bautismo:

1.   El de Juan el Bautista, que es el bautismo por el agua.

2.   El de Jesucristo, que es el bautismo del Espíritu Santo y del fuego.

 

En esos dos símbolos está resumida gran parte de la historia del desarrollo humano, y el trabajo conjunto de Juan el Bautista y de Jesús, produjo una síntesis que señala el objetivo inmediato de nuestro esfuerzo racial. El simbolismo es exacto, de acuerdo a la antigua enseñanza de los misterios. Un estudio concienzudo de esta interpretación simbólica de una verdad fundamental, beneficiará grandemente a los investigadores de todos los países, y la comprensión del significado de los símbolos empleados arro­jará mucha luz sobre la realidad. Esto ha sido reconocido por el Obispo C. Gore, 19 de Oxford, quien lo expresa en los siguientes términos:

“El modernista... acepta la simple exposición de los hechos que se enseñan como mensaje de la Iglesia, pero argumentará que en la esfera de lo científico o del intelecto crítico, no deben ser presentados en su sen­tido literal. Según su punto de vista son afirmaciones simbólicas, es de­cir, poseen ciertos valores espirituales... Convengo que el simbolismo debe admitirse para ser aplicado al idioma de la religión en general y de la religión cristiana en particular —queriendo significar por simbolismo el empleo de las imágenes materiales, revestidas por el lenguaje de la experiencia humana, que no debe tomarse en sentido literal por la inteligencia entrenada, sino solamente como la mayor expresión disponible de las realidades espirituales trascendentales.”

 

En la evolución de la raza, se desarrolla primeramente la na­turaleza sensoria, y el agua siempre ha sido el símbolo de esa naturaleza. La naturaleza fluida de las emociones y el cambio constante entre el placer y el dolor, las tormentas que surgen en el mundo del sentimiento; y la paz y la calma que pueden descen­der sobre el hombre, hacen del agua el símbolo más adecuado para este sutil mundo interno de la naturaleza inferior, en el que vivimos la mayor parte de nosotros y en el que nuestra conciencia está enfocada predominantemente. El hombre o la mujer común, es especialmente una mezcla de las naturalezas física y emocional; todas las razas primitivas presentan esta característica, y es pro­bable que en la antigua Atlántida la civilización estuviera cen­trada en los sentimientos y deseos, en las emociones y —en los tipos más avanzados de esa raza— en el corazón. Juan el Bau­tista, por lo tanto, dio el bautismo por el agua, que testimoniaba la purificación de la naturaleza emocional, que siempre debe ser el paso preliminar a la purificación por el fuego.

“Los discípulos de Juan salieron del Jordán, por lo menos superficialmente limpios, necesitaban que el proceso que en ellos comenzaba se per­feccionara por medio de fuerzas más poderosas que las que otorgaba Su mensaje. Necesitaban algo más que ese lavado externo —necesitaban una limpieza interna, necesitaban algo más que la predicción del arrepenti­miento y la moralidad—, necesitaban un don de vida, necesitaban un poder nuevo que afluyera a sus almas, cuya ígnea corriente, al precipi­tarse, apresara y destruyera todo lo malo de sus naturalezas. No nece­sitaban agua, sino espíritu; no necesitaban agua, sino fuego. Necesitaban lo que sería la vida para su verdadera vida y la muerte para toda muerte interna, que los separa de la vida de Dios.” 20

 

El bautismo en el Jordán simboliza la purificación de la con­ciencia del hombre, del mismo modo que Cristo y Su bautismo simbolizó para nosotros lo divino en el hombre, y la purificación que sigue a la actividad de ese espíritu divino en la naturaleza inferior. La conciencia, con su llamado al reconocimiento de los valores superiores, de las verdades más profundas y del naci­miento a la vida, nos lleva al Jordán, por eso Cristo fue allí para “cumplir toda justicia”. Esta experiencia siempre precede al bau­tismo en Cristo y por Cristo. Dos párrafos pueden aclarar lo dicho:

 “Juan el Bautista es interno y místico, porque representa los compulsivos llamados de la conciencia al arrepentimiento, a la renunciación y a la purificación, precursora indispensable del éxito en la búsqueda de la perfección interna.” 21

 

Y también:

 

“La facultad mediante la cual el hombre obtiene una idea de las cosas divinas; es decir, la comprensión, debe, en primer término, pasar por la purificación que implica el bautismo de Juan. Decir que el que llega a ser un Cristo debe ser bautizado por Juan, significa que el pri­mero y fundamental paso para la realización de la verdadera divinidad del hombre es la purificación del cuerpo y de la mente. Sólo los que así se han purificado pueden ‘ver’ o conocer a Dios.“ 22

 

El bautismo de Juan fue un paso en el camino hacia el centro, siendo aplicado en forma más general que el bautismo de Jesús, porque muy pocos están preparados para la segunda iniciación. Constituye una preparación preliminar para el bautismo final, porque la purificación de la naturaleza emocional debe preceder en el tiempo a la purificación de la naturaleza mental, así como en la evolución de la raza (y también del niño) se desarrolla pri­mero el hombre sensorio y sensible, y después la mente inicia una vida activa. El bautismo que Cristo da a Sus seguidores concierne a la purificación de la mente por el fuego. El fuego, de acuerdo al simbolismo universal de la religión, representa siempre la na­turaleza mental. El bautismo por el fuego es el del Espíritu Santo.

“El Espíritu Santo es fuego. Ahora bien, cualquiera sea el signifi­cado del emblema de las cláusulas precedentes y subsiguientes (extraídas de Mt. 3:2), el texto sólo puede tener un significado, es la influencia purificadora del Espíritu de Dios. El bautismo por el Espíritu Santo y el fuego, no son dos cosas distintas, sino que el primero es la realidad de la cual el último es el símbolo. Será de valor tratar brevemente la fuerza del símbolo. El fuego en el mundo entero representa la energía divina. Las Escrituras lo emplean desde el principio... Tenemos así, una ininterrumpida cadena de simbolismos, según los cuales, algunos aspec­tos de la naturaleza divina y especialmente el Espíritu de Dios, es pre­sentado por el fuego. Surge el interrogante ¿cuál es ese aspecto? En res­puesta, les recordaré que los atributos y obras del Espíritu de Dios nunca se representan en las Escrituras como destructores, sino sólo punitivos, hasta donde el reconocimiento del pecado, que Él inculca en el corazón, puede considerarse como castigo. El fuego del Espíritu de Dios, en todos los casos no es una energía iracunda que inflige dolor y muerte, sino omnipotencia misericordiosa que trae consigo luz, gozo y paz.”23

 

Por eso Jesús fue de Nazaret a Galilea y dio el siguiente paso que convenía a su experiencia. Como resultado de esta experien­cia en la vida y de su consagración interna, estaba preparado  para la siguiente iniciación, recibida en el río Jordán; Jordán significa “lo que desciende”, y también según algunos comenta­ristas, “lo que divide”, así como un río divide y separa las tierras. En el simbolismo del esoterismo, la palabra “río”, indica fre­cuentemente discriminación. Vimos que el agua simboliza la na­turaleza emocional y que la purificación en el Jordán por el bau­tismo, tipifica la total purificación de los sentimientos, anhelos y esa vida de deseos que constituye el factor determinante en la mayoría. La primera iniciación simboliza la consagración del cuerpo físico y de la vida en el plano físico, el alma. La segunda iniciación representa el control logrado y la consagración a la divinidad de la naturaleza de deseos, con sus reacciones emocio­nales  y su potente “vida de deseos”.

 

Un nuevo factor entra ahora: la facultad discernidora de la mente. Mediante ésta el discípulo puede, controlar la vida mental y dedicarla a la vida en el reino de Dios, consumada en la ter­cera iniciación. Por el empleo correcto de la mente el discípulo hace la correcta elección y equilibra (sabiamente) los infinitos pares de opuestos. Pasamos por la iniciación del Nacimiento casi inconscientemente. La plena significación de lo realizado no se hace evidente; somos “niños en Cristo”, y como tales vivimos y nos sometemos a disciplinas, llegando gradualmente a la madu­rez. Pero hay una época en la vida de todo iniciado, en que debe hacerse la elección, y Cristo también debió enfrentarse con ella. Antes de poder enfrentar un futuro de servicio conscientemente emprendido, debe hacerse un total y limpio rompimiento interno con el pasado, sabiendo que desde ese momento ya nada será igual.

 

Esta iniciación marcó un cambio tremendo en la vida de Jesús de Nazaret. Hasta esa fecha, durante treinta años, había sido simplemente el carpintero del pequeño pueblo y el Hijo de Sus padres. Era una personalidad que hacía mucho bien en una pe­queña esfera. Pero, después de la purificación en el Jordán, habiendo “cumplido toda justicia”, 24  Se trasformó en el Cristo y anduvo por Su país, sirviendo a la raza y pronunciando las pa­labras que han moldeado, durante siglos, a nuestra civilización occidental. Cada uno de nosotros obtenemos la misma gran ex­pansión, cuando estamos en condiciones de recibir la segunda iniciación. Nuestra vida de deseos debe entonces tomar decisiones esenciales que sólo la mente nos permite manejar en forma ade­cuada.

 

Según la Crudens Concordance, Juan significa “lo que Dios ha dado”, y los tres nombres que aparecen juntos en el episodio: Juan, Jesús y Cristo, sintetizan toda la historia del aspirante consagrado; Juan simboliza el aspecto divino, oculto profunda­mente en el hombre, que lo impele a lograr la pureza necesaria; Jesús en este caso simboliza el discípulo o iniciado consagrado, preparado para el proceso que constituirá el sello de su purifi­cación o Cristo inmanente, y el divino Hijo de Dios que puede manifestarse en Jesús, porque Él Se ha sometido al bautismo de Juan. Ese sometimiento y purificación trajeron su recompensa.

 

En esa iniciación Dios Mismo proclamó que Su Hijo era el Único por Quien “sentía complacencia”. Toda iniciación es sim­plemente un reconocimiento, y es falsa la idea común en muchas escuelas de los misterios y de esoterismo, de que la iniciación implica una ceremonia misteriosa donde el iniciador y el cetro de la iniciación cambian definitivamente las condiciones del as­pirante, y de allí en adelante será distinto y cambiará. La ini­ciación tiene lugar cuando el hombre, por su propio esfuerzo, se convierte en un iniciado. Entonces, habiendo tomado “el Reino de los Cielos por la violencia” 25 y “labrado vuestra propia sal­vación con temor y temblor”, 26 su estado espiritual es reconocido de inmediato por sus iguales y se le confiere la iniciación.

 

Dos cosas suceden en la iniciación: el iniciado descubre a sus hermanos iniciados con quienes puede asociarse, y también la misión que se le ha confiado. Se da cuenta de su divinidad en un sentido nuevo y real, no simplemente como una profunda es­peranza espiritual o posibilidad hipotética y un anhelo de su corazón. Sabe que es hijo de Dios, por lo tanto se lo reconocerá como tal. Éste fue el caso sorprendente de Jesucristo. Su tarea surgió con todas sus temibles implicaciones ante Sus Ojos, y sin duda esta causa lo llevó a internarse en el desierto. El ansia de soledad, la búsqueda de esa quietud donde la reflexión y la de­terminación pueden vigorizarse mutuamente, fue el resultado na­tural de ese reconocimiento. Vio lo que debía hacer —servir, su­frir y fundar el reino de Dios. La expansión de conciencia fue inmediata y honda. El profesor Schweitzer 27 dice al respecto:

“Acerca del anterior desarrollo de Jesús nada sabemos. Todo queda en la oscuridad. Sólo una cosa es segura: en Su bautismo Le fue reve­lado el secreto de Su existencia, es decir, que era Él a quien Dios había destinado ser el Mesías. Con tal revelación, quedó integrado, no requi­riendo ulteriores desenvolvimientos. Porque en ese momento se Le  ase­guró que, hasta el inminente advenimiento de la hora mesiánica en que se Le revelaría Su dignidad gloriosa, debía trabajar para el Reino como el Mesías oculto o desconocido, probarse a Sí Mismo y purificarse, con­juntamente con Sus amigos, para Su dolor final.”

 

Para Jesús, como hombre, fue probablemente un descubri­miento intranquilizador. Oscuros presagios del sendero que Él de­bería hollar, algunas veces habrán acudido a Su mente, pero todas sus implicancias y la imagen del camino que tenía por delante, no pudieron surgir en Su conciencia en toda su plenitud hasta haber pasado la segunda iniciación, en la que Su purificación fue total. Entonces Se enfrentó con la vida de servicio y con las difi­cultades que aparecen en el sendero de todo consciente hijo de Dios. El autor citado anteriormente dice:

“En la conciencia mesiánica de Jesús, la idea del sufrimiento adqui­rió, en lo que a Él atañe, una misteriosa significación. El mesianismo, del cual fue consciente en Su bautismo, no era una posesión ni un simple objeto de expectativa, pero en el concepto escatológico se daba por hecho, que mediante la prueba del sufrimiento debía convertirse en lo que Dios Le había destinado que fuera. Su conciencia mesiánica nunca careció de la idea de la Pasión. El sufrimiento es el camino hacia la revelación del mesianismo.” 28

 

La entera vida de Cristo fue una prolongada vía dolorosa, pero siempre estuvo iluminada por la luz de Su alma y por el reconocimiento del Padre. Según registra El Nuevo Testamento, Su vida se dividió en períodos y ciclos definidos, y aunque, por supuesto, los detalles de lo que debía hacer se Le revelaban en forma progresiva, toda Su vida constituyó un gran sacrificio, una gran experiencia y un propósito definido. Este objetivo definido y esta consagración del entero hombre a un ideal, indican un es­tado de iniciación. Todos los acontecimientos están relacionados con el cumplimiento de la tarea de la vida, la cual adquiere una verdadera significación. Ésta es la lección que todos nosotros no iniciados y aspirantes podemos ahora aprender y empezar por decir: “Cuando contemplo el pasado, la vida no es para mí una sucesión de experiencias, sino una gran experiencia, iluminada aquí y allí por momentos de revelación”. 29

 

Esta iluminación se hace constante a medida que pasa el tiem­po. El antiguo instructor indú Patanjali,30 enseñaba que la ilumi­nación es séptuple y va progresando por etapas sucesivas. Es como si tratáramos mentalmente las siete iluminaciones que  llegan a los hijos de Dios que están en proceso de despertar a sus divinas oportunidades: llega la iluminación cuando nos decidi­mos a hollar el sendero de probación y a prepararnos para la ini­ciación. Entonces arroja luz la lejana visión y obtenemos una fugaz vislumbre de nuestra meta. Después la luz se vierte sobre nosotros mismos y obtenemos una visión de lo que somos y de lo que podemos ser, entrando entonces en el sendero del disci­pulado o —empleando la terminología bíblica— iniciamos la larga jornada a Belén. Tenemos después las cinco iniciaciones que es­tamos estudiando, cada una de las cuales marca un acrecenta­miento de la luz que brilla en nuestro camino y desarrolla esa radiación interna que capacita a todos los hijos de Dios a decir, con Cristo, “Yo soy la luz del mundo31 y a obedecer Su man­dato cuando dice: “Así alumbre vuestra luz delante de los hom­bres para que vean”...32 Esta luz, en sus siete etapas, revela a Dios, Dios en la naturaleza, Dios en Cristo, Dios en el hombre. Es la que causa la visión mística, sobre la cual tanto se ha escrito y enseñado y testimoniaron las vidas de los santos de Dios, en am­bos hemisferios.

 

A veces nos preguntamos quién habrá sido el primer hombre que recibió la primera débil vislumbre (alcanzada con tenue luz interna) de la infinita posibilidad que le esperaba. Tuvo una vis­lumbre de Dios y desde ese momento la luz de Dios fue cada vez más intensa. Una antigua leyenda (¿quién puede decir que no esté basada en la realidad?) dice que Jesús de Nazaret fue el primero en nuestra humanidad, en un nebuloso y lejano pasado, en recibir esa vislumbre y que Él, por el persistente y constante esfuerzo dirigido, fue el primero de nuestra humanidad que sur­gió a la luz de Dios Mismo. San Pablo tal vez se refería a esta verdad cuando habló de Cristo como “el primogénito entre mu­chos hermanos”. 33 Sea o no verdadera esta leyenda, Cristo entró en la luz, porque Él era luz, y la historia del hombre ha sido una iluminación gradualmente creciente, hasta que hoy la radiación se encuentra en todas partes.

“El hecho importante es que por algún sendero el hombre prehis­tórico logró la percepción y, tarde o temprano, la certeza de la existencia de un ser superior. Quienes relataron la prehistoria podrán decir lo que quieran. El cuerpo del hombre puede haber sido un ascenso del reino animal en virtud de las facultades ocultas implantadas en la naturaleza por el Creador, o bien ser una nueva creación. En cualquier caso, Adán, el primer hombre, existió desde el momento en que Dios creó el alma humana para morar en el cuerpo, entonces empezó a operar un principio espiritual capaz de concebir ideas y formar propósitos morales”. 34

 

En esta inherente y divina luz latente y también emanando de Dios, Cristo tuvo la visión que le demostró su Filiación, su Mesianismo y el sendero de sufrimiento. Esta visión es herencia y revelación de cada discípulo individual. Esta revelación mística puede percibirse, y una vez percibida constituye una realidad a menudo inexplicable, pero una realidad definidamente clara e in­eludible. Proporciona  al iniciado la confianza y el poder para se­guir adelante. Es efectiva en nuestra experiencia y es la raíz de toda nuestra consistencia y también inexpugnable servicio futu­ro. Sobre esta base, marchamos valientemente de lo conocido a lo desconocido. Es finalmente inefable, porque subraya nuestra divinidad, está fundamentada sobre la cualidad divina y emana de Dios. Es una vislumbre del reino de Dios y una revelación del sendero que debemos hollar en nuestro camino hacia Él. Constitu­ye una expansión que nos permite comprender que “el reino de Dios es un estado del alma, que proviene del espíritu y se refleja en el cuerpo”. 35

“La religión viviente no es un mero conocimiento de hechos, sino una relación del entero hombre con Dios, que a su vez presupone una relación entre Dios y el hombre, captados por la experiencia del hombre religioso y la reflexión metafísica. Lo finito sólo se mueve por el poder de lo Infinito, la causa secundaria sólo actúa en virtud de la Causa Primera, según enseña la filosofía escolástica. Y Cristo dijo que ‘ningún hombre entra’ en el reino de Dios a menos que sea inducido a ello.

 

“La meta de este movimiento, sin embargo, tal como la exponen los propios reveladores religiosos, es un estado del alma en el cual su capacidad de santidad se ha desarrollado en una disposición vital y omniabarcante. La Biblia lo denomina ‘penetración en Dios’, y Meister Eckhart se refiere a ello diciendo que ‘la verdadera posesión de Dios se da en el corazón y consiste en una constante aplicación y orientación internas del espíritu’.” 36

 

El primer paso hacia este reino es por medio del nuevo Naci­miento y el segundo por el bautismo de la Purificación. Es un proceso para adquirir las características del reino y lograr gradualmente esa madurez que caracteriza al ciudadano de ese reino. Cristo lo testimonió en el bautismo, donde alcanzó la madurez, dándonos un ejemplo, y mediante Su paso triunfal por las tres tentaciones, demostró la pureza necesaria. Annie Besant se  re­fiere a este crecimiento gradual en el reino, en los siguientes términos:

“El creyente común está ‘vestido de Cristo’, porque ‘todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos’.37 Eran ni­ños en Cristo... y Cristo era el Salvador al que ellos pedían ayuda, puesto que Lo conocían ‘según la carne’. Pero, cuando ellos habían ven­cido a la naturaleza inferior y no eran ya ‘carnales’, entraban en un sendero superior y se trasformaban en Cristo. Esto que Él Mismo había logrado, era el deseo del Apóstol para sus seguidores: ‘Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea for­mado en vosotros’.38 Él era ya su padre espiritual, habiéndolos ‘engen­drado por medio del evangelio’.39 Entonces el Cristo Niño, el Divino Infante, nacía en el alma, ‘en lo interno del corazón’,40 trasformándose así el iniciado en el 'hijito’; de allí en adelante debía vivir en su propia persona la vida del Cristo, hasta volverse ‘un varón perfecto, a la me­dida de la estatura de la plenitud de Cristo “41,42

 

¡El infante en Cristo, el pequeño niño, el hombre maduro, el hombre perfecto! Por la experiencia de Belén nace el niño. El infante crece hasta la madurez y manifiesta su pureza y poder en el bautismo. Se presenta en la transfiguración como el hombre maduro, y en la Cruz representa al perfecto Hijo de Dios. Una iniciación constituye ese momento en que el hombre siente y sabe, en cada parte de su ser, que la vida es realidad y que la realidad es vida. Por un breve instante, su conciencia es omniabarcante, no sólo tiene la visión y oye la palabra de reconocimiento, sino que sabe que la visión es de sí mismo, y que la palabra es él mismo hecho carne. El Dr. Grensted 43 dice:

“...la esencia de la vida no consiste en su sucesión, sino en que sea un todo experimentado, hasta donde está presente en nuestra conciencia. En la afectividad y en el sentimiento de la experiencia se expresa más directamente esta unidad de la experiencia. Bradly, en su brillante descripción de la ‘corriente del pensamiento’, declara que la vida no es un serie de acontecimientos clave, sino que se asemeja a una zona de luz en la corriente de un río. Existe allí una zona nítidamente definida y sus bordes se van desvaneciendo en la oscuridad, pero la zona de luz se ve como una sola.”

 

Ése es el factor esencial. Iniciación es una llamarada de ilu­minación lanzada sobre el río de la existencia, constituyendo una experiencia total. No hay nada indefinido en ella y el iniciado ya no es el mismo en su conciencia.

 

 En el río Jordán, la luz de los Cielos se volcó sobre el Cristo, y su Padre pronunció las palabras que resonaron a través de las edades y evocaron la respuesta de todos los aspirantes al reino. El espíritu de Dios descendió sobre él como una paloma. La pa­loma ha sido siempre el símbolo de la paz. Por dos razones fue el signo elegido en dicha iniciación. El agua, como hemos visto, es el símbolo de la naturaleza emocional, que una vez purificada por la iniciación, se convierte en un límpido y tranquilo estanque, que puede reflejar la naturaleza divina en toda su pureza. Así, en forma de paloma, la paz de Dios descendió sobre Jesús.

 

Las dualidades esenciales de la existencia están tipificadas en La Biblia. El Antiguo Testamento representa al hombre natural inferior, el aspecto virgen María, que lleva en sí la promesa del Mesías, de Aquel que vendrá. El Nuevo Testamento representa al hombre espiritual, el Dios hecho carne y el nacimiento de aque­llo que la naturaleza material llevó y ocultó en sí durante tanto tiempo. El Antiguo Testamento comienza con la aparición del cuervo en la época de la fundación del mundo antiguo. El Nuevo Testamento comienza con la aparición de la paloma —el prime­ro es símbolo de las aguas turbulentas, la segunda, el símbolo de las aguas de la paz. Por medio de Cristo y del desarrollo de la vida crística, llegará en todo ser humano la “paz que sobrepasa todo entendimiento”.44

 

De pie, en las aguas del Jordán, Cristo enfrentó al mundo como Hombre. De pie, sobre la cima de la Montaña de la Transfiguración, enfrentó al Mundo como Dios. Pero en la iniciación del bautismo, estuvo a igual altura que Sus hermanos, manifestando pureza y paz. Recordemos que “desde el punto de vista de los demás, sólo es original el hombre que puede conducirlos más allá de lo que ya saben, pero no puede hacer esto hasta poseer los mismos conocimientos que ellos”.45 Esto debe recordarse. Cristo fue purificado, pero frente a Él tenía las tentaciones. Tenía  que llegar a ser en Su conciencia (ya sea de nuevo o por la recupe­ración de las antiguas pruebas y experiencias) igual a nosotros en todas las cosas, en el pecado, debilidad, flaqueza humana y también en los triunfos y realizaciones humanos. Cristo tenía que demostrar Su grandeza moral así como Su divinidad y Su per­fección, como el hombre que había llegado a la madurez. Tenía que pasar por las pruebas a que todo futuro ciudadano del reino debe someterse cuando se le exige probar su capacidad para ob­tener los privilegios de ese reino, del cual la iglesia es el símbolo externo y visible y, aunque imperfecta y débil en la interpreta­ción de sus enseñanzas esenciales, simboliza la forma del reino de Dios. Pero éste no es el reino de los teólogos. No se entra en él por la mera aceptación de ciertos credos formales, entran quie­nes pasaron por el nuevo nacimiento y bajaron al Jordán.

“El cristianismo, como lo demuestra la religión comparada, es la única religión del ‘reino de Dios’, donde la comunidad no es algo secun­dario ni una mera suma de los individuos que la forman, así como un organismo viviente no es la suma de sus miembros. El cristianismo es una religión en la que el individuo vive sólo por medio de la comunidad y en ella, la iglesia.

 

“Desde el principio y por su verdadera esencia, el cristianismo ha sido y es, la religión de una iglesia. No tenemos más que analizar la línea de maestros cristianos, desde los apóstoles Pedro y Juan, pasando por Ignacio de Antioquía, Ireneo y Cipriano, hasta Agustín, para ver claro, como la luz del día, que somos cristianos únicamente en el cuerpo uno de Cristo, e hijos de Dios en la medida en que visiblemente o, por lo menos, espiritualmente, estamos unidos a él. La comunidad posee una función en el esquema de salvación, para la cual no hay sustituto y ‘cuando un miembro se separa del todo que integra, cesa de vivir'. (Agustín)

 

“Pero aquí está la paradoja: la religión que otorga una importancia única a la comunidad, no solamente sostiene el valor de la personalidad individual, sino que la eleva a la más alta potencia. Todo individuo posee una vida divina y una copia única de su divino ejemplo, ‘llamado por su propio nombre’. Aunque el mismo cristiano es una criatura diminuta ante la presencia de la Totalidad infinita de Dios, y debe decir con el Salmista, ‘¿Qué es el hombre, para que Tú lo tengas en considera­ción?’, sabe que Dios Se ha preocupado por él y Lo ha criado.”46

 

La ciudadanía de este reino fue juzgada en la persona de Cristo, por eso bajó al desierto para ser tentado por el demonio.

 

 

 

3

 

 

En este episodio íntimo de la vida de Jesucristo se da quizás la primera vislumbre real de los procesos llevados a cabo en Su mente más recóndita. Las palabras que siguen inician la historia y son significativas:

“Y hubo una voz de los cielos, que decía: Éste es mi Hijo amado en quien tengo complacencia. Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado del diablo.” 47

 

 El relato de la tentación en el desierto ha provocado grandes controversias. Muchas cuestiones se promovieron y el fervoroso creyente ha experimentado mucha agonía respecto al alma, al tratar de reconciliar el sentido común, la divinidad de Cristo y el demonio. ¿ Podía Cristo en realidad ser tentado, y de ser así, haber caído en el pecado? ¿ Hizo frente a esas tentaciones como el omnipotente Hijo de Dios, o lo hizo como hombre, sujeto por lo tanto a tentaciones? ¿ Qué se quiere significar por el demonio? ¿ Cuál era la relación de Cristo con el mal? Si esta narración res­pecto al desierto nunca se hubiera contado, ¿cuál habría sido nues­tra actitud hacia Cristo? ¿ Qué ocurrió realmente en la concien­cia de Cristo mientras se hallaba en el desierto? ¿ Con qué fin se nos permite compartir con Él esta experiencia?

 

Muchos interrogantes surgen en la mente del hombre inteli­gente, y numerosos han sido los comentarios que se han escrito para establecer el punto de vista particular de cada pensador. No es propósito de este libro tratar el difícil tema del mal, ni definir las veces que Cristo actuaba como hombre y cuándo lo hacía como Hijo de Dios. Algunos creen que fue simultáneamente ambas co­sas y que “era el Dios de Dios Mismo”48 y, sin embargo, al mis­mo tiempo esencial y completamente humano. La gente afirma estas cosas, pero tiende a olvidar las implicaciones. Afirma con decisión su punto de vista, pero omite llevar su actitud a una conclusión lógica. Lo que se infiere es que nos permite conocer la tentación para aprender, como seres humanos, una lección ne­cesaria; estudiemos por lo tanto esa historia desde el ángulo de la humanidad de Cristo, no olvidando que Él había aprendido a obedecer al espíritu divino, el alma en el hombre, y que tenía el control de Su cuerpo de manifestación. Beverley Nichols49 hace el siguiente comentario:

“Una de las primeras cosas que sabemos de Cristo en La Biblia, es que fue tentado por el demonio. ‘Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se hagan pan’. Así le habló el demonio en el árido desierto, des­pués que Cristo hubo ayunado durante cuarenta días. El hecho que Cristo pasara sobre ésta y todas las demás tentaciones, no nos prueba que fuera inmune a la tentación. Si no hubiera sentido las torturas del hambre, no habría mérito alguno en la respuesta que se le arrancó: ‘Escrito está, no sólo de pan vivirá el hombre’. Hubiera sido meramente una moralización vacua, llevada y olvidada por el viento del desierto.

 

“Lo mismo ocurrió durante Su agonía en el huerto. No sólo poseía la capacidad del hombre común de sentir el dolor, sino también la de temerlo. Sabía demasiado bien los horrores que Le esperaban en la cruz y Su cuerpo reaccionaba de acuerdo a ello. Cuando elevó la conmo­vedora súplica: ‘Padre mío, si Tú lo decides aparta de mí este cáliz...'; se dice que cuando oraba, ‘su sudor, como grandes gotas de sangre, caía al suelo’.”

 

Cristo fue “tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”.50 Cristo tomó cuerpo humano y estuvo sujeto a las condi­ciones humanas en que también estamos; sufrió y agonizó, sintió exasperación, fue condicionado por Su cuerpo, Su medio ambiente y la época, como todos nosotros. Por haber aprendido a dominarse y porque la rueda de la vida había terminado para Él, podía en­frentar esta experiencia y hacer frente al mal y triunfar. De ese modo nos enseñó a enfrentar la tentación, nos mostró lo que debíamos esperar como discípulos que se preparan  para la inicia­ción y también el método por el cual el mal se convierte en bien. Enfrentó la tentación, no con una gran técnica o revelación nueva, sino simplemente recurriendo a Lo que sabía de lo que se Le había dicho y enseñado. Encaró a la tentación, con la frase: “Es­crito está” 51 y no empleó nuevos poderes para combatir al de­monio. Simplemente utilizó el conocimiento que poseía. No empleó los poderes divinos para vencer al Mal. Sencillamente empleó los que todos poseemos —el conocimiento adquirido y las milenarias reglas. Lo conquistó, porque había aprendido a vencerse a Sí Mis­mo. Era el amo de las condiciones de esa época, porque había aprendido a dominarse a Sí Mismo. El Dr. Grensted 52 dice:

“El razonable argumento de que los cristianos hayan elegido al Cristo como la revelación del misterio del universo, es simplemente porque en Su vida vemos surgir los problemas de nuestras propias vidas al obtener una personalidad incomparable y completa. No se pueden evitar las te­mibles e irracionales realidades del mal y de la muerte. Hay sufrimiento, tentación y hasta la sombra de un fracaso. Sin embargo, todo eso está representado de tal forma en las narraciones del Evangelio, que forman un cuadro consistente de Quien fue completamente dueño de Su propia alma. Sabemos, a medida que leemos la historia de Su vida, que así es la humanidad en su nivel más elevado, y que, aunque tales alturas están absolutamente fuera de nuestro alcance, también sabemos que Él ha revelado el propósito y las posibilidades de nuestras vidas, inconmensu­rablemente menos efectivas.”

 

Tal dominio ejercido por el alma puede ser que esté total­mente más allá de nuestro logro inmediato, pero el mandato de Cristo tiene eternamente vigencia: “Sed pues, vosotros perfec­tos”,53 y algún día nosotros también enfrentaremos la tentación en el desierto y saldremos, como Él, sin mácula y vencedores. Tal  experiencia es inevitable para todos y nadie puede escapar a ella. Cristo no la evitó y nosotros tampoco lo haremos. “La posibilidad de ser tentado demuestra la verdadera grandeza de la naturaleza humana”, dice el Dr. Selbie54: “Sin eso seríamos simplemente criaturas inmorales... Por la capacidad de elegir entre los fines y las acciones a que ellos conducen, surge la posibilidad del pe­cado”. Esto exige una consideración más que superficial. La pro­pia humanidad está comprometida en esta narración del desierto. El mundo de las cosas materiales, de los deseos y de la ambición, fue desplegado ante el Cristo y por que Él reaccionó como Lo hizo y ninguno de esos aspectos de la vida podía afectarlo, nosotros tam­bién podremos liberarnos, asegurando nuestra victoria final. Cristo obtuvo la victoria como hombre. Nosotros también pode­mos hacer lo mismo.

“El hombre, entonces, como espíritu, es el gran ‘Negador’ (Neinsagekönner). Es el eterno protestante contra toda realidad meramente em­pírica. Al decir ‘no’ a todo lo que es simplemente concreto, y al tratar de modificar este mundo de acuerdo a sus intereses ideales, el hombre afirma la existencia de su propio centro espiritual, fuera del mundo de la vida y en el mundo de las ideas eternas. Esto, dice Scheler, es el prin­cipio del intento metafísico de captar intelectualmente lo absoluto, y del intento religioso de librar al mundo de todo lo que es ajeno a él, descubriendo el amor implícito en él. Así, la lucha entre la vida por una parte, y el espíritu por otra, se torna muy aguda.” 55

 

A este triunfo del alma sobre la materia y de la realidad so­bre lo irreal, dio testimonio Cristo en la experiencia del desierto, y todos los que siguen Sus pasos marchan hacia la misma meta. El triunfo que logró será el nuestro cuando enfrentemos el problema con el mismo espíritu que Él lo hizo, volcando sobre él la luz del alma y apoyándose en la pasada experiencia. En The Testament of Man, publicado por Arthur Stanley, W. R. Inge,56 dice:

“En el núcleo de nuestra personalidad hay una chispa, encendida en el altar de Dios en los cielos —algo demasiado sagrado para consentir hacer el mal, una luz interna que puede iluminar todo nuestro ser. Purificar los ojos de la comprensión por la disciplina constante, apar­tarnos de los deseos carnales u obstáculos mundanos, para acostumbrar­nos a ascender con el corazón y la mente al reino de los valores eternos, que son los pensamientos y propósitos de Dios— tal es la búsqueda del místico y el esquema de su progreso, durante su vida terrena. Contiene en sí su propia prueba y justificación en la creciente claridad y certi­dumbre con que las verdades del mundo invisible le son reveladas al que las busca con diligencia. La experiencia es demasiado íntima y en cierto sentido, demasiado amorfa, para ser impartida a otros. No se ha hecho un lenguaje para ser expresado, y la imaginación, que recuerda los  momentos de visión después de sucedidos, nos pinta esa visión con colores que no son los propios. Al recordar la revelación tiende a revestirla en forma mística o simbólica, pero la revelación fue real; sólo aquí —en el acto místico por excelencia, el acto de la plegaria— esa fe aparece por un momento. Amorfa, confusa y fugaz como es, la experiencia mís­tica es el cimiento pétreo de la fe religiosa. En esta experiencia el alma, actuando como unidad, con todas sus facultades, se eleva sobre sí mis­ma y se trasforma en espíritu; afirma sus pretensiones de ser un ciuda­dano del cielo.”

 

En la iniciación del Bautismo quedó demostrado ante el hom­bre, la pureza y la liberación de todo mal poseído por el Cristo. Ahora debe pasar por una prueba distinta. De las multitudes y de la experiencia, Cristo pasó a la soledad, y durante cuarenta días y noches estuvo solo consigo mismo, permaneciendo entre Dios y el Demonio. ¿ De qué agente se valió esta fuerza maligna para lle­gar hasta Él? Mediante Su propia naturaleza humana, mediante la soledad, el hambre y Sus propias visiones, Cristo fue abando­nado a Sí Mismo y allí, en el silencio del desierto, solo con Sus pensamientos y deseos, fueron probadas todas las partes de Su naturaleza que podían ser vulnerables... “Como Él es así, así somos nosotros en este mundo”,57 vulnerables en todos los puntos. La dificultad de la mayoría radica en que somos vulnerables en muchas cosas sin importancia, y estamos preparados para caer ante cualquier situación trivial. Lo crucial de la situación, en lo que a Cristo concierne, fue que las tres tentaciones eran las pruebas cruciales, involucrando los tres aspectos de la naturaleza in­ferior. Fueron tentaciones sintetizadas. No había en ellas nada de trivial ni insignificante, sino el acopio de las fuerzas del triple hombre inferior: física, emocional y mental, en un último esfuer­zo por controlar al Hijo de Dios. El mal está constituido así, y algún día tendremos que enfrentar esta prueba, este triple mal, este demonio, como Cristo lo enfrentó. Tres veces fue tentado y tres veces resistió, y sólo después que pudo desechar la capacidad de reaccionar a la forma y al beneficio material le fue posible pasar a la realización de Su servicio al mundo y llegar al Monte de la Transfiguración. Uno de los más grandes pensadores en el campo de la interpretación cristiana de hoy, el Dr. Albert Schweitzer,58 dice: “Todos los que están destinados al Reino de­ben obtener el perdón por las culpas cometidas en el eón terrestre, enfrentando firmemente al poder mundial, cuando se concentra en mí mismo para el ataque final, pues por esta culpa aún estaban sujetos al poder del ateísmo; ella constituye el contrapeso que re­trasa el establecimiento del Reino”.

 

 Cristo enfrentó este último ataque y salió victorioso, garanti­zando así nuestra victoria final.

 

El demonio se aproximó a Jesús cuando había concluido los cuarenta días de comunión solitaria. No se dijo lo que Cristo hizo durante esos cuarenta días. Nada sabemos de Su pensamiento y determinaciones, de Sus realizaciones y consagración, en esa épo­ca. Él solo enfrentó el futuro y encaró al final las pruebas que lo liberaron del poder de Su naturaleza humana.

“La religión consiste en que el individuo se ocupa de su propia sole­dad. Pasa por tres estados si se desarrolla para su satisfacción final. Es la transición de Dios, la nada, a Dios el enemigo, y de Dios el enemi­go, a Dios el compañero.

“Por eso la religión es soledad, y si uno nunca es solitario, tampoco será religioso.” 59

 

A medida que estudiamos la vida de Jesús surge cada vez con más claridad esta soledad. Las grandes almas son siempre solita­rias. Marchan incesantemente sin compañía por las partes más difíciles del largo camino de retorno. Cristo siempre estaba solo. Su espíritu Lo llevaba constantemente al aislamiento. “Los gran­des conceptos religiosos que pululan en la imaginación de la hu­manidad civilizada, son escenas de soledad: Prometeo encadenado a la roca, Mahoma cavilando en el desierto, las meditaciones de Buda, el Hombre solitario de la Cruz. Corresponde a lo más hondo del espíritu religioso sentirse abandonado de todos, hasta de Dios”.60

 

Cristo alternaba Su vida entre la multitud que Él amaba, y el silencio de los lugares solitarios. Primeramente compartió la vida cotidiana de la experiencia familiar, donde las intimidades de la personalidad pueden tan penosamente aprisionar al alma; después pasó al desierto solitario y se encontró solo. Regresó, y comenzó Su vida pública, hasta que la notoriedad, el ruido y el clamor de esa vida fue reemplazada por el profundo interno si­lencio de la Cruz, donde abandonado por todos, pasó la oscura noche del alma —completamente solo. Sin embargo, en esos mo­mentos de completo silencio, cuando el alma queda abandonada a sí misma, sin nadie que la ayude, ni mano tendida para auxi­liarla, ni voz que la reconforte, sólo llegan esas revelaciones y esa clara percepción que permiten el surgimiento de un Salvador para ayudar al mundo. Arthur Stanley 61 cita a John Jay Chapman respecto a esto:

 

 “Todos los poderosos liberadores humanos tienen algo en común y es que cada uno habla desde la soledad. La soledad difiere de mil maneras, pero todas coaligan y forman parte una de la otra, se interfu­sionan. Por eso la gente piensa que como todas las soledades son una sola, la belleza es una unidad. No muy lejos de la superficie de la vida, existe una gran caverna o reino de soledad, en el cual los hombres se sumergen para comunicarse con sus semejantes. Desde esta galería eterna y susu­rrante, hablan todas las religiones, las artes, la poesía y la sabiduría de la tierra. No debe temerse que este reino, del cual surgen las voces, pueda ser suprimido o abolido por las condiciones superficiales de un día que pasa. Nunca está lejos de nosotros, nos absorbe en momentos inespera­dos —aunque trabajemos en las olas y corrientes de la superficie. Nos introducimos y sumergimos en él, los murmullos de su música nunca se desvanecen totalmente en nuestros oídos.

 

“Las inspiraciones del mundo irrumpen hacia arriba de esta caldera interna de soledad, para expresar el altruismo y lo universal que existe en cada uno. Su influencia es unitaria y sus formas brotan unas de otras, no nacen por sí mismas ni se separan de su fuente.“

 

Cristo fue tentado por el demonio. ¿Es necesario en una obra como ésta interpretar al demonio? ¿No se evidencia que en el mundo actual hay dos conceptos dominantes, considerados ambos como factores en la conciencia de los jóvenes y determinando por lo tanto sus creencias ulteriores —el demonio y San Nicolás o Papá Noel? Estos nombres encarnan ideas opuestas. Cada uno simboliza uno de los dos problemas mayores que el hombre debe resolver en su vida diaria. Los filósofos orientales los denominan “pares de opuestos”, sin duda, es la manera en que el hombre maneja ambos aspectos de la vida, y su actitud subjetiva deter­mina si su vida reacciona al bien o al mal. El demonio es el símbolo de lo que es humanamente divino, porque si las cosas malas hechas por el hombre, las hiciera un animal, no se las consi­deraría malas. Un hombre o un zorro, por ejemplo, pueden asal­tar un gallinero, en un caso se atenta contra una ley moral, en el otro, se sigue un instinto natural. Un animal puede matar a otro en un acceso de furia o en defensa de su hembra, pero cuando un hombre hace lo mismo se lo denomina asesino y se lo castiga.

 

Papá Noel es la encarnación del altruismo. Es el símbolo de la dádiva y del espíritu crístico, por lo tanto es para el hombre un recordatorio de Dios, así como esa otra ficción de la imagi­nación, el demonio con cuernos y cola, es el recordatorio de lo que no es Dios, de lo que no es divino.

 

“La clave nos la da la mitología. Los mitos exigen una seria inter­pretación que corresponde a la realidad objetiva; no debe tratárselos como poesía pura, sin ninguna verdad positiva detrás de ello, como un  mero juego de la imaginación. La vestidura que envuelve la sustancia podrá ser todo lo fabulosa, fantástica, inconsistente y pintoresca que se quiera, pero no altera el hecho de que la mitología popular nos hable de una realidad invisible, y de ‘personajes’ misteriosos, ‘personajes’, no fuerzas, trabajando por doquier. Todo vive y posee un alma. El mundo está colmado de espíritus, de almas. Los mitos hablan de ellos. ¿Quién inventó estos mitos? Nadie. Porque las invenciones son arbitrarias, son ficciones. Pero esos cuentos son aceptados por quienes los relatan y por su auditorio, como verdades incuestionables. La psicología del hombre primitivo lo impulsa a considerar las cosas en forma ‘mágica’. Lo que en nuestra psicología individual más moderna se ha convertido en ‘sub­consciente’, donde todavía la vida colectiva de nuestros antepasados aún está actuando, constituye en la sicología normal del primitivo, un estado de ‘sonambulismo natural’ con sus características formas de sensibilidad, telepatía, doble vista, captación directa, semejante a la del artista, cuando observa al todo en sus partes, y a lo esencial en la multiplicidad de detalles.” 62

 

Esto lo testimonian los símbolos de Papá Noel y del demonio —ya que son encarnaciones de las dualidades primordiales en el campo de la cualidad. Toda la existencia del hombre, como hom­bre, transcurre oscilando entre estos pares de opuestos, hasta que con el tiempo se alcanza el equilibrio y desde ese momento el hombre marcha hacia lo divino. Podría ser de valor reflexionar a veces, extensa y profundamente, sobre esos dos extremos de la existencia humana: el bien y el mal, la luz y la tiniebla, la vida y la forma, el espíritu y la materia, el yo y el no-yo, lo real y lo irreal, la verdad y la falsedad, lo correcto y lo incorrecto, el pla­cer y el dolor, el anhelo y la inercia, el alma y la personalidad, Cristo y el demonio. En los dos últimos se resume el problema de las tres tentaciones. Estas dualidades se han definido también como la finitud y la infinitud, siendo una, característica del hom­bre, y la otra, de Dios. Lo que hace resaltar nuestra naturaleza finita corresponde a la humanidad, lo que es inteligente pertenece a Dios. Al estudiar estas tres tentaciones veremos con claridad las diferencias entre las dualidades. Dice el Dr. B. Bosanquet: 63 “El mal o lo finito, mientras sea autoafirmativo y esté total­mente subordinado a la voluntad perfecta, es pecado. Es la más aguda contradicción concebible del yo en contra de sí mismo, cuando se identifica con la perfección. Es algo que está en el yo, pero no le pertenece, y aunque existe, es repudiado ardientemente por el yo”. Cristo, en las tentaciones, no podía contradecirse a Sí Mismo, por eso, identificándose con la perfección, representa un ser humano que “está en el mundo y no es del mundo”,64 tentado por el demonio y, sin embargo, sin reaccionar erróneamente a las sugerencias del demonio. Era un alma libre o un alma divina, sin las trabas del deseo, ni la contaminación de la carne y sus tentaciones, liberado de los pecados de los procesos mentales. Ésa es  la voluntad de Dios para todos y cada uno de nosotros, y el citado autor dice: “No puede haber libertad... a no ser que la voluntad divina sea genuinamente una con la de los seres finitos, en una sola personalidad”.65 Cristo fue una Personalidad así. Dios es la contradicción del mal, y la actitud de Cristo hacia el demonio fue una contradicción firme. Con esto aclaró el punto y realizó lo que todas las almas pueden hacer. Aquí, como he indicado anterior­mente, está Su condición excepcional y diferente —que consiste en el hecho fundamental de haber empleado los métodos para servir, triunfar y sacrificarse, al alcance de cualquiera de nosotros. En el pasado, muchos dieron su vida por otros, muchos enfrentaron el mal con decisiva oposición, muchos dedicaron su vida al servicio, pero nadie lo hizo con la plenitud y perfección de Cristo.

 

Su grandeza, que nunca puede ser suficientemente reiterada, reside en Su universalidad. El Dr. Bosanquet 66 se refiere a este tema de la personalidad del siguiente modo:

“Mi argumento es que nuestra verdadera personalidad reside en nues­tra mayor solidez y que al desear su desarrollo y satisfacción, desea­mos se acreciente nuestra verdadera individualidad, con la correspondien­te disminución de nuestra exclusividad... Quizás repliquen que la ver­dadera individualidad —grandeza de alcance y organización— aumenta la distinción personal y también la comprensión. Sin duda será así, pero la exclusividad decrece. Los grandes hombres del mundo no nacen simple­mente de sus padres terrenales. En ellos se enfocan países y eras en­teras... Al desear una perfección altamente desarrollada, estamos de­seando ser algo que ya no puede identificarse con la vida terrena ni con los incidentes de la misma.”

 

Si estas palabras se estudian en relación con las tentaciones de Cristo, surgirá la maravilla de lo que Él hizo y nos alentará a nosotros, Sus hermanos menores, que somos también hijos de Dios.

 

Por lo tanto, como hombre íntegro y totalmente divino, Cristo emprendió la batalla final con el demonio. Como ser humano, en quien se expresaba plenamente el espíritu divino, enfrentó al demonio en Su propia humanidad (separadamente de Dios), y venció: No tratemos de separar a ambos —Dios y el hombre— cuando pensamos en Cristo. Algunos pensadores hacen hincapié en Su humanidad e ignoran Su divinidad. En esto cometen sin duda un error. Otros subrayan Su divinidad y consideran blas­femos y errados a quienes lo colocan en pie de igualdad con los seres humanos. Pero si consideramos a Cristo como la flor de la raza humana, porque el espíritu divino asumió pleno control y se manifestó por medio de la forma humana, de manera alguna disminuimos Su persona o Sus realizaciones. Cuanto más avancen los hombres en el Sendero de la Evolución, tanto más se harán conscientes de su divinidad y de la paternidad de Dios. Al mismo tiempo, cuanto más profundamente valoren a Cristo, más se convencerán de Su divinidad perfecta y de Su misión, y más humil­demente tratarán de seguir Sus pasos, sabiendo que es el Maestro de Maestros, el Dios de Dios Mismo y el Instructor de ángeles y hombres.

 

Esa divinidad perfecta debe ser probada y aprobada. Tiene que demostrar a Dios, al demonio y a la humanidad, la naturaleza de Su realización, y de qué manera los poderes de la naturaleza inferior pueden ser vencidos por los poderes del alma. Esas ten­taciones pueden ser fácilmente comprendidas por todos los aspi­rantes y discípulos, porque involucran pruebas universales que se aplican a la naturaleza humana de la que todos participamos y con la cual todos luchamos en alguna forma y medida. No interesa si lo hacemos impulsados por nuestra conciencia, por el control de nuestra naturaleza superior o por la clara luz de la divinidad. Esto lo han reconocido siempre todos los discípulos. Tenemos, por ejemplo, que para el Cardenal Newman es:

“...un principio fundamental de que obtenemos nuestro conocimiento inicial del universo por medio de los sentidos, así también en el primer caso aprendemos por la conciencia, acerca de su Señor y Dios. Todo hombre, haya nacido entre gente de elevada cultura o en las cabañas de los primitivos habitantes, lleva en su corazón un misterioso aunque apre­miante y claro mandato: ‘Tienes que hacer esto’. Él no se ordenó a sí mismo ni puede deshacerse de él. Podríamos convenir con Scheler, que es innato en el hombre como tal. La comprensión de los valores morales es tan innata en el hombre como su capacidad de apreciar la verdad. Experimentamos el bien como un valor, y el hombre primitivo también lo experimenta, en realidad, como de supremo valor. Llamamos ‘buena’ a la conducta, cuando la elección que la inspira ha decidido en favor del valor superior contra el inferior, y bueno a un hombre cuando dirige fundamentalmente su voluntad hacia el bien. Hasta que el hombre no posea esta sensibilidad moral, no es hombre.“67

 

Consideraremos esas tres tentaciones en el orden dado por San Mateo, que difiere del de San Lucas. San Marcos simplemente menciona que Cristo fue tentado por el demonio y San Juan no se refiere a ellas. Las tres tentaciones probaron los tres aspectos de  la naturaleza humana inferior —físico, emocional o de deseos, y mental—, San Mateo68 dice:

“Después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre, y vino a él el tentador y le dijo: Si eres Hijo de Dios di que estas piedras se conviertan en pan. Él respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.”

 

Existen dos hechos muy interesantes relacionados con esas tentaciones. Cada una de las frases en los labios del demonio co­mienza con “si”, y la respuesta de Cristo comienza con “Escrito está”. Esas dos frases vinculan los tres episodios, dando la clave de todo el proceso. La tentación final es la duda. La prueba que todos tendremos que enfrentar eventualmente y que culminó en la vida de Cristo, hasta Su triunfo en la Cruz, es la prueba de nuestra divinidad. ¿Somos divinos? ¿Cómo deben expresarse nues­tros poderes divinos? ¿ Qué podemos o no hacer, por ser hijos de Dios? La diferencia de los detalles de cada dificultad, prueba y experiencia, son de relativa importancia. Tampoco interesa que las pruebas estén centradas en uno u otro aspecto de nuestra na­turaleza inferior. Lo que está a prueba es el anhelo de toda una vida hacia la divinidad. El hombre poco evolucionado no en­frenta todo el problema de la divinidad, únicamente se preocupa de los detalles; del problema del panorama inmediato de su vida, manejándolo o no, a la luz de la conciencia, según el caso. Para el discípulo los detalles son de menor importancia, empieza poco a poco a interesarse por la verdad general de su filiación. Entonces maneja las condiciones de su vida desde el punto de vista de esa teoría. Para un perfecto hijo de Dios, como el Cristo, o para el hombre que se aproxima a la perfección, el problema debe enca­rarse en su totalidad, y el problema de la vida debe ser considerado desde el ángulo de la misma divinidad. Tal fue el caso de Cristo, y tales eran las implicaciones ocultas en el triple “si” del demonio.

 

 Me parece que hemos errado al interpretar toda verdad desde el punto de mira del hombre mediocre, y es lo que se ha hecho correcta o equivocadamente. La verdad puede interpretarse de muchas maneras. Los que son simplemente seres físicos emocio­nales y poseen por lo tanto, poca visión, requieren la protección de la teología, a pesar de sus imperfecciones y declaraciones dogmá­ticas insostenibles. Esto lo necesitan, por eso que la responsabi­lidad de quienes administran los dogmas a los “niños” de la raza  es muy grande. La verdad debe darse en forma más amplia y con un contenido más general, a quienes comienzan a vivir conscien­temente como almas, por lo tanto, puede confiarse en que verán el significado tras el símbolo y la significación detrás de la apa­riencia externa de la teología. La verdad, para los perfectos hijos de Dios, debe ser algo que está más allá de nuestros sueños, y de una significación tan profunda y de tan gran extensión, que resulta fútil toda especulación al respecto, puesto que es algo que debe experimentarse y no imaginarse, algo en que habremos de adentrarnos y no simplemente visualizar.

 

La réplica de Cristo debe considerarse también en forma tri­ple. Él dice “escrito está”, y los irreflexivos y de mente estrecha lo consideran como una aprobación a la inspiración verbal de las Escrituras. Pero, sin duda, Cristo no se refería sólo a las antiguas declaraciones de las Escrituras judaicas, por bellas que fuesen. Las posibilidades de error son demasiado grandes para justificar nuestra incuestionable aceptación de toda palabra, en cualesquie­ra de las escrituras del mundo. Cuando se analizan los procesos de la traducción esto se evidencia con absoluta claridad. Cristo quiso significar algo mucho más profundo que “la Biblia lo dice”. Quiso decir que la signatura de Dios estaba en Él, que Él era el Verbo y que ese Verbo era la expresión de la verdad. Es el Verbo del alma (el influjo de la divinidad) lo que determina nuestra actitud en la tentación y nuestra respuesta al problema presen­tado por el demonio. Si esa Palabra distante, profundamente ocul­ta por el velo de la forma, sólo se escuchara en sonidos distorsio­nados, el Verbo no seria suficientemente potente para resistir al demonio. La palabra está escrita en la carne, por muy desfigu­rada y casi invisible que pueda estar, a causa de la actividad  de la naturaleza inferior; es pronunciada en la mente, trayéndole iluminación y percepción interna, aunque todavía la visión esté dis­torsionada y la luz sea poco perceptible. Pero la Palabra está allí. Algún día, cada uno de nosotros podrá decir poderosamente “es­crito está”, y veremos la Palabra expresada en todas partes de nuestra naturaleza humana como individuos y, en una fecha aún distante, en la humanidad misma. Ésta es la “Palabra perdida” de la tradición masónica.

 

La filosofía oriental se refiere frecuentemente a cuatro esfe­ras de la vida, o a cuatro problemas que todos los discípulos y aspi­rantes deben enfrentar y que constituyen, en su integridad, el mundo en que vivimos. Tenemos el mundo de maya, el mundo de la ilusión y el mundo del espejismo, y también ese misterioso “Morador en el Umbral” a que se refiere Bulwer Lytton en Zanoni. A esos cuatro enfrentó Cristo y los venció en la experiencia del desierto.

 

Maya se refiere al mundo de las fuerzas físicas en que vivimos, y la primera tentación concierne a ese mundo. La ciencia moderna dice que no existe nada visible e invisible que no sea energía, y que toda forma es sencillamente un agregado de unidades de energía en constante e incesante movimiento, al cual nos hemos adaptado y en el cual “vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser”.69 Tal es la forma externa de la Deidad, y somos parte de ella. Maya es de carácter vital, y poco sabemos de sus efectos en el plano físico (con todo lo que el término implica) y en el ser humano.

 

El espejismo se refiere al mundo del ser emocional y del de­seo, donde moran todas las formas. Este espejismo cobra nues­tras vidas y produce falsos valores, equívocos deseos, innecesarias seudonecesidades, preocupaciones, ansiedades y cuidados, pero es­te espejismo es milenario y nos tiene tan aferrados que es casi imposible zafamos de él. Los deseos de los hombres, con el correr de los siglos, han provocado una situación ante la cual retrocede­mos; la desenfrenada naturaleza de nuestros anhelos y deseos, y los efectos del espejismo sobre el individuo, proporcionan mate­rial a los laboratorios psicológicos; la vida de deseos de la raza fue erróneamente orientada y las aspiraciones humanas se volca­ron hacia el plano material, produciendo ese mundo de espejismo en el que todos luchamos habitualmente. Es la más potente de nuestras ilusiones u orientaciones erróneas. Pero una vez que se vierte la luz del alma sobre ella, se disipa poco a poco esta miasma de fuerzas. Este trabajo constituye la principal tarea de los aspi­rantes a los misterios.

 

La ilusión es más mental en sus impactos. Concierne a las ideas por las cuales vivimos, y a la vida mental que más o menos (casi siempre menos) rige nuestras tareas cotidianas. Veremos, cuando entremos a considerar estas tres tentaciones, que en la primera de ellas Cristo fue enfrentado por maya, con fuerzas fí­sicas de tal poder que el demonio pudo aprovecharlas en su intento de confundir a Cristo. También, que en la segunda tentación, Cristo fue tentado por el espejismo, y en el sometimiento de Su vital vida espiritual, por el engaño y el empleo emocional de Sus poderes divinos. El pecado de la mente, el orgullo, fue puesto en actividad por el demonio en la tercera tentación y, con seguridad, le fue presentada a Cristo la ilusión del poder temporal para ser empleado con buenos propósitos. De este modo, los tres aspectos de la naturaleza de Cristo, con sus probables flaquezas internas, fueron puestos a prueba, y por medio de ellos se vertió sobre Él todo el espejismo, maya e ilusión mundiales. Entonces tuvo que enfrentarse con el Morador en el Umbral, sinónimo del yo infe­rior personal, considerado como un todo unificado sólo en el caso de personas muy avanzadas, discípulos e iniciados. Esas tres pa­labras, maya, espejismo e ilusión, son sinónimos de la carne, el mundo y el demonio, triple prueba que debe afrontar todo hijo de Dios al borde de la liberación.

 

“Si eres Hijo de Dios dí que estas piedras se hagan pan”. Em­pleemos nuestros poderes divinos para fines físicos y personales. Antepongamos la naturaleza física y material a todo. Saciemos nuestra hambre, cualquiera sea, y hagámoslo porque somos divi­nos. Empleemos nuestros poderes divinos para obtener buena sa­lud, prosperidad financiera, largamente deseada, popularidad, tan ansiada para nuestra personalidad, y esas condiciones y situacio­nes físicas que deseemos. Somos hijos de Dios y tenemos derecho a todas estas cosas. Ordena que estas piedras se conviertan en pan, para satisfacer nuestra supuesta necesidad. Tales fueron los plau­sibles argumentos empleados entonces y que aún emplean muchos instructores y escuelas de pensamiento. Tales son particularmente las tentaciones de los aspirantes del mundo actual. Sobre esta teoría medran mucho instructores y grupos y, cosa curiosa, pro­ceden así con toda sinceridad, totalmente convencidos de la recti­tud de su posición. Las tentaciones que alcanzan a las almas más avanzadas del mundo, son de carácter más sutil. En el empleo de los poderes divinos para la realización y satisfacción puramente personal, las necesidades físicas pueden presentarse de tal manera que parezcan realmente justas. Sin embargo, no vivimos sólo de pan, sino de la vida espiritual que (viniendo de Dios) afluye al hombre inferior y constituye su vida. Ésta es la primera verdad que debe comprenderse. Sobre esa vida del alma y ese contacto interno, debe hacerse hincapié. La curación del cuerpo físico, cuan­do está enfermo, podrá ser satisfactorio para el individuo, pero vivir como alma es de mayor importancia. Poner el énfasis sobre una divinidad que debe expresarse, satisfaciendo únicamente una necesidad física, en sentido económico, limita decisivamente a la divinidad, en uno de sus atributos. Cuando vivimos como almas, cuando nuestra vida interna se orienta hacia Dios, no por lo que podemos recibir sino por haber desarrollado el sentido de la divi­nidad, entonces las fuerzas de la vida divina afluirán a través nuestro y producirán lo necesario. Esto no traerá lógicamente la total inmunidad a las enfermedades ni causará la afluencia de fi­nanzas, pero producirá la purificación de la naturaleza inferior, la tendencia al olvido de sí mismo, al altruismo, que considerará primero a los demás, la sabiduría para enseñar y ayudar a otros, la eliminación del odio y la suspicacia, todo lo cual hará la vida más placentera para nuestros asociados y traerá una bondad e inclusividad que no dejará lugar para el yo  separado. Posible, aunque no inevitablemente, este tipo de naturaleza interna dará por resultado un cuerpo sano, y la liberación de los males físicos. En tiempo y espacio, en determinada vida y en un definido momento, la enfermedad tiene su valor y puede ser una muy deseable bendición. La pobreza y la dificultad financiera pueden restable­cer el sentido perdido de los valores y enriquecer el corazón, lle­nándolo de compasión. El dinero y la salud perfecta pueden sig­nificar el desastre para muchos. El empleo del poder divino para fines egoístas y la confirmación de la naturaleza divina, a fin de lograr la salud individual, prostituyen la realidad y constituyen la tentación que Cristo enfrentó victoriosamente. Vivimos por la vida de Dios. Dejemos que esa vida fluya “más abundantemente” sobre nosotros, y nos convertiremos, como Cristo, en centros vivientes de energía radiante para servir al mundo. Probablemente disfrutaremos de una mejor salud física, porque no nos preocupa­remos de nosotros mismos. La liberación de la autocentralización es una de las primeras leyes de la buena salud.

 

El problema de la curación, que absorbe la atención de tantos miles de personas en esta época, es demasiado amplio para ser tratado aquí, y es mucho más complicado de lo que el curador común o los grupos de curación perciben. Únicamente señalaré dos cosas:

 

Una, la afirmación de que toda enfermedad es el resultado de pensamientos erróneos, no debe ser aceptada con demasiado apre­suramiento. Hay demasiadas enfermedades en otros reinos de la naturaleza —animal, vegetal, mineral— y las sufren como los seres humanos, y estos reinos antedatan a la aparición de la fa­milia humana sobre la tierra. Otra, la afirmación de que somos divinos nos da, por lo tanto, derecho a una buena salud, lo cual puede ser verdad cuando se expresa realmente la divinidad, pero no por la afirmación en sí, sino por el contacto egoico consciente e inteligentemente organizado. Esto trae como resultado una vida como la de Cristo, sólo preocupada e interesada por los demás, sin pensar en el yo.

 

Cristo fue tentado a utilizar Sus poderes divinos con fines egoístas, por la sutil reiteración de Su divinidad, que se funda en  la universalidad de la Palabra. Quizás sea apropiado aquí recordar que en la cruz, Cristo fue vilipendiado con las palabras: “A otros salvó, a Sí mismo no se pudo salvar”.70 La ilusión o maya de la naturaleza física no pudo aferrarlo y se liberó de ella.

 

Hoy, el aspirante mundial, la humanidad, enfrenta esta ten­tación. Su problema es económico. Se refiere específica y funda­mentalmente al pan, del mismo modo que, hablando simbólica­mente, el problema de Cristo era el del alimento. El mundo en­frenta un problema material. Que no hay forma de evadirlo, es verdad, y que el hombre debe alimentarse es igualmente cierto. ¿Sobre qué bases se solucionará este problema? ¿Seremos consi­derados demasiado idealistas e imprácticos, místicos y visiona­rios, si nos apoyamos, como Cristo, sobre los fundamentos de la vida y adoptamos la posición de que cuando un hombre se ha re­ajustado y reorientado como ser espiritual, su problema se resol­verá automáticamente? Sin duda alguna, nos considerarán así. Si sentimos, como muchos sienten actualmente, que la solución del problema está en una revaluación de la vida y una reeducación de los principios subyacentes del vivir ¿estaremos tan desviados y seremos considerados tontos? Muchos nos consideraran así. Pero la solución del problema del hombre, en términos de sus necesidades físicas, servirá únicamente para hundirlo más en la ciénaga del materialismo. Suplir totalmente sus demandas en términos de pan y manteca, puede ser muy necesario, y lo es, pero debe acom­pañarlo algo que satisfará la necesidad de todo el hombre, no simplemente la de su cuerpo y sus deseos. Hay cosas esencialmente importantes para él, de mayor interés y valor que lo relacionado con la forma, aunque no se dé cuenta. ‘Cristo dedicó muy poco de Su tiempo en alimentar a las multitudes, pero mucho dedicó en enseñarles las reglas del reino de Dios. Podemos confiar en que los hombres se posesionen de lo que quieran. Esto lo hacen hoy en to­das partes. Lo realmente importante es que debe ser destacado y enseñado simultáneamente, o el fin será desastroso.

 

Una vez que la casa humana haya sido depurada de abusos como lo proclaman muchos revolucionarios en todos los países, a no ser que esa casa como resultado, sea embellecida, y que sus moradores posean ideas basadas en las esencialidades divinas, su estado será peor que el actual. De acuerdo a la parábola71 de Cristo, siete demonios pueden entrar en una casa. A no ser que Dios more en la casa después de depurada y que nuestras  reva­luaciones y ajustes nacionales nos lleven a obtener la paz y la tranquilidad de la mente, donde el alma del hombre puede flo­recer, iremos hacia peores desastres. Sir Arthur Eddington 72, expone sintéticamente lo antedicho:

 

“Ese ‘algo a lo cual le interesa ciertamente la verdad’, debe tener cabida en la realidad, sea cual fuere la definición que adoptemos de la realidad. En nuestra propia naturaleza, o por el contacto de nuestra conciencia con una naturaleza que trasciende la nuestra, hay otras cosas que demandan el mismo tipo de reconocimiento, el sentido de la belleza, de la moral y, finalmente, una experiencia que describimos como la presencia de Dios, que se halla en la raíz de toda religión espiritual. Al sugerir que todas esas cosas constituyen un mundo espiritual, no trato de substanciarlas ni de objetivarlas —representarlas como distintas de las que vemos en nuestra experiencia. Pero diría que, cuando están rodea­das del misterio de la existencia, surge el clamor: ‘¿De qué se trata? No es una verdadera respuesta observar únicamente esa parte de la experiencia que nos llega por medio de ciertos órganos sensorios, respon­diendo’: Se trata de átomos y del caos del universo de globos ígneos que ruedan hacia una inminente destrucción, de tensiones y de inconmensu­rable álgebra. Se trata más bien de un espíritu donde la verdad tiene su santuario, con potencialidades de autorrealización, en respuesta a la belleza y lo justo. ¿Debería agregar acaso que así como la luz, el color y el sonido, penetran en nuestras mentes por los impulsos de un mundo que está más allá, también otras conmociones de la conciencia provienen de algo más grande que nuestra personalidad, aunque lo definamos como que está más allá o profundamente oculto en nosotros mismos?”

 

“No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. “Entonces el diablo lo llevó a la santa ciudad y lo puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios échate abajo, porque escrito está: A sus ángeles mandará por ti, y en sus manos te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en la piedra. Jesús le dijo: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios.” 73

 

Es esencial, para la comprensión exacta de esta tentación, re­cordar lo antedicho, que los pasajes de La Biblia se interpretan desde el punto de vista de las almas implicadas. Cristo enfrenta al demonio desde el terreno de Su naturaleza divina. Si eres el Hijo de Dios aprovecha la paternidad de Dios y arrójate. Esta tentación difiere de la primera, aunque parece personificar el mismo tipo de prueba. Tenemos la clave en la respuesta de Cristo, de afirmarse en Su divinidad, cosa que no hizo en la tentación anterior. El demonio en esta prueba cita las escrituras para sus propios fines. Lleva a Cristo al Lugar Sagrado, el campo de ba­talla, donde el demonio siembra la duda. El espejismo de la duda desciende sobre Cristo. Hambriento, solitario, cansado de con­flictos, es tentado a dudar hasta de las mismas raíces de Su ser.

 

 No dudo que Cristo fue embargado por la duda. Los primeros vestigios de ese espejismo que descendió sobre Él, como una gran tiniebla en la Crucifixión, entonces lo embargó. ¿Era Él el Hijo de Dios? Después de todo ¿Tenía una misión que cumplir? ¿Su actitud era autoilusoria?  ¿Valía la pena todo eso? Fue atacado en Su punto más fuerte, y allí reside la potencia de la tentación.

 

En una antigua escritura de la India, El Bhagavad Gita, Arjuna, el discípulo, enfrenta idéntico problema. Se ve envuelto en una gran batalla que se libra entre dos ramas de una misma familia —entre el yo superior y el yo inferior—, y él también duda de lo que debe hacer. ¿Deberá continuar la batalla y la prueba, y así triunfar como alma? ¿Deberá afirmar su divinidad y vencer lo inferior y lo no divino? En un comentario, Charles Johnston dice74:

“Hay un significado espiritual en todo esto, y la situación de Arjuna ha sido bien elegida a fin de extraer grandes verdades espirituales. Arjuna representa el yo inferior personal que empieza a tener concien­cia del yo superior; conmovido y enardecido por la luz espiritual del yo superior, sin embargo, desalentado y aterrorizado, comprende lo que debe significar la obediencia al yo superior. La contienda de los hermanos se concentra ahora en una sola naturaleza, en la vida de un solo hombre. Debe librarse una guerra dentro de sí mismo, una guerra larga y penosa por la vida del alma. Sólo un valor superior unido a la fe y a la aspira­ción hace posible la contienda y aún así habrá retroceso y desaliento.”

 

Alguien más grande que Arjuna (que representa el símbolo del discípulo en su camino hacia la perfección) enfrentó un pro­blema similar con valentía, fe y aspiración, pero el interrogante fue el mismo: ¿La vida del alma es una realidad? ¿Soy divino? Cristo enfrentó este problema sin desaliento y triunfó porque em­pleó una afirmación de tal poder (puesto que establecía una ver­dad) que el demonio momentáneamente no pudo llegar hasta Él. Probablemente Cristo respondió: “Soy el Hijo de Dios. Tú no me tentarás”. Se apoyó en Su divinidad y venció a la duda.

 

Resulta interesante constatar que la humanidad de hoy está embargada por el espejismo de la duda. Se duda en todas partes. Es un asunto emocional. El intelecto claro, frío, analítico y sin­tético, no duda en este sentido. Interroga y espera.  Pero en el Lugar Sagrado, con amplio conocimiento de lo que está escrito y frecuentemente después de la victoria, la duda desciende sobre el discípulo. Quizás, después de todo, ese sentido de la divinidad que hasta aquí ha sustentado al discípulo, es en sí espejismo y no realidad. El discípulo no puede dudar que ha pasado una expe­riencia de naturaleza divina y sobrenatural. Hubo momentos en  que surgió “una sensación de tener acceso a lo divino, distinta de otras experiencias, y tan original e inexplicable como la del sexo y la sensación de la belleza —el hambre o la sed”,75 porque, indu­dablemente, “en el corazón de cada religión y en todas las reli­giones, hay una experiencia anterior”.76 Pero tal vez eso sea sen­cillamente fenoménico y no real, algo que pasa sin ninguna base inmortal y se experimenta como parte del espejismo mundial, pero que no perdura ni puede perdurar. Quizás Dios es única­mente un nombre para todo lo que existe y, para el alma cons­ciente individual, no hay una persistencia definida, ninguna divi­nidad esencial, ni nada real —sólo un momentáneo destello de co­nocimiento. Pongamos a prueba este sentido de la divinidad y veamos si con el cambio de la destrucción física, perdura algo que es espíritu inmortal. Estudiando el modo en que Cristo enfrentó esta tentación, nos inclinamos a creer (habiendo el Cristo afir­mado Su creencia en Su propia divinidad) que sencillamente ignoró la tentación. Su método fue tan breve y conciso, que no se han explicado los detalles. La escapatoria de esta tentación particu­lar, es dual: reconocerla por lo que es, irreal, simplemente un espe­jismo que no tiene verdadera y duradera existencia, así como nos asalta una ilusión; luego afirmarse en la experiencia de Dios. Si por un breve minuto estuvimos en la Presencia de Dios y lo supimos, eso es real. Si la Presencia de Dios en el corazón huma­no ha sido una realidad, en cualquier momento, por un instante, apoyémonos en esa experiencia conocida y sentida y rehusemos tratar los detalles de los espejismos de la duda, de la emoción, de la depresión o de la ceguera, en que podamos vernos envueltos momentáneamente.

 

La duda sólo puede eliminarse hoy en el mundo, cuando los hombres apliquen a los problemas de la humanidad, de Dios y del alma, no sólo la clara y fría luz del intelecto iluminado por la intuición, sino también el poder de la pasada experiencia. Si el sentido de Dios ha persistido en el mundo desde edades incalcu­lables, y si el testimonio de los místicos y santos, de los videntes y Salvadores de todos los tiempos, es histórico y verificable —como lo es—, entonces ese testimonio con toda su riqueza y universalidad, constituye un hecho tan científico como cualquier otro. Vivimos en una época donde el hecho científico parece poseer la atracción de un espejismo. Ciclos de misticismo, de filosofía, de expresión científica, de crudo materialismo —tal es el camino cíclico que recorremos y tal es nuestra historia: Pero en forma persistente, a través de todos ellos, corre el hilo del Plan de Dios. Constante­mente, a través de todo, el alma del hombre marcha de un desen­volvimiento de conciencia a otro, y nuestro concepto de la divinidad adquiere constantemente riqueza y realidad. En este hecho puede apoyarse la humanidad: el alma divina del hombre. En este hecho se apoyó Cristo cuando el demonio, por segunda vez, lo tentó.

 

“Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adoras. Entonces Jesús le dijo: Vé, Satanás, que escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás.” 77

 

Cristo fue probado en Su naturaleza física y triunfó. Fue pro­bado en Su naturaleza emocional de deseos, y descubrimos que ni las fuerzas de la naturaleza física ni el espejismo, que la natu­raleza emocional sensoria inevitablemente trae, Le desviaron en lo más mínimo del sendero del vivir y de la expresión espirituales. Todos Sus deseos se dirigieron hacia Dios; toda actividad de Su naturaleza estaba correctamente ajustada y divinamente expresa­da. Él debía conocer este triunfo, y este conocimiento llevaba en sí la simiente de la tentación final. Había triunfado sobre el ma­terialismo y la duda. Sabía que el aspecto forma de la vida no podía atraerle y luchó denodadamente hasta obtener el pleno re­conocimiento de Su divinidad. Por eso había conquistado los pun­tos extremos de Su naturaleza, los aspectos superior e inferior. Expresaba ahora la cualidad de la divinidad. La realidad divina que sentía y de la que dependía, era tan poderosa como para penetrar la ilusión o maya y disipar el espejismo. Sólo quedaba el deseo puro, desear a Dios. Cristo había sido probado en dos aspec­tos de Su naturaleza —la material y la divina— y como Hombre-Dios venció al mal. Fundamentalmente, ambas tentaciones corres­pondieron al deseo. La exigencia era la total carencia de deseos personales. Beverley Nichols 78 dice: “si los hombres se dejaran guiar por Cristo... podrían hacer del deseo un poder que cam­biaría al mundo, que convertiría en jardín los barrios bajos más sórdidos y trasformaría en armonía perfecta cualquier discordia social. Tal poder daría al oro un brillo inmarcesible y trasforma­ría millones de odios y sospechas en amor universal. Tal poder, sin duda, convertiría las sangrientas guerras del mundo en una paz resplandeciente”.

 

En Cristo el deseo se trasmutó en poder, aunque la victoria lograda condujo a acontecimientos que contenían la posibilidad de peligro. Cristo fue probado después en el campo del poder. Un carácter desarrollado al máximo grado de perfección, que esta­bleció una unidad entre la fuente de poder, el alma, y el instrumento de poder, el yo inferior personal, produce lo que llamamos una personalidad. Esa personalidad puede constituir una verda­dera fuente de peligro para su dueño. El sentido del poder, el conocimiento de que se ha realizado, la comprensión de su capa­cidad y la habilidad percibida para regir a otros, porque nos regi­mos a nosotros mismos, contienen el germen de la tentación, y precisamente aquí el demonio intentó atrapar a Cristo. La gente se asombra cuando se le dice que un carácter íntegro puede ser fuente de dificultades. Dificultades de tipo peculiar, en el sentido de que las cosas que hace y las palabras que pronuncia una persona muy evolucionada, cuyo carácter es notablemente íntegro y cuya personalidad está cabalmente desarrollada, pueden causar mucho daño —aún cuando el móvil sea correcto o aparente serlo. Tales personas manejan mucho más poder que la gente común.

 

¿Qué es precisamente un carácter íntegro y cómo se produce? Lógicamente lo produce primeramente la rueda de la vida y la experiencia  en Galilea; luego por el esfuerzo consciente y la dis­ciplina autoiniciada; finalmente por los procesos de integración de varios aspectos de la naturaleza inferior en un todo sintético, en una unidad para un propósito determinado. El Dr. Sheldon 79 define el proceso que debemos seguir de la manera siguiente:

 

“El carácter, en su sentido psicológico, se refiere al resultado final de la interacción de dos factores que encontramos en una personalidad, es decir, la jerarquía de los valores o propósitos conscientes, erigidos en el curso de una vida, y la medida en que esta estructura intelectual es excitada y vitalizada por un apoyo sensorio desde abajo. El resultado final puede describirse como grados de honestidad, subordinación, noble­za, integridad, moralidad, o algo por el estilo. La persona que posea esas altas cualidades, tiene fortaleza de carácter. Dos elementos deben siem­pre tenerse en cuenta cuando se hace referencia al carácter: el diseño de ideales y la amplitud con que es percibido, como distinto del diseño meramente intelectual. En resumen, el carácter es la medida en que la mente se ha concretado con determinado propósito y puede resistir a las influencias desintegradoras”. (Lo subrayado me pertenece. A.A.B.)

 

Más adelante, el mismo autor establece que “el carácter es una cualidad de la personalidad, el grado de consistencia, sistema e integridad interna, alcanzada por la personalidad. La religión es, en un sentido práctico, la aplicación de la técnica para el des­arrollo del carácter”.80

 

 Cito estos párrafos porque explican con claridad lo que es­tuvo sometido a prueba en el caso de Cristo, en la tercera tentación. Sus “propósitos o valores conscientes”, fueron puestos a prue­ba. Su integridad debió ser socavada, si era posible, obligando a que la unidad que Él representaba se desintegrase. Si esto se lo­graba, y si las normas que Él estableció podían ser anuladas, Su misión estaba destinada a fracasar desde el principio. Si hubiera podido ser engañado por la ilusión del poder, si la ambición de naturaleza personal se hubiese desarrollado en Su conciencia, la fundación del reino de Dios habría quedado indefinidamente de­morada. Esta tentación fue un ataque a la raíz misma de la perso­nalidad. La mente, el factor integrador, con su facultad de pensar con claridad, de formular propósitos definidos y de elegir, estaba a prueba. Esas tentaciones no acechan al que está poco evoluciona­do, y debido a la fortaleza del carácter implicado de tipo iracun­do, son más difíciles de manejar. El designio del demonio se dirigía a la ambición de Cristo. La ambición es por excelencia el problema del aspirante y del discípulo evolucionados —ambición personal, deseo de popularidad, ambición mundana e intelectual y poder dic­tatorial sobre los demás. La sutileza de esta tentación reside en el hecho de que va dirigida a un móvil correcto. Da a entender que sería buena para el mundo de los asuntos humanos si todo perte­neciera a Cristo. Por el simple reconocimiento de que el poder del demonio, la fuerza materialista del mundo, es suprema, podría otorgársele a Cristo el control de los reinos del mundo. Se Le ofre­ció como recompensa, por el más mínimo reconocimiento —se Le ofreció estando solo y sin que nadie Lo viera, en la cima de una montaña— del poder que representaba o simbolizaba, el triple mun­do de la vida externa. Si Cristo se hubiera postrado brevemente y hubiese reverenciado ese gran poder, los reinos de este mundo y sus glorias serían Suyas y sabemos suficientemente de Él como para comprender que en ese gesto no habría habido nada egoísta si hubiera sido inducido a hacerlo. ¿Qué se interpuso entre Él y la aceptación de esta oportunidad? Su respuesta lo indica claramente, pero debe ser entendida. Se interpuso Su conocimiento de que Dios era Uno y Dios era Todo. El demonio Le mostró una imagen de la diversidad, de muchos reinos, de mucha división, de multiplicidad, de pluralidad, de unidades separadas. Cristo vino para unificar, para unir y reunir en uno a todos los reinos, a todas las razas y a todos los hombres, para que las palabras de San Pablo fueran verdaderas de hecho y en acción.

 

“Hay un cuerpo y un espíritu, como fuisteis llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo; un Dios y un Padre de todos, que está por encima de todos, a través de todos y en todo.” 81

 

Si Cristo hubiera sucumbido a las seducciones del demonio, y si por el evidente correcto móvil y amor a la humanidad, hubiera aceptado el don ofrecido, esas palabras nunca se hubiesen cumplido como ciertamente se cumplirán en una fecha no muy lejana, según lo hace suponer el presente caótico. Cristo sostuvo Sus valores y no varió Su propósito. La ilusión del poder no pudo afectarlo. Lo real estaba tan aferrado a Su mente que lo irreal y lo inmediato no podía alucinar Su conciencia. Vio el cuadro en su totalidad. Vio un mundo en el que no podía existir dualidad sino sólo unidad, y Sus esfuerzos para traer a la existencia el mundo futuro, no pudieron ser desviados. Se ha dicho que:

 

“La bondad es por lo tanto sabiduría, y la sabiduría consiste en ver en la actualidad las realidades eternas que residen en las ideas. O por­que hasta las minucias son ideales, la sabiduría consiste, en última ins­tancia, en ver síntesis cada vez más amplias y valores cada vez más grandes. El hombre sumamente sabio es aquél que crea mundos para que otros los habiten. Profeta es aquel que ve una unidad mundial en formación y la visualiza como el destino de su pueblo.”82

 

¿No es esto, acaso, una descripción de la síntesis más amplia que vio el Cristo y por la cual todos deberíamos estar trabajando? Donde existe esta visión, los valores y realizaciones menores no pueden detener a un corazón ardiente. Donde se puede concebir el todo como una posibilidad, la parte encaja en el lugar que le corresponde. Donde el propósito de Dios se revela claramente a la mente del vidente, los móviles o fines menores y las pequeñas ambiciones y deseos de lo personal, se desvanecen. Al final del camino de la evolución está la consumación, el reino de Dios, no los reinos del mundo. Son parte de un todo futuro, y se fusionarán más adelante en una síntesis espiritual. Pero ese reino, como veremos en el capítulo final cuando sinteticemos los resultados de la iniciación, no nace de la ambición del esfuerzo ni del deseo personales. Llega por el sumergimiento de la parte en el todo y del individuo en el grupo. Pero esto se realiza voluntaria e inteligentemente, sin per­der el prestigio personal ni el sentido de utilidad o identidad. No se lo impone o exige el grupo, estado o reino, como con frecuencia ocurre hoy. El Dr. Van der Leeuw 83 dice:

 

“Si queremos entrar en el reino, esa actitud debe cambiar por la de Cristo, cuyo amor se ha hecho radiante, prodigándose siempre al mundo que lo rodea, lo merezca o no, cuya vida está centrada en lo divino, común a todos. En Él no encontramos ni el menor remanente de una personalidad separada, que lucha por Su propia existencia o su engran­decimiento; ha vaciado el cáliz de su existencia de todo lo personal, y lo ha llenado con el vino de la vida divina, compartida por todos. Por nuestro continuo esfuerzo, posiblemente inconsciente, podemos mantener el centro de la vida separada, denominado personalidad; si siguiéramos a Cristo, tendríamos que abandonar la laboriosa lucha por la aserción individual, con el deseo de ser la vida del Todo, antes que la de la parte. Sólo así podremos entrar en el reino donde la separatividad no existe.”

 

La tentación de Cristo consistía en un obligado reconocimiento de la dualidad. Pero para Él hubo un solo camino hacia ese reino y un solo Dios que, en forma lenta pero segura, trajo el reino a la existencia. Su misión era revelar el método por el cual se podía realizar la unidad y proclamar ese amor incluyente y esa técnica de unificación que todos los que estudian Su vida y reac­cionan ante Su espíritu, pueden aplicar. Por eso no podía caer en el error de la diversidad ni identificarse con la multiplicidad, cuando había abarcado en Su conciencia, como Dios, la síntesis mayor. Pope, en su famoso Ensayo sobre el Hombre, lo presintió y expresó en palabras al alcance de todos:

 

“Dios ama del todo a la parte, pero el alma humana

debe elevarse de lo individual a la totalidad.

El amor propio sólo sirve para despertar la mente virtuosa,

como el guijarro agita el pacifico lago;

se mueve el centro, inmediatamente un circulo se produce,

otro y otro aparecen.

Abarcan primero al amigo, al vecino, al pariente,

y luego a su patria y después a toda la raza humana;

cada vez más amplios son los desbordes de la mente,

abarcando a las criaturas de toda especie;

la tierra sonreirá, plena de infinitas bendiciones

y el cielo contemplará su imagen, en su seno.”

 

Entonces el demonio Le abandonó. Nada más pudo hacer y Cristo “se volvió a Galilea” 85 para emprender nuevamente la ru­tina del diario vivir. La experiencia de Galilea no puede ser eludida por ningún Hijo de Dios encarnado. Cristo hizo entonces tres co­sas: Primero, supo que Juan el Bautista había sido encarcelado, retomó la tarea que éste había emprendido, y continuó predicando el arrepentimiento. Segundo, seleccionó cuidadosamente a quienes iban a trabajar con Él, teniendo que instruirlos para llevar a cabo la misión del reino, e inició entonces el acrecentado servicio que constituye siempre la señal dada al mundo de que un hombre ha llegado a ser más incluyente y ha recibido otra iniciación. Aun­que el mundo no reconozca en el momento esa señal, no volverá a ser el mismo mundo de antes de recibir la iniciación y prestar servicio. El surgimiento de un iniciado en el campo del mundo, hace que ese campo sea diferente.

 

Cristo hizo el bien en todas partes, “enseñando en las sinago­gas, predicando el evangelio del reino y sanando toda enfermedad y dolencia en el pueblo”.86 Había registrado ante Dios, ante el hombre y ante Sí Mismo, Su perfección. Había salido de la expe­riencia en el desierto y pasado la prueba y la experiencia, justificando totalmente Su divinidad. Sabía que era Dios, Se había demos­trado a Sí Mismo lo divino de Su humanidad. Sin embargo, como ocurre con todos los  Hijos de Dios que se liberan, no podía dete­nerse hasta haber mostrado el camino. Tenía que trasmitimos la gran energía del Amor de Dios.

 

“Leemos en un famoso catecismo japonés: ‘el despertar de un cora­zón a la sabiduría, significa la firme resolución de promover la salva­ción de todos los seres vivientes antes de llegar uno mismo a la más apartada ribera de la liberación’. Esta sólo es el eco del trascendental voto del Buda, el legendario Maestro, que dijo: ‘Cuando haya alcanzado la perfección, no aceptaré la perfecta iluminación hasta que no haya nacido todo ser viviente, que confiadamente se refugia en mí y desea nacer en mi reino'.“ 87

 

Aunque no aceptemos el calificativo de “legendaria”, que el Dr. Karrer da a la naturaleza de Buda, puesto que Su existencia está históricamente comprobada, debemos, no obstante, a este autor, el haber despertado la atención de los lectores occidentales con esos dos hermosos pasajes que predicen una posición más sublime adop­tada por Cristo, cuando estuvo en la tierra. Perfecto, sirviendo y con pleno conocimiento de Su misión, Cristo entra ahora en un período de trabajo activo, que debe preceder a la iniciación si­guiente, la de la Transfiguración.

 

 

 

 

Notas:

 

       1.          Psychology and the Promethean Will, de W. H. Sheldon, pág. 130.

       2.          Mt., 3:15.

       3.          Gen., 1:26.

       4.          Psychology and the Promethean Wll, pág. 135.

       5.          Reality and Ilusion, de Richard Rothschils, págs. 217, 218.

       6.          Religions of Mankind, pág. 204.

       7.          Eros and Psyche, de Benchara Branford, pág. 83.

       8.          Religions of Mankind, de Otto Karrer, pág. 195.

       9.          Ma., 5:16.

   10.          Jn., 14:12.

   11.          Religions of Mankind, de Otto Karrer, pág. 218.

   12.          Ídem, pág. 98.

   13.          A Pilgrim’s Quest for the Divine, de Lord Conway of Allington, pág. 214.

   14.          Jn., 14:32.

   15.          Mt., 3:13-17.

   16.          Mt., 5:8.

   17.          Aforismos Yoga de Patanjali, Libro II, Af. 41.

   18.          Lc., 3:16.

   19.          Simbolism in Religion, Constructive Quarterly, 1914.

   20.          Sermons, de A. Maclaren, Serie II, pág. 236.

   21.          The Perfect Way, de Anna Kingsford, pág. 241.

   22.          Life of Anna Kingsford, de E. Maitland, T. I, pág. 151.

   23.          Sermons, de A. Maclaren, Serie 2ª, págs. 229, 231.

   24.          Mt., 3:15.

   25.          Mt., 11:12.

   26.          Fil., 2:12.

   27.          The Mystery of tke Kingdom of God, pág. 354.

   28.          ­The Mystery of the Kingdom of God, pág. 223.

   29.          A Pilgrim’s Quest for the Absolute, de Lord Conway of Allington, pág. 8.

   30.          Aforismos Yoga de Patanjali, Libro II, Af. 27.

   31.          Jn., 8:12.

   32.          Mt., 5:16.

   33.          Ro., 8:29.

   34.          Religions of Mankind, de Otto Karrer, pág. 116.

   35.          The Religion of Love, del Gran Duque Alejandro de Rusia.

   36.          Religions of Mankind, de Otto Karrer, pág 94.

   37.          Ga., 3:27.

   38.          Ga., 4:19.

   39.          I cor., 4:15.

   40.          I P., 3:4.

   41.          Ef., 4:13.

   42.          Cristianismo Esotérico

   43.          Psychology and God, pág. 14

   44.          Fil., 4:7.

   45.          The Recovery of Truth, de Hermann Keryserling, pág. 216.

   46.          Religions of Mankind, de Otto Karrer, pág. 208.

   47.          Mt., 3:17; 4:1.

   48.          Athanasian Creed.

   49.          The Fool Hath Said, págs. 211, 212.

   50.          He., 4:15.

   51.          Mt., 4:4, 7, 10.

   52.          Psychology and God, pág. 240.

   53.          Mt., 5:48.

   54.          Psychology of Religions, pág. 228.

   55.          Religious Realism, de D. C. Macintosh y otros, pág. 88.

   56.          Outspoken Essays.

   57.          I Jn., 4:17.

   58.          The Mystery of the Kingdom of God, pág. 235.

   59.          Religion in the Making, de A. N. Whitehead, pág. 6.

   60.          Religion in the Making, de A. N. Whitehead, pág. 9.

   61.          The Testament of Man, págs. 601, 602.

   62.          Religions of Mankind, de Ótto Karrer, págs. 121, 122.

   63.          The Value and Destiny of the Individual, pág. 246.

   64.          Jn., 17:16.

   65.          The Value and Destiny of the Individual, pág. 245.

   66.          The Value and Destiny of the Individual, págs. 284, 285.

   67.          Religions of Mankind, de Otto Karrer, pág. 131.

   68.          Mt., 4:2, 3, 4.

   69.          He., 17:28.

   70.          Mt., 27:42.

   71.          Mt., 12:45.

   72.          New Pathways of Science, pág. 317.

   73.          Mt., 4:5, 6 y 7.

   74.          The Bhagavad Gita., pág. 26.

   75.          The Divinity in Man, de J. W. Graham, pág. 88.

   76.          Ídem, pág. 88.

   77.          Mt., 4:8, 9, 10.

   78.          The Fool Hath Said, pág. 286.

   79.          Psychology and the Promethean Will, pág. 55.

   80.          Ídem, pág. 60.

   81.          Ef., 4:4, 5, 6

   82.          Reality and Illusion, de Richard Rothschild, pág. 168.

   83.          Dramatic History of Christian Faith, pág. 19.

   84.          Mt., 4:12.

   85.          Mt., 4:17, 24.

   86.          Religions of Mankind, de Otto Karrer, pág. 34.

 

 

 

CAPITULO IV

 

 

LA TERCERA INICIACIÓN...  LA TRANSFIGURACIÓN

EN UNA ELEVADA MONTAÑA

 

 

PENSAMIENTO CLAVE

 

El Antiguo Deseo

 

Dijo Arjuna:

“Tus compasivas y amorosas palabras de sabiduría, referentes al supremo misterio de la Superalma, han disipado mi ilusión.

“De Ti he aprendido toda la verdad acerca del nacimiento y la desaparición de los seres, y de Ti, cuyos ojos son como pétalos de loto, también he aprendido sobre el Gran Espíritu que no muere.

“Pero quisiera ver ese yo de que has hablado, oh Señor Todopoderoso, esa divina forma Tuya ¡Oh, Tú, el mejor de los hombres!

“Si crees que puedo verlo ¡oh Señor de Unión, revélame ese Yo imperecedero!

Bhagavad Gita XI, 1-4

 

 

La Moderna Demanda

 

“Sería demasiado suponer que podemos conocer científicamente al Dios inmanente, Productor de los más elevados valores, y creer racionalmente en un Dios trascendente, esencialmente personal, Conservador de los valores más elevados, y que ambos, el trascendente y el inmanente, el Productor y el Conservador, el conocido y Aquel en Quien se cree, son en esencia, no dos seres distintos pero, orgánica y dinámicamente, de alguna manera uno“.

 

Religious Realism, de D.I. Macintosh y otros, pág. 404.

 

 

1

 

 

 Otro período de servicio ha terminado. Cristo debió enfrentar otra crisis interna y esta vez, según la narración del Evangelio, la compartió con Sus tres discípulos predilectos, los tres más ín­timos. El autocontrol que había demostrado y la consiguiente in­munidad a la tentación, tal como podemos comprenderlo, fue segui­do por un período de intensa actividad. Él había sentado las bases del reino de Dios que debía fundar de acuerdo a Su misión, y cuyo bosquejo se había construido sobre la estructura interna de los doce apóstoles, los setenta discípulos que Él había elegido e instruido, y los grupos de hombres y mujeres de todas partes que respondían a Su mensaje. Hasta ese momento había tenido éxito. Ahora debía encarar otra iniciación y una mayor expansión de conciencia. Las iniciaciones, a que se sometió para bien nuestro, y a las cuales podemos aspirar, a su debido tiempo, constituyen en sí una síntesis viviente de la revelación que sería de valor es­tudiar, antes de considerar los detalles de la estupenda revelación que recibieron los tres apóstoles en la cima de la montaña. Tres de estas crisis son, quizás, las de mayor significación que hasta ahora ha captado la humanidad, que siempre tiende a poner el énfasis sólo en una de ellas, la Crucifixión.

 

A veces pensamos que si nunca se hubieran escrito las Epís­tolas y sólo contáramos con el relato del Evangelio para funda­mentar nuestra creencia cristiana, las tremendas experiencias vi­vidas por Cristo, se hubieran pasado por alto al hacer resaltar casi exclusivamente la Crucifixión. Esto es algo que debe consi­derarse y merece una seria reflexión. El prejuicio de San Pablo sobre la teología cristiana, quizás ha desequilibrado la estructura de la presentación de Cristo que estábamos destinados a recibir. Las tres iniciaciones que, en último análisis, pueden significar la culminación para el buscador de la verdad, son el nacimiento en el reino, ese augusto momento en que toda la naturaleza inferior se transfigura y se percibe la aptitud de los hijos de Dios para ser ciudadanos de ese reino, y la crisis final en que se demuestra y reconoce la inmortalidad del alma. El Bautismo y la Crucifixión tienen otros valores, acentuando, como lo hacen, la purificación y el autosacrificio. Esto puede sorprender al lector en lo que parecería disminuir al Cristo, pero es en extremo necesario que vea­mos el cuadro tal como los Evangelios lo presentan, sin el matiz de las interpretaciones dadas por un posterior hijo de Dios, San Pablo, por muy brillante y sincero que haya sido. Al tratar el tema de la Deidad, siempre se ha dicho que conocemos a Dios por Su naturaleza, y que esa naturaleza es espíritu o vida, alma o amor consciente y forma inteligentemente motivada. Vida, cualidad y apariencia, son los tres aspectos principales de la divinidad, y no conocemos otros; pero eso no significa que no hagamos contacto con otros aspectos cuando oportunamente tengamos el mecanismo del conocimiento y la intuición, para penetrar más profundamente en la naturaleza divina. Aún no conocemos al Padre. Cristo Lo reveló, pero el Padre Mismo permanece hasta ahora detrás de la escena, inescrutable, invisible y desconocido, excepto cuando Se re­vela en la vida de Sus hijos, y por la revelación que Jesucristo diera especialmente a Occidente.

 

Al considerar estas iniciaciones, las tres mencionadas se des­tacan con toda claridad. En el Nacimiento en Belén, tenemos la apariencia de Dios, Dios se manifiesta en la carne. En la Transfiguración, tenemos la cualidad de Dios, revelada en su trascendente belleza; mientras que en la iniciación de la Resurrección, el aspec­to vida de la divinidad, hace sentir su presencia.

 

 En Su vida terrenal, Cristo hizo dos cosas:

           1.   Reveló la triple naturaleza de la Deidad en las iniciaciones primera, tercera y quinta.

           2.   Demostró las expansiones de conciencia que se producen cuando se cumplen debidamente los requisitos —purificación y autosacrificio.

 

Los cinco episodios encierran la historia de la iniciación, el nacimiento, la consiguiente purificación, a fin de poder seguir la correcta manifestación de la Deidad, la revelación de la naturaleza de Dios, por medio de una personalidad transfigurada y, finalmen­te, la meta —la vida eterna imperecedera, puesto que se ha descen­tralizado y liberado de las limitaciones autoimpuestas por la forma.

 

Esas tres iniciaciones mayores, primera, tercera y quinta, cons­tituyen las tres sílabas de la Palabra hecha carne; encierran el acorde musical de la vida de Cristo, tal como estarán encarnadas en la vida de todos los que sigan Sus pasos. Por medio de una reorientación hacia nuevos modos de vida y de ser, pasamos por las etapas necesarias de adaptación de los vehículos de la vida, hasta alcanzar la cima de la montaña, donde se revela en toda su belleza lo divino en nosotros. Luego pasamos a una “jubilosa re­surrección” y esa eterna identificación con Dios, que es la eterna experiencia de todos los que se han perfeccionado. Podríamos des­cribir el proceso de la manera siguiente:

 

Iniciación                                Iniciación                               Iniciación

Nuevo Nacimiento                        Transfiguración                                                Resurrección
Iniciación                                      Revelación                                    Terminación
Comienzo                                     Transición                                     Consumación
Apariencia                                    Cualidad                                      Vida

 

Ésta es la primera de las experiencias de la montaña. Hemos pasado la experiencia de la caverna y la iniciación de la corriente de agua. Ambas hicieron su trabajo, revelando cada una mayor divinidad en el Hombre, Cristo Jesús. La experiencia de Cristo, como vimos, era pasar de un proceso de unificación a otro. Uno de los primeros objetivos de Su misión fue resolver las dualida­des en Sí Mismo, produciendo unidad y síntesis. ¿Cuáles son esas dualidades que deben resolverse en unidad, antes que el espíritu en el hombre pueda brillar en todo su esplendor? Podríamos in­dicar cinco, a fin de tener una idea de lo que debe hacerse, y com­prender también la magnitud de la realización de Cristo. La Transfiguración no es posible hasta haber alcanzado esas unificaciones.

 

Primeramente, el hombre y Dios deben fusionarse en un todo funcional. Dios hecho carne, debe controlar y dominar la carne, para no ser obstáculo para la expresión total de la divinidad. Es­to no sucede en el hombre común. En él la divinidad puede estar presente, pero se halla profundamente oculta. Sin embargo, hoy, merced a nuestras investigaciones psicológicas, se ha descubierto mucho acerca del yo superior e inferior, y la naturaleza de lo que a veces se denomina el “yo sublimado”, va surgiendo mediante el estudio de la reacción del yo activo externo a las actividades de la guía subjetiva interna. Que el hombre es dual ha sido reco­nocido en todas partes, y esto constituye un problema que los psicólogos enfrentan constantemente. Las personalidades parecen funcionar en forma “desdoblada”; la gente está confusa debido a esta división. Oímos hablar de personalidades múltiples y de la necesidad de integración y coordinación de los distintos aspectos del hombre, y la fusión de su naturaleza en un todo funcional es cada vez más urgente. El reconocimiento del alcance del hombre y la constante atracción del mundo de los valores trascendentes, produjeron un agudo problema en el mundo. Lo primitivo y lo trascendental, el hombre consciente externo y el sublimado hom­bre subjetivo interno, el yo superior y el yo inferior, la persona­lidad y la individualidad, el cuerpo y el alma, ¿cómo pueden re­conciliarse todos ellos? El hombre es eternamente consciente de los valores superiores. Todos los santos son el testimonio del hom­bre que desea hacer bien y de la naturaleza que opuestamente le hace obrar mal.

 

Toda la familia humana está hoy dividida en la roca de la dualidad. La personalidad es dual y por lo tanto ingobernable;  los grupos y las naciones están divididos en campos opuestos y surge nuevamente la dualidad cuando hay dificultad intensa y dinámica. A este respecto el Dr. Sheldon1 dice:

“Una de las primeras y más vitales preocupaciones del hombre es mantener la integración entre el sentimiento y el intelecto. Es una nece­sidad tan imperativa para la felicidad humana como lo es la necesidad del alimento, y satisfacer esta necesidad es verdadera función psicológica de la religión, pues creo que el término debe emplearse así. Las estruc­turas teológicas erigidas en el proceso son incidentales.”

 

Ésta es la integración que Cristo ejemplificó plenamente, re­solviendo así las dualidades de lo superior y lo inferior en Sí Mis­mo, haciendo de los “dos un nuevo hombre” 2 y este “nuevo hom­bre” resplandeció en la Transfiguración ante la asombrada mirada de los tres apóstoles. La religión debe tratar de lograr esta integración o unificación básica; la educación debería realizar la coordinación entre los dos aspectos fundamentales de la natura­leza humana —la natural y la divina. El Dr. Hocking3 expresa esta deseada complementación con palabras vigorosas y eficaces:

“Quisiera creer que en el misticismo las necesidades del sexo, juntamente con las demás necesidades, se comprenden y satisfacen; que los cientos de voces del deseo humano son unificadas. En esta inteligencia y no de otra manera puedo ver que la religión cumple con las funciones que asume: evitar el mutuo alejamiento en nosotros de lo primitivo y lo altamente civilizado; ofrecer a las almas individuales —deformadas en las especializaciones de nuestro orden social o mutiladas en sus acci­dentes— la posibilidad de una personalidad completa; unificar en el deseo y la voluntad, como lo hace la razón en principio, la total existen­cia moral del hombre.”

 

Este problema de los dos yoes que Cristo sintetizó tan rele­vantemente, es estrictamente el problema humano. El yo secun­dario, a diferencia del yo divino, es un hecho en la naturaleza, aunque tratemos de evadir el asunto y rehusemos reconocer su existencia. El “hombre espiritual” existe, lo mismo que el “hom­bre natural”, y en la acción recíproca de los dos se enfoca el pro­blema humano. El hombre mismo lo aclara. Dice el Dr. Bosan­quet 4 refiriéndose al hombre:

“...su autotrascendencia innata, su pasión indestructible por la totali­dad, hace inevitable que de lo superfluo que él no puede encasillar en el bien, formará un yo secundario y negativo, un yo desheredado, hostil a la imperativa dominación del bien, que, fuera de toda ex-hipótesis, es sólo parcial. Este desacuerdo es realmente necesario para el bien, que contiene su problema característico, la conquista del mal. Y el bien es necesario para el mal, porque más allá de la rebelión contra el bien, la supuesta totalidad del yo desheredado, no puede hallar otra unidad”.

 

Éste es el problema del hombre y aquí reside su triunfo y la expresión de su divinidad esencial. El yo superior existe y, final e inevitablemente, debe lograr la victoria sobre el yo inferior. Uno de los acontecimientos actuales es el descubrimiento de la existencia del yo superior y hay muchos testimonios sobre su natu­raleza y cualidades. Por la consideración del yo de cada hombre, nos aproximamos constantemente a la comprensión de la divini­dad. Esto lo señala el Dr. Macintosh y otros,5  en términos certe­ramente adecuados al tema:

“El yo superior... que surge de nuestra experiencia social y abarca tanto la voluntad propia como la común, puede ser más un descubri­miento que una creación. Dios puede revelársenos de este modo y, al mismo tiempo, quizás así se desarrolle por la interacción con los yoes humanos.”

 

Detrás de la manifestación de Jesucristo hay eones de expe­riencia. Dios se ha estado expresando a Sí Mismo por medio de procesos naturales, a través de toda la humanidad y por medio de individuos determinados, en el transcurso de las edades. Luego vino Cristo, y en el proceso del tiempo, como una definida realización del pasado y una garantía para el futuro, sintetizó en Sí Mismo, en una Personalidad trascendente, todo lo que había logra­do y todo lo inmediato en la experiencia humana. Cristo fue una Personalidad al mismo tiempo que una Individualidad divina. Su vida, con sus cualidades y propósitos, estampó su sello sobre nues­tra civilización, y la síntesis que Él demostrara es la inspiración del presente. Esta Personalidad consumada, sintetizando en Sí todo lo que precedió a la evolución humana, y expresando todo lo que debe seguir de inmediato, es la gran dádiva de Dios para el hombre. El Dr. Graham6 toca este tema en forma que evoca la respuesta de todos los que hemos estudiado con amor y adoración la vida de Cristo:

“El Dr. Illingworth, en su bien conocido libro Personality, Human and Divine, sostiene la tesis de que sólo podemos concebir a Dios em­pleando los conceptos dados por la personalidad humana, y aunque los sublimemos como querramos, no podemos escapar a una última cualidad antropomórfica, con la cual se construyen nuestras concepciones más elevadas. Pienso que esto puede ser una verdad general, no obstante, siento que esta limitación es verdaderamente restrictiva e impide que nuestra concepción de Dios, sea algo más que la sombra que arroja  la Realidad sobre una superficie humana. Si podemos lograr un concepto múltiple del género humano, es decir, si todos los individuos se ubican microscópicamente dentro de un espíritu ilimitado, incluyente y guiado, que es humano en todo, excepto en sus limitaciones, no pasaremos más allá de los materiales de que el hombre está hecho, pero los habremos construido como las piedras de un templo. El templo está hecho de piedra, pero las piedras, amontonadas y superpuestas, no son el templo. La metáfora de las piedras vivas la tenemos en El Nuevo Testamento”.

 

Cristo, como la Personalidad que remedó la división de la natu­raleza humana, y Cristo, como la síntesis de los aspectos superior e inferior de la divinidad, es la gloriosa herencia del género hu­mano. Esto lo reveló en la Transfiguración.

 

Ahora bien, es de valor, que sólo en determinada etapa de la evolución humana llegue a ser posible expresar la vida y la con­ciencia crísticas internas. La realidad de la evolución con sus ne­cesarias distinciones y diferencias, es incontrovertible. Los hom­bres no son iguales. Varían en su presentación de la divinidad. Algunos son todavía realmente subhumanos; otros simplemente humanos y aún otros recién comienzan a mostrar cualidades y ca­racterísticas superhumanas. Cabría aquí interrogarse, ¿cuándo le llega al hombre la posibilidad de trascender lo humano y con­vertirse en divino? Cuando le llega la posibilidad, ejercen el con­trol dos factores. Entonces ha trascendido las naturalezas física y emocional y, entrando en el campo del pensamiento, responde de alguna manera a los ideales presentados por los  pensadores mundiales. Llegará el momento, en el progreso de cada ser huma­no, en que el desarrollo de la triple naturaleza, física, emocional y mental, alcance un punto de posible síntesis. Entonces el hombre se transforma en una personalidad. Piensa. Decide. Determina. Asume el control de su vida y se convierte, no sólo en un centro originador de actividad, sino en una impresionante influencia en el mundo. La entrada poderosa de la cualidad mental y la capa­cidad de pensar, lo posibilita. Otto Karrer 7 lo aclara al decir:

“Por fin llega la hora, y hasta la mayoría de los pueblos primitivos están logrando actualmente la transición, si es que no están desapare­ciendo; el hombre se libera de la sugestión masiva de su tribu y empieza a pensar por sí mismo; el ‘hombre colectivo’ desaparece y el ‘hombre individual’ nace mentalmente.

“El hecho de empezar a pensar no hace al hombre mejor de lo que es. Al principio critica y es muy empecinado, pero esto tiene su lado bueno siempre que no prescinda de todo y renuncie a la fe por la superstición, y a la verdad eterna por una distorsionada presentación.”

 

La insistencia en el pensamiento y la determinación de dirigir la vida desde el punto de vista de la mente y no de la emoción,  caracteriza a la “personalidad” del común de los seres humanos. El hombre que piensa y actúa según las resoluciones e incentivos que tienen su origen en realidades mentales debidamente consi­deradas, se convierte con el tiempo en una “personalidad” y em­pieza a influir sobre otras mentes, ejerciendo una definida influencia sobre las demás personas. Sin embargo, vigilando la personalidad, está el hombre espiritual interno, que podría deno­minarse “individuo”. Aquí también Cristo triunfó, y la segunda dualidad que logró significativamente, fue el yo personal y la “individualidad”. Lo finito y lo infinito deben llevarse a una es­trecha relación. Esto lo demostró Cristo en la Transfiguración, cuando por medio de la personalidad purificada y evolucionada, puso de manifiesto la naturaleza y la cualidad de Dios. La natu­raleza finita había sido transcendida y no podía ejercer control sobre Sus actividades. Había pasado conscientemente al reino de la comprensión incluyente, y las reglas comunes que rigen al indi­viduo finito con sus pequeños problemas y su escasa reacción a los sucesos y a las personas, ya no pueden influirlo ni determinar su conducta. Entró en contacto con ese reino del ser, donde no sólo hay comprensión sino paz por medio de la unidad. “El ser fi­nito tiende a fijar y depender de las reglas, incidentes y caracte­rísticas de su propia naturaleza, buscando siempre la unidad con el todo que la inspira, repudiándola a la vez constantemente”.8  Es­tas reglas, reglamentos y consideraciones, fueron superadas por Cristo y actuó, en consecuencia, como individuo y no como persona­lidad humana. Estaba regido por las reglas que gobiernan el reino del Espíritu y esto fue reconocido por los tres Apóstoles en la Transfiguración, que los condujo a someterse a Él, desde ese momento, como al Que representa para ellos la divinidad. Cristo logró

“...la consumación o reconocimiento de lo finito-infinito, o la naturaleza autotranscendente que atribuimos al individuo, la cual constituye la consumación o entrega del yo finito, al mundo de la sociedad espiritual. Por lo tanto, lo opuesto al mundo de las pretensiones, es el típico caso del insistente aislamiento finito, mitigado por las relaciones personales, en cuyo contraste con el espíritu de la autotranscendencia, descubrimos la fuente de todo obstáculo y penuria”.9

 

Por lo tanto, Cristo, en la Transfiguración, unificó en Sí a Dios y al Hombre, fusionando Su Personalidad evolucionada con su Individualidad. Representaba la expresión perfecta de la más absoluta posibilidad a que puede aspirar la humanidad. Las duali­dades que el género humano tan lentamente expresa, se fusiona­ron en Cristo, dando como resultado una síntesis de tal perfec­ción que determinó para siempre la meta de nuestra raza.

 

Existe aún una síntesis más elevada, que también Cristo resu­mió en Sí mismo, la síntesis de la parte con el Todo, de la huma­nidad con la ultérrima Realidad. La historia del hombre ha sido la evolución desde un estado donde se producen reacciones masivas inconscientes al de responsabilidad grupal lentamente reconocida. El ser humano de grado inferior o el individuo irreflexivo, posee conciencia colectiva. Podría considerarse como persona, pero no piensa con claridad acerca de las relaciones humanas o del lugar que ocupa la humanidad en la escala del ser. Se deja influir fácil­mente por el pensamiento masivo o colectivo, y la psicología de la masa lo regimenta y uniforma. Se mueve al ritmo de la masa y piensa como ella (si es que piensa); siente fácilmente con la masa y no se diferencia de los de su clase. Sobre esto fincan su éxito los oradores y dictadores. Utilizando su oratoria convincente o mediante sus personalidades magnéticas y dominantes, motivan a las masas a hacer su voluntad, porque las manejan mediante la conciencia colectiva, aunque no evolucionada.

 

De esta etapa se pasa a la de la personalidad emergente, que piensa por sí misma, realiza sus propios planes y no puede ser regimentada o engañada con palabras. Es un individuo reflexivo y la conciencia colectiva y la mente de la masa no pueden escla­vizarlo. Constituyen esas personas que logran la liberación y que de una expresión de conciencia a otra llegan gradualmente a for­mar parte del todo, conscientemente integradas. Eventualmente, el grupo y su voluntad (no la masa y sus sentimientos) llegan a ser de suprema importancia, porque ven al grupo como Dios lo ve, son custodios del Plan divino y partes integralmente conscien­tes e inteligentes del todo. Saben lo que hacen y por qué lo hacen. Cristo fusionó y mezcló en Sí mismo la parte con el todo, efec­tuando una unificación entre la voluntad de Dios, sintética y com­prensiva, y la voluntad individual, personal y limitada. En un comentario sobre El Bhagavad Gita, ese supremo argumento de la vida del todo, sublimada y fusionada en la divinidad, Charles Jonhston 10 dice:

“Pareciera que la verdad fuera, en cierta etapa de la vida espiritual, el vehemente discípulo que ha tratado de poner en todas las cosas su alma en armonía con la gran Alma, que ha procurado asemejar su voluntad a la Voluntad divina, pasando una notable experiencia espiritual en que la gran Alma lo atrae hacia arriba, y la Voluntad divina eleva su conciencia hasta la unicidad con la Conciencia divina. Durante un  tiempo ya no percibe ni siente como persona, sino como Superalma, teniendo una profunda visión de los caminos divinos de la vida y sintiendo con el Poder infinito, que actúa por igual en la vida y en la muerte, en el dolor y en el placer, en la unión y en la separación, en la creación, en la destrucción y en la reconstrucción. El temor y el misterio que circunda a esta gran develación ponen su sello en todos los que han pa­sado por ella.”

 

Este conocimiento está fuera del alcance del hombre común y más lejos aún del no evolucionado. Otto Karrer11 alude a este hecho del modo siguiente:

“...el primitivo es el hombre colectivo. Piensa y siente como la tradi­ción se lo sugiere. No puede hacer otra cosa. La individualidad y la dife­renciación personal, están todavía adormecidas. Sólo empieza a des­pertar cuando se atreve a comprobar, con su razonamiento individual, la verdad de lo que se le ha dicho. Entonces, por primera vez, empieza a perder gradualmente ese sentimiento de comunidad que hizo del hombre una unidad con su medio social, su clan, su tribu.“

 

Lo divino es el Todo, conformado y animado por la vida y la voluntad de Dios, y Cristo, en total autorrendición y con todo el poder de Su naturaleza purificada y Su divina comprensión y sabiduría, fusionó en Sí mismo la conciencia colectiva, la reali­zación humana y el Todo divino. Algún día todo esto deberá ser comprendido con más claridad. Es algo que todavía no podemos captar, a menos que la Transfiguración sea para nosotros una rea­lidad y no un objetivo. Algún día una Voz nos hablará para “mostrarnos el mundo eterno del espíritu... donde la personalidad no se pierde ni debilita, sino se acrecienta al adosarse a la vida divina”.12

 

Es interesante recordar otra unificación realizada por Cristo. Unificó en Sí el pasado y el futuro, en lo que concierne a la huma­nidad. Esto está significativamente ejemplificado en la aparición de Moisés y Elías, en la Montaña de la Transfiguración, junto al Cristo, los cuales representaban respectivamente a la Ley y a los Profetas. Un personaje simboliza el pasado del hombre, resumien­do la Ley de Moisés, que establece los límites más allá de los cuales el hombre no puede ir, definiendo los mandamientos que el hombre debe imponer a su naturaleza inferior (naturaleza de deseos) y recalcando las restricciones que toda la raza debe imponer a sus actos. Un estudio cuidadoso revelará que dichas leyes conciernen al gobierno y control de la naturaleza de deseos del cuerpo sen­sorio y emocional, al cual nos referimos. El nombre de “Moisés” significa en forma curiosa “extraído del agua”, de acuerdo a la Cruden’s Concordance. Vimos que el agua es el símbolo de la emo­cional y fluídica naturaleza de deseos, donde el hombre mora habi­tualmente. Por eso aparece Moisés junto al Cristo, representando el pasado emocional del hombre, y la técnica de su control debe ser reemplazada posteriormente cuando el mensaje de la vida de Cristo se comprenda debidamente, penetrando cada vez con mayor plenitud en la conciencia del hombre. Cristo señaló sintéticamente el nuevo mandamiento “Amaos los unos a los otros”. Este manda­miento hace innecesarios la Ley y los Profetas, relegando los Diez Mandamientos a un plano secundario en la vida y haciéndolos su­perfluos, pues el amor que irá del hombre a Dios y del hombre al hombre, producirá automática y positivamente la correcta acción que hará imposible el quebrantamiento de los mandamien­tos. El “no deberás”, de Dios, dado en el Monte Sinaí para ser di­fundido por Moisés, con su énfasis negativo y su interpretación positiva, cederá su lugar a la radiación de amor y a la compren­sión de la buena voluntad, y a la luz que Cristo irradió en el monte de la Transfiguración. El pasado se Unió en Él y fue reem­plazado por un presente viviente.

 

Elías, cuyo nombre significa “la fortaleza del Señor”, estuvo junto a Jesucristo representando las escuelas de los Profetas, que desde siglos venían prediciendo la venida de Aquel que represen­taría la perfecta justicia y que Su propia Persona encarnaría, como hoy lo hace, la realización y la meta futuras de la raza hu­mana. Posiblemente el futuro contenga estados de conciencia y normas de realización que están tan lejos de las de Cristo, como Su expresión está más allá de la nuestra. La naturaleza del Padre no se conoce todavía; únicamente algunos de sus aspectos, como el amor y la sabiduría de Dios, fueron revelados por Cristo. Para nosotros hoy y para nuestra meta inmediata, Cristo representa el Eterno Profeta de quien Elías y todos los demás profetas, dieron testimonio. Cuando Cristo permaneció en la cima de la montaña se unieron en Él, el pasado y el futuro de la humanidad.

 

Evidentemente Cristo unió en Sí ciertas separaciones básicas humanas, y a las mencionadas anteriormente podemos agregar otra ya considerada, la fusión en Sí Mismo de dos grandes reinos de la naturaleza, el humano y el divino, haciendo posible la manifesta­ción de un nuevo reino en la tierra: el reino de Dios, el quinto reino de la naturaleza.

 

Cuando se considera la Transfiguración debe comprenderse que no sólo fue una gran iniciación en la que Dios se reveló al hombre en toda Su gloria, sino que tenía una relación definida con el medio revelador, la naturaleza material física que designamos  como el “aspecto Madre”. Vimos, al estudiar la iniciación del Naci­miento, que la Virgen María (aún cuando reconozcamos, como lo hacemos, la existencia histórica de Cristo) es el símbolo de la naturaleza forma, la naturaleza material de Dios; Ella tipifica lo que preserva la vida de Dios, y aunque latente, posee infinitas potencialidades. Cristo reveló la naturaleza del amor del Padre, revelando por medio de Su persona el propósito y objetivo de la vida-forma del hombre.

 

 En esta experiencia de la montaña vemos la glorificación de la materia cuando revela y expresa el divino Cristo que mora in­ternamente. La materia, la Virgen María, revela a Dios. La for­ma, resultado de activos procesos materiales, debe expresar la di­vinidad, y esta revelación es el don que Dios nos da en la Transfiguración. Cristo fue “el Dios de Dios mismo”, y también “carne de nuestra carne”, y en la interacción y fusión de ambos, Dios quedó revelado en toda Su gloria radiante y magnética.

 

“María Virgen acepta la anunciación del Ángel y comprende el mis­terio de la Maternidad del Hombre regenerado. No actúa por sí misma, sino que los actos de su Hijo son también los de ella. Participa en Su nacimiento, en Su manifestación, en Su pasión, en Su resurrección, en Su ascensión, en Su don de pentecostés, siendo Él mismo el don que ella entrega al mundo. Pero siempre es Él quien actúa; ella es la que pide, capta, obedece, responde. Por ella, Cristo afluye en la mente y en el hombre externo, en la vida y en la conducta. Como dice San Agustín, todas las gracias nos llegan por las manos de María”. 13

 

Cuando nosotros, como seres humanos, captemos el propósito divino, y lleguemos a considerar a nuestro cuerpo físico como el medio por el cual el Cristo divino interno puede revelarse, logra­remos una nueva visión de la vida física y un renovado incentivo para el adecuado cuidado y tratamiento del cuerpo físico. Apre­ciaremos estos cuerpos por los cuales actuamos temporalmente, como custodios de la divina revelación. Cada uno de nosotros los considerará como la Virgen María consideraba el suyo, el deposi­tario del Cristo oculto, y esperaremos esperanzados el memorable día en que también nosotros permaneceremos en el Monte de la Transfiguración, revelando la gloria del Señor por medio de nues­tros cuerpos. Robert Browning 14 presintió esto y expresó su pen­samiento a través de las bien conocidas frases:

 

“La Verdad mora en nosotros; no surge

de lo externo, aunque así lo creamos.

Existe un recóndito centro, en todos nosotros,

donde mora la verdad en su plenitud; rodeándola

de muros, la densa carne encierra a la verdad.

             . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .Y saber,

es más bien abrir un camino

por donde el esplendor prisionero puede evadirse,

en vez de permitir la entrada a una luz

que se supone llega desde afuera.”

 

Así, Cristo se reveló para la humanidad como la expresión de Dios. No hay otra meta para nosotros. Sin embargo, recordemos una vez más, con humildad y reverencia, que las estupendas pala­bras pronunciadas por Krishna,15 resultan también valederas en lo que concierne a la transfiguración del mundo entero:

 

“Mi forma divina tampoco tiene fin, oh conquistador del enemigo, esto lo he dicho para instruirte, como enumeración de Mis múltiples formas. A cualquier ser glorioso, virtuoso o poderoso, lo reconocerás como una chispa emanada de mi fuego. Pero, ¿para qué necesitas esta múltiple sabiduría, oh Arjuna? Con una partícula de mi ser, compenetro el mundo entero”.     

 

Por el impacto del impulso evolutivo, Dios avanza hacia un pleno reconocimiento. “Purificación” es la palabra que se emplea generalmente para designar el proceso por el cual se prepara el medio de la expresión divina. La experiencia de Galilea y el es­fuerzo diario para vivir y enfrentar las eventualidades de la exis­tencia humana (que parecen ser más drásticas y disciplinarias a medida que la gran rueda de la vida gira y, al hacerlo, lleva a la humanidad hacia adelante) conducen al hombre a la etapa donde tal purificación no es simplemente el resultado de la vida misma, sino algo impuesto definitivamente por el hombre a su propia naturaleza. Cuando este proceso se ha autoiniciado se acelera gradualmente la rapidez con que se lleva a cabo el trabajo. Esto pro­duce la transformación del hombre externo, de enorme significa­ción. La oruga se transforma en mariposa. En lo más íntimo del hombre se encuentra esta desconocida belleza oculta, luchando por liberarse, Lord Haldane,16 lo indica en los siguientes términos:

 

“...A mi modo de ver, cada hombre es esencialmente un espíritu que controla un organismo, que a su vez, es un complejo de vidas más pe­queñas e inferiores. El control del espíritu no es uniforme en todo el organismo ni en todas las faces de la vida orgánica. En el despertar de la vida controlan principalmente los centros del pensamiento y senti­miento normales, ejerciendo escaso control sobre centros más profundos, educados en una rutina que basta para las necesidades comunes. Pero en los estados subconscientes, de trance y otros similares, los procesos norma­les de la conciencia se inhiben y los centros orgánicos inferiores quedan más directamente controlados por el espíritu. A medida que nos aden­tramos en la parte más profunda del ser, nos acercamos más a la fuente de la vitalidad humana. Penetramos así en una región de mayor y  esencial respuesta al llamado espiritual, donde se ofrece el extracto super­ficial, conformado y endurecido por las necesidades externas, para adaptarse definidamente al medio terrenal. Aún así, el teguuumento externo de la oruga se endurece para adecuarse a los requerimientos de la larva, mientras que en lo más profundo del animal, se llevan a cabo procesos invisibles de rápido cambio, que obedecen a un impulso que no proviene de la vida larval”.

 

La vida del Cristo interno produce la transformación del cuer­po físico, pero aún en forma más profunda esa vida actúa sobre la naturaleza emocional sensoria y mediante el proceso de transmutación, convierte los deseos y sentimientos, los dolores y los placeres, en sus analogías superiores. Se ha definido la transmutación como “el paso de un estado de ser a otro, por medio del Fuego”.17 Es conveniente, a este respecto, recordar que el triple hombre inferior, al que nos hemos referido con frecuencia en estas páginas, es un tenue reflejo de la Deidad Misma. El cuerpo físico está relacionado con el tercer aspecto de la divinidad, el Espíritu Santo, y podemos comprobar esta verdad si estudiamos el concepto cristiano de la Virgen María, influido por el Espíritu Santo, que es el aspecto de la divinidad, el principio activo de la materia, de la cual el cuerpo físico es la analogía. La naturaleza sensoria emocional es un tenue y distorsionado reflejo de la na­turaleza amor de Dios, que el Cristo cósmico, la segunda Per­sona de la Trinidad, está empeñada en revelar, y este aspecto (transmutado por medio del fuego, la voluntad o espíritu de Dios) causa la transformación del cuerpo físico. A su vez la mente es el reflejo del aspecto superior de la deidad: el Padre o Espíritu, del que se ha dicho que “Dios es un fuego consumidor”.18 La ac­tividad liberadora de esta forma del espíritu de Dios, produce con el tiempo esa radiación (resultante de la transformación y la transmutación) característica distintiva de la iniciación de la Transfiguración. “La irradiación es la transmutación en proceso de realización. Siendo la transmutación el proceso de liberar la esencia, a fin de que busque un nuevo centro, podemos reconocer aquí el proceso de la radiactividad... en lo que a la humanidad con­cierne“.19

 

Estos procesos llevados a cabo en la naturaleza de la forma condujeron a la revelación, hecha a los Apóstoles, de la natura­leza esencial del Maestro que amaban y seguían, siendo este el aspecto crístico, la realidad interna radiante, que los místicos de todos los tiempos testimonian, no Sólo en conexión con el Cristo  sino, en grado menor, entre sí. Una vez trascendido el mundo de los sentidos y puestas en actividad las analogías superiores, reve­lando el mundo interno de belleza y verdad, el místico alcanzará el conocimiento del mundo subjetivo, cuyas características son luz, radiación, belleza y maravilla indescriptibles. Todos los es­critos místicos tratan de describir este mundo al que los místicos parecen tener acceso, variando sus formas según la época, raza y etapa de evolución del vidente. Sólo sabemos que lo divino queda revelado, mientras que la forma externa que lo ha velado y ocul­tado se disuelve o transforma, de tal modo que únicamente se per­cibe la realidad interna. El temperamento y las tendencias del místico —sus propias cualidades innatas— tienen también mucho que ver en las descripciones de lo que ve. Sin embargo, todos están de acuerdo en el carácter esencialmente transcendente de la experiencia y convencidos de la naturaleza divina de la persona im­plicada. Lord Conway of Allington 20 dice:

 

“La espiritualidad en todas sus formas —amor, belleza, verdad, jus­ticia, visión— está en estado potencial detrás de todo lo que pertenece al mundo de los sentidos, pero no forma parte de él. El hombre sólo es verdaderamente hombre cuando alcanza el conocimiento de lo divino, ese tesoro oculto que cada uno de nosotros tiene que descubrir por sí mismo... Grande es el misterio de lo divino que se manifiesta en las vidas y actos de los profetas, poetas y videntes”.

 

Grande, ciertamente, fue el poder y el misterio de la divini­dad que Cristo reveló a los ojos azorados de Sus tres amigos, en el Monte de la Transfiguración. En una de las antiguas escrituras de la India, citada por el Dr. Rudolph Otto,21 se intenta expresar o revelar ese Espíritu esencial y divino que se manifiesta en la Transfiguración:

 

“Más sutil que lo bello, sin embargo soy lo sublime,

Yo, el más antiguo, el espíritu, Dios, el Señor.

Soy el áureo resplandor de forma divina.

Sin mano ni pie, pleno de poder inconcebible,

veo sin ojos, oigo sin oídos;

liberado de la forma, lo conozco todo,

pero nadie me conoce., Porque soy el Espíritu, soy el Ser.”

 

El cúmulo de literatura escrita para tratar de pintar la ma­ravilla de la Transfiguración y la visión de Dios, constituye un fenómeno descollante en la vida religiosa y es, a la vez, uno de los testimonios más poderosos de la realidad de las revelaciones. El Dr. L. W. Grensted 22 alude a ello significativamente:

 

 “Los místicos coinciden en declarar que su experiencia está más allá de toda descripción, y luego la describen con singular fluidez y libertad. Sin embargo, están de acuerdo que, después de todo, faltan palabras. A veces recurren a la imaginería y al simbolismo de las emociones y otras se introducen en las abstracciones de una filosofía que carece de términos positivos adecuados para abarcar sus conceptos. Pero en cual­quier caso, no cabe duda acerca de la intensa realidad de la experiencia. En forma análoga, su intensidad y aislamiento se vinculan estrechamen­te con los sentimientos, alejándose mucho de nuestro enfoque común de las realidades de cada día. ‘En este conocimiento’, dice San Juan de la Cruz, ‘ya que no se emplean los sentidos ni la imaginación, no percibimos forma ni impresión, ni podemos justificar o proporcionar algo seme­jante, aunque la misteriosa y dulce sabiduría llega con tanta claridad a lo más recóndito de nuestra alma... Ésta es la particularidad del lenguaje divino. Cuanto más inspirado, íntimo, espiritual y suprasen­sible, tanto más sobrepasa a los sentidos internos y externos, imponiéndoles silencio’.

 

“No obstante, pese al carácter inefable y dominador de estas expe­riencias, parecen abrir al místico una puerta que conduce a nuevas es­feras del conocimiento. ‘Son estados de percepción de verdades profun­das, insondables para el intelecto razonador. Son iluminaciones, revela­ciones, plenas de significado y de importancia, por inarticuladas que sean y, por lo general, llevan consigo un curioso sentido de autoridad para el porvenir’. El místico no puede explicarlo, pero tiene la seguridad de que ha sabido y no simplemente sentido, y a menudo ese conocimiento permanece como una adquisición permanente a la que ninguna crítica puede llegar.“

 

La misma simplicidad de la historia que se relata en el Evan­gelio, le otorga majestad y poder de convicción. Los apóstoles con­templaron una visión y participaron de una experiencia en la que Jesucristo apareció ante ellos como un Hombre perfeccionado, pues era totalmente divino. Ellos habían compartido con Él Su servicio, habían abandonado sus diversas vocaciones para estar con Él, habían ido con Él de un lugar a otro y lo habían ayudado en Su labor; ahora como recompensa a la fidelidad y reconoci­mientos demostrados, se les permitía contemplar la Transfiguración. Dice San Agustín:23 “Cuando la mente se ha empapado de la fe que obra por amor, puede alcanzar también la visión de incomparable belleza, conocida por los corazones santos y elevados, visión que entraña una felicidad mayor.”

 

 

 

2

 

 

“Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan, su hermano, y Les llevó aparte a un monte alto, y se transfiguró delante de  ellos, y resplandeció Su rostro como el sol y Sus vestidos se hicieron blancos como la luz.”

 

“He aquí que aparecieron Moisés y Elías hablando con Él. Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es que estemos aquí; si quieres hare­mos aquí tres tabernáculos, uno para ti, otro para Moisés y aún otro para Elías.

 

“Mientras él aún hablaba, una nube le cubrió, y he aquí una voz des­de la nube que decía: Éste es mi hijo amado, en quien tengo compla­cencia, a él oíd. Al oír esto, los discípulos se postraron sobre sus rostros y tuvieron gran temor. Entonces, Jesús se acercó y los tocó, y dijo: Levantaos, y no temáis. Y alzando ellos sus ojos, a nadie vieron sino sólo a Jesús.”24

 

La consideración de las diversas unificaciones que Cristo ha­bía realizado en Sí Mismo, nos ha preparado para el estupendo fenómeno de la revelación que obligó a los tres discípulos a pos­trarse sobre sus rostros. Tres reyes o magos, asistieron arrodi­llados a la iniciación del nacimiento. En esta crisis tenemos tres discípulos postrados, imposibilitados de contemplar la gloria que se les revelaba. Creían conocer a su Maestro, pero la Presencia familiar se había transformado y se encontraban ante La Pre­sencia. El sentido de temor, de asombro y de humildad, siempre ha sido la reacción  característica de los místicos de todos los tiempos, ante la revelación de la luz. Este episodio es el primero en el que entramos en contacto con la radiación y la luz que ema­naban del Salvador, y Le permitió decir con toda veracidad: “Yo soy la luz del mundo”. El contacto con Dios siempre causará el surgimiento de una luz. Cuando Moisés bajó del Monte Sinaí, su rostro resplandecía de tal modo que los hombres no podían mi­rarlo, y la historia dice que Moisés tuvo que ponerse un velo para ocultar ese resplandor. Pero la luz que estaba en Cristo irradiaba plenamente de toda Su Persona. Creo que a medida que el pro­ceso evolutivo avanza, llegaremos a una comprensión más pro­funda de la significación de la luz, en relación con la humanidad. Hablamos de la luz del conocimiento, y hacia esa luz y su promo­ción se encaminan todos nuestros procesos e instituciones edu­cativas. Deseamos ardientemente la luz del conocimiento que se expresa en la sabiduría y caracteriza al sabio y al erudito en la tierra; esta luz los destaca de la persona de inteligencia común, haciendo que sus palabras pesen y den valor a su consejo. Se nos ha hecho creer que existen en el mundo iluminados que trabajan silenciosa y serenamente detrás de la escena de los asuntos mun­diales, arrojando luz en los lugares oscuros del mundo, cuando se necesita para elucidar problemas, y traer a la luz, oportunamente, lo que debe ser eliminado y lo que se precisa. También hemos aprendido a reconocer a los Portadores de Luz de todas las épocas y tenemos la certeza de que en Cristo se ha enfocado la luz de todas las edades y está centrada la luz de Dios. Sus dis­cípulos entraron por primera vez en el radio de esta luz de la cima de la montaña, después de seis días de trabajo, según dice el Evangelio, y no pudieron soportar tanto resplandor. Sin em­bargo, sintieron que “era bueno estar allí“. No obstante, al con­siderar la luz que estaba en Cristo y el rapto de los Apóstoles al serles revelada esta luz, no olvidemos el hecho de que Cristo mismo ha dicho que en nosotros también hay una luz y que ella también debe brillar para la ayuda del mundo y la glorificación de nuestro Padre que está en los Cielos.25 Es la luz que atesti­guan los místicos y en esta luz penetran y a su vez la luz pe­netra en ellos, revelándose la que estaba latente y que ahora sur­ge con toda fuerza. “En Tu luz veremos la luz”. Ésta es la carac­terística descollante del místico científico. Dios es luz, así como también vida, comprobado por el místico y eternamente testi­moniado por él.

 

“La experiencia mística que todas las religiones evidencian, es simplemente la manifestación psicológica de este hecho. El místico tiene con­ciencia de su contacto con la divinidad; quizá no lo sabe por compren­sión conceptual, sino por una sensación vital inmediata. Quienes han estudiado científicamente esta religión, desde Tröltsch, Otto, Albert Schweitzer, Evelyn Underhill, Heiler y Buber, hasta los católicos Mars­chal, Von Hugel, Brémond, Ochl y Wunderle, todos están de acuerdo en considerar esta experiencia como ‘el fenómeno primordial de todas las formas de la religión’. La experiencia mística, se dice, es la convicción de la presencia y actuación de poderes superhumanos, más la posibilidad de una unión interna con ellos, siendo por lo tanto una ‘experiencia de Dios’, una ‘conciencia de Dios’, un ‘contacto con Dios’. 'Toda religión profunda’, dice Schweitzer, 'es misticismo y trata de liberar al hombre de estar en el mundo’ por ‘estar en Dios’. Pero ¿cuál es el aspecto psicológico de esta revelación? Cuando el misterio invade al espíritu, el sujeto queda ‘asombrado’. Los primitivos ‘tiemblan’ al oír el bramido del toro. El ini­ciado en los misterios griegos ‘entraba en el templo pleno de reverente temor’. Moisés tuvo que quitarse el calzado porque ‘era suelo sagrado’. Una experiencia similar, dentro de la esfera de la revelación cristiana, hace que San Pablo hable de ‘temor y temblores’ ante la presencia de Dios, con lo que se refiere al ‘estupor’ primordial, asombro tembloroso ante la presencia de lo infinitamente grande, aunque Él sea, sin embargo, tan bondadoso y tan magnánimo. La percepción de lo Divino es a la vez la captación de lo divino y ser captado por lo Divino. (Hauer)26

 

Esta conciencia de la existencia de la divinidad se establece en nuestra conciencia ante todo por el reconocimiento del  prodigio latente en todo ser humano. El hombre que no ve nada bueno en sus semejantes, es quien desconoce su propia bondad; el hom­bre que sólo ve el mal en quienes le rodean, es quien  ve a través del lente distorsionador de su propia naturaleza retorcida. Pero los que despiertan al mundo de la realidad, constantemente tienen conciencia de la divinidad en el hombre, por sus actos al­truistas, su amabilidad, su espíritu investigador, su fortaleza en las dificultades y su bondad esencial y básica. Esta conciencia se profundiza a medida que el aspirante estudia la historia de la raza y la herencia religiosa de las edades y, por sobre todo, cuando enfrenta la bondad y el prodigio transcendental que Cristo reveló. De este conocimiento pasa al descubrimiento de lo divino en sí mismo, y empieza esa larga lucha que lo conduce a través de las etapas donde percibe intelectualmente la posibilidad y adquiere la percepción intuitiva de la verdad, llegando a esa ilu­minación que es prerrogativa y don de los perfectos hijos de Dios. El radiante cuerpo de luz interno existe tanto en el individuo como en la raza, invisible y no revelado, pero surge en forma lenta y segura. En la hora actual, un sinnúmero de seres están desarrollando las actividades de los seis días que preceden a la experiencia de la transfiguración. “Lo de suprema importancia para nosotros es ‘la vestidura de luz’ que existe en cada hombre; en el hombre perfeccionado puede brillar de tal modo que mani­fiesta su presencia en y a través de la vestidura de carne; aunque en menor grado, igualmente real, puede brillar en todo rostro hu­mano en los momentos de grande y santificado gozo, inspiración, divina comunión, así como brillan los ojos del santo, arrobado en celestial contemplación, o en los de la madre que sostiene en sus brazos su recién nacido”.27

 

Es importante estudiar aquí brevemente el lugar que les cabe a los discípulos en el relato de esta experiencia. En toda la his­toria bíblica, encontramos siempre esta triplicidad, Moisés, Aarón y Josué; Job y sus tres amigos; Shadrach, Meschach y Abesnego, los amigos de Daniel; los tres reyes de la cuna de Belén; los tres discípulos de la Transfiguración; las tres cruces del Calvario. ¿Qué significa esta constante repetición del tres? ¿ Qué simbolizan? Fue­ra de su posible aparición histórica, ¿hay detrás de ellos algún símbolo peculiar que pueda, cuando se comprenda, aclarar las circunstancias en que desempeñaron su parte? El estudio de sus nombres y su interpretación, según aparece en la conocida Cru­den’s Concordance, pueden suministrarnos una clave. Tomemos,  por ejemplo, el significado de los nombres de los amigos de Job, que fueron Eliphaz el Temanita, Bildad el Suhita y Sophar el Naa­mathita. El primer nombre significa “mi Dios es el oro” y tam­bién “el sector Sur”, el polo opuesto al norte. El oro es el sím­bolo del bienestar material y el polo opuesto del espíritu es la materia. Por lo tanto, en este nombre está simbolizada la forma externa tangible del hombre, activada por el deseo de posesiones materiales y comodidades. Sophar el Naamathita, significa “el que habla”, y su lema es afabilidad, interpretación dada a la pa­labra “Naamathita”. Tenemos aquí tipificado el cuerpo de deseos, con su ansia de agrado, felicidad y placer, e indicado, el llamado constante y eterno y la voz de la naturaleza de los sentidos, que todos podemos testimoniar. Bildad el Suhita, representa la natu­raleza mental, la mente, y significa “contrición”, sólo posible cuando la mente empieza a estar activa (incluyendo la concien­cia). Suhita quiere decir “postración o desamparo”, lo cual sig­nifica que la mente sola y sin ayuda, puede revelar pero no ayu­dar. El remordimiento y el dolor, que involucra la memoria, son el resultado de la actividad mental. De este modo, los tres amigos de Job, revelan los tres aspectos de su naturaleza inferior. Lo mismo ocurre cuando estudiamos los nombres de los tres amigos de Daniel. Abednego significa “servidor del sol”, servidor de la luz, y resume el propósito y el deber del hombre físico externo. El nombre Sadrach tiene una significación definidamente emo­cional y sensoria, porque quiere decir “me regocijo en el camino”, y dondequiera que encontremos referencia a las dualidades bási­cas del placer y el dolor, consideraremos la naturaleza emocional sensoria. Mesach significa “ágil”, ligero de movimientos, que es en sí una buena descripción de la naturaleza mental. Arjuna,28 indica en sus palabras a Krishna: “De esta unión por medio de la unicidad que Tú enseñas... no percibo su sólido fundamento, debido a las oscilaciones de la mente; porque la mente oscila, oh Krishna, es turbulenta, impetuosa y violenta, y creo tan difícil de dominar como el viento”.

 

Por lo tanto en los tres amigos, y en las diversas triplicidades que encontramos en La Biblia, descubrimos un simbolismo vitalmente iluminador. Los tres aspectos por los cuales el alma debe expresarse y brillar, están así representados. Lo mismo sucede respecto a los tres amigos de Jesucristo. Aquí no puedo ocuparme de sus amistades. Son muy reales, muy profundas y universales en su inclusividad. No pertenecen al tiempo, son eternas y se las encuentra en todas las razas (cristianas o no), en cualquier clima y en ambos hemisferios. Recuérdese que únicamente los amigos de Cristo tienen derecho a ser dogmáticos en lo que a Él respecta y pueden hablar con conocimiento, sobre Él y Sus ideas, porque su conocimiento es el del amor y de la comprensión, Beverley Nichola 29 lo señala acertadamente al decir:

 

“... Ningún hombre, por talentoso que sea, puede estar tan embebido del espíritu de Cristo (lo que constituye un fenómeno espiritual y no mental), que le otorgue autoridad para dogmatizar acerca de Él. Esto podrá parecer intolerable al libre pensador común, pero en realidad es verdad. El hombre que no haya experimentado realmente la presencia interna de Cristo, ni reclamado Su promesa, “estaré siempre contigo”, que no comprenda con absoluta seguridad que es infinitamente más real que cualquier placer o dolor terrenal, no puede saber lo que Cristo signi­ficó verdaderamente.“

 

Encontramos también esta triplicidad básica en las personas de Pedro, Santiago y Juan, y en sus nombres el mismo simbo­lismo esencial que nos da la clave del significado de esta mara­villosa historia. Pedro, como bien sabemos, significa “roca”. He aquí el cimiento, el aspecto más concreto, la forma física externa, que en la Transfiguración se transforma, por la gloria de Dios, de modo tal, que la imagen externa desaparece y el propio Dios sur­ge en todo su esplendor. Santiago se dice, significa “ilusión”, dis­torsión. He aquí una referencia del cuerpo emocional sensorio, con su poder de tergiversar las cosas, engañar, desviar y sedu­cir. Donde entra la emoción y donde el foco de la atención se centra en la reacción sensoria y sensual, rápidamente aparece lo que no es verdadero, y el hombre está sujeto a la ilusión. Este cuerpo de ilusión se transmuta eventualmente y se cambia y esta­biliza de tal forma que proporciona el medio para la revelación de la deidad. Juan significa “el Señor ha hablado” y aquí está tipificada la naturaleza mental, porque únicamente cuando el as­pecto mental empieza a manifestarse, aparece el lenguaje y ese animal pensante y parlante llamado “hombre”. Así, en la ade­cuada simbología de las Escrituras, los tres amigos de Cristo re­presentan los tres aspectos de Su naturaleza humana y en esta personalidad integrada, enfocada y consagrada, la transfiguración hizo impacto y produjo la revelación. Tenemos nuevamente la dualidad esencial de la humanidad revelada por Cristo, y Su triple personalidad y Su divinidad esencial están representadas de tal manera, que la lección (y la posibilidad) no puede ser evadida. Los Apóstoles reconocieron a Dios en la persona de su Maestro, basando su actitud en el hecho de esta divinidad, como lo hacen los místicos de todos los tiempos.

 

 “En realidad, el único pronunciamiento que en forma completamente general dieron los místicos, es su afirmación de que han estado en con­tacto con lo divino. Han tenido una nueva certeza y convicción acerca de las verdades que habían recibido, tal vez inconscientemente en su adiestramiento y medio ambiente, y a veces estas verdades se establecen con distinto énfasis y secuencia, como resultado de las reflexiones del místico sobre su experiencia. Pero la esencia del éxtasis no se encuentra en esas verdades, sino, como lo proclaman todos los místicos, en la certeza inmediata y en el conocimiento de la presencia de Dios. Por lo menos en esto están de acuerdo los protestantes y los católicos, los cristianos y los hinduistas. La Presencia, de la cual todos ellos son tan profundamente conscientes, puede ser el Dios del cristianismo o Jesús, la Bendita Vir­gen, Brahma o Krishna, o un vago sentido de misterio y significación indefinida. Los términos cambian, pero la experiencia es la misma. Lo verdaderamente nuevo es su fuerza y convicción, y el recuerdo de haber vivido por lo menos un momento de entrega, que no admita duda en lo que respecta a su autenticidad y autoridad”.30

 

Ellos sabían “...a Quién habían creído”.31 Vieron la luz que brillaba en la Persona de Jesucristo, y para ellos era algo más que la Persona que hasta entonces habían conocido. Mediante esta ex­periencia Dios fue una realidad para ellos. “Dios no es una infe­rencia de la experiencia, sino algo que se conoce de inmediato. Lo absoluto no se insinúa, sino que brilla a través de lo relativo. El hombre es por lo tanto una nueva revelación de la presencia de lo divino en el universo“.32 En la síntesis del pasado, el pre­sente y el futuro, Cristo y los que fueron inmediatamente Sus amigos, enfrentaron a Dios, y tan potente fue esta combinación, que evocó una respuesta inmediata de Dios Mismo. Cuando el sentimiento y el pensamiento se unen en un momento de realización, se produce una precipitación simultánea de energía y la vida desde ese momento y para siempre, es distinta. Lo que hasta en­tonces se ha creído se conoce como realidad, y la creencia ya no es necesaria.

 

“La religión necesariamente implica convicciones intelectuales, afir­mación de ideas. No puede prescindir de lo intelectual, aunque tampoco puede ser una mera estructura de conceptos racionales. Su principal interés no es explicar el universo, sino la autoconservación espiritual, el refugio en Dios, la salvación del alma. Esto está más allá del conoci­miento que, en el mejor de los casos, no es más que ‘un agregado de cosas...' En la cumbre de la sabiduría, los pensadores iluminados en­frentan a los embajadores de la revelación religiosa, y los filósofos a los profetas, los sacerdotes y los maestros de la moral. El idealismo inte­lectual se une con la moral. Y este hecho significativo, fundado en la verdadera naturaleza del hombre y probado por la historia de la religión, es una nueva refutación a la teoría extrema de la corrupción humana.”33

 

 

 

3

 

 

La escena de la Transfiguración fue el punto de reunión de factores muy significativos, y desde ese momento la vida de la humanidad cambió radicalmente. Fue un momento tan potente en la historia de la raza, como la Crucifixión, y quizá más po­deroso aún que ese trágico y grandioso acontecimiento. Pocas ve­ces se producen tales momentos. Generalmente vemos sólo débi­les vislumbres de posibilidades, raros destellos de iluminación y fugaces segundos durante los cuales aparece una síntesis que nos deja con un sentido de aptitud, integración, propósito y de sub­yacente realidad. Pero tales momentos son muy raros, por cierto. Sabemos que Dios es. Sabemos que la realidad existe. Pero la vida, con su énfasis puesto en los fenómenos, y sus tensiones y compulsiones, nos mantiene tan preocupados que no tenemos tiempo, después de seis días de trabajo, de ascender a la mon­taña de la visión. Cierto es que “en el fondo, la noción de Dios se percibe en toda su integridad. Pero solamente una porción está iluminada y el todo es visible únicamente bajo esta ilumi­nación parcial”.34 Cierta familiaridad con la naturaleza de Dios debe preceder a esa revelación de Sí Mismo, que a veces nos pue­de otorgar y nos otorga. Los tres amigos de Cristo habían alcan­zado una medida de intimidad con Él, lo que justificó ser elegidos como compañeros en la escena de Su experiencia, donde desempeñó, en bien de la humanidad, un acontecimiento simbólico a la par que una experiencia definida, habiéndose hecho los corres­pondientes preparativos con participantes definidamente elegidos e instruidos, de modo que el simbolismo encarnado en ellos pu­diera evidenciarse y dirigir correctamente sus reacciones intui­tivas. Fue necesario que Cristo tuviera a alguien en quien con­fiar, que reconociera la divinidad cuando apareciera, y cuya per­cepción intuitiva y espiritual fuera tal que el significado interno pudiera eternamente evidenciarse a quienes más tarde seguirían Sus pasos. Frecuentemente se olvida lo que Cristo significaba para Sus discípulos.

 

“Él todavía lo significa para nosotros. Los discípulos tuvieron la experiencia de nacer nuevamente a la rectitud. También nosotros podemos lograrlo. Ellos vieron la naturaleza divina en el rostro de Jesucristo, también nosotros lo vemos... Nada más queda por decir, tampoco existen dificultades en este nivel de la realidad y de la experiencia. El yo subli­mado del cristiano se desarrolla hasta asemejarse al yo sublimado de Jesús; es compenetrado e influido por éste.” 35

 

Inevitablemente, “seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como es”.36

 

Pero para obtener esta semejanza el discípulo consagrado y de­dicado, son necesarias dos cosas: Debe ser capaz de ver con clari­dad, mientras permanece en la iluminación que irradia Cristo, y su intuición estar activa, a fin de poder interpretar correcta­mente lo que ve. Ama a su Maestro y sirve con toda la lealtad de que es capaz, pero es necesario algo más que devoción y ser­vicio. Debe ser capaz de enfrentar la iluminación y al mismo tiempo poseer esa percepción espiritual que, yendo más allá del punto a que puede llevarle el intelecto, le permita ver y palpar la realidad. Es amor e intelecto combinados, más el poder de saber, inherente al alma, que reconoce intuitivamente lo que es sagrado, universal y real, aunque específico y verdadero en todas las épo­cas y para todas las personas. El Dr. L. W. Grensted,37 al refe­rirse a esta cualidad de “santidad luminosa”, citando el libro del. Dr. Otto, The Holi, dice:

 

“Esto es algo infinitamente superior y, sin embargo, mucho más sen­cillo que la experiencia de unión del místico, donde se pierde todo sentido del yo... Es una vida consagrada totalmente al impulso creador que desciende sobre ella, y al consagrarse, despliega ese impulso creador en una intimidad totalmente libre y personal. Revela la realidad en tér­minos que, para la experiencia humana común, no pueden tener otro nombre que amor, y la fórmula ‘Dios es Amor’ en que se expresa, es el credo cristiano más breve y adecuado, a la vez que el postulado más profundo de cualquier metafísica positiva... La plenitud de la intimidad de Cristo con el Padre, no es algo aparte ni otra cosa que Su Amor por el hombre. Su vida fue un completo intercambio y amistad humana, que culminó en el perdón, y por las relaciones personales establecidas fue posible para otros Su propio concepto de Dios”.

 

Cristo reveló la cualidad de la naturaleza divina por inter­medio de la materia y de la forma, y “se transfiguró ante ellos”.

 

“La palabra griega que se emplea aquí, significa ‘metamorfosis’, tér­mino empleado por San Pablo para describir la transmutación del cuerpo mortal en el cuerpo de resurrección. Porque en el día de la realización, cuando el discípulo perfecto haya alcanzado el grado de Maestro, el ‘Manto de la Gloria’ brillará con tal esplendor a través de la vestimenta de la carne, que quienes Lo perciban, sus ojos y oídos se  sintoni­zarán con esa vibración tan sutil y delicada, que les permitirá ver a su Maestro en toda Su divina humanidad.” 38

 

Resulta interesante observar que a pesar de su reconocimiento de la significación del evento en el cual participaban, los tres Apóstoles, hablando por boca de Pedro, no pudieron expresar más que su temor y perplejidad, su aceptación y creencia. No pudieron explicar o comprender lo que habían visto, ni existe registro al­guno de que lo hicieran. El significado de la Transfiguración es algo que debe forjarse en la vida antes de poder definirla o ex­plicarla. Cuando la humanidad en conjunto aprenda a transformar la carne por medio de la experiencia divina, a transmutar la na­turaleza sensoria por medio de la expresión divina y a transferir la conciencia del mundo de la vida material al mundo de las rea­lidades trascendentales, los verdaderos valores subjetivos de es­ta iniciación se revelarán a las mentes de los hombres. Entonces lo que se ha intuido será expresado más profundamente. El Dr. W. H. Sheldon 39 dice con toda verdad que “las mentes intuitivas llevan, en sí el mejor pensamiento y sentimiento humano, durante generaciones, probablemente a través de siglos, antes de llegar a articularse”. No tenemos todavía un concepto claro de esta ex­periencia. Percibimos en forma tenue y distante su maravilla y finalidad. No hemos pasado aún, como raza, por el nuevo naci­miento; sólo unos pocos han tenido la experiencia del Jordán. El alma evolucionada y poco común, asciende al Monte de la Transfiguración y allí ve y enfrenta a Dios en la Persona glorificada de Jesucristo. Hemos visto este episodio con los ojos de otros. Pedro, Santiago y Juan, lo relataron por medio del Apóstol Mateo. Permanecemos como espectadores, pero algún día compartiremos la experiencia. Y esto lo hemos olvidado, haciendo nuestros los términos del cuarto gran acontecimiento de la vida de Cristo, tratando muchos de desentrañar y compartir el significado de la Crucifixión. Hemos visto la Transfiguración, pero no hemos in­tentado transfigurarnos activamente. Algún día sucederá, y úni­camente después de la Transfiguración podremos atrevernos a ascender al Monte Gólgota. Sólo cuando hayamos logrado la ex­presión de la divinidad en la naturaleza personal inferior y a través de ella, habremos alcanzado lo que es de valor, y de acuer­do al Plan divino tendremos que ser crucificados. Esta verdad la hemos olvidado; sin embargo, es parte del proceso evolutivo por el cual Dios se revela a través de la humanidad. Aunque las  palabras que siguen no se aplican a este acontecimiento de la vida de Cristo, contienen tanta belleza y verdad que las incluyo:

 

“Una de las principales características de la belleza que debe ponerse de manifiesto, es la de Ulises, con la gracia que le dieran las diosas por sus hazañas, y la de Afrodita, surgiendo de las olas. Si consultamos la filo­sofía, tendremos la confirmación de esto, pues parecería que la natu­raleza, después de muchos dolores, llega a la existencia en un eterno momento conocido por ella, y mientras los capullos se abren y la juventud alcanza su eflorescencia, la belleza desciende sobre ellos. Lo latente es extraído por una ley secreta o por la autoexpresión, y voluntariamente o no, esta expresión es una proclamación pública, un instrumento para llamar la atención de todos hacia lo mejor de la naturaleza.”40

 

El fenómeno grandioso y natural que la humanidad (por autoexpresión y también por ley) revelará algún día en sí misma, in­cluye la belleza que irradiaba de Cristo cuando Se transfiguró de­lante de Sus tres amigos, siendo reconocido por Dios Su Padre y recibió el testimonio de Moisés y Elías, la Ley y los Profetas, el pasado y lo que atestigua el futuro.

 

No puedo menos que cerrar estas notas sobre el significado de la Transfiguración, citando al Canónigo H. B. Streeter,41 donde se refiere al tema de Cristo cuando revela a Dios:

 

“Se infiere legítimamente que la cualidad es comprendida como tal por la Conciencia Suprema, siendo por lo tanto real. Nuestros valores, entonces, por tenue e imperfectamente que los captemos, no son una ilusión.

 

“Es, por lo tanto, razonable conjeturar que algo de la cualidad íntima de la Realidad, se expresa en la belleza de la naturaleza, en el cielo estrellado de la noche, en la puesta del Sol, en las montañas, en los lirios del campo. Ha sido la tarea apostólica de la sucesión de poetas y pintores, a través de las edades, abrir gradualmente los ojos de la huma­nidad casi ciega, para que aprecie más hondamente esta belleza, que de acuerdo a la hipótesis mencionada, constituye un elemento más de la gloria de Dios.

 

“Pero, dígase lo que se quiera acerca de esta conjetura, se iluminará una cualidad muy distinta de la Realidad, si aceptamos la afirmación ‘Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre’. Ningún teólogo de renombre ha supuesto que esta afirmación implique que todo lo que significa la palabra ‘Dios’ se manifestaba o podía manifestarse en la personalidad del Jesús histórico. Sin embargo, parece increíble que pueda darse la noción de una expresión adecuada a un sólo aspecto del carácter cuali­tativo del Infinito, por medio de una sola personalidad humana. Esta objeción tiene una única respuesta. Es increíble, pero en realidad ocurrió.”

 

Aquí podría desarrollarse un tema. En la analogía oriental de esas cinco crisis de la vida de Jesucristo, este tercer episodio se denomina la iniciación de “la cabaña”, y las palabras de San  Pedro sugieren que deberían construirse tres “cabañas”, una para Cristo, una para Moisés y otra para Elías, vinculando este aconte­cimiento cristiano con su antiguo prototipo. Siempre, en estos hechos, que raras veces ocurren, Dios ha sido glorificado por la luz inefable y refulgente, brillando a través de la vestidura de carne, y esta experiencia del monte no pertenece exclusivamente al cristianismo. Sin embargo, Cristo fue el primero en reunir, en una presentación correlativa, todas las experiencias posibles de la divinidad manifestada, describiéndolas, para nuestra cul­tura e inspiración, en la historia de Su vida y en los cinco episo­dios del Evangelio. Los hombres deben pasar cada vez más profun­damente por la cámara del nacimiento, entrar en la corriente y ascender al monte, acrecentando la obra de Dios para la humani­dad, y el ejemplo de Cristo está dando rápidamente frutos y re­sultados. La divinidad no puede negarse y el hombre es divino. Si no lo fuera, la Paternidad de Dios sería una serie de términos vacíos, y Cristo y Sus Apóstoles estarían equivocados cuando re­conocieron, como lo hicieron constantemente, la realidad de nues­tra filiación. La divinidad del hombre no puede ser explicada. Es o no una realidad, Dios puede o no, ser conocido en la carne por medio de Sus hijos. Todo se apoya en Dios, el Padre, el Creador, Aquel en Quien vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser. Dios es o no inmanente, en todas Sus criaturas. Dios es trascendente y está más allá de toda manifestación, o no existe una realidad bási­ca, propósito ni origen. Probablemente, es exacto el creciente reco­nocimiento en las mentes de los hombres de que Él es inmanente y trascendente a la vez, y podemos apoyarnos en Su Paternidad, sabiéndonos divinos porque Cristo y la Iglesia de todos los tiempos dieron testimonio de ello.

 

“Supongamos ahora que nuestros ojos se hubieran abierto a la realidad de Dios; luego ocurre algo maravilloso que, considerado desde el punto de vista de la experiencia en el espacio en que estamos confinados, aparece como algo absolutamente imposible e inconcebible. La variable oscilación entre las dos posibilidades, termina. Ante todo se nos libera de la presión del interrogante: ¿Por qué? Permanecemos ante el Creador que está pre­sente en todo punto de Su creación como el Alfa y el Omega, como Aquel en Quien, por Quien y para Quien, todas las cosas existen. En El, pero —y esto es lo incomprensible de nuestro descubrimiento—, la pausa, o el des­canso, no va acompañada por la conciencia, la cual de acuerdo a todas las suposiciones extraídas del mundo de la experiencia deben, lógicamente, ir acompañadas de la conciencia, lugar en el que nos hemos detenido, arbitra­riamente elegido, y está más allá de sí mismo. Por el contrario, el interro­gante por qué, descansa en Dios de tal modo que evidencia que la deten­ción es una necesidad inevitable. Por otra parte, la omnipresencia del Creador es probablemente otra expresión de la incansable infinitud del mundo creado: el Creador es algo más que la creatura.” 42

 

 Esta vez la Palabra pronunciada difiere de la anterior. La pri­mera parte del pronunciamiento realizado por el Iniciador, que se mantiene silenciosamente detrás de la escena, mientras Jesús recibe una iniciación tras otra, es prácticamente la misma que la del Bautismo, excepto por un mandato expresado. El Iniciador había dicho: “Éste es mi Hijo amado en el cual tengo complacen­cia”, agregando esta vez: “A Él oíd”. En el primer gran episodio, Dios, el Padre, de Quien el Iniciador es el símbolo, no hizo conocer Su presencia. Los ángeles pronunciaron la palabra que personifi­caba la misión de Cristo. En el Bautismo, Dios acordó el reconoci­miento, pero eso no era todo. En esta iniciación, Dios ordenó a la humanidad que prestara atención a esta crisis particular de la vida de Cristo y que escuchara Sus palabras. El poder y el derecho de hablar se confieren entonces al Cristo y es interesante observar que la mayor parte de la enseñanza (según aparece en el Evan­gelio de San Juan y en muchas de las parábolas) fue dada por Cristo después que pasó por esta experiencia. Nuevamente Dios manifestó que reconocía el Mesianismo de Cristo, palabra por la cual el hombre interpreta tal reconocimiento. En el Bautismo, Dios reconoció a Cristo como Su Hijo, enviado al mundo desde el seno del Padre, para llevar a cabo la voluntad de Dios. Lo que Cristo había reconocido en el Templo, cuando era niño, fue más tarde respaldado por Dios. Este reconocimiento se repite y el apoyo es fortalecido por el mandato al mundo de escuchar las pala­bras del Salvador, o quizá desde el punto de vista esotérico y espi­ritual, escuchar la Palabra que era Dios hecho Carne.

 

“En realidad existe una conexión interna entre el Bautismo y la Transfiguración. En ambos casos un estado de éxtasis acompaña la revelación del secreto de la persona de Jesús. La primera vez, la revelación fue para Él solo, y aquí los discípulos también la compartieron. No se ha aclarado hasta qué punto ellos mismos fueron transportados por la experiencia. Lo que se sabe es que, en estado de deslumbramiento, del que despertaron al final de la escena (Mr. 9:8), la figura de Jesús aparece ante ellos iluminada por una luz y una gloria sobrenaturales, mientras una voz íntima dice que Él es el Hijo de Dios.  El hecho puede únicamente explicarse como resultado de una gran excitación escatológica.” 43

 

El mismo autor dice más adelante:

 

“Tenemos, en consecuencia, tres revelaciones del secreto de lo mesiánico, tan unidas entre sí que cada una de las subsiguientes implica la anterior. En el monte cerca de Bethsaida les fue revelado a los Tres  secreto que le fuera descubierto a Jesús en Su bautismo. Sucedió des­pués de la cosecha. Unas semanas más tarde, les fue dado a conocer a los Doce, por el hecho de que Pedro, en Cesárea de Filipo, respondió a la pregunta de Jesús, con el conocimiento que había adquirido en la montaña. Uno de los Doce traicionó el secreto del Gran Sacerdote. Esta revelación del secreto resultó fatal, pues provocó la muerte de Jesús. Fue condenado como mesías, aunque jamás se presentó como tal.” 44

 

Aquí surge la pregunta sobre cuál fue la naturaleza de la misión que Cristo vino a realizar y en qué consistió la Voluntad de Dios que Él vino a cumplir. Los tres puntos de vista principales, que generalmente mantienen los cristianos ortodoxos, afirman que Cristo vino

         1.    a morir en la cruz, a fin de aplacar la ira de un Dios iracundo y posibilitar a quienes creyeran en Él, la entrada en el Cielo;

         2.    a mostrar la verdadera naturaleza de la perfección y cómo la di­vinidad puede manifestarse en forma humana;

         3.    a dar un ejemplo, para que siguiésemos Sus pasos.

 

Cristo Mismo no hizo hincapié sobre la muerte en la Cruz, como la culminación del trabajo de Su vida. Fue el resultado de dicho trabajo, pero no vino al mundo para esto, sino para que pudiéra­mos tener “vida más abundante”, y San Juan dice en su Evan­gelio, que el nuevo nacimiento depende de la creencia en Cristo, por cuanto se dio potestad de ser hechos Hijos de Dios, a los que creen en Su nombre, los cuales no son engendrados de sangre ni de voluntad de la carne, ni de voluntad de hombre, sino de Dios.” 45

 

¿No es, entonces, razonable para nosotros inferir de lo dicho que, cuando un hombre alcanza el reconocimiento y la creencia en el Cristo cósmico, “el Cordero inmolado desde el principio del mundo”,46 es posible el nuevo nacimiento, porque la vida de ese Cristo universal, animando toda forma de expresión divina, puede, consciente y definitivamente, llevar al hombre hacia adelante en una nueva manifestación de la divinidad? La “sangre es la vi­da” 47 y el ‘Cristo viviente hace posible que todos puedan llegar a ser ciudadanos de ese reino. La vida crística en cada uno de nos­otros y no Su muerte, es lo que nos hace hijos del Padre. En ninguna parte del Evangelio se encuentra una afirmación que diga lo contrario. Cristo, en la comunión, dio a Sus discípulos el cáliz para beber, diciéndoles “... ésta es mi sangre del nuevo  pacto, que por muchos es derramada para remisión de los peca­dos”.48 Pero esto constituye Su única referencia a la sangre en su aspecto curador, tan fuertemente acentuada en las Epístolas; tam­poco Cristo, en ninguna parte, correlaciona la sangre con la Cru­cifixión. Él habla en tiempo presente y no relaciona la sangre con el nuevo nacimiento ni con la Crucifixión, ni la convierte en el factor exclusivo que coloró tan profundamente la presentación del cristianismo en el mundo.

 

La vida crística en todas las formas es lo que constituye el impulso evolutivo y hace posible el desarrollo progresivo de la ex­presión de la divinidad en el mundo natural. Se halla profunda­mente oculta en el corazón de todo hombre. La vida crística lo lleva eventualmente al punto en que puede salirse del reino huma­no (cuando la tarea de la evolución normal ha hecho su parte) y entrar en el reino del espíritu. El reconocimiento de la vida crística dentro de la forma del hombre, hace que todo ser humano, en un momento dado, desempeñe la parte de la Virgen María, para esa realidad interna. La vida crística en el nuevo nacimiento llega a su expresión más plena, y de una crisis a otra, impulsa al evolu­cionante hijo de Dios hasta que se perfecciona, por haber adqui­rido “la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”.49

 

Más adelante veremos que la nueva religión mundial deberá basarse en la revelación del Cristo resucitado. Cristo en la Cruz, como se verá cuando estudiemos la gran crisis siguiente, nos de­mostró el amor y el sacrificio llevados a su extrema expresión; pero Cristo vivo en todas las edades, y vitalmente vivo hoy, cons­tituye la clave de la nueva era, y sobre esta verdad debe cons­truirse la nueva presentación de la religión y más adelante, la nueva teología. El verdadero significado de la Resurrección y de la Ascensión no se ha captado todavía; como divina realidad sub­jetiva estas verdades esperan aún la revelación. La gloria de la nueva era será el develamiento de estos dos misterios y nuestra mayor comprensión de Dios como vida. La verdadera Iglesia de Cristo es la unión de todos los que viven por medio de la vida crística, cuya vida es una con la Suya. “El cuerpo místico de Cristo que, de acuerdo a las palabras y las profundas enseñanzas de San Pablo, constituye la Iglesia y debería constituir todo el género humano, nos recuerda, con evidencia inequívoca, por me­dio de las catástrofes mundiales, que la vida humana es un mis­terio Cristocéntrico”.50 Esto será comprobado cada vez más, hasta que reaparezca con luz clara y radiante la maravilla y la gloria, aún no revelada todavía, de Dios Padre. El Dr. Otto Karrer,51 al referirse a la Iglesia de Dios, expresa esta verdad en los siguientes términos:

 

“‘El Honor y la Gloria de Dios’, es la fundamental norma por la cual la religión juzga al mundo. Y la gloria de Dios y la salvación y santi­ficación de las almas son posibles y se realizan efectivamente en el mundo entero, dondequiera que hombres y mujeres, por su aspiración a lo eterno, por la oración, expiación, autorrenunciación y amor, se ele­ven sobre su humanidad terrena y desplieguen la humanidad superior y sobrenatural que es la ‘imagen Divina del nuevo hombre’. Y esto se realiza en todas partes por la gracia del Redentor, se lo reconozca o no, como efecto de una relación espiritual, oculta a la vista del hombre, con Cristo y Su institución salvadora, la santa Iglesia.

 

“La mayor gloria de Dios’ está donde la aureola interna reviste a la figura de Cristo, donde se Le contempla y ama, y es reconocido como principio vital de Sus fieles, y de donde los hombres extraen, debido a la proximidad espiritual y sacramental con Él, el poder de sacrificarse, imitarlo y santificarse, efectos producidos dentro y por medio de Su santa Iglesia. Pero la ‘mayor gloria de Dios’ está allí donde la luz tiene su foco central, donde Dante contempló los pétalos de la rosa celestial, donde el corazón de la esposa de Dios late, en la viva y suprema adoración de Sus Santos, que de hecho y en verdad, por su sometimiento incondicional al Uno sagrado, adquieren la completa medida de quien fue su ejemplo, convirtiéndose en auténticos cristianos santificados por la Divina Santidad, hombres de Dios por el Hombre-Dios, uno con Él en vida y muerte, mediante la fe y el amor. Y esto también lo forja Cristo, en y por medio de Su santa Iglesia.”

 

Únicamente el hombre que ha comprendido algo del valor de la iniciación de la Transfiguración y la naturaleza de la perfección entonces revelada, puede seguir con el Cristo, hasta la visión que le ha sido acordada cuando descendió del elevado punto de realización y que más tarde podrá compartir con Él la comprensión de la naturaleza del servicio mundial, prestado perfectamente por aquellos cuya perfección interna se aproxima a la de Cristo y cuyas vidas están controladas por los mismos impulsos divinos, subordi­nados a la misma visión. Esta etapa significa esa completa liber­tad espiritual que debemos alcanzar con el tiempo  y que el Dr. Albert Schweitzer 52 describe, cuando dice: “Sólo recobraremos la libertad espiritual cuando la mayoría de los individuos sean otra vez más espiritualmente independientes y confiados en si mismos y descubran su natural y propia relación con las organi­zaciones en las cuales sus almas se vieron envueltas”. Más ade­lante agrega, dándonos la clave por la cual esto puede lograrse, que ‘todo ser que se denomine hombre está destinado a  desarrollarse en una verdadera personalidad dentro de la teoría refleja del universo que él ha creado para sí”.53 Ahora bien, ha llegado el momento en que los seres humanos dejen de creer y pasen al verdadero conocimiento por el método del  pensamiento, la refle­xión, el experimento, la experiencia y la revelación. El problema inmediato de todos los que buscan este nuevo conocimiento y desean ser conocedores conscientes en vez de fieles creyentes, es lograrlo en el mundo de la vida cotidiana. Después de cada expansión de conciencia y de cada desenvolvimiento de una más honda compren­sión, regresamos, como lo hizo Cristo, a las llanuras de la vida cotidiana, para someter nuestro conocimiento a la prueba, des­cubrir su realidad y verdad, y también nuestro próximo punto de expansión y el nuevo conocimiento que debemos adquirir. La tarea del discípulo es lograr la comprensión y el empleo de su propia divinidad. El conocimiento de Dios inmanente, aunque ba­sado en la creencia de Dios transcendente, es nuestra meta. El Dr. W. E. Hocking54 dice:

 

“Sobre este nuevo conocimiento, debemos decir que llega al místico en el curso de su retorno al mundo, sin que él lo busque. El místico ha conocido a Dios desde el punto de vista del mundo, y ahora empieza a conocer su propio mundo desde el punto de vista de su nueva expe­riencia de Dios. Así como después de cada nueva experiencia, las expe­riencias familiares a las cuales retorna, se iluminan con una luz des­conocida, brillando en forma extraña y renovada, así el místico al ocu­parse nuevamente de todas las cosas, descubre que ‘todo se ha renovado’, y aprende a infiltrar esta novedad en el núcleo de la sabiduría humana.”

 

Ésta fue la experiencia de los Apóstoles en la cima de la mon­taña. Se ha dicho que “alzando ellos los ojos, a nadie vieron, sino a Jesús”.55 Otra vez apareció ante ellos lo familiar, lo conocido. Es interesante comparar este episodio con un relato algo similar en El Bhagavad Gita, donde a Arjuna se le revela la forma gloriosa del Señor. Al final de la revelación, Dios, bajo el aspecto de Krish­na, con ternura y comprensión le dice: “No te dejes vencer por el temor ni la confusión al contemplar Mi enorme forma; con­templa una vez más mi forma anterior, sin temor y con corazón tranquilo !“. Luego dice:

 

“¡Esta forma mía es realmente difícil de ver! ¡ Hasta los mismos Dioses anhelan siempre contemplar esta Forma Mía! Pero no puedo ser visto por los Vedas, en las penitencias, ofrendas, sacrificios, como tú me has visto. Pero puedo así ser conocido por el amor del corazón dedicado, oh Arjuna, y ser visto y penetrado como realmente soy ¡ Oh Destructor del enemigo!” 56

 

 La palabra del Reconocimiento ha surgido y el mandato de escuchar al Cristo fue dado. Habiendo Jesús retornado  a Su “pro­pia forma”, cabía ahora el descenso de la montaña. Entonces ocurrió lo que podríamos considerar una reacción espiritual muy grande y penosa, inevitable y terrible, expresada por Cristo con estas palabras:

 

“El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, y lo ma­tarán, mas al tercer día resucitará.” 57

 

Entonces ellos “entristecieron en gran manera”. Esta visión de Cristo, si escudriñamos los anales, presenta dos partes. Primero, tuvo la visión de la realización. El logro de la cima de la montaña, donde una gran experiencia espiritual quedaba atrás. Ahora tenía la visión de una consumación física en forma de entrada triunfal en Jerusalén. Pero iba acompañado por un presentimiento o pre­monición de que Su vida de servicio culminaría en la Cruz; Cristo vio claramente, tal vez por primera vez, lo que Le esperaba y en qué dirección Lo encaminaba Su servicio al mundo. La vía, dolo­rosa de los Salvadores del Mundo se extendía ante Él; el destino de todas las almas precursoras culminaba en ésta Su experiencia; Se vio a Sí Mismo rechazado; fue atado y engrillado y muerto, como ha sucedido a hijos de Dios menores que Él. El rechazo del mundo siempre precede a la aceptación del mundo. La decepción es una etapa en el camino a la realidad. El odio de quienes no están preparados todavía para reconocer el mundo de los valores espirituales, está siempre destinado a quienes están preparados. Cristo Se enfrentó con esto y, sin embargo, Él “afirmó Su rostro para ir a Jerusalén”.58

 

A medida que consideremos esos hechos, la prueba particular que Cristo enfrentaba, ahora se aclara. Era nuevamente una prue­ba triple, como lo fuera la ocurrida después de la iniciación del Bautismo; pero esta vez de carácter mucho más sutil. Debía en­carar la prueba de soportar y manejar el éxito mundano, pasando por el camino triunfal de Su entrada en la Ciudad Santa, sin desviarse de Su propósito ni experimentar la atracción de la reali­zación material cuando fuera aclamado Rey de los Judíos. El éxito constituye una forma disciplinaria muy drástica, y propor­ciona mayores oportunidades de olvidar a Dios y a la realidad, que el fracaso o la negligencia. La autoconmiseración, el sentido de martirologio y la resignación, son modos eficaces y potentes de manejar nuestros fracasos. Pero elevarse sobre la cresta de la ola, recibir el reconocimiento público y haber alcanzado la meta terrenal, son al parecer, factores mucho más difíciles de enfrentar. Cristo Los enfrentó y Lo hizo con equilibrio espiritual y con esa sabiduría de largo alcance que da un correcto sentido de los valo­res y un sentido adecuado de la proporción.

 

La segunda fase de la prueba la constituía el conocimiento que Cristo tenía de Su propio fin. Sabía que tenía que morir y cómo debía morir, y, sin embargo, prosiguió avanzando sin des­viarse del curso asignado, aunque tenía la premonición de un desastre. No sólo tenía que demostrar el poder de resistir el éxito sino que también debía demostrar el poder de enfrentar el desas­tre, equilibrando ambos y ver en ellos únicamente oportunidades para expresar lo divino y demostrar el desapego, característica sobresaliente del hombre que nació de nuevo, purificado y transfigurado. A esas pruebas se agregó la que tuvo que enfrentar en el desierto, la prueba de la absoluta soledad ¡El poder de soportar el éxito! ¡ El poder de soportar el desastre! ¡ El poder de mante­nerse completamente solo! Esto es lo que Cristo tenía que demos­trar al mundo, y Lo hizo. Apareció triunfalmente ante el mundo en la etapa intermedia de Su camino hacia la Cruz. La agonía de la soledad en el Huerto de Getsemaní fue probablemente mucho más dura para Él que la notoriedad del Gólgota. Pero en esas pruebas más sutiles reveló la cualidad de Dios Mismo, y la cualidad y el significado de Dios es lo que salva al mundo —la cualidad de Su vida, que es Amor y Sabiduría, Valor y Realidad. Todo esto fue realizado por Cristo.

 

“Su significación como Salvador se basa en que fundamentó y ani­mó, extrayendo desde las fuentes más recónditas de Su alma, las pa­labras que podían encarnar Su impulso puramente espiritual en la tierra. No entregó ‘pruebas’ al mundo. Ninguno de los espíritus que irradiaron el poder original, se preocuparon de obtener pruebas... Una palabra preñada de vida del alma tiene mayor significado que un abul­tado tratado científico. Las palabras de Cristo han conmovido al mundo, no por las posteriores teologías, sino a pesar de ellas. El hecho es que un espíritu sobrenatural se convirtió en realidad terrena por Sus pa­labras. De este modo, lo que Él sabía personalmente, pudo también ser comprendido por las almas y los intelectos terrenales. Por esto y nada más que por ello, el cristianismo ha podido triunfar.” 59

 

Inmediatamente después de Su descenso desde la cima de la montaña, Cristo comenzó otra vez a servir. Según sabemos, se le aproximó una persona en desgracia, e inmediatamente satisfizo su necesidad. Una de las características más destacadas de cada iniciación es la creciente capacidad y habilidad del iniciado para el servicio. Cristo demostró una forma totalmente nueva y única de hablar y enfrentar a las masas, así como también de enseñar privada y personalmente a Sus pocos elegidos. Su poder de curar continuaba, pero trasladó Su trabajo a un campo de nuevos valo­res, pronunció esas palabras y enunció esas verdades que consti­tuyen el fundamento de la creencia de quienes tuvieron la visión para penetrar en la presentación teológica del cristianismo y en­contrar allí la realidad. Su servicio consistió, primordialmente en esa época, en enseñar y hablar. Pero tal es la sabiduría y belleza de Su presentación de la verdad, que mostró la divinidad en forma que el hombre común pudo captar. Sirvió de puente entre lo anti­guo y lo nuevo, enunció la nueva verdad y la revelación especial necesaria, en esos tiempos, de modo de unir la sabiduría antigua y la esperanza más moderna. Hermann Keyserling 60 ha captado la maravilla de lo realizado por el Salvador del Mundo, y lo ex­presa así:

 

“...la gran mente es esencialmente el Despertador. Si tal mente tu­viera que enunciar lo totalmente nuevo, lo excepcional, nada signifi­caría para los demás hombres. Su valor social depende enteramente de su capacidad de exponer con nítida claridad lo que todos sentimos que es verdad en lo más íntimo de nuestros corazones —¿de qué otra manera podría hacerse entender?—, de qué modo podría exponerse en forma tan universal, es decir, a tono con las leyes objetivas en cuestión, que sus ideas se conviertan en órganos para los otros.”

 

Cristo nos dio una gran idea. Nos dio el nuevo concepto de que Dios es Amor, sin tener en cuenta lo que pudiera suceder en el mundo inmediato. Todas las grandes ideas surgen del mundo de la divinidad por intermedio de los grandes Intuitivos, y la historia de la humanidad es esencialmente la historia de las ideas, su enunciación por medio de algún pensador intuitivo, su recono­cimiento por unos pocos, su creciente popularidad y su integración eventual en el pensamiento mundial, el mundo de normas de los pensadores de la raza. Luego se determina su futuro y eventual­mente la idea nueva y excepcional se convierte en el modelo po­pular, públicamente aceptado, de la conducta humana. “Al inte­rrogante de si son las personalidades o las ideas lo que decide el destino de una era, la respuesta es que la era toma sus ideas de las personalidades”.61 Cristo encarnó una gran idea, la idea de que Dios es Amor, y que el amor es el poder motivador del universo. Esto constituye la iluminación que Cristo, como Luz del Mundo, reflejó sobre todos los acontecimientos mundiales. Esta majestuosa comprensión nunca es suficientemente acentuada. Debemos comprenderla mucho más profunda y potencialmente de lo que lo hacemos, porque es el carácter y cualidad básica y fun­damental de todos los acontecimientos, cualquiera sea la apariencia externa. Cristo ilumina la vida. Ésta fue una de sus más impor­tantes contribuciones a la vida, tal como se vive actualmente. En efecto, Cristo dijo: Dios ama al mundo, todo lo que acontece es por obra del amor. Si esto se comprende como verdad fundamen­tal y real, ilumina toda vida y aligera todas las cargas; la causa y el efecto se unen y el propósito de Dios y Su método se ven como uno. Los teólogos a menudo lo olvidan, al ocuparse de aspec­tos más técnicos de la vida de Cristo. Lo que Él iluminó en fun­ción de “Luz del Mundo”, la Luz divina que recibiera y vertió sobre el mundo, y Lo que reflejó, es frecuentemente pasado por alto, en la lucha por probar doctrinas como que la Virgen María fue una virgen inmaculada y, por consiguiente, Cristo nació por medio de una concepción inmaculada. Actualmente, sólo unos pocos de la nueva generación se interesan por tales puntos doctrinarios y esto debemos decirlo muy enfáticamente. Pero sí nos interesa que el amor que Cristo expresó sea demostrado en el mundo y que la iluminación que reflejó “ilumine nuestras tinieblas”.

 

“La iluminación, tomada desde el punto divino y la visión, desde el humano, son, como sin duda estarán de acuerdo, partes de la expe­riencia del profeta según él mismo lo entiende. Puede generalmente ad­mitirse también, en el caso de los genios, como los profetas, que este elemento de la experiencia es algo normal e inevitable. Pero, fuera de tan importante excepción, la teología se ha inclinado a limitar el fenó­meno de la iluminación al culto del misticismo. En otras palabras, no ha visto en la iluminación un rasgo genérico o por lo menos general, de la experiencia religiosa.

 

“Ahora bien, la experiencia de la iluminación, que se cree origina en Dios, tiene como contraparte la facultad humana de la intuición o visión, así como la contraparte de la salvación es la confianza o en­trega, y la de la inspiración es la fidelidad. La intuición, como contraparte de la iluminación, ocupa sin duda un lugar entre los fenómenos de la experiencia religiosa. Pero ¿ocupa un lugar tan excepcional que en el caso de las personas muy religiosas, las otras dos fases de la experiencia religiosa, la salvación y la energetización moral, pueden suceder sin ella?”62

 

Cristo emitió claramente la nota que puede introducir la nueva civilización y el nuevo orden, y un estudio detallado de los ideales e ideas que hoy sustentan sin excepción los experimentos llevados a cabo por las diversas naciones, demostrará que todos se basan, en esencia, en algún concepto definidamente crístico. Que su mé­todo de aplicación y las técnicas empleadas sean frecuentemente anticrísticas, constituye una triste verdad, pero los conceptos fun­damentales llevan con ecuanimidad la luz que Cristo vertió sobre ellos. La dificultad principal ha sido que nuestra captación inte­lectual de los conceptos, sobrepasa nuestro propio desenvolvi­miento personal y matiza, por consiguiente, desastrosamente, la aplicación que de ellos hacemos. Cuando esas ideas básicas se transmuten en ideales mundiales gracias a los pensadores consa­grados de la raza, y se apliquen con el espíritu con que Cristo los concibió, recién entonces, podremos inaugurar un nuevo orden mundial. El Dr. Albert Schweitzer 63 se refiere a este punto del modo siguiente:

 

“Nuestras instituciones fracasan debido a que se emplea en ellas el espíritu de barbarie. Las mejoras bien planeadas en la organización de nuestra sociedad (aunque obramos correctamente al tratar de asegu­rarlas) no pueden en modo alguno ayudarnos hasta no ser capaces de impartir al mismo tiempo un nuevo espíritu a nuestra era.

 

“Los difíciles problemas que debemos resolver, aun aquellos que pertenecen totalmente a la esfera material y económica, únicamente pueden solucionarse, en última instancia, por un cambio interno del carácter. Las reformas más sabias de la organización, sólo nos acercan un poco más a la solución, nunca a la meta. La única forma concebible de lograr la reconstrucción de nuestro mundo sobre nuevas líneas, es convirtién­donos, primero, en nuevos hombres, de acuerdo a antiguas circunstan­cias, y luego, como sociedad, en un nuevo estado de ánimo, a fin de suavizar la oposición que existe entre las naciones, para que la ver­dadera civilización pueda nuevamente ser posible. Todo es más o me­nos tarea perdida, porque construimos con lo meramente externo, no con el espíritu.

 

“En la esfera de los acontecimientos humanos, lo que decide el fu­turo de la realidad del género humano consiste en verdad en una con­vicción interna, no en hechos externos. Encontramos terreno firme para nuestros pies en los ideales éticos y racionales. ¿Estamos dispuestos a extraer fuerza del espíritu para crear nuevas condiciones y volver nues­tros rostros a la civilización, o seguiremos extrayendo el espíritu de lo que nos circunda y descenderemos con él a la ruina? Ése es el funesto interrogante que debemos enfrentar.”

 

Es de suprema importancia para nosotros, comprender que lo que Cristo realmente hizo fue introducir la era del Servicio, aún cuando sólo hoy (dos mil años después que Él nos diera el ejemplo) empezamos a captar las implicancias de esa palabra, tan extensa­mente empleada. Tendemos a considerar la salvación en términos del individuo y a estudiarla desde el punto de vista de la salvación individual. Esta actitud debe terminar, si queremos comprender algún día el espíritu crístico. Un gran personaje japonés hace la pregunta mordaz de “¿Cuál es el objetivo fundamental de una religión digna de existir?” y responde diciéndonos que es la salvación, pero una salvación “preñada de consuelo y desagravios para la vida y el mundo”.64 El servicio es hoy algo cada vez más objetivo en todos los asuntos humanos. Hasta el comercio moderno ha llegado a reconocer que debe ser un agente motivador si quiere sobrevivir tal como lo entendemos en el sentido moderno. ¿ En qué se basa esta tendencia general? Sin lugar a dudas, en nuestra relación universal con la Deidad y en las mutuas relaciones sub­jetivas que mantenemos entre nosotros, teniendo su raíz en la relación con Dios. El Dr. J. W. Graham lo señala, vinculando ambos servicios, uniendo así nuestras relaciones humana y divina.

 

“Además, descubrimos que al servir al hombre, servimos a Dios. He aquí el juicio solemne: ‘Lo que hiciereis al más pequeño, me lo haréis a Mí’.

 

“Esta destacada posición intuitiva, resultado de la revelación mística, es una posición segura, aunque todavía nada demuestra como prueba efectiva; ciertamente posee alguna explicación científica, si pudiéramos acercarnos bastante a la realidad de las cosas para comprenderlas. Se nos ofrece servicio y amor humanos, como verdadero servicio y amor divinos.

 

“Pero si los espíritus de los demás hombres son manifestaciones, partes activas del espíritu divino, es decir, si los hombres y mujeres no estuviéramos constituidos de intensos sentimientos o de esperanzas demasiado ambiciosas, como hijos del Altísimo, veríamos que todas estas cosas son claras y, más que claras, radiantes. Comprendemos así el an­sia de expansión y la unidad con la voluntad divina que viene después de los actos de servicio amoroso a los hombres.” 65

 

Tal es la base del servicio. Debe ser, como en el caso de Jesu­cristo, un resultado espontáneo de la divinidad. Uno de los argu­mentos más fuertes sobre el divino desenvolvimiento del hombre, es el surgimiento en gran escala de esta tendencia a servir. Em­pezamos a vislumbrar débilmente lo que Cristo quiso expresar por servicio. “Cristo condujo a este activador motivo de servicio a tal extensión, que cuando el bien común y nuestro bienestar y éxito personales están en conflicto, debe sacrificarse uno mismo y no los demás”.66 Esta idea del servicio está lógicamente en con­flicto con la actitud generalmente competitiva hacia la vida y el egoísmo, demostrado a menudo por el hombre común. Pero para el hombre que trata de seguir a Cristo y aspira a ascender al Monte de la Transfiguración, el servicio lleva inevitablemente a la iluminación acrecentada, y la iluminación a su vez encuentra su expresión en el servicio renovado y consagrado, y así descubrimos nuestro camino —por medio del servicio a nuestros semejantes— hacia el Camino que holló Cristo. Siguiendo Sus pasos, adquirimos eventualmente el poder de vivir como hombres y mujeres crísticos iluminados, en nuestro medio normal y cotidiano. Lord Conway of Allington 67 lo dice con suma sencillez:

 

“El resultado de todas nuestras discusiones es la simple lección de que debemos seguir la guía divina donde quiera nos conduzca, confiando en que el que busca hallará y quien llama a la puerta se le abrirá. La iluminación no debe buscarse en el abandono del mundo, o en las prácticas ascéticas, ni en una vida de abnegación y obediencia, sino en cumplir lo mejor posible los deberes y demandas de cada día. Si de­terminamos vivir en un clima de belleza y bondad, hallaremos que los dones divinos esperan calladamente nuestra aceptación.”

 

¿Qué podemos, en consecuencia, dar al mundo al estudiar la vida de Cristo y mentalmente pasar con Él una iniciación tras otra? Podemos aspirar a esa grandeza de acción que redimirá nuestra mediocridad natural y revelará progresivamente la divi­nidad en cada uno de nosotros. Cada uno puede ser un faro de luz que señala el camino hacia el centro de donde surge la Pala­bra, y cada uno puede empezar a expresar en su vivir cotidiano, algunas de las cualidades de Dios, que Cristo representó con tanta perfección y Lo llevó triunfalmente, desde el Monte de la Transfiguración hasta el valle del deber y del servicio, permitiéndole seguir adelante, con firme determinación, hacia la experiencia de la Cruz, por el camino triunfal de la aclamación y los senderos dolorosos del abandono y la soledad.

 

Siento un hondo deseo de cerrar este capítulo con las palabras que Arjuna dijera a Krishna, mucho antes de la era cristiana, después de serle revelada la develada belleza que él había aceptado. Su relevancia es incuestionable. Casi podemos ver a San Pedro o a San Juan, pronunciándolas a Cristo, cuando al abrir sus ojos, “no sólo vieron, sino a Jesús”. Tal vez estas palabras puedan también aplicarse a nosotros, si consideramos a Cristo y a nuestra relación con Él:

 

“Presuntuosamente te llamé Krishna mi camarada... Inconsciente de Tu grandeza he sido irrespetuoso para Ti, en mis ademanes, en el andar, en el descansar; perdóname Progenitor de este mundo, de lo animado y lo inanimado. Únicamente Tú eres digno de adoración. Tú el Altísimo. ¿Dónde se hallará quien Te iguale en los tres mundos?

 

“Me prosterno ante Ti y suplico Tu clemencia, ¡Oh Dios! Como el padre a su hijo, el amigo a su amigo, el amante a su amada. ¡Así per­dóname Tú a mí, oh Dios! Soy dichoso por haber sentido lo profundo que es mi gozo, pero más grande es mi temor. Muéstrame, oh Señor bendito, Tu otra Forma, oh Señor de los Dioses, sustentador de mun­dos, sé magnánimo.” 68

 

 

 

      Notas:

 

        1.        Psychology and the Promethean Will, pág. 26.

        2.        Ef., 2:15.

        3.        The Meaning of God in Human Experience, pág. 578.

        4.        The Value and Destiny of the Individual, pág. 210.

        5.        Religious Realism, pág. 150.

        6.        The Divinity in Man, pág. 63.

        7.        The Religions of Mankind, pág. 157.

        8.        The Value and Destiny of the Individual, de B. Bosanquet, pág. 225.

        9.        Ídem, pág. 225.

    10.        The Bhagavad Gita, pág. 128.

    11.        The Religions of Mankind, pág. 115.

    12.        The Divinity in Man, pág. 289.

    13.        The Perfect Waw, de Anna Kingsford.

    14.        Paracelsus, Edición Oxford, pág. 444.

    15.        The Bhagavad Gita, Libro X, Vers. 40, 41, 42.

    16.        The Pathway to Reality, pág. 584.

    17.        Tratado sobre Fuego Cósmico, de Alice A. Bailey, pág. 395.

    18.        Dt., 4:24.

    19.        Tratado sobre Fuego Cósmico, de Alice A. Bailey, pág. 397.

    20.        A Pilgrim’s Quest for the Divine, pág. 254.

    21.        Kaivalya, II, 9. Citado en Mysticism, East and West, págs. 98, 99.

    22.        Psychology and God, págs. 202, 203.

    23.        Psychology and God, de L. W. Grensted, pág. 75.

    24.        Mt. 17:1 al 8.

    25.        Mt., 5:16.

    26.        Religions of Mankind, pág. 186 de Otto Karrer.

    27.        The Mystery Teaching in the West, de Jean Delaire, pág. 124.

    28.        El Bhagavad Gita, Libro VI, Vers. 33, 34.

    29.        The Fool Hath Said, pág. 225.

    30.        Psychology and God, de L. W. Grensted, pág. 207.

    31.        II Ti., 1:12.

    32.        Religious Realism, de D. C. Macintosh y otros, págs. 82, 83.

    33.        Religions of Mankind, de Otto Karrer, pág. 171.

    34.        Ídem, de Otto Karrer, pág. 1&2.

    35.        Divinity in Man, de J. W. Graham, pág. 249.

    36.        I Jn. 3:2.

    37.        Psychology and God, págs. 248, 249.

    38.        The Mystery Teaching in the West, de Jean Delaire, pág. 121.

    39.        Psychology and the Promethean Will, pág. 116.

    40.        Mirage and Truth, de M. C. D’Arcy, C. J., pág. 116.

    41.        The Buddha and the Christ, pág. 182.

    42.        God Transcendent, de Karl Heim, págs. 207, 208.

    43.        The Mystery of the Kingdom of God, de Albert Schweitzer, pág 181 y 182.

    44.        The Mystery of the Kingdom of God, de Albert Schweitzer, pági­nas 217, 218.

    45.        Jn. 1:13.

    46.        Ap. 13:8.

    47.        Gn. 9:4.

    48.        Mt. 26:28.

    49.        Ef. 4:13.

    50.        Wrestlers with Christ, de Karl Pfleger, pág. 25.

    51.        Religions of Mankind, pág. 274.

    52.        The Decay and Restoration of Civilisation, pág. 31.

    53.        Ídem, pág. 93.

    54.        The Meaning of God in Human Experience, pág. 457.

    55.        Mt. 17:8.

    56.       The Bhagavad Gita, Libro XI, Vers. 49, 52, 53, 54.

    57.        Mt. 17:22, 23.

    58.        Lc. 9:51.

    59.        The Recovery of Truth, págs. 291, 292.

    60.        The Recovery of Truth, pág. 213.

    61.        The Decay and Restoration of Civilisation, de Albert Schweitzer, pág. 82.

    62.        Religions Realism, de D. C. Macintosh y otros, págs. 260, 261.

    63.       The Decay and Restoration of Civilisation, págs. 60, 61.

    64.        Modern Trends in World Religions, editado por A. E. Haydon, citando a Kishio Satomi, pág. 75.

    65.       The Divinity in Man, pág. 100.

    66.       Modern Trends in World Religions, editado por A. E. Haydon, pág. 106.

    67.       A Pilgrim’s Quest for the Divine, pág. 255.

    68.       El Bhagavad Gita, Libro VI, Vers. 41, 45.

 

CAPITULO V

 

 

LA CUARTA INICIACIÓN ... LA CRUCIFIXIÓN

 

 PENSAMIENTO CLAVE

 

 

Una niebla ígnea y un planeta,

un cristal y una célula,

una medusa y un saurio,

y cavernas donde habitan los cavernarios;

luego, un sentido de la ley y la belleza,

un rostro que se aparta del polvo

—llamado por unos, Evolución,

y por otros, Dios.

 

Como marejada en la playa, como luna creciente,

cuando la luna es nueva y pálida,

en nuestros corazones elevados anhelos

fluyen y se agitan:

provienen del místico océano

cuya orilla no ha hollado ningún pie

—unos lo llaman Anhelo,

y otros Dios.

 

Un piquete congelado por cumplir con el deber,

una madre que perece por sus hijos,

Sócrates bebiendo la cicuta,

y Jesús en la cruz;

y millones de humildes sin nombre

recorren la recta y dura senda

—unos lo llaman Consagración,

y otros Dios.

William Herbert Carruth

 

 

 

 

1

 

 Llegamos ahora al misterio central del cristianismo y a la inicia­ción culminante a que los hombres, como seres humanos, pueden aspirar. De la siguiente iniciación, la Resurrección, y de la Ascensión, vinculada a ella, prácticamente nada sabemos, aparte del hecho de que Cristo resucitó de entre los muertos. La iniciación de la Resurrección está velada por el silencio. Todo lo que de ella se ha registrado es la reacción de quienes conocieron y amaron al Señor y los efectos posteriores que produjo en la historia de la Iglesia Cristiana. Pero la Crucifixión ha sido siempre el episodio dramático sobresaliente, sobre el que se ha construido la estruc­tura total de la teología cristiana, poniéndose en ella todo el én­fasis. Millones de palabras se han escrito al respecto y en miles de libros y comentarios se trató de elucidar su significado y expli­car la significación de su misterio. A través de las edades, se presentaron miríadas de puntos de vista para ser puestos a consi­deración de los hombres. Han habido muchas malas interpretacio­nes, pero también se ha expresado lo que es divinamente real. Dios ha sido muchas veces mal interpretado y lo que Cristo hizo, fue tergiversado por los mezquinos puntos de vista de los hombres. La maravilla de lo ocurrido en el Monte Calvario ha sido revelado mediante las iluminadas experiencias del creyente y del conocedor.

 

Un nuevo orden mundial se estableció cuando Cristo vino a la tierra, y desde esa época marchamos firmemente hacia una nueva era, donde los hombres inevitablemente vivirán como hermanos, porque la muerte de Cristo y la verdadera naturaleza del reino de Dios hallará su expresión en la tierra. El progreso alcanzado en el pasado es su garantía. La proximidad de este acontecimiento ya la comprenden débilmente quienes, como el Cristo dijo, tienen ojos para ver y oídos para oír. Vamos inexorablemente hacia la grandeza que Cristo recalcó en Su vida y obra. Aún no hemos alcanzado esta grandeza, pero los signos ya pueden verse. Hay indicios de la venida de esta nueva era y se perfila una nueva estructura social casi ideal, basada en una humanidad perfeccio­nada. Esta perfección es lo que interesa.

 

“Podemos saber que Dios existe y de que con Él y en Él están las normas de perfección que tenuemente captamos. Podemos ver que hasta en forma misteriosa debe unir en Sí Mismo toda la belleza percibida, diseminada y diluida en la imperfección que nos circunda. Es suficiente, por el momento, saber que existe un orden superior, hacia el que po­demos ascender con la ayuda del poder superior. La verdad de nuestra propia debilidad es saludable y constituye un preludio necesario a lo que nos fue conferido por gracia de Dios, en la revelación cristiana.“1

 

Una de las primeras cosas que parecería esencial reconocer es el hecho definido de que la Crucifixión de Cristo debe salir del ámbito de su aplicación puramente personal y situarse en lo universal y total. Quizá cause consternación el hecho de recalcar la necesidad de comprender que la muerte en la Cruz del Cristo histórico, no tuvo que ver principalmente con él individuo que   pretende beneficiarse con dicha muerte. Fue un gran acontecimiento cósmico. Sus implicaciones y resultados conciernen a la masa humana, no específicamente al individuo. Tendemos a considerar como propios y un asunto personal, las numerosas implicaciones del sacrificio de Cristo. El egoísmo del aspirante espiritual es con frecuencia muy real. El Dr. Macintosh 2 se refiere a la ten­dencia hacia un erróneo egocentrismo, en los siguientes términos:

 

“Se alcanza la estatura humana abandonando la creencia infantil de que cada uno es el centro de un universo solícito que nos adora. El hombre maduro ya no contará con poseer lo que desea, por lo tanto debe aprender a desear lo que puede poseer. No puede retener las cosas que aferró, porque cambian y se desvanecen, por eso debe aprender a retenerlas, no aferrándose a ellas, sino comprendiéndolas. Entonces el hombre será un adulto completo.”

 

Se evidencia, si encaramos el tema con inteligencia, que Cristo no murió para poder ir al cielo, ustedes y yo. Murió como resultado de la propia naturaleza del servicio que prestó, de la nota que emitió y porque inauguró una nueva era y enseñó a los hombres la manera de vivir como hijos de Dios.

 

“Sin embargo, hoy, el profano reflexivo se concentra cada vez menos en el Dios encarnado, sacramentalmente sacrificado, y se dirige cada vez más al hombre Jesús, el instructor de las verdades divinas, el ejemplo supremo de la vida perfecta que encaró a la misma muerte para bien de la elevación del género humano; Su Crucifixión, conside­rada por la teología como el propósito y finalidad sacramental de Su encarnación, comienza a ser definida simplemente como el resultado in­evitable de Su valiente oposición a la religión convencional y como ejem­plo culminante de Su heroísmo. Los que así contemplan la vida del Maestro, como ejemplo que debe seguirse, antes que Su muerte, como propiciación mística del pecado, consideran retrogresión mental la cre­ciente santidad atribuida al símbolo de la cruz en la Iglesia. El culto al crucifijo, análogamente al culto al árbol, en realidad se relaciona tan estrechamente con el paganismo que no puede estar a la altura de la norma intelectual exigida por una religión moderna.” 3

 

Al considerar la historia de Jesús en la Cruz, es fundamental, que la veamos en términos más amplios y generales que hasta ahora. La mayor parte de los tratados y escritos sobre el tema son polémicos y argumentativos, generalmente defienden o atacan la evidencia, o la teología vinculada al tema. Las obras pueden ser de carácter puramente místico, sentimental u objetivo, refi­riéndose a la relación del individuo  con la verdad o a su salvación personal en Cristo. Pero al proceder así, es posible que se pierdan los verdaderos elementos de la historia y su significado más ele­vado. Dos cosas surgen, sin embargo, de las investigaciones y debates del siglo pasado. Una, que la historia de los Evangelios no es única, pues ha sido igualada por las vidas de otros Hijos de Dios; otra, que Cristo fue único en Su misión particular y en Su Persona y que, desde un punto de vista específico, Su aparición no tuvo precedente. Ningún estudiante de las religiones compa­radas dudará de los paralelismos cristianos con eventos primitivos. Ningún hombre que haya investigado verdaderamente con espíritu amplio, podrá negar que Cristo fue parte integrante de la gran continuidad de la revelación. Dios nunca “se dejó a Sí Mismo sin testigos”.4 La salvación de la humanidad siempre ha estado junto al corazón del Padre. Citemos un autor que trata de probar esta continuidad:

 

“Durante la vida o aparición registrada, de Jesús de Nazaret, y va­rios siglos antes de este hecho, el mundo circundante y mediterráneo habla sido escenario de un vasto número de creencias y rituales pa­ganos. Había un número infinito de templos dedicados a dioses, como Apolo o Dionisio entre los griegos, Hércules entre los romanos, Mitra entre los persas, Adonis y Arris en Siria y Frigia, Osiris, Isis y Horus en Egipto, Baal y Astarté entre los babilonios y cartagineses, etc. Sociedades grandes o pequeñas, reunían a creyentes y devotos, en servicios o ceremoniales relacionados con sus respectivas deidades y Con los credos profesados a dichas deidades. Un hecho por demás interesante para nosotros es que, pese a las enormes distancias geográficas y a las dife­rencias raciales, en los detalles de sus servicios religiosos, el esquema general de sus doctrinas y ceremoniales fueron, si no idénticos, nota­blemente similares.

 

“No puedo entrar en detalles acerca de esos distintos cultos, pero diré de modo general que de todas o casi todas las deidades mencionadas, se decía y se creía que:

 

               1.    Nacieron en el Día de Navidad o en fecha muy cercana.

               2.    Nacieron de Madre Virgen.

               3.    Nacieron en una Caverna o Cámara Subterránea.

               4.    Llevaron una vida de duro trabajo para la Humanidad.

               5.    Se les denominaron Dadores de Luz, Curadores, Mediadores, Salvadores, Liberadores.

               6.    Sin embargo, fueron vencidos por las Potestades de la Oscuridad.

               7.    Descendieron al Infierno o Submundo.

               8.    Resucitaron de entre los muertos y se convirtieron en precursores del género humano, en el mundo celestial.

               9.    Fundaron Comuniones de Santos e Iglesias, donde los discípulos podían ingresar por el Bautismo.

           10.    10.Se les conmemoraba mediante cenas Eucarísticas.“5

 

Estos hechos pueden ser constatados por quienquiera y esté suficientemente interesado para investigar el desarrollo de la doctrina de los Salvadores del mundo en el idealismo mundial. En el libro citado,6 el autor sigue diciendo:

 

“El número de deidades paganas (la mayoría nacidos de una virgen, y muertos de una u otra manera por tratar de salvar la humanidad) es tan grande que resulta difícil registrarlos. El dios Kriskna en la India y el dios Indra en Nepal y el Tíbet, derramaron su sangre por la salvación de los hombres. Buda, según Max Müller, dijo: ‘Que todos los pecados del mundo caigan sobre mí, a fin de que la humanidad se libere’; el chino Tien —el Santo, ‘uno con Dios, existiendo con Él por toda la eternidad’— murió para salvar al mundo; el egipcio Osiris fue llamado Salvador, lo mismo que Horus; de igual modo se denominaron el persa Mitra y el griego Hércules que venció a la muerte, aunque su cuerpo se consumió en la ardiente vestidura de la mortalidad, de la cual se elevó a los cielos. De igual modo el frigio Attis, llamado el Sal­vador y el sirio Tammuz o Adonis —ambos, como sabemos, fueron cla­vados o atados a un árbol— y resucitaron posteriormente de sus ataúdes o sarcófagos. Prometeo, el más grande y primer benefactor de la raza humana, con los brazos extendidos, fue clavado de pies y manos en las rocas del Monte Cáucaso. Dionisio o Baco, nacido de la virgen Semele para ser el Libertador del género humano (fue denominado Dionysus Eleutherios) y despedazado, como Osiris. Hasta en el remoto México,  Quetzalcoatl, el Salvador, nació de una virgen, fue tentado, ayunó du­rante cuarenta días y fue ejecutado, y su segundo advenimiento fue espe­rado con tanta ansia que (como bien se sabe) a la llegada de Cortés, los pobres mexicanos lo recibieron como al dios esperado. En Perú y entre los indios americanos del norte y sur del Ecuador, existen o exis­tieron leyendas similares.” 7

 

No corresponde en esta obra discutir estas ideas en favor ni en contra. La única cuestión importante para nosotros es la parte que Cristo realmente desempeñó como Salvador del Mundo y en qué consistió el carácter excepcional de Su misión. ¿Cómo era ese mundo al que había venido? y ¿cuál es hoy la significación de Su muerte para el ser humano común? ¿Son históricamente reales los episodios de Su vida? ¿Hubo una época en nuestra historia racial en que Cristo actuara, hablara y viviera una vida humana común? ¿Sirvió a Su raza y regresó a la fuente de origen de donde viniera?

 

La realidad de Cristo no constituye problema alguno para quie­nes Le conocen. Saben, más allá de toda controversia, que Él existe. “Saben a Quién han creído”.8 Para ellos Su realidad no puede refutarse. Pueden diferir entre sí respecto al énfasis que debe aplicarse a las diversas interpretaciones teológicas de la historia de Su vida, pero conocen a Cristo y con Él huellan el sendero de la vida. Pueden discutir si fue Dios u hombre, u Hombre-Dios,  o Dios-Hombre, pero todos coinciden en un punto, y es que fue Dios y Hombre, manifestado en un solo cuerpo. Pueden luchar para perpetuar la memoria del Cristo muerto en la cruz o esfor­zarse por vivir la vida del Cristo resucitado, pero todos testimo­nian la realidad de Cristo Mismo, y por la multitud de testigos se establece la realidad. El que sabe no puede dudar, sino decir enfá­ticamente que

 

“hay un Cristo eterno, un Hombre-Dios, unido a la humanidad no sólo desde determinada fecha en el tiempo, sino antes de existir el tiempo. Y hay un hombre eterno, un hombre que no sólo es el resultado del hecho histórico de la Encarnación, sino que en virtud de una realidad, aborigen y precósmica, participa esencialmente de la divinidad. Hay una divina humanidad, por lo tanto, también hay una humana divinidad. El género humano no es sólo el cuerpo temporal de Cristo, sino Su cuerpo eterno y místico, y esto no en sentido alegórico, sino absolutamente real y literal.” 9

 

El cristianismo es la reafirmación de una doctrina muy anti­gua. No es nueva. Es tan esencial para la salvación y la felicidad del mundo, que Dios siempre la proclamó.  Las narraciones del Evangelio son verdaderas y puede confiarse en ellas porque están integradas por las revelaciones espirituales del pasado, y son rein­terpretadas hoy en términos crísticos. Por lo tanto, estando el género humano más evolucionado y siendo más inteligente, esa reinterpretación satisfará más rápida y adecuadamente las nece­sidades de la humanidad. Pero no es nada nuevo, y Cristo nunca Lo proclamó como si lo fuera. Él predijo una nueva era y la venida del reino de Dios. Con el correr del tiempo y por la captación mile­naria de la conciencia de Dios, recién hoy el género humano co­mienza a ver un mundo y una humanidad preparados para recibir una nueva revelación —revelación basada en una ética cristiana verdadera y en vitales verdades cristianas. Lo que Cristo repre­sentó y la verdad que encarna es tan antigua, que en todas las épocas estuvo presente como una necesidad en la conciencia hu­mana; no obstante, es tan nueva que no habrá ningún momento en la historia del nacimiento y de la muerte del Salvador del mundo, que no sea de enorme importancia para el hombre. Edward Carpenter 10 se refiere a esto arrojando luz sobre este incesante y milenario enfoque del amor de Dios y el deseo del hombre como hijo de Dios:

 

“Si el hecho histórico de Jesús pudiera probarse en cualquier grado, nos daría la razón para suponer (cosa que personalmente me he incli­nado a creer) que también existe un núcleo histórico de personajes tales como Osiris, Mitra, Krishna, Hércules, Apolo y los demás. En realidad la cuestión se resume a lo siguiente: ¿Han existido, en el curso de la evolu­ción humana, ciertos puntos o períodos ‘nodales’, por así decirlo, en los cuales las corrientes psicológicas fluyen juntas y se condensan para un nuevo comienzo, y cada nodo o punto de condensación, se ha caracterizado por la aparición de un hombre (o mujer) heroico y real, que suministra el ímpetu necesario para ese nuevo comienzo, dando su nombre al movi­miento resultante?, ¿o basta con suponer la formación automática de tales nodos o puntos de partida, sin la intervención de ningún héroe o genio, o imaginar que en cada caso la tendencia a crear mitos en el género humano, creó una figura inspiradora y legendaria y la reverenció como a un dios durante un largo tiempo posterior?

 

“Como he dicho anteriormente, esta cuestión, aunque interesante, en verdad no es muy importante. Lo principal es que el espíritu creador y profético de la humanidad ha evocado esas figuras de tiempo en tiempo, como idealizaciones de sus deseos, colocándoles una aureola. La larga procesión de tales figuras se ha convertido en una realidad histórica —la historia de la evolución y del corazón y de la conciencia humanos.”

 

La Crucifixión y la Cruz de Cristo son tan antiguas como la humanidad misma. Ambas son símbolos del sacrificio eterno de Dios, al sumergirse en el aspecto forma de la naturaleza, trasfor­mándose así en Dios inmanente y trascendente. Sería bueno re­cordar que:

 

“...mucho antes de la era cristiana, la cruz se empleaba como objeto de adoración. Así como en Egipto el obelisco no sólo era un símbolo del dios sol, sino también un dios, la cruz fue una verdadera divinidad. El tronco de un árbol, con o sin ramas, se lo consagró a varios dioses y en el caso del culto de Attis, la imagen del dios se colgaba en el pino sa­grado, en conmemoración de su muerte, y el propio tronco del árbol era envuelto en telas de lino y se lo trataba como objeto de culto. De igual modo el árbol consagrado a Osiris se adornaba con telas y se colocaba en el templo, con el cuerpo del dios atado a sus ramas, según la tradición.” 11

 

Hemos visto que Cristo debe ser reconocido ante todo en sen­tido cósmico. El Cristo cósmico ha existido desde toda la eterni­dad, y es la divinidad en el espacio o espíritu crucificado. Perso­nifica la inmolación o sacrificio del espíritu en la cruz de la materia, forma o sustancia, a fin de que todas las formas divinas, incluyendo la humana, puedan vivir. Esto lo han reconocido siem­pre los llamados credos paganos. Si se siguen las huellas del sim­bolismo de la cruz, se verá que antecede al cristianismo por miles de años y que, finalmente, los cuatro brazos de la cruz desapa­recen, quedando únicamente la imagen del Hombre celestial vi­viente con los brazos extendidos en el espacio. El Cristo cósmico se yergue al norte, al sur, al este y al oeste, sobre lo que se llama “la cruz fija de los cielos”. Sobre esta cruz Dios está eternamente crucificado.

 

 “Se habla místicamente del cielo como el Templo y la conciencia eter­na de Dios. Su altar es el sol, cuyos cuatro brazos o rayos, tipifican las cuatro esquinas o la cruz cardinal del universo, trasformada en los cuatro signos fijos de zodiaco, y en los cuatro poderosos signos sagrados animales, que son a la vez cósmicos y espirituales... Se conocen como los cuatro animales consagrados del zodíaco, en tanto que los signos en sí representan los elementos fundamentales y básicos de la vida, Fuego, Tierra, Aire y Agua.” 12

 

 Los cuatro signos Tauro, Leo, Escorpio y Acuario, constituyen preeminentemente la cruz del alma, la cruz sobre la cual la se­gunda Persona de la divina Trinidad es crucificada. Cristo perso­nificó en Su misión esos cuatro aspectos, y como Cristo cósmico, ejemplificó en Su persona las cualidades que cada uno de esos signos representa. Hasta el hombre primitivo, poco evolucionado e ignorante, tenía conciencia de la significación del espíritu cós­mico inmolado en la materia y crucificado en la cruz de cuatro brazos. Se dice que los primitivos seres humanos

 

“...aceptaban, tras largos años de creencia, que el sol moría anualmente y era llevado a través de las grandes aguas hasta el sur, y sepultado en la tiniebla del solsticio de invierno, lo que ahora se conoce como el 22 de diciembre. Observaron que siglo tras siglo desde el 22 al 25 de diciembre los días no se acortaban ni se alargaban, pero que desde el 25 de diciem­bre comenzaban anualmente a aumentar leve y progresivamente la luz, cada día algo más, el frío disminuía y retornaba el calor, la luz y la alegría, así la naturaleza entera se liberaba de lo que parecía muerte y dolor.

 

“Entonces, de los cuatro puntos de la Tau, que comenzaba con Tauro, el toro, y el sol en el centro, los hombres inventaron el símbolo del dador de vida y su posición fija, eternamente en el centro (es decir, el sol en la cruz o el salvador crucificado, porque el sol es el salvador de toda la naturaleza), habiendo constatado previamente el magnetismo maléfico y benéfico de las orbes celestes, o el testimonio dado por los señores de los planetas y su poder.” 13

 

Estos cuatro signos se encuentran en forma inequívoca en La Biblia y se consideran en la doctrina cristiana como los cuatro animales sagrados. El profeta Ezequiel se refiere a ellos con estas palabras:

 

“Y el aspecto de sus caras era, cara de hombre y cara de león a la derecha de los cuatro, y cara de buey a la izquierda de los cuatro; asi­mismo tenían los cuatro cara de águila.” 14

 

También en el Libro de las Revelaciones, encontramos la mis­ma simbología astrológica:

 

“Y delante del trono había como un mar de vidrio semejante al cristal;  y junto al trono, y alrededor del trono, cuatro seres vivientes llenos de ojos delante y detrás.

 

“El primer ser viviente era semejante a un león; el segundo seme­jante a un becerro; el tercero tenía rostro como de hombre, y el cuarto era semejante a un águila volando.” 15

 

“La cara como de hombre”, es el signo antiguo de Acuario, el signo del hombre que lleva el cántaro, al que Cristo Se refirió cuando envió a Sus discípulos a la ciudad, diciéndoles: “He aquí, al entrar en la ciudad os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidle hasta la casa donde entrare”.16 En este signo zodiacal estamos entrando ahora. Sería bueno se­ñalar que astronómicamente esto es verdad y no una simple afir­mación de los astrólogos. El León representa el signo Leo del zodíaco, siendo el símbolo de la individualidad, y bajo su influen­cia la raza adquiere autoconciencia y los hombres actúan como individuos. Cristo puso el énfasis de Su enseñanza sobre la signi­ficación del individuo y demostró con Su vida el valor supremo del individuo, su perfeccionamiento, su servicio y su sacrificio final, en bien del todo. La constelación del Águila siempre fue conside­rada como intercambiable con el signo Escorpio, la serpiente, em­pleándosela frecuentemente en esta relación cuando se considera a la cruz fija del Salvador cósmico. Escorpio es la serpiente de la ilusión, de la cual se libera definitivamente la naturaleza crís­tica, y Adán, en el jardín del Edén, sucumbió a las ilusorias tenta­ciones de esta serpiente, Escorpio. La “cara de buey” es el sím­bolo bíblico del signo de Tauro, el toro, representando la religión que precedió a la revelación hebrea, y tiene sus exponentes en Egipto y en los misterios mitraicos. En esta cruz fija todos los Salvadores mundiales, incluso el Cristo de Occidente, han sido eternamente crucificados, para recordar al hombre la intención divina, basada en el sacrificio también divino. Los primeros Pa­dres reconocieron esta verdad y aprendieron que la historia es­crita en los cielos guardaba una definida relación con la huma­nidad y la evolución de las almas humanas. Clemente de Alejan­dría dice que “el sendero de ascenso de las almas está en los doce signos del zodíaco”, y las festividades de la iglesia de hoy no se basan sobre fechas históricas relacionadas con las personalidades religiosas descollantes a que se refieren, sino a la época y a las estaciones. Vimos que la fecha del Nacimiento de Belén se esta­bleció astronómicamente casi cuatro siglos después que naciera Cristo. La combinación de Virgo con la Estrella de Oriente (Sirio) y los Tres Reyes (simbolizados por el cinturón de Orión), fue el factor determinante. La virgen fue vista en Oriente, con la línea del horizonte pasando por su centro, siendo ésta una de las causas determinantes de la doctrina del nacimiento virginal.

 

 Otro ejemplo ilustra el fundamento astronómico de nuestras festividades cristianas. Dos festividades se guardan tanto en la iglesia católica romana como en la anglicana, denominadas, res­pectivamente, la Asunción de la Virgen y el Nacimiento de la Virgen María. La primera se celebra el 15 de agosto y la segunda el 8 de septiembre. Todos los años el sol va entrando en el signo de Virgo, alrededor de la época de la Asunción, y toda la constela­ción está envuelta y se pierde de vista en la gloria radiante del sol. Cerca del 8 de septiembre la constelación de Virgo reaparece lentamente entre los rayos del sol. Por eso se habla del naci­miento de la Virgen.

 

El Día de Pascua siempre se decide astronómicamente. Estos hechos exigen una consideración muy cuidadosa. Esta información debería estar en manos de todos los pueblos cristianos porque sólo así podrían llegar a una plena y clara comprensión de lo que Cristo vino a realizar en la Tierra, en Su naturaleza cósmica. Tal acontecimiento tuvo mayor importancia que la simple salvación de cualquier ser humano individual. Significó mucho más que el fundamento de la fe en un futuro celestial, de varios millones de personas. La encarnación de Cristo, aparte de su valor histórico y de la nota clave que emitió, marcó el final de un gran ciclo cósmico y también la apertura de la puerta al reino que, hasta entonces, sólo se había abierto ocasionalmente, para permitir la entrada de los hijos de Dios que triunfaron sobre la materia. Después del advenimiento de Cristo, la puerta se abrió para siem­pre de par en par, y empezó a formarse en la Tierra el reino de Dios. En los largos procesos del tiempo aparecieron en el planeta, cuatro grandes expresiones de la vida divina, cuatro formas de Dios inmanente, llamadas los cuatro reinos de la naturaleza. Cons­tituyen, simbólicamente, el reflejo planetario de los cuatro brazos de la cruz zodiacal sobre la cual el Cristo cósmico Se ve crucificado. A través de las edades, los seres humanos han simbolizado al Cristo cósmico inmolado en la cruz de la materia, perpetuando así en la conciencia de la raza el conocimiento de ese evento; por eso, en cierto sentido planetario, los cuatro reinos de la naturaleza hacen lo mismo, representando el espíritu de Dios extendido sobre una cruz de forma material para ser eventualmente posible la aparición del reino de Dios sobre la Tierra. Esto significa la espiritualización de la materia y la forma, la asunción de la   materia al cielo y la liberación de Dios de la crucifixión cósmica. El poeta Joseph Plunkett 17 lo dice bellamente:

 

“Veo Su sangre sobre la rosa

y en las estrellas la gloria de Sus ojos,

Su cuerpo fulgura en las nieves eternas,

Sus lágrimas caen desde los cielos.

 

Veo Su rostro en cada flor,

el trueno y el gorjeo de los pájaros

no son más que Su voz, y grabada en la roca,

por Su poder, están Sus palabras escritas.

 

Sus pies hollaron todos los senderos,

Su fuerte corazón agita el mar inquieto,

Su corona de espinas contiene todas las espinas,

y todo árbol es Su cruz.”

 

La maravilla de la misión de Cristo residía en el hecho de que, no obstante pertenecer a la larga continuidad de hombres divinos perfectos, desempeñó una función única. Resumió en Sí Mismo y puso fin a la presentación simbólica del sacrificio eterno de Dios en la cruz fija en los cielos, de la que dan testimonio las estrellas, que la historia de la religión tan exitosamente ha velado y aún hoy se niega a reconocer. El Hombre celestial está actual­mente pendiendo del Cielo, como Lo ha estado desde la creación del sistema solar, y Cristo dijo: “Y yo, si fuera elevado de la tierra, a todos atraeré a Mí”,18 y no sólo a todos los hombres, sino, oportunamente, a todas las formas de vida de todos los reinos que entreguen sus vidas, no como sacrificio impuesto, sino como ofren­da voluntaria para la gloria de Dios. “El que perdiere su vida por mi causa, la haIlará”,19 es una realidad que se olvida a menudo y tiene una conexión definida con la historia de la crucifixión en sus más amplias implicaciones. Sin embargo, mediante la realiza­ción del último de los reinos en manifestación, el humano, la cruz y su propósito se completan y esto lo atestigua la muerte de Cristo.

 

Pero el punto importante no es Su muerte, por más que fue la culminación del proceso evolutivo, sino la Resurrección consi­guiente, simbolizando, como lo hizo, la formación y precipitación sobre la Tierra, de un nuevo reino, donde los hombres y todas las formas se liberarán de la muerte —reino del cual el Hombre libe­rado de la Cruz debería ser el símbolo. De este modo completa­mos el círculo, desde el Hombre en el espacio, con los brazos extendidos en forma de cruz, a través de la secuencia de los Salva­dores crucificados que repetidamente narran lo que Dios ha hecho por el universo, hasta llegar al culminante Hijo de Dios que llevó el simbolismo, en todas sus etapas, al plano físico. Luego resucitó de entre los muertos para decirnos que la larga tarea de la evo­lución había llegado por fin, en su fase final —si así lo decidimos y estamos dispuestos a hacer lo que Él hizo— a pagar el precio y pasando a través de los portales de la muerte, a lograr una gozosa resurrección. San Pablo trató de familiarizarnos con esta ver­dad, pero sus palabras han sido frecuentemente distorsionadas por la traducción y la incorrecta interpretación teológica:

 

“Anhelo conocer a Cristo y el poder de Su resurrección, y compartir Sus sufrimientos y morir como Él murió, en la esperanza de que yo pueda resucitar de entre los muertos. No digo ya he alcanzado este conocimiento y obtenido la perfección, pero sigo adelante.” 20

 

Pareciera, según este pasaje, que San Pablo consideraba sufi­ciente para la salvación, creer simplemente que Cristo murió por nuestros pecados.

 

 Permítaseme establecer aquí, breve y sucintamente, lo que ver­daderamente pareció acontecer cuando Cristo murió en la Cruz. Él entregó el aspecto forma y Se identificó como Hombre con el aspecto vida de la Deidad. Desde ese instante nos liberó del aspecto forma de la vida, la religión y la materia, demostrándonos la posibilidad de estar en el mundo y, sin embargo, no ser del mun­do,21 de vivir como almas, liberados de los impedimentos y limi­taciones de la carne, aunque estemos en la tierra. La humanidad está cansada de la muerte hasta en lo más profundo de su ser. Su único descanso reside en la creencia de que la victoria final será sobre la muerte y que algún día la muerte será abolida. Trataremos este tema con más detalle en el capítulo siguiente, pero puede decirse que la raza está tan saturada del pensamiento de la muerte que, para la teología, la línea de menor resistencia ha sido re­calcar la muerte de Cristo, omitiendo hacer hincapié en la reno­vación de la vida, de la que fue preludio esa muerte. Esta práctica terminará, porque el mundo de hoy exige un Cristo viviente y no un Salvador muerto. Exige un ideal tan universal en sus impli­caciones —tan incluyente en tiempo, espacio y vida—, que las explicaciones constantes y los innumerables intentos de hacer que la teología se conforme a los requisitos de una verdad vital, no serán ya necesarios. El mundo ha sobrevivido a la creencia de un Dios iracundo que demanda sacrificios de sangre. Las personas inteligentes están ya de acuerdo en que “... el pensamiento mo­derno no choca con las primitivas ideas cristianas, pero en lo que atañe a la propiciación de esas malas inclinaciones, el caso es distinto. No podemos seguir aceptando la tremenda doctrina teo­lógica de que por alguna razón mística fue necesario el sacrificio propiciatorio. Ultraja nuestro concepto de Dios como todopoderoso, o nuestro concepto de Él como todo amor”.22 La humanidad aceptará la idea de un Dios que amó tanto al mundo que envió a Su Hijo para darnos la expresión definitiva del sacrificio cósmico y decirnos, como lo hizo Cristo en la Cruz: “Consumado es”.23 Pode­mos ahora “entrar en el gozo del Señor”.24 Los hombres están aprendiendo a amar, y repudian y repudiarán, una teología que convierte a Dios en una fuerza dura y cruel para el mundo, no igualada por los hombres. Debemos recordar también como dice Arthur Weigall.25

 

“El cristianismo de Jesucristo no resalta la ira de Dios, ni la impo­sición de Su castigo, sino que ve, sobre todo, Su amor y Su ilimitado per­dón de las flaquezas humanas. Las supuestas referencias directas sobre el infierno, expuestas por Nuestro Señor en el Evangelio de San Mateo, el último y menos digno de confianza de los Sinópticos, no están corrobo­radas en ninguno de los registros anteriores de las palabras de Cristo, mientras que la ‘ira de Dios’ sólo se menciona en un comentario editorial en el último Evangelio, el de San Juan. Ciertamente, la entera concep­ción de un Lugar de Tormentos donde los malvados serán castigados con sufrimientos físicos y por un Dios iracundo, una especie de mezcla de policía, magistrado, carcelero y verdugo, no pueden encontrarse en las ideas de Jesús, sino que corresponden a una era primitiva, y es indigno de nuestra moderna inteligencia.” Lo subrayado me pertenece. A.A.B.

 

Todo el curso de la vida humana tiende a repudiar esos dog­mas antiguos que se basan en el temor y, por el contrario, prefiere afrontar valerosamente los hechos y responsabilidades inherentes a su nacimiento espiritual.

 

 

 

2

 

Cuando la iglesia haga hincapié en el Cristo viviente y reco­nozca que sus formas y ceremonias, sus festividades y rituales, provienen de un pasado muy remoto, tendremos el surgimiento de una nueva religión que estará tan separada de la forma y del pasado, como el reino de Dios de la materia y la naturaleza corpórea. Toda la religión ortodoxa puede considerarse como una cruz en la que hemos crucificado a Cristo; ha servido su propó­sito como custodia de las edades y conservadora de las antiguas  formas, pero debe entrar en una vida nueva y pasar por la resu­rrección, si quiere satisfacer hoy las necesidades profundamente espirituales de la humanidad. Se dice que “las naciones así como los individuos, se hacen, no únicamente por lo que adquieren, sino por lo que renuncian, y esto atañe también a la religión de la época actual”.26 Su forma debe sacrificarse en la Cruz de Cristo para poder resucitar a una vida vital y verdadera y satisfacer la necesidad de los pueblos. Que su tema sea el Cristo viviente y no el Salvador moribundo. Cristo ha muerto. No cabe error alguno. El Cristo de la historia pasó por los portales de la muerte por nosotros. El Cristo cósmico está muriendo aún en la Cruz de la Materia. Allí quedará pendiendo hasta que el último y cansado peregrino encuentre su camino al hogar.27 El Cristo planetario, vida de los cuatro reinos de la naturaleza, ha sido crucificado en los cuatro brazos de la Cruz planetaria en el transcurso de las edades. Pero el final de este período de crucifixión se aproxima. La humanidad puede descender de la cruz, como lo hizo Cristo, y entrar en el reino de Dios como espíritu viviente. Los hijos de Dios están preparados para manifestarse. Hoy, como nunca:

 

“El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos de Dios y coherederos de Cristo, si es que padecemos juntamente con Él para, juntamente con Él ser glorificados...

 

“Porque el anhelo ardiente de la manifestación es guardar la mani­festación de los hijos de Dios. Porque la creación estuvo sujeta a vani­dad, no por su propia voluntad, sino por la de Aquel que así la sujetó; porque también la creación será liberada de la esclavitud de corrupción para gozar de la libertad que llega con la glorificación de los hijos de Dios.

 

“Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora, y no sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción de la redención de nuestros cuerpos.”28

 

Hacia esta glorificación de Dios, vamos. Algunos hijos de los hombres lo lograron, por la comprensión de su divinidad. El Dr. Radhakrishnan 29 dice en otro pasaje de la obra citada:

 

“Estar inspirados en nuestros pensamientos por el conocimiento divino, ser impulsados en nuestra voluntad por el propósito divino, moldear nuestras emociones en armonía con la bienaventuranza divina, llegar al gran yo de la verdad, la bondad y la belleza, al que denominamos Dios, como presencia espiritual, elevar todo nuestro ser y vida al estado divino, constituye el propósito y significado máximo del vivir humano. Algunos individuos excepcionales han logrado tal estado y armonía. Son los tipos más elevados de humanidad y representan la forma final que la huma­nidad tendrá que asumir. Son los precursores de la nueva raza.”

 

Resulta interesante observar que las dos grandes ramas del cristianismo ortodoxo, el oriental, expresado por la Iglesia Grie­ga, y el occidental, representado por las Iglesias Católica Romana y Protestante, han conservado dos grandes conceptos que el espíritu de la raza necesitó en su gran jornada evolutiva, alejándose de Dios y retornando a Él. La Iglesia griega siempre hizo hinca­pié en el Cristo resucitado. La occidental, en cambio, ha subrayado al Salvador crucificado. El cristianismo oriental considera que la resurrección es su enseñanza central. Pfleger 30 se refiere a esto en los siguientes términos:

 

“El interés cósmico, la apasionada preocupación por la idea de la Resurrección y la Segunda Venida de Cristo, y el anhelo por la glorifica­ción y deificación, encontraron expresión en los padres orientales. Un Orígenes, un San Gregorio de Nyasa, son típicamente orientales. Y la doctrina de una salvación exclusivamente personal, de un cielo para los salvos y un infierno para los réprobos, corresponde a los occidentales. Como resultado de su constitución psicológica, el cristiano oriental ha puesto en su religión, en primer plano, la cuestión del Apocatastasis, la restitución de todas las cosas; el cristiano occidental, católico o protes­tante, la cuestión de la justificación mediante la fe y las buenas obras.”

 

La necesidad de morir para las cosas materiales, la tendencia del hombre a pecar y a olvidar a Dios y la necesidad de cambiar la idea o la intención, ha sido contribución del cristianismo occidental a los credos religiosos del mundo. Pero nos ha preocupado tanto el tema del pecado, que olvidamos nuestra divinidad, y fuimos tan intensamente individuales en nuestra conciencia, que presentamos un Salvador que dio Su vida por nosotros como individuos y creemos que, de no haber muerto, nunca podríamos entrar en el cielo. El cristianismo oriental no hizo mayor hincapié en estas verdades, acentuando en cambio al Cristo viviente y la naturaleza divina del hombre. Sólo cuando lo mejor de las dos líneas de verdades presentadas se unan y vuelvan a interpret­arse, alcanzaremos el concepto básico sobre el cual nos podremos apoyar, sin duda alguna, y tener la certeza de que es lo bastante incluyente como para ser realmente divino. El pecado existe y el sacrificio está involucrado en el proceso de reajustar naturalezas pecaminosas. Hay una muerte que lleva a la vida y es necesario morir cada día”,31 como dice San Pablo, para poder vivir.

 

 Cristo murió para todo lo que existe en la forma, dejándonos un ejemplo para seguir Sus pasos. Pero nosotros, los occidentales, olvidamos la Transfiguración y perdimos contacto con la divini­dad; ahora deberíamos estar dispuestos a aceptar lo que los cris­tianos orientales han creído durante tanto tiempo.

 

“...Su concepto de la divina humanidad no es lo mismo que el Con­cepto postulado por la teología oficial de la Iglesia. La divina humanidad, según lo entiende la gnosis rusa, tiene dos aspectos. La divina humanidad de Cristo tiene su estricta contraparte en la divinidad del hombre, y sin esta última, la Encarnación histórica de Cristo sería inconcebible. El concepto de la divinidad del hombre, sostenido por el cristianismo occi­dental, se expresa en el bien conocido mandato patriarcal: Cristo Se transformó en hombre para que el hombre pudiera transformarse en Dios. Y esta divinidad no es una facultad del hombre sino un don gratuito de la gracia, extraño a la naturaleza humana, a la cual transciende. Para la gnosis rusa, por otra parte, la divinidad del hombre tiene un fundamento ontológico en la naturaleza humana, no siendo simplemente el resultado de un hecho histórico.” 32

 

Esta gnosis siempre se ha manifestado en el mundo. Mucho antes de la venida de Cristo se afirmaba la divinidad del hombre y se reconocían las encarnaciones divinas. El Profesor Murray33 dice:

 

“Comúnmente, se considera todavía que los gnósticos constituyen un grupo de cristianos herejes. En realidad existían sectas gnósticas espar­cidas por todo el ámbito helénico antes del cristianismo, como también después. Deben haberse establecido en Antioquía y probablemente en Tarso, mucho antes de la época de Pablo o Apolo. Su Salvador, como el Mesías judío, ya estaba en las mentes de los hombres, antes que el Sal­vador de los cristianos.”

 

Los propios gnósticos declaraban ser los custodios de una re­velación que no era exclusivamente de ellos, sino que había estado siempre presente en el mundo. G. R. S. Mead,34 una autoridad en la materia, dice: “Prácticamente estos gnósticos pretendían que la buena noticia de Cristo (el Christos), era la consumación de la doctrina interna de la Institución de los Misterios de todas las naciones, siendo el fin de todas ellas la revelación del Misterio del Hombre. En Cristo, el Misterio del Hombre fue revelado”.

 

En vista del hecho comprobado de que ha existido una conti­nuidad de revelación y que Cristo ha sido uno, en la larga suce­sión de Hijos de Dios manifestados, ¿en qué difieren Su Perso­na y Su misión, de las de los demás? Podemos y debemos estar de acuerdo con Karl Pfleger 35 cuando dice: “La Encarnación de Dios en Cristo, no es sino una manifestación más grande y más perfecta de Dios, de una serie de otras más imperfectas, que pre­pararon el camino moldeando la naturaleza humana que las reci­bió..., la Encarnación no es un milagro en el sentido estricto y crudo del término, así como la Resurrección, la unión interna del espíritu con la materia, es extraña al orden universal de la existencia” Por lo tanto, ¿en qué difiere la misión de Cristo de la de los demás?

 

La diferencia reside en la etapa de la evolución alcanzada por la propia humanidad. Cristo inauguró el ciclo en que los hombres llegaron a ser estrictamente humanos. Hasta el momento de esa Encarnación existieron siempre quienes alcanzaron la humanidad y luego pasaron a demostrar la divinidad. Pero ahora toda la raza está a punto de hacerlo. Aunque los hombres son hoy predominantemente animal-emotivos, no obstante, por el éxito del pro­ceso evolutivo, que ha producido el difundido sistema de educa­ción y el elevado nivel de percepción mental, los hombres alcanza­ron el punto en que las propias masas, si reciben el adecuado estímulo, pueden “entrar en el reino de Dios”. ¿Quién puede decir que esta comprensión, por tenue e incierta que parezca, no es la que produce la inquietud universal y la difundida determinación de mejorar las condiciones imperantes? Es inevitable que al prin­cipio interpretemos el reino de Dios en términos de lo material, pero es un signo espiritual y de esperanza que nos ocupemos hoy de  limpiar la casa, tratando así de elevar el nivel de nuestra civi­lización. Cristo encarnó por primera vez, cuando la humanidad formaba un todo completo, en lo que atañe al aspecto forma de su naturaleza, con todas las cualidades en manifestación —físicas, síquicas y mentales— que caracterizan al animal humano. Cristo manifestó lo que podría ser el hombre perfecto, cuando consideró el aspecto forma como templo de Dios, pero reconociendo Su divi­nidad innata, tratando de ponerla en primer plano, ante todo en Su propia conciencia y luego ante el mundo. Esto es lo que hizo Cristo. Los misterios siempre fueron revelados al individuo que se ponía en condiciones para entrar en un arcano o templo oculto, pero Cristo reveló esos misterios a toda la humanidad y desempeñó el drama del Hombre-Dios ante la raza. Ésta fue Su realización mayor, y es lo que olvidamos, el Cristo viviente, en el énfasis puesto sobre el hombre mismo, sobre la relación consigo mismo como pecador, y con Dios, como Aquél contra Quien ha pecado.

 

Además, toda gran organización, grupo o culto religioso de cualquier tipo, origina en una persona, y de ella se esparce la idea por el mundo, reuniendo adherentes en el transcurso del tiem­po. De este modo, Cristo precipitó el reino de Dios en la tierra. Siempre había existido en los cielos. Cristo lo materializó, hacién­dolo una realidad en la conciencia de los hombres. Pero “el cris­tianismo se preocupó tanto... de la ígnea hoguera y la manera de evitarla mediante el sacrificio expiatorio de Jesucristo en la Cruz, y abogó tanto y continuamente por el culto de Jesús como Dios y Salvador, que apartó la atención de los cristianos, de la realidad de que esa misión de la Fe debía ser realmente la amplia­ción del reino de Dios en la Tierra, el establecimiento de las co­rrectas condiciones entre los hombres vivientes”.36

 

Esta preparación para el reino y la llegada del momento en que los hombres en gran número podían iniciarse en los misterios, requería el reconocimiento de una indignidad y pecaminosidad, que sólo podría proporcionarlo el desarrollo de la mente. En la era cristiana se produjo el desarrollo mental y también se acentuó demasiado el pecado y el mal. Los animales no tienen conciencia del pecado, aunque puede haber atisbos de una conciencia tal entre los animales domésticos, debido a su asociación con el hom­bre. La mente tiene el poder de analizar y observar, de diferenciar y distinguir, por eso, con el advenimiento  del desarrollo mental, hubo durante largo tiempo un sentido creciente de contribución de lo pecaminoso, y de una actitud casi abyecta hacia el Creador, causando en la humanidad ese complejo de inferioridad tan mar­cado, que los psicólogos de hoy se ven obligados a tratar. Contra este sentido de pecado, con sus concomitancias de propiciación, expiación y sacrificio, que Cristo realizara por nosotros, ha habido una sublevación, y en esta reacción verdaderamente sana, existe la normal tendencia de ir demasiado lejos. Afortunadamente, nunca podemos apartarnos demasiado de la divinidad, y la sincera creencia de quienes saben, es que, como raza, volveremos a un estado de mayor espiritualidad que nunca. La teología se sobrepasó con su complejo del “miserable pecador” y con su énfasis en la necesidad de la purificación por la sangre. Esta enseñanza de la purificación por la sangre de toros y carneros (o corderos), formaba parte de los antiguos misterios y la heredamos primiti­vamente de los Misterios de Mitra. Esos misterios heredaron a su vez la enseñanza, formulando así su doctrina, que fue absorbida por el cristianismo. Cuando el sol estaba en el signo zodiacal de Tauro, el Toro, el sacrificio del toro se ofrecía como predicción de lo que Cristo vendría a revelar más tarde. Vemos que cuando el sol pasó (en la precesión de los equinoccios) al signo siguiente,  Aries, el Carnero, se sacrificaba el cordero y que la víctima propiciatoria fue enviada al desierto. Cristo nació en el signo siguiente, Piscis, y por ello comemos pescado en Viernes Santo en conmemoración de Su venida. Tertuliano, uno de los primeros Padres de la Iglesia, se refiere a Jesucristo como “el Gran Pez” y a nosotros, Sus seguidores, como los “pececillos”. Esos hechos son muy conocidos, como se indica en lo siguiente:

 

“Las ceremonias de la purificación, salpicando o mojando al novicio con la sangre del toro o carnero, están muy difundidas y se encuentran en los ritos de Mitra. Mediante esta purificación, un hombre ‘nacía de nuevo’, y la expresión cristiana ‘lavado en la sangre del Cordero’, sin duda es un reflejo de esta idea, estando muy clara la referencia en las palabras de la Epístola a los Hebreos, ‘Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar  los pecados’. En este pasaje, el autor continúa diciendo: '...teniendo libertad para entrar en el Lugar Santí­simo por la sangre de Jesús, por el camino nuevo y viviente que Él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne... acerquémonos... purifi­cados los corazones de mala conciencia y lavados los cuerpos con agua pura’. Pero cuando nos enteramos de que la iniciación mitraica consistía en entrar valientemente en un misterioso ‘Sanctum sanctorum’ subterrá­neo, con los ojos vendados, para ser allí salpicado con sangre y lavado con agua, resulta evidente que el autor de la Epístola pensaba en esos ritos mitraicos de los cuales todos tenían conocimiento en ese entonces.” 37

 

Cristo vino a abolir esos sacrificios mostrándonos su verda­dero significado, y en Su Persona, como hombre perfecto, padeció la muerte de la Cruz para demostrarnos (en forma real y efectiva) que la divinidad puede manifestarse y expresarse verdaderamente sólo cuando el hombre, como tal, ha muerto, para que el Cristo oculto pueda vivir. La naturaleza carnal inferior, como San Pablo la denomina, debe morir para que la naturaleza divina superior pueda manifestarse en toda su belleza. El yo inferior debe morir para que el yo superior pueda manifestarse en la tierra. Cristo tuvo que morir para que el género humano pudiera aprender, de una vez por todas, la lección de que por el sacrificio de la natu­raleza humana el aspecto divino podría ser “salvo”. De este modo Cristo sintetizó en Sí Mismo la significación de todos los sacrifi­cios mundiales del pasado. Esa verdad misteriosa revelada única­mente al iniciado entrenado y dedicado, cuando estaba preparado para la cuarta iniciación, fue dada por Cristo al mundo de los hombres. Murió por todos para que todos pudieran vivir. Pero ésta no es la doctrina de la expiación vicaria que fue preeminen­temente la interpretación dada por San Pablo a la crucifixión, sino la doctrina que Cristo Mismo enseñará, la doctrina de la inmanencia divina (véase Jn. 17) y la doctrina del Hombre-Dios.

 

 Conviene recordar, en relación con nuestras creencias cristianas, que “las doctrinas y credos que tienen la genuina autoridad del Jesucristo histórico, son inexpugnables y eternas, pero las que se basan en la primitiva interpretación cristiana de la naturaleza y misión de nuestro Señor, son en gran manera insostenibles”.38 Lo subrayado me pertenece, A. A. B. El mismo autor y en la misma obra dice más adelante:

 

“Las palabras empleadas por Él en la Última Cena, se supone generalmente, que indican la naturaleza del sacrificio y la expiación de Su muerte, pero esta interpretación es falsa. Según el Evangelio de San Marcos, Jesús dice: ‘Ésta es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada’ y, según San Lucas, dice: ‘Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama’ y únicamente en el Evangelio de San Mateo se agregan los términos, ‘para remisión de los pecados’. ‘El crítico más conservador’, dice el desaparecido Deán de Carslile, ‘no vacilará en considerar este agregado como una glosa explicativa del autor del Evangelio’; el significado de las demás palabras puede muy bien haber sido simplemente que Él estaba dispuesto a dar Su vida por Sus amigos y a morir por la causa.”39

 

El actual cristianismo ha heredado la mayoría de sus inter­pretaciones de los primitivos tiempos, y los instructores e intér­pretes de entonces estaban tan esclavizados por las antiguas creen­cias, como nosotros por las interpretaciones dadas al cristianismo durante los últimos dos mil años. Cristo enseñó que debemos mo­rir para vivir como Dioses, por eso murió. Sintetizó en Sí Mismo todas las tradiciones del pasado, porque “no sólo cumplió lo esta­blecido en las Escrituras judaicas, sino también las del mundo pagano, y ahí radicó la gran atracción ejercida por el cristianis­mo primitivo. En Él se condensaba, en una aparente realidad, una docena de Dioses indefinidos, y en Su crucifixión, las antiguas le­yendas de Sus sufrimientos expiatorios y muertes sacrificadas, se actualizaron y tuvieron un sentido directo”.40 Pero Su muerte fue también el acto de consumación de una vida de sacrificio y de servicio y el resultado lógico de Su enseñanza. Los precursores y quienes revelan a los hombres el siguiente paso, los que se pre­sentan como intérpretes del Plan divino, son inevitablemente repudiados y generalmente mueren como resultado de su valeroso pronunciamiento. Cristo no constituyó una excepción a esta regla. “Los pensadores cristianos avanzados de hoy, consideran la Cru­cifixión de nuestro Señor, el sacrificio supremo realizado por Cristo en pro de los principios de Su enseñanza. Fue el acto cul­minante de Su heroica vida y proporciona un ejemplo tan sublime al género humano, que la meditación sobre Él produce una unifi­cación con la Fuente de origen de todo lo bueno”.41

 

Y entonces ¿porqué se hace tanto hincapié sobre el sacrificio de la sangre de Cristo y la idea del pecado? Parecería haber dos causas responsables:

 

1.                La idea heredada del sacrificio de la sangre. El Dr. H. Rashdall 42 dice:

 

“En realidad los diversos autores de los libros canónicos estaban tan habituados a las ideas precristianas de un sacrificio expiatorio y repa­ratorio, que lo aceptaron sin escarbar la raíz. Pero tal vaguedad no era del agrado de los primeros Padres cristianos. En el siglo segundo de nuestra era, Ireneo y otros autores, explicaban la doctrina llamándola ‘Teoría del Rescate’, que establece que el Demonio era el legitimo señor de la humanidad, debido a la caída de Adán, y que Dios, no pudiendo con justicia tomar los súbditos de Satán sin pagar un rescate, envió en sus­titución a Su propio Hijo encarnado.”

 

En este pensamiento encontramos una clara demostración de la forma en que todas las ideas (percibidas en forma intuitiva e infaliblemente correcta) se distorsionan, porque las nociones son preconcebidas y matizadas en las mentes de los hombres. La idea se transforma en ideal, sirviendo a un propósito útil y conduce a los hombres (pues la idea del sacrificio siempre ha llevado a los hombres más cerca de Dios) hasta convertirlo en ídolo, siendo, por consiguiente, limitadora y falsa.

 

2.                La creciente conciencia del pecado en la raza, debido a una mayor sensibilidad hacia la divinidad, y el consiguiente reco­nocimiento de los defectos y del relativo mal de la naturaleza inferior.

 

Vimos que uno de los factores responsables del complejo del pecado en Occidente, ha sido el desarrollo de la facultad mental con su consiguiente corolario, la conciencia desarrollada, la capa­cidad del sentido de los valores y (como resultado de todo ello) la facultad de considerar antagónicas las naturalezas superior e inferior. Cuándo establecemos instintivamente contactos con el yo superior, con sus valores y campo de relaciones, y con el yo infe­rior, con sus valores menores y su campo de actividades más ma­teriales, se evidencia el inevitable desarrollo de un sentido de di­visión y fracaso, y aunque los hombres comprenden que no logra­ron la realización, adquieren conciencia de Dios y de la huma­nidad, del mundo del demonio y de la carne, pero también con­ciben el reino de Dios. A medida que el hombre evoluciona, sus  definiciones varían y los crudamente llamados pecados del hombre no evolucionado, y las faltas y flaquezas del “buen” ciudadano común de la época moderna, entrañan diversas actitudes de la mente y del razonamiento y, sin duda, diferentes consecuencias punitivas. A medida que nuestro sentido de Dios cambia y des­arrolla, y cuanto más nos acercamos a la realidad, cambia y se ensancha nuestra entera perspectiva de la vida y la de nuestros semejantes, haciéndose más divina a la par que más humana. Podemos estar de acuerdo con Richard Rothshild43 cuando afirma que “... a medida que el individuo asciende de un nivel a otro durante el desarrollo de su propia percepción interna y trasfondo mental, alcanza un grado de realidad cada vez mayor. La realidad es algo más bien relativo que absoluto, y nuestra única necesidad de la absoluto es un canon para poder juzgar y justipreciar una realidad particular”. Es característica humana ser consciente del pecado y comprender que cuando un hombre ha cometido una ofensa, debe, de un modo u otro, pagar por ella. El germen de la mente, aún en la humanidad infantil, da pie a este conocimiento, pero el cristianismo tardó casi dos mil años en llevar el pecado a una posición tan importante que ocupó y aún ocupa, un lugar preponderante en el pensamiento de toda la raza. Estamos en una situación en que la ley, la Iglesia y los educadores de la raza se preocupan totalmente del pecado y la forma de evitarlo. A veces se piensa cómo sería hoy el mundo si los exponentes de la fe cris­tiana hubieran desarrollado el tema del amor y del servicio amo­roso, en vez de reiterar constantemente el sacrificio de la sangre y la perversidad del hombre.

 

El tema del pecado aparece lógica y normalmente en toda la historia de la humanidad, y siempre ha estado presente el esfuerzo para expiar ese pecado bajo la forma del sacrificio animal. La creencia tan antigua como el hombre, en una deidad iracunda que le imponía penalidades por lo que hacía contra su hermano y exi­gía un precio por los productos resultantes de los procesos natu­rales de la tierra, ha pasado por muchas fases. La idea de un Dios cuya naturaleza es amor, ha luchado durante siglos con la idea de un Dios cuya naturaleza es la ira. La contribución descollante de Cristo al progreso del mundo ha sido Su afirmación, por la pala­bra y el ejemplo, de que Dios es amor y no una deidad iracunda que exige una celosa retribución. La lucha aún se libra entre esta antigua creencia y la verdad del amor de Dios expresada por Cristo, que también encarnó Shri Krishna. Pero la creencia en un Dios colérico y celoso, persiste todavía. Está arraigada en la con­ciencia de la raza y recién ahora empezamos a conocer una expresión diferente de la divinidad. Nuestra interpretación del pecado y su castigo, ha sido errónea, pero la realidad del amor de Dios puede captarse ahora y contrarrestar la desastrosa doctrina de un Dios iracundo que envió a Su Hijo para ser la víctima propi­ciatoria del mal del mundo. La  fe calvinista es quizá la mejor y más pura interpretación de ello. Una breve referencia sobre esta doctrina teológica presentará el concepto en términos compren­sibles:

 

“El calvinismo está erigido sobre el dogma de la soberanía absoluta de Dios, incluyendo la omnipotencia, la omnisciencia y la justicia eterna —una doctrina cristiana común, pero desarrollada por los calvinistas con aguda lógica y llevada a extremas conclusiones. Con frecuencia se sintetiza el calvinismo en cinco puntos: (1) Todo ser humano, como des­cendiente de Adán (a quien todos los cristianos de esa época tenían por personaje histórico) es culpable, desde su nacimiento, del pecado ori­ginal, amén de los pecados ulteriores cometidos en el transcurso de su vida. El hombre no puede hacer nada para borrar su propio pecado y culpa, sólo puede hacerse por la gracia de Dios, concedida misericordiosamente por la expiación de Cristo y sin el menor mérito de su parte; (2) de modo que solamente ciertas personas pueden salvarse (redención particular); (3) a quienes Dios les ha otorgado una vocación efectiva, fortaleciendo sus voluntades y permitiéndoles aceptar la salvación; (4) quienes serán salvos o no, es una cuestión de elección divina o predesti­nación; (5) Dios nunca defraudará a Sus elegidos: nunca perderán la salvación final (perseverancia de los santos). Los calvinistas insistían vivamente, tratando de demostrar con mucha sutileza que su doctrina otorga amplia libertad humana, y que Dios no es responsable de los pecados cometidos por el hombre.”44

 

En consecuencia, en vista de este énfasis puesto en la peca­minosidad humana y como resultado del antiguo hábito de ofrecer sacrificios a Dios, la verdadera misión de Cristo fue desconocida durante largo tiempo. En vez de reconocérselo como encarnando en Sí Mismo la esperanza eterna de la raza, se Lo incorporó al antiguo sistema de sacrificios, y los antiguos hábitos del pensar estaban demasiado arraigados para el triunfo de la nueva idea que vino a darnos. El pecado y el sacrificio desalojaron y suplan­taron al amor y al servicio que Él quiso mostrarnos por medio de Su vida y Sus palabras. También por ello, desde el ángulo psico­lógico, el cristianismo ha formado hombres tristes, cansados y conscientes del pecado. Cristo, el sacrificio por el pecado, y la Cruz de Cristo, como instrumento de Su muerte, han absorbido la atención del hombre, en tanto que Cristo, el hombre perfecto, y Cristo, el Hijo de Dios, ha sido menos destacado. El significado  cósmico de la cruz se ha olvidado por completo (o nunca se co­noció) en Occidente. Los comentarios que siguen son muy significativos a este respecto:

 

“Contemplo las Iglesias y los cristianos devotos y no devotos. Pero cuando hablo con ellos (me refiero a los protestantes) no encuentro nada que los distinga de otros hombres fervorosos. Esto es, su creencia no posee una fuerza psicológica característica que produzca un solo tipo de