Autobiografía Inconclusa

 

Por el Maestro Tibetano Djwhal Khul

 

(Alice A. Bailey)

 

 


Prologo

 

Los cuatro primeros capítulos de esta Autobiografía fueron es­critos en el año 1945. Los Capítulos Quinto y Sexto lo fueron en 1947. Estas fechas son significativas, en relación con los acon­tecimientos mundiales de esa época.

 

El primer original escrito a máquina fue copiado nuevamente en 1948, y leído y corregido por la señora Alice A. Bailey. En dis­tintas oportunidades varias personas ayudaron a preparar el tex­to, y las copias de algunas partes fueron entregadas también a unas pocas, para su comentario. En algunos casos no fueron de­vueltas, pero de todas maneras resultaron incompletas, inexactas en ciertos detalles y, finalmente, no fueron aprobadas por ella.

 

Tenía proyectado escribir cuatro capítulos más de esta Auto­biografía, pero nunca lo hizo. La creciente presión del trabajo mundial, de cuya organización era responsable la señora Bailey; las condiciones confusas y tensas en que se hallaba la humanidad, con la que ella estaba sensiblemente sintonizada; el sentido de futilidad y, por lo tanto, de negatividad de los hombres de buena voluntad de todas partes, actitud que ella procuró arduamente contrarrestar; la tensión que implicaba la falta de finanzas para la expansión del trabajo mundial, y la frustración y decepción causadas por la incapacidad para enfrentar las necesidades y, a menudo, la imposibilidad de aprovechar la oportunidad, por falta de recursos, fueron algunas de las tensiones que produjeron en ella un estado de total agotamiento. El vehículo físico no tenía descanso. El estado cardíaco y sanguíneo empeoraba constan­temente.

 

Durante los dos últimos años de su vida luchó contra esas pre­siones y condiciones adversas, con una voluntad realmente férrea. Su personalidad de primer rayo, se irguió en un supremo esfuerzo por responder a la demanda de su alma. En 1946 tomó la decisión de imponerse a su invalidez. En consecuencia, según su costumbre, trabajaba diariamente hasta el límite de su capacidad física, sin preocuparse del dolor o la fatiga. Determinó pasar al más allá en plena actividad y ocupada en su tarea, y así lo hizo. Aún en sus Últimos días, 1949, internada en un hospital de Nueva York, reci­bía visitas, efectuaba reuniones con los miembros de la comisión directiva y escribía cartas.

 

A la hora de su muerte, su propio Maestro K. H. vino en su búsqueda, como se lo había prometido desde tanto tiempo.

 

A la mañana siguiente de su muerte, envié esta carta a sus miles de amigos y a los estudiantes de todo el mundo.

 

Estimado amigo:

 

Esta carta le anuncia el final de un ciclo y el comienzo de otro más útil y menos restringido, para nuestra mutua amiga Alice A. Bailey. Se liberó pacífica y felizmente, en la tarde del jueves 15 de diciembre de 1949. ‑

 

Hablando juntos, esa su última tarde, me dijo: "Tengo mucho que agradecer. He vivido una vida rica y plena. Innumerables per­sonas, en todo el mundo, han sido muy buenas conmigo".

 

Muchas veces había deseado abandonar este mundo, pero la retenía únicamente su fuerte voluntad de terminar su trabajo y el ardiente deseo de completar ciertos arreglos para el futuro de la Escuela Arcana, que nos ayudaría a usted y a mí, a ser mejores servidores de nuestros semejantes.

 

En el transcurso de los años, había ideado y modelado el plan para nuestra Escuela, con la precisión de su aguda mente, colmán­dolo con la potencia magnética de su gran corazón, que tanto ha­bía sufrido.

 

Algunos han preguntado el por qué de su sufrimiento –pues ella sufrió mental, emocional y físicamente. Sólo yo sé cuán triun­falmente se abría para recibir el impacto de diferentes tipos de fuerzas destructivas, tan prevalecientes en esta época de tumulto mundial, y cuán asombrosamente las trasmutaba, protegiendo a todos esos aspirantes luchadores y jóvenes discípulos, duramente presionados, que en el transcurso de los años llegaron a ella y a su Escuela.

 

La mayor parte del trabajo en su vida siempre fue subjetivo, y hemos visto y observado sus efectos objetivos en el ir y venir externos, la hemos ayudado y querido, criticándola a veces, que­jándonos otras, pero siempre seguimos adelante con ella y por ella, cada vez mejor y más arriba, lo cual no hubiera sido posible de otra manera. Todos somos muy humanos y ella también lo fue.

 

¿Por qué sufría? Porque eligió el sendero de los Salvadores del Mundo. Ahora ha retornado a su Maestro K. H., a fin de realizar juntos un trabajo más osado para Cristo.

 

Ella nos pide que mantengamos la Escuela Arcana limpia y brillante tal como es ahora, plena de ese poder salvador que ema­na de un grupo mundial de amorosos corazones, que en verdad es eso, y que procuremos servir verdaderamente.

 

Sinceramente suyo,

 

                                      (firmado) FOSTER BAILEY

 

Nueva York, 16 de diciembre de 1949

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Introducción

 

Lo que finalmente me decidió escribir acerca de mi vida, fue una carta que recibí en 1941, de un amigo que estaba en Escocia, donde me decía que, según su modo de ver, podía pres­tar un gran servicio si explicaba a la gente cómo había llegado a lo que soy, siendo de utilidad saber de qué manera una activa y rabiosa cristiana ortodoxa llegó a convertirse en una muy cono­cida instructora esotérica. Las personas podrían aprender mucho descubriendo en qué forma una estudiante de la Biblia, teológi­camente orientada, pudo llegar a la firme convicción de que las enseñanzas orientales y occidentales deben amalgamarse y fusio­narse antes de que la verdadera religión universal –que todo el mundo espera— aparezca en la Tierra. Es de valor saber que el amor de Dios antecede al cristianismo y no reconoce fronteras. Esta fue la primera y más difícil lección que tuve que aprender y me llevó largo tiempo, así como a todos los fundamentalistas les cuesta aprender que Dios es amor; lo afirman, pero no lo ponen en práctica, me refiero a la práctica de Dios.

 

Entre otras cosas quisiera demostrar cómo el mundo de los seres humanos se abrió para recibir a una mujer inglesa, cons­ciente de su clase social, y cómo un mundo de valores espirituales, con un gobierno directo, interno y espiritual, llegó a ser un hecho comprobado para una cristiana de mente excesivamente estrecha. Me vanaglorio con el nombre de cristiana, pero ahora pertenezco a la clase incluyente y no a la excluyente.

 

Una de las cosas que deseo destacar en esta narración es la realidad de la dirección interna de los asuntos mundiales, y así familiarizar paralelamente a más personas con la realidad de la existencia de Quienes son responsables (detrás de la escena) de la guía espiritual de la humanidad y también de la tarea de con­ducir a esa humanidad de la oscuridad a la Luz, de lo irreal, a lo Real y de la muerte a la Inmortalidad.

 

Quiero que los Discípulos de Cristo, los Maestros de Sabidu­ría, sean reales para las personas, como lo son para mí y para muchos miles de personas en el mundo. No me refiero a una rea­lidad hipotética (si se me permite la frase) ni a un acto de fe y credulidad. Quiero presentarlos tal cual son, Discípulos de Cris­to, hombres que están en la vida y son factores siempre presentes en los asuntos humanos. Éstas son las cosas que tienen impor­tancia y no las experiencias terrenas, ni los acontecimientos y eventos en la vida de uno de Sus trabajadores.

 

He vivido muchas, encarnaciones en una. He tratado de avan­zar constantemente, aunque con suma dificultad (tanto psicológica como material), hacia un campo de servicio cada vez más amplio. Quiero demostrar que en cada ciclo de experiencia he tratado sin­ceramente de seguir una guía interna, y cuando lo he hecho siempre ha significado un paso adelante en comprensión y pro­greso y una gran capacidad para ayudar. El resultado de este progreso aparentemente ciego (como cuando me casé y vine a vi­vir a los Estados Unidos) fue siempre una mayor oportunidad. He desempeñado diversos papeles en mi vida. Fui una niña muy desgraciada, excesivamente desagradable, una joven de sociedad, de la alegre década (que para mí no lo era) de 1890, para con­vertirme después en una evangelista y trabajadora social del tipo predicador de "Billy Sunday". Repito: no era muy alegre, pero si joven y me interesaban grandemente todas las cosas. Más tarde me casé con Walter Evans y me encontré actuando como esposa del párroco de la Iglesia Episcopal Protestante de California y madre de tres niñas.

 

Esa variada experiencia de vivir y trabajar en Gran Bretaña, Europa, Asia y América, hizo cambiar fundamentalmente mi ac­titud hacia la vida y las personas. Permanecer estático en un solo punto de vista me parece poco inteligente. Significa llegar a un punto, en el propio desarrollo, en que dejamos de aprender y no podemos extraer el significado de los acontecimientos, de las co­rrientes del pensamiento y las circunstancias, quedando mental­mente pasivos frente a la vida. Esto es desastroso y malo. Sin duda ha de ser lo que se denomina infierno. Lo terrible del in­fierno (en el cual no creo desde el punto de vista ortodoxo) debe consistir en una eterna monotonía, en una forzosa incapacidad de cambiar las condiciones.

 

Después me convertí en una estudiante de esoterismo, una es­critora cuyos libros lograron amplia y constante difusión, tradu­cidos a muchos idiomas. Más tarde me encontré directora de una escuela esotérica (sin desearlo y sin la menor intención) y orga­nizadora, con Foster Bailey, del Movimiento Internacional de la Buena Voluntad (no un movimiento pacifista), alcanzando tal éxito al estallar la guerra en 1939, que contábamos con centros en diecinueve países.

 

Por lo tanto no he sido inútil en lo que respecta al servicio mundial, pero no pretendo que mi éxito se deba únicamente a mi esfuerzo personal. Siempre he tenido la bendición de maravillosos amigos y colaboradores que –en el transcurso de los años— a pesar de todo lo que les hice, continuaron igualmente. He tenido muchísimos amigos y sorprendentemente muy pocos enemigos, los cuales no me causaron realmente daño alguno; quizás se deba a que nunca me fueron desagradables y siempre supe comprender por qué no les caí en gracia. Foster Bailey, mi esposo, facilitó mi trabajó durante más de veinticinco años. Creo que sin él, poco hubiera podido realizar. Cuando existe un amor profundo, leal y comprensivo, respeto y continua camaradería, en realidad pode­mos considerarnos ricos. Mi esposo ha constituido para mí una torre de fortaleza y "la acogedora sombra de una gran roca en una tierra sedienta". Hay cosas que al expresarlas en palabras pierden su significado y suenan a huecas y fútiles cuando las es­cribimos. Nuestra relación es una de ellas. Debemos haber vivido y trabajado juntos durante muchas vidas, y ambos esperamos se­guir juntos otras tantas. Nada más diré sobre esto. Frecuentemen­te me he preguntado qué hubiera hecho yo sin la amistad com­prensiva, el afecto y la firme colaboración de mis innumerables amigos y colegas, que durante años me apoyaron. No puedo nom­brarlos, pero son las personas esencialmente responsables del éxito del trabajo que hemos realizado como grupo.

 

Esta autobiografía tiene, por lo tanto, un triple propósito, pues tres cosas deseo destacar, y espero hacerlo con claridad.

 

Primero, la realidad de la existencia de los Maestros de Sabi­duría, que actúan bajo la guía de Cristo. Quiero poner en claro la naturaleza de Su trabajo, y presentarLos al mundo tal cómo los conozco personalmente, pues en los años venideros otras personas darán testimonio de Su existencia y deseo allanarles el camino. Esto lo ampliaré más adelante y mostraré cómo llegué a conocer personalmente Su existencia. En la vida de cada uno de nosotros existen ciertos factores convincentes que hacen posible el vivir. Nada puede alterar la propia convicción interna. Los Maestros son para mí tal factor, y este conocimiento ha constituido un punto estabilizador en mi vida.

 

Segundo, quisiera señalar algunas de las nuevas tendencias en el mundo de hoy, que decididamente están ejerciendo influencia en el género humano y elevando la conciencia humana, y también puntualizar algunas de las ideas más nuevas que surgen en el mundo del pensamiento humano y provienen del grupo interno de Maestros, las cuales están introduciendo una nueva civilización y cultura y –incidentalmente desde el ángulo de la eternidad­—destruyendo muchas de las viejas y queridas formas. Durante mi vida he visto, como lo ven las personas reflexivas, la desaparición de muchas cosas inútiles en el campo de la religión, de la educa­ción y del orden social. Y eso es muy bueno.

 

Mirando retrospectivamente, no puedo imaginar nada más es­pantoso que la perpetuación de la era Victoriana, su fealdad por ejemplo, la afectación, el excesivo lujo de las denominadas clases altas y la terrible condición en que debía debatirse la clase traba­jadora. En ese bien equipado, afectado y confortable mundo, viví mi niñez. No puedo imaginar algo más enfermizo para el espíritu humano, que la teología del pasado, que hacía resaltar la existen­cia de un Dios que salva a unos pocos presumidos y condena a la mayoría a la perdición. Tampoco puedo imaginar nada más conducente a la inquietud, a la guerra de clases, al odio y a la degradación, que la situación económica del mundo de entonces, que fue por muchas décadas grandemente responsable de la ac­tual guerra mundial, (1914‑1945).

 

A Dios gracias, vamos en camino hacia cosas mejores. El grupo que compartió nuestro trabajo, junto con otros grupos que res­ponden a la misma inspiración de amor a la humanidad, habían desempeñado su pequeña parte para producir los tan necesarios cambios. La tendencia del mundo hacia el federalismo, hacia la comprensión y la colaboración y hacia todas las cosas que bene­ficiarán a todos y no a unos cuantos elegidos, es muy alentadora. Nos encaminamos hacia la fraternidad.

 

Tercero, deseo demostrar cuán maravillosos son los seres hu­manos. He vivido en tres continentes y en muchas naciones. He conocido a los muy ricos y a los muy pobres, íntimamente y desde el ángulo de la más estrecha amistad; los seres más encumbrados y los más desposeídos del mundo han sido mis amigos, y en todas las clases, naciones y razas, he encontrado la misma humanidad, la misma belleza de pensamiento, el mismo autosacrificio y el mismo amor por los demás, los mismos pecados y flaquezas, el mismo orgullo y egoísmo, la misma aspiración y objetivos espirituales y el mismo deseo de servir. Si pudiera presentar esto con la fuerza y claridad necesarias, ello sólo justificaría este libro.

 

En el amplio campo de la historia humana y al lado de los grandes personajes del mundo ¿quién es Alice Ann Bailey?  Una mujer sin importancia que se vio obligada por las circunstancias (casi siempre contra su voluntad), por una conciencia que se entrometía activamente y por el conocimiento de lo que su Maes­tro quiso que hiciera: emprender ciertas tareas. Una mujer que siempre temió a la vida (quizás en parte, debido a la excesiva Protección durante la infancia), de naturaleza tan tímida que aún hoy tiene que armarse de valor para llamar a la puerta, si es invitada a un almuerzo; es muy hogareña, le gusta cocinar y lavar (sólo Dios sabe en qué medida ha hecho esto) y aborrece la pu­blicidad.

 

Aunque nunca he sido robusta, poseo una vitalidad sorpren­dente. En el transcurso de mi vida me he visto obligada a perma­necer semanas y hasta meses en cama. En estos últimos ocho años, me he mantenido viva gracias a la ciencia médica, pero (y esto es algo de lo que me siento orgullosa) he seguido trabajando a pesar de todo. He considerado a la vida como algo muy bueno, aun en lo que la mayoría consideraría una época pésima. Siempre hubo mucho que hacer y mucha gente que conocer. Lo único que lamento es haberme sentido siempre cansada. En un viejo cemen­terio de Inglaterra, hay una lápida con una inscripción que puedo comprender muy bien.

 

"Aquí yace una pobre mujer que estuvo siempre cansada.

Vivió en un mundo que le exigió demasiado.

No lloren por mí, amigos, que al país donde voy

No hay que pasar el plumero, barrer ni coser.

No lloren por mí, amigos, aunque la muerte nos separe,

Nunca más haré nada."

 

Esto realmente sería el infierno y no deseo ir allí. Quiero to­rnar un cuerpo nuevo y más adecuado y regresar para retomar los antiguos hilos, encontrar el mismo grupo de colaboradores y continuar la tarea.

 

Si la historia de mi vida sirve de aliento a otra persona para seguir adelante, este libro será entonces de valor; si ayuda a quien aspira iniciar el impulso espiritual y obedecerlo, algo se habrá ganado, y si puede infundir ánimo y fortaleza y darles un sentido de la realidad a otros trabajadores y discípulos, no habrá sido escrito en vano.

 

Podrán ver que, como historia de una vida, la mía no tiene mucha importancia. Sin embargo, como medio para probar ciertos hechos, que tengo la certeza serán esenciales para la felicidad y progreso futuro de la humanidad –como la realidad de la exis­tencia de los Maestros, el futuro desarrollo, del cual la guerra mundial que recién termina no es más que una etapa preparato­ria, y la posibilidad de establecer contactos espirituales telepáticos directos— y para obtener conocimiento, todo lo que pueda decir será de utilidad. En el transcurso de las épocas, muchos místicos aislados, hombres y mujeres que son discípulos y aspirantes, han conocido todas estas cosas. Ha llegado el momento en que las masas deben también conocerlas.

 

He aquí la historia de mi vida. No se dejen engañar. No va a ser una exposición profundamente religiosa. Soy una persona algo jovial y humorista, y siempre estoy penosamente dispuesta a ver el lado cómico de las cosas. Confidencialmente diré que el profundo interés que demuestran las personas por sí mismas, por sus almas y todas las complejidades de las experiencias relatadas, casi me anonadan. Me entran ganas de sacudirlos y decirles: "Salgan y descubran su alma en los demás, y así descubrirán la propia". Tiene fundamental interés lo que sucede en el mundo y en las mentes y corazones de los hombres. El amplio alcance del progreso humano, desde las edades primitivas hasta el alba de la inminente nueva civilización, tiene gran interés e impor­tancia espiritual. Las propias descripciones de los místicos me­dievales ocupan su lugar, pero pertenecen al pasado; las conquistas de la ciencia moderna (pero no el uso que el hombre hace de esas revelaciones) constituyen el principal factor moderno espiritual; la lucha que se está librando entre las ideologías políticas y entre el capital y el trabajo, además del derrumbe de nuestros antiguos sistemas educativos, indican un fermento espiritual y divino, que es la levadura de la humanidad. Sin embargo, el sendero místico de introspección y de divina unión debe preceder al método eso­térico de conocimiento intelectual y percepción divina. Siempre ha sido así en la vida del individuo y en la de toda la humanidad. El sendero místico y ocultista y el camino del corazón y la cabeza deben fusionarse y mezclarse, entonces la humanidad conocerá a Dios y no "irá simplemente tanteando en pos de Él”.

 

Este conocimiento personal de Dios, llegará, no obstante, vi­viendo en forma normal y lo más bellamente posible, sirviendo e interesándose por los demás, a fin de descentralizarse. Esto se obtendrá por el reconocimiento del lado bueno de la vida, por la bondad que hay en todas las personas, por la felicidad y por la inteligente apreciación de la oportunidad –propia y ajena—. También se obtendrá llevando una vida plena y efectiva. En el camposanto donde mis padres están sepultados, había una lápida (que atraía la mirada, ni bien se atravesaban los portales) donde se leían las palabras: "Hizo todo lo que pudo". El epitafio de un fracasado siempre me pareció muy penoso. Por mi parte lamento no haber hecho todo lo que pude, pero siempre traté de hacerlo lo mejor posible. Trabajé. Cometí errores. Sufrí y gocé. Me divertí mucho viviendo y no tendré una muerte dolorosa.

 

CAPITULO PRIMERO

 

Mirando retrospectivamente hacia mi infancia, experimento un profundo sentimiento de desagrado. Por supuesto no es una nota muy armoniosa para comenzar la historia de mi vida. Los metafísicos denominan a esto un pronunciamiento negativo. Pero ello es verdad. Recuerdo de mi infancia muy pocas cosas que fueron de mi agrado, aunque gran parte de mis lectores quizás piensen que fue maravillosa, comparada con la infancia de milla­res de personas. La mayoría de la gente dice que la niñez es la época más feliz de la vida. No lo creo en lo más mínimo. Para mí fueron los años en que gocé de más comodidades físicas y de lujo; años libres de ansiedades materiales; pero al mismo tiempo, de interrogantes, desilusiones, desdichados descubrimientos y soledad.

 

Al escribir esto, soy consciente de que las congojas de la niñez (y quizás esto sea verdad en la vida como un todo) parecen más grandes y terribles de lo que fueron en realidad. La naturaleza humana tiene la curiosa tendencia de recordar y acentuar los mo­mentos desdichados y las tragedias, pasando por alto las alegrías y gozos y olvidando los momentos de paz y felicidad. Nuestros momentos de tensión y depresión parecen afectar nuestra con­ciencia (curioso agente registrador de todos los acontecimientos) mucho más que las incontables horas de la vida común. Si sólo nos diéramos cuenta, veríamos que esas plácidas y tranquilas ho­ras son, en último análisis, las que predominan. Horas, días, se­manas y meses, en que se forma y consolida el carácter, lo cual nos ayuda a enfrentar las crisis –reales, objetivas y a veces trascendentales— que acontecen a intervalos en el transcurso de los años. Entonces lo que desarrollamos como carácter pasa las prue­bas y señala el camino de salida, o fracasa y descendemos, por lo menos, temporariamente. Así nos vemos obligados a seguir apren­diendo. Al observar mi infancia, lo que se destaca en mi memoria no son las horas incontables de vacía felicidad, los momentos de pacífica armonía ni las semanas que se deslizaron sin que nada ocurriera, sino los momentos de crisis y las horas en que me sen­tía intensamente desdichada, donde la vida parecía llegar a su fin y no veía nada por delante que valiera la pena.

 

Recuerdo que mi hija mayor pasó los mismos momentos después de los veinte años. Creía que no valía la pena vivir y que la vida en sí era una monótona pérdida de tiempo. Ella preguntaba: ¿Por qué la vida es tan tonta? ¿Por qué tengo que vivirla? No sabiendo qué responderle, me puse a pensar en mi experiencia pasada y recuerdo que le contesté: "Bien, mi querida, lo único que puedo decirte es que nunca sabemos qué nos espera en un recodo del camino". He comprobado que ni la religión ni las pa­labras de consuelo, generalmente sirven de ayuda en los momentos de crisis. En el recodo del camino a ella la esperaba el hombre con quien se casó; a la semana de conocerlo se comprometió, y desde entonces ha  vivido feliz.

 

Es necesario aprender a recordar las cosas que nos causaron alegría y felicidad y no únicamente las que nos trajeron dolor y dificultad. Lo bueno y lo malo forman un todo muy importante que merece ser recordado. Lo bueno nos permite mantener nues­tra fe en el amor de Dios. Lo malo nos disciplina y nutre nuestra aspiración. Los momentos arrobadores, que envuelven nuestro espíritu cuando observamos una puesta de sol por ejemplo, o el silencio profundo e ininterrumpido de los páramos y la campiña, son cosas que deben ser recordadas; la línea del horizonte o el exuberante colorido de un jardín nos absorben y aíslan de todo lo demás; la llegada de un amigo y su resultante momento de comunión y satisfactorio contacto; la belleza del alma humana surgiendo triunfante en medio de dificultades, son cosas que, no debemos dejar de reconocer. Constituyen los grandes factores que condicionan la vida. Revelan lo divino. ¿Por qué esto se olvi­da tan fácilmente y en cambio las cosas desagradables, tristes o terribles se fijan en nuestra mente? No lo sé. Aparentemente, en este peculiar planeta, el sufrimiento se experimenta con más intensidad que la felicidad, y su efecto parece ser más perdurable. También puede ser que temamos la felicidad y la apartemos de nosotros por la influencia de esa característica tan descollante en el hombre: el TEMOR.

 

En los círculos esotéricos se habla muy eruditamente acerca de la Ley del Karma, que después de todo no es más que el nom­bre dado en Orienté a la gran Ley de Causa y Efecto; el énfasis siempre se pone sobre el mal karma y cómo evitarlo. Sin embar­go puedo afirmar que, tomándolo globalmente, hay más buen karma que malo; lo digo a pesar de la actual guerra mundial, indescriptible horror que nos ha rodeado y aún nos rodea a pesar del verdadero conocimiento de las cosas que todo trabajador so­cial constantemente debe enfrentar. El mal y el sufrimiento pasa­rán, pero la felicidad permanecerá; ante todo vendrá la compren­sión de que lo que hemos construido mal debe desaparecer y se nos ofrece ahora la oportunidad de construir un nuevo y mejor mundo. Esto es así porque Dios es bueno, la vida y la experiencia también son buenas y la voluntad al bien está eternamente pre­sente. Siempre se nos dio la oportunidad de corregir los errores y enderezar los enredos de que somos responsables.

 

Mi infelicidad es tan remota que no puedo especificar los de­talles ni tengo la intención de relatar los que recuerdo. La mayoría de las causas se originaban en mí misma y de ello estoy muy segura. Desde el punto de vista mundano no tenía razón para sentirme desgraciada, y mi familia y amigos se hubieran sorpren­dido grandemente al conocer mis reacciones. Cuántas veces se habrán preguntado ustedes, ¿qué pasa en la mente de un niño? Los niños tienen ideas definidas sobre la vida y las circunstancias, y les pertenecen de tal modo, que nadie puede inmiscuirse en ellas, lo cual rara vez es reconocido. No puedo recordar un solo momen­to en que no estuviera pensando, tratando de descifrar cosas, for­mulando preguntas, rebelándome o esperando algo. Sin embargo, recién a los 35 años descubrí que poseía una mente y que podía emplearla. Hasta ese momento había sido un manojo de emociones y sentimientos; mi mente –o lo que de ella poseía— me había uti­lizado a mí y no yo a ella. De todas maneras fui muy desdichada hasta cerca de los 22 años –cuando me independicé para vivir mi propia vida. En los primeros años estuve rodeada de belleza; mi vida tuvo muchas variantes; conocí muchas personas interesan­tes. Nunca supe lo que era carecer de algo. Fui educada en el consabido lujo de mi época y clase; me cuidaron con la mayor solicitud, pero internamente aborrecía todo eso.

 

Nací el 16 de junio de 1880 en la ciudad, de Manchester, en Inglaterra, donde mi padre trabajaba en un proyecto de ingeniería vinculado con la firma de mi abuelo paterno ‑una de las más importantes de Gran Bretaña. Nací por lo tanto bajo el signo de Géminis, que significa conflicto entre los pares de opuestos ‑pobreza y riqueza, la cumbre de la felicidad y las honduras del dolor, la atracción entre el alma y la personalidad o entre el yo superior y la naturaleza inferior. Estados Unidos e Inglaterra están regidos por Géminis, por lo tanto, en aquel país y en Gran Bretaña será resuelto el gran conflicto entre capital y trabajo, dos grupos que involucran los intereses de los muy ricos y de los muy pobres.

 

Hasta 1908 no conocí necesidades ni tuve apremios de dinero; hice y deshice como quise; pero a partir de entonces conocí las amarguras de la pobreza. Una vez viví durante tres semanas a pan duro y té, sin azúcar ni leche, para que mis tres hijas tuvie­ran lo esencial para comer. En mi infancia pasaba temporadas en grandes mansiones; sin embargo después trabajé, para mantener a mis hijas, como obrera en una factoría, donde se envasaban sar­dinas; hoy cuando veo una sardina siento repulsión. Mis amistades (empleando este término en su verdadero sentido) abarcan desde las clases inferiores hasta las superiores, incluyendo al Gran Du­que Alejandro, cuñado del último Zar de Rusia. Nunca he vivido durante mucho tiempo en el mismo lugar, pues las personas regi­das por Géminis siempre están en movimiento. El más pequeño de mis nietos (nacido también bajo el signo de Géminis) cruzó el Atlántico dos veces y atravesó el Canal de Panamá en dos oca­siones, antes de cumplir los cuatro años. Bajo otro aspecto, de no haber sido precavida, estaría siempre en la cumbre de la felicidad o de la excitación, o vencida por la desesperación y la más pro­funda depresión. Como resultado de mucha experiencia, he apren­dido a evitar ambos extremos y a tratar de mantenerme en el término medio, aunque no lo he logrado totalmente.

 

El conflicto mayor de mi vida ha sido la lucha entre mi alma y mi personalidad, y aún continúa. Mientras escribo esto, viene a mi memoria la reunión de cierto "Movimiento Grupal" en el que me vi envuelta en 1935 en Ginebra, Suiza. Una dama de fac­ciones plácidas y sonrientes, pero duras, organizadora profesional de grupos, actuaba como dirigente; también había una cantidad de personas ansiosas de dar testimonio de sus pecados y del poder salvador de Cristo, dando la impresión (como una de ellas testi­monió) de que Dios se interesaba personalmente de si pedían disculpas a su cocinera por una grosería. Según mi opinión, la buena educación y no Dios, hubiera sido un incentivo suficiente. Entonces una atrayente señora de cierta edad, elegante, de ojos chispeantes y buen humor, se puso de pie. "Estoy segura que tiene un magnífico testimonio que presentar", le dijo la que diri­gía. La dama respondió, "no, la batalla se libra aún entre Cristo y yo, y es dudoso saber quién ganará". Esa batalla continúa siempre y, en el caso de un sujeto de Géminis que está despierto y presta servicio, llega a convertirse en una cuestión vital y más bien personal.

 

También se supone que los regidos por Géminis son como el camaleón, de carácter mutable y a menudo llenos de dobleces. Por lo menos nada tengo de eso, a pesar de mis numerosos defectos, y es posible que mi signo ascendente me salve. Para mi regocijo, astrólogos autorizados me asignan diversos signos como ascendente –Virgo, porque amo a los niños y me gusta cocinar y desem­peñar el papel de madre en las organizaciones; Leo, porque soy muy individualista (con lo cual quieren significar que tengo un carácter difícil y dominador) y a la vez muy autoconsciente; Piscis, porque es el signo del mediador o intermediario. Siento inclinación hacia Piscis, porque mi esposo es de Piscis y mi muy querida hija mayor nació también bajo ese signo, y nos hemos entendido tan bien que con frecuencia teníamos rencillas. Además he actuado definidamente como intermediaria, en el sentido de que ciertas enseñanzas, que la Jerarquía de Maestros quería ha­cer conocer al mundo en este siglo, aparecen en los libros de los cuales he sido responsable. De todos modos, no interesa cuál sea mi signo ascendente. Soy un verdadero sujeto de Géminis y apa­rentemente ese signo ha condicionado mi vida y circunstancias.

 

Durante mi infancia, la imperante y más bien incipiente des­dicha se debió a varias cosas. Era la menos agraciada de una fami­lia famosa por su belleza, y no soy fea. En las aulas fui siempre considerada como la más torpe y la menos inteligente en una familia de inteligentes.

 

Mi hermana, una de las niñas más hermosas que he conocido, poseía una inteligencia superlativa, y aunque siempre le profesé un hondo afecto, ella no lo sentía por mí, pues siendo una cristiana or­todoxa, consideraba que todo divorciado no estaba en gracia con Dios. Se graduó de doctora en medicina y fue una de las primeras mujeres en la historia de la Universidad de Edimburgo que ob­tuvo distinciones (si la memoria no me falla) en dos oportunida­des. Era aún muy joven cuando publicó tres libros de versos, y he leído comentarios sobre esos libros en el Suplemento Literario del diario The London Times, donde se la consideraba como la más grande de las poetisas inglesas de la época. Escribió también un libro sobre biología y otro sobre enfermedades tropicales que, según creo, fueron considerados libros de texto. Mi hermana se casó con mi primo hermano, Laurence Parsons, un prominente clérigo de la Iglesia de Inglaterra, siendo en un tiempo párroco en Colonia del Cabo. Su madre fue la tutora designada por la Corte de Chancery, para cuidar de mi hermana y de mí. Hermana menor de mi padre, pasamos con Laurence, uno de sus seis hijos, mucho tiempo juntos en nuestra infancia. Su esposo, mi tío Clare, un hombre algo duro y severo, era hermano de Lord Rosse e hijo de aquel Lord Rosse que adquirió fama por su telescopio, men­cionado en La Doctrina Secreta. De niña le tenía terror; sin em­bargo, antes de morir, me mostró otro aspecto poco conocido de su naturaleza. Nunca olvidaré su gran bondad para conmigo durante la primera guerra mundial, cuando me encontraba en Nor­teamérica en el mayor desamparo y pobreza. Me escribía cartas comprensivas que me ayudaron mucho y me hicieron sentir que en Inglaterra había personas que no me habían olvidado. Men­ciono esto aquí, porque no creo que su familia, ni su nuera, mi hermana, tuvieran la menor idea de las relaciones amistosas y feli­ces que existieron entre mi tío y yo, al final de su vida. Estoy segu­ra que él nunca mencionó esto y yo tampoco lo hice hasta ahora.

 

Mi hermana se dedicó después a la investigación del cáncer y adquirió gran renombre en tan necesario campo de trabajo. Estoy muy orgullosa de ella. Mi afecto nunca ha variado y quiero que lo sepa si algún día lee esta autobiografía. Afortunadamente creo en la gran Ley de Renacimiento, y alguna vez afianzaremos más satisfactoriamente nuestras relaciones.

 

Me parece que la mayor desventaja en la vida de un niño es carecer de un verdadero hogar. Esta carencia nos afectó mucho a mi hermana y a mí. Antes de cumplir los nueve años mis padres murieron de tuberculosis, que en esos tiempos se llamaba consun­ción. El temor a la tuberculosis se cernía sobre ambas como una amenaza constante en nuestros primeros años, a lo que sumaba el resentimiento que sentía mi padre por nuestra existencia, espe­cialmente por la mía. Probablemente pensaría que mi madre po­dría haber vivido si el nacimiento de dos criaturas no hubieran agotado sus recursos físicos.

 

Mi padre se llamaba Frederic Foster La Trobe‑Bateman y mi madre Alice Hollinshead. Los dos pertenecían a una rancia estirpe ‑el origen de la familia de mi padre se remonta a varios siglos, anterior a las Cruzadas, siendo los antepasados de mi madre descendientes de Hollinshead (el Cronista), de quien se dice que Shakespeare obtuvo muchos de sus relatos. Los árboles genealó­gicos y el linaje nunca los he considerado de gran importancia. Cada uno de nosotros lo posee, aunque sólo algunas familias han conservado los registros. Que yo sepa, ninguno de mis antecesores hizo nada particularmente interesante. Todos han sido personas dignas, pero aparentemente simples. Como dijo mi hermana en una ocasión: "se quedaron por siglos entre sus repollos”. Una estirpe limpia, noble y culta, pero ninguno de ellos logró notorie­dad, buena o mala.

 

A pesar de ello, el escudo de la familia es muy interesante y, desde el punto de vista del simbolismo esotérico, de extraordina­ria significación. No conozco nada sobre heráldica ni los términos precisos para describir el escudo. Consiste en una vara con un ala en cada extremo, viéndose entre las alas la estrella de cinco puntas y la media luna. Esta última se remonta, por supuesto, a las Cruzadas, en las que participó aparentemente alguno de mis antepasados, pero prefiero considerar todo el símbolo como repre­sentando las alas de la aspiración, el Cetro de la Iniciación, la meta y los medios, el objetivo de la evolución y el incentivo que nos impulsa a todos hacia la perfección –perfección que recibe eventualmente el aliciente del reconocimiento por medio del Cetro. En el lenguaje del simbolismo, la estrella de cinco puntas siempre ha representado al hombre perfecto, en vez la media luna se supone que rige la forma o naturaleza inferior. Éste es el abecé del simbolismo oculto, pero me interesó descubrirlo, en nuestro blasón.

 

Mi abuelo fue John Frederic La Trobe‑Bateman, un ingeniero muy conocido, miembro asesor del Gobierno Británico y respon­sable, en su época, de varios de los sistemas municipales de aguas corrientes en Gran Bretaña. Formó una familia muy numerosa. Su hija mayor, mi tía Dora, se casó con Brian Barttelot, hermano de Sir Walter Barttelot de Stopham Park, en Pulborough, Sus­sex, y como fue designada tutora nuestra al morir los abuelos, vivimos mucho con ella y sus cuatro hijos. Dos de ellos fueron mis amigos íntimos durante toda mi vida. Ambos eran mucho mayores que yo, pero nos queríamos y comprendíamos. Brian (el Almirante Sir Brian Barttelot) hace apenas dos años que falleció, y su muerte ha constituido una sensible pérdida para mi esposo Foster Bailey, y yo. Éramos tres amigos íntimos, y extrañamos mucho las cartas que nos enviaba constantemente.

 

De todos mis muchos parientes, a quien más he querido fue a mi tía Margaret Maxwell. No fue tutora nuestra, pero mi herma­na y yo, durante años, pasamos los veranos en su casa de Escocia, y me escribía regularmente, por lo menos una vez al mes, hasta que murió pasados los 80 años. Fue una de las grandes bellezas de su época, y el retrato que se conserva actualmente en el castillo de Cardoness en Kirkcudbrightshire, la representa como una de las mujeres más hermosas imaginables. Se casó con el "menor de los Cardoness", como a veces se designa en Escocia al heredero, el hijo mayor de Sir William Maxwell, pero su esposo, mi tío Da­vid, murió antes que su padre, por lo que nunca pudo heredar el título. Le debo a esa tía mucho más de lo que pude retribuirle. Me orientó espiritualmente, y aunque su teología era muy estre­cha, sin embargo ella era muy amplia. Me enseñó ciertas claves de la vida espiritual que nunca me han fallado y ella tampoco me defraudó hasta su deceso. Cuando empecé a interesarme por los asuntos esotéricos y dejé de ser una cristiana ortodoxa, teológica­mente orientada, me escribió que aunque no entendía esas cosas confiaba en mí sinceramente, pues como conocía mi profundo amor a Cristo, no importaba a qué doctrina pudiera renun­ciar, sabía que nunca renunciaría a Él. Esa fue la pura verdad. Era hermosa, amorosa y buena. Su influencia se extendió por to­das las Islas Británicas. Había hecho construir y equipado espe­cialmente un pabellón de un hospital; sostenía misioneros en los países paganos y era presidenta de la rama femenina de la Aso­ciación Cristiana de Jóvenes de Escocia. Si presté algún servicio a mis semejantes y logré de algún modo llevar a la gente a alguna forma de realización espiritual, se debe en mayor parte a su gran amor, que me inició en el buen camino. Fue una de las pocas personas que sintió más cariño por mí que por mi hermana. Exis­tió un vínculo entre nosotras que se mantiene inquebrantable y que nunca se romperá.

 

He mencionado a la hermana menor de mi padre, Agnes Par­sons. Tenía otros dos hermanos: Gertrudis, que se casó con un señor Gurney Leatham, y su hermano menor Lee La Trobe‑Bate­man, el único que queda. Mi abuela Anne Fairbairn, era hija de Sir William Fairbairn. y sobrina de Sir Peter Fairbairn. Mi bis­abuelo, Sir William, según creo, fue socio de Watts, famoso por la máquina de vapor y uno de los primeros constructores ferro­viarios de la Era Victoriana. Por parte de la madre de mi abuelo, cuyo apellido de soltera era La Trobe, desciendo de Hugonotes franceses, por lo  tanto, los. La Trobe de Baltimore, están emparen­tados conmigo, aunque nunca los he visto. Charles La Trobe, tío abuelo mío, fue uno de los primeros gobernadores de Australia y otro La Trobe, el primer gobernador de Maryland. Edward La Trobe, otro de los hermanos, fue un arquitecto muy conocido en Washington y en Gran Bretaña.

 

Los Fairbairn no pertenecían a la denominada cuna aristocrá­tica, que tanto se valora. Tal vez ésta fue la salvación del linaje Bateman, Hollinshead y La Trobe. Pertenecían a la aristocracia de los cerebros y ello es muy importante en estos días democrá­ticos. Tanto William como Peter Fairbairn, empezaron su vida como hijos de un pobre granjero escocés del siglo XVIII, terminán­dola en la opulencia y conquistando títulos. El nombre de Sir William Fairbairn figura en el diccionario de Webster, y la me­moria de Sir Peter se perpetúa en una estatua erigida en una plaza de Leeds, en Inglaterra. Recuerdo que hace unos años fui a dar una conferencia en Leeds, y mientras cruzaba una plaza en taxi, vi lo que me pareció la estatua de un anciano común con barba. Al día siguiente fuimos con mi esposo a verla y descubrí que había estado criticando a mi tío abuelo. Gran Bretaña era democrática aún en esos lejanos días, y cualquiera tenía oportu­nidad de destacarse si poseía cualidades que lo justificaran. Qui­zás esta mezcla de sangre plebeya es responsable de que muchos de mis primos y sus hijos, hayan sido hombres notables o mujeres hermosas.

 

Mi padre no me quería, pero no me extraña cuando miro un retrato de mi niñez, pues era flaca, atemorizada y alarmante. De mi madre no tengo recuerdos, murió a la edad de 29 años, cuando yo tenía solamente seis. Todo lo que rememoro es su hermoso cabello dorado y su dulzura, y también su funeral en Torquay, Devonshire, porque mi reacción principal en esos momentos se puede sintetizar en las palabras que dirigí a mi prima, Mary Bart­telot: "mira, llevo medias negras largas y ligas”, las primeras que usaba, con lo que me habían sacado de la etapa de las medias cortas. Evidentemente en cualquier edad y circunstancia la ropa siempre tiene importancia. Tuve un gran medallón de plata que encerraba una miniatura de mi madre, el único retrato que de ella poseí y que mi padre tenía la costumbre de llevar consigo don­dequiera fuese. En 1928, después de haber andado con él por todo el mundo, me lo robaron durante un verano en que estuve ausente de mi casa de Stamford, en Connecticut, conjuntamente con mi Biblia y un sillón de hamaca, roto. Fue el robo más raro de que tuve noticias, por las cosas que eligieron llevarse.

 

La pérdida personal de la Biblia fue para mí la más grande de las pérdidas. Era un ejemplar excepcional que estuvo en mi poder durante veinte años. Regalo de una amiga íntima de la in­fancia, Catherine Rowan‑Hamilton; estaba impresa en papel muy fino, con un ancho margen para anotaciones, de casi dos pulgadas, donde se hubiera encontrado la historia espiritual de mi vida, escrita microscópicamente con una pluma de grabar. Había dimi­nutas fotografías de amigos íntimos, y autógrafos de mis compañeros espirituales en el sendero. Quisiera tenerla ahora porque me diría mucho, recordaría a muchas personas y episodios y ayu­daría a describir mi desenvolvimiento espiritual, el desenvolvi­miento de un trabajador.

 

Cuando contaba apenas unos meses me llevaron a Montreal, Canadá, donde mi padre era uno de los ingenieros encargados de la construcción del Puente Victoria, sobre el río San Lorenzo. Allí nació mi única hermana. Guardo sólo dos recuerdos memorables de esa época. Uno, el serio disgusto que di a mis padres cuando incité a mi hermanita a entrar juntas en un enorme baúl, donde guardábamos nuestros muchos juguetes. Estuvimos encerradas por largo tiempo y casi nos asfixiamos, pues se había cerrado la tapa. El otro, cuando hice mi primer intento de suicidio. No halla­ba a la vida digna de vivirse. La experiencia de mis cinco años me hizo sentir que las cosas eran fútiles, de manera que decidí morir, arrojándome desde lo alto de la empinada escalera de piedra de la cocina. No lo logré. Bridget, la cocinera, me recogió al pie de la escalera y me llevó arriba, llena de magulladuras y cardenales, donde encontré mucho consuelo, pero ninguna comprensión.

 

En el transcurso de mi vida intenté dos veces más poner fin a las cosas, y descubrí que era muy difícil suicidarse. Esos intentos los hice antes de cumplir los quince años. Traté de ahogarme con arena cuando tenía alrededor de once, pero no es agradable sentir la arena en la boca, nariz y ojos, y decidí postergar el día feliz de mi partida. En mi último intento traté de ahogarme en un río de Escocia. Pero una vez Más el instinto de conservación fue demasiado fuerte. Desde entonces ya no me interesa el suicidio, aunque siempre he comprendido el impulso que hay detrás de él.

 

Este estado de ánimo constante fue quizás el primer indicio de la tendencia mística de mi vida, que más tarde motivó todos mis pensamientos y actividades. Los místicos son personas que poseen un gran sentido del dualismo; incansables buscadores, conscientes de algo que debe ser buscado; eternos amantes, en busca de algo digno de su amor; conscientes siempre de aquello a lo cual deben unirse. Están. regidos por el corazón y el senti­miento. En esa época no me agradaba el "sentido" de la vida, ni apreciaba lo que el mundo parecía ser o lo que tenía que ofrecer. Estaba convencida de que en otras partes había cosas mejores. Era de carácter morboso, sentía autoconmiseración, debido a mi soledad; fui excesivamente introspectiva (que suena mejor que decir autocentrada), y estaba convencida de que nadie me quería y, pensando en ello, ¿por qué tenían que quererme? No los puedo culpar, porque nada daba de mí misma. Vivía preocupada por mis reacciones hacia la gente y las circunstancias. Era el centro des­graciado y autodramatizado de mi pequeño mundo. Este senti­miento de que existían cosas mejores en otras partes, este sentir internamente a las personas y las circunstancias y saber a menudo lo que pensaban o experimentaban, fue el comienzo de la fase mís­tica de mi vida, de lo cual pude extraer todo el bien que más tarde descubrí.

 

Así comencé conscientemente la eterna búsqueda del mundo de significados que debe descubrirse para hallar respuesta a los enigmas de la vida y a los dolores de la humanidad. El progreso está arraigado en la conciencia mística. Un buen ocultista debe ser ante todo un místico activo (o un místico práctico, o quizás am­bos), y el desarrollo de la respuesta del corazón y el poder de sentir (sentir correctamente) deben, natural y lógicamente, pre­ceder al desarrollo mental y a la capacidad de conocer. Sin duda alguna, el instinto de lo espiritual debe preceder al conocimiento espiritual, del mismo modo que los instintos en el animal, el niño y la persona poco evolucionada, siempre preceden a la percepción intelectual. Indudablemente debe haber una visión que preceda al método de desarrollar esa visión hasta convertirla en realidad. Lógicamente existe la duda y a tientas se lo busca a Dios –antes de hollar conscientemente "el camino" que conduce a la reve­lación.

 

Quizás llegue el momento en que se preste cierta atención a los adolescentes de ambos sexos, respecto al aprovechamiento de sus tendencias místicas normales, tendencias que muy a menudo las tildan de fantasías de adolescente, que finalmente desapare­cen. Para mí, ofrecen oportunidades a los padres y tutores. Este período podría ser utilizado en forma muy constructiva y orien­tadora. Podría determinarse la orientación de la vida y evitarse muchos sufrimientos posteriores, si el propósito, la causa de las dudas, los anhelos inexpresados y las aspiraciones visionarias, fueran captados por los responsables de la juventud. Podría ex­plicársele a esa juventud que en ellos se está desarrollando un proceso normal y correcto, resultado de la experiencia de vidas pasadas, lo cual indica que deberían prestar atención al aspecto mental de su naturaleza. Ante todo debiera puntualizarse que el alma, el hombre espiritual interno, trata de hacer sentir su pre­sencia y hace hincapié en la universalidad del proceso, a fin de rechazar el sentimiento de soledad y la falsa y peculiar sensación de aislamiento, rasgos perturbadores de tal experiencia. Creo que este método de aprovechar los impulsos y sueños del adolescente, recibirá mayor atención en el futuro. Considero los inocentes sinsabores de mi adolescencia, simplemente como la eclosión de la faz mística de mi vida, que con el tiempo dio lugar al aspecto ocultista, con la mayor seguridad, comprensión e inalterable con­vicción que ella otorga.

 

Después que abandonamos Canadá, mi madre enfermó grave­mente y nos trasladamos a Davos, Suiza, donde permanecimos por varios meses, hasta que mi padre la llevó a Inglaterra, para morir. Después de su muerte nos fuimos todos a vivir con mis abuelos, en su residencia de Moor Park, en Surrey. La salud de mi padre, en aquel entonces, había desmejorado seriamente. No le favoreció mucho vivir en Inglaterra, y poco antes de su muerte nos llevó a Pau, en los Pirineos. Entonces yo tenía ocho años y mi hermana seis. Pero como el mal de mi padre estaba muy avanzado regresamos a Moor Park y allí nos quedamos, mientras mi padre con un valet‑enfermero emprendió un largo viaje a Australia. Nunca lo volvimos a ver, porque falleció mientras viajaba de Australia a Tasmania. Recuerdo perfectamente el día en que llegó a mis abuelos la noticia de su muerte, así como también cuando volvió su valet, tiempo después, trayendo los valores y pertenencias de mi padre. Es curioso que los pequeños detalles, como el de este hombre, cuando entregó a mi abuelo el reloj de mi padre, se gra­ban en la memoria, en tanto que cosas de mayor importancia parecen perderse en el recuerdo. Uno se pregunta qué condiciona la memoria de esta, manera y por qué registra algunas cosas y otras no.

 

Moor Park era una de esas grandes casonas inglesas que de ninguna manera son hogareñas, y sin embargo llegan a serlo. No era muy antigua, puesto que había sido construida por Sir William Temple en los tiempos de la Reina Ana. Sir William había intro­ducido los primeros tulipanes en Inglaterra. Su corazón, guardado en una urna de plata, estaba enterrado bajo un reloj de sol si­tuado en medio del jardín, delante de los ventanales de la biblio­teca. Moor Park era una especie de museo, y algunos domingos se abría al público. Tengo dos recuerdos de esa biblioteca, uno, cuando permanecía ante alguno de sus ventanales y trataba de imaginarme la escena tal como la debió ver Sir William Temple, en sus jardines y terrazas ocupadas por la presencia de nobles da­mas y caballeros, llevando el atuendo de esa época. La otra escena no fue imaginaria. Vi el féretro de mi abuelo, donde el cuerpo yacente tenía sólo una gran corona enviada por la Reina Victoria.

 

Mi hermana y yo llevamos una vida muy disciplinada en Moor Park, donde permanecimos hasta que cumplí trece años, Habíamos vivido viajando y cambiándonos de un lugar a otro, y creo que ne­cesitábamos una buena, dosis de disciplina. Las diferentes gober­nantas que tuvimos se encargaron de su aplicación. La única que recuerdo de esos lejanos días, tenía el curioso nombre de señorita Millichap. De cabello hermoso y facciones vulgares, demostraba recato en sus vestidos, abotonados desde el ruedo hasta lo alto del cuello. Vivía enamorada del párroco de turno, un amor sin esperanza, porque no se casó con ninguno de ellos. Teníamos una inmensa sala de clase en el piso alto, donde una gobernanta, una niñera y una doncella, eran responsables de nosotros.

 

La disciplina que nos aplicaron continuó hasta que fui mayor, y echando una mirada retrospectiva puedo apreciar cuán terrible­mente rígida era. Nuestra vida estaba programada cada treinta minutos; aún hoy puedo ver el horario colgado en la pared de la sala de estudio, indicando el siguiente deber. Recuerdo perfec­tamente que cuando consultaba ese horario me preguntaba "¿Qué vendrá ahora?". Nos levantábamos a las seis, con lluvia o sol, en invierno y en verano. Practicaba escalas en el piano durante una hora, o bien preparaba las lecciones del día, si de acuerdo al hora­rio le correspondía a mi hermana estudiar el piano; tomábamos el desayuno a las ocho en punto, en la sala de estudio y bajábamos al comedor a las nueve para orar en familia. Teníamos que empe­zar el día recordando a Dios y a pesar de la austeridad de la creen­cia familiar pienso que era un buen hábito. El jefe de la familia se sentaba con su Biblia delante, y a su alrededor los familiares y huéspedes, la servidumbre de acuerdo a su rango y obligaciones ‑primeramente el ama de llaves, luego la cocinera, las doncellas, la sirviente principal y los que la seguían: ayudante de cocina, criada, lacayo y el mayordomo, que cerraba la puerta. Había ver­dadera devoción, mucha rebeldía, real aspiración y un intenso abu­rrimiento, porque la vida es así. No obstante el resultado total de ello era bueno y creo que en estos días vendría bien recordar un poco más a la divinidad.

 

Desde las nueve y media hasta el mediodía estudiábamos con la gobernanta, terminando con un paseo. Se nos permitía, almorzar en el comedor, pero nos estaba prohibido hablar, y nuestro buen comportamiento y silencio eran vigilados ansiosamente por nuestra gobernanta. Aún hoy puedo recordar que a menudo caía en un arrobamiento o ensueño, con los codos apoyados sobre la mesa y mirando por la ventana. De pronto me hacían volver a la vida común las palabras de mi abuela, dirigidas a uno de los lacayos que atendía la mesa: "James, por favor traiga dos platillos y póngalos bajo los codos de la señorita Alice". James obedecía y allí tenían que quedar mis codos hasta el final de la comida. Nunca he olvidado esa humillación y, aún hoy, cincuenta años más tarde, todavía tengo conciencia de quebrantar las reglas si apoyo mis codos sobre la mesa, cosa que no dejo de hacer. Después del almuerzo teníamos que descansar en un tablero inclinado, durante una hora, mientras nuestra gobernanta nos leía en alta voz algún libro de urbanidad, volviendo luego a hacer un corto paseo para terminar nuestras lecciones a las cinco.

 

A esa hora debíamos ir al dormitorio, donde la niñera o la doncella nos cambiaba los vestidos. La orden era: vestido blanco con lazo de color, medias de seda y el cabello bien peinado; luego debíamos bajar a la sala tomadas de la mano. Allí nos esperaba toda la familia reunida, después de tomar el té. Permanecíamos de pie delante de la puerta, y después de hacer nuestras reveren­cias soportábamos el bochorno de las preguntas y de la inspección, hasta que nuestra gobernanta nos venía a buscar. A las 6:30 p.m. teníamos la cena en la sala de estudios, después de lo cual se­guíamos con nuestras lecciones hasta las 8 p.m., hora de ir a dor­mir. En esa época victoriana nunca había tiempo para hacer lo que, como individuos, hubiéramos querido hacer. Era una vida de disciplina, ritmo y obediencia, variando ocasionalmente por los brotes de rebeldía y el consiguiente castigo.

 

Cuando he hecho un análisis de la vida que llevaban mis tres hijas en los Estados Unidos, donde nacieron y vivieron hasta el final de su adolescencia, y asistieron a las escuelas públicas de ese país, me preguntaba frecuentemente, si les hubiera gustado la vida regimentada que tuvimos que vivir mi hermana y yo. Con algo de éxito he tratado de dar a mis hijas una vida feliz, y cuan­do se quejaban de la dureza de la vida, como lo hacen normal y naturalmente todos los jóvenes, no he podido dejar de reconocer qué vida maravillosa pasaron, en comparación con la de las niñas de mi generación y condición social.

 

Hasta los veinte años mi vida estuvo completamente discipli­nada por la gente o el convencionalismo social de la época. Yo no podía hacer esto ni lo otro, adoptar tal o cual actitud, pues era incorrecto; ¿qué dirá o pensará la gente, si lo hago? Me de­cían: "Hablarán de ti si haces esto o aquello"; "ésa no es la clase de persona que debes conocer; no hables con ese hombre o esa mujer; la gente bien, no habla ni piensa así; no debes bostezar ni estornudar en público; no debes hablar si no te dirigen la pa­labra", y así sucesivamente. La vida estaba totalmente restringida por las cosas que se tenía prohibido realizar, regida por reglas minuciosas, cualquiera fuera la situación.

 

Otras dos cosas se destacan en mi memoria. Desde la edad más temprana se nos enseñó a preocuparnos por los pobres y los en­fermos y a comprender que la fortuna implica responsabilidad. Varias veces por semana, a la hora de nuestro paseo, íbamos a la despensa a buscar dulces y sopas para algún enfermo que vivía en nuestra propiedad, o ropas para algún recién nacido de uno de los arrendatarios, o libros destinados a alguien que, por alguna cir­cunstancia, debía permanecer en su casa. Esto puede ser un ejem­plo del régimen paternalista y feudalista de Gran Bretaña, pero tenía sus cosas buenas. Quizás sea mejor que hoy haya desapare­cido –personalmente así lo creo—, pero vendría bien ese entre­nado sentido de la responsabilidad y del deber hacia los demás, entre la clase acaudalada de este país. Se nos enseñaba que el dinero y la posición social implican ciertas obligaciones, las cua­les debían cumplirse.

 

Otro recuerdo que conservo vívidamente en mi memoria es la belleza de la campiña, los senderos floridos y los bosques, por donde mi hermana y yo conducíamos nuestro carruaje, arrastrado por un pony. Era lo que en aquellos días se llamaba "carruaje de gobernanta", construido, presumo, especialmente para los niños. En los días de verano mi hermana y yo solíamos salir en él, acompañadas por un pequeño paje de librea y tricornio, de pie sobre el estribo. A veces pienso si mi hermana recordará aún esos días.

 

Al morir mi abuelo, Moor Park fue vendido, y fuimos a Lon­dres a vivir con mi abuela, por una breve temporada. EI mejor recuerdo que conservo de esa época es cuando dábamos vueltas en el parque con mi abuela, en una victoria (como se denominaba ese tipo de carruaje) tirada por una yunta de caballos, y en el pescante iban de librea el cochero y el lacayo. Todo era muy aburrido y monótono. Después se tomaron otras disposiciones respecto a nosotras, aunque hasta su muerte pasamos mucho tiem­po con ella. Era entonces muy anciana, pero aún poseía vestigios de su belleza. Debió haber sido muy hermosa, como lo prueba un retrato pintado en la época de su casamiento, a principios del si­glo XIX. La segunda vez que volví a los Estados Unidos después de ver a mis parientes llevando a mi hija mayor, infante aún, llegué a Nueva York cansada, enferma, desdichada y añorando mi patria. Fui a almorzar al hotel Gotham en la Quinta Avenida, y mientras estaba sentada en su sala de espera, triste y deprimida, al tomar y abrir al azar una revista ilustrada, me encontré con gran sorpresa con los retratos de mi abuela, abuelo y bisabuelo. La impresión fue tan grande que derramé lágrimas, y desde en­tonces ya no me sentí tan alejada de ellos.

 

Desde el tiempo que salí de Londres (cuando contaba alrededor de trece años) hasta que se estimó terminada nuestra educación, toda mi vida fue cambio y movimiento continuos. Como la salud de mi hermana y la mía no se consideraban muy buenas, pasamos varios inviernos en la Riviera francesa, donde alquilábamos una pequeña villa cerca de otra más grande, en la cual residían un tío una tía. Allí teníamos instructores franceses y una gobernanta residente para acompañarnos, y todas nuestras lecciones eran en francés. Los veranos los pasábamos en casa de otra tía, en el sur de Escocia, yendo y viniendo para visitar en Galloway a otros parientes y relaciones. Ahora puedo darme cuenta que fue una vida abundante en contactos, en bellos y ociosos días de verdadera cultura. Disponía de tiempo para leer y de horas para mantener conversaciones interesantes. En otoño íbamos a Devonshire, acom­pañadas siempre por una gobernanta, la señorita Godby, que estuvo con nosotras desde que cumplí los doce años, hasta que entré en una escuela complementaria a los dieciocho, en Londres. Fue una de las personas con quien me sentí "apegada". Me des­pertó el sentido de "pertenencia" y también fue una de las pocas personas en esa época de mi vida, de quien sentí que me creía y quería realmente.

 

Tres personas despertaron en mí ese sentido de confianza. Una de ellas fue mi tía, la señora Maxwell, en Castramont, de quien ya me he ocupado. Acostumbrábamos pasar todos los veranos con ella, y fue, recordando el pasado, una de las fuerzas básicas con­dicionantes de mi vida. Me proporcionó una clave para vivir, por lo cual siento hasta hoy que todo lo logrado en mi vida puede atribuírsele a su profunda influencia espiritual. Hasta su muerte estuvo en estrecho contacto conmigo, aún cuando dejé de verla veinte años antes de su deceso. La otra persona que siempre me comprendió fue Sir William Gordon de FarIston. No nos unía pa­rentesco carnal sino político, y para todos era simplemente "el tío Billie". Fue uno de los hombres –en esa época, un joven te­niente— que dirigió "la carga de la Brigada Ligera" en Balaklava, y según rumores, el único que, "llevando su cabeza bajo el brazo", escapó de la carga. Cuando niña palpaba frecuentemente los gan­chos de oro que los cirujanos de entonces habían insertado en su cráneo. Siempre me defendió, y aún ahora me parece oírle decir, como lo hacía con frecuencia: "Confío en ti, Alice. Sigue tu pro­pio camino. Todo te irá bien".

 

La tercera persona fue la gobernanta, de quien les he hablado. Siempre estuve en contacto con ella y la vi poco antes de su muerte, acaecida en 1934. Era entonces una anciana, pero para mí siem­pre la misma. Dos cosas le interesaban. Le preguntó a mi esposo si yo todavía creía en Cristo, y demostró estar muy tranquila cuando le dijo que sí. Otra cuestión que quiso aclarar conmigo fue un episodio extremadamente pérfido de mi vida, y era si re­cordaba que cuando tenía catorce años, una mañana arrojé al inodoro todas sus joyas y luego hice correr el agua. Bien que lo recordaba. Fue algo deliberado. Me sentí furiosa contra ella por algo que he olvidado totalmente. Fui a su habitación, recogí todo lo de valor, reloj, pulsera, prendedores, anillos, etc., y los hice desaparecer irremediablemente. Pensé que no se daría cuenta que yo lo había hecho. Pero descubrí que yo y mi progreso eran para ella de más  valor que sus posesiones. Como se ve, no era una niña buena. No sólo tenía mal carácter, sino que siempre quería saber qué era lo que hacía actuar a la gente y por qué se desem­peñaban y comportaban como lo hacían.

 

La señorita Godby acostumbraba llevar un diario, de autoaná­lisis, en el cual todas las noches anotaba los fracasos diarios y, en forma morbosa (de acuerdo a mi actual actitud hacia la vida), cada día analizaba sus palabras y actos a la luz de la siguiente pregunta: ¿Qué hubiera hecho Jesús?" Cierto día encontré ese libro, durante unos de mis merodeos inquisitivos, y había tomado la costumbre de leer cuidadosamente sus anotaciones. De allí des­cubrí que conocía quién le había sustraído y destruido las alhajas, pero (como cuestión de disciplina para mí misma y con el fin de ayudarme) no me iba a decir una palabra, hasta que mi propia conciencia me impulsara a confesarlo. Sabía que inevitablemente lo confesaría, porque tenía confianza en mí ‑por qué, no lo sé. Al cabo de tres días fui a verla y le conté lo que había hecho, y la encontré más apesadumbrada por haberle leído sus anotaciones privadas que por la destrucción de sus joyas. Como observarán, mi confesión fue plena. Su reacción me dio un nuevo sentido de los valores. Me hizo pensar seriamente, lo cual fue bueno para mi alma. Por primera vez empecé a diferenciar entre los valores es­pirituales y los materiales. Para ella constituía mayor pecado el que fuera bastante deshonesta por haber leído anotaciones priva­das, que por destruir cosas materiales. Me proporcionó la primera gran lección de ocultismo, me hizo distinguir la diferencia entre el yo y el no‑yo y entre los valores intangibles y los tangibles.

 

Mientras estaba con nosotros, se hizo de algún dinero, no mu­cho, tanto como para no tener que ganarse el sustento más tarde. Pero rehusó abandonarnos, porque sentía (como me dijo cuando tenía más edad) que yo necesitaba de su cuidado y comprensión. He sido muy afortunada con mis relaciones ¿no les parece?, pues la gente es principalmente amorosa, buena y comprensiva, Quiero dejar constancia que ella y mi tía Margaret me prodigaron algo de tanto significado espiritual y verdadero, que hasta hoy trato de vivir de acuerdo a la nota que ellas emitieron. Ambas eran muy distintas. La señorita Godby se caracterizaba por su sencillez, trasfondo y dotes comunes, pero sana y afable. Mi tía era en extremo hermosa, muy conocida por su filantropía y sus puntos de vista religiosos, e igualmente sana y afable.

 

Cuando cumplí dieciocho años fui enviada a una escuela de Londres para terminar mi educación, en tanto que mi hermana fue nuevamente al sur de Francia con una gobernanta. Nos se­paramos por primera vez, quedando librada a mi propio arbitrio. Creo que no tuve mucho éxito en la escuela. Era realmente buena en historia y literatura. Poseía una buena cultura clásica, y mu­cho se puede esperar del intenso entrenamiento individual adqui­rido desde la infancia, e impartido por un maestro particular bueno y culto. Pero en matemáticas, hasta en la simple aritmética, era irremediablemente mala, tan mala que fueron retiradas de mi programa esas asignaturas, pues no era posible que una joven de dieciocho años tuviera que hacer sumas y restas a la par de las de doce años. Espero que aún me recuerden (lo cual dudo) como la joven que desde el tercer piso vaciaba las almohadas de plumas sobre las cabezas de los huéspedes de la directora, mientras se dirigían solemnemente al comedor, en la planta baja. Esto lo hacía en medio de los murmullos de admiración de las otras jó­venes.

 

A esto siguió un intervalo, de un par de años, de vida rutinaria y vulgar. Nuestro tutor alquiló una pequeña casa para mi herma­na y yo, en un pueblito de Hertforshire, cerca de Saint Albans, instalándonos con una dama de compañía que nos dejó libradas a nuestra suerte. De inmediato compramos las mejores bicicletas que se podían conseguir en ese entonces, y empezamos a inves­tigar los alrededores. Aún ahora recuerdo con gran emoción, la llegada y desembalaje de las brillantes máquinas. Ibamos en bici­cleta a todas partes y nos divertíamos mucho. Explorábamos el distrito, que en aquel entonces era pura campiña, y no el suburbio de hoy. Creo que en esa época desarrollé mi afición por lo miste­rioso, que más tarde se convirtió en una gran pasión por las novelas policiales y de misterio. Una asoleada mañana, mientras empujábamos nuestras bicicletas por una empinada cuesta, dos hombres descendían, y al cruzarse con nosotras, uno de ellos se volvió a su compañero y le dijo: "Te aseguro amigo que corría como el demonio con una sola pierna". Todavía estoy tratando de descifrar ese misterio.

 

En esa época realicé mis primeros intentos de maestra. Me hice cargo de una clase de varones en la Escuela Dominical. Todos rayaban en la adolescencia y sabía que eran muy díscolos. Estipulé enseñarles en un salón desocupado situado cerca de la iglesia no en la Escuela Dominical, y que debían dejarme sola mientras en­señaba. Pasamos momentos muy emocionantes. Todo comenzó con un motín, y yo anegada en lágrimas, pero al cabo de tres meses éramos un grupo de íntimos amigos. Lo que enseñé y cómo lo enseñé lo he olvidado. Sólo recuerdo mucha risa, ruido y amistad. No sé si habré hecho algo perdurablemente bueno, pero los man­tenía sin hacer diabluras durante dos horas, todos los domingos por la mañana.

 

Durante ese tiempo y hasta cumplir los veintidós años, en que llegué a poseer mi pequeña renta (como también mi hermana), vivimos la vida de las niñas de sociedad; teníamos lo que se lla­maba ''tres temporadas londinenses", participando de las consabi­das fiestas, tés y cenas, exhibiéndonos, sin lugar a dudas, en el mercado matrimonial. En esa época era extremadamente religio­sa, pero tenía que asistir a los bailes para que mi hermana no fuera sola a esos lugares de perversión. En qué medida me tole­raba la gente con quien me encontraba, no lo sé. Era tan religiosa y permanecía tan embebida en mi conciencia mística, y mi con­ciencia era tan morbosamente sensible, que no podía bailar con un hombre o sentarme durante una cena junto a alguien sin antes haberme cerciorado de que había sido "salvado". Creo que lo único que me libró del aborrecimiento total y violenta repulsión, fue el hecho de mi sinceridad y evidente disgusto por tener que averiguarlo. Era muy joven, muy tonta, bien parecida e iba ele­gantemente vestida, y a pesar de una ostentosa santidad, era inte­ligente, bien educada y, a veces, interesante.

 

Siento un secreto respeto por mí misma al mirar hacia atrás, porque era tan penosamente apocada y reticente, que sufría inde­cibles angustias, mientras me obligaba a expresar mi preocupación por las almas de gente desconocida.

 

Aparte del hecho de que mi tía y mi gobernanta eran muy religiosas ¿por qué eran tan firmes mi aspiración espiritual y mi estricta determinación de ser buena? El hecho de que esta deter­minación fuera matizada por mi medio ambiente religioso, nada tiene que, ver con ello; lo único que sabía hacer era expresar mi espiritualidad, asistiendo al primer servicio de comunión todos los días, si era posible, y tratar de salvar a la gente. Esa expresión particular de servicio y empeño religioso no podía evitarla, pero eventualmente la trascendí. Pero ¿cuál fue el factor que me tras­formó de una joven de mal carácter, más bien vanidosa y ociosa, en una trabajadora y (momentáneamente) en una fanática?

 

El 30 de junio de 1895 tuve una experiencia y nunca he olvi­dado esa fecha. Durante meses había sufrido las desdichadas agonías de la adolescencia. La vida no valía la pena vivirla. Sólo veía desdichas y dificultades en todas partes. Tampoco había pedido venir al mundo, pero aquí estaba. Acababa de cumplir quince años. Nadie me quería; sabía que tenía un carácter odioso, y no me sor­prendía que la vida fuera difícil. Tampoco tenía un porvenir por delante, excepto el matrimonio y la vida rutinaria de los de mi casta y clase. Odiaba a todos, con excepción de dos o tres personas, y sentía envidia de mi hermana, de su inteligencia y belleza. Se me había enseñado el cristianismo más estrecho y que la gente que no pensara como yo, no podría ser salvada. La Iglesia Angli­cana estaba dividida en dos, el alto clero que era casi anglocató­lico, y el bajo clero que creía en un infierno para quienes no acep­taban ciertos principios, y en un cielo para quienes los aceptaban. Durante seis meses del año pertenecía a un sector y los otros seis meses (cuando no estaba en Escocia y bajo la influencia de mi tía) a otro. Me sentía atraída por la belleza del ritual y la estrechez del dogma. Ambos grupos introducían en mi conciencia el trabajo misionero. El mundo estaba dividido entre los cristianos, que trabajaban duramente para salvar las almas, y los herejes, que se arrodillaban delante de las imágenes para adorarlas. El Buda era una imagen de piedra y nunca se me ocurrió, en aquel entonces, que sus estatuas podían compararse con las estatuas e imágenes de Cristo de las iglesias cristianas, que me eran tan familiares cuando estaba en el continente europeo. Mi confusión era total. De pronto –encontrándome en el punto álgido de mi desdicha y en medio de mi dilema y duda— se me apareció uno de los Maestros de Sabiduría

 

Cuando ocurrió eso y hasta muchos años después, no tuve la más remota idea de, quién podía ser, y quedé totalmente atemo­rizada. Aunque joven, tenía la suficiente inteligencia como para saber algo acerca del misticismo e historia religiosa de los adoles­centes, pues había oído hablar de ello a los que ayudaban en el trabajo religioso. Había asistido a muchas reuniones de jubileo y visto a muchas personas "perder el control de sí mismas", según lo denominaba yo. Por eso nunca relaté mi experiencia a nadie, por temor a que se me clasificara como un "caso mental" que debía vigilarse y manejar con cuidado. Me sentía intensa y espiri­tualmente viva. Era anormalmente consciente de mis fallas. Es­taba en casa de mi tía Margaret de Kirkcudbridghtshire, en Castramont, y el ambiente en ese entonces no podía ser mejor.

 

Era un domingo por la mañana. El anterior había escuchado un sermón que despertó mi aspiración. Ese domingo, por alguna razón, no fui a la iglesia. El resto de la familia estaba ausente, y solo la servidumbre y yo quedamos en la casa. Me encontraba en la sala leyendo. De pronto se abrió la puerta y entró un hombre alto, vestido a la europea (con un traje de muy buen corte, según recuerdo) y un turbante que le cubría la cabeza; se sentó junto a mí. Quedé petrificada al ver el turbante y no atiné a decir pa­labra ni preguntar a qué venía. Entonces comenzó a hablar. Me dijo que yo debía realizar un trabajo en el mundo, y que ello implicaba cambiar considerablemente mi disposición, pues tenía que dejar de ser una criatura desagradable y obtener cierta medi­da de autocontrol. Mi futuro servicio para Él y para el mundo, dependía de cómo me manejara y de los cambios que llegara a efectuar. Me dijo que si podía lograr un verdadero autocontrol confiaría en mí, y agregó que yo viajaría por todo el mundo y visitaría muchos países "para realizar el trabajo de mi Maestro". Desde entonces esas palabras resuenan en mis oídos. Recalcó que todo dependía de mí y de lo que pudiera y quisiera hacer de inmediato. Agregó que estaría en contacto conmigo a intervalos, durante varios años.

 

La entrevista fue muy breve. No pronuncié una sola palabra, limitándome a escuchar, mientras Él hablaba con mucho énfasis. Habiendo dicho lo que tenía que decir, se levantó y salió de la habitación, deteniéndose en la puerta por un minuto, para diri­girme una mirada que recuerdo nítidamente hasta hoy. No supe qué pensar de lo ocurrido. Al recuperarme del sobresalto me sentí al principio atemorizada y creí que me estaba volviendo loca o que me había quedado dormida, soñando, entonces reaccio­né y experimenté una plácida satisfacción, considerándome una Juana de Arco (mi heroína de esa época) que, como ella, había tenido visiones espirituales y había sido elegida para una gran obra. No podía imaginarme cuál sería, pero me veía como la dra­mática y admirada instructora de miles de personas, error muy común entre los principiantes, y lo he podido comprobar en mu­chos grupos ocultistas. La sinceridad y la aspiración de las perso­nas, logran producir algún contacto interno espiritual, que luego interpretan en términos de éxito e importancia personales. Para mí fue una reacción causada por el sobrestímulo, a la cual le si­guió otra que permitió destacar en mi mente la crítica que había hecho acerca de mí. Llegué a la conclusión que quizás, después de todo, no era yo de la categoría de Juana de Arco, sino simple­mente alguien que podía ser mejor de lo que había sido, que debía comenzar a controlar un carácter bastante violento. Comencé a hacerlo. Traté de no ser tan iracunda y a controlar mi lengua, y durante un tiempo me porté tan bien que mi familia se preocupó; creían que estaba enferma y casi me rogaron que reasumiera mis despliegues explosivos. Me había vuelto virtuosa, dulce y senti­mental.

 

Mientras transcurrían los años, descubrí que a intervalos de siete años (hasta los treinta y cinco) tuve indicios de la supervisión y del interés de ese personaje. En 1915 descubrí quién era y que otras personas lo conocían. Desde entonces nuestras relaciones se han ido estrechando, al punto que hoy puedo entrar en con­tacto con Él a voluntad. Esta disposición de hacer contacto con un Maestro sólo es posible cuando un discípulo también está dis­puesto a valerse únicamente de ello en momentos excepcionales y de verdadera emergencia para el servicio mundial.

 

Descubrí que el visitante era el Maestro K. H., Koot Hoomi, que está muy cerca de Cristo, pertenece a la línea de la enseñanza y es un destacado exponente del amor‑sabiduría, de lo cual Cristo es la más cabal expresión. El verdadero valor de esta experiencia no reside en el hecho de que yo, una joven llamada Alice La Tro­be‑Bateman tuviera una entrevista con uno de los Maestros, sino que, sin saber absolutamente nada de Su existencia, conociera a uno de Ellos y conversara conmigo. El valor también reside en que todo lo que me dijo se cumplió (después que arduamente cum­plí con los requisitos) y porque descubrí que no era el Maestro Jesús, como supuse lógicamente, sino un Maestro sobre quien nunca había oído hablar, siéndome totalmente desconocido. De todos modos, el Maestro K. H. es mi Maestro bienamado y real. He trabajado para Él desde los quince años, y soy ahora uno de los discípulos avanzados de Su grupo o (como se lo designa esoté­ricamente) de Su Ashrama.

 

Hago estas declaraciones con un propósito bien definido. Tan­tas tonterías se han dicho sobre estas cosas y tantas afirmaciones han hecho quienes no tienen la experiencia ni la orientación men­tal y espiritual requeridas, que los verdaderos discípulos se aver­güenzan de mencionar su trabajo y posición. Quiero allanarles el camino futuro a todos los discípulos y desmentir las estupideces que postulan muchas de las llamadas escuelas esotéricas de pen­samiento. Decir que se pertenece al discipulado es permitido, eso no divulga nada y sólo tiene valor si se está respaldado por una vida de servicio. Nunca es permitida la afirmación de ser un iniciado de cierto grado, excepto entre los de igual grado, entonces ya no es necesaria. El mundo está lleno de discípulos. Dejen que ellos lo reconozcan y se mantengan unidos por el vínculo del dis­cipulado y faciliten a los demás la misma realización. Así se com­probará la realidad de la existencia de los Maestros en forma correcta, por medio de la vida y los testimonios de quienes son entrenados por Ellos.

 

Otro hecho que tuvo lugar más o menos al mismo tiempo, me convenció de que existía otro mundo de cosas. Fue algo que en esa época no podía imaginarme, pues no creía posible tal aconte­cimiento. Por dos veces tuve un sueño en plena conciencia vigílica. Lo denominé sueño, porque entonces no cruzó por mi mente lo que podía ser. Ahora sé que participé en algo ocurrido verda­deramente, pero no llegué a comprender cuándo tuvo lugar ese doble acontecimiento. En ello reside su valor, pues no hubo opor­tunidad para la autosugestión, pensamiento ansioso o imaginación excesivamente vívida.

 

Dos veces (mientras vivía y trabajaba en Gran Bretaña) par­ticipé en una ceremonia extraordinaria, y recién después de casi dos décadas descubrí de qué se trataba. Supe que la ceremonia en la cual tomé parte, tiene lugar todos los años en el momento de la "Luna llena de mayo". Es el plenilunio correspondiente al mes de Vaisaka (Tauro), según su antigua denominación en el calendario hindú. Este mes tiene una importancia vital para todos los budistas. El primer día es la fiesta nacional conocida como el Año Hindú. Este extraordinario acontecimiento se celebra todos los años en un valle de los Himalayas, y no es un acontecimiento mí­tico subconsciente sino un evento real en el plano físico. Estando completamente despierta, de repente me encontré en este valle, formando parte de una vasta y ordenada muchedumbre, en su mayor parte oriental, con un gran porcentaje de occidentales. Sabía exactamente dónde estaba ubicada entre ese gentío, y me di cuenta que era el lugar que me correspondía, e indicaba mi grado espiritual.

 

El valle era amplio, de forma ovalada, rocoso, bordeado por al­tas montañas. La gente aglomerada en el valle miraba al este, hacia un estrecho paso semejante en su extremo al cuello de una botella. A cierta distancia de este paso, en forma de embudo, se alzaba una inmensa roca, elevándose desde el suelo como una gran mesa y sobre ella se veía un cuenco de cristal lleno de agua, de más o menos un metro de diámetro. A la cabeza de la muche­dumbre y delante de la roca se hallaban tres Personajes formando un triángulo, y con gran sorpresa vi que quien ocupaba el ápice del triángulo era el Cristo. La multitud expectante parecía estar en continuo movimiento y, mientras se movían, iban formando grandes y familiares símbolos ‑la cruz en sus diversas formas, el círculo con el punto en el centro, la estrella de cinco puntas y varios triángulos entrelazados. Era una especie de solemne danza rítmica, muy pausada y decorosa, pero completamente si­lenciosa. De pronto los tres Personajes, delante de la roca, exten­dieron Sus brazos al cielo. La multitud quedó inmóvil. En el ex­tremo lejano, desde el cuello de la botella, apareció en el cielo un personaje flotando sobre el paso, aproximándose lentamente a la roca. En forma cierta y subjetiva, comprendí que era el Buda. Sentí que lo reconocía, sabiendo que de ninguna manera empe­queñecía a nuestro Cristo. Tuve una vislumbre de la unidad del Plan al que el Cristo, el Buda y todos los Maestros se dedican eternamente. Me di cuenta, por primera vez, aunque en forma vaga e incierta, de la unidad de toda manifestación y existencia –el mundo material, el reino espiritual, el discípulo aspirante, el animal que evoluciona y la belleza de los reinos vegetal y mineral—, constituyendo un todo divino y viviente que progresa para demostrar la gloria del Señor. Capté en forma vaga que los seres humanos necesitan del Cristo, del Buda y de todos los miem­bros de la Jerarquía planetaria, y que había sucesos y acontecimientos de mayor importancia para el progreso de la raza que los registrados por la historia. Me quedé anonadada, porque para mí, en esa época, los herejes seguían siendo herejes y yo era cris­tiana. Profundas y fundamentales dudas embargaron mi mente. A partir de entonces mi vida quedó impregnada, como lo sigue estando hoy, por el conocimiento de que existen los Maestros y ocurren hechos subjetivos en los planos espirituales internos y en el mundo de significados, que constituyen parte de la vida misma, y quizás la más importante. Desconocía la forma en que podían ser adaptadas esas cosas, a mi limitada teología y vida diaria.

 

Se dice que las experiencias espirituales más íntimas y pro­fundas nunca deben discutirse ni relatarse. Ésta es una verdad fundamental, y nadie que las "haya experimentado" realmente, se interesará por tales discusiones. Cuanto más profunda y vital sea la experiencia, menor será la tentación de narrarla. única­mente a los principiantes que les ha ocurrido un acontecimiento imaginario o teórico en su conciencia, proclaman tales experien­cias. He relatado deliberadamente los dos hechos subjetivos men­cionados (¿o fue subjetivo sólo el primero?), pues creo que ha llegado el momento en que las personas preparadas, reconocidas como sensatas e inteligentes, agreguen su testimonio al de los frecuentemente desacreditados místicos y ocultistas. Estoy bien conceptuada como mujer inteligente y normal, eficaz dirigente y autora creadora, y deseo agregar mi comprobado conocimiento y convicción a lo que han testimoniado muchos otros, a través de las edades.

 

Durante todo ese tiempo me había dedicado a las buenas obras. Era trabajadora activa de la rama Femenina de la Asociación Cristiana de Jóvenes. Asistía (pero sufría debido a mi juventud) a las reuniones de los dirigentes de esa organización porque mi tía era la presidenta. Empleaba mucho tiempo en grandes reunio­nes hogareñas, donde era bien recibida como Alice La Trobe‑Ba­teman, y allí luchaba con las almas de mis contemporáneos a fin de salvarlos. Siendo muy buena en ese menester, ahora me pre­gunto ‑desde el punto de vista de una sabiduría más mundana- se salvaban más rápidamente sólo para librarse de mí, por ser tan pertinaz y ansiosa. Al mismo tiempo, la tendencia mística de mi vida iba profundizándose; Cristo fue para mí una realidad siempre presente. Ambulando por los páramos de Escocia, reco­rriendo los bosques de naranjos de Mentone en el sur de Francia, o las colinas de Montreaux en el lago de Ginebra, trataba de sen­tir a Dios. Tendida de espaldas en la campiña o a la vera de una roca, escuchaba el silencio que me rodeaba y trataba de oír la Voz, después de haberse acallado las numerosas voces de la natu­raleza y de mi interior. Sabía que detrás de todo lo que podía ver y palpar existía algo invisible, pero que podía sentirse, siendo mucho más real y verdaderamente esencial que lo tangible. Me habían enseñado a creer en un Dios Trascendente, externo a su mundo creado, inescrutable, impredecible, a menudo cruel (a juzgar por lo que relata el Antiguo Testamento), que ama sólo a los que, lo reconocen y aceptan, sacrificando a su Hijo unigénito para que la gente como yo, se salve y nunca perezca. En lo más íntimo criticaba esta presentación de un Dios amoroso, aunque lo aceptaba automáticamente. Pero estaba muy lejos, distante, era inalcanzable.

 

Sin embargo, todo el tiempo, algo en mi interior, incipiente e indefinible, buscaba a Dios Inmanente, un Dios detrás de todas las formas, que pudiera descubrirse en todas partes, tocarse y co­nocerse realmente. Un Dios que amara a todos los seres, buenos y malos, y que los comprendiera tanto como a sus limitaciones y dificultades. Este Dios no era de manera alguna la tremenda y te­rrible Deidad que yo conocía, reverenciado por la Iglesia Cris­tiana. Sin embargo, teológicamente no existía tal persona, sino únicamente un Dios que debía ser aplacado, celoso de Sus dere­chos, que en un proyecto carente de lógica pudo sacrificar a su Hijo Unigénito para salvar a la humanidad, y que por su progenie no poseía el amor del padre común. Éstos eran los pensamientos que trataba de arrancarme como pecaminosos y falsos, pero sutil­mente me acuciaban detrás de la escena. No obstante Cristo siem­pre estaba presente. Lo conocía; Él luchaba y suspiraba por la humanidad; agonizaba para salvarla, pero era incapaz de salvar a la gente en gran escala y, por lo tanto, permanecía y veía como iban al infierno. En esa época no me formulaba todo esto con claridad; yo fui salvada y me sentía feliz por ello. Trabajaba arduamente para salvar a otros, y era una lástima que Dios hubiera creado un infierno; pero lógicamente, daba por sentado que Él sabía lo que hacía, y de todos modos ningún cristiano había dudado de Dios, sino que simplemente aceptaba lo que se les decía, respecto a los dictámenes de Dios, y nada más.

 

Éste era mi trasfondo espiritual y mi campo de reflexión. Des­de el punto de vista mundano las cosas no resultaban tan fáciles. Ni mi hermana ni yo nos habíamos casado, a pesar de las oportunidades, la buena posición y las amplias relaciones personales. Creo que fue un gran alivio para nuestros tíos y tías llegar a nuestra mayoría de edad, salir de los atrios de Chancery y que­dar libradas a nuestra suerte. En realidad, alcancé mi mayoría de edad cuando mi hermana menor cumplió los veintiún años.

 

Entonces comenzó un nuevo cielo para nosotras. Cada una si­guió su camino. Nuestros intereses eran totalmente distintos, y apareció la primera brecha entre nosotras: mi hermana eligió la medicina, y después de algunos meses de preparación, ingresó en la Universidad de Edimburgo, donde terminó una brillante carre­ra. En cuanto a mí, no sabía exactamente qué haría en esa época. Había recibido una educación clásica extremadamente buena, ha­blaba francés con toda fluidez y algo de italiano; tenía bastante dinero como para vivir confortablemente en esos días en que no se gastaba mucho y se vivía relativamente con comodidad; creía firmemente en el Cristo, pues ¿no era yo acaso, una de las elegi­das?, y también creía en un cielo de felicidad para quienes pensa­ban como yo, y en un infierno para los que no pensaban así, aun­que después de haber hecho todo lo posible para salvar sus almas, trataba de no preocuparme mucho por ellos. Tenía en verdad un conocimiento profundo de la Biblia, buen gusto para vestir, era bien parecida, y profunda y completamente ignorante de las reali­dades de la vida. Nada se me había informado acerca de sus pro­cesos y ésta fue la base de mis muchas desilusiones, a medida que la vida seguía su marcha. Parecía (en esa época) que estaba sujeta a una curiosa "protección" en el trabajo peculiar y fuera de lo común, que elegí hacer en ese nuevo ciclo de mi vida, de los veintiuno a los veintiocho años. Siempre había llevado una vida muy protegida, y no salía sin la dama de compañía, un familiar o una doncella. Era tan inocente que por eso mismo no me pasaba nada.

 

Esto lo demuestra un hecho peculiar ocurrido cuando tenía alrededor de diecinueve años. Había ido a pasar una temporada en una de las grandes mansiones de Inglaterra, llevando a mi doncella. Es innecesario decir que no recuerdo el nombre ni el lugar. Era la única persona en esa mansión señorial que carecía de título nobiliario. La primera noche noté que mi doncella se preparaba para dormir en una pequeña sala de estar, al lado de mi dormitorio, y cuando le expresé mi sorpresa, me dijo que no tenía la menor intención de dejarme sola, me gustara o no. Yo no comprendía nada de lo que pasaba, ni tampoco entendía mucho de lo que se conversaba en las comidas. Estoy convencida de que los numerosos huéspedes estaban completamente aburridos con­migo y me consideraban una perfecta idiota. Las indirectas y ré­plicas significativas me hacían creer y sentir una tonta. Me quedaba el único consuelo de estar muy bien vestida, ser elegante y saber bailar. A los dos días de estar allí, una mañana, del desayuno, se me aproximó un caballero muy conocido –en­cantador, fascinante, buen mozo, pero de dudosa reputación— y pidió hablar conmigo. Nos dirigimos a una sala, denominada el salón rojo, y cuando estuvimos solos me dijo: "He dicho a la dueña de casa que usted se irá en el tren de las 10:30 de la mañana; el carruaje estará dispuesto para esa hora, a fin de conducirla a la estación; su doncella ya recibió órdenes de preparar sus enceres. Le pregunté que había hecho yo. Palmeándome el hombro me res­pondió: "Voy a darle dos razones. Una, que para la mayoría de las personas que están aquí, aunque no para mí, usted es una aguafiestas, pues aparenta estar siempre perpleja u ofendida. La otra, que no parece ofendida cuando debiera estarlo. Eso es real­mente serio. Llegué a la conclusión que, debido a su ignorancia, sería mejor que alguien se ocupe de usted".

 

Partí, como lo había dispuesto, sin saber si debía sentirme ha­lagada u ofendida. Este episodio revela no sólo la estupidez e ig­norancia de las niñas de mi rango en los días victorianos, sino el hecho de que algunos hombres, considerados muy frívolos, pueden ser buenos y comprensivos.

 

Con este trasfondo y equipo, y con la firme determinación de salvar a las almas perdidas, me dediqué a hacer algo que creí útil. Por otra parte, tenía el propósito de ser libre, a cualquier precio.

 

CAPITULO SEGUNDO

 

Terminó esa etapa fácil de mi vida, de relativa responsabili­dad y sin preocupaciones. Había durado veintidós años, y fue la única vez en mi vida que formé parte de una familia, con el trasfondo, el prestigio y la seguridad que ello implicaba. Me divertí mucho, conocí mucha gente, viajé bastante. No recuerdo cuántas veces crucé el Canal de la Mancha en mis muy frecuentes viajes de ¡da y vuelta a Europa. Afortunadamente soy buen ma­rinero y me agrada el mar por encrespado que esté. No puedo recordar las amigas personales de esa época, excepto una, con quien continúo la amistad y mantengo aún correspondencia. Nos conocimos en Suiza y juntas aprendimos a hacer encajes de Irlan­da. Siempre me sentí orgullosa de esa proeza, y mi orgullo au­mentó cuando vendí en una ocasión dos yardas de blondas a treinta dólares la yarda, a beneficio de la Sociedad del Templo Misionero, pues en esos días yo, personalmente, no necesitaba dinero.

 

Pero había llegado el momento en que sentía la necesidad de prestar alguna utilidad al mundo y justificar mi existencia. En esos días expresaba este anhelo con la frase: "Jesús fue por el mundo haciendo el bien" y yo, como Su seguidora, debo hacer lo mismo. De modo que comencé furiosa y fanáticamente "a hacer el bien". Me convertí en evangelista, vinculada al ejército bri­tánico.

 

Echando una mirada a esa época, en que actuaba como evan­gelista entre las tropas británicas, me doy cuenta que fue la etapa más feliz y satisfactoria de toda mi vida. Sentía gran satisfacción por mí misma y por todo lo que me concernía. Hacía cuanto que­ría, y todo con mucho éxito. No tenía ninguna preocupación (a­parte de la esfera de trabajo que había elegido) ni responsabili­dad. Sin embargo, comprendo que fue un ciclo importante en mi vida, que alteró por completo todas mis actitudes. Lo que me ocu­rrió durante ese período no lo comprendí entonces, pero tuvieron lugar grandes cambios internos. Sin embargo fui muy extroverti­da en mi modo de pensar y actuar, relativamente inconsciente de ello. Había roto con mi familia y puesto fin a mi vida de niña de sociedad.

 

Cuando digo "rompí" con los míos, no quiero significar que ha­bía cortado toda relación. Siempre he mantenido contacto con mi familia, desde entonces hasta hoy, pero nuestros caminos se apar­taron, nuestros intereses fueron y son completamente distintos y nuestra relación actual no es de parientes sino de amigos. En forma amplia y general, creo haber pasado una vida más intere­sante y agitada que la de ellos. Nunca sentí que los lazos consan­guíneos tuvieran importancia. ¿Por qué tiene que simpatizar la gente entre sí y estar en íntimo contacto, sólo por haber tenido afortunada o desgraciadamente los mismos abuelos? Esto no pa­rece razonable y creo que ha traído una serie de dificultades. Es una gran cosa cuando la amistad y el parentesco coinciden, pero para mí, la amistad, los recíprocos intereses y las actitudes simi­lares hacia la vida, son mucho más importantes que los lazos de la sangre. Deseo que mis hijas me quieran porque soy su amiga, les he probado mi amistad y soy digna de su cariño. No espero su confianza ni su aprecio por ser su madre. Las amo a ellas, no especialmente por4ue son mis hijas sino por sí mismas. Cuando los niños pequeños no requieren ya el cuidado físico, creo que los padres harían bien en cultivar con ellos la amistad.

 

Poseía absoluta seguridad de todo (cuán maravilloso y delicio­samente juvenil me parece eso ahora) –Dios, la doctrina, mi ha­bilidad para hacer las cosas, la seguridad de mi conocimiento y la infalibilidad de cualquier consejo que pudiera dar. Tenía una respuesta para todo y sabía con exactitud lo que debía hacer. Ma­nejaba la vida y las circunstancias, con el toque seguro de la inexperiencia más completa, y la solución de todo problema y el remedio para todo mal siempre venían en respuesta a una sola pregunta: "¿Qué haría Jesús en idénticas circunstancias?" Ha­biendo decidido lo que Él haría (y me pregunto cómo lo sabía), lo hacía o aconsejaba. a otros que siguieran la misma regla. Al mismo tiempo, sin darme cuenta ni expresarlo, comenzaba a ha­cerme preguntas, aunque rehusaba contestármelas, y detrás de toda esa seguridad y dogmatismo, se realizaban grandes cambios. Sé que ese período fue testigo del paso definido que di en el sen­dero. Lentamente, sin que mi conciencia cerebral lo supiera, es­taba pasando de la etapa de autoridad a la de experiencia; de la estrecha creencia teológica a la de inspiración verbal de las Es­crituras, y de las interpretaciones de mi escuela de particular convicción religiosa a un conocimiento seguro y cierto de las verdades espirituales que han testimoniado los místicos de todas las épocas y por las que muchos de ellos sufrieron y murieron.

 

Me encontré eventualmente en posesión de un conocimiento que había resistido la prueba del tiempo y las dificultades, corno no lo habían hecho mis creencias anteriores. Conocimiento que continúa y constantemente me indica lo mucho, lo mucho que aún debo saber. El conocimiento verdadero nunca es estático; sólo constituye una puerta abierta para campos más vastos de sabi­duría, realización y comprensión. Es un proceso de crecimiento viviente. El conocimiento debe conducir de un desenvolvimiento a otro. Es como si alguien escalara una montaña y, en el momento de alcanzar la cumbre, viese de pronto ante su vista la tierra pro­metida hacia la que debe marchar inevitablemente; pero (al otro lado de esa tierra prometida) aparece a la distancia otra montaña, ocultando regiones aún más vastas.

 

En una época de mi vida tenía la costumbre de asomarme a la ventana de mi dormitorio y observar a la distancia esa estupenda montaña del Kinchengunga, uno de los más altos picos de los Hi­malayas. Parecía tan cercano, como si casi un día de camino pu­diera conducirme a su pie, pero sabía que a un buen escalador le tomaría por lo menos doce semanas de duras jornadas para llegar hasta allí, más la terrible ascensión hasta su cúspide, proeza pocas veces realizada. Lo mismo ocurre con el conocimiento. Lo que vale la pena alcanzar raras veces es fácil lograr y constituye en sí la base para un mayor conocimiento.

 

Siento compasión por esas personas que creen saberlo todo y tienen respuesta a cualquier pregunta, y comprendo que hay que tenerles paciencia. Ésa era mi actitud en aquella temprana época y no tenía el buen humor de divertirme a costa mía. Todo lo ha­cía con intensa seriedad. Hoy puedo reírme, y estoy bien segura que no conozco todas las respuestas. Me he quedado con muy pocas doctrinas y dogmas, si en verdad me queda alguno. Tengo la convicción de la existencia del Cristo y de los Maestros, Sus discípulos; de que existe un plan que Ellos tratan de desarrollar en la tierra y también que representan en Sí mismos, la respues­ta y garantía de la realización final del hombre, y que así como Ellos son, seremos algún día nosotros. Hoy ya no puedo decir con seguridad y aplomo, lo que la gente debe hacer. Por eso po­cas veces doy consejos. Ciertamente no pretendo interpretar el pensamiento de Dios ni decir lo que Él desea, como lo hacen los teólogos del mundo.

 

Calculo que en el transcurso de mi vida se habrán acercado a mí, textualmente, miles de personas para que yo les dijera, acon­sejara y sugiriera lo que debían hacer. Hubo un período en que mi secretario concedía citas cada veinte minutos. Creo que una de las razones de tantas entrevistas se debe a que nunca cobré, y a la gente le agrada recibir cualquier cosa gratuitamente. A veces pude ayudar a quien disponía de una mente abierta y estaba dis­puesto a escuchar, pero la mayoría quiere hablar y sentar las bases para justificar sus propias ideas preconcebidas, sabiendo de ante­mano lo que uno le va a decir. Mi técnica ha sido generalmente dejar que las personas se cansen de hablar, y cuando han terminado, con frecuencia hallan la respuesta y la solución a sus propios problemas, lo cual es muy sensato y conduce a una acción efectiva. Sin embargo, si sólo quieren oírse hablar y creen saberlo todo, frecuentemente me embarga el temor y nada puedo hacer.

 

No me interesa si la gente está o no de acuerdo con mi caudal particular de conocimientos o con mi manera de formular la ver­dad (pues todos tenemos nuestra manera de hacerlo), pero no puedo ayudar a quienes están totalmente satisfechos de su propia verdad. Para mí el infierno (si existe, lo cual dudo) constituiría un estado de total satisfacción por nuestros propios puntos de vista y, por lo tanto, una condición estática que detendría perma­nentemente toda evolución mental y progreso. Afortunadamente sé que la evolución es muy larga y prosigue continuamente; la historia y la civilización lo prueban. Sé también que detrás de todos los procesos hay una Inteligencia y por eso ninguna condi­ción estática es posible.

 

En esa época era una fundamentalista intransigente. Había ini­ciado mi carrera enteramente convencida de que ciertas doctrinas teológicas fundamentales, según lo expresaban las autoridades eclesiásticas, constituían compendios de la verdad divina. Sabía exactamente qué quería Dios y (debido a mi total ignorancia) es­taba dispuesta a discutir cualquier tema concebible, sabiendo que mi punto de vista sería el correcto. Hoy frecuentemente creo ha­berme equivocado en mis diagnósticos y prescripciones. Tengo también una sólida creencia en la existencia del alma humana y en la capacidad de esa alma para conducir al hombre de "la os­curidad a la luz y de lo irreal a lo real", mencionando la más antigua plegaria del mundo. Tuve que aprender en esos días que “el amor de Dios es mucho más amplio que la mente del hombre, y que el Corazón del Eterno es maravillosamente bondadoso". Pero no era un Dios bondadoso el que yo proclamaba. Dios era bondadoso conmigo porque me había abierto los ojos y los de quienes pensaban como yo, pero ese Dios estaba dispuesto a man­dar al infierno al resto del mundo no redimido. La Biblia lo decía y tenía razón. De ninguna manera podía estar equivocada. En ese entonces yo estaba de acuerdo con los pronunciamientos de un famoso Instituto Bíblico de los Estados Unidos, que "se basaban en los manuscritos originales y autografiados de la Biblia". Hoy me gustaría preguntarles dónde están esos manuscritos autogra­fiados. En esa época creía en la inspiración verbal de las Escrituras y nada sabía de las vicisitudes y aflicciones que sufren todos los traductores honestos, que sólo pueden dar un significado apro­ximado del texto original. únicamente durante estos últimos años, cuando mis propios libros iban a ser traducidos a varios idiomas, me di cuenta de la total imposibilidad de la inspiración verbal. Si Dios hubiera hablado y Cristo predicado Sus sermones en inglés, sólo entonces quizás estaríamos seguros de lo que ha­brían dicho. Pero no es así.

 

Recuerdo una vez en que ocho o nueve personas (todas de dis­tinta nacionalidad) sentadas alrededor de una mesa, junto con mi esposo y yo, a orillas del Lago Maggiore en Italia, tratábamos de encontrar el equivalente en alemán de la palabra anglosajona “mind" (mente) o "the mind" (la mente). La cuestión había sur­gido con motivo de la traducción al alemán de uno de mis libros. Desesperados, tuvieron que abandonar la búsqueda, porque no existe un verdadero equivalente de lo que queremos significar cuando hablamos de "the mind". La palabra "intelecto" no tiene el mismo significado. Los alemanes dijeron que la voz "geist" no contenía el significado y aunque buscamos incansablemente un vocablo que expresara la misma idea, no dimos con él, y eso que había profesores alemanes que trataban, con nosotros, de hallarlo. Quizás aquí resida el problema de Alemania. En esa oportunidad me di cuenta de cuán verdaderamente difícil es hacer una traducción correcta.

 

Una de las palabras que aparecen constantemente en los libros esotéricos es el término "sendero", con el cual se quiere significar el Camino de retorno a nuestra fuente de origen, a Dios y al centro espiritual de toda vida. Cuando se traduce al francés , se empleará la palabra “¿chemin?", "¿rue?", “¿sentier?", o ¿cuál? Por lo tanto, cuando se intenta traducir al inglés un libro tan antiguo como el Nuevo Testamento, ¿puede encontrarse en él tal cosa como una inspiración verbal? Probablemente el Antiguo Tes­tamento sea una antigua traducción del arameo o del hebreo, al griego antiguo, y del griego al latín, y de éste al inglés antiguo, del cual, en una fecha muy posterior, se llegó a la versión oficial de Saint James. Lo mismo sucede con las traducciones de la Biblia en los demás idiomas. Me enteré de que hace unas cuantas décadas, mientras se estaba traduciendo al francés el Nuevo Testamento, al llegar el traductor a las palabras de Cristo donde dice: "Yo soy el agua de la vida", lo tradujo tranquilamente como "eau de vie" y así se publicó. Al darse cuenta que esas tres palabras significan en francés "brandy", tuvieron que reimprimir esa parte haciendo decir a Cristo: "Yo soy el agua viviente", "eau vivante", que no es exactamente lo mismo. Las traducciones de la Biblia han pasa­do por muchas manos, resultado del pensamiento teológico de mu­chos monjes y traductores. De aquí las interminables disputas de los teólogos sobre interpretaciones y significados, las probables traducciones incorrectas de los muy antiguos términos y las crudas intercalaciones, aunque bien intencionadas, de los primeros mon­jes cristianos que trataron de verter a su lengua materna los antiguos escritos. Ahora me doy cuenta cabal de todo eso, pero en aquellos días la Biblia en inglés era infaliblemente correcta, pues yo ignoraba las dificultades que presenta la traducción. Ése era mi estado de ánimo, cuando un gran cambio tuvo lugar en mi vida.

 

Al comunicar mi hermana su intención de inscribirse en la Universidad de Edimburgo para seguir medicina, se me presentó inmediatamente el problema de qué haría yo. No quería vivir sola o pasar el tiempo en viajes y diversiones. Y cosa sorprendente, no deseaba ser misionera. Me había dedicado a las buenas obras, pero ¿a qué buenas obras en particular? Tengo una gran deuda con un clérigo que me Conocía muy bien, y me sugirió que dedicara mi vida a predicar el Evangelio. No me sedujo mayormente. Los evangelistas que había conocido (y fueron numerosos) no me im­presionaron mucho. Me parecía un grupo de gente mal educada, que usaba ropa barata y mal confeccionada, cuyos cabellos nece­sitaban ser peinados y eran demasiado buenos para estar acicala­dos. No me podía imaginar gritando y vociferando como ellos, en una tarima, según las circunstancias, para atraer a la gente. Va­cilé, reflexioné y conversé sobre el punto con mi tía, quien tam­bién dudó y no supo qué decir. Las niñas de mi clase no hacían tales cosas. La ropa, la dicción, el peinado y las alhajas, no atrae­rían a las personas que frecuentaban las reuniones para despertar la fe, buscando su salvación. Eso no era apropiado. Pero oré, espe­ré y creí que algún día recibiría un "llamado"' para saber lo que tendría que hacer.

 

Mientras tanto, para ocupar el tiempo, y como entretenimiento, me enamoré (así lo creí) de un clérigo de apellido Roberts. Era terriblemente aburrido y espantosamente tímido, varios años ma­yor que yo, pero no llegamos a nada y me aparté; de manera que podrán ver que no era muy profundo mi sentimiento.

 

Entonces alguien me sugirió inesperadamente que visitara los Hogares Sandes para Soldados, en Irlanda, y después de ubicar a mi hermana en su alojamiento de Edimburgo, fui a Irlanda a in­vestigar el asunto. Encontré que esos Hogares eran algo excep­cional y que la señorita Elise Sandes, era una mujer culta, encan­tadora y exquisita. Su personal estaba constituído por niñas y mujeres de mi rango. La señorita Sandes había abandonado su vida para mejorar la condición de los reclutas y manejaba los hogares en forma muy distinta de la que vemos hoy generalmente en los cuarteles del ejército, y muy distinto también del trabajo evangélico llevado a cabo en nuestras ciudades. La señorita San­des había establecido muchos hogares en Irlanda y varios en la India. Algunas personas que trabajaban en ellos, Edith Arbuthnot­-Holmes, Eva Maguire, John Kinahan, Catherine Rowan‑Hamilton, y varias más, fueron amigas mías y me ayudaron a adaptarme al cambio de ambiente.

 

Mi primera experiencia fue el Hogar para Soldados en Belfast. En todos ellos había grandes cafeterías en las cuales cientos de hombres comían todas las noches, a precio de costo. Tenían salas donde podían escribir cartas, dedicarse a juegos, sentarse junto al fuego, leer periódicos, jugar al ajedrez y a las damas y alternar con nosotras, si se sentían solos, aburridos o nostálgicos. Había ge­neralmente dos damas en cada hogar y teníamos allí nuestras habitaciones. Solía haber en esas residencias un gran dormitorio donde los soldados y marineros con licencia, podían descansar, y también una sala de reuniones para las sesiones evangélicas, que contaban con un armonio, libros de cánticos, biblias y sillas, amén de alguien que pudiera predicar sobre las Escrituras y pedir por la salvación de las almas de los presentes. Tuve que aprender todos los aspectos del trabajo y era muy ardua la tarea, aunque de mi agrado. Los primeros meses fueron los más difíciles. No es fácil para una niña tímida (y era anormalmente tímida) entrar en una habitación donde hay trescientos hombres y ninguna otra mujer, y conquistar su amistad, sentarse con ellos, jugar a las da­mas, ser atenta, permanecer impersonal y, al mismo tiempo, dar la sensación de interesarse por ellos y querer ayudarlos.

 

Nunca olvidaré la primera sesión evangélica que dirigí. Estaba acostumbrada a mis pequeñas clases bíblicas y a expresarme en las reuniones de oración, sin la menor aprensión. Estaba segura que iba a hacerlo, me resultaba más fácil que presentarme ante un soldado, inquirir su nombre, sentarme, jugar con él, preguntarle por su hogar y llevarlo gradualmente al serio asunto de su alma. Por lo tanto estaba dispuesta a dirigir la reunión.

 

Un domingo por la tarde me encontré encaramada en una tari­ma, en una amplia habitación, frente a unos doscientos soldados y algunos miembros de la Real Policía Irlandesa. Comencé con toda fluidez, luego fui aminorando la voz y experimenté el pánico del auditorio; eché una mirada a esos hombres, prorrumpí en lágri­mas y huí de la tarima. Juré que no volvería allí aunque me arrastraran con caballos, pero a su debido tiempo y en respuesta a mi pregunta: ¿”qué hubiera querido Jesús que yo hiciera?", vol­ví humildemente. Pero lo ridículo del caso fue que, habiendo lle­gado a esa decisiva conclusión, a la noche siguiente concurrí al salón de reuniones para prepararme y empecé a encender las lámparas de gas. Casi fui arrojada al lado opuesto del salón, mi cabello resultó chamuscado y no pude dirigir la reunión esa no­che. La explosión fue como un punto y aparte.

 

Varias semanas después retorné. Esta vez había memorizado mi disertación y todo fue bien hasta que, en la mitad del tema, llegué a un punto en que había pensado citar un poema para alige­rar y variar mi tema. Había ensayado esa poesía delante del es­pejo con buenos resultados. Las dos primeras líneas salieron bien, después me aturdí. No recuerdo lo que ocurrió. Quedé paralizada, roja hasta la raíz de los cabellos y toda temblorosa, cuando súbi­tamente surgió del fondo del salón una voz que dijo: "Ánimo señorita, Yo terminaré la poesía y le daré tiempo para pensar lo que va a decir después". Pero ya había desaparecido de la tarima y estaba anegada en lágrimas en mi habitación. Había fracasado, Jesús y yo habíamos fracasado, pensé que sería mejor abandonarlo todo. Estuve despierta y llorando toda la noche y rehusé abrir la puerta a una de mis compañeras que quería entrar a consolarme. Pero me mantuve firme. Por orgullo no podía dejar de hablar desde la tarima y poco a poco me fui acostumbrando a difundir las enseñanzas de la Biblia a un grupo de hombres.

 

Sin embargo el proceso me resultaba penoso. En las noches pre­vias a la charla no dormía, pensando en lo que iba a decir, luego me quedaba despierta la noche siguiente, horrorizada por lo que ha­bía dicho. Este ritmo ridículo continuó hasta que una noche me enfrenté conmigo misma y no cejé hasta descubrir en qué residía mi falla. Llegué a la conclusión de que sufría de egoísmo y ego­centrismo y le daba demasiada importancia a lo que la gente pen­saba de mí. Mi primera educación recibía su primero y duro golpe. Comprendí que si verdaderamente estaba interesada en mi tema, si apreciaba realmente a mi auditorio y no a Alice La Trobe‑Bate­man y si podía llegar a un punto donde ya no me importara un comino (entonces no empleaba esa palabra), podría salir adelante y ser realmente útil.

 

Aunque parezca extraño, no tuve ninguna dificultad a partir de esa noche. Me acostumbré a entrar en un salón atiborrado de público en la India, con quizás cuatrocientos o quinientos solda­dos por auditorio, treparme a una mesa, obtener su atención y aún más, mantenerla. Me convertí en una buena oradora y le tomé gusto hablar en público, de tal modo que hoy me siento más feliz en un estrado que en cualquier otra parte. Belfast fue testigo a este respecto de mi liberación.

 

Varios años más tarde, recuerdo que una vez me sentí muy halagada por el gran éxito de mi clase bíblica dominical nocturna, dada en Lucknow, India. Un buen número de maestros castrenses habían tomado la costumbre de venir todos los domingos a escu­charme (siempre acompañada con cientos de soldados) y empecé a sentir un pequeño envanecimiento, y pensé que debía ser real­mente buena si hombres inteligentes como aquellos venían do­mingo tras domingo a escucharme. Me dediqué por entero a ello. Al finalizar la serie de mis charlas, me hicieron un obsequio. El mayor de ellos se me aproximó al final de mi perorata y me hizo entrega de un pergamino de casi un metro de largo, atado con una ancha cinta azul, endilgándome un hermoso discurso. Pero era todavía demasiado tímida para desdoblar el pergamino de­lante de ellos. Esa noche, cuando me retiré a mis habitaciones, desaté la cinta y encontré, con magnífica letra, hasta el menor error gramatical y toda metáfora traspuesta en el transcurso de mis charlas. Me consideré permanentemente curada y liberada cuando descubrí que el efecto que me produjo fue hacerme reír, hasta que las lágrimas corrían por mis mejillas.

 

No me agrada escribir mis charlas, como lo hacen muchos buenos oradores que emplean breves notas y hablan inapropiada­mente, dejando que sus oyentes extraigan los necesarios concep­tos. Miro lo escrito y me pregunto: “¿Puedo haber dicho esto?". Es­toy segura que el secreto para hablar bien, siempre que se posea fluidez, consiste en valorar el auditorio y ponerlo a tono, tratando de ser simplemente humana. Nunca intenté pronunciar discursos. Sólo me dirigí a mi auditorio como lo haría ante un solo ser hu­mano. Les infundo confianza. Nunca adopto una pose de sábelo todo. Les digo: "ahora lo veo así", "cuando lo vea distinto lo diré". Nunca presento una verdad (tal como la veo) en forma que re­sulte dogmática. A menudo expreso a la gente: "De aquí a cinco mil años esta enseñanza que llamamos ahora avanzada, será el abecé para los niños pequeños, lo que nos demuestra cuán infan­tiles somos hoy". En los debates, al final de una charla (que tanto me gustan), no tengo reparos en admitir que no sé algo, y esto lo hago frecuentemente. Los conferencistas que creen disminuir su prestigio si admiten falta de conocimiento y son, en consecuencia, evasivos o pomposos, tienen mucho que aprender. El auditorio gusta del conferencista que puede enfrentarlos y decirles: "Mi Dios, no tengo la menor idea acerca de lo que me pregunta".

 

Volviendo a la ciudad de Belfast, mis superiores descubrieron que poseía, una disposición especial para salvar almas, y establecí un récord tan bueno, que la señorita Sandes me mandó buscar para que la acompañara al Campamento de Artillería de Irlanda central, a fin de recibir un verdadero entrenamiento. Era una hermosa campiña verde y nunca olvidaré el día que llegué allí. A pesar de toda esa belleza, mucho me impresionó la enorme cantidad de huevos que había por todas partes, en la bañera, ca­cerolas, cajones del tocador y en cajones debajo de la cama. Si mal no recuerdo había cien mil huevos en la casa y por supuesto to­dos estaban en recipientes. Supe que en la cafetería del Hogar para Soldados se usaban por noche 72 docenas de huevos, y como había tres Hogares en ese distrito, se utilizaban en cantidad. Por lo tanto los huevos tenían prioridad sobre todo, excepto el Evan­gelio.

 

Mi primera tarea cada mañana, después de pasar bajo un ár­bol una hora tranquila con la Biblia, consistía en hornear bollos (cientos de ellos), y luego de cargarlos en un carruaje tirado por un burro, llevarlos a las cabañas donde se reunían los hombres por la noche. Un día el asno me causó una gran humillación. Avanzaba alegremente por una callejuela de la campiña con mi carga de bollos, cuando oí galopar a una patrulla de artillería. Apresuradamente traté de apartarme a un lado del camino, pero ese condenado burro plantó sus cuatro patas firmemente en el suelo y no quiso moverse. Inútiles fueron los ruegos y los lati­gazos. La patrulla se detuvo a pocos pasos. Los oficiales me grita­ban que me apartara. No podía hacerlo. Finalmente un grupo avanzó y alzando al carruaje, a mí y al asno, nos arrojaron a la zanja, prosiguiendo su marcha la patrulla.

 

Las burlas de los artilleros acerca de este episodio nunca tuvo fin. Hicieron correr el rumor de que mis bollos eran tan pesados que el pobre burro no podía moverse, y entraban en la cabaña co­jeando, y decían que una miga de mis bollos les había caído sobre un pie. Me acostumbré al ruido de los grandes cañones y supe que los hombres quedaban sordos cuando las baterías abrían el fuego durante la noche; también me habitué a sus borracheras y aprendí a no hacer caso a un ebrio y a manejarlo, pero nunca pude acostumbrarme a los huevos fritos, especialmente si iban acompañados de una taza de cocoa. Creo haber vendido más co­coa, huevos y cigarrillos que cualquier otra persona.

 

Fueron días felices y muy atareados. Adoraba a la señorita Sandes y ¿quién no la adoraba? La quería por su belleza, por su fuerza mental, por su conocimiento de la Biblia, por su compren­sión de la humanidad y también, por su exuberante sentido del buen humor. Creo que más la quería porque me di cuenta que me quería realmente. Compartía su dormitorio, en la extraña ca­sita en que vivíamos, y hasta ahora puedo verla durmiendo, con una media negra atada sobre sus ojos, para preservarlos de la primera luz de la mañana. Tenía una comprensión mucho más amplia que sus ayudantes. Recuerdo su mirada de aprobación sin pronunciar palabra. Trabajábamos duramente para salvar almas y ella nos observaba, nos deseaba éxito y frecuentemente pronun­ciaba la palabra que necesitábamos; sé que a menudo nos obser­vaba con gran regocijo cuando luchábamos y nos esforzábamos.

 

En una ocasión se produjo en mí un gran choque, y realmente creo que eso inició el ciclo de interrogantes internos, que poste­riormente me sacaron de mi pantano teológico. Durante tres se­manas había estado forcejeando por salvar el alma de un miserable, sucio y pequeño soldado. Era lo que en Inglaterra llamamos “una cosa repelente", mal soldado y mal hombre. Jugaba a las damas con él noche tras noche y le gustaba, y lo instaba a asistir a las reuniones evangélicas, las cuales toleraba. Le rogaba que se salvara, pero sin resultado. Elisa Sandes observaba muy diver­tida, hasta que le pareció que el asunto se prolongaba demasiado. Una noche me llamó y fui a donde ella estaba, parada junto al piano, en una de las cabañas repletas de hombres, y allí tuvo lugar el diálogo siguiente:

 

‑"Alice, ¿ves ese hombre que está allí?" dijo, señalando a quien era "mi problema".

 

‑"Sí", le respondí, "Usted se refiere al hombre con quien he estado jugando a las damas?"

 

‑"Pues bien, mi querida, haz el favor de mirar su frente", lo miré y dije que me parecía demasiado estrecha. Ella asintió.

 

‑"Ahora mira sus ojos. ¿Qué hay de malo en ellos?"

 

‑"Parecen estar demasiado juntos", repliqué.

 

‑"Exactamente. ¿Qué me dices de su mentón y de la forma de su cabeza?"

 

‑"Pero si no tiene mentón y su cabeza es muy pequeña y re­donda", dije completamente intrigada.

 

-"Pues bien, mi querida Alice, ¿por qué no dejas que Dios se haga cargo de él?" y diciendo esto se alejó. Desde entonces he dejado a muchas personas a cargo de Dios.

 

     Quiero dejar aclarado que en esa época creía en la conversión y en el poder de Cristo para salvar, y hoy lo creo mil veces más. Sé que la gente puede salir del error, y los he visto una y otra vez descubrir en sí mismos esa realidad que San Pablo llama: "Cristo en ti esperanza es de gloria". Sobre ese conocimiento cifro mi salvación eterna y la salvación de toda la humanidad". Sé que Cristo vive y que nosotros vivimos en Él, que Dios es nuestro Padre, y que en el gran Plan de Dios, todas las almas, oportunamente, hallan su camino de retorno a Él. Sé que la vida crística en el corazón humano, puede guiar a todos los hombres de la muerte a la inmortalidad. Sé que porque Cristo vive, viviremos también y seremos salvos por Su vida. Pero frecuentemente pongo en duda las técnicas humanas y creo que el método de Dios con frecuencia es mejor, y que a menudo deja descubrir nuestro propio camino de retorno, sabiendo que en cada uno de nosotros hay algo de Él, que es divino, que nunca muere y que llega a nuestro conoci­miento. Sé que nada en el Cielo o en el Infierno puede interpo­nerse entre Dios y Sus criaturas. Sé que Él se mantiene vigilante, "hasta que el último cansado peregrino haya encontrado el camino al hogar". Sé que todas las cosas actúan juntas para bien de quienes aman a Dios, significando con ello que no amamos a una deidad abstracta y lejana, sino a nuestros semejantes. Amar a nuestros semejantes es una evidencia, quizás indefinida pero muy segura, de que amamos a Dios. Elisa Sandes me enseñó eso con su vida y su amor, su inteligencia y su comprensión.

 

     Mi estadía en Irlanda no duró mucho, pero fue una época deli­ciosa. Nunca había estado antes en Irlanda, y pasé gran parte de mi tiempo en Dublín y en el Campamento Currach, no lejos de Kildare. Mientras me encontraba en Currach realicé un trabajo muy peculiar, que de saberlo mi familia, habría causado un es­cándalo. No los hubiera culpado. Debe recordarse que en esa época las niñas no gozaban de la libertad que tienen ahora y, después de todo, yo tenía solamente veintidós años.

 

     Una de las baterías de la Real Caballería de Artilleros, estaba en ese entonces estacionada en la Barraca de Newbridge, y los hombres de la batería (a quienes conocí durante el verano en el campamento de práctica) me pedían que fuera todas las noches a su Salón de Moderación. Eso indicaba llegar allí a las seis de la tarde y regresar muy entrada la noche, porque había obtenido permiso para celebrar una reunión evangélica en ese salón, una vez cerrada la cantina. Después de discutirlo un poco, se convino en que yo aceptara las cosas y todas las noches me dirigía allí en mi bicicleta después de la detestable cena inglesa llamada "high tea". Regresaba entre las 11 y 12 p.m., escoltada por dos soldados, y cada noche los hombres de la batería debían determi­nar quién me acompañaría, después de obtenido el permiso nece­sario, Nunca sabía si mi escolta sería un buen cristiano en quien se podía confiar o un canalla. Creo que echaban la suerte, y si recaía en un ebrio sus solícitos camaradas le impedían con sumo cuidado visitar la cantina ese día. De todos modos, imagínense ustedes a una joven, con un trasfondo victoriano, rigurosamente protegida, regresar en bicicleta todas las noches con dos soldados de los que nada sabía; sin embargo, ni una sola vez me dijeron una palabra que pudiera ofender a la solterona más puritana, y eso me agradaba mucho.

 

     Quienes acudían a la cantina iban a verme al salón todas las noches. Nunca hice hincapié para que asistieran a la reunión, pero nos llevábamos muy bien. Allí fue donde aprendí a distinguir los diferentes tipos de ebrios. Tenemos lógicamente el tipo pendenciero. Tuve que intervenir en muchas peleas. Nunca me causaron daño, y estoy segura que me consideraban una plaga. Tampoco me molestaron. Mi intervención nunca me trajo sufri­miento. La policía militar agradecía mi ayuda para tranquilizar a los hombres. Me hice una experta en eso. Tenemos también al ebrio afectuoso, que francamente me aterrorizaba. Nunca sabía lo que haría o diría, pero siempre me las arreglé para tener una silla o mesa entre él y yo. Los domadores de fieras saben que es muy útil una silla entre el domador y un león enojado; puedo recomendar con toda confianza esta treta para el caso de un ebrio afectuoso. El bebedor taciturno es muy difícil de tratar, pero no es tan común. También aprendí a distinguir entre aquellos a quie­nes la bebida les afecta las piernas y a otros la cabeza, siendo distinta la técnica a emplearse en cada caso. La policía militar me pidió muchas veces que ayudara a llevar pacíficamente al cuar­tel a algún soldado ebrio. Se ocultaban y, manteniéndose cerca, observaban el espectáculo que representaba yo y el borracho, ha­ciendo eses por el camino; se imaginarán el horror que habría experimentado mi tía al ver este caminar errátil, pero yo lo hacía por "amor a Jesús", y ni una sola vez alguno intentó ser grosero. No obstante, no me habría agradado ver a una de mis propias hijas en una situación similar y hubiera sentido que lo que es bueno para los adultos no siempre puede serlo para los párbulos.

 

     Mi trabajo era muy variado: llevar cuentas, arreglar las flores en los cuartos de lectura, escribir cartas a los soldados, efectuar reuniones interminables sobre el Evangelio, presidir las plegarias diarias, estudiar asiduamente la Biblia, y ser muy, muy buena. Compraba toda clase de libros que pudieran ayudarme a predicar mejor, tales como: "Ayuda para Predicadores”, "Charlas para Maestros", "Discursos para Discípulos”, "Esbozos para Trabaja­dores" (tenía personalmente cuatro libros) y otros con títulos igualmente tentadores. Intenté a menudo publicar un libro que se titularía "Ideas para Idiotas”, y hasta lo empecé, pero nunca se materializó. Hasta donde me consta, me llevé siempre bien con mis compañeros de trabajo. Mi fuerte complejo de inferioridad me condujo siempre a admirarlos, lo cual eliminó eficazmente toda envidia.

 

     Una mañana, Elise Sandes recibió una carta que, según pude observar, la perturbó mucho. Theodora Schofield, que se encon­traba al frente de la obra en la India, no estaba muy bien y al parecer necesitaba regresar a su patria para descansar. Pero apa­rentemente nadie allí podía reemplazarla. Elise Sandes se estaba poniendo vieja, y tampoco se podía prescindir de Eva Maguire. La señorita Sandes, con su franqueza habitual, dijo que me envia­ría a mí, si tuviera dinero, pues "aunque no eres del todo buena, probablemente serás mejor qué nada". El viaje a la India era muy costoso en ese entonces, y ella tenía que costear el regreso de Theodora. Con mi usual y complaciente reacción religiosa dije: "Si Dios quiere que yo vaya enviará dinero". Ella me miró, pero no hizo comentario alguno. Dos o tres días más tarde, mientras tomábamos el desayuno, lanzó una exclamación al abrir una car­ta. Me alcanzó el sobre. No tenía ninguna misiva ni indicación del remitente, pero en su interior había un cheque por quinientas libras, con estas palabras: "Para el trabajo en la India". Nadie sabía de dónde procedía ese dinero, pero lo aceptamos como si viniera directamente de Dios. El problema del viaje, por lo tanto, se había resuelto y nuevamente me preguntó si estaba dispuesta a ir a la India de inmediato, aunque no obstante recalcó que yo no estaba muy capacitada, pero por el momento no tenía a quien enviar. A veces me pregunto si no habrá sido mi Maestro quien envió el dinero, en verdad no lo sé, y nunca se lo pregunté porque no tenía importancia. Era esencial que fuera a la India a aprender ciertas lecciones y preparar el escenario para el trabajo que años atrás me había dicho que podía realizar para Él.

 

     Escribí a mi familia pidiendo permiso para ir aunque de cualquier manera hubiera ido, pues quería hacer las cosas como era debido y por lo menos ser cortés. Mi tía Clare Parsons me escribió que aprobaba el proyecto, siempre que contara con pasaje de retorno, de modo que saqué pasaje de ida y vuelta. Luego fui a Londres a comprar un equipo para la India y como en aquel entonces no tenía restricciones económicas, compré todo lo que se me antojó y esto me complació; en otras palabras, me regalé lo que quise. Incidentalmente, cuando mi equipaje, conteniendo todas mis cosas nuevas, llegó a Quetta, en Beluchistán, me en­contré que habían robado todo su contenido y lo habían reempla­zado por harapos sucios y mugrientos.

 

     Afortunadamente, llevaba conmigo mucha ropa, pero fue la primera lección importante que me hizo comprender lo efímero de las cosas. De todos modos, como me gustaba vestir bien, y to­davía me agrada, mandé buscar otro equipo.

 

     Mi hermana y mi tía fueron a despedirme al muelle de Tilbury, y debo admitir que jamás disfruté tanto en mi vida como en aquel largo viaje de tres semanas a Bombay. Siempre me gustó viajar (como a todas las personas de Géminis) y siendo al mismo tiempo orgullosa, en mi fuero interno sentí placer al ver que la reposera (prestada por mi tío) ostentaba un título. Las pequeñas cosas agradan a las pequeñas mentes, y la mía era en esa época muy pequeña, estaba prácticamente dormida.

 

     Recuerdo muy bien ese primer viaje. En la mesa del comedor tenía de compañeros a dos damas y cinco caballeros, de aparente buena posición y muy sofisticados, los cuales evidentemente gus­taban de nuestra compañía, pero yo me sentía muy inquieta. Hablaban de juego y carreras, bebían mucho, jugaban a los naipes y, lo que era peor, nunca oraban antes de empezar a comer. Nues­tra primera comida me dejó consternada. Después del almuerzo me retiré a mi camarote y oré fervorosamente pidiendo fuerzas para hacer lo que correspondía. A la hora de la cena no tuve valor y oré nuevamente. Resultó que a la mañana siguiente, durante el desayuno, pronuncié unas palabras, arreglándomelas para que es­tuvieran presentes en el comedor los cinco caballeros, antes que las dos damas. Me sentía aterrorizada y completamente avergon­zada, pero pensé en lo que Jesús hubiera hecho. Miré a los hom­bres y dije con rapidez y nerviosidad: "No bebo ni bailo, no juego a los naipes ni voy al teatro, sé que me detestarán y me parece mejor buscar otra mesa". Se hizo un silencio de muerte. Entonces uno de los caballeros (de apellido muy conocido, por lo cual no quiero nombrarlo), se puso de pie e inclinándose por sobre la mesa, extendió su mano y me dijo: "Choque, si se queda con nosotros no la abandonaremos y trataremos de ser en lo posible más buenos". Tuve un viaje muy delicioso. Esos señores resulta­ron increíblemente amables conmigo y los recuerdo con afecto y gratitud. Fue, el viaje más placentero que hice, y eso que realicé la travesía de Londres a Bombay seis veces en cinco años, de manera que tenía alguna experiencia. Que esos caballeros se ha­yan divertido, es otra cosa, pero fueron extremadamente gentiles. Uno de ellos me envió después una serie de libros religiosos para uno de los Hogares para Soldados. Otro mandó un valioso cheque, y otro, un ferroviario prominente, un pase libre para el Gran Fe­rrocarril de la Península India, que usé durante mi permanencia en ese país.

 

     Cuando llegamos a Bombay, esperaba trasbordar y tomar el barco de la compañía British India a Karachi, y seguir luego a Quetta, en Beluchistán. Pero no sucedió así, aunque más tarde lo hice. Encontré un cable en el que se me ordenaba bajar a Bombay y tomar el expreso a Meerut, en la India central. Me sentí anona­dada. Nunca en mi vida había viajado sola. Llegaba a un país donde no conocía a nadie y no sólo debía cambiar mi pasaje de vapor a Karachi, sino obtener el pasaje a Meerut en tren. Como paloma mensajera me dirigí a la Asociación Cristiana de Jóvenes, rama femenina, donde fueron muy atentos conmigo y se ocuparon de todos los detalles. Como recordarán, era joven, bonita y las niñas bien, procedían de otro modo.

 

     En la estación de Bombay, tuve una experiencia muy aleccio­nadora y humana, lo cual demuestra cuán maravillosos son los seres humanos, y lo puedo probar según observarán en este libro, y lo probaré. Como se habrán dado cuenta, era una presumida con­sumada, aunque bien intencionada. Era casi demasiado buena para vivir y, por cierto, suficientemente santurrona como para que me aborrecieran. No había tomado parte en la vida común de a bordo, pero me paseaba ufanamente por cubierta con una gran Biblia bajo el brazo. Uno de los pasajeros despertó mi aborrecimiento, desde que salimos de Londres. Era la vida del barco; se ocupaba de las apuestas diarias, arreglaba los bailes y representaciones teatrales, jugaba a los naipes y me constaba que bebía excesiva­mente whisky con soda. El viaje duró tres semanas, y yo lo miraba con desdén. De acuerdo a mi modo de ver era un demonio. Me habló una o dos veces, pero le aclaré que no quería tener nin­gún trato con él. Mientras esperaba el tren en la gran estación de Bombay, atemorizada y deseando no estar allí, este hombre se me acercó y me dijo: "Jovencita, yo no le agrado y me lo ha dado a entender con toda claridad, pero tengo una hija de su misma edad, y que me condenen si quisiera verla viajar sola por la In­dia. Le guste o no, me indicará usted cuál es su compartimiento. Quiero ver cuáles son sus compañeros de viaje y piense lo que quiera de mi decisión. También iré a buscarla a las estaciones donde bajaremos a comer". Lo que me ocurrió en tal momento no lo sé, lo miré directamente a los ojos y le dije: "Estoy amedren­tada, por favor, cuídeme". Lo hizo con todo cuidado, y la última visión que tengo de él, es su figura en un empalme ferroviario, de pie, en piyama y bata de casa, dando una propina al guarda para que me cuidara, pues iba a seguir otro camino.

 

     Tres años después me encontraba en Rhanikhet, en los Hima­layas, donde había ido a abrir un nuevo Hogar para Soldados. Desde un distrito lejano llegó un mensajero que me entregó una nota de un amigo de ese hombre, rogándome fuera a verlo porque tenía poco tiempo de vida y necesitaba ayuda espiritual. Había pedido que me llamaran. Mi compañera de trabajo y dama de compañía no me permitió ir, y estaba muy escandalizada. No fui, el hombre murió, y nunca me lo he perdonado; pero ¿qué podía hacer? La tradición, la costumbre y la mujer bajo cuya responsabilidad estaba, todo conspiraba contra mí, y me sentía desgracia­da e indefensa. En el trayecto entre Bombay y Meerut, aquel hombre me había dicho sin ambages, una noche, durante la cena, que yo no tenía nada de complaciente y santa como parecía, y que algún día descubriría que era un ser humano como todos. En esa época estaba sumido en grandes y serias dificultades, y me pre­guntó si podría ayudarlo. Regresaba de Inglaterra donde había internado a su esposa en un manicomio; recién habían matado a su hijo, y su única hija había huido con un hombre casado. No tenía a nadie en el mundo. Lo único que me pedía era una pa­labra amable. Se la di, pues había llegado a apreciarlo. Al morir me llamó, y siento mucho no haber ido.

 

     A partir de esa época llevé una vida muy agitada. Era de su­poner que (en ausencia de la señorita Schofield) yo era respon­sable de un número de Hogares para Soldados, en Quetta, Meerut, Luchnow, Chakrata, y otros dos, que ayudé a abrir en Umballa y Rhanikhet, en los Himalayas, cerca de Almora. Chalcrata y Rha­nikhet estaban al pie de la montaña, a unos cinco o seis mil pies de altura, siendo, por supuesto, lugares de veraneo. De mayo a setiembre nos convertíamos en "loros barranqueros". Había otro hogar en Rawal Pindi, pero nada tenía que ver con él, excepto la vez que fui por un mes a relevar a la señorita Ashe, que estaba a su cargo. En cada uno de esos hogares había dos mujeres y dos encargados responsables de la cafetería y el mantenimiento ge­neral del lugar. Estos administradores eran en su mayoría ex‑sol­dados, y guardo la más feliz memoria de su amabilidad y ayuda.

 

     Siendo joven e inexperta, no conocía a nadie en todo el continen­te asiático; necesitaba más protección de la que creía en ese enton­ces; tendía a hacer las cosas más estúpidas, sencillamente porque no conocía el mal, ni tenía la más remota idea de las cosas que podían ocurrirle a las jóvenes. Por ejemplo, en una ocasión en que sufría terriblemente de dolor de muelas, llegué al punto de no resistirlo más. No había entonces dentista permanente en el acantonamiento donde trabajaba; de vez en cuanto aparecía un dentista ambulante (generalmente norteamericano) e instalaba su consultorio en el “dak" (bungalow o casa de descanso) para atender a quienes se presentaran. Oí decir que había uno en el pueblo, de modo que fui sola, sin decir una palabra a mis compañeras. Me encontré con un joven norteamericano, su ayudante y otro hombre más. La muela estaba en malas condiciones y había que extraerla, de modo que le pedí que me aplicara gas y la extrajera. Me miró extrañado, pero lo hizo. Recuperada de los efectos del gas, me reprendió, diciendo que yo no tenía prueba alguna de ser él un hombre decente, que mientras estaba bajo los efectos de la anestesia, había permanecido a su merced y sabía por expe­riencia que ambulaban perdularios por la India y no era gente buena. Antes de salir me arrancó la promesa de que seria más cuidadosa en el futuro. Así fue por regla general. Lo recuerdo con gratitud, aunque he olvidado su nombre. En aquel entonces era totalmente temeraria, no conocía el miedo. Esto se debía en parte a mi irreflexión natural y también a la ignorancia, y además a la seguridad de que Dios velaría por mí. Aparentemente así Lo hizo, supongo que basado en el principio de que los borrachos, los niños y los tontos no son responsables y necesitan protección.

 

     Por lo tanto, primeramente fui a Meerut, donde conocí a la señorita Schofield que me enseñó algunas de las cosas que debía saber durante su ausencia temporaria. Mi mayor dificultad resi­día en que era demasiado joven para esa responsabilidad. Lo que aconteció después exigió mucho de mí. No poseía experiencia y por lo tanto ningún sentido de los valores relativos. Las cosas sin importancia me parecían de excesivo valor, las serias no. Mirando esos años y tomando las cosas globalmente, no creo haber actuado tan mal.

 

     Al principio me asombró el maravilloso Oriente. Todo era nue­vo, extraño y completamente distinto de lo que había imaginado. El color, los hermosos edificios, la suciedad y la degradación, las palmeras y los bambúes, los hermosos niños y las mujeres, lle­vando en esos días cántaros sobre la cabeza; los búfalos acuáticos y los extraños carruajes, tales como los "gharries" y los "ekkas" (me pregunto si todavía existen), los bazares colmados de gente, las calles con sus típicos negocios de platería y hermosas alfom­bras, los nativos de andar silencioso, los musulmanes, hindúes, sikhs, rajputs, gurkhas, soldados y policías nativos, de vez en cuando un elefante con su conductor, olores raros, idiomas desco­nocidos, el sol siempre brillando, excepto durante el monzón, y el constante y eterno calor. Estos son algunos de los recuerdos que guardo de esa época. Amaba a la India. He abrigado la esperanza de volver algún día, pero me temo que pueda hacerlo en esta vida. Tengo muchas amistades allí y amigos hindúes que viven en otros países. Conozco algo del problema de la India, su anhelo de independencia, sus conflictos y luchas internas, sus innumerables razas y lenguas, su prolífica población y sus numerosos credos. No la conozco íntimamente, porque residí pocos años, pero supe amar a su pueblo.

 

     En los Estados Unidos nada se conoce del problema de la In­dia, por eso no pueden aconsejar a Gran Bretaña lo que debe hacer. Los vehementes discursos de los fogosos hindúes, aquí parecen exagerados en relación con las mesuradas seguridades que da el Rajá británico de que tan pronto como los musulmanes e hindúes resuelvan sus diferencias, la India podrá ingresar como estado del dominio británico u obtener su total independencia. En repetidas oportunidades se trató de redactar una constitución que permita a los musulmanes (una poderosa minoría rica y be­licosa de 70 millones) vivir en paz con los hindúes; una constitu­ción que satisfaga a ambos grupos, así como también a los princi­pados hindúes y a los millones de personas que no reconocen o responden al Partido del Congreso Hindú.

 

     Le pregunté a un destacado hindú, hace unos años, cuál era su opinión sobre lo que sucedería si los ingleses retiraran sus tropas y su atención de la India. Le pedí que respondiera honestamente, pero no como propagandista. Vaciló y dijo: "motines, guerra civil, asesinato, pillaje y matanza de miles de pacíficos hindúes por los musulmanes". Sugerí que el método más lento de educar podría ser por lo tanto más inteligente. Se encogió de hombros y vol­viéndose hacia mí, dijo: "Alice Bailey, ¿qué está haciendo en un cuerpo inglés? Usted es la reencarnación de un hindú y ha tenido un cuerpo hindú durante muchas vidas". "Supongo que lo he tenido", repliqué, y a continuación nos pusimos a discutir el he­cho innegable de que la India y Gran Bretaña están íntimamente vinculadas, tienen mucho karma que agotar juntas y alguna vez tendrán que hacerlo, y ese karma no es totalmente británico.

 

     Resulta interesante constatar que durante la última guerra, nunca se aplicó en la India el sistema de reclutamiento obligato­rio, sino que se alistaron voluntariamente varios millones, y sola­mente unos pocos, entre los 550 millones de habitantes de la India y Birmania, colaboraron con los japoneses. La India debe ser libre y lo será en forma correcta. El verdadero problema no está entre los británicos y los nativos, sino entre los hindúes y musulmanes; estos últimos conquistaron a la India. Cuando se resuelva ese pro­blema interno, la India será libre.

    

     Algún día todos seremos libres. El odio racial desaparecerá; la ciudadanía será importante, pero más lo será la humanidad co­mo un todo. Los límites y los países asumirán el lugar que les corresponde en el pensamiento humano, pero la buena voluntad y la comprensión internacional serán de mayor interés. Las dife­rencias religiosas y los odios sectarios se desvanecerán con el tiempo, y oportunamente reconoceremos "un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todo, en todo y en nosotros mismos". És­tos no son sueños vanos ni visionarios, sino realidades que surgen lentamente, y surgirán con mayor rapidez cuando los correctos sistemas educativos condicionen a las generaciones venideras, cuando las iglesias despierten a la realidad de Cristo (no a las interpretaciones teológicas) y cuando el dinero y los productos de la tierra sean considerados como bienes que deben compartirse. Entonces los problemas críticos internacionales asumirán el lugar que les corresponde y el mundo de los hombres avanzará, en paz y seguridad, en pos de la nueva cultura y civilización futuras. Quizás mis profecías no tengan interés para todos mis lectores. Pero esos asuntos me interesan e interesan, a todos los que aman a sus semejantes.

 

     Guardo pocos recuerdos, pero en particular algo que me su­cedió durante esas primeras semanas que pasé en Meerut, aunque mi verdadera experiencia empezó en Quetta. Se destaca en mi mente el Hogar para Soldados como una de las facetas más inte­resantes de mi trabajo. Quetta me agrada. Se alza a unos cinco mil pies de altura, es una región muy calurosa y seca en verano, con una temperatura de varios grados bajo cero en invierno. Sin embargo, cuando estaba allí, aún en los días más fríos, teníamos que usar casco para el sol, que hoy no se usa tanto. Dos de mis hijas, que viven con sus esposos en la India, desde hace varios años, raras veces los usan y se ríen de lo que digo. Pero en mis días, su uso era de rigor.

 

     Quetta es la ciudad más grande de Beluchistán, especie de amortiguador entre la India y Afghanistán. Esporádicamente viví casi dos años allí y cinco veces fui a la India cruzando el desierto de Sind. Hay poca vegetación en Beluchistán, excepto enebros, pero donde hay riego crece todo. Pocas veces he visto, en otra par­te, rosas como las de Beluchistán y en esa época florecían en todos los jardines. En primavera, toda la región se cubre de cosmos, luego aparecen girasoles. A propósito de estas flores tengo una anécdota que contar. Rablaba una tarde en mi clase bíblica do­minical en Quetta, y explicaba a los soldados cómo el ser humano, natural y normalmente se dirige a Dios. Me valí del girasol para ilustrar lo dicho, explicando que se lo denomina así porque sigue el curso del sol en el cielo. A la mañana siguiente, un soldado apa­reció en la puerta de nuestra sala de estar, con la cara muy seria, y me pidió si no tenía inconveniente en salir al jardín por un minuto. Lo seguí, y sin decirme palabra, el soldado señaló dos girasoles. Cada uno de los cientos de girasoles daban la espalda al sol.

 

     Quetta fue el lugar donde tuve mi primera responsabilidad, quedando más o menos librada a mi propia suerte, aunque estaba conmigo la señorita Clara Shaw. Las tropas destacadas en Quetta habían tomado posesión del Hogar para Soldados, en tal grado, que se había perdido todo control. Me imagino que la dama que se hallaba a su cargo estaba atemorizada, aunque probablemente no tanto como yo. Noche tras noche un grupo de soldados se divertía tratando de destrozar todo. Venían en grupos de a veinte, penetraban en la cafetería pedían cocoa y huevos fritos y se pasaban la noche arrojándolos contra las paredes. Se imaginarán el resultado. El desorden era abominable y peor su actitud. Me enviaron allí para ver lo que podía hacer. Estaba sencillamente aterrorizada y no sabía cómo proceder. Me pasé las primeras noches yendo y viniendo de la cafetería a las salas de lectura, sacando en conclusión que mi presencia empeoraba las cosas. Se había corrido la voz de que era una joven muy terca, capaz de denunciarlos a las autoridades, por lo tanto se habían propuesto hacerme pasar un mal rato.

 

     Cuando descubrí por fin quiénes y cuántos eran los cabecillas, una mañana mandé a un ordenanza al cuartel para invitar a los que no hacían guardia, a presentarse en el Hogar para Soldados a determinada hora. Por alguna razón ninguno estaba de guardia y la pura curiosidad los había atraído a todos. Cuando llegaron, los hice subir a los "gharris" (carruajes nativos) con todo lo ne­cesario para un picnic y los llevé a un paraje que en esos días se denominaba Woodcock Spinney. Era un hermoso día, caluroso y diáfano, y el hecho de que el lugar estuviera infectado de reptiles (de la especie llamada kraits, víboras muy pequeñas y mortíferas) pareció no preocuparnos. Preparamos té y narramos cuentos tontos; resolvimos adivinanzas y ni una sola vez hablamos de reli­gión, tampoco me referí a sus iniquidades, y al caer la tarde, re­gresarnos. No dije ni una palabra de censura, crítica o súplica. En verdad el grupo se sintió desconcertado durante la tarde, y cuando regresamos al cuartel, aún estaban perplejos. A la tarde siguiente, uno de los administradores de nuestra cafetería vino y me pidió que concurriera a ella. Me encontré con esos hombres limpiando las paredes, pintándolas, fregando los pisos y dejando el lugar como nunca lo había estado antes. Se me presenta el inte­rrogante: ¿era tan grande mi temor que no pude encarar el pro­blema, o fui simplemente muy hábil? Las cosas sucedieron así, yo no las planifiqué intencionalmente.

 

     Esa vez aprendí una gran lección. Comprobé personalmente, con la mayor sorpresa, que la comprensión y el amor actúan en los individuos allí donde la condenación y las acusaciones fracasa­rían. Nunca más tuve molestias con ese grupo de provocadores. Uno de ellos continúa siendo amigo mío, aunque perdí de vista al resto en los cuarenta años transcurridos desde entonces, el cual vino a verme cuando estuve en Londres en 1934 y conversamos de esos lejanos días. Había prosperado. Sin embargo hice un descu­brimiento perturbador. Esos hombres habían sido conquistados para realizar cosas mejores, no a causa de mi prédica elocuente o por hacer hincapié en el precepto teológico de que la sangre de Cristo podía salvarlos, sino sencillamente por la comprensión amo­rosa. No creí que eso fuera posible. Todavía tenía que aprender que el amor es la nota clave de la enseñanza de Cristo, y que Su amor y Su vida salvan, no la frenética afirmación teológica del temor al infierno.

 

     Muchos pequeños incidentes están relacionados con la época que pasé en la India, que podría relatar, pero probablemente tie­nen más interés para mí que para otros. Iba de un Hogar a otro, revisando las cuentas, entrevistando a los administradores, reali­zando interminables reuniones evangélicas, hablando a los solda­dos acerca de sus almas y de sus familias, visitando los hospitales militares y ocupándome de los numerosos. problemas que natu­ralmente se presentaban cuando cientos de hombres se encontra­ban lejos del hogar, enfrentados con los problemas de la vida en un clima cálido y en una civilización extraña. Llegué a ser muy conocida en muchos regimientos. Una vez se me ocurrió co­nocer el número de regimientos en que había trabajado en Irlanda y la India y comprobé que eran cuarenta. A muchos de ellos le habían puesto mi nombre. Un famoso regimiento de caballería me llamaba "abuelita". En otro regimiento de guardias, por alguna razón desconocida, siempre me llamaban "China". En otro cono­cido regimiento de infantería al hablar o escribir respecto a mí, usaban las siglas B.O.L., que significaba Benevolent Old Lady (Benevolente Anciana). La mayoría de los muchachos me llama­ban sencillamente "Madre", probablemente porque era tan joven. Mi correspondencia se hizo bastante nutrida y llegué a conocer muy bien la mentalidad del soldado, y nunca encontré que se ex­presaron como dice Rudyat Kipling. En realidad el soldado común se resiente por la descripción que este autor hace de ellos.

 

     Jugué miles de partidas de damas, llegando a ser una experta, no por jugar científicamente, sino porque poseía el misterioso poder de adivinar lo que mi oponente iba a hacer. Mientras tanto el olor de la cocoa y los huevos fritos persistía en mi nariz. Acos­tumbraba a ensayar en el piano cantos populares en la sala de lectura, hasta me enfermé de tanto oír cantar a los hombres: “Como la hiedra me aferraré a ti", etc., y "Todas las caras de los pensamientos me miran y sonríen", canciones populares de en­tonces. Los hombres tenían sus propias versiones de las letras, que procuraba no oír, para no tener que intervenir. Durante horas y horas ejecutaba himnos en el armonio, casi de memoria. Tenía en esa época muy buena voz de mezzo soprano, con una amplia exten­sión y muy buena técnica. La perdí cantando en salones llenos de humo. Creo que vendí más cigarrillos que una cigarrería. Me divertía mucho dirigiendo los himnos en cada reunión. Los solda­dos son impertinentes y cuando pedían que cantara "el himno del pollo", no tardé mucho en reconocer que querían que "volara como ave hacia la fuente", y que el himno de la niña que dio a luz, tenía que ver con la estrofa de una canción que aludía "al tierno cuidado que una madre prodigaba a su niña". Usábamos el libro de himnos de Moody y Sankey, que tiene buenas cuali­dades por sus hermosas y airosas tonadas, pero como literatura y poesía es simplemente horrible.

 

     Recuerdo que una noche en Chakrata tuve un acto fallido, al anunciar que se iba a cantar el himno "Nos reuniremos en el río” donde se asegura que seremos felices, si lo hacemos. Con voz alta y clara dije: "soldados, cuando cantemos este himno debemos decir «cuando nos reunamos en el río seremos felices por sempre» o «cuando nos reunamos en el rao seremos felices por siempre»". Alcé la vista, y vi en el fondo del salón a un general, su edecán y su plana mayor, que habían venido a inspeccionar el Hogar y a ver lo que hacíamos. Vieron con asombro a una joven, impertinente en su religiosidad, vestida de blanco, con un lazo azul, que no se parecía en nada a la evangelista que se habían imaginado. Siempre he recibido infinitas atenciones de parte de los oficiales de los distintos regimientos, y creo que los momentos en mi vida (ya muy lejanos) que me he sentido realmente orgullosa y jactanciosa, eran al salir de la iglesia cuando después del desfile, recibía el saludo de los oficiales y soldados. Esa emoción aún perdura en mí.

 

     Mi vida pasó, en esos años de formación, casi totalmente entre hombres. A veces durante semanas enteras no hablaba con nin­guna mujer, excepto con mi compañera de trabajo y dama de compañía. Cándidamente admito que hasta hoy no comprendo la mentalidad femenina. Por supuesto es una generalización, y como todas las generalizaciones no es totalmente verdadera. Tengo amistades femeninas y las aprecio mucho, pero como regla general prefiero la mentalidad masculina. Un hombre puede causar serios trastornos ocasionalmente; una mujer proporciona pequeñas y estúpidas dificultades en todo momento y no me gusta preocupar­me de ellas. Supongo que no soy feminista, pero sé que si las mujeres son en verdad femeninas e inteligentes, podrán ascender a la cima.

 

     Mis mañanas, con un promedio de quince reuniones evangéli­cas por semana, estaban dedicadas al estudio de la Biblia, a revisar la correspondencia diaria, consultar con los administradores y arrancarme los cabellos con la contabilidad, porque nunca tuve facilidad para los números. Dábamos de comer a los quinientos o seiscientos hombres de cada cafetería, por noche, y eso implicaba excesiva compra y venta. Mis tardes las pasaba en algún hospital, generalmente en las salas donde no había enfermeras, pues la presencia femenina era allí más necesaria. En esos grandes hospi­tales militares iba de un pabellón a otro, con artículos, folletos y libros y cargada de opúsculos. Sólo puedo recordar el título de dos de esos opúsculos, "Por qué la abeja picó a la madre" (nunca pude saber por qué) y el otro, "Charlas sencillas para gente sencilla".

 

     Llegué a ser muy conocida en los hospitales; los capellanes de todas las denominaciones me requerían constantemente para estar al lado de los soldados que agonizaban, y si no me era posible ayudarlos por lo menos el moribundo podía tomarse de mi mano. Mientras atendía a esos hombres y, los acompañaba durante su tránsito al otro mundo, aprendí algo muy importante, y era que la naturaleza o Dios, cuida de las personas en esos momentos y mue­ren sin temor alguno, a menudo muy contentos de marcharse, o si no en estado de coma y físicamente inconscientes. Sólo dos moribundos, a quienes acompañé, murieron en forma distinta. Uno de ellos, en Lucknow, murió maldiciendo a Dios y a su madre y despotricando contra la vida. El otro fue un horrible caso de hi­drofobia. La muerte no es tan temible cuando uno la enfrenta cara a cara. A menudo me ha parecido como un amigo bondadoso y nunca tuve la sensación de que llegaba a su fin algo real y vital. No sabía nada de investigaciones psíquicas ni de la ley de renacimiento, y sin embargo en esos días de creencias ortodoxas estaba segura de que morir sólo era emprender otra tarea. En realidad, subconscientemente, nunca creí en el infierno, y desde el punto de vista cristiano, gran parte de los ortodoxos deberían estar allí.

 

     No tengo la intención de hacer una disertación sobre la muerte, pero quisiera dar aquí una definición que siempre me pareció adecuada. La muerte es "un toque del alma, demasiado fuerte, para que el cuerpo la pueda resistir", es un llamado de la divinidad que no acepta negativa, es la voz de la Entidad espiritual interna que dice: retorna por un tiempo a tu centro o fuente de origen, y reflexiona sobre las experiencias realizadas y las lecciones recibidas, hasta llegado el momento de volver a la tierra para otro ciclo de aprendizaje, de progreso y de enriquecimiento.

 

     El ritmo y el interés por el trabajo hicieron presa de mí, y lle­gué a amar esa tarea, pese a que mi salud nunca fue buena y sufría terribles jaquecas. Los dolores de cabeza me obligaban a guardar cama durante días, pero siempre me recobraba y hacía lo que debía hacer. Me encontraba afrontando problemas para los que (como he dicho anteriormente) no tenía la capacidad necesaria, y algunos de ellos eran trágicos. Tenía verdaderamente tan poca experiencia de la vida, que cuando tomaba una decisión nunca estaba segura de que fuera lo mejor o lo correcto. Tuve que en­frentarme con cosas que ni aún hoy quisiera tratar. Una vez un hombre mató a otro y buscó refugio donde yo me encontraba, y tuve que entregarlo a la justicia a pedido de la policía. Otra vez uno de los administradores huyó de nuestros Hogares llevándose todo el dinero que había allí, y tuve que pasarme la noche persiguiéndolo hasta una estación de ferrocarril. Recuerden que eso no se hacía en mi época y que, desde el punto de vista de la señora Grundy, mi conducta era escandalosa.

 

     Una mañana me desperté en Lucknow con la fuerte impresión de que debía partir de inmediato a Meerut. Tenía un pase libre de primera clase en el Gran Ferrocarril de la Península India, y podía ir y venir a mi antojo por todo el norte del país. Mi compa­ñera trató de persuadirme para que no fuera, pero sentí que al­guien me necesitaba. Cuando llegué a Meerut, hallé que uno de los administradores había sufrido un ataque de insolación y se había vuelto loco al golpear la cabeza contra una viga. Encontré a su joven esposa y a su hijo, presas de una gran emoción. El paciente padecía de manía suicida, y el doctor me previno que eso podía degenerar en una tendencia homicida. Entre su joven esposa y yo lo cuidamos durante diez días, hasta que pude conseguirle pasaje para Inglaterra, donde más tarde se recuperó.

 

Otro administrador sufrió un ataque de depresión y amenaza­ba suicidarse. Lo estudié durante un tiempo, y al fin me cansé de oír su constante amenaza, de modo que un día traje una cuchilla, se la ofrecí, y le dije que dejara de hablar y se suicidara. Al ver el arma se asustó, entonces le regalé un pasaje para Inglaterra. Esos fueron algunos de los hombres que sucumbieron al clima, a la soledad y a la incomodidad general en que se vivía en la India en esa época. Sabíamos poco de psicología en ese entonces, y no era mucho lo que se hacía por los hombres, desde el punto de vista de los problemas mentales. Algunas de las situaciones que tuve que enfrentar, para las cuales no estaba preparada, consti­tuyeron constantes emergencias que finalmente me abatieron. Pero juntamente con esos acontecimientos tuve momentos muy hermosos y éxito en mantener a los hombres en los Hogares, apartándolos de los distritos de tolerancia. Atribuía esto a mi profuso poder espiritual y a mi elocuente oratoria. Pienso ahora que eso ,se debía a que era joven y alegre, y no había competidoras. Los soldados no tenían con quién hablar, excepto con las damas de los Hogares. Supongo que mi arte consistía en que los hombres sintieran que los apreciaba y, en realidad, era así.

 

Regresé a Inglaterra tres veces durante mi permanencia en la India, porque creían que el viaje de tres semanas, que duraba cada travesía, favorecía mi salud. Soy muy buena marinera y me siento muy bien en el mar. En una ocasión tardé tres semanas para re­gresar a Gran Bretaña; mientras estuve allí permanecí una semana en Irlanda, otra en Escocia y otra en Inglaterra, desde donde tomé el barco de vuelta a la India. He pasado muchos días y meses en el mar. He perdido la cuenta de las veces que crucé el Atlántico.

 

Todo el tiempo prediqué constante y enérgicamente la antigua religión. Era terriblemente ortodoxa o –expresándolo en palabras modernas— una fundamentalista irreflexiva, porque ningún fun­damentalista emplea la mente. Tenía muchos discusiones con los soldados y oficiales liberales, pero me adhería con dogmática fir­meza a las declaraciones doctrinales de que nadie podía salvarse y llegar al cielo, a no ser que creyese que Jesús habla muerto por sus pecados, a fin de aplacar a cualquier Dios iracundo, o a menos que su conversión se cumpliera, lo cual significaba que debía confesar sus pecados y dejar de hacer todo lo que quería. No debía beber, jugar a los naipes, maldecir, ir al teatro ni, lógicamente, tener nada con mujeres. Si no quería cambiar así su vida, al mo­rir iría inevitablemente al infierno, donde se quemaría eterna­mente en el lago de fuego y azufre. Sin embargo la duda poco a poco empezó a penetrar en mi mente, y tres episodios de mi vida comenzaron a asumir una exagerada proporción. Lo que ellos im­plicaban me acuciaba constantemente y fueron en gran parte res­ponsables de un cambio en mi actitud hacia Dios y hacia el problema de la salvación eterna. Permítanme narrarlos, y tendrán oportunidad de ver la secuencia de mi perturbación interna.

 

Hace muchos años, en mi adolescencia, una tía, radicada en Escocia, tenía una cocinera llamada Jessie Duncan. Fue mi gran amiga desde la infancia. Recuerdo que me escapaba a la cocina para pedirle un pedazo de torta que siempre sabía tener. Durante el día se comportaba como sirvienta, poniéndose de pie cuando yo entraba en la cocina, no se sentaba nunca en mi presencia, res­pondía sólo cuando le hablaba y era completamente correcta en su actitud hacia todos los demás. Pero por las noches, terminada su labor del día, al acostarme, venía a mi habitación y se sentaba al borde de la cama y charlábamos largamente. Era muy buena cristiana. Me tenía mucho afecto y me veía crecer con in­terés. Era mi íntima amiga, aunque me trataba en forma áspera, cuando creía que la ocasión lo justificaba. Si no le agradaba mi comportamiento me lo advertía, como también velaba por mi bue­na conducta. No creo que mucha gente en América se dé cuenta o aprecie el tipo de amistad y vinculación que puede existir entre las llamadas clases superiores y sus viejos servidores. Es esa ver­dadera amistad y profundo afecto que existe por ambas partes.

 

Una noche Jessie vino a verme. Esa tarde yo había hablado en una reunión evangélica en el pequeño salón de la aldea, y pensé que lo había hecho a la perfección. Estaba inmensamente compla­cida de mí misma. Había asistido Jessie y la demás servidumbre, y descubrí que me había escuchado con ánimo crítico y no estaba muy contenta. Estábamos discutiendo acerca de esa reunión, cuan­do de pronto se inclinó hacia mí, y tomándome por los hombros me sacudió suavemente para recalcar lo que tenía que decirme: "Cuándo aprenderá señorita Alice, que hay doce portales en la Ciudad Santa, en donde todo el mundo podrá entrar por cualquie­ra de ellos. Todos se encontrarán en la plaza del mercado, pero no todos lo harán por su portal, señorita". No pude imaginarme entonces lo que quería decir, y ella fue lo bastante astuta para no revelármelo. Nunca olvidé sus palabras. Recibí una de las pri­meras lecciones de su amplitud de visión y del inmenso amor de Dios y su preocupación por Su pueblo. En ese entonces ella no sabía que repetiría sus palabras a miles de personas en mis con­ferencias públicas.

 

La fase siguiente de esta lección se me presentó en la India. Había ido a Umballa a abrir un Hogar para Soldados, llevando conmigo a mi asistente personal, un nativo de nombre Bugaloo, que me quería realmente. Creo que no he escrito bien su nombre, pero eso no interesa. Era un anciano de larga y blanca barba, y nunca me dejaba hacer la menor cosa si él se encontraba cerca. Me cuidaba meticulosamente, iba a todas partes conmigo, arre­glaba mi habitación y me traía el desayuno todos los días.

 

Una vez me encontraba en la galería de nuestra Sede en Um­balla, mientras observaba desde el camino que pasaba por delante del destacamento, a las multitudes y a las numerosas hordas de indos; hindúes, mahometanos, pathans, sikhs, gurkas, rajputs y babus, barrenderos, hombres, mujeres y niños, que transitaban incesantemente por el camino y lo hacían en forma silenciosa y pensativa, venían de alguna parte, iban a algún lugar y eran le­gión. De pronto el anciano Bugaloo se me acerco, puso su mano sobre mi brazo (algo que un criado hindú jamás se atrevería a hacer) y lo sacudió para llamarme la atención. Luego, en un cu­rioso inglés, me dijo: "Señorita Baba, escuche: Hay aquí millones de personas. Millones que han estado aquí por largos años, antes que vinieran ustedes los ingleses. El mismo Dios que me ama a mí, la ama a usted". Desde entonces me he preguntado con frecuencia quien sería este viejo, y si mi Maestro K. H. no lo habría empleado para romper el cascarón del formulismo que me cubría. Este anciano parecía un santo y actuaba como tal y, probable­mente, era un discípulo. Me encontré nuevamente frente al mismo problema que me había presentado Jessie Duncan, el problema del amor a Dios. ¿Qué había hecho Dios por millones de seres que en el transcurso de las épocas vivieron en el mundo antes de la venida de Cristo? ¿Habían muerto todos e ido al infierno, sin haber sido salvados? Yo conocía el trillado argumento de que Cristo, du­rante los tres días en que Su cuerpo permaneció en la tumba, fue "a predicar a los espíritus que estaban en la prisión", es decir, en el infierno, lo cual no me parecía justo. ¿Por qué darles sólo una pequeña oportunidad de tres días, después de haber pasado miles de años en el infierno, por haber vivido antes de que Cristo viniera? Por lo tanto, podrán ver que estos interrogantes internos repercutieron poco a poco en mi oído espiritual.

 

El otro episodio tuvo lugar en Quetta. Decidí que era absoluta­mente necesario, tanto para mi paz mental como para el bien de los soldados, dar una charla acerca del infierno. En mis años de evangelista nunca lo había hecho. Siempre eludí el problema y es­quivé la cuestión. Tampoco había hecho una afirmación definida de que existía un infierno y que yo creyera en él, ni estaba com­pletamente segura de la existencia de un infierno, pero sí de que había sido salvada y no sería enviada allí. En realidad, si existía, debía hablarse de él, ya que Dios lo empleaba para introducir a tanta gente indeseable. De modo que decidí leer todo lo referente al infierno y también averiguar lo que existía a ese respecto. Estudié el tema durante un mes, leyendo especialmente las obras de ese teólogo desagradable que era Jonathan Edwards. No tienen una idea de cuán abominables son algunos de sus sermones. Son atroces y revelan una naturaleza sádica. En bina parte, por ejemplo, habla de los infantes que mue­ren sin bautismo y los tilda de "pequeñas víboras" ardiendo en el fuego del infierno. Eso sí me pareció realmente injusto. Ellos no pidieron nacer, eran demasiado pequeños para saber algo acerca de Jesús, ¿por qué, entonces, debían consumirse en el fuego por toda la eternidad? Me saturé con la idea del infierno y atiborrada de información, olvidando que nadie volvió de allí para decirnos o contarnos si existía o no, esa tarde hablé desde el estrado a qui­nientos hombres, dispuesta a aterrorizarlos y  llevarlos a los tri­bunales celestiales.

 

Era un salón inmenso con amplios ventanales de estilo francés que daban a un rosedal, en esa época florecido. Espeté lo que tenía que decir, grité, vociferé y recalqué el peligro en que se hallaba el auditorio. Me dejé llevar por el tema, pensando en el infierno, y olvidé lo que me rodeaba. De pronto, transcurrida media hora, me di cuenta de que no tenía auditorio. Uno a uno los hombres se habían escapado por los ventanales. Estuvieron escuchando hasta que no aguantaron más, y se reunieron en torno a los rosales para reírse de esta pobre tonta. Me quedé con un puñado de soldados de espíritu religioso, a quienes sus camaradas llama­ban "tragabiblias", con toda irreverencia. Eran miembros del gru­po de oración y esperaron en silencio, con gentileza e impasibles, que terminara. Cuando llegué a un tambaleante final, se me acercó un sargento con mirada de lástima y me dijo: "Señorita, usted sabe que mientras dijo la verdad, escuchamos todo lo que tuvo que decirnos, pero cuando empezó a decir mentiras, la mayoría de nosotros se levantó y se fue, eso hicimos". Fue una lección drás­tica y violenta, que en ese entonces no comprendí. Creía que la Biblia enseñaba la existencia del infierno, por lo tanto, todo lo que consideraba de valor recibió un sacudón. Si la enseñanza acer­ca del infierno no era verdad ¿qué cosas no serían falsas?

 

Estos tres episodios obligaron a mi mente a formular los más serios interrogantes, lo cual ayudó a que oportunamente tuviera un colapso nervioso. ¿Había estado yo equivocada todo el tiempo? ¿Debía aprender algunas cosas más? ¿Existían otros puntos de vista que podrían posiblemente ser correctos? Sabía que mucha gente buena no pensaba como yo y hasta entonces había sentido lástima por ellos. Si Dios es tal como me lo figuraba (y ¡oh terri­ble pensamiento!), si Dios es tal como lo imaginaba y si realmen­te yo comprendía a Dios y lo que Él deseaba, ¿podría Él ser Dios? –porque (si yo lo comprendía) debía ser tan perecedero como yo. ¿Existía un infierno? y si existía ¿por qué Dios enviaba a al­guien a un lugar tan desagradable si era un Dios de amor? Yo no lo podría hacer. Yo, Dios, diría a la gente: "Si no pueden creer en Mí, lo lamento, pues realmente merezco que crean en Mí, pero no puedo ni quiero castigarlos simplemente por eso. Quizás ¿no habrán oído o no puedan evitar el oír hablar cosas erróneas sobre Mí?" ¿Por qué debía ser yo más bondadosa que Dios? ¿Sabía yo de amor más que Dios? y si era así, ¿cómo Dios podía ser Dios, y por lo tanto ser yo más grande que Él en ciertos aspectos? ¿Sabía yo lo que estaba haciendo? ¿Cómo podía seguir enseñando? Y así sucesivamente. Empezó a manifestarse un cambio en mis pun­tos de vista y en mi actitud. Había comenzado una pequeña fer­mentación, fundamental en sus resultados y angustiosa en sus implicaciones. Estaba muy preocupada y no dormía bien. No podía pensar con claridad ni me animaba a consultar a nadie.

 

En 1906 empecé a decaer físicamente. Los dolores de cabeza que siempre sufría, aumentaron, y quedé deshecha. Tres cosas fueron la causa de este decaimiento: primero, me había hecho cargo de demasiada responsabilidad para mis pocos años y, segundo, sufría una aguda perturbación síquica. Cuando había tras­tornos y dificultades en conexión con el trabajo, me culpaba ínti­mamente a mí misma. Aún debía aprender la lección de que el verdadero fracaso era considerarse derrotado y ser incapaz de continuar. adelante. Pero lo que más me importaba era que la tra­ma interna de mi vida comenzaba a desmoronarse. Había puesto en juego toda mi vida por las palabras de San Pablo: "Conozco a Aquél en Quien he creído y estoy persuadido de que Él retendrá lo que le he confiado hasta ese día". Pero ya no estaba tan segura de que existiera el día del Juicio, ni tampoco de lo que le había confiado yo a Cristo; dudaba de todo lo que me habían inculcado. De lo único que nunca dudé y que estaré eternamente segura, es de la realidad de la existencia de Cristo. Sé en Quién he creído. Ese hecho soportó la prueba, no va basada en la creencia, sino en el conocimiento. Cristo EXISTE. Es el "Maestro de Maestros y el Instructor de ángeles y hombres".

 

Pero más allá de este hecho inalterable, toda la trama mental de mi vida y mi actitud hacia la trillada teología de mis compa­ñeros de tarea, fue sacudida hasta los cimientos, y este sacudón duró hasta 1915. Desafortunadamente para mí y también constituyendo la tercera razón de mi decaimiento físico, me enamoré, por primera vez en mi vida, de un soldado raso que pertenecía al regi­miento de húsares. Muchas veces creí estar enamorada. Recuerdo bien a un mayor de cierto regimiento (hoy un general famoso) que quería casarse conmigo. Fue una época muy divertida. En­fermé de sarampión, mientras me encontraba en determinado sector de la India, y me habían llevado como paciente externa a un hospital de nativos dirigido por médicos ingleses. Diagnostic­aron sarampión, me pusieron en cuarentena en un chalet del establecimiento, con mi viejo criado que dormía por la noche delante de la puerta. No pude haber tenido un acompañante más perfecto. Tres médicos y este mayor de quien hice alusión, pasab­an las noches conmigo. Puedo verlos sentados en torno de una mesa con una lámpara de petróleo, pues era invierno, y el doc­tor X con sus pies sobre el hogar leyendo el diario, el otro médico el mayor, jugando al ajedrez y yo, llena de ronchas, cosiendo afanosamente. Una insignificante gobernanta me robó al mayor, cual no fue muy lisonjero por cierto, y uno de los médicos me profesó un amor sin esperanzas durante años. Hasta llegó a pers­eguirme de la India a Escocia, para mi horror y espanto y sorpresa de mi familia que no podía comprender por qué me quería tanto. Otros hombres se habían interesado por mí, pero ninguno me interesó hasta conocer a Walter Evans.

 

Era bien parecido. De mente brillante y muy educado, y por mis buenos oficios se había convertido totalmente a mis ideas. De no estar ocupada en mi tarea en esos momentos, no hubiera existido problema alguno, excepto el económico, pero la dificultad residía en la suposición de que las damas que trabajaban en los Hogares Sandes para Soldados, tenían tales conexiones aristocrá­ticas (y realmente las tenían), que la posibilidad o probabilidad de un matrimonio con un soldado, estaba fuera de toda cuestión. El bien definido sistema de castas en Gran Bretaña, contribuía a sostener esta posición. Las demás no debían, no podían y general­mente no querían enamorarse de un soldado raso. Me encontraba, por lo tanto, no sólo frente a mi problema personal, pues Walter Evans no era de la misma condición social, sino que también abandonaba el trabajo, dificultando las cosas para mis compañe­ras de labor. Estaba totalmente frenética y me sentía traidora. El corazón me impulsaba en un sentido y la cabeza decía rotunda­mente "no", me sentía enferma y tan mal que no podía pensar con claridad.

 

Me disgusta tener que referirme a este período de mi vida y detesto enormemente remover el polvo de los años que siguie­ron. Me habían educado para demostrar digna reticencia; mi tra­bajo en los Hogares Sandes para Soldados, me había enseñado a no hablar de mí misma. De todas maneras, no me gusta entablar discusiones en torno de mi propia persona, especialmente acerca de los hechos de mi vida relacionados con Walter Evans. Gran parte de mi tiempo, en los últimos veinte años, lo pasé escuchando las confidencias de personas con preocupaciones y duras experiencias. Me han asombrado los detalles íntimos que me confiaron, aparentemente con alegría. Nunca pude comprender este quebrantamiento de las reglas, en los detalles personales, de allí mi dificultad para escribir esta autobiografía.

 

Cierta noche calurosa en Locknow que no podía dormir, me puse a caminar de un lado a otro en mi habitación, totalmente de­solada. Salí a la amplia galería bordeada de arbustos florecidos, pero sólo encontré mosquitos. Retorné a mi habitación, me detuve por un momento junto al tocador. De pronto, un ancho haz de luz brillante inundó mi cuarto y oí la voz del Maestro que vino a mí cuando tenía quince años. Esta vez no lo vi, pero permanecí de pie en medio de la habitación escuchándolo. Me dijo que no me preocupara indebidamente, que estaba bajo observación, haciendo lo que Él quería que hiciese, que todo había sido planificado y se iba a iniciar el trabajo que debía realizar en mi vida, delineado anteriormente, pero ahora irreconocible para mí. No me ofreció solución para ninguno de mis problemas ni me dijo lo que tenía que hacer. Los Maestros nunca lo hacen ni dicen al discípulo lo que debe hacer, dónde debe ir o cómo manejar una situación, a pesar de todas las tonterías de los devotos y bien intencionados. El Maestro es un ejecutivo muy ocupado y Su tarea consiste en guiar al mundo. Nunca pronuncia palabras dulces a personas me­diocres, sin influencia alguna o que no han desarrollado la capa­cidad de servir. Menciono esto último porque es algo que debe ser aclarado, pues ha desviado a mucha gente buena. Aprendemos a ser Maestros resolviendo nuestros propios problemas, corrigien­do nuestros errores, aliviando parte de la carga de la humanidad y olvidándonos de nosotros mismos. Esa noche, el Maestro no me dio ningún consuelo, ni me felicitó ni pronunció lindas palabras; lo único que me dijo fue, "el trabajo debe ir adelante. No lo ol­vides. Disponte a trabajar. No te dejes engañar por las circuns­tancias."

 

Tengo que reconocer, para decir las cosas como son, que Wal­ter Evans se comportó perfectamente bien. Se dio cuenta de la situación, haciendo todo lo que estuvo a su alcance para mante­nerse en segundo plano y facilitarme las cosas. Cuando llegó la época del calor, me fui a Rhanikhet con la señorita Schofield, y allí, todo lo que había entre Walter Evans y yo, se definió. Pasa­mos un verano riguroso. Habíamos establecido un nuevo Hogar para Soldados y no me había sentido muy bien durante ese pe­ríodo. Walter Evans había venido con su regimiento de caballería; él y otros soldados me enseñaron a cabalgar mejor de lo que sa­bía. La señorita Schofield veía lo que iba ocurriendo. Éramos amigas íntimas, siendo esto afortunado. Me conocía bien y con­fiaba plenamente en mí. Un día, hacia el final del verano, cuando terminó el monzón, me dijo que dentro de una semana se cerraría el Hogar y que me encargaba esa tarea, a pesar de saber que Wal­ter Evans estaba allí y yo iba a quedar sola en la casa. La víspera, antes de salir para Rhanikhet, llamé a Walter Evans para decirle que toda relación entre nosotros era imposible, que no lo vería nunca más, siendo definitiva esta despedida. Aceptó mi decisión, y yo regresé a la llanura.

 

Una vez allí, me derrumbé del todo. Estaba agotada por exceso de trabajo, con continuas y terribles jaquecas y, como punto cul­minante, este asunto amoroso. Nunca he podido tomar las cosas a la ligera, ni lo he hecho, a pesar de mi gran sentido del humor que tantas veces ha salvado mi vida. Siempre tomé la vida y las circunstancias con mucha seriedad y viví una vida mental muy intensa. Tengo la idea que en una vida anterior les fracasé seriamente a los Maestros. No recuerdo lo que fue, pero albergo el profundo sentimiento de que en esta vida no fracasaré y que debo triunfar. Cómo fracasé en el pasado, no interesa, pero hoy no debo hacerlo.

 

Siempre me han molestado las tonterías de la gente acerca del recuerdo de las vidas pasadas. Soy profundamente escéptica en lo que concierne a ello. Creo que los numerosos libros que se han escrito, dando detalles de las vidas pasadas de ocultistas promi­nentes, evidencian una vívida imaginación, no son verídicas y engañan al público. Esta creencia ha sido reforzada por el hecho de que en mi trabajo he tropezado, por docenas, con Marías Mag­dalenas, Julios Césares y otros personajes importantes, que confesaron ampulosamente su identidad, no obstante, en esta vida son gente muy común y poco interesante. Estos famosos persona­jes parecen haber sufrido un penoso deterioro desde sus últimas encarnaciones, lo que hace surgir en mi mente una duda acerca de la evolución. Además no creo que en el largo cielo de experien­cia del alma, ésta recuerde o le interese el cuerpo que ocupaba, o lo que realizó hace cien años o dos, u ocho o mil años atrás, del mismo modo que mi personalidad actual no tiene la menor idea ni interés en lo que hice el 17 de noviembre de 1903 a las 3.45 p.m. Probablemente una sola vida no tendrá más importancia para el alma que para mí 15 minutos en 1903. Por supuesto que habrá al­gunas vidas, ocasionalmente, que se destacarán en el recuerdo del alma, así como hay días inolvidables en esta vida, pero son pocos y ocurren muy de vez en cuando.

 

Sé que innumerables vidas de experiencia y amargas lecciones, han hecho de mí lo que soy. Estoy segura que el alma podría (si quisiera perder tiempo) recordar sus pasadas encarnaciones, por­que el alma es omnisciente, pero ¿de qué me serviría? Sería sola­mente una forma de egocentrismo y una historia penosa. Si poseo hoy alguna sabiduría y si cualquiera de nosotros puede evitar cometer errores mayores en la vida, se debe a que hemos apren­dido, por duras experiencias, a no volver a hacer esas cosas. El pasado (desde el actual punto de vista espiritual) probablemente resulte vergonzoso en grado sumo. Hemos matado, robado, difa­mado y engañado; fuimos egoístas, perjuros, ambiciosos y deslea­les. Pero hemos pagado el precio, porque la gran ley a que se refiere San Pablo: "Lo que un hombre sembrare, eso recogerá", actúa siempre y rige eternamente. Por eso hoy no hacemos esas cosas, porque no nos agradó el precio que tuvimos que pagar y pagamos. Creo que ha llegado el momento, para esos idiotas que pierden tanto tiempo y esfuerzo en recordar sus pasadas encarna­ciones, de despertar a la realidad y de que si se vieran como real­mente fueron, guardarían eterno silencio. Quienquiera yo haya sido y hecho en una vida anterior, fracasé. Los detalles no intere­san, pero el temor al fracaso está profundamente arraigado y es innato en mi vida. De aquí el profundo complejo de inferioridad que sufro, pero trato de ocultarlo en bien de la obra que realizo.

 

Por eso, con gran determinación e íntimo sentido de heroísmo, dispuse llevar una vida de solterona y traté de seguir adelante con la obra.

 

No obstante, no bastaron mis buenas intenciones para conti­nuar con el trabajo. Estaba demasiado enferma. La señorita Scho­field, por lo tanto, resolvió llevarme de nuevo a Irlanda y ver lo que Elise Sandes sugeriría. Me sentía demasiado enferma para protestar, y había llegado al punto en que no me importaba vivir o morir. Clausuré el Hogar para Soldados en Rhanikhet y, hasta donde sabía, todas las cuentas estaban en orden. Traté de efectuar las reuniones evangélicas hasta el final, pero ahora me doy cuenta de que ya no hacía impacto. Sólo recuerdo la gran bondad del Coronel Leslie que supervisó mi traslado de Rhanikhet a la llanu­ra. Fui en carruaje, crucé un torrentoso río sobre las espaldas de un hombre y viajé en un carrito durante muchas millas; luego tomé otro, carruaje que me llevó a un lugar donde pude tomar el tren hacia Delhi. Entonces no existía Nueva Delhi. El coronel se ocupó de todo, almohadones, cobijas, comida, y lo que pudiera necesitar. Mi "durzi” o sastre personal, decidió acompañarme has­ta Bombay, pagando sus propios gastos, simplemente porque sen­tía cariño por mí. Él y mi acompañante me cuidaron y jamás he olvidado su bondad y gentil ayuda.

 

Cuando llegué a Delhi, el Jefe de la estación me informó que el gerente general había enviado desde Bombay un vagón especial para mí. Cómo supo que estaba enferma, no lo sé, pero era uno de los cinco hombres mencionados, al referirme a mi primer via­je. Nunca le di las gracias, pero le estoy muy reconocida.

 

Nada recuerdo de ese viaje de la India a Irlanda, exceptuando os casos. Uno, mi llegada a Bombay al hotel. Recuerdo que subí mi cuarto y me tendí en la cama, demasiado cansada para lavarme y desempacar mis cosas; también que al despertar, dieci­siete horas después, me encontré de un lado de la cama con el rostro de la señorita Schofield y del otro con el del doctor. He dormido en esa forma una o dos veces en mi vida, cuando he estado agotada al máximo. El segundo caso fue cuando me embarcaron en un buque de la compañía P. y 0., donde, para mi vergüenza y horror, me puse a llorar debido a la gran debilidad y agotamiento nervioso. Lloré todo el viaje de Bombay a Irlanda; lloré en el camarote, en la cubierta y durante las comidas, y des­embarqué en Marsella con lágrimas que corrían por mis mejillas. Lloré en el tren que me condujo a París, en el hotel de esa ciudad, en el tren a Calais y en el barco que me llevó a Inglaterra. Llo­ré incesante y desesperadamente, sin poder evitarlo, por mucho esfuerzo que hice. Recuerdo haber reído solamente dos veces, pero reí de veras. Una cuando descendimos en Avignon para co­mer; al entrar a un restaurante, el mozo que atendía me lanzó una mirada y dejó caer de las manos, uno por uno, tres docenas le platos –honestamente creo que al verme llorar y llorar. Otra cosa que me hizo reír fue en una pequeña estación de Francia, donde el tren se detuvo por diez minutos. Una dama de nuestro compartimiento descendió del tren para ir a la sala de señoras. En esa época los trenes carecían de todo tipo de comodidades. Enton­ces se trataba de dar más categoría al reservado, aplicándole las siglas W. C. (Water Closet). Volvió al tren riendo a carcajadas, y cuando pudo, me dijo: "Mi querida, como sabe, fui al Wesley­ and Chapel (Capilla Wesley), no estaba muy limpia pero, uno siempre espera que los W. C. sean feos. Pero lo que me descon­certó, fue un cómico portero francés parado impacientemente en la puerta, para alcanzarme la hoja de himnos". Dejé de llorar por unos minutos y comencé a reírme hasta enfermar, entonces la señorita Schofield creyó que me había dado un ataque de histeria.

 

Por fin llegamos, a Irlanda y me encontré con mi querida se­ñorita Sandes. Recuerdo que experimenté alivio y que me invadió el sentimiento de haber terminado con todas mis dificultades. Por lo menos ella comprendería la situación y apreciaría lo que había hecho. Para mi asombro descubrí que todo mi gallardo sa­crificio fue considerado por ella como un gesto absolutamente innecesario. Me creyó, y quizás con toda razón, una criatura atur­dida que se refugia en lo dramático. Por supuesto, se sintió profundamente decepcionada conmigo. Yo hice justamente lo que sus muchachas nunca hubieran hecho. Había contado con mi ayuda por muchos años y hasta hizo los trámites necesarios para asociarme a su obra, pese a mi juventud. Consideró que podía hacerlo porque, según me dijo, le agradaba mi sentido del humor, recono­cía mi integridad básica y lo que ella llamaba mi "aplomo espiri­tual", y además sabía que era esencialmente honesta. En realidad una vez me dijo, mientras caminábamos por una senda de la cam­piña, en Irlanda, que mi franqueza podía acarrearme trastornos, y que mejor sería que aprendiera a no decir la verdad abierta­mente. A veces el silencio puede ser muy útil.

 

En consecuencia, llegué a la conclusión de que había fallado en mi trabajo y por lo tanto a la señorita Sandes. Ya había dejado de llorar y me sentía contenta de estar con ella. Aún puedo ver la salita de la pensión, en la pequeña villa o pueblo, a orillas del mar, cerca de Dublin, donde fue a esperar a Theo Schofield y a mí. Oyó mi historia de labios de Theo, que tanto me quería. Oyó también mi propia versión, la historia de una santa aturdida y martirizada, por lo menos eso me consideraba entonces. Esa no­che me mandó a la cama diciéndome que me vería a la mañana siguiente. Después del desayuno me dijo que en realidad no había razón para no casarme si así lo deseaba, siempre que el asunto se hiciera con toda discreción. La situación requería, lo que en el Bhagavad Gita, esa antigua Escritura de la India, se llama "habi­lidad en la acción". La señorita Sandes me quería y mimaba y me recomendó no afligirme. Me sentía demasiado cansada para preocuparme y también para pensar acerca de la "habilidad en la acción". Me quedé azorada al saber que mi maravilloso y heroico sacrificio espiritual para bien de la obra, era considerado innece­sario. Me sentí abandonada. Durante ese día desarrollé un estado de ánimo terrible; sentíme tonta o estúpida. Entonces abandoné a esas dos maduras y queridas damas, que quedaron discutiendo acerca de mí y mis planes; salí a caminar para sentir el fresco aire de la noche. Estaba hastiada, desanimada y descorazonada; recuerdo únicamente que un policía me levantó y me sacudió (parece que hubiera estado destinada a ser sacudida por la gente) y mirándome con profunda sospecha, me dijo: "Trate de no des­mayarse en lugares como éste. Son las nueve de la noche, tiene suerte que la haya visto. Vaya a su casa". Arrastrándome me volví, muerta de frío y empapada por la lluvia y las salpicaduras del agua del mar que barría el muelle, donde aparentemente había estado tirada por largo rato. Balbuceando, narré lo acontecido a Elise y a Theo, los cuales amorosamente me pusieron en cama. Creo que adquirí cierto sentido de proporción y comprendí que ­para los jóvenes resultan trágicos los acontecimientos de la vida y que la exageración de los hechos es una reacción natural de la juventud.

 

Al día siguiente me dirigí a Edimburgo para visitar a mi que­rida tía Margaret Maxwell. Allí mis problemas se complicaron más, no sólo por su solicitud para conmigo, sino por la llegada de un hombre muy agradable y encantador que me había seguido desde la India para proponerme matrimonio. Sobre esa complica­ción vino otra. A la mañana siguiente recibí una carta de un ofi­cial del ejército, que estaba en Londres, en la que me decía que accediera a casarme con él inmediatamente. Ahí estaba yo, con una solícita tía, dos compañeras de trabajo ansiosas por serme úti­les y tres hombres en mis manos. Sabía que a mi tía podía ha­blarle de Walter Evans, y así lo hice, exponiendo con franqueza la situación. No me atreví a mencionar a los otros dos, pues por su actitud conservadora habría pensado que algo en mí no fun­cionaba bien, por haber esperanzado a tres hombres simultánea­mente, lo cual no era así. A decir verdad nunca fui coqueta.

 

Disponía de sólo una semana para estar en Edimburgo, antes de partir para Londres, debido a que mi pasaje de vuelta a Bom­bay había sido reservado antes de abandonar la India. Mi proble­ma consistía en saber a quién recurrir para aconsejarme. Pude hacerlo fácilmente. Fui a la Casa de la Diaconesa, en Edimburgo, para ver a la directora de las diaconesas de la Iglesia Escocesa. Era hermana de Sir Williams Maxwell, del castillo de Cardoness, cuñada de mi tía con la que vivía. Para mí era siempre "tía Ali­ce", a quien adoraba por no haber en ella la más mínima estupidez o estrechez de criterio. Me parece estar viéndola, alta y erecta, con su uniforme de diaconesa, irguiéndose para darme la bienve­nida en su hermoso saloncito. Su uniforme era de una gruesa seda marrón, y generalmente usaba cuellos y puños de fino encaje que solía hacerle, pues yo, era una excelente tejedora. Aprendí a tejer encajes de punto irlanda cuando era muy joven, y eran real­mente hermosos. Durante muchos años le tejí cuellos y puños, agradecida por la comprensión que siempre me demostró. Nunca se casó, pero conocía la vida y amaba a la gente. Le conté el asunto de Walter Evans, y del Mayor del Ejército en Londres, y también del idiota acaudalado y tonto que me había seguido hasta allí y que en ese momento me esperaba afuera. Me parece verla al le­vantarse e ir hacia la ventana, espiar a través de la cortina de encaje y reírse. Conversamos durante dos horas, quedando el asun­to en sus manos, para pensarlo y rogar sobre lo que yo debía hacer. Me prometió que haría lo humanamente posible para re­solver mi problema, pues debido a mi enfermedad no podía razo­nar, y además tenía muy poco sentido común. Fue un alivio dejar todo en sus hábiles manos, y regresé a casa de mi tía, sintiéndome mejor. Al cabo de unos días volví a Londres para embarcarme otra vez para la India, acompañada por Gertrude Davies‑Colley, quien quedaría conmigo y me cuidaría, porque evidentemente es­taba demasiado enferma para quedarme sola.

 

De manera que volví a mi trabajo sin tener la más remota idea de cómo se desarrollaría mi vida. Decidí vivir al día, sin mirar el futuro. Confiaba en el Señor y en mis amigos, y esperé.

 

Mientras tanto tía Alice se puso en contacto con Walter Evans. Su contrato con el ejército estaba a punto de expirar y. debía abandonar la India. Mi tía le pagó todos los gastos para que fuera a los Estados Unidos a seguir allí un curso de teología, donde se graduaría de clérigo de la Iglesia Episcopal, que en Nor­teamérica es equivalente al de la Iglesia Anglicana. Hizo esto para procurarle una posición social que facilitara mi oportuno casamiento. Lo realizó todo abiertamente, informándome de cada paso que daba y enterando también a la señorita Sandes. Sin embargo, se hizo silencio en lo que concernía a mi trabajo en el ejército, y con el tiempo abandoné la India, entendiéndose que vo Ía para casarme con un clérigo.

 

Regresé a Umballa y realicé todo el trabajo necesario durante el invierno; luego en el verano fui a Chalcrata a dirigir el Hogar para Soldados de esa región. Mi salud empeoraba cada vez más v mis jaquecas eran más frecuentes. Allí el trabajo era muy pesa­do y recuerdo, con gratitud, la bondad y gentileza de dos hombres que hicieron tanto por mí, que de no haber sido por ellos pensé muchas veces si estaría aún viva. Uno era el coronel Leslie, cuyas hijas, de mi misma edad, eran amigas mías. Frecuentaba mu­cho su hogar y me cuidaba con toda solicitud; el otro, el coronel Swan, médico oficial del ejército del distrito, a quien yo consul­taba en su carácter de médico. Hizo todo lo que pudo por mí, a veces me cuidaba durante horas, pero empeoré tanto, que ambos, el coronel Leslie y el coronel Swan, tomaron el asunto en sus manos, cablegrafiaron a mis parientes y a la señorita Sandes, ex­plicando que me enviarían de regreso a Inglaterra en el primer barco que zarpara.

 

Cuando regresé a Londres fui a ver a Sir Alfred Schofield, hermano de Theo Schofield, uno de los más destacados neurólo­gos y clínicos de Londres. Me puse totalmente en sus manos. Era un hombre de inteligencia brillante y realmente me comprendía. Le consulté aterrorizada por mis jaquecas. Creía tener un tumor en el cerebro, o que me estaba volviendo loca, u otra tontería por el estilo, y estaba demasiado enferma físicamente para combatir esas fobias con éxito. Después de breve conversación se levantó del escritorio, y encaminándose, hacia uno de los anaqueles de su biblioteca, extrajo un grueso y pesado volumen. Al abrirlo, me señaló determinado párrafo y me dijo: “Joven, lea estas cuatro o cinco líneas y elimine sus temores". Me enteré que la jaqueca no era nunca fatal, que no traía consecuencias sobre la mentalidad del sujeto y que las víctimas eran generalmente per­sonas mentalmente bien equilibradas y con fuerza mental. Tuvo la inteligencia suficiente para adivinar mis temores ocultos, y lo menciono para bien de otros. Me envió a la cama por seis meses y me dijo que cosiera todo el tiempo. De modo que me dirigí a casa de mi tía Margaret, en Casttamont, volví a mi antiguo dormitorio, que ocupé durante tantos años, y le confeccioné a mi hermana un ajuar completo de ropa interior, enaguas con frunces y puntillas, cosidas a mano con punto fantasía; calzones con volados (que en esos días ni se mencionaban) y un cubrecorsé, de los que ya no se ven y están fuera de moda, como el fabuloso y extinto "dodo”. Debo decir en mi favor que era una buena bordadora y lencera. Todos los días me levantaba e iba a caminar por los páramos, y cada semana me sentía levemente mejor. Walter Evans me escri­bía regularmente desde Norteamérica.

 

 

CAPITULO TERCERO

 

ME resulta difícil describir los años siguientes, como también explicar esa fase de mi vida. Retrotrayéndome a esa época, sé muy bien que mi sentido del humor me abandonó temporalmente, y cuando esto sucede a quien habitualmente se ríe de la vida y las circunstancias, es algo terrible. Cuando digo “humor” no quiero significar un sentido humorista, sino predisposición a reírse de uno mismo, de los hechos y de las circunstancias y en relación con el propio medio ambiente y equipo. No creo que posea un sentido humorístico. Simplemente, no comprendo las historietas de los periódicos dominicales y tampoco puedo recordar un chiste, pero poseo sentido del humor y no tengo dificultad en hacer reír a carcajadas a un auditorio por numeroso o pequeño que sea. Siempre puedo reírme de mí misma, pero en dichos años nada hubo divertido, y mi problema consiste en describir este ciclo sin ser mortalmente aburrida o presentar un cuadro depri­mente de una mujer desgraciada, pues eso era yo. Lo haré y re­lataré mi historia con su sufrimiento, dolor y angustia, lo mejor que pueda, pidiéndoles que tengan paciencia. Fue el período trascurrido entre veintiocho felices años y otros veintiocho años tam­bién felices, que aún continúan siéndolo.

 

Hasta 1907 había tenido mis desvelos y problemas, pero eran básicamente superficiales. Tuve éxito desempeñando un trabajo que me agradaba. Estaba rodeada de personas que me aprecia­ban, y no recuerdo haber tenido cuestiones con mis colaboradores. No sabía lo que eran necesidades económicas. En la India podía viajar a donde quería y retornar a Gran Bretaña sin preocupacio­nes. En realidad no tenía dificultades personales que encarar.

 

Pero llegamos aquí a un ciclo de mi vida, de siete años, donde sólo conocí dificultades que afectaron a toda mi naturaleza. Entré en un período de gran zozobra mental. Debí afrontar situacio­nes que exigían la máxima reacción emocional de que era capaz, y físicamente la vida se hizo en extremo dura. Creo que estos períodos, difíciles de aceptar, son necesarios en la vida de todos los discípulos activos, pero estoy firmemente convencida que si los enfrentamos con pleno conocimiento y determinación del al­ma, inevitablemente siempre tendremos la fortaleza necesaria para dominar las circunstancias. El resultado es siempre (en mi caso y en el de quien se esfuerza por trabajar espiritualmente) adquirir mayor capacidad para satisfacer la necesidad humana y ser una mano fuerte tendida en la oscuridad” para otros com­pañeros peregrinos. Mientras una de mis hijas atravesaba por una experiencia terrible, permanecí con ella, y pude observar cierta capacidad —como resultado de sufrir pacientemente durante cin­co años— que de otra manera no habría sido posible, pues aún es joven, y tiene un futuro útil y constructivo por delante. No hubie­ra podido ayudarla de no haber pasado por la misma prueba de fuego.

 

Después de estar enferma seis meses, se tomaron disposicio­nes para mi casamiento. El poco dinero que me pertenecía fue legalmente administrado, de modo que Walter Evans no pudiera tocarlo. Tía Alice le envió el dinero necesario para su ropa y para venir a Escocia a buscarme. En esa época vivía con mi tía, la señora de Maxwell, en Castramont. El matrimonio fue celebra­do por el señor Boyd-Carpenter, en la capilla privada de la casa de un amigo. El hermano mayor de mi padre, William La Trobe-­Bateman (también un religioso), fue mi padrino.

 

Inmediatamente después del casamiento pasamos una tempo­rada en casa de los parientes de Walter Evans, en el norte de In­glaterra. Un pariente político, presente en la boda, relacionado con media Inglaterra, me despidió aparte, diciéndome: “Alice, ahora que te has casado con este hombre, irás a visitar a su familia. Hallarás que no son como los tuyos, tu deber consistirá en que se sientan igualmente como los tuyos. Por amor al cielo, no seas pedante”. Con estas palabras me introdujo en un período de mi vida en el que abandoné todo rango y posición social y, repenti­namente, descubrí a la humanidad.

 

No soy de esas personas que creen que sólo el proletariado es bueno y está en lo cierto, y que la clase media constituye la sal de la tierra, mientras que la aristocracia es completamente inútil y debería desaparecer. Tampoco acepto la idea de que sólo los in­telectuales pueden salvar al mundo, aunque es el punto de vista más sensato, porque el intelectual puede surgir de todas las capas sociales. He hallado personas terriblemente pedantes entre la de­nominada clase inferior, y también he conocido tipos similarmente virulentos en la aristocracia. El puritanismo y el conserva­durismo de la clase media es la gran fuerza equilibradora de toda nación. El empuje y rebeldía de las clases inferiores promueve el engrandecimiento de los pueblos, mientras que la tradición, la cultura y la actuación de la aristocracia, constituyen el valioso acerbo de una nación. Todos estos factores son de correcta y sen­sata utilidad, pero todos pueden también ser mal empleados. El conserva­dorismo puede ser peligrosamente reaccionario; una rebe­lión justa puede trasformarse en una revolución fanática, mientras que el sentido de responsabilidad y de superioridad, frecuente­mente evidenciado por las clases, puede degenerar en un “paternalismo estupefaciente”. No existe nación donde no hay diferencias de clases. Puede haber una aristocracia de nacimiento en Gran Bretaña, pero en Estados Unidos hay una aristocracia adinerada igualmente característica, excluyente y rígida en sus barreras. ¿Quién puede decir cuál es mejor o peor? Me crié en un sistema de castas muy rígido, y nada en mi vida había contribuido a hacerme sentir en un pie de igualdad con quienes no pertenecían a mi casta. No obstante aún debía descubrir que de­trás de las diferencias de clases en Occidente y del sistema de castas en Oriente, existe una gran entidad que denominamos humanidad.

 

De todos modos, con mis hermosos vestidos, mis costosas al­hajas, mi voz cultivada y mis modales sociales, me lancé a inte­grar la familia de Walter Evans, sin pensar ni medir la situa­ción. Hasta la antigua servidumbre veía la situación con cierto escepticismo. El viejo cochero, Potter, nos condujo a la estación, después de la ceremonia. Aún lo puedo ver con su librea y una cocarda en su galera. Me conocía desde pequeñita; cuando llega­mos a la estación descendió, me tomó la mano y me dijo: “Seño­rita Alice, el hombre no me gusta, pero no quisiera decírselo; si no la tratara bien, regrese inmediatamente. Envíeme sólo algunas líneas y la esperaré en la estación”. Luego se marchó sin más pa­labras. El jefe de la pequeña estación escocesa nos había reservado un coche hasta Carlisle. Después de acompañarme hasta el mismo, me miró a los ojos y dijo: “No es lo que yo hubiera elegido para usted señorita Alice, espero que sea feliz”. Nada de esto causó en mí la menor impresión, y se me ocurre que dejé a un grupo de pa­rientes, amigos y servidumbre, muy preocupados. Yo estaba com­pletamente ajena a todo ello. Había hecho con sacrificio lo que creía correcto, recibiendo ahora la recompensa. El pasado quedaba atrás. Mi tarea con los soldados había terminado. Ante mí se ex­tendía el futuro maravilloso con el hombre a quien creía adorar; íbamos hacia América, un país nuevo y asombroso.

 

Antes de llegar a Liverpool paramos en casa de la familia de mi esposo; nunca pasé un momento más penoso. Eran buenos, ca­riñosos y dignos, pero jamás había comido con gente de esa clase, ni dormido en una cama de ese tipo, sin servidumbre. Me horrori­zaba, y ellos sentían lo mismo por mí, aunque estaban algo orgullosos porque Walter Evans había logrado tanto por sí mismo. Quisiera ser justa con Walter y confesar que años después cuando nos separamos, él había ingresado en una de las grandes uni­versidades a fin de seguir un curso para graduados, y en ese en­tonces recibí una carta del rector de la universidad pidiéndome que volviera a su lado. Me imploraba (como persona anciana y experimentada) que fuera al lado de mi esposo, señalando que en su larga experiencia con miles de jóvenes, nunca había conoci­do a nadie tan bien dotado, espiritual, mental y físicamente, como Walter. Por lo tanto no era de extrañar que me hubiera enamorado y casado con él. Todos los indicios eran buenos, excepto su condi­ción social y su falta de dinero, pero como íbamos a vivir a Norte América, eso no sería de importancia, pues dentro de poco se or­denaría en la Iglesia Episcopal. Podríamos arreglarnos con su salario y mi pequeña renta.

 

Fuimos directamente de Inglaterra a Cincinati, Ohio, y mi es­poso estudiaba en el Seminario Teológico de Lane. Inmediata­mente resolví tomar juntamente con él los distintos cursos, mien­tras que con el dinero que yo poseía nos mantuvimos los dos y pagamos todos los gastos.

 

Cuando entré a analizar los detalles de la vida matrimonial, descubrí que nada tenía en común con mi esposo, excepto nuestros puntos de vista religiosos. Él ignoraba toda mi raigambre y yo la de él. Ambos tratamos entonces de llevar nuestro matrimonio ade­lante, pero fracasamos. Creo que hubiera muerto de pena y deses­peración, a no ser por la mujer de color que tenía a su cargo la casa de pensión, lindando con el Seminario, en cuyo piso alto teníamos nuestra habitación. Su nombre era señora Snyder, y se encariñó conmigo a primera vista. Me mimaba y cuidaba en toda forma. Me amonestaba y defendía; por alguna razón desconocida detestaba la sola presencia de Walter Evans y sentía placer en decírselo. Se preocupaba para que yo siempre tuviera lo mejor. Por mi parte la quería y era mi confidente.

 

Fue entonces cuando, por primera vez en mi vida, enfrenté el problema racial. No albergaba sentimientos racistas, excepto que no admitía el matrimonio entre negros y blancos, pues nin­guna de las partes podía ser feliz. Quedé anonadada al descubrir que la Constitución Norteamericana postulaba la igualdad para todos los hombres, pero que, por el impuesto al voto y la poca edu­cación, trataban cuidadosamente de que el negro no fuera igual. Las cosas están mejor en el norte que en el sur, aunque el pro­blema del negro debe resolverlo el pueblo estadounidense. La Constitución ya lo ha resuelto. Recuerdo que en el Seminario Teo­lógico de Lane se había invitado a un profesor negro, el doctor Franklin, para dar una conferencia al estudiantado. Al salir de la capilla nos encontrábamos algunos profesores, mi esposo y yo, comentando la brillante prédica del doctor Franklin, cuando acer­tó a pasar a nuestro lado. Uno de los profesores lo detuvo y le dio dinero para que pagara su almuerzo. Ni siquiera lo considera­ban digno de almorzar con nosotros, pero sí podía hablarnos sobre los valores espirituales. Estaba tan horrorizada que, con mi habitual impetuosidad, corrí hacia un profesor y su esposa, a quienes conocía, y les relaté el episodio. Inmediatamente regresaron conmigo y lo llevaron a su hogar para almorzar juntos. La comprobación del sentimiento racista fue como el descubrir una puerta abierta hacia el gran hogar de la humanidad. Aquí había un gran sector de conciudadanos a quienes se les negaban los derechos que la Constitución les otorga. Desde entonces he pensado, leído y hablado mucho acerca de este problema de las minorías. Tengo muchos amigos negros, y creo poder asegurar que nos comprendemos perfectamente. He conocido negros tan cultos, prolijos y sensatos, en su modo de pensar, como muchos amigos blancos. He tratado el tema con ellos, descubriendo que sólo piden igual oportunidad, educación, trabajo y condiciones de vida. Ninguno ha reclamado igualdad social, aunque llegará el momento en que deberán tenerla y la tendrán. He descubierto que la actitud del negro culto y educado, hacia los miembros subdesarrollados de su raza, es razonable y sensata, y un eminente abogado de raza negra, cierta vez me dijo: “La mayoría de nosotros, especialmente en el sur, somos niños, necesitamos cariño y ser educados como niños”.

 

  Hace algunos años, en Londres, recibí la carta de un científico, el doctor Just, que me preguntaba si podía concederle una entrevista, pues deseaba hablar conmigo a raíz de haber leído algunos de mis escritos. Lo invité a almorzar en el club y al llegar comprobé que era negro, muy negro por cierto, resultando una persona encantadora y muy interesante; iba de regreso a Washington luego de haber dictado conferencias en la Universidad de Berlín, siendo uno de los más destacados biólogos del mundo. Mi actual esposo y yo lo invitamos varias noches en nuestra casa de Tunbridge Wells y ciertamente disfrutamos mucho con su visita. Una de mis hijas le preguntó si era casado. Recuerdo que cuando se dirigió a ella, le dijo: “Mi estimada señorita, nunca soñaría en pedir a una niña de su raza que se case conmigo y sufra el inevitable ostracismo, y no he encontrado entre las de mi raza ninguna que me pudiera dar el compañerismo intelectual que deseo. No, nunca me he casado”. Ya ha fallecido, y por cierto lo he lamentado mucho. Tenía la esperanza de estrechar nuestra amistad con este excelente caballero.

 

Constantemente, durante mis treinta y seis años de residencia en este país, me he sentido asombrada y aterrorizada por las actitudes de muchos norteamericanos hacia sus compatriotas de la minoría negra. El problema tiene que ser resuelto y dársele al negro el lugar que le corresponde en la vida nacional. No deben ni deberán ser disminuidos. Les toca a ellos demostrar su capacidad, y de nosotros depende el darles la oportunidad para hacerlo; que las detestables exteriorizaciones y el odio ponzoñoso de un hombre tal como el senador Bilbo, sean eliminados> pues hay un gran número de personas como él. Nuevamente repito: creo que el problema racial no puede ser resuelto hoy por el matrimonio entre razas (no hago profecías acerca del futuro). Debe ser resuelto por una justicia temeraria, el reconocimiento de que todos los hombres son hermanos, y que si el negro constituye un problema la culpa es nuestra. Si no posee la apropiada educación ni ha sido adecuadamente entrenado en la técnica de la ciudadanía, reitero, nuestra es la culpa. Ha llegado el momento en que los hombres prominentes de la raza blanca, los congresistas de ambas cámaras y los diversos partidos, cesen de vociferar por la democracia y las elecciones libres en los Balcanes o en otras partes, y apliquen los mismos principios a sus propios estados sureños. Perdonen esta diatriba, pues como podrán observar, tengo una fuerte convicción sobre el asunto.

 

Esta mujer de color, la señora Snyder, me cuidó y atendió maternalmente durante meses enteros, hasta que nació mi hija mayor. Hizo venir a su propio médico, que no era de color ni tampoco muy bueno, de modo que no tuve la asistencia idónea que debí tener. No fue culpa de ella, pues hizo todo lo que pudo para pasar el trance. No tuve suerte con los nacimientos de mis tres criaturas, sólo una vez conté con los cuidados de una enfermera profesional. De todas maneras, durante el nacimiento de mi primera hija, carecí de un experto cuidado. Walter Evans en todos los casos se ponía histérico, y demandaba casi toda la atención del médico, pero la señora Snyder tenía la fortaleza de una torre y jamás la olvidaré. Luego el médico envió una enfermera, pero era tan incompetente que sufrí mucho en sus manos, pasando tres meses de gran malestar y angustia.

 

Después nos mudamos del seminario a otra vivienda. Tomamos un pequeño departamento donde, por primera vez, quedé sola con una criatura y toda la tarea hogareña. Hasta entonces nunca había lavado un pañuelo ni cocinado un huevo o hecho una taza de té, siendo una mujer joven, totalmente inexperta. Fue tan dura mi experiencia en aprender a hacer las cosas, que me he preocupado porque mis hijas conozcan todo lo referente al cuidado del hogar. Son muy competentes. Estoy segura de que no fue un período fácil para Walter Evans y comencé a darme cuenta —viviendo sola con él y cuando nadie nos podía escuchar— que él iba adquiriendo un carácter violento.

 

Mi derrota la constituía el lavado semanal. Acostumbraba ir al sótano provista de las usuales bateas para el lavado, y había traído conmigo el hermoso ajuar de mi infancia, metros de fuerte franela y prendas con aplicaciones de encaje legítimo, de un valor casi incalculable, una docena de cada una, y lo que hice con ellas fue lamentable y doloroso. Cuando terminé de lavarlas tenían un aspecto de lo más peculiar. Cierta mañana oí golpes en la puerta y, al abrir, me encontré con una señora que vivía en el departamento de abajo. Mirándome preocupada, dijo: “Vea señora Evans, hoy es lunes y día de lavado, no puedo permitir su forma de hacerlo. Soy una sirvienta inglesa y tengo suficiente inteligencia para darme cuenta que usted es una dama inglesa; hay cosas que yo conozco y usted no, y los lunes por la mañana bajaré con usted y le enseñaré a lavar, hasta que lo crea necesario. Lo dijo como si lo hubiera aprendido de memoria, y cumplió su palabra. Actualmente nada ignoro sobre el lavado de la ropa, lo debo todo a la señora de Schubert. He aquí otro ejemplo de alguien por quien nada había hecho yo, pero que siendo un ser humano recto y bondadoso, me dio así otra vislumbre de la casa de la humanidad. Nos hicimos muy amigas y me defendía cuando Walter Evans estaba furioso. Repetidas veces hallé refugio en su pequeño departamento. A veces me pregunto si ella y la señora Snyder todavía vivirán. Creo que no, pues tendrían una edad muy avanzada.

 

   Cuando Dorothy tenía seis meses volví a Gran Bretaña para visitar a mi familia, dejando que mi esposo finalizara sus estudios teológicos y se ordenara. Esta fue la última visita que hice a Inglaterra en veinte años, y no tengo un recuerdo particularmente feliz de ello. No podía interiorizar a mi familia de mi infelicidad, ni que había cometido un error. Mi orgullo no me lo permitía, pero sin duda lo presintieron, aunque no me formularan preguntas. Mi hermana se casó mientras estuve allí, con mi primo Laurence Parsons. Tuvimos la acostumbrada reunión familiar en casa de un tío. Permanecí unos meses más en Inglaterra y luego regresé a los Estados Unidos. Entretanto mi esposo se había graduado en el seminario, ordenándose y obteniendo un cargo junto al obispo de San Joaquín, en California. Fue maravilloso para mí, pues el obispo y su esposa fueron verdaderos amigos y aún recibo noticias de la señora. Mi hija menor lleva su nombre, y siendo una de las personas a quien más quiero, me referiré a ella más adelante.

 

Regresé a los Estados Unidos en un pequeño barco que amarró en Boston. Fue el viaje más espantoso que tuve. El barco era sucio, pequeño, tenía cuatro personas en cada camarote, servían las comidas en largas mesas y los hombres no se quitaban el sombrero para comer. Lo recuerdo como una pesadilla. Todas las cosas malas llegan a su fin y amarramos en Boston bajo una copiosa lluvia; estaba desesperada; con dolor de cabeza; me habían robado mi “nècessaire” con sus engarces de plata, perteneciente a mi madre. Dorothy, que tenía alrededor de un año, era muy pesada para llevarla en brazos. Tenía pasaje de turista expedido por la Agencia de Turismo Cook; su agente, que estaba a bordo, me condujo a la estación del ferrocarril donde tenía que esperar hasta medianoche, y luego de explicarme lo que debía hacer, me sirvió una taza de fuerte café y se alejó. Cansada, me senté durante todo el día, en un banco de la estación, tratando de tranquilizar a una criatura inquieta. Se acercaba el momento de la llegada del tren, y me preguntaba cómo me las arreglaría; de repente veo a mi lado al representante de la agencia de turismo, sin uniforme, que me dice: “Usted me tuvo preocupado por la mañana y durante todo el día, y decidí yo mismo ubicarla en el tren”. Luego tomó a la niña en brazos, llamó a un mozo y me ubicó, lo mejor posible, en el tren para California. Los vagones dormitorios de esa época no eran tan confortables como los de hoy. Aquí también alguien fue bondadoso conmigo, sin haber hecho nada por él. No crean que insinúo que había en mí algo agradable y fascinante, para que las personas espontáneamente me ayudaran. Tengo la vaga idea de que no era en absoluto encantadora, sino más bien petulante y arrogante, parca hasta la estupidez, y terriblemente británica. No, no era eso, sino que los seres humanos’ comunes son internamente bondadosos y les gusta ayudar. No olviden que el propósito de este libro consiste en comprobarlo. No estoy inventando ejemplos, sino relatando acontecimientos reales.

 

  Mi esposo fue, primero, rector de una pequeña iglesia en R..., aprendiendo allí los deberes inherentes a la esposa de un clérigo y las continuas exigencias. Fui presentada al sector estrictamente femenino de la congregación. Tuve que hacerme cargo de la Misión de Damas, efectuar reuniones de madres, frecuentar la iglesia, e incesante e ininterrumpidamente, escuchar los sermones de Walter. Como en esos distritos misioneros todas las familias de ministros debíamos alimentarnos mayormente de pollo, aprendí por qué es considerada un ave sagrada, pues abundan mucho en el ministerio.

 

Este período señaló otra etapa en la expansión de mi conciencia. Nunca en mi vida me encontré con una comunidad como la de ese pequeño pueblo. Tenía alrededor de mil quinientos habitantes, pero había once iglesias, cada una con ínfima cantidad de feligreses. Entre los hacendados que vivían en las afueras había hombres y mujeres cultos que habían leído y viajado mucho, y a veces me reunía con ellos. Pero la mayor parte de la población estaba constituida por pequeños comerciantes, personas vinculadas al ferrocarril, plomeros, gente que trabajaba en los viñedos y en la cosecha de fruta y algunos maestros de escuela. La rectoría, pequeña casa de seis habitaciones, estaba ubicada entre dos grandes casas; en una se albergaban doce niños con sus padres, por lo cual yo vivía constantemente entre la algarabía de voces infantiles. El pequeño típico pueblo, con los frentes de los negocios simulados, delante de los cuales había palenques para atar caballos y carruajes (pues eran aún muy escasos los automóviles), tenía también su oficina de correo, de donde salían todas las murmuraciones y cuentos. El clima era espléndido, a pesar de tener un verano seco y caluroso. No obstante me encontraba completamente aislada, tanto cultural como mental y espiritualmente. No había nadie con quien pudiera entablar conversación. Parecía que ninguno hubiera visto ni leído nada y el único tema de conversación versaba sobre cosechas, niños, alimentos y chismes lugareños. Durante muchos meses anduve con la nariz fruncida, llegando a la conclusión de que nadie era suficientemente bueno como para tenerlo de amigo. Lógicamente, cumplía con mis deberes de esposa del ministro, y estoy segura de que era amable y servicial, pero siempre tenía la impresión de que existía una barrera. No quería saber nada con los feligreses, y esto no lo ocultaba. Inicié una clase acerca de temas bíblicos y tuve gran éxito. Numéricamente los asistentes sobrepasaban a la congregación dominical de mi esposo, lo que quizás haya contribuido a aumentar las dificultades, empeoradas cada vez. Asistían los miembros de las distintas iglesias, excepto la católica, y constituía uno de los puntos luminosos de la semana, creo que en parte se debía a que ello me ligaba al pasado.

 

    El carácter de mi esposo excedía todos los límites y yo vivía constantemente atemorizada de que los miembros de la congregación se dieran cuenta y perdiera su puesto. Como clérigo, lo querían mucho e impresionaba muy bien con la estola y la sobrepelliz. Era un orador excelente. Honestamente no creo que yo fuera culpable de su mal carácter. El aforismo: “¿qué quiere Jesús que haga?”, aún regía mi vida. No siendo una persona iracunda o violenta, creo que mi silencio y paciencia ilimitada agravaban la situación. Sin embargo, nada de lo que yo hiciera lo complacía, y después de destruir todas las fotografías y libros que consideraba de algún valor para mí, había tomado la costumbre de golpearme, aunque nunca llegó a tocar a Dorothy. Siempre fue condescendiente con los niños.

 

Mi hija Mildred nació en agosto de 1912 y fue entonces cuando realmente desperté. Descubrí el asombroso hecho de que el mal no residía en las personas del lugar, sino en mí. Había estado tan preocupada por los problemas de Alice La Trobe-Bateman que, al parecer, mi matrimonio desafortunado se debió a que me olvidé de Alice Evans, un ser humano. Cuando Mildred nació, enfermé gravemente, entonces descubrí a la gente de ese pueblito. El nacimiento de Mildred se había retrasado en diez días; el calor era insoportable; los doce niños que vivían al lado armaban un terrible bullicio; hacía varios días que yo estaba enferma, y se derrumbó el pozo séptico. Me imaginaba a Dorothy, que tenía mas o menos dos años y medio, corriendo de un lado a otro y cayéndose en el pozo. Walter no me ayudaba. Simplemente desaparecía para cumplir con los deberes parroquiales. Como enfermera tenía a una jovencita judía cuyos temores aumentaban respecto a mí, y continuamente llamaba por teléfono al médico, que demoraba su venida. Repentinamente se abre la puerta de mi habitación y sin llamar entra la esposa del cantinero. Me echa una sola mirada, toma el teléfono, llama casa por casa hasta dar con el médico, y le ordena venir inmediatamente. Toma a Dorothy, la acomoda debajo de su brazo y con una señal afirmativa me asegura que con ella estaría muy bien, y desapareció. Por tres días no vi a Dorothy ni me preocupaba, pues me sentía muy enferma. Mildred nació con la ayuda de fórceps, y esto me provocó dos hemorragias muy serias, recuperándome gracias al buen cuidado de las enfermeras. Por el pueblo corrió la voz acerca de mi precaria situación y empezaron a llegar muchas cosas; vino tanta gente bondadosa a hacer los quehaceres, que les debo eterno agradecimiento. Traían crema, tortas, oporto y fruta fresca. Las mujeres llegaban por la mañana, se dedicaban a lavar la ropa, a sacudir el polvo, barrer, acompañándome mientras cosían y remendaban. Relevaban a la enfermera. Invitaban a mi marido a sus hogares, a fin de que no molestara, por lo cual súbitamente desperté a la realidad de que el mundo estaba lleno de gente amorosa y de que había estado ciega toda mi vida. Así me adentré más en la casa de la humanidad.

 

Entonces comenzó la verdadera dificultad. La gente no tardó en darse cuenta del verdadero carácter de Walter Evans. Sin tener la ayuda de una enfermera ni de otra persona, me levanté al noveno día después del nacimiento de Mildred. La esposa del sacristán, horrorizada, me encontró ese día lavando, sabiendo que yo casi podía haber muerto diez días antes, y fue a buscar a Walter Evans y le dio una buena reprimenda. De nada valió, pero ella entró en sospecha y se dedicó a vigilarme cuidadosamente y a estrechar aún más nuestra amistad. El mal carácter de Evans adquirió serias proporciones, siendo lo más curioso que (fuera de su salvaje e ingobernable temperamento) no tenía vicios de ninguna especie. Jamás bebía, nunca blasfemaba ni jugaba. Fui la única mujer que le interesó y besó, y creo firmemente que se mantuvo así hasta su muerte, hace unos pocos años. A pesar de ello no podíamos convivir y llegó a ser eventualmente peligrosa la convivencia con él. Un día la señora del sacristán me encontró con la cara seriamente magullada. Me sentía indispuesta y muy cansada, y ante su bondad y atención le confesé que mi marido me había arrojado medio kilo de queso, haciendo impacto en mi cara. Ella regresó a su hogar y poco después vino el Obispo. Quisiera, por medio de estas páginas, expresar la bondad, solicitud y comprensión del Obispo Sanford. Lo conocí por primera vez cuando recibí la confirmación. Me hallaba en la cocina lavando los platos, después de haber servido la cena, cuando oí que alguien los secaba; creí que era una de las feligresas, pero asombrada, vi al Obispo realizando ese acto, característico en él. Se entablaron muchas discusiones y conversaciones, resolviéndome eventualmente dar a Walter otra oportunidad para enmendarse. Inmediatamente nos mudamos a otra parroquia, lo cual me agradó mucho, pues la rectoría era bastante mejor. Había mayor número de habitantes en la comunidad y nos hallábamos más cerca de Ellison Sanford, persona muy agradable y la mejor amiga que he tenido.

 

    Mi salud en general fue mejorando y, a pesar de las constantes explosiones de ira, la vida iba adquiriendo más color. Vivíamos cerca de la ciudad donde residían el Obispo y su señora y, por supuesto, los veía muy a menudo. En esa parroquia muchos hablábamos el mismo idioma, pero en otros aspectos los días eran difíciles y hacia fin del otoño nuevamente volví a enfermarme. En enero esperaba el nacimiento de mi hija más pequeña, Ellison, cuando mi esposo, en uno de sus ataques de ira, me arrojó escaleras abajo, lo cual tuvo consecuencias para la criatura. Después de nacer, su estado era muy delicado, siendo calificada como “niño azul” como se dice familiarmente, con una de las válvulas cardíacas deficiente, y durante años nadie creyó que podría criarla. Pero lo hice y hoy es casi la más fuerte de la familia.

 

Las cosas iban de mal en peor. Todo el mundo estaba enterado de lo que sucedía en la rectoría, y cada uno hacía lo posible por ayudar. Una gentil jovencita se ofreció para vivir con nosotros como huésped pago, a fin de tener alguien conmigo en la casa. Con el tiempo llegó a asustarse, pero no me abandonó. Constantemente, día tras día, era arado el campo colindante con la rectoría. Una vez, por curiosidad, pregunté al que estaba arando por qué lo hacía con tanta frecuencia, me respondió que por decisión de un grupo de hombres, alguien debía estar cerca de mí, por eso se turnaban en la tarea de arar el campo. Las encargadas de la central telefónica se dieron cuenta de la situación y habitualmente me llamaban a intervalos, para interesarse por mi salud. El médico que me asistió al nacer Ellison, se preocupaba mucho, y me hizo prometerle esconder todas las noches debajo de mi colchón el cuchillo de cortar carne y el hacha. La idea de que Walter no estaba en sus cabales se difundía. Recuerdo despertar una noche y oír salir a alguien precipitadamente de mi habitación y bajar las escaleras. Era el médico que había venido a cerciorarse de que me hallaba bien. Nuevamente podrán ver cómo la bondad me rodeaba por todas partes. Sin embargo, me sentía humillada y herida en mi orgullo.

 

Cierta mañana me llamó una amiga pidiéndome que le llevara las niñas, pero que ella pasaría a buscarme. Fui y pasamos momentos muy agradables. Sin embargo, al regresar me enteré que a Evans lo habían llevado a San Francisco y un clínico y un psiquiatra lo tenían en observación a fin de descubrir si estaba mentalmente desequilibrado. Afortunadamente para mí, el médico llegó a la conclusión que no era lunático, sino malo, y lo único grave de que padecía era su temperamento, fuera de todo control. En el ínterin, Ellison enfermó gravemente de “cólera infantum”, sin esperanza de recuperarse. Recuerdo perfectamente un sofocante día estival, durante ese terrible período, en que Ellison estaba muy grave, acostada sobre una manta en el piso y mis otra hijas jugando en el patio de una vecina. Llegó el médico trayendo una criatura en brazos, seguido por una mujer alta y agraciada, en tal estado, como para internarse en un hospital. Me dijo que traía la criatura para dejarla a mi cuidado y le hiciera el favor de acostar a la madre y también la atendiera. Así lo hice, y durante ‘tres días cuidé a dos criaturas y a una mujer —demasiado enferma, indispuesta y deprimida como para cuidar de su vástago. Hice todo lo que estuvo a mi alcance, pero la criatura expiró en mis brazos. Nada pudo salvarla, habiendo tenido hábiles cuidados del médico y siendo yo muy buena enfermera. El médico era muy versado; sabía que yo tenía bastante con mi situación hogareña, pero necesitaba aprender que no era la única que sufría, otras personas sufrían tan severamente como yo, y siendo mi energía mayor de lo que creía, bien podía emplearla. Siempre me ha asombrado la sabiduría y el profundo conocimiento sicológico de los médicos lugareños. Conocen la gente; viven vidas sacrificadas; son competentes, debido a su vasta experiencia; en las emergencias se desenvuelven con rapidez y eficiencia, pues no dependen de nadie sino de ellos mismos. Personalmente he contraído una gran deuda con los médicos —en ciudades y pueblos—, los cuales han sido también mis amigos.

 

Después me aconsejaron llevar a Ellison al Hospital de Niños, en San Francisco, para ver si algo podía hacerse. Ellison Sanford se hizo cargo de mis dos niñas, a pesar de que ella tenía cuatro, y partí hacia el norte con mi hijita. Los médicos del hospital me dijeron que no podría vivir, que debía dejarla y regresar a mi hogar para cuidar de mis otras hijas. No me extenderé sobre las vicisitudes de ese episodio. Quienes tienen hijos lo comprenderán. Nunca creí volver a verla, pero milagrosamente se recuperó; la trajo su padre, que también había sido dado de baja, con un certificado de buena salud. Como verán, nada de esto es alegre. Tampoco me alegra contarlo.

 

Enfrentamos un año muy peculiar y difícil. Al obispo le resultaba imposible dar un cargo a Walter Evans. Casi estaba agotado el dinero que poseíamos y disminuía considerablemente mi pequeña renta, a causa de la guerra. Cuando Walter volvió a San Francisco, quedé con mis tres hijas y un montón de cuentas a pagar. Él nunca tuvo sentido del valor del dinero; el que yo le daba o el que constituía parte de su estipendio, para pagar las cuentas, lo invertía en lujos innecesarios. Salía de casa para pagar la cuenta mensual del almacén y volvía con un fonógrafo.

 

Mientras viva, no olvidaré la extraordinaria bondad del dueño del almacén, en el pequeño pueblo donde vivíamos; Walter Evans ocupó su último cargo en la diócesis de San Joaquín. Le debíamos más de doscientos dólares, lo cual yo ignoraba. Lógicamente por el pueblo corría la voz acerca de lo sucedido. A la mañana siguiente, después que mi esposo había sido enviado a San Francisco, el dueño del almacén me llamó por teléfono. Era judío, de apariencia muy ordinaria. Nunca había hecho nada por él, excepto demostrarle cortesía y, siendo muy británica, le demostré que no albergaba sentimientos antijudíos, porque jamás hubo en Gran Bretaña actitudes antisemitas, especialmente durante mi juventud. Algunos de nuestros más grandes hombres han sido judíos, como Lord Reading, Virrey de la India, y otros. El almacenero solicitaba mis pedidos por teléfono. Al preguntarle cuánto le debíamos respondió: “más de doscientos dólares”, pero me dijo que no me preocupara, pues sabía que lo pagaríamos aunque tardáramos cinco años. Luego agregó, “si no hace el pedido le enviaré igualmente lo que creo necesario, y eso no le agradará ¿verdad?”. Hice el pedido. Cuando esa mañana llegaron las provisiones a la rectoría, encontré un sobre conteniendo diez dólares en calidad de “dinero al margen” por si no tenía dinero a mano, que fueron agregados a la cuenta, pues comprendía que yo no aceptaría caridad. También me pidió la llave de la caja para la recepción de la correspondencia; así él se encargaría de las cartas que llegaran. Me sentí y aún me siento profundamente endeudada con él. Tardé más de dos años para liquidar la cuenta, pero la pagué. Cada vez que le enviaba cinco ‘dólares yo recibía una carta de agradecimiento, como si le hubiera hecho un favor.

 

     Descontando el hecho de que había sido educada en Inglaterra, donde no ha prevalecido el sentimiento antijudío y se comprende mejor que en los Estados Unidos el problema de los negros, he contraído profundas deudas con estas dos sufrientes minorías. El problema de los negros me ha parecido más sencillo que el de los judíos y de más fácil solución.

 

El problema de los judíos lo he considerado casi insoluble. No le veo salida, excepto mediante el lento proceso evolutivo y una campaña planificada de educación. No albergo sentimientos antijudíos; algunos de mis más preciados amigos lo saben, como el doctor Roberto Assagioli, Regina Keller y Víctor Fox, a quienes amo entrañablemente. Pocas personas en el mundo están tan cerca mío, y recurro a ellos cuando necesito consejos y comprensión, y nunca me fallaron. Oficialmente figuro en la “lista negra” de Hitler, debido a mi defensa de los judíos, en mis conferencias por toda Europa. No obstante, a pesar de conocer muy bien sus maravillosas cualidades, su contribución a la cultura y enseñanza occidentales, su acerbo y admirables dones en las artes creadoras, aún no alcanzo a ver la inmediata solución de su crucial y terrible problema.

 

Ambas partes son culpables. No me refiero a la culpabilidad, o más bien a la maldad criminal de los alemanes o de los polacos hacia sus conciudadanos judíos. Me refiero a todas esas personas que están a favor y no en contra del judío. Nosotros los cristianos aún no sabemos qué debemos hacer para liberar a los judíos de la persecución —persecución que data de muchos, muchos siglos. Los egipcios en las primeras épocas de la historia bíblica los persiguieron, y ésa ha sido su crónica en el trascurso de los años. Vacilo ante la idea de exponer mis conclusiones, pero lo haré con la esperanza de que sirvan de ayuda.

 

Sin embargo, sólo podré explayarme brevemente sobre uno o dos puntos, anticipándoles que, lógicamente, lo haré en forma inadecuada.

 

Debe existir alguna causa básica para esta constante e incesante persecución, y alguna razón por la cual no se los quiere. ¿Cuál puede ser? Probablemente la causa fundamental esté profundamente arraigada en ciertas características raciales. La gente se queja (y frecuentemente tiene razón) de que los judíos desmerecen el ambiente de cualquier distrito donde residen. Cuelgan la ropa de cama y de vestir fuera de las ventanas. Viven en la calle, se sientan en grupos en las aceras. Durante siglos los judíos moraron en carpas, obligados a vivir de esa manera, y quizás aún reaccionan a esas cualidades hereditarias. Otra queja es que si se permite a un judío entrar en un grupo u organización comercial, no pasa mucho tiempo sin que sus hermanos, primos y tíos entren también. Los judíos han tenido que unirse debido a los siglos de persecución pasados. Se dice que el judío es netamente materialista y que, para él, el poderoso dólar tiene más importancia que los valores éticos, siendo rápido y ducho en aprovecharse de los cristianos. La religión judía no hace hincapié sobre la inmortalidad o la vida después de la muerte, y ello es verdad, pues he discutido este problema con estudiantes judíos de teología. Entonces ¿por qué no hemos de obtener lo mejor de la vida en el orden material? Comamos y bebamos y acumulemos bienes mundanos, pues mañana moriremos. Todo esto es muy comprensible pero no hace a las buenas relaciones.

 

He estudiado, reflexionado e interrogado, y ciertas cosas se han esclarecido en mi mente, constituyendo para mí parte de la respuesta. Los judíos se han aferrado a una religión básicamente caduca. 1-lace unos días me pregunté qué parte del Antiguo Testamento valdría la pena conservar. En su mayor parte es terrible y cruel, y únicamente se salva de los reglamentos de la Oficina de Correos, porque tal literatura está contenida en la Biblia. Llegué a la conclusión de que debían conservarse los mandamientos y también uno o dos relatos de la Biblia, como el amor de David y Jonathan, los Salmos 23 y 91 y otros más, y cuatro capítulos del Libro de Isaías. El resto no tiene valor o es indeseable; el remanente nutre el orgullo y el nacionalismo de los pueblos. Lo que separa a los judíos ortodoxos de los cristianos son sus prohibiciones religiosas, pues es mayormente una religión regida por el precepto de “No cometerás.. . “,“No harás.. .“, etc. El aspecto condicionante del pensamiento cristiano, respecto al judío joven y ortodoxo, es su materialismo, del cual Shylock es el símbolo.

 

Al escribir esto me doy cuenta de que mis palabras son inadecuadas y no del todo justas; sin embargo, desde el ángulo de una amplia generalización, son veraces, aunque desde el punto de vista del judío individual, en la mayoría de los casos, son totalmente injustas. Existen muchas cosas similares entre judíos y germanos. El alemán se considera a sí mismo como miembro de la “super raza”, mientras que el judío ortodoxo se considera como “pueblo elegido”. El alemán pone el énfasis sobre la “pureza racial” y los judíos también lo han hecho en el trascurso de las épocas. Parecería que los judíos no son asimilables. Los he conocido en Asia, en la India, en Europa y aquí también, y a pesar de su ciudadanía siguen siendo judíos, estando separados de la nación donde residen. No he visto que esto suceda en Gran Bretaña ni en Holanda.

 

Los cristianos frecuentemente han tratado en forma abominable a los judíos, y muchos de nosotros nos condolemos y trabajamos arduamente para ayudarlos. En la actualidad, uno de los obstáculos proviene de los judíos mismos. Personalmente nunca he conocido a un judío que admitiera la posibilidad de que la culpa o la provocación surgiera de su parte. Adoptan siempre la posición de que son ellos los perseguidos, y que todo el problema se solucionaría si los cristianos emprendieran la debida acción. Miles de nosotros estamos tratando de emprenderla, pero no obtenemos la más mínima cooperación de su parte.

 

Perdonen esta disgresión, pero el recuerdo de mi gran amigo Jacobo Weinberg me hizo encarar un tema que me produce aguda preocupación. Por lo tanto, Walter y yo enfrentamos el problema de lo que debíamos hacer. Comprendí que su destino estaba en mis manos. Si podía inducirlo a comportarse bien y darme un trato más decente, con el tiempo el Obispo trataría de asignarle algún cargo en otra diócesis, donde su pasado no constituiría un obstáculo, aunque dicho obispo lógicamente debía conocer los detalles. Recuerdo perfectamente la noche que llana y malamente presenté a Walter la situación, después de haber sostenido una prolongada conversación con el Obispo. Le hice ver que su destino se hallaba realmente en mis manos y sería inteligente que dejara de golpearme. Además, que podía obtener el divorcio en cualquier momento, por la fuerza del testimonio del médico que me atendió, después que nació Ellison, y pudo observar las magulladuras en todo mi cuerpo. Desde el punto de vista de la Iglesia Episcopal la amenaza era poderosa. Terminaría su carrera de sacerdote. Siendo un hombre orgulloso (e internamente le aterrorizaba la publicidad), desde ese día jamás volvió a ponerme la mano encima. Malhumorado no me dirigía la palabra durante días enteros, dejando a mi cargo todo el trabajo, sin darme lugar para temerle.

 

Conseguimos una casita de tres habitaciones en las profundidades de un agreste paraje cerca de Pacific Grove. Comencé a criar gallinas y obtenía algún dinero vendiendo huevos. Descubrí que si las gallinas no se crían en amplia escala (lo cual involucra capital), las ganancias son magras. Las gallinas son estúpidas, con cara de idiotas y hábitos necios; carecen totalmente de inteligencia; la única parte emocionante en la cría de aves es la búsqueda de huevos, y es una tarea sucia. Pero me las arreglé para alimentar a la familia, consistiendo en ocho dólares mensuales la renta de la casita, y ni eso valía.

 

En esa época mi vida era sumamente monótona —cuidar tres hijas un esposo malhumorado y varios centenares de estúpidas gallinas. No tenía baño ni instalaciones sanitarias internas. Constituía todo un problema mantener limpias a las niñas y la casa. Prácticamente no poseíamos dinero, parte de la cuenta del almacenero se pagó con huevos, lo cual éste aceptaba por ser amigo mío. Acostumbraba yo a internarme en el monte de los alrededores, empujando una carretilla con mis hijas detrás, y recogíamos leña para el fuego. Sin embargo, puedo asegurar que no era una época agradable. Repito que tampoco me alegra relatarlo. Era algo parecido a una nueva reencarnación, y el contraste entre esa vida aburrida de madre y cuidadora del hogar, criadora de aves, jardinera, y la vida acaudalada de mi niñez y la plenitud de mi vida como evangelista, terminó por abrumarme totalmente.

 

Me forjé la idea de ser una nulidad y que en alguna parte habría desviado el camino, de lo contrario no estaría en esta situación. El antiguo complejo cristiano de que era una “miserable pecadora” llegó a agobiarme. Mi conciencia, morbosamente acondicionada por la teología fundamentalista, continuamente me decía que estaba pagando el precio de mis interrogantes dubitativos, y que de haberme aferrado a la fe y seguridad de mi niñez no me hallaría ahora en tal predicamento. La Iglesia me había fallado debido a que Walter era eclesiástico, y los otros que conocí de su misma profesión, todos mediocres, excepto el Obispo, un santo, pero argumentaba que igual lo hubiera sido aún siendo instalador de cañerías o un corredor de bolsa. Poseía yo bastante conocimiento de teología como para haber perdido mi fe en las interpretaciones teológicas, y me embargaba el sentimiento de que nada me restaba, excepto una vaga creencia en Cristo, el cual parecía hallarse muy distante. Me sentí abandonada por Dios y los hombres.

 

Quiero exponer que mi mente no alberga ninguna duda de que la Iglesia está perdiendo la jugada, a no ser que cambie su técnica. No alcanzo a comprender por qué los eclesiásticos no van a la par de la época. El desarrollo evolutivo en todos los sectores es una expresión de la divinidad, y la condición estática de la interpretación teológica es contraria a la gran ley del universo, la evolución. Después de todo, la teología es sólo la interpretación y comprensión del hombre respecto a su creencia en Dios. Pero es el cerebro humano perecedero el que piensa y ha pensado durante el trascurso de las edades. Por eso otros cerebros humanos y perecederos aparecen y dan otras interpretaciones más profundas, significativas o amplias, fundando así una teología más progresista. ¿Quién osaría negar que ellos tienen tanta razón como los eclesiásticos del pasado? A no ser que las Iglesias amplíen su visión, eliminen las disputas acerca de detalles sin importancia, y prediquen el Cristo resucitado, viviente y amoroso, en vez de un Cristo muerto, sufriente, sacrificado por un Dios iracundo, perderán la fidelidad de las generaciones venideras, y esto con razón. Cristo vive triunfante y siempre presente. Por su vida somos salvos. La muerte que Él padeció también podemos padecerla —según la Biblia, triunfalmente. Las Iglesias deberán comenzar por sus seminarios teológicos. He recibido entrenamiento teológico y sé de lo que hablo. Ya no ingresarán en ellos hombres jóvenes e inteligentes, si se los enfrenta con interpretaciones caducas respecto a las verdades vivientes que reconocen como tales. No les interesa el nacimiento virginal, sino la realidad de Cristo. Saben demasiado como para aceptar la inspiración verbal de las Escrituras, pero están dispuestos a creer en la palabra de Dios. Hoy, la vida está tan colmada de actividades, héroes, belleza, tragedias, hecatombes, realidades y gloriosas oportunidades, que la actual generación no tiene tiempo para ocuparse de las puerilidades de la teología. Afortunadamente existen, dentro de la Iglesia, unos pocos hombres de visión, que oportunamente cambiarán la actitud reaccionaria, pero esto llevará tiempo. Mientras tanto, los cultos y los “ismos” sofocarán a los pueblos, lo cual no tendría lugar si la Iglesia despertara y proporcionara, a una humanidad investigadora y apremiante, lo que necesita —nada de soporíferos, arbitrariedades ni dulces trivialidades, sino el Cristo viviente.

 

Si mal no recuerdo, después de seis meses de llevar esa vida, volví a ver al Obispo y le dije que Walter se comportaba bien. Entonces, bondadosamente se dedicó a buscar algún lugar donde pudiera nuevamente asumir su trabajo eclesiástico. Finalmente obtuvo una pequeña feligresía en un pueblo minero de Montana, con la salvedad de que parte de su estipendio debía enviármelo mensualmente. Mientras tanto, fui a vivir en una casita de tres habitaciones en un distrito más poblado de Pacific Grove. Esto ocurría en 1915, siendo la última vez que vi a Walter Evans. Nunca más envió parte de su estipendio y sus cartas eran cada vez más ofensivas, plenas de amenazas e insinuaciones. Nada podía hacer yo y comprendí que debía encarar la vida sola y hacer todo lo posible por mis tres pequeñas hijas.

 

La guerra en Europa estaba en pleno apogeo, e involucraba a cada uno de mis allegados. Esporádicamente recibía mi pequeña renta, pagaba altos impuestos y no llegaba la orden bancaria por haberse hundido el barco que traía la correspondencia. Me encontraba en una situación muy difícil; no tenía en el país pariente alguno a quien recurrir y (con excepción del Obispo y su señora) tampoco tenía amigos con quienes me hubiera complacido hablar. Sin embargo estaba circundada por buenos y bondadosos amigos, pero ninguno de ellos se encontraban en posición de ayudarme y, mirando atrás, dudo si les comuniqué cuán seria era mi situación. El Obispo quería escribir a mi familia comunicándole lo que ocurría, pero no se lo permití. Siempre creí fervientemente en el refrán que dice “de acuerdo a como hacemos nuestro lecho, así dormiremos”. No me ha gustado lloriquear ni quejarme a los amigos. Sabía que “Dios ayuda a quien se ayuda a sí mismo”, pero en esa época admití también que Dios me había fracasado y que no podía lloriquearLe.

 

Busqué por todas partes algo que hacer para ganar dinero, sólo descubrí ser una persona totalmente inútil. Podía hacer preciosos encajes, pero nadie los quería ni necesitaba, y tampoco había en Norteamérica material para hacerlos. No tenía aptitudes especiales ni sabía escribir a máquina; tampoco podía dar lecciones no sabía en qué ocuparme. En ese distrito sólo existía la industria de la sardina, y antes de permitir que mis hijas pasaran hambre, me ofrecí como obrera en esa industria.

 

Recuerdo el momento de crisis en que tomé esa resolución. Fue una gran crisis espiritual. Como señalé anteriormente, había llegado a Norteamérica con muchas dudas en mi mente, respecto a las verdades espirituales en las que podían tenerse fe. El estudio teológico que inicié al llegar aquí de nada me sirvió. Cualquier curso teológico quebranta la fe del hombre si no es suficientemente inteligente para hacer preguntas y si no acepta ciegamente lo que los eclesiásticos dicen. Los comentarios consultados en la biblioteca teológica, me resultaron vacuos, mal escritos y triviales. No respondían a ninguna pregunta; se ocupaban de abstracciones; eludían las realidades, aunque afirmaban conocer exactamente lo que Dios significaba e intentaba, y trataban de resolver todos los problemas citando a San Agustín, Tomás de Aquino y los santos de la Edad Media. Los teólogos nunca enfrentan los problemas básicos, se apoyan en la trivial afirmación de que “Dios lo dijo”. Quizás no lo dijera o tal vez la traducción fuera inexacta y la frase en consideración fue intercalada, de las que hay tantas en la Biblia. Entonces surgió la duda en mi mente: ¿por qué Dios habló únicamente a los judíos? No conocía en esa época otras Escrituras del mundo y, de haberlas conocido, yo no las hubiera aceptado como tales. Había partes del Antiguo Testamento que me escandalizaban y otras que me obligaban a preguntarme con frecuencia cómo se permitía su distribución por correo. En cualquier otro libro habrían sido calificadas de obscenas, pero en la Biblia estaban bien. Empecé a creer que mis interpretaciones no eran tan buenas como las de los demás. Recuerdo una vez, meditando sobre un versículo de la Biblia, donde dice: “Hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados”, me pareció como que Dios llevase un sinnúmero de estadísticas. Consulté a un teólogo en el Seminario, y en respuesta dijo que aquella afirmación bíblica demostraba que Dios no estaba limitado por el factor tiempo. A continuación descubrí que la Cruz no era un símbolo cristiano sino que antedataba al cristianismo, y eso fue el golpe definitivo.

 

Por lo tanto me encontraba totalmente desilusionada de la vida, de la religión, con sus afirmaciones ortodoxas, y de la gente, principalmente de mi marido, al que había idealizado. Anteriormente cientos y miles de personas me necesitaban, ahora nadie, excepto mis tres hijas. Sólo un puñado de ellas, muy ocupadas, se preocupaba de lo que podía sucederme, mientras que antes eran innumerables quienes lo hacían. Me parecía haber llegado a la etapa de total nulidad, desempeñando tareas hogareñas, llevando la rutinaria vida pueblerina con cientos de mujeres sin posición social alguna, sin educación ni talento, que se las arreglaban mejor que yo. Estaba cansada de lavar pañales, rebanar pan y untar manteca. Supe lo que era la desesperación absoluta; mi único consuelo eran las niñas, tan pequeñas que su falta de comprensión lo contrarrestaba.

 

La culminación de esto llegó un día en que, encontrándome tan desesperada, dejando las niñas al cuidado de una vecina me interné sola en el bosque. Durante horas estuve tendida boca abajo, luchando con mi problema; me levanté y, apoyada en un enorme árbol, que seguramente podría hoy reconocer si el terreno no se ha parcelado, me dirigí a Dios, diciéndole que no podía soportar más esta desesperación y que aceptaba lo que fuese si sólo me liberaba para llevar una vida más útil. Le dije que había agotado los recursos de hacer todo “en nombre de Jesús” y hecho lo imposible para bien de Él; que había barrido y limpiado, cocinado, lavado y cuidado de las tres niñas según mi capacidad, y ¿qué?

 

Recuerdo nítidamente la profundidad de mi desesperación al no recibir respuesta, pues estaba muy segura que al llegar al máximo obtendría respuesta, que percibiría alguna visión u oiría como otras veces, una voz que me diría lo que debía hacer. Pero no tuve la visión ni oí la voz, entonces volví apresuradamente a casa y preparé la cena. Sin embargo, había sido escuchada y no lo sabía; se estaba planificando mi liberación sin saberlo. Imperceptiblemente una puerta se abría y, aunque no lo comprendí, estaba frente al período más feliz y rico de mi vida. Años más tarde les dije a mis hijas que “nunca sabemos qué encontraremos en un recodo del camino

 

Al día siguiente fui a pedir trabajo a una de las grandes industrias de conservas de sardina. Lo obtuve, pues era la época de mayor trabajo y necesitaban obreras. Convine con una vecina en que ella se ocupara de las niñas, pagándole la mitad de mi jornal, cualquiera fuese. El trabajo era a destajo; sabía que era ágil, esperaba ganar buen dinero, y así fue. Salía de casa a las 7 de la mañana, volvía a las 4 de la tarde. Durante los tres primeros días el ruido, el olor, el ambiente, al cual no estaba acostumbrada, la larga caminata hasta la fábrica y el ir y venir, me afectaban tanto que al llegar a casa me desplomaba.

 

Pero me fui acostumbrando, pues la naturaleza es muy adaptable y considero ese período como la experiencia más interesante de mi vida. Estando entre la masa lugareña, no era nadie, y yo siempre había creído que era alguien. Desempeñaba un trabajo que cualquiera podía hacerlo, pues no era especializado. Primeramente estuve en la sección de etiquetas, pegándolas, en los grandes envases ovalados de las “Sardinas Del Monte”, pero el dinero que ganaba no era suficiente para compensar mi esfuerzo. En esa sección fueron todos bondadosos. Creo que se dieron cuenta de mis temores, porque cierta vez el obrero distribuidor de los envases en que se pegaban las etiquetas, dándome un golpecito en las costillas en forma grosera, me dijo: “He averiguado quien es usted. La hermana de mi mujer es de R... y me ha contado cosas de usted. Si necesita alguien que la defienda y la proteja de los insolentes, recuerde que aquí estoy”. Nunca volvió a hablarme, pero observé que me vigilaba. Desde entonces nunca me faltaron envases para pegar etiquetas y siempre le he estado agradecida.

 

Alguien me aconsejó que me cambiara a la sección de envasado de sardinas, así lo hice. Eran obreros incultos, mujeres bastantes toscas, mejicanos y un tipo de hombre que nunca había conocido, ni aún en el trabajo social. Al iniciarme en esa sección trataron de hacerme la vida inaguantable, burlándose de mí. No pertenecía a su categoría. Evidentemente era demasiado buena, excesivamente decente y no sabían qué pensar de mí. Un grupo tomó la costumbre de reunirse en la puerta de la fábrica y al yerme aparecer cantaban: “Más cerca de Ti, Dios mío”. Al principio no me agradaba y me estremecía pensar que tenía que atravesar esa puerta; pero, después de todo, por mi gran experiencia en manejar a los hombres, poco a poco fui conquistándolos hasta llegar en realidad a divertirme. Nunca me faltaba pescado para envasar. Sobre mi taburete llegaba misteriosamente todos los días un periódico limpio. Me cuidaban de todas maneras, y reiteraré que todo esto nada tenía que ver con mi atracción personal. No sabia cómo se llamaban. Nunca había tenido la más ligera atención hacia ellos, y a pesar de todo eran simplemente buenos conmigo y nunca los he olvidado. Aprendí a apreciarlos y llegamos a ser buenos amigos, pero nunca me agradaron las sardinas. Llegué a la decisión de que si debía ser envasadora de pescado, lo haría en forma tal que conviniera económicamente. Necesitaba ganar dinero para las niñas, de manera que me dediqué al problema del envasado. Observaba a otros envasadores; estudiaba cada movimiento que hacían para evitar todo esfuerzo innecesario, con el resultado de que, a las tres semanas, era la mejor envasadora de la fábrica. Mi promedio de embalaje sumaba diez mil sardinas por día, en varios cientos de envases. A los visitantes de la fábrica se os invitaba para yerme trabajar; me observaban atentamente y, como recompensa a mi buen trabajo, oía los siguientes comentarios: “Qué hace una mujer como ésta en una fábrica?”, “parece demasiado buena para este trabajo, pero probablemente sea mala”, “debe haber hecho algo en su vida para tener que hacer este tipo de trabajo”, “no nos dejemos engañar por las apariencias, probablemente sea una mala persona”. Trascribo estas frases literalmente. Recuerdo que una vez el capataz de la fábrica, al oír los comentarios que hacía un grupo de visitantes, observó el efecto que me producían. Habían sido especialmente groseros y mis manos temblaban de furia. Cuando el grupo se retiró, con una expresión bondadosa en su rostro se acercó y me dijo: “No se preocupe, señora Evans, aquí la llamamos «el brillante caído en el lodo»”. Esto me compensó ampliamente por todo lo que habían dicho. No es de extrañar mi inalterable e inmutable fe en la belleza y divinidad de la humanidad. La historia podía variar si esas personas hubiesen tenido obligaciones conmigo; pero todo ello expresaba la bondad espontánea del alma humana hacia quien sufría las mismas dificultades. Por regla general los pobres son bondadosos con los pobres.

 

Narraré otro relato que pone aún más de manifiesto esta bondadosa actitud humana. Una vez, al sonar la campana para el almuerzo, se me acercó un hombre de cierta edad, fuerte, bajo, sucio, mal oliente, con un aspecto terrible y me dijo: “Venga a la vuelta de la esquina que debo hablarle”. Nunca tuve miedo a los hombres, así que fui al lugar indicado. Metió la mano en el pantalón y extrajo la mitad de un delantal blanco y limpio y dijo: “Mire, señorita, esta mañana le hurté esto a mi mujer y lo colgaré de un clavo, no me gusta que se seque las manos en ese trapo sucio que hay en el baño de las mujeres, la otra mitad la colgaré cuando ésta se ensucie. Se fue sin darme tiempo a que le diera las gracias; no volvió a hablarme nunca más, pero siempre hubo un trapo limpio donde secarme las manos.

 

Estoy convencida de que en la vida cosechamos lo que sembramos; había aprendido a no adoptar actitudes de superioridad, ni a sermonear, sino sencillamente a ser bien educada y afable y, como consecuencia, obtuve de la gente buena educación y amabilidad y todo el mundo puede hacer lo mismo —ésta es la moraleja de mi relato. Recuerdo que hace algunos años vino una mujer a consultarme a la oficina de New York. El núcleo de su historia lo constituía los momentos difíciles por los que pasaba; todo el mundo murmuraba de ella y no sabía cómo evitarlo. Se lamentaba y lloraba; el mundo era cruel, porque contaba crueldades de ella y me pedía que por favor la ayudara. Como no la conocía e ignoraba los hechos, hice lo que pude. Lo curioso fue que días más tarde concurrí a un restaurante con mi marido Foster Bailey, y nos sentamos en un reservado. En otro, al lado nuestro, estaba esta mujer, aunque ella no me vio. Hablaba en voz alta y clara con una amiga, de manera que podía oír todas sus palabras. Lo que decía acerca de sus amigos era increíble. No pronunció una palabra amable. Le contaba a su amiga las cosas más abyectas sobre sus relaciones. Después de oírla llegué a la solución de su problema, y la próxima vez que vino a verme, le manifesté lo observado; quizás se lo dije en forma muy cruda, pues no volví a verla. Seguramente le resulté desagradable, porque ciertamente, no le habrá gustado oír la verdad.

 

Trabajé en la fábrica durante varios meses. Mientras tanto, Walter Evans, había abandonado Montana e ingresado a una Universidad al este del país, para seguir un curso de posgraduados. Raras veces tenía noticias suyas. No me enviaba dinero, y en 1916 consulté con un abogado a fin de obtener el divorcio. No podía enfrentar la perspectiva de volver a él y exponer a mis hijas a su malhumor y peor genio. No dio indicio de haber cambiado ni demostró mayor sentido de responsabilidad, en lo que se refería a mí y a las niñas. En 1917, cuando los Estados Unidos entraron en la guerra, fue a Francia con la Y.M.C.A. (Asociación Cristiana de Jóvenes) y se quedó allí hasta que finalizó la contienda. Su conducta fue distinguida y se le otorgó la Cruz de Guerra. Por lo tanto cancelé el proceso de divorcio, pues existía un fuerte sentimiento contra las mujeres que pedían el divorcio mientras sus maridos estaban en el frente. Nunca me pareció lógico que un hombre, ya sea en el frente o en su hogar, sea diferente. Tampoco he comprendido por qué a todo soldado se lo considera un héroe de guerra; probablemente ha sido enrolado sin tener otra alternativa. Conozco muy bien al soldado y sé cuánto detesta ser calificado de héroe por el público y los diarios.

 

Dejé de escribirle a Evans, y sentí un gran alivio al saber que estaba lejos. Mis hijas se ‘hallaban bien, siendo para mí un gran consuelo, y yo, a pesar de mis 46 kilos, gozaba de buena salud. Me arreglé para cuidarlas, y lentamente capeé el temporal. Aún me hallaba confusa espiritualmente, pero estaba demasiado ocupada en ganar dinero, cuidar de mis tres hijas y disponer de tiempo para pensar en mi alma

 

 

CAPITULO CUARTO

 

 

Walter Evans me abandonó cuando tenía 35 años. Por lo que he podido observar, esta edad es con frecuencia la encrucija­da para muchas vidas. A esa edad se sabe el trabajo que correspon­de realizar en la vida o si en determinada vida se ha de obtener cierta medida de plenitud y también ser de utilidad. Los adeptos a la ciencia de los números probablemente afirmarán que esto se debe a que 7 x 5 = 35; el número 7 indica la terminación de un ciclo completo y es una puerta abierta hacia una nueva experiencia; mientras que el 5 es el número de la mente y de la criatura inteli­gente llamada hombre. No sé si es así, pero algo debe existir en la ciencia de los números, porque se dice que Dios trabaja con números y fórmulas, pero nunca me han causado impresión estas deducciones.

 

Lo cierto es que en 1915 entré en un ciclo totalmente nuevo donde descubrí, por primera vez, que poseía una mente, y comencé a utilizarla y a comprobar su flexibilidad y potencia y a emplear­la como “faro” dirigido a mis propios asuntos e ideas, a las cues­tiones del mundo que me rodea y a un reino aún por descubrir, que podría denominarse espiritual —mundo que Patanjali, anti­guo instructor hindú, denomina “la nube de cosas conocibles”.

 

En la difícil época en que trabajaba como obrera de una fábrica, conocí la teosofía. No me gusta esta palabra, pese a su hermosa implicación y significado. Representa en la mente de la mayoría algo que esencialmente no es. Espero demostrar, si puedo, lo que realmente es. Esto señaló el comienzo de una nueva era espiritual en mi vida.

 

En Pacific Grove vivían dos inglesas que pertenecían a mi mismo medio social británico. No había entablado conocimiento con ellas, pero deseaba hacerlo, debido, en gran parte, a que me sentía muy sola. Anhelaba conocer a alguien de la madre patria; las había visto en las calles del pequeño pueblo. Corría el rumor de que preparaban una reunión en su casa para tratar un tema peculiar, y una amiga común me consiguió una invitación. Mis móviles no eran muy elevados, pues no iba movida por el deseo de escuchar algo nuevo e interesante u obtener ayuda, sino porque quería conocer a esas dos mujeres.

 

La charla me resultó pesada y el conferenciante muy pobre. No podía imaginarme otro peor que ése. Comenzó su charla con esta seca declaración: “Hace diecinueve millones de años, los Seño­res de la Llama vinieron de Venus y plantaron la simiente de la mente en el hombre”. Exceptuando a los teósofos presentes, no creo que en la habitación alguien supiese de qué hablaba. Nada de lo que decía tenía sentido para mí. Una de las razones era que en esos días yo compulsaba los ciclos evolutivos en la Biblia, la cual ubicaba la fecha de la creación en el año 4004 antes de Cristo. Había estado muy ocupada con mis funciones de madre como para tener tiempo de leer libros sobre la evolución. No me convencía mucho la teoría de la evolución y recuerdo haber leído a Darwin y a Herbert Spencer con el sentimiento de ser culpable y desleal a Dios. Pensar que el mundo tuviera diecinueve millones de años era una blasfemia.

 

El conferencista deambuló por todo el mundo del pensamiento. Informó al auditorio que cada uno de los presentes poseía un cuerpo causal y que aparentemente ese cuerpo estaba habitado por un agnishvatta. Me pareció toda una estupidez y dudo que un conferenciante así, pueda prestar ayuda a alguien. En ese mo­mento resolví, que si alguna vez tenía que dar una conferencia, no hacer lo que ese disertante teósofo había hecho. Pero logré una cosa, la amistad de esas dos mujeres. Me tomaron bajo su cuidado y me facilitaron libros. Entraba y salía de su casa y hacía la mar de preguntas.

 

Mis días se hicieron interminables. Me levantaba a las 4 de la mañana, limpiaba la casa, preparaba el almuerzo para las tres niñas, a las 6 les daba el desayuno, después de lavarlas y vestirlas. A las 6.30 de la mañana las llevaba a casa de la vecina e iba a la fábrica a envasar las dichosas sardinas. Por la tarde, si el tiempo era bueno, almorzaba en la playa. Generalmente a las 4 ó 4.30 de la tarde regresaba a casa. En invierno, me quedaba en casa para jugar con mis niñas o leerles. En verano las llevaba a la playa. A las 7 de la tarde regresábamos para la cena y luego las acostaba. Después ponía la ropa en remojo o el pan a leudar, me acostaba y leía sin descanso hasta la media noche.

 

Soy de ese tipo de persona que, por temperamento, requiere dormir pocas horas. Siendo aún niña, un médico (que me conocía muy bien) me dijo que sólo necesitaba cuatro horas de sueño, y tenía razón. Hasta ahora me levanto habitualmente a las 4.30 y, después de desayunarme, escribo y trabajo hasta las 7. Éste ha sido el ritmo de mi vida y quizás una de las razones por las que he podido realizar tantas cosas.

 

Otra de las razones que me ayudó a trabajar tan arduamente fue la disciplina extremadamente ordenada que observé durante mi niñez, por eso nunca pude estar ociosa. Tampoco se me permitió estar sin hacer nada, de manera que siempre hago algo. Hay una tercera razón y creo que será de utilidad para muchas personas. Ansiaba conocer tantas cosas que debía buscar tiempo para ello, y a la vez ocuparme de mis hijas. Nunca las descuidé, pero me exigió mucha reflexión, planeamiento y disciplina. Así aprendí a planchar, teniendo un libro delante, y hasta hoy puedo leer y planchar simultáneamente sin quemar la ropa. Aprendí a pelar papas mientras leía, sin cortarme, y puedo desgranar y limpiar guisantes leyendo un libro; cuando coso o remiendo siempre leo, porque deseo obtener mayor conocimiento, y muchas mujeres po­drían hacer lo mismo si en verdad se interesan. Pero ocurre que no tienen suficiente interés. Además leo con gran rapidez, cap­tando párrafos y hasta páginas enteras con igual prontitud con que los demás leen una frase. No recuerdo el término técnico para denominar esta capacidad visual. Muchas personas lo hacen y mu­chas más podrían realizarlo si se lo propusieran.

 

Llegué a un arreglo con mi propia conciencia, en lo que respecta a mi deber de madre y ama de casa. Tuve oportunidad de obser­var a una señora amiga que tenía cinco hijos, quien aparente­mente había recibido un llamado del Señor para ir a enseñar, y así lo hizo, pero a expensas de los niños, que dejó al cuidado de la hija mayor de sólo 15 años. La muchacha hacía lo que podía, pero atender cuatro criaturas es algo serio. Teníamos que ayu­darla a darles de comer, bañarlos y disciplinarlos cuando era nece­sario. Fue una lección para mí, y un terrible ejemplo de lo que no debía hacer. Por eso decidí que hasta que mis niñas no llegaran a la mayoría de edad, dedicaría todo el tiempo a ellas y al hogar. Llegado ese momento y cuando pudieron ayudar, nos repartimos el trabajo.

 

Alrededor de 1930, cuando las tres eran prácticamente mayores, les dije que debían considerarme como consejera y madre. Pero habiéndoles dedicado ya veinte años enteros, desde este momento antepondría a ellas mi tarea pública. También les recordé que siempre estaría con ellas, creo que lo recordarán o lo harán des­pués que me haya ido de este mundo.

 

De manera que leí, estudié y reflexioné. Mi mente despertó, mientras luchaba con las ideas presentadas y trataba de adaptar mis propias creencias a los nuevos conceptos. Entonces conocí a dos señoras ancianas que vivían en dos chalets contiguos, lo cual era indispensable, pues disputaban todo el tiempo. Ambas habían sido discípulas personales de H. P. Blavatsky, recibiendo de ella entrenamiento y enseñanza.

 

Conocí La Doctrina Secreta, grandiosa obra de H. P. B. Me in­trigó, aunque me dejó totalmente desconcertada. No entendía nada. Para los principiantes es un libro muy difícil, está mal recopilado y carece de continuidad. H. P. B. empieza con un tema, se desvía a otro, inicia, dilucida extensamente un tercero y, si seguimos, hallaremos que vuelve al tema original después de sesenta o se­tenta páginas.

 

Claude Falls Wright, secretario de E. P. B., me dijo que al preparar esta monumental obra (porque en verdad lo es), su auto­ra escribía una página tras otra sin enumerar, arrojándolas al suelo a medida que las llenaba. Terminada la tarea del día, el señor Wright y otros ayudantes, recogían las hojas y trataban de ordenarlas, y según decía, lo admirable es que el libro haya salido tan claro. Su publicación constituyó un gran acontecimiento mun­dial, y la enseñanza contenida ha revolucionado el pensamiento humano, aunque la gente no lo crea.

 

Las horas dedicadas a su estudio las considero como las más valiosas de mi vida, y los antecedentes y conocimientos que me aportaron hizo posible lo mejor de mi trabajo en el campo ocul­tista. Pasaba las noches en la cama leyendo La Doctrina Secreta y contra mi costumbre olvidaba leer la Biblia. Me agradaba ese libro, y al mismo tiempo me disgustaba de todo corazón. Creí que estaba mal escrito, que era incorrecto e incoherente, pero no podía dejarlo.

 

Fue entonces que estas dos señoras ancianas me tomaron a su cargo. Día tras día, durante semanas, se dedicaron a enseñarme. Me mudé a una pequeña casa para estar cerca de ellas. Era un lugar seguro para mis criaturas, con árboles para trepar, un jardín que arreglar y nada que pudiera causarme ansiedad. Mientras mis hijas jugaban, me sentaba en el porche de uno de los chalets y conversaba y escuchaba. Muchos de los discípulos personales de H. P. B. me ayudaron, y personalmente se preocuparon de hacerme comprender lo que despertaba en el pensamiento humano la apa­rición de La Doctrina Secreta.

 

Me ha causado siempre gracia que los teósofos ortodoxos desaprobaran mi forma de presentar las verdades teosóficas. Pocos o ninguno de los que han manifestado su desaprobación, tuvieron el privilegio de recibir enseñanza de los discípulos personales de E. P. B. durante meses y semanas enteras; estoy absolutamente segura de que, gracias a esos antiguos estudiantes, poseo una percepción más clara que la mayoría de ellos, sobre lo que La Doctrina Secreta está destinada a difundir, y ¿por qué no había de tenerla? Me enseñaron bien y estoy agradecida.

 

Luego me asocié a la logia teosófica de Pacific Grove y comencé la enseñanza. Recuerdo el primer libro que comenté. Era la gran obra de la señora Besant: Estudio sobre la Conciencia. No sabia nada acerca de la conciencia ni podía definirla. Aprendía seis páginas a la vez, antes de dar clase, arreglándomelas para que no se dieran cuenta, y nunca descubrieron lo poco que sabía; pero sé que si los estudiantes aprendían, yo aprendía mucho más. ¿Qué había en esta enseñanza que comenzó a satisfacer mi mente inte­rrogadora, y mi perturbado corazón? Había ido a la deriva sobre un pináculo de insatisfacciones. En esa época sólo tenía la segu­ridad de dos cosas: la realidad de Cristo y ciertos contactos inter­nos que no podía negar, sin ser deshonesta conmigo misma, aun­que no podía explicarlos. Con gran asombro de mi parte, la luz comenzó a alborar. Descubrí tres nuevas ideas básicas, nuevas para mí, y eventualmente todas encajaron con el programa gene­ral de mi vida espiritual, proporcionándome la clave de los asun­tos mundiales. No hay que olvidar que había comenzado la pri­mera fase de la guerra mundial (1914-1918); estoy escribiendo esto al final de la segunda fase (1939-1945).

 

Primero descubrí que existe un grandioso y divino Plan. Me di cuenta de que nuestro universo no está formado por “un fortuito conglomerado de átomos”, sino que es el desarrollo de un gran diseño o canon para la gloria de Dios. Descubrí también que una raza humana tras otra, han aparecido y desaparecido eh nuestro planeta y que cada civilización y cultura ha visto a la humanidad dar un paso más avanzado en el sendero de retorno a Dios. Se­gundo, descubrí que existen Quienes son responsables del des­arrollo del Plan, que paso y a paso y etapa tras etapa han guiado al género humano en el trascurso de los siglos. Hice un descu­brimiento asombroso, asombroso porque poco sabía, que la en­señanza sobre este Plan o Sendero era idéntica, ya fuera presen­tada en Occidente u Oriente o impartida antes o después de la venida de Cristo. Descubrí que el Cristo estaba a la cabeza de esta Jerarquía de Guías espirituales, y cuando me di cuenta de ello, tuve la sensación de que había vuelto a mí, en forma más íntima y estrecha. Supe que era “Maestro de Maestros e Instructor de ángeles y hombres”, que los Maestros de la Sabiduría eran Sus estudiantes y discípulos, del mismo modo que personas como yo éramos estudiantes de algún Maestro. Aprendí que, cuando en mis días de ortodoxia hablaba sobre Cristo y Su Iglesia, en reali­dad hablaba sobre el Cristo y la Jerarquía planetaria. Supe que la presentación esotérica de la verdad de ninguna manera disminuía al Cristo. Por cierto, Él era el Hijo de Dios, el Primogénito de una gran familia de hermanos, como ha dicho San Pablo, garan­tizando nuestra propia divinidad.

 

La tercer enseñanza que descubrí y me costó aceptarla por largo tiempo, fueron dos creencias, la Ley de Renacimiento y la Ley de Causa y Efecto, llamadas Leyes de la Reencarnación y del Karma respectivamente por los teósofos, que tan a menudo quieren aparecer como eruditos. Personalmente creo que esta enseñanza tan necesaria habría hecho progresos más rápidos si los teósofos no se hubiesen dejado llevar por el espejismo de los términos sánscritos. Si hubieran enseñado la Ley de Renacimiento en vez de la Doctrina de la Reencarnación y presentado la Ley de Causa y Efecto en vez de la Ley de Karma, se hubiera producido un reconocimiento más general de la verdad. No digo esto con espí­ritu crítico, porque también sucumbí al mismo espejismo. Echan­do una mirada retrospectiva a mis primeras clases y conferencias, no puedo menos que sonreírme del generoso empleo de frases téc­nicas con palabras sánscritas, y las detalladas referencias que hacía sobre la Sabiduría Antigua. Me he dado cuenta que a me­dida que he envejecido soy más sencilla y tal vez un poco más sabia.

 

Cuando descubrí que existe una Ley de Renacimiento, hallé que muchos de mis problemas, personales e individuales, podían ser solucionados. Gran parte de quienes estudian la Eterna Sabi­duría les resulta difícil al principio, aceptar el hecho de la Ley de Renacimiento. Parece ser muy revolucionaria, tendiendo a evocar un espíritu de cansancio y fatiga espiritual. Una sola vida es lo bastante dura, como para detenernos a pensar sobre las numero­sas vidas que hemos pasado y las que tenemos por delante. Sin embargo, si comparamos las alternativas de la teoría, resulta ser la mejor y más aceptable. Existen sólo otras dos teorías que real­mente merecen atención. Una es la alternativa mecánica que con­sidera al hombre como si fuera puramente material, sin alma y efímero, de manera que cuando muere se disuelve en el polvo del cual ha salido. El pensamiento, según esta teoría, es simple­mente una secreción del cerebro y de su actividad, así como otros órganos producen su peculiar secreción fenoménica y, por lo tanto, no existe ninguna finalidad ni razón para que el hombre exista. Esto yo no podía aceptarlo, ni nadie lo acepta ampliamente.

 

Luego tenemos “la creación única”, teoría que sustenta el cris­tiano ortodoxo, la cual sostuve sin cerciorarme de su veracidad. Esta teoría presenta a un Dios inescrutable que trae a la exis­tencia almas humanas durante una sola vida, y de acuerdo a sus actos y pensamientos en esa vida así será su futuro eterno. Esto no le concede al hombre un pasado sino un presente importante y un interminable futuro, que depende de las decisiones tomadas en una sola vida. Lo que rige las decisiones de Dios, respecto al lugar, raigambre y dotes, correspondientes al hombre, son desco­nocidas. Aparentemente no tiene lógica la actuación de Dios en este Plan de “la creación única”. Me ha preocupado mucho esta aparente injusticia de Dios. ¿Por qué tenía yo que nacer en cir­cunstancias tan auspiciosas, rica, hermosa, con buenas oportuni­dades y las numerosas experiencias interesantes que la vida me ha deparado? ¿Por qué tiene que haber gente como aquel mísero soldado, de quien me rescató la señorita Sandes, que nació pobre, sin don alguno, evidentemente sin raigambre ni capacidad para lograr éxito en esta vida? Ahora sé por qué podía dejarlo en ma­nos de Dios; sabía que ambos, él y yo, en su propio lugar, ascen­deríamos la escala de evolución vida tras vida, hasta que algún día, para cada uno de nosotros, resultaría verdad de que “como Él es, así somos nosotros en este mundo”.

 

Me parecía razonable que “lo que un hombre siembre, eso cose­chará”. Me regocijaba que podía citar a San Pablo y al mismo Cristo para sustanciar estas enseñanzas. Una clara luz se vertía sobre la antigua teología. Empezaba a descubrir que lo único errado eran las interpretaciones de la verdad hechas por el hombre, y a darme cuenta de cuán estúpido era aceptar, tanto de un predi­cador erudito o un estudioso, lo que ellos imaginaban que Dios quiso significar. Si estaban en lo cierto, intuitivamente se sabría, pero la intuición no actúa, a no ser que la mente esté desarro­llada, y eso ha traído mucha dificultad. La masa no piensa y el teólogo ortodoxo, diga lo que diga, siempre tendrá seguidores. Con la mejor intención del mundo explota así a los irreflexivos. Se me ocurrió también que no existía razón para aceptar la inter­pretación de la Biblia, hace 600 años, por algún sacerdote o ins­tructor, en una forma probablemente adecuada a ese tiempo y época, pero no aceptable para esta era y civilización distintas, con problemas ampliamente diferentes. Si la verdad acerca de Dios es verdadera, entonces debe ser expansiva e incluyente, no reaccio­naria y excluyente. Si Dios es Dios, Su divinidad debe adaptarse a la divinidad que empieza a surgir en los hijos de Dios, y hoy un hijo de Dios es una expresión muy distinta de la divinidad de un hijo de Dios de hace 5.000 años.

 

Como podrán observar, mi horizonte espiritual se ampliaba. Se hizo la luz en los cielos, y había dejado de ser un esforzado dis­cípulo, aislado, abandonado, inseguro de todo y, según yo creía, sin tener nada que hacer. Percibí lentamente que formaba parte de una gran comunidad de hermanos. Vislumbré claramente que podía colaborar en el Plan si lo deseaba, buscar a los que habían trabajado conmigo en vidas anteriores, procurando que mi siem­bra fuera buena, y hallar el lugar que me correspondía en la tarea de Cristo. Traté de acercarme un poco más a esa Jerarquía espiritual, que inconscientemente siempre supe existía y parecía necesitar colaboradores.

 

Todas estas cosas empezaron a desarrollarse gradualmente en mi conciencia entre 1916 y 1917. No surgieron en mí como ideas bien perfiladas y formuladas, sino como verdades que iba reconociendo lentamente y a las cuales me ajustaba gradualmente, y debía en­contrar la forma de aplicarlas. Observé mi propia vida. Analicé a mis tres hijas a este respecto, y lo hallé muy iluminador. Descu­brí que el karma que me liga a mi hija menor Ellison, es princi­palmente físico. Le salvé la vida año tras año, con asiduo cuidado. Durante ocho años durmió conmigo, por prescripción médica, para que pudiera absorber mi vitalidad. Día tras día, vigilándola cui­dadosamente y evitándole practicar ejercicios violentos, trepar a una colina o subir una escalera, logré curarla de una dificultad cardíaca, siendo hoy la más fuerte de la familia. Actualmente Ellison ya no me necesita. Se ha casado y es feliz, reside en la India y tiene dos hijos. Estoy segura que está orgullosa de mí, pero nuestra relación pertenece al pasado. El vínculo entre mi hija mayor y yo, es muy íntimo, y probablemente a ello se debe que tengamos terribles reyertas. Existe entre nosotras un fuerte apego interno y aunque actualmente la veo muy poco, estoy segura de ella y ella de mí. Mi segunda hija, Mildred, tiene un karma muy unido al mío. Nos sentimos peculiarmente apegadas una a la otra, sin embargo sé que ella se siente totalmente libre. Aunque se ha casado dos veces, hemos estado juntas en las circunstancias más extrañas; le estoy agradecida por su amor y sobre todo por su amistad. Sería bueno que madres e hijas y padres e hijos valo­raran, algo más de lo acostumbrado, la amistad en sus relaciones. Estoy convencida de que si pudiera ver retrospectivamente nues­tras relaciones pasadas, de acuerdo a la Ley de Renacimiento, la actual situación feliz entre mis hijas y yo, sería claramente expli­cada. No debe inferirse por eso que siempre nos hemos llevado bien. Han habido escenas tormentosas y malos entendidos. No siempre me han comprendido, y con frecuencia me han hecho sufrir, deseando cambiar las cosas, en la esperanza de que actua­ran de modo distinto, etc., etc.

 

Hacia fines de 1917 Walter Evans fue a Francia con la Asocia­ción Cristiana de Jóvenes, y el Obispo, amigo mío, arregló para que me asignaran cien dólares mensuales de su salario, que esta Asociación me enviaba directamente, hasta que terminó su tra­bajo con ellos. Esa suma, más mi pequeña renta, que empezó a llegarme regularmente, permitió dejar mi tarea en la fábrica en­vasadora de sardinas y hacer otros planes. Mi trabajo en la logia teosófica de Pacific Grove comenzaba a dar resultados y yo empe­zaba a ser conocida como estudiante.

 

En vista de que mis finanzas eran más o menos estables, me sugirieron ir a Hollywood, donde estaba la Sede de la Sociedad Teosófica, en Crotona. Decidí mudarme, y nos fuimos a fines de 1917. Encontré una pequeña casa cerca de esa sede y me establecí allí con las niñas en Beechwood Drive.

 

Hollywood no estaba entonces tan corrompida. La industria cinematográfica era por supuesto la más importante, pero en esa época la ciudad era muy sencilla. Las calles principales estaban bordeadas por árboles de pimienta y no había la inquietud, el impetuoso impulso ni el falso brillo y fulgor de la moderna Holly­wood de hoy. En esos días era un lugar mucho más apacible y reposado. Quiero dejar constancia de la impresión perdurable que llevé cuando dejé la ciudad, respecto a la rectitud, amabili­dad, amplitud y comprensión de los grandes artistas de cine. He conocido a muchos de ellos, y son magníficos y humanos. Por su­puesto, existe cierto elemento malo, pero ¿en qué sector de la sociedad humana no lo hay? En todos los grupos, comunidades, clases y organizaciones, tenemos gente mala. Hay también personas extraordinariamente buenas, otras de absoluta mediocridad, que no tienen suficiente desarrollo para ser muy buenas o muy malas.

 

Hace algunos años, estando en Nueva York y encontrándome en un taxi por la Quinta Avenida, de pronto el conductor se volvió y me preguntó: “Dígame señora, ¿ha conocido usted alguna vez a un judío bueno?” Le respondí que sí, efectivamente, y que algu­nos de mis amigos más íntimos eran judíos. Entonces me preguntó si había conocido algún judío malo, y le contesté que había cono­cido muchos. El hombre me interrogó luego si conocía algún cris­tiano bueno, y naturalmente le repliqué: “Por supuesto, en reali­dad creo ser uno de ellos”. Y a continuación, si conocía algún cristiano malo y también mi respuesta fue afirmativa. “Entonces señora, usted verá que sólo quedan seres humanos”. Tal ha sido mi experiencia en todas partes. No importa a qué raza o nación pertenezcamos, en el fondo, básicamente, todos somos iguales. Cometemos las mismas faltas, tenemos iguales fracasos, las mis­mas urgencias y aspiraciones, las mismas metas y deseos; creo que debemos comprender esto en forma más aguda y práctica.

 

Necesitamos también liberarnos de la impronta que en nosotros ha plasmado la historia y sus nacionalismos cristalizantes. La his­toria de cada nación es penosa, y condiciona nuestro pensamiento. Grandes formas mentales nacionales rigen las actividades de cada nación, y de ellas debemos liberarnos. Podemos comprobarlo fácil­mente si observamos a alguna de las naciones más destacadas y sus características. Tomemos los Estados Unidos por ejemplo. Los Padres Peregrinos dejaron en este país su sello y marca, pero estoy de acuerdo con un amigo cuando dice que los verdaderos funda­dores de esta parte de América fueron las valientes madres pere­grinas, pues se adaptaron a vivir con los padres peregrinos, siendo femenina la civilización de los Estados Unidos. Esos Padres Peregrinos deben haber constituido un grupo de hombres de mente estrecha, duros, que se creían superiores, de difícil convivencia y que siempre tenían razón.

 

La cautela, la reticencia y el sentido de superioridad de los británicos es algo que ellos mismos debieran superar; también debe ser restablecida para bien de Europa, e igualmente superada la certeza de los franceses acerca de la gloria de Francia, que la convirtió en guía durante la Edad Media. Toda nación tiene fallas destacables, de las cuales las demás naciones son conscientes, más que de sus virtudes. La vivencia de América se olvida ante la irrita­bilidad que evoca nuestra jactancia. La justicia inherente al britá­nico no se tiene en cuenta cuando vemos que el mismo británico rehúsa dar explicaciones acerca de sí mismo. El brillante intelecto francés no es acentuado por quienes son conscientes de la total carencia de conciencia internacional por parte de Francia. Hoy día, los Estados Unidos, con su juventud exuberante, su promete­dora seguridad y su habilidad juvenil para solucionar sus propios problemas y los del resto del mundo, va llevando esa herencia hacia un futuro de utilidad maravillosa y de belleza sin parangón.

 

Las mismas criticas y virtudes podrían adjudicarse a cada na­ción, y lo mismo sucede con la gente. Todos tenemos fallas muy manifiestas que nos denuncian ante el mundo en forma tan elo­cuente, que nuestras virtudes igualmente manifiestas son olvida­das. Una de las cosas que más me molestaba cuando empecé a escribir esta autobiografía, fue el temor de que, inconscientemente quizás y sin deliberada intención, me colocara en la mejor posi­ción posible. Tengo buenas cualidades; no puedo ser desviada de mis propósitos; amo realmente a la gente; no tengo el menor orgu­llo. Tengo fama de orgullosa, y creo que se debe principalmente a mi apariencia; acostumbro a caminar muy erecta y con la cabeza erguida, pero así andaría todo aquel que (como discípulo en un aula) hubiese tenido que dar lecciones con tres libros sobre la cabeza y una ramita de espinoso muérdago bajo la barbilla. No creo ser egoísta ni pienso mucho en mi salud; creo poder decir hones­tamente que no practico la autoconmiseración. Soy normalmente conservadora, y aunque acostumbraba a ser muy criticona, ya no lo soy, porque tengo la virtud de ver por qué la gente es como es, pues a pesar de sus fallas, mi actitud hacia ella no se altera. No guardo rencor, quizás debido a que estoy demasiado ocupada y porque no admito el menor vestigio de veneno en mi alma. Sé que tengo un carácter irritable y admito que a los demás les resulte difícil convivir conmigo, porque me obligo a mí misma y a los que están asociados conmigo; pero mi falla más destacable, la cual me ha causado más dificultades durante mi vida, es el temor.

 

Menciono esto deliberadamente, por haber descubierto que mis amigos y estudiantes sienten gran alivio cuando se dan cuenta que he sido víctima del temor toda mi vida, y esto los ayuda. He temido al fracaso, a tener defectos, a lo que la gente pudiera pen­sar de mí, y temo a la oscuridad y también a que la gente me considere superior. Siempre me ha parecido perjudicial ser puesta en un pedestal y considerada de esa manera. En esto estoy de acuerdo con el proverbio chino que dice: “Quien está colocado en un pedestal no puede moverse sino para descender de él”. En­cuentro irritante la actitud que adoptan los guías de grupo o ins­tructores esotéricos, así como la de muchos sacerdotes y clérigos. Adoptan una pose como si realmente fueran los ungidos del Señor; actúan como si fueran distintos de los demás, y no como seres humanos que tratan humildemente de ayudar a sus semejantes. Como resultado de mi raigambre y entrenamiento, sentía temor por lo que la gente podía decir. Esto ya no me preocupa, pues he des­cubierto que con razón o sin ella, siempre estamos equivocados para cierto sector del público. La mayoría de mis temores se deben a otras personas (mi esposo y mis hijas); además siento un miedo personal que nunca he podido desarraigar, es el temor a la oscu­ridad de la noche, si me encuentro sola en la casa o departamento. Nunca conocí lo que era este temor, hasta que trabajé en el Hogar para soldados en Quetta; en esa época tuve una experiencia que significó mucho para mí, y aunque no he permitido que afectara mis actos, tuve que luchar contra ella, por eso enseñé a mis tres niñas a no temer a la oscuridad.

 

Mi compañera de tarea se había enfermado gravemente de tifus. La cuidé durante la crisis, hasta que la llevaron al hospital, que­dándome completamente sola en el enorme edificio; siendo entonces muy joven y muy decente, no permití que los dos administradores del Hogar (dos ex soldados ingleses) durmieran en la misma casa, porque pensé que ello daría ocasión a murmuraciones y habladurías, de modo que cada noche, cuando los soldados se iban, uno de los administradores me acompañaba hasta mi cuarto; a las 11.30 p. m. más o menos echaba un vistazo al baño y armarios, miraba debajo de la cama y cerraba con llave todas las puertas que daban a mi habitación. Luego estaba atenta cuando cerraba las otras habitaciones. Mi dormitorio tenía cuatro puertas; una daba a la galería, otra a la sala, una tercera a la habitación de mi compañera y otra al baño. Nunca me sentí nerviosa y la requisa de mi habitación fue una precaución de ese buen hombre. Mi cama ocupaba exactamente el centro de la habitación y tenía las patas dentro de hondos platillos con agua, en prevención de los insectos. En esa época, en la India, se dormía siempre con una lámpara encendida.

 

Cierta vez me desperté a las dos de la mañana, al oír un ruido en la sala, y vi que el picaporte de la puerta se movía y daba vuelta. Afortunadamente estaba con llave. Sabía que no podía ser uno de los administradores, no pude ver ni oír al sereno, y pensé que sería algún montañés o ladrón que trataba de llegarse hasta la sala donde estaba la caja fuerte. Muchos cientos de rupias se depositaban allí cada noche. Era esa época del año en que se permitía a las tribus montañesas bajar hasta el acantonamiento. Se doblaban las guardias y se tomaban las debidas precauciones para mantenerlas bajo vigilancia, pues en la frontera se vivían días tor­mentosos. Sabía que si lograban entrar en mi habitación signifi­caría mi fin, porque era una gran virtud matar a una mujer blanca. Me veía con un cuchillo clavado en el corazón. Durante cuarenta y cinco minutos, sentada en la cama, observé cómo trataban de derribar las sólidas puertas. Sin duda no se atrevían a ir hasta la puerta de la galería por temor a ser vistos, y para llegar hasta mí por el baño o por la otra habitación, hubieran tenido que derribar dos puertas en cada caso, a riesgo de hacer demasiado ruido. Des­cubrí entonces que cuando el temor alcanza cierto grado de inten­sidad, nos sentimos tan desesperados que enfrentamos cualquier peligro. Me levanté, abrí la puerta y vi a los administradores que se consultaban para golpear la puerta y despertarme, sin saber si estaba viva o muerta. Habían dormido en carpas en el jardín y capturado a dos montañeses, y muy estúpidamente no se les había ocurrido golpear fuerte la puerta y llamarme, pues en ese caso no me hubiese asustado. Después de este episodio, mi servidor, el viejo Bugaloo, durmió siempre afuera en la galería, donde podía llamarlo fácilmente.

 

Dos o tres meses después, regresé a mi patria, y fui a pasar varias semanas a una antigua casona escocesa, como lo hacía mu­chos años, en mi infancia. En la casa había muchos huéspedes, dieciocho más o menos, y por error cierta noche un hombre muy simpático entró en mi alcoba (porque su habitación era contigua a la mía). Había estado leyendo hasta tarde en la planta baja, y mientras subía, el viento le apagó la vela y al mismo tiempo abrió la puerta de mi habitación. Creyó que encontraría la suya fácil­mente, palpando la pared, ya que su habitación estaba al lado de la mía. Al hallarse con una puerta abierta, pensó lógicamente que era la de su habitación. Entre tanto el viento me había despertado, y al saltar de la cama para cerrar la ventana, tropecé con él. Esto que coronaba mi experiencia de unos meses atrás, agravó las cosas y contribuyó a cimentar un estado de temor que nunca he podido vencer.

 

He tenido otros dos grandes sustos en mi vida al encontrarme sola en una casa, y no pretendo tener valor, excepto no permitir que condicionen mis actos y poder quedarme sola cuando me veo obligada a ello. Me aterrorizan las cosas que puedan sucederle a mis hijas, y como tengo una excesiva imaginación, sé que gran parte de mi vida la he destinado a preocuparme de cosas que nunca han sucedido.

 

El temor es la característica básica de la humanidad. Todo el mundo tiene miedo, y cada uno siente temor hacia algo especial. Si alguien me dice que nunca tuvo miedo, miente. Siente temor a algo. No hay por qué avergonzarse de ello y, con frecuencia, cuan­to más evolucionada y sensible es una persona, mayores son sus temores. Independientemente de sus temores y fobias particulares, las personas sensibles son propensas a sintonizar los temores, de­presiones y terrores de los demás. Por lo tanto captan temores que no les pertenecen, pero son incapaces de diferenciar los propios e innatos. Esto es muy cierto en la actualidad. Temor y terror rigen el mundo y muy fácilmente la gente es dominada por el temor. La guerra engendra el temor, y Alemania con sus tácticas terro­ristas lo utilizó e hizo todo lo posible por acrecentarlo en el mundo. Tomará mucho tiempo eliminar el temor, pero avanzamos un paso cuando hablamos o trabajamos por la seguridad de todos.

 

Existen escuelas de pensamiento que enseñan que el temor ma­terializará aquello que tememos si nos dejamos llevar por él. Per­sonalmente no lo creo, porque durante mi vida temí por cosas que nunca se produjeron, y como poseo un fuerte poder mental hubiera podido materializar algo fácilmente. Quizás se pregunten: ¿cómo se puede combatir el temor? Bien, sólo puedo explicar lo que me ha dado buenos resultados. Nunca combato el temor. Adop­to la posición positiva de que si es necesario puedo vivir con mis temores sin prestarles atención. No lucho contra ellos ni discuto conmigo misma; simplemente reconozco mis temores por lo que son, y sigo adelante. Creo que la gente debe aprender a aceptar con más paciencia las cosas como son y no perder el tiempo force­jeando consigo mismo y con sus problemas individuales. Los pro­blemas de otros nos resultan más provechosos desde el punto de vista de la ayuda general. La concentración en el servicio puede llevar y en verdad lleva, al olvido de sí mismo.

 

También me he interrogado: ¿por qué no he de sentir temor? Todo el mundo lo tiene y quién soy yo para estar exenta de la suerte común. Este mismo argumento puede ser aplicado a muchas cosas. Hay escuelas de pensamiento que engañan al público cuando le dicen que, por ser divino, el hombre está exento de dolor, mala salud y pobreza. Por supuesto, la mayoría son sinceras, pero su énfasis es erróneo, pues obligan a pensar que el bienestar mate­rial y la prosperidad son de enorme importancia, que todos tienen derecho a ello y que lo obtendrán si afirman su divinidad, la cual poseen, pero no están suficientemente evolucionados para expre­sarla. ¿Por qué debo estar yo exenta de esas cosas cuando toda la humanidad sufre por ellas? ¿Por qué he de ser rica, si ni la pobreza ni la riqueza tienen importancia? ¿Quién soy yo para disfrutar de una salud perfecta, cuando el destino de la humanidad, en esta época, parece ser todo lo contrario? Creo firmemente que cuando por medio del proceso evolutivo, pueda expresar con toda plenitud la divinidad que mora en mí, gozaré de perfecta salud. No me importara ser rica ni pobre ni tampoco popular entre otras personas.

 

Expongo esto objetivamente, porque tales doctrinas engañosas arrastran la conciencia pública y conducen eventualmente a la desilusión. Llegará el momento, cuando nos liberemos de todos los males de la carne, que obtendremos un sentido distinto de los valores y no utilizaremos nuestros poderes divinos para obtener bienes materiales. Todas las cosas buenas llegan a los que viven inofensivamente y son al mismo tiempo bondadosos y considera­dos. La inofensividad es la clave de todo, y dejo que descubran por sí mismos cuán difícil resulta ser inofensivos en palabra, acción y pensamiento.

 

La vida en Hollywood se me hizo más fácil. Mis niñas estaban en edad para asistir a la escuela y al jardín de infantes. Hice muchos amigos, y en Crotona los jardines de la Sede Teosófica, eran hermosos. La comunidad consistía de más o menos quinien­tas personas, algunas de las cuales vivían allí y otras en Holly­wood o Los Angeles. Había salones para conferencias, aulas, un santuario, donde se reunían los miembros de la sección esotérica, y una cafetería. El lugar era muy bien administrado y al llegar me pareció un paraíso terrenal, considerando a todos profunda­mente espirituales. Creí que los dirigentes e instructores eran por lo menos iniciados de alto grado. Asistí a reuniones y clases y aprendí mucho, por lo que estoy muy agradecida. Después de poco tiempo, se me pidió encargarme de la cafetería y, bendita ignorancia, acepté muy regocijada la responsabilidad. Por supues­to era un establecimiento estrictamente vegetariano, y me había hecho vegetariana desde que conocí las enseñanzas teosóficas. Mis hijas nunca habían probado carne, pollo ni pescado, y yo sufría del común complejo de superioridad que tan a menudo carac­teriza en forma destacada al vegetariano.

 

Estoy convencida de que en la vida de todo discípulo llega siem­pre una etapa en que se debe ser vegetariano. Del mismo modo llega una vida en que el hombre o mujer deben ser célibes. Esto sirve para poder demostrar el control adquirido sobre la naturaleza física. Cuando uno ha aprendido a ejercer ese control y ya no es atraído por los apetitos de la carne, puede casarse o no, comer carne o no y hacer lo que mejor le plazca o le indique su karma o las circunstancias. Una vez logrado, la situación cambia. Las dis­ciplinas físicas constituyen un aspecto del entrenamiento, y cuan­do se aprende la lección, ya no son necesarias.

 

El argumento que presenta el vegetarismo, basado en la cruel­dad de sacrificar animales para comerlos, quizás no sea tan sólido como lo creen las personas de tipo emocional y sentimental. Mu­cho me ha preocupado esto pues amo a los animales. Quisiera hacer dos sugerencias que me fueron muy útiles. Hay una ley de sacrificio que rige todo el proceso evolutivo. El reino vegetal ex­trae su sustento del reino mineral, porque sus raíces están hundidas en el reino mineral. El reino animal extrae en gran escala su sus­tento del reino vegetal y vive de la vida de ese reino. Algunos animales superiores son carnívoros y, de acuerdo a la ley de evo­lución, son presa uno de los otros, no siendo inducidos a ello por el pensamiento del hombre, como pretenden algunos fanáticos. En consecuencia, podría decirse que el reino humano extrae su sus­tento del reino animal y, debido a que el hombre es el macrocos­mos para los otros tres reinos inferiores, podría suponerse, lógi­camente, que extrae su vida de los otros tres, y así lo hace. En las antiguas escrituras de Oriente se indica que el reino humano es “el alimento de los dioses”, y con esa afirmación se completa la gran  “cadena del sacrificio”. Mi segundo punto se refiere a la Ley de Causa y Efecto o de Karma, como la denominan los teósofos. En la época del hombre primitivo el género humano era víctima del reino animal y carecía de toda defensa. En el pasado los animales salvajes acechaban a los seres humanos. La Ley de Retribución rige en todos los reinos. Posiblemente esta ley sea uno de los factores que ha llevado a la humanidad hacia el. Forjé esto en mi propia conciencia, a su debido tiempo, pero no con rapidez.

 

Me hice cargo de la cafetería y aprendí a ser una buena coci­nera vegetariana. Mi primer quehacer en Crotona fue vaciar los recipientes de desperdicios. Como verán, comencé desde abajo. Observaba con mucho interés a la gente, la mayoría desconocida para mí. Francamente muchos de ellos me agradaban y muy pocos me disgustaban. Llegué a dos conclusiones: que a pesar de todo lo que se dice sobre dietas equilibradas, ellas no eran particular­mente saludables, y descubrí también que cuanto más rígido y sectario era su vegetarismo, tanto más criticón parecía ser el individuo. Había en Crotona vegetarianos que no querían comer queso, leche ni huevos, porque son productos animales, creyén­dose excesivamente buenos y en camino hacia la iluminación espi­ritual, pero la reputación de nadie se libraba de ellos. He estado pensando sobre esto y llegué a la conclusión de que más vale comer un pedazo de carne y tener una lengua compasiva, que ser estrictamente vegetariano y mirar el mundo desde un pedestal de superioridad. Por otra parte debo señalar que las generaliza­ciones son inexactas. He conocido muchos vegetarianos encan­tadores, amables y buenos.

 

En 1918 descubrí quién fue mi visitante en Escocia cuando tenía15 años. Había sido admitida en la sección esotérica (S. E.) de la Sociedad Teosófica, y asistía a las reuniones. La primera vez que entré en el santuario vi los conocidos retratos de Cristo y de los Maestros de Sabiduría, como los denominan los teósofos.

 

Me sorprendió ver el retrato de mi visitante, mirándome direc­tamente. No había error posible. Era el hombre que había entrado en la sala de la casa de mi tía, y no el Maestro Jesús. Siendo muy inexperta, salí en busca de uno de los antiguos pobladores de Crotona y pregunté el nombre de ese Maestro. Me dijo que era el maestro K. H. Luego cometí un error fundamental, y desde entonces tuve que pagarlo. Creyendo que les agradaría, y sin la más mínima intención de ser jactanciosa, con toda inocencia dije: “Oh, ha de ser mi Maestro, porque he conversado con Él y he estado bajo Su guía desde entonces”. La persona a quien me di­rigí me miró y dijo con tono cortante: “¿Debo entender que usted se considera un discípulo?”. Por primera vez en mi vida enfrenté la técnica de la rivalidad en la Sociedad Teosófica. No obstante, fue una lección saludable que me resultó benéfica. Apren­der a callar es algo esencial en el trabajo grupal, y constituye una de las primeras lecciones que todo afiliado a la Jerarquía debe aprender.

 

Durante todo ese tiempo las niñas crecían y aprendían, y eso me deleitaba. En las breves y ocasionales cartas de Walter Evans nada había que indicara un cambio, y empecé a considerar nue­vamente la necesidad de obtener el divorcio. A medida que se aproximaba el fin de la guerra, consulté a un abogado, quien me dijo que no habría dificultades.

 

En enero de 1919 conocí a Foster Bailey, y después que se me acordó el divorcio, nos comprometimos para casarnos. Los trámi­tes para el divorcio fueron iniciados antes de conocernos. Esta­ba asustada y temía el juicio al respecto, pero no pudo ser más simple. La evidencia presentada era muy buena, y los testigos de inmejorable reputación. Una vieja amiga, que me conocía desde largo tiempo, la señora Weatherhead, me acompañó al juzgado. Presté el juramento de práctica. El juez me hizo una o dos pre­guntas respecto a la residencia y edad de las niñas, luego dijo: “He leído las declaraciones de sus testigos, señora Evans, tome el edicto y asuma la custodia de sus hijas. Buenos días. Venga el siguiente caso”. Así terminó ese ciclo. Era libre y sabía que había hecho lo mejor que podía hacer por las niñas. California es uno de los estados donde es más difícil obtener el divorcio, y la rapi­dez con que se desarrolló mi juicio testifica la razón que me asistía y la correcta evidencia de mi caso. Walter Evans no presentó que­rella.

 

En el trascurso del año 1919 Foster Bailey y yo estuvimos cada vez más activos en la obra teosófica, e íntimamente unidos a nosotros estaba el doctor Woodruff Shepherd. Entonces yo vivía en Beechwood Drive con las tres niñas, y Foster Bailey vivía en una carpa en Crotona.

 

Había sido desmovilizado después del armisticio, pero tuvo licencia varios meses por enfermedad, pues el avión que piloteaba se estrelló mientras entrenaba observadores del ejército. Me fue presentado por Dot Weatherhead, después de una conferencia que yo había dado en Crotona, y también me introdujo en la ver­dad esotérica y me hizo conocer dicho lugar. Foster Bailey resume su recuerdo de esa presentación, en las palabras siguientes: “Todo lo que vi fue un montón de cabellos y una mujer huesuda”. Siem­pre he tenido mucho cabello. Es herencia de familia y mis tres hijas tienen una abundante y hermosa caballera. Nunca olvidaré una observación de mi hija mayor, Dorothy (famosa por sus fra­ses de doble sentido). Un día en Inglaterra me había lavado la cabeza y estaba sentada en el jardín de Ospringe Place en Fa­vershan, secándome el cabello. Dorothy se asomó a una ventana y gritó: “Oh, mamá, si pudieras dar la espalda a la gente para que vieran sólo tu hermosa cabellera, nunca sabrán lo vieja que eres”.

 

Hacia fines de 1919, el señor Bailey fue elegido Secretario Nacional de la Sociedad Teosófica, al señor Shepherd lo nombra­ron director de publicidad y yo fui designada editora de la re­vista “The Messenger”, de esa sección, y presidenta del comité que dirigía en Crotona. Todos los aspectos del trabajo y los distintos reglamentos y principios que regían la administración quedaron a nuestra disposición. El Secretario General, A. P. Warrington era íntimo amigo nuestro y todos los trabajadores más antiguos tam­bién lo eran, por lo cual parecía reinar la más completa armonía y verdadero espíritu de colaboración. Poco a poco, sin embargo, empezamos a descubrir cuán superficial era esa armonía. Lenta­mente nos introdujimos en un período muy difícil y deprimente. Dedicábamos nuestro afecto y lealtad personal a nuestros amigos y miembros de la comisión ejecutiva; pero nuestro sentido de justicia y nuestra adhesión a los reglamentos eran constantemente traicionados. La verdad de las cosas es que, en la administración de la Sociedad Teosófica, en los Estados Unidos y en mayor grado en Adyar (centro internacional), eran entonces reaccionarios y anticuados en cuanto a un nuevo acercamiento a la vida y a la verdad; la libertad de interpretación y la impersonalidad cons­tituían las características que debían regir los principios y méto­dos, pero no sucedía así.

 

La sociedad se había fundado para establecer la fraternidad universal, pero estaba degenerando en un grupo sectario que se preocupaba más en fundar y sostener logias y aumentar el número de miembros, que difundir entre el público las verdades de la Sabiduría Eterna. La norma de no admitir a nadie en la sección esotérica, para recibir enseñanza espiritual, a no ser que fuera miembro de la Sociedad Teosófica durante dos años, prueba lo antedicho. ¿Por qué no debía darse enseñanza espiritual a una persona, hasta no haber demostrado durante dos años lealtad a la organización? ¿Por qué debía exigirse a los miembros rom­per sus vínculos con otros grupos y organizaciones y prometer lealtad a lo que se denomina “Guía Externo” de la sección exoté­rica, cuando la única expresión de lealtad debería ser dedicación y servicio al semejante, a la Jerarquía espiritual y ante todo a la propia alma? Ninguna persona tiene el derecho de exigir hacia ella lealtad espiritual. Lo único que se le puede exigir al ser huma­no es, ante todo, lealtad a su propia divinidad interna, el alma, y más tarde al Maestro, bajo Cuya guía puede servir más eficaz­mente a sus semejantes.

 

Recuerdo que en una de las primeras reuniones de la sección esotérica a que asistí, la señorita Poutz, secretaria entonces de esa sección, hizo la asombrosa declaración de que nadie en el mundo podía ser discípulo de los Maestros de Sabiduría, a no ser que la señora Besant se lo notificara. Esa afirmación destruyó mi espejismo, aunque no hablé con nadie sobre ello, excepto con Fos­ter Bailey. Sabía que era discípula del Maestro K. H. y que lo había sido hasta donde podía recordarlo. Evidentemente la señora Besant me había pasado por alto. No podía entender por qué los Maestros, que se suponen poseen conciencia universal, ha­brían de buscar Sus discípulos únicamente en las filas de la Socie­dad Teosófica. Sabía que eso no podía ser, y también que Ellos no podían tener una conciencia tan limitada; más tarde conocí a mu­chos discípulos de los Maestros que jamás habían estado en con­tacto con la Sociedad Teosófica ni oído hablar de ella. Justamente cuando creí haber hallado un centro de luz y comprensión espiri­tuales, descubrí que me había metido en una secta.

 

Entonces nos dimos cuenta que la sección esotérica ejercía un dominio absoluto sobre la Sociedad Teosófica. Los miembros eran buenos únicamente si aceptaban la autoridad de la sección esoté­rica y estaban de acuerdo con todos los dictámenes del “Guía Externo”, y si eran leales a las personas recomendadas por los dirigentes de la sección esotérica de cada país. Algunos de los dictámenes eran ridículos. Muchos de los recomendados eran me­diocres, hasta la enésima potencia. Otros considerados iniciados, no eran particularmente inteligentes ni amorosos, porque el amor y la inteligencia en su máxima medida es la característica del ini­ciado. Siempre había rivalidades y pretensiones entre los miembros más avanzados y, por lo tanto, una lucha constante entre personalidades, lucha que no se limitaba a batallas orales, sino que se expresaba también en artículos aparecidos en revistas. Nunca olvidaré el espanto que me causó lo que me dijo alguien en Los Ángeles: “Si quiere saber lo que no es la fraternidad, vaya a vivir a Crotona”, ignoraba que yo vivía allí.

 

La situación era muy seria, y tan grande la separación en la sección que defendía la fraternidad, la impersonalidad, la sen­cillez y la dedicación al servicio de la humanidad, que Foster cablegrafió a la señora Besant comunicándole que si la sección esotérica seguía dominando a la Sociedad Teosófica, dicha sección sería atacada muy seriamente a corto plazo. Fue entonces que la señora Besant envió a B. P. Wadia a los Estados Unidos para in­vestigar y averiguar que pasaba; en consecuencia se hicieron reu­niones oficiales, actuando como árbitro Wadia. Foster, el doctor Shepherd, yo y muchos otros, representábamos al sector demo­crático; el señor Wárrigton, la señorita Poutz y sus adherentes, representaban la parte autoritaria y dominante de la sección eso­térica. Nunca en mi vida había estado mezclada en las querellas de una organización, siendo un período no muy grato. Apreciaba a algunas de las personas del sector opuesto, lo cual me perturbaba excesivamente. Con el tiempo, la dificultad se extendió a toda la sección, y los miembros iban renunciando.

 

Mientras tanto trabajábamos intensamente en nuestras ofici­nas de la Sociedad Teosófica; las niñas estaban bien, teníamos proyectado casarnos en cuanto las cosas estuvieran más o menos estabilizadas. Nuestra renta se había reducido seriamente. Los salarios de Crotona ascendían a diez dólares semanales. Después del divorcio Walter Evans no me remitía dinero. Foster nada poseía en esa época. Había abandonado su trabajo de abogado durante la guerra, aunque intentaba reasumirlo. Era una anti­gua profesión de la familia, y cuando sólo tenía veintiocho años ganaba anualmente grandes sumas de dinero. Abandonó todo, a fin de ayudarme en el trabajo que ambos llevaríamos a cabo y que gradualmente se iba configurando; éste fue uno de los mu­chos sacrificios que hizo cuando decidió compartir mi destino. Las niñas lo adoraban y lo adoran, y las relaciones se han mante­nido siempre muy afectuosas, lo cual significó para él un gran sacrificio. Desde el principio el cariño fue mutuo. Una vez, al venir él por Beechwood Drive con el propósito de visitarme, cono­ció a Dorothy, la mayor, cuando ésta tenía más o menos nueve años. De pronto oyó chillidos y gritos proveniente de un árbol que estaba frente a él. Al ir apresuradamente al lugar, vio a una niña en una rama, colgando de las piernas. La miró y dijo simplemente: “Déjate caer”, y ella cayó en sus brazos; desde en­tonces a menudo dice que, simbólicamente, ella ha estado siempre en sus brazos. A Mildred la conoció gravemente enferma, atacada de sarampión reprimido, con altísima fiebre, sin saber qué mal la aquejaba. Mildred es de carácter básicamente introvertido y no era extraño que sufriera de sarampión “reprimido”. Tratamos de localizar a un especialista; mientras tanto una amiga, la señora Copley Enos y yo, nos pasábamos el día envolviéndola en sába­nas mojadas, a fin de bajarle la fiebre. Foster vino a ayudarnos. Al penetrar en la habitación, Mildred lo miró, y desde ese mo­mento han sido íntimos. Conoció a Ellison como una niña gorda y muy sucia que hacía tortas de barro en el fondo de la casa.

 

Por lo tanto, la vida de Foster y la mía se desenvolvía vincu­lada con el trabajo de relaciones públicas, proyectando y hacien­do arreglos para el futuro. La situación de la Sociedad Teosófica era cada vez más difícil; se estaban haciendo preparativos para la convención de 1920, cuando hizo crisis la situación. Respecto a mi experiencia interna, debo decir que la Sociedad Teosófica me había desilusionado, lo mismo que el cristianismo ortodoxo, aun­que la situación no era tan aguda, porque grandes y fundamen­tales verdades básicas habían llegado a tener significado para mí, pues Foster y yo teníamos planeado casarnos y ya no me encon­traba sola.

 

Llego ahora a un acontecimiento de mi vida del cual no me atrevo a hablar. Concierne el trabajo que estuve realizando en los últimos veintisiete años, que fue mundialmente reconocido y ha despertado la curiosidad de todo el mundo. A veces he sido puesta en ridículo y han sospechado de mí, lo cual comprendo perfecta­mente, pues hasta yo sospechaba de mí misma. Me pregunto por qué me ocupo de este asunto y no sigo la norma que hasta ahora me he fijado, dejar que mi trabajo y los libros hablen por sí mis­mos y constituyan la mejor defensa. Creo que tengo dos razones.

 

Ante todo, deseo señalar el estrecho vínculo que la Jerarquía interna de Maestros establece con los hombres, y también allanar el camino para esas personas que realizan el mismo tipo de tra­bajo, siempre que sea el mismo. Existen numerosos aspectos de tos llamados escritos síquicos. Las personas no saben distinguir entre la expresión de un pensamiento ansioso, o el surgimiento de un subconsciente bueno, dulce, bien intencionado y cristiano, o un escrito automático, la captación de corrientes mentales (que todos lo hacen), o el fraude directo; además hay esos escritos que son el resultado de una fuerte sensibilidad telepática subje­tiva y la respuesta a la impresión proveniente de ciertas y ele­vadas fuentes espirituales. Repetidas veces aparecen en la Biblia las palabras: “Y el Señor dijo” y algún profeta o vidente lo es­cribió. Gran parte de ello es hermoso y de importancia espiritual. Sin embargo, casi todo lleva la firma de la frágil humanidad que expresa sus ideas acerca de Dios, Su celo, Su espíritu de venganza y Su sed de sangre. Se dice que los grandes músicos oyen sinfonías y corales por medio del oído interno y que las traducen en signos musicales. ¿De dónde sacan nuestros grandes poetas y artistas su inspiración, a través de las edades? La extraen de una fuente interna de belleza.

 

El tema se ha desacreditado, debido a los innumerables escri­tos de carácter metafísico y espiritista, de erudición muy pobre, cuyo contenido es tan inferior y mediocre, que las personas cultas se mofan y no se molestan en leerlos. En consecuencia quisiera demostrar que existe otro tipo de impresión e inspiración que puede dar como resultado escritos fuera de lo común, e impartir las enseñanzas que requieran las generaciones futuras. Digo esto con toda humildad, pues soy sólo la pluma o el lápiz, la taquí­grafa o trasmisora de la enseñanza de alguien a quien reverencio y respeto y he sido muy feliz en servirlo.

 

En noviembre de 1919 establecí mi primer contacto con El Ti­betano. Había enviado a mis hijas a la escuela y, con la idea de tener algunos minutos para mí, salí en dirección a una colina, cerca de la casa. Allí me senté y comencé a reflexionar, cuando de pronto me sentí alarmada, y presté atención. Oí lo que me pareció una clara nota musical, emitida desde el cielo, resonando en la colina y dentro de mí. Entonces escuché una voz que decía: “Deberán escribirse ciertos libros para el público. Tú puedes es­cribirlos. ¿Lo harás?” Inmediatamente respondí: “No, de ninguna manera. No soy una vulgar síquica, ni quiero ser atrapada en ello”: Quedé sorprendida al darme cuenta que hablaba en voz alta. La voz continuó y dijo que las personas inteligentes no juz­gan precipitadamente, que yo tenía un don especial para la tele­patía superior y lo que se me pedía no implicaba aspecto alguno de psiquismo inferior. Repetí que no me importaba ni interesaba un trabajo de carácter psíquico. El ser invisible que me hablaba tan clara y directamente dijo entonces que me daría tiempo para reflexionar, que en ese momento no aceptaría mi respuesta y volvería exactamente dentro de tres semanas para saber qué habla decidido.

 

Me sacudí como quien despierta de un sueño, regresé a casa y olvidé el hecho por completo. No pensé más en lo ocurrido ni se lo conté a Foster. Durante cierto lapso nunca lo recordé, pero al finalizar las tres semanas, una noche estando sentada en la salita, después que mis hijas se habían acostado, oí nuevamente la voz para proponerme lo mismo. Volví a rehusar, pero mi interlocutor me rogó que volviera a considerar la propuesta, por lo menos un par de semanas más, y ver qué podía hacer. Esto des­pertó mi curiosidad, pero aún no estaba convencida. Decidí pro­bar por un par de semanas o un mes, para determinar mi deci­sión. Durante esas semanas recibí los primeros capítulos de “Iniciación Humana y Solar”.

 

Quiero dejar bien aclarado que el trabajo que hago de ninguna manera está relacionado con la escritura automática. La escritura automática, con excepción de rarísimos casos (desgraciadamente cada cual cree que su propio caso es la excepción), es muy peli­grosa. Nunca se supone que un aspirante o discípulo sea un autó­mata y que tampoco deje de controlar conscientemente alguna zona de su equipo. Si lo hace, entra en un estado de negatividad peligrosa. El material recibido es generalmente mediocre. No con­tiene nada nuevo y con frecuencia se olvida a medida que tras­curre el tiempo. Muchas veces el estado negativo del sujeto permi­te la entrada a una segunda fuerza, la cual, por razones especiales, no es de un grado tan elevado como la primera. Luego existe el peligro de la obsesión. Hemos tratado muchos casos de obsesión como consecuencia de la escritura automática.

 

En el trabajo que realizo no hay negatividad, asumo una acti­tud de atención positiva e intensa. Retengo el pleno control de todos mis sentidos de percepción y nada de lo que hago es auto­mático. Sencillamente escucho, anoto las palabras que oigo y regis­tro los pensamientos que se introducen uno tras otro en mi cerebro. Nada cambio de lo que se me ha dado, la única excepción es pulir el idioma o reemplazar un vocablo poco usual por otro más claro, cuidando siempre de conservar el sentido. En lo dictado por El Tibetano nunca he cambiado nada. De haberlo hecho, no me hubiera dictado nada más. Quiero dejar esto bien aclarado. No siempre comprendo lo que se me dicta, ni tampoco estoy de acuer­do, pero registro todo honestamente para descubrir luego que tiene sentido y evoca respuesta intuitiva.

 

Ese trabajo de El Tibetano ha intrigado grandemente a las personas y a los sicólogos de todas partes. Discuten acerca de la causa de este fenómeno y argumentan que lo que escribo es pro­bablemente producto de mi subconsciente. Se me ha dicho que Jung acepta la posición de que El Tibetano es mi yo superior personificado y que Alice A. Bailey es el yo inferior. Algún día (si tengo el placer de encontrarme con él) le preguntaré cómo puede ser que mi yo superior personificado me envíe encomien­das desde la India, pues eso ha estado haciendo.

 

Hace unos cuantos años, un amigo muy dilecto, Henry Car­penter, que había estado en contacto muy íntimo con Foster y yo, desde el principio de nuestra tarea, fue a la India para tratar de comunicarse con los Maestros en Shigatzé, pequeña aldea nativa en los Himalayas, justamente al otro lado de la frontera tibetana. Por tres veces lo intentó, a pesar de que yo le había dicho que podría encontrar al Maestro aquí en Nueva York si daba los pasos adecuados y el momento era propicio. Quería decirle a los Maes­tros, lo cual me causaba gracia, que yo pasaba por un período muy difícil y era conveniente hacer algo. Como amigo personal de Lord Reading, exvirrey de la India, se le dieron todas las facili­dades para llegar a destino, pero el Dalai Lama le negó permiso para cruzar la frontera. En su segundo viaje a la India, encon­trándose en Gyantse (el lugar más cercano de la frontera al que pudo llegar) oyó un gran alboroto en la empalizada del bungalow de un “dak". Fue a ver de qué se trataba y se encontró con un lama montado en un burro que acababa de atravesar la empalizada. Era asistido por cuatro lamas y todos los nativos de la aldea los rodeaban y se inclinaban ante ellos. El señor Carpenter, por medio de su intérprete, hizo averiguaciones y así supo que el lama era un abad de un monasterio ubicado al otro lado de la frontera tibetana y había venido especialmente para hablar con él.

 

El abad expresó su interés por el trabajo que estábamos reali­zando y le preguntó por mí. También inquirió noticias de la Es­cuela Arcana, y le entregó dos grandes paquetes de incienso para mí. Más adelante, Carpenter vio al general Laden Lha en Darjee­ling. El general era tibetano, educado en Gran Bretaña en una escuela pública y en la universidad, y tenía a su cargo el servicio secreto de la frontera tibetana. Ya ha fallecido; fue un gran hom­bre y muy bueno. El señor Carpenter le contó su experiencia con el lama, que dijo ser abad de un monasterio de lamas. El general negó rotundamente tal posibilidad. Dijo que el abad era un grande y santo hombre y que nunca se supo que hubiera cruzado la frontera y visitado a un occidental. Sin embargo, cuando Carpen­ter regresó al año siguiente, el general Laden Lha admitió su error y que el abad en verdad había bajado a verlo.

 

Después de haber escrito casi un mes para El Tibetano, me sentí totalmente atemorizada y rehusé rotundamente continuar con el trabajo. Le dije que las tres niñas sólo me tenían a mí para atenderlas, que si me enfermaba o enloquecía (como muchos síquicos) quedarían solas y no me atrevía a correr ese riesgo. Aceptó mi decisión, pero me dijo que tratara de ponerme en con­tacto con mi Maestro K. H. y conversara sobre el asunto. Después de reflexionar más o menos una semana decidí ponerme en con­tacto con K. H.; así lo hice, siguiendo una técnica muy especial que Él mismo me había enseñado. Cuando tuve la oportunidad de entrevistarme con K. H. tratarnos la cuestión con toda ampli­tud. Mi Maestro me aseguró que respecto a mi no existía el menor peligro, físico ni mental, y que se me ofrecía la oportunidad de realizar un trabajo realmente valioso. Me dijo ser Él mismo quien sugirió a El Tibetano que yo podría ayudarlo, y que no me tras­fería a Su ashrama o grupo espiritual, pues deseaba que conti­nuara trabajando en el Suyo. Acepté por consiguiente el deseo de K. H. y manifesté a El Tibetano que trabajaría con Él. Sólo he sido su amanuence y secretaria, pero no pertenezco a Su grupo. Por otra parte no se ha inmiscuido nunca en mi trabajo o entre­namiento personal. La primavera de 1920 fue un período de feliz colaboración con Él, mientras tanto estudiaba como discípulo avan­zado en el ashrama de mi propio Maestro.

 

Desde entonces he escrito muchos libros para El Tibetano. Poco después de haber concluído los primeros capítulos de Iniciación Humana y Solar, le mostré el manuscrito a B. P. Wadia. Se entu­siasmó y me dijo que publicaría cualquier cosa “proveniente de esa fuente”, y publicó los primeros capítulos en la revista “The Theosophist”, editada en Adyar, la India. Luego surgió la usual envidia y actitud reaccionaria de los teósofos y nada más se publicó.

 

El estilo de El Tibetano ha mejorado con el correr de los años. Al principio el dictado en inglés era engorroso y pobre, pero nos arreglábamos para lograr un estilo y presentación acorde con las grandes verdades que Él debía revelar y mi esposo y yo debíamos llevar a la atención pública.

 

En los primeros tiempos que escribía para El Tibetano, debía hacerlo a horas establecidas, y el dictado era claro, conciso y definido. Se me dictaba palabra por palabra, en tal forma, que en verdad podía decir que oía nítidamente una voz. Por lo tanto co­mencé con la técnica de clariaudiencia, pero pronto descubrí, a medida que se sintonizaban nuestras mentes, que ello era innece­sario y que si me concentraba bastante y enfocaba adecuadamente mi atención podía recibir y anotar los pensamientos de El Tibetano (ideas formuladas y expresadas con sumo cuidado), a medida que los volcaba en mi mente. Esto implicaba alcanzar y mantener un intenso y enfocado punto de atención. Es algo así como la habili­dad de un aventajado estudiante, en la meditación, cuando puede mantener un punto determinado de atención espiritual en el nivel más elevado posible, lo cual puede ser fatigoso en las pri­meras etapas, cuando se realizan grandes esfuerzos para lograrlo, pero posteriormente ya no lo requiere y los resultados son, cla­ridad de pensamiento y un estímulo, con buenos y definidos efec­tos físicos.

 

Actualmente, como resultado de veintisiete años de trabajo, pue­do ponerme instantáneamente en relación telepática con El Tibe­tano, sin la más mínima dificultad: conservo, y así lo hago, mi propia integridad mental todo el tiempo, y siempre argumento con Él cuando, a veces, como occidental, me parece conocer mejor al­gunos aspectos de la presentación. Cuando discutimos cualquier tema, escribo invariablemente el texto tal como Él quiere, aun­que probablemente modifique su presentación después de haberlo discutido conmigo, pero si no cambia sus palabras o punto de vista, no altero en absoluto lo dicho.

 

Después de todo, los libros son Suyos y no míos y, básicamente, la responsabilidad es Suya. No me permite cometer errores y re­pasa con sumo cuidado el borrador final. No es sólo la simple cuestión de recibir su dictado y presentárselo una vez pasado a máquina, sino la cuidadosa revisión, por su parte, del borrador final. Menciono esto deliberadamente, porque algunas personas, cuando El Tibetano dice algo con lo cual no están de acuerdo per­sonalmente, tienden a considerar el punto en desacuerdo como una intercalación mía. Aunque no siempre comprendo ni estoy de acuerdo con lo que me dicta, eso nunca lo he hecho; reitero nuevamente que he publicado con exactitud lo que El Tibetano ha dicho. Este punto lo sostengo enfáticamente.

 

Algunos estudiantes, cuando no comprenden lo que El Tibetano quiere significar, dicen que Sus ambigüedades, como las deno­minan, se deben a mi captación errónea. Donde existen ambigüe­dades, y son numerosas en Sus libros, es debido a que no puede ser más claro, por las limitaciones de sus lectores y por la difi­cultad de encontrar palabras que expresen las nuevas verdades y las percepciones intuitivas que todavía se ciernen en los lími­tes de la conciencia humana en desarrollo.

 

Los libros que Él ha escrito son considerados muy importan­tes por los Instructores responsables de difundir las nuevas ver­dades que la humanidad necesita. Se ha impartido además una nueva enseñanza sobre el entrenamiento espiritual y también rela­cionada con la preparación de aspirantes para el discipulado. Se están haciendo grandes cambios en métodos y técnicas, y por eso El Tibetano puso especial cuidado en que yo no cometiera errores.

 

En la segunda fase de la Guerra Mundial, que comenzó en 1939, muchos pacifistas y personas bien intencionadas, aunque irreflexi­vas, pertenecientes a la Escuela Arcana y al público en general, hasta quienes pudimos llegar, presumieron que yo había escrito los artículos y folletos que respaldan a las Naciones Aliadas, y sobre la necesidad de derrotar a las potencias del Eje, no siendo El Tibetano responsable del punto de vista antinazi de esos artículos. Esto tampoco es verdad. Los pacifistas adoptaron el punto de vista ortodoxo e idealista, de que siendo Dios amor no podía ser anti­germano o antijaponés. Debido a que Dios es amor no tenía otra alternativa, ni tampoco la tenía la Jerarquía que actuaba bajo el Cristo, y lo único que podía hacer era mantenerse firme al lado de los que trataban de liberar a la humanidad de la esclavitud, el mal, la agresión y la corrupción. Nunca han sido más verdade­ras las palabras de Cristo: “El que no está conmigo, está contra mí”. En los escritos de esa época El Tibetano expresó Su firme e inquebrantable posición, y hoy (1945), al comprobarse las inena­rrables atrocidades, crueldades y política de avasallamiento de las naciones del Eje, Su actitud ha quedado justificada.

 

Durante todo este tiempo las cosas iban empeorando en Cro­tona. Wadia acababa de llegar (como representante de la señora Besant) y promovía dificultades; nosotros colaboramos plenamente con él a fin de devolver a la Sociedad Teosófica su impulso origi­nal de fraternidad universal; colaboramos porque en esa época Wadia parecía que, sensata y sinceramente, se interesaba en rea­lidad por dicha sociedad. La brecha producida allí se ensanchaba progresivamente y la línea de demarcación se hacía más evidente entre quienes mantenían un punto de vista democrático y los que apoyaban la autoridad espiritual y el control absoluto de la Socie­dad Teosófica por la sección esotérica.

 

El postulado original de la Sociedad Teosófica se fundaba en la autonomía de las logias dentro de las diversas secciones naciona­les, pero en la época en que Foster Bailey y yo comenzamos a trabajar, la situación había cambiado fundamentalmente. Las per­sonas que se hacían cargo de cualquier logia eran miembros de la sección esotérica, y por su intermedio la señora Besant y los dirigentes de Adyar, controlaban todas las secciones y logias. Si uno no aceptaba los dictámenes de los miembros de la sección esotérica de cada logia caía en desgracia, resultando casi imposi­ble trabajar en ella. Las revistas de las distintas secciones, así como la revista internacional “The Theosophist”, sólo se ocupa­ban de querellas personales. Se publicaban artículos para atacar o defender a determinado individuo. La sociedad era invadida por una fuerte oleada de psiquismo, debido a las manifestaciones sobre psiquismo de Leadbeater y al extraordinario control que él ejer­cía sobre la señora Besant. El corolario del escándalo, conectado con Leadbeater, daba mucho que hablar. Las declaraciones de la señora Besant sobre Krishnamurti causaron la total escisión de la sociedad. Desde Adyar se impartían órdenes que preten­dían provenir de uno de los Maestros para el Guía  externo, y de­cían que todo miembro de la Sociedad Teosófica debía intere­sarse por cada uno de los tres sistemas de trabajo —la orden francmasónica, la orden de servicio y el movimiento educativo. Si uno no lo hacía era considerado desleal y un mal teósofo, que no obedecía las demandas de los Maestros.

 

Los libros que Leadbeater publicaba en Adyar contenían im­plicaciones síquicas imposibles de verificar y poseían una fuerte dosis de astralismo. Una de sus obras más importantes: “El Hom­bre, ¿de Dónde y Cómo Vino, y a Dónde Va?” Comprueba, para mí, la deshonestidad fundamental de lo que escribió. Describe en él, el futuro y el venidero trabajo de la Jerarquía, y lo curioso y llamativo es que la mayoría de las personas, destinadas a desempe­ñar altos cargos en la Jerarquía y en la próxima civilización eran todos amigos personales de Leadbeater. Conocí a algunos de ellos personas dignas, amables, mediocres, ninguna era intelectualmen­te un gigante y la mayoría, nulidades. He viajado mucho, he en­contrado tanta gente más eficaz para el servicio mundial, con ma­yor inteligencia para servir al Cristo y reales exponentes de la fraternidad, que me di cuenta de la futilidad e inutilidad de este tipo de literatura.

 

Por estas causas los miembros abandonaban la Sociedad Teosó­fica disgustados y perplejos. Muchas veces he pensado cuál habría sido el futuro de la Sociedad si hubieran tenido la entereza sufi­ciente de quedarse, negándose a ser expulsados y luchando por mantener la base espiritual del movimiento. Pero no lo hicieron, y un gran número de personas dignas se retiraron, sintiéndose frustradas, impedidas e incapaces de trabajar. Personalmente nun­ca renuncié, y sólo dejé de abonar mis cuotas anuales estos últi­mos años. Escribo esto detalladamente porque tal situación o ante­cedente, hizo necesarios los cambios que sobrevinieron, y debido a ello fue adquiriendo forma nuestro trabajo para los veinte años siguientes.

 

Los discípulos de los Maestros residen en todas partes del mun­do, y trabajan en muy diversos aspectos, a fin de llevar a la huma­nidad hacia la luz y materializar el reino de Dios sobre la tierra; la actitud de la Sociedad Teosófica, al considerarse único canal y rehusar el reconocimiento de otros grupos y organizaciones, como partes integrantes e igualmente importantes del Movimiento teosófico mundial (no de la Sociedad Teosófica), es la verdadera causante y responsable de su pérdida de prestigio. Parece ser un poco tarde para corregir sus métodos, salir del aislamiento y sepa­ratividad y formar parte de un Gran Movimiento Teosófico que está difundiéndose actualmente por el mundo. Este movimiento no sólo se expresa por medio de los diversos grupos ocultistas y esotéricos que existen, sino también mediante los sindicatos labo­rales, los planes que se han hecho para lograr la unidad mun­dial y la rehabilitación de posguerra, la nueva visión del sector político y el reconocimiento de las necesidades de la humanidad en todas partes. Es realmente desalentador, para quienes hemos amado los principios y verdades sostenidos originalmente por la teosofía, comprobar la degeneración del hermoso impulso inicial.

 

No cabe la menor duda de que el movimiento iniciado por Helena Petrovna Blavatsky fue parte integrante de un plan jerár­quico. Siempre han existido sociedades teosóficas a través de las edades —el nombre del movimiento no es nuevo—, pero H. P. B. le dio una luz y publicidad que proporcionó una nueva nota e hizo surgir a la superficie un grupo, olvidado y secreto, haciendo po­sible que el público de todas partes respondiera a esta tan antigua enseñanza. La deuda que el mundo ha contraído con la señora Besant por el trabajo realizado, que puso a disposición de las masas de todos los países, los principios básicos de la enseñanza teosófica, es algo que nunca podrá pagarse. No existe razón algu­na valedera que haga olvidar la estupenda y magnífica tarea que realizó para los Maestros y la humanidad. Quienes en estos últi­mos cinco años la han atacado violentamente, constituyen un puñado de pulgas atacando a un elefante.

 

En 1920 esta situación llegó a su culminación. La brecha entre la autoritaria sección esotérica y las mentes democráticas de la Sociedad Teosófica, se ha ampliado constantemente.

 

El señor Wárrington y los dirigentes y asistentes de la sección esotérica, en Norteamérica, representaban un grupo; el otro grupo era dirigido por Foster Bailey y B. P. Wadia. Esta situación pre­valecía cuando se realizó la famosa convención de 1920, en Chicago. Nunca había asistido yo a una convención, y decir que me desilu­sionó, me desagradó y me resultó chocante, sería expresarlo con suavidad. Se había reunido un grupo de hombres y mujeres pro­venientes de todos los lugares de los Estados Unidos, que presu­miblemente se ocupaban de impartir enseñanza y difundir la fraternidad. El odio y el rencor, la animadversión personal, las ma­niobras políticas, resultaban tan afrentosas y chocantes, que hice la promesa de no asistir jamás en mi vida, a otra Convención Teosófica. Después del señor Warrington, éramos las autoridades más altas de la comisión directiva de la Sociedad Teosófica, pero constituíamos una minoría. Desde el primer momento de la con­vención se evidenció que la sección esotérica ejercía el control, y como los que representaban la fraternidad y la democracia eran numéricamente inferiores fueron, por lo tanto, derrotados.

 

Entre las autoridades había teósofos muy descontentos, pues eran controlados por la sección esotérica y reconocían que emplea­ba métodos abusivos. Muchos hicieron todo lo posible por demos­trarnos un espíritu amistoso. Algunos, al término de la Conven­ción, se convencieron de la rectitud de nuestra posición y nos lo comunicaron. Otros, que asistieron a la Convención sin preven­ciones, pusieron todo su interés en nuestro sector y dieron su apoyo. Sin embargo, fuimos vencidos a pesar de todo, y la sección esotérica se mostró agresivamente triunfante. No nos quedó otro remedio que volver a Crotona, y la situación era tal, que even­tualmente Wárrington tuvo que renunciar como presidente de la Sociedad Teosófica en Norteamérica, pero retuvo su cargo en la sección esotérica. Fue remplazado por el señor Rogers, que demos­traba una oposición mucho más personal que el señor Wárrington, que se daba cuenta de nuestra sinceridad, y aparte de las diferen­cias de la organización, existía un fuerte afecto entre él, Foster y yo. El señor Rogers era de menor envergadura y nos expulsó de los cargos que ocupábamos, en cuanto entró en el poder. Así terminó nuestra época en Crotona y finalizó nuestro esfuerzo por servir lealmente a la Sociedad Teosófica

 

 

 

CAPITULO QUINTO

 

Este capítulo indica una destacada línea de demarcación entre el mundo donde actué y el mundo en que actúo ahora, 1947. Aparece un ciclo totalmente nuevo. Hasta este momento había sido simplemente Alice Bailey, dama de la sociedad, madre y trabajadora eclesiástica. Ocupaba el tiempo como quería y nadie sabía nada de mí; había podido arreglar los días a mi gusto, excepto en lo concerniente a las niñas; nadie me solicitaba entrevistas; no tenía que corregir pruebas de imprenta ni pronunciar conferen­cias, y por sobre todo, no me llegaba la interminable correspon­dencia ni tenía que escribir infinidad de cartas. Algunas veces me pregunto si el público tendrá la menor idea del cúmulo de cartas que dicto y recibo. No exagero cuando digo que algunos años he dictado más de 10.000 cartas y una vez que tomé el tiempo que tardaba en atender la correspondencia diaria, constaté que me llevó cuarenta y ocho minutos sólo el abrir los sobres sin extraer las cartas. Considerando todo esto, a lo cual debe agre­garse los miles de circulares firmadas y las cartas escritas a asocia­ciones nacionales (las cuales no he firmado personalmente), podrá comprenderse por qué un día le dije a mi esposo que en mi lápida debieran poner este epitafio: “Murió ahogada en papeles”. Actual­mente el término medio es de 6.000 cartas por año, porque he dele­gado la respuesta de mucha correspondencia a personas que pueden dedicar más tiempo, pensamiento y consideración, para responderla. A veces las firmo, otras no; aquí quiero expresar mi profundo agra­decimiento, especialmente al señor Víctor Fox y a una o dos personas más, que en mi nombre han escrito cartas muy buenas y he recibido yo la respectiva gratitud y no ellos. A esto lo llamo ser­vicio desinteresado —escribir una carta firmada por otro, el cual recibe el agradecimiento. Toda esta etapa de mi vida, 1921 a 1931, es relativamente cansadora. Me resulta difícil darle un tono más iluminador o conferirle algo que sirva para aliviar la monotonía de esos años. Ni Foster Bailey ni yo habíamos proyectado llevar una vida así, y con frecuencia hemos dicho que, de haber sabido lo que el futuro nos deparaba, jamás hubiéramos iniciado lo que emprendimos. Es un ejemplo sobresaliente de la veracidad del proverbio, “la ignorancia es una bendición”.

 

Después de la bochornosa convención anual de la Sociedad Teosófica de Chicago, Foster y yo regresamos a Crotona, comple­tamente desilusionados y profundamente convencidos de que la So­ciedad se regía estrictamente por directivas personales, poniendo el énfasis sobre la posición, devoción, simpatías y antipatías per­sonales y por la imposición de las decisiones de la personalidad sobre el conjunto de seguidores. Simplemente no sabíamos qué hacer o sobre qué línea trabajar. El señor Wárrington, como dije, ya no era presidente de la Sociedad, habiéndolo sustituido el señor L. W. Rogers. Mi esposo seguía siendo secretario nacional, yo era todavía editora de la revista y presidenta de la comisión directiva de Crotona.

 

Nunca olvidaré la mañana en que el señor Rogers asumió el cargo de la oficina y fuimos a expresarle nuestro deseo de conti­nuar sirviendo a la Sociedad Teosófica, nos miró y preguntó: “¿Creen ustedes que podrían serme de utilidad?” Nos encontramos así sin trabajo, dinero, ni futuro, con tres criaturas y sin saber qué podíamos hacer. Se inició un movimiento para echarnos de Crotona, pero Foster cablegrafió a la señora Besant y de inme­diato sofocó la intentona. Fue algo demasiado crudo.

 

El momento era muy difícil. Aún no nos habíamos casado, y Foster vivía en una carpa en los terrenos de Crotona. Como dama inglesa, y muy circunspecta, siempre vivía conmigo una mujer en calidad de acompañante, en prevención a las malas lenguas. Una de las cosas que he intentado hacer y creo que tuve éxito, fue proteger el ocultismo de la difamación. He procurado hacer del ocultismo una vocación respetable, logrando un éxito sorprendente. Por eso mientras las niñas eran pequeñas y espe­raba el momento de volverme a casar, vivía conmigo alguna ami­ga de cierta edad. Después de mi segundo matrimonio mi esposo y mis hijas fueron mi mejor protección. Además diré que nunca me interesó hombre alguno que no fuera mi esposo, Foster Bailey. Por otra parte pienso que ninguna mujer verdaderamente decente y que se respete a sí misma, podría vivir en tal forma que mientras sus propios hijos crecen, hallen en su conducta motivos de crítica. Esto ha sido benéfico para el actual movimiento ocul­tista, pues hoy la palabra ocultismo tiene un significado respe­table, e innumerables personas dignas están dispuestas a ser reconocidas por el resto del mundo como estudiantes de ocultismo. Tengo la sensación que ello constituye una de las cosas que me ha asignado el destino y no creo que el campo del ocultismo caiga nuevamente en el descrédito como ha sucedido desde 1850 hasta ahora.

 

Aún se escriben libros difamando a las señoras Blavatsky y Besant, y uno se pregunta qué finalidad persiguen sus autores. Hasta donde he podido cerciorarme, la moderna generación de estudiantes investigadores, carece del menor interés en pro o en contra de sus caracteres. No tiene importancia la aprobación o desaprobación de la conducta de ambas. Lo que interesa son sus enseñanzas y la verdad. Esto es saludable y correcto. Me gustaría que esos escritores modernos que se pasan meses en revolver inmundicias, tratando de probar que alguien fue ruin, se dieran cuenta de la estupidez de sus actividades. No afectan la verdad ni impiden lealtad a quienes la conocen; tampoco alteran la tendencia hacia el conocimiento ocultista ni perjudican a nadie, sino a ellos mismos.

 

La vida en este mundo de posguerra es demasiado importante para que cualquier hombre o mujer se ocupe de difamar y reba­jar a personas que han muerto hace décadas. Hay mucho trabajo que realizar en el mundo y una verdad que debe ser reconocida y proclamada, pero no hay lugar para quienes difaman y calum­nian por dinero a ciertas personalidades a fin de satisfacer a los enemigos de una enseñanza. Ésta es una de las razones por las que escribo esta autobiografía. Aquí están los hechos.

 

Durante esos primeros días, nadie hubiera creído que llegaría el momento en que la enseñanza dada y el trabajo, al que Foster y yo nos dedicábamos, asumiría grandes proporciones, pues sus diversas ramas son hoy reconocidas internacionalmente y ha ayu­dado a muchos miles de personas. Estábamos solos, con unos po­cos seguidores desconocidos, para hacer frente a uno de los más poderosos grupos del mundo, de los denominados esotéricos. Care­cíamos de dinero y no teníamos porvenir. Nuestras finanzas, el día en que nos sentamos a considerar la situación y preparar planes para el futuro, eran exactamente un dólar y ochenta y cinco centavos; fin de mes; se debía el alquiler, la cuenta del mes ante­rior del almacenero, del gas, de la luz y de la leche. Como no estábamos casados, ninguna de esas responsabilidades correspon­día a Foster, pero en esos días él compartía todas las cosas con­migo. No percibíamos sueldo de la Sociedad Teosófica, ni siquiera mi pequeña renta. Aparentemente nada podía hacer.

 

Personalmente, en lo que a mí respecta, y aunque se me reco­noce en el mundo como instructora de meditación, nunca he per­dido mi hábito de orar. Creo que los verdaderos ocultistas emplean la plegaria y la meditación alternativamente, de acuerdo a las necesidades, y ambas son igualmente importantes en la vida espi­ritual. Lo que ocurre con la oración es que generalmente el ser humano hace de ella una cosa totalmente egoísta y un medio para adquirir algo para el yo separado. La verdadera oración no pide nada para el yo personal, sino que es utilizada por quienes tratan de ayudar a otros. Algunas personas se creen demasiado elevadas para orar y consideran la meditación como algo muy superior y más adecuado a su alto grado de desarrollo. Para mí fue sufi­ciente saber que Cristo no sólo oró, sino que nos enseñó el Padre­nuestro. Considero también la meditación como el proceso mental por el cual podemos adquirir un claro conocimiento de la divini­dad y tener una percepción del reino de las almas o reino de Dios. Es una modalidad del cerebro y de la mente y de gran necesidad para las personas irreflexivas del mundo. La oración es de naturaleza emocional y corresponde al corazón, empleándose univer­salmente para satisfacer el deseo. Ambas deben ser empleadas por los discípulos aspirantes del mundo. Más adelante me ocuparé de la Invocación, síntesis de ambas. De todos modos, en ese mo­mento de necesidad material, me dediqué a la oración como de costumbre y esa noche oré. A la mañana siguiente, al ir a la galería, encontré el dinero necesario, y al cabo de uno o dos días Foster Bailey recibió una carta del señor Ernest Suffern, ofre­ciéndole un empleo en Nueva York, relacionado con la Sociedad Teosófica de esa ciudad, con un sueldo de trescientos dólares mensuales. Además nos ofreció la compra de una casa en un barrio situado al otro lado del río Hudson. Foster aceptó la oferta y partió para Nueva York, y me quedé al cuidado de mis hijas hasta ver lo que acontecía.

 

En esa época vivía conmigo Augusta Craig, comúnmente lla­mada “Craigie” por quienes la conocían y apreciaban. Esporádica­mente vivió largos años con nosotros, y mis hijas y yo la quería­mos mucho. Era una persona excepcional, rebosante de ingenio y mentalidad. Nunca encaraba un problema desde un solo ángulo o del punto de vista general. Quizá se debió a que había con­traído matrimonio cuatro veces y tenía una vasta experiencia de los hombres y sus asuntos. Era una de las pocas personas a quien podía recurrir para pedirle un consejo, pues nos entendíamos per­fectamente. Poseía una lengua cáustica, pero al propio tiempo tal encanto, que tanto el cartero, como el lechero y el repartidor de hielo, si eran solteros, trataban de conquistarla. No quería saber nada con ellos. Llegó a la conclusión que era muy interesante vivir conmigo, y no me abandonó hasta pocos años antes de su muerte, principalmente, según me dijo, porque no le gustaban los ancianos, pero luego se retiró a vivir a un asilo de ancianos en California. Sin embargo, como tenía más de setenta años cuando me dejó, creyó que sus compañeras podrían aprovechar sus ex­periencias. No creo que le agradara estar con otras ancianas, pero pensó que las beneficiaria grandemente, y puedo garantizar que así fue. Ella me hizo mucho bien.

 

Hacia fines de 1920, Foster me escribió para reunirme con él en Nueva York; partí dejando a las niñas al cuidado de Craigie, pues sabía que las quería y estaban seguras y cuidadas. Viajé hasta Nueva York donde Foster me esperaba, llevándome a un departamento en Yonkers, cerca de su vivienda. Poco tiempo des­pués fuimos una mañana al Registro Civil para pedir la licencia de matrimonio, solicitando al encargado que nos recomendara un clérigo para la ceremonia matrimonial, e inmediatamente nos ca­samos. Regresamos enseguida a la oficina para revisar el trabajo de la tarde, y desde ese momento lo hemos continuado durante 26 años.

 

La etapa siguiente fue amueblar la casa que el señor Suffern había comprado para nosotros en Ridgefield Park, Nueva Jersey. Luego Foster salió en busca de las niñas. Me quedé para prepa­rar las cortinas y proveer las necesidades de la casa, muchas de las cuales nos habían sido proporcionadas por el señor Suffern, esperando ansiosamente el regreso de mi esposo con las tres ni­ñas. Craigie no vino con ellas, lo hizo después.

 

Nunca olvidaré su llegada a la gran Estación terminal. Jamás vi a un hombre más cansado y agotado que Foster Bailey. Los cuatro aparecieron en el andén; Foster con Ellie en brazos y Do­rothy y Mildred colgadas de su chaqueta. Grande fue nuestra alegría al poder acomodarnos en el nuevo hogar. Era la primera vez que las chicas visitaban esa parte del país. Nunca habían visto nieve y pocas veces usado zapatos, lo cual para ellas constituyó una experiencia de civilización completamente nueva. Cómo se las arregló con las niñas lo ignoro; creo que es el momento de decir que resultó un padrastro maravilloso para ellas. Mientras fueron pequeñas nunca les hizo vislumbrar que no era su propio padre, por eso su deuda para con él es muy grande. Creo que le aman y bien que lo merece.

 

Este nuevo ciclo de vida significó reajustarnos a numerosos cambios. Por primera vez, además de la intensa presión que signi­ficaba la realización del trabajo para los Maestros y otras perso­nas, tuve también que combinar los cuidados de la familia, el man­tenimiento de la casa, la educación de las niñas y lo más difícil para mí: la creciente publicidad. He detestado la publicidad. Nun­ca me gustó la curiosidad del público ni la creencia tan arraigada que cuando se es escritor o conferenciante, necesariamente no debe tener vida privada. Creen que todo lo que uno hace es asunto de ellos y que se ha de decir lo que ellos quieren y con­ducirse también como ellos desean.

 

Nunca olvidaré el día cuando dije en Nueva York, a un audi­torio de más o menos 800 personas, que todos ellos podían alcan­zar cierto grado de realización espiritual si les interesaba, pero demandaría sacrificio de su parte, como había ocurrido en mi propia vida. Les expliqué que había aprendido a planchar la ropa de las niñas etc., mientras leía un libro sobre temas espirituales o de ocultismo, sin quemar las prendas; que podían controlar su pensamiento y aprender a concentrarse mentalmente y a orientarse espiritualmente pelando papas o limpiando guisantes, porque lo mismo había hecho yo, que no creía en la necesidad de sacrifi­car a la familia y su bienestar, por nuestras urgencias espirituales. Al finalizar la conferencia una mujer se puso de pie y pública­mente me amonestó por haberme referido a asuntos triviales de­lante de tanta gente. Le repliqué: “No creo que la comodidad de la propia familia sea un asunto tan trivial; tengo siempre presente el trabajo realizado por cierta mujer, maestra y conferencista muy renombrada, cuyos seis hijos jamás la veían, quedando la responsabilidad de su cuidado en manos de quien quisiera tomarse ese trabajo”.

 

Personalmente no siento el menor aprecio por quien llega a una realización espiritual a expensas de su familia o amigos. Esto sucede muy a menudo en los distintos grupos ocultistas. Cuando se me acerca la gente para contarme que sus familiares no sim­patizan con sus aspiraciones espirituales, les hago las siguientes preguntas: “¿Deja sus libros de ocultismo por todas partes, donde molestan a los demás? ¿Exige silencio absoluto en la casa mien­tras hace su meditación matutina? ¿Deja que la familia se pre­pare la cena mientras asiste a una reunión?”. Es aquí donde los estudiantes esotéricos se convierten en tontos y desacreditan al ocultismo. La vida espiritual no debe vivirse a expensas de los demás, y si la gente debe sufrir las consecuencias de nuestro intento de ganar el cielo, no es correcto.

 

Si hay alguien en el mundo que me enferma, cansa y hastía, es el tipo de ocultista técnico y académico. Otro tipo que me fas­tidia es el del tonto que cree estar en contacto con los Maestros y habla misteriosamente de las comunicaciones que ha recibido de Ellos. Cuando me refiero a tales comunicaciones acostumbro a decir: “Creo que esto es lo que el Maestro dice”, “Creo que esta es la enseñanza, pero empleen ustedes su propia intuición, pues quizá no sea así”. Tal vez alguien me considere escurridiza como una anguila, pero doy plena libertad a la gente.

 

Este contacto con el público comenzó lentamente en 1921, lo que originó un período muy difícil de mi vida. Siempre he pre­sentido que, astrológicamente, debía tener a Cáncer en el ascen­dente, porque me gusta ocultarme y hacerme invisible, y el versícu­lo de la Biblia que me ha parecido de gran importancia, es el que se refiere a “la sombra de una gran roca en la tierra sedienta”.

 

Muchos astrólogos de renombre se han divertido tratando de confeccionar mi horóscopo. La mayoría han establecido a Leo en el ascendente, porque me consideran muy individualista. Sólo uno de ellos estableció a Cáncer en el ascendente; poseía visión interna y simpatizaba con mi sentir acerca de la publicidad, creo que eso lo inclinó a establecerlo como mi signo ascendente, aunque sin embargo creo que es Piscis. Mi esposo y una de mis hijas son de Piscis; Piscis es el símbolo del médium o “mediador”. No soy médium, pero sí una especie de “mediador” entre la Jerar­quía y el público. Quisiera que observen que digo público y no grupos ocultistas. Sé y creo que el público común está más pre­parado para recibir un conocimiento sensato de los Maestros y una normal y sensible interpretación de la verdad oculta, que los miembros del grupo ocultista corriente.

 

Mis hijas habían llegado a la edad en que el cuidado físico normal que absorbe la atención de toda madre, se convertía en exigencias emocionales. Este ciclo, que dura hasta alcanzar la pu­bertad, es extremadamente difícil, tanto para los hijos como para las madres. No tengo la plena seguridad como madre, de haber reaccionado bien o actuado prudentemente, y quizá se deba sim­plemente a mi buena estrella que hoy mis hijas me quieran. Tu­vieron una educación más normal que la mía, puesto que estuve en manos de extraños, gobernantas y maestros, y quizá por eso me fue difícil comprenderlas. Tenía una idea muy exaltada sobre lo que debían ser las relaciones entre madre e hijos. En cambio las mías no tienen la misma idea. Alguien debía cuidarlas, y tam­bién al mismo tiempo oponerse a sus deseos. Aprendí muchísimo en este corto período de años y ese conocimiento me resultó va­lioso cuando me vi en situación de ayudar a otras madres a solu­cionar sus problemas. Echando una mirada retrospectiva, hones­tamente no creo que mis hijas tuvieron muchas causas para estar en desacuerdo conmigo, pues sinceramente traté de comprender­las y simpatizar con ellas; pero desde un punto de vista general me fastidia el comportamiento de los padres en este país y en Gran Bretaña.

 

En los Estados Unidos somos demasiado blandos y condescen­dientes con nuestros hijos, de manera que tienen muy poco sen­tido de responsabilidad y autodisciplina, en cambio en Gran Bre­taña la disciplina, las exigencias paternas, la supervisión y el control son suficientemente fuertes como para que se rebele cualquier criatura. En ambos países el resultado es el mismo: rebel­día. La joven generación británica me parece, por lo que he podido colegir, que se halla en un estado de total anonadamiento acerca de lo que quiere hacer y debe sustentar la joven generación en este mundo, mientras que la escandalosa conducta de los solda­dos del ejército norteamericano, cuando actuaron en Europa y en otras partes, ha dañado seriamente el prestigio de los Estados Unidos en el mundo entero. No culpo a los muchachos norteame­ricanos sino a las madres y padres, a los docentes y a los oficiales del ejército, por no haberles proporcionado un sentido de orienta­ción, de responsabilidad y verdaderas normas de vida. En verdad no podemos culpar totalmente a nuestros jóvenes de haberse des­carriado durante la guerra y cuando fueron a ultramar.

 

Cuando fui a Europa y a Gran Bretaña en el verano de 1946, obtuve información directa de los nativos de distintos países res­pecto a su conducta, a las decenas de miles de hijos ilegítimos que dejaron atrás, carentes de todo cuidado y sin ser reconocidos, así como también de las cientos de jóvenes con quienes se casa­ron para abandonarlas después. Una de las cosas más interesantes que descubrí, fue saber la gran estima que les merecía las tropas de negros, debido a su cortesía y delicadeza con las mujeres, pues nunca se aprovechaban de una muchacha, a no ser que ella estu­viera dispuesta. Esta crítica a los jóvenes norteamericanos puede extenderse a las tropas británicas más disciplinadas. Repetidas veces en Inglaterra les he dicho a personas que criticaban a las tropas norteamericanas, “está muy bien, y estoy dispuesta a creer todo lo que digan de ellos, pero qué me dicen de las indecentes jóvenes inglesas, francesas y holandesas, pues se necesitan dos para ese juego”. Si bien los muchachos norteamericanos tenían de­masiado dinero y aunque los oficiales les daban libertad de acción cuando estaban en servicio activo, las mujeres de otras naciona­lidades son también culpables. Es comprensible que estas muchachas famélicas y desnutridas prefirieran irse con soldados norte­americanos cuando ello significaba tener pollo y pan para sus familias. No digo esto para disculparlos, pero debo exponerlo por­que es la realidad de los hechos.

 

Todo el problema sexual y la relación entre los sexos quizá sea uno de los problemas mundiales que tendrán que ser resueltos en el siglo venidero. Cómo será resuelto no me corresponde decirlo. Supongo que mayormente es una cuestión de educación correctiva y de inculcar a la juventud, en los últimos años de su adolescencia, el concepto de que la muerte es el precio del pecado. Uno de los hombres más limpios que conocí y que nunca se des­carrió, según se dice en sentido puritano, me dijo que la única razón de su pureza radicaba en el hecho de que a los diecinueve años su padre lo había llevado a un museo de medicina y le mostró algunos resultados de la mala conducta. No creo en el empleo del temor para corregir la conducta y las debilidades, pero probablemente la evidencia objetiva de la pecaminosidad material tiene su valor.

 

Tampoco tengo la intención de ocuparme de este tema con mayores detalles, pero tiene que ver con el problema que en­frenté cuando nos instalamos en la casa de Ridgefield Park. Debía enviar a mis hijas a las escuelas públicas de Nueva Jersey. Estaba habituada a la idea de la educación mixta, pero para un grupo de escolares menores de diez años exclusivamente. Por mi parte, yo no era producto del sistema educativo mixto, ni me agradaba mucho para niñas que iban llegando a la adolescencia, pero no tenía otra alternativa y tuve que afrontar la situación.

 

Contando con un hogar apropiado y con la influencia paternal adecuada, hoy no conozco mejor sistema que el de la educación mixta. El asombro de mis hijas casi fue cómico cuando llegaron por primera vez a Inglaterra y se dieron cuenta cómo las chicas inglesas consideraban a los jóvenes. Comprobaron que las inglesitas sobreestimaban a los muchachos, que estaban impregnadas de misterio referente al sexo y no sabían cómo tratar a los varo­nes; en cambio la joven norteamericana, educada en la misma clase a la par de los varones, comiendo, yendo, viniendo y jugan­do juntos, tenía una actitud más sensata y sana. Espero que no pasará mucho para ver implantado, en todos los países del mundo, el sistema de educación mixta. Pero detrás de estos sistemas debe estar el hogar para complementar y neutralizar aquello de que carece el sistema escolar. Es esencial enseñar a los jóvenes de ambos sexos, mutuas y correctas relaciones y mutuas responsa­bilidades, y darles mucha libertad, basada en la confianza, dentro de ciertos límites recíprocamente elegidos.

 

Mis tres niñas comenzaron a concurrir a la escuela pública. No puedo decir que se hayan destacado. Todos los años pasaban de grado, pero no recuerdo que fueran las primeras de la clase o estuvieran en el cuadro de honor. No lo considero un deshonor para ellas. Las tres poseían una fina mentalidad y probaron ser ciudadanas altamente inteligentes, pero no les interesaba particu­larmente la escuela. Recuerdo que Dorothy me trajo un editorial del New York Times, cuando era alumna de la escuela secun­daria. El editorial se refería a los modernos sistemas educativos, señalando su utilidad para las masas. No obstante, dicen que di­chos sistemas educativos no eran adecuados para criaturas muy inteligentes, creadoras o bien dotadas. “Eso”, dijo mi hija, “so­mos nosotras, y por esta causa no hacemos mayores méritos en la escuela”. Probablemente tenía razón; me cuidé bien de decírselo. Lo malo de la educación mixta estriba en las clases demasiado numerosas y en que todos no pueden recibir la debida atención. Recuerdo que un día le pregunté a Mildred por qué no había hecho sus deberes y me contestó: “Mamá, calculo que por haber sesenta niños en mi clase, el maestro tomará tres semanas para llegar a mi, y por el momento no es necesario hacer nada”. De todos mo­dos hicieron sus cursos, graduándose normalmente, y ello fue su­ficiente. Sin embargo, eran grandes lectoras. Constantemente se encontraban con personas inteligentes y escuchaban conversaciones de interés; estaban en contacto, por intermedio de Foster y mío, con gente de todas partes del mundo, siendo su educación realmente muy amplia.

 

Durante todo este tiempo, Foster actuaba como secretario en la Asociación Teosófica de Nueva York, una organización inde­pendiente, no oficial; yo cocinaba, cosía, hacía todo el trabajo de la casa y escribía libros. Todos los lunes por la mañana Foster y yo nos levantábamos a las cinco y hacíamos el lavado semanal, incluso el de las sábanas, porque era poco el dinero que entraba. Más o menos en el último año de mi vida pude liberarme de al­gunos quehaceres domésticos.

 

En esa época, Foster organizó el “Comité de los 1.400” —creado con el objeto de llevar a la Sociedad Teosófica a sus principios originales. Este comité era una réplica diminuta de la gran sepa­ración que había alcanzado su punto álgido en la guerra mundial de 1939; constituía esencialmente una lucha entre las fuerzas reaccionarias y conservadoras de la Sociedad y las nuevas fuerzas liberales que bregaban para lograr la restauración de los prin­cipios originales de la Sociedad. Fue una lucha entre un grupo seleccionado, aislacionista, superior, que se consideraba más sabio y espiritual que el resto de los miembros, contra los que amaban a sus semejantes y creían en el progreso y en la universalidad de la verdad. Era una reyerta entre una facción excluyente y un grupo incluyente. No fue un enfrentamiento de doctrinas sino de principios, y Foster dedicó mucho tiempo a organizar la lucha.

 

B. P. Wadia volvió de la India, y al principio teníamos la es­peranza de que daría mayor fuerza a nuestro empeño. Sin embargo, descubrimos que su intención era asumir, con la ayuda de Foster y del “Comité de los 1.400”, la presidencia de la Sociedad en este país. Pero Foster no había organizado las cosas para poner en el poder a un hombre que representara al comité. Éste se había organizado para presentar a los miembros de la Sociedad Teosó­fica los problemas actuales involucrados y los principios en juego. Cuando Wadia descubrió esto, amenazó con apoyar e interesarse por la “United Lodge of Theosophists”, una organización rival y muy sectaria, que representaba la actitud fundamentalista de la Sociedad Teosófica, conjuntamente con uno o dos grupos teosóficos que representaban el punto de vista de los teólogos ortodoxos, quienes sostenían que la última palabra la había dicho H. P. B., que nada más debía agregarse, y si no se aceptaba la interpreta­ción que ese grupo daba a lo que H. P. B. expresó y significó, no se podía ser buen teósofo. Esto explica por qué estos grupos fundamentalistas son tan reducidos.

 

El Comité de los 1.400 continuó su labor. Al efectuar la si­guiente elección eligieron a los miembros (o más bien la sección esotérica ordenó la elección) y en consecuencia la labor del comité llegó a su término. Wadia apoyó, como dijo que lo haría, a la “United Lodge of Theosophists”, y regresó oportunamente a la India, donde fundó una de las mejores revistas sobre ocultismo que existen actualmente. Se llama “The Aryan Path”, y es muy buena. El término “aryan” (ario) no tiene nada que ver con la aplicación que Hitler le dio. Se refiere al sistema ario de valo­ración espiritual y al modo como la gente de la quinta raza raíz se acerca a la realidad.

 

Mientras tanto, comencé a dictar un curso sobre la Doctrina Secreta; había alquilado una habitación en la avenida Madison, donde además de dictar clases podía citar a las personas para una entrevista. Este curso comenzó en 1921 y era muy concurrido. Asistían regularmente personas de diversas ramas teosóficas y grupos de ocultismo. Un día vino Richard Prater, antiguo asocia­do de W. Q. Judge y discípulo de H. P. Blavastky, y la semana siguiente trajo a todos los que integraban su curso sobre la Doc­trina Secreta.

 

Menciono esto para bien de la “United Lodge of Theosophists” y para quienes sostienen que el verdadero linaje teosófico pro­viene de H. P. B. por intermedio de W. Q. Judge. Todo lo que sé de teosofía me fue enseñado por amigos personales y discípulos de H. P. B., y esto lo reconoció Prater. Más adelante me dio las instrucciones de la sección esotérica, que recibiera de H. P. B. Son idénticas a las que había visto yo allí, pero esta vez sin compro­miso de ninguna clase, y se me dejó en libertad para emplearlas en cualquier momento, y así lo hice. Cuando Prater falleció, hace años, su biblioteca llegó a nuestras manos con las antiguas edicio­nes de la revista “Lucifer” y de la Revista Teosófica, más otros escritos esotéricos que había recibido de H. P. B.

 

En uno de los papeles recibidos, H. P. B. expresaba su deseo que la sección esotérica se llamara Escuela Arcana. Esto nunca se había hecho, entonces decidí cumplir con el deseo de la venerable dama y dar a la escuela este nombre. Considero que fue un gran privilegio y felicidad haber conocido a Prater.

 

Otra antigua discípula de Madame Blavatsky y del Coronel Olcott, la señorita Sarah Yacobs, me proporcionó las placas foto­gráficas de los retratos de los Maestros que recibió del coronel Olcott; por eso guardo un recuerdo feliz de que los discípulos y amigos personales de H. P. Blavatsky aprobaban lo que yo estaba dispuesta a realizar. Tuve su apoyo y ayuda, hasta que pasaron al más allá. Cuando los conocí ya eran ancianos. La actitud de los actuales dirigentes y miembros teosóficos siempre me ha diver­tido. Jamás aprobaron mi enseñanza, sin embargo venía directamente de discípulos entrenados personalmente por ella, siendo por lo tanto más exacta que la impartida por quienes no conocieron a H. P. B. Menciono esto para bien del trabajo y quiero que se reconozca su fuente de origen.

 

Del curso sobre la Doctrina Secreta, que dictaba en la Avenida Madison, surgieron en todo el país grupos de estudiantes que recibían esas lecciones. Las clases se ampliaron y prosperaron, hasta que despertaron definidamente el antagonismo teosófico, y el Dr. Jacob Bonggren me advirtió que mis clases eran atacadas. Bonggren era un antiguo discípulo de H. P. B.; sus escritos fueron publicados en los primeros números de la revista y me enorgu­llece el hecho de haber recibido su apoyo en esos días.

 

En 1921 formamos un pequeño grupo de meditación con cinco hombres, mi esposo y yo, reuniéndonos generalmente los martes por la tarde, después del trabajo, para conversar acerca de las cosas de interés, considerar el Plan de los Maestros de Sabiduría y meditar sobre la parte que nos correspondía desempeñar en él. Este grupo se reunió constantemente en el verano de 1922 a 1923. Entre tanto yo continuaba escribiendo para El Tibetano, y ya se habían editado los libros: “Iniciación Humana y Solar”, “Cartas sobre Meditación Ocultista” y “La Conciencia del Átomo”.

 

La gente se inclina a creer que si alguien escribe un libro sobre un tema técnico, como la meditación, debe saber todo lo que a ello se refiere. Empecé a recibir cartas de todas partes del mundo, de gente que me pedía enseñarles a meditar o ponerlos en contacto con los Maestros de Sabiduría. Esta última petición siempre me ha causado gracia. No soy de esas instructoras ocultistas que preten­den saber con exactitud lo que el Maestro quiere que se realice, o que tiene el poder de presentar a los Maestros ante curiosos y tontos. Así no se establece contacto con los Maestros. No son objeto de atracción para curiosos, crédulos e ignorantes. Sólo el servidor altruista de la raza y el que interpreta inteligentemente la verdad, puede hacer contacto con Ellos.

 

He difundido la enseñanza tal como la he recibido de El Tibe­tano, pero la responsabilidad es Suya. Como Maestro de Sabi­duría sabe lo que yo no sé, y tiene acceso a los archivos y verdades que están sellados para mí. Creer que sé todo lo que se dice en Sus libros, es falso. Como discípulo en entrenamiento puedo saber más que el lector común, pero no tengo el vasto conocimiento que posee El Tibetano; siento regocijo, con frecuencia, cuando algún teósofo antagonista me describe (podría dar nombres, pero no lo haré) como esa “señora peculiar que tiene su oído pegado al ojo de la cerradura de Shamballa”. Pasará mucho tiempo antes de adquirir el derecho de “entrar en el lugar donde la Volun­tad de Dios es conocida” y, cuando lo haga, no necesitaré el ojo de la cerradura.

 

En el verano de 1922 fui con mi familia, por tres semanas, a Amagansett, en Long Island, y me dediqué a escribir una carta semanal al grupo de estudiantes, para ser leída y estudiada du­rante nuestra ausencia. En muchos casos estas cartas resultaron oportunas para quienes inquirían sobre meditación, el camino hacia Dios y el plan espiritual para la humanidad, de modo que les enviaba copias a medida que las escribía. Cuando regresamos a Nueva York, en septiembre, tuvimos que considerar la forma de manejar la correspondencia acumulada (como consecuencia del incremento de la venta de libros), de satisfacer la demanda de clases sobre la Doctrina Secreta y encarar los pedidos de ayuda espiritual. Por eso en abril de 1923 organizamos la Escuela Arcana.

 

Fuimos apoyados por los cuatro o cinco hombres que se reu­nían con mi esposo y yo, los martes por la tarde. Dos de ellos, desde hace veinticuatro años, trabajan con nosotros, y los otros dos han pasado al más allá. Al principio no teníamos la menor idea de cómo organizar este trabajo. Ninguno, excepto uno, había pertenecido a una escuela por correspondencia, ni sabíamos cómo manejar las cosas. Sólo teníamos buena intención y un ardiente deseo de ayudar, y tres libros sobre temas ocultistas. Desde esa época han pasado por la escuela más de 30.000 personas; las que ingresaron hace 10, 12 ó 18 años todavía están con nosotros, y la obra de la Escuela Arcana se conoce y aprecia en casi todos los países del mundo, exceptuando Rusia y cuatro países más.

 

De haber tenido el menor atisbo de la extensa y absorbente tarea que nos esperaba, dudo que hubiéramos tenido el valor de emprenderla. De haber sabido los dolores de cabeza y desasosiegos que me traería y las responsabilidades que debe asumir una es­cuela esotérica, sé que no hubiera intentado emprender este tra­bajo, pero los tontos se precipitan donde los mismos ángeles temen caminar, y me precipité.

 

Sin embargo, no podría haber hecho nada sin el apoyo y sabi­duría de mi esposo. Tiemblo sólo de pensar en los errores que hubiera cometido, los juicios equivocados en que pude haber in­currido y las consecuencias legales que todo eso me pudo traer y en lo cual me habría visto envuelta. Su clara mentalidad jurídica, su impersonalidad y calma para permanecer inalterable, cuando yo creía que podía excitarse, me han salvado constantemente de mis errores.

 

No resulta fácil dirigir una escuela esotérica, ni tampoco asu­mir la responsabilidad de enseñar a las personas la verdadera meditación. Es difícil hollar el estrecho sendero del filo de la navaja, que pasa entre el psiquismo superior, o percepción espiri­tual, y el psiquismo inferior, que muchas personas comparten con gatos y perros. No es fácil discriminar entre una corazonada psíquica y una percepción intuitiva; tampoco es fácil hacerse cargo espiritualmente de la vida de las personas y darles lo que necesitan cuando voluntariamente se ponen en nuestras manos para recibir entrenamiento. Nada de esto yo hubiera podido realizar en la extensión lograda, si no fuera por la maravillosa ayuda de quienes trabajaban en la Sede y los estudiantes secretarios. Comenzamos con una habitación; ocupamos actualmente (1947) dos pisos en la calle 11, West 42nd. Street, con un considerable personal y Sedes en Inglaterra, Holanda, Italia y Suiza. Además del personal de la Sede, tenemos un grupo de ciento cuarenta secretarios, estu­diantes avanzados que ayudan en la instrucción de los demás estudiantes. Debido al desinterés y voluntaria ayuda prestada constantemente durante estos años por los secretarios, diseminados por todo el mundo, hemos podido continuar la tarea.

 

Cuando se inició el trabajo, había determinado que todas las actividades del grupo debían regirse por ciertos principios bási­cos. Ansío dejar bien aclarado esto porque lo creo fundamental y debería regir en todas las escuelas esotéricas. Después que yo haya desaparecido quiero estar segura que estos principios deter­minarán las normas a seguir. La instrucción básica impartida en la Escuela Arcana es la misma que se ha dado a los discípulos a través de las edades. Por lo tanto, si la Escuela Arcana tiene éxito, no tendrá un gran número de miembros en este siglo. Los que están preparados para ser instruidos en las leyes espirituales que rigen a los discípulos, son raros de encontrar, aunque debemos es­perar que el número se acreciente. La Escuela Arcana no es una entidad para discípulos probacionistas. Está destinada a ser una escuela de entrenamiento para quienes pueden actuar, directa y conscientemente, bajo la dirección de los Maestros de Sabiduría. Existen hoy en el mundo muchas escuelas para probacionistas que realizan un trabajo noble, grande y necesario.

 

     Durante mucho tiempo me sentí muy desconcertada respecto a la razón por la cual la Sociedad Teosófica y, en especial, los miembros de la sección esotérica, eran tan amargamente antagó­nicos respecto al trabajo que yo intentaba llevar a cabo. Sabía que no se debía a nuestras actividades anteriores dentro de esa Sociedad, sino que se basaba en otra cosa, y eso me desconcertaba. Siempre me había parecido, y me sigue pareciendo, que hay en el mundo lugar para varios cientos de escuelas esotéricas verdade­ras y que todas podrían colaborar, complementándose unas a otras.

 

Cavilé sobre esto durante mucho tiempo, hasta que, a princi­pios de 1930, encontrándome en Paris, pregunté al señor Marcault, presidente de la Sociedad Teosófica de Francia, a qué se debía este antagonismo. Me miró con cierto asombro y contestó que, lógi­camente, no le parecía bien que en vez de hacer ingresar gente a la sección esotérica, me la llevara a mi grupo. Lo miré igual­mente asombrada y repliqué que en la Escuela Arcana contába­mos con cuatro tipos distintos de teósofos, otros tantos de rosacru­ces y que ninguno de ellos había querido entrar en la Sociedad Teosófica, de la cual él y yo éramos miembros. Le recordé que en la sección esotérica nadie era admitido sin antes haber sido miembro de la Sociedad durante dos años, y le pedí que explicara por qué las personas preparadas para recibir entrenamiento esotérico debían esperar dos años en un grupo exclusivamente exotérico. No supo qué responder, y su desconcierto aumentó cuando señalé (ahora reconozco que fue una mala táctica de mi parte) que era lamentable que la Escuela Arcana y la sección esotérica no pu­dieran trabajar juntas. Puntualicé que la sección esotérica era en el mundo la mejor escuela para probacionistas, porque activaba los fuegos de la aspiración y nutría la devoción de sus miembros, pero en cambio, nuestra escuela daba entrenamiento para llegar a ser “discípulos aceptados”, es decir, para quienes estaban en las últimas etapas del sendero de probación, y hacíamos hincapié en la impersonalidad y en el desarrollo mental. Agregué que nuestra tarea era deliberadamente selectiva, quedándose sólo aquellos que en realidad estudiaban fervorosamente y manifestaban signos de verdadera cultura mental. Le dije que rechazábamos cientos de personas de tipo emocional o devocional, y que si trabajábamos jun­tos podían ser transferidas muchas personas a la sección esotérica. No le complació ni le impresionó bien, y por cierto no pude cul­parlo. No quise que mi manifestación invalidara ninguna de las dos, pues para mí ambos grupos eran igualmente necesarios; cum­plían un propósito espiritual, y ya se tratara de un probacionista o un discípulo, seguían siendo seres humanos espiritualmente orientados, que requerían entrenamiento y disciplina.

 

El sentido de posición y categoría ha sido la maldición de la Sociedad Teosófica y de muchos grupos ocultistas. Como he dicho a menudo a los secretarios, la antigüedad en la Escuela Arcana no es un signo de desarrollo espiritual y en su grupo pueden tener un principiante mucho más avanzado que ellos en el sendero del discipulado. Otra cosa me deja perpleja, y es cuando la gente cree que una persona emotiva, de fuertes sentimientos, sensible y perceptiva, tiene menos importancia que una de tipo mental. Nadie puede existir sin corazón o sin cabeza, y el verdadero estudiante ocultista es una combinación de ambas cosas. Los dirigen­tes de la Sociedad Teosófica no permiten a los miembros de la Escuela Arcana ingresar en la sección esotérica, sin haber renun­ciado antes a nuestra escuela. Esto es un gran error y parte de la gran herejía de la separatividad.

 

Nosotros no exigimos tal separación; decimos a los estudiantes que si la escuela logra profundizar su vida espiritual, ampliar su horizonte y acrecentar su percepción mental, les corresponde apli­carlo en la iglesia, la sociedad, organización o grupo, hogar o comu­nidad, que el destino les ha deparado. Por eso tenemos estudiantes activos que son miembros de diversas logias teosóficas, y cada una se considera única y verdadera; también hay estudiantes que pertenecen a cuatro grupos distintos de rosacruces y miembros de las iglesias católica y protestante, de la Christian Science y de la Unity y de todas las organizaciones conocidas con una base espi­ritual o religiosa. Aceptamos otros que no tienen creencia alguna, pero están dispuestos a aceptar una hipótesis y probar su validez. Por eso la Escuela Arcana es apolítica y no sectaria y profun­damente internacional en sus ideas. Su nota clave es el servicio. Sus miembros pueden pertenecer a cualquier secta y partido político, y trabajar en ellos siempre que recuerden que todos los caminos conducen a Dios y que el bienestar de la humanidad debe regir todos sus pensamientos. Ante todo, en esta escuela se le enseña al estudiante que las almas de los hombres son una.

 

Quisiera agregar además, que la creencia en la Jerarquía es­piritual de nuestro planeta aquí se enseña científicamente, no como doctrina sino como un reino existente y demostrable en la naturaleza. Hemos tenido demasiada enseñanza clerical acerca del reino de Dios y el reino de las almas. Estos términos equivalen a la frase empleada anteriormente, la Jerarquía espiritual del planeta.

 

En esta escuela se desarrolla la verdadera obediencia ocultista, que no implica obediencia a mí, a otro dirigente de la escuela ni a algún otro ser humano. No se exige ni se pide a los estudiantes juramento alguno de adhesión u obligación personal hacia ningún individuo. Sin embargo, se les enseña a obedecer rápidamente los dictados de su propia alma. A medida que la voz del alma se inten­sifica y se hace familiar, con el tiempo se transformarán en miem­bros del reino de Dios y serán llevados ante el Cristo.

 

En 1923, establecimos así una escuela sin carácter doctrinario ni sectario, basada en la Sabiduría Eterna, llegada hasta nosotros desde la misma noche de los tiempos. Iniciamos una escuela que tiene un propósito definido y un objetivo específico, una escuela incluyente y no excluyente, que orienta a sus discípulos hacia una vida de servicio, lo cual constituye el camino de acercamiento a la Jerarquía, en vez de la egoísta auto-cultura espiritual. Estu­vimos de acuerdo en que el trabajo debía ser arduo, pesado y difícil, para poder eliminar a los ignorantes. Una de las cosas más fáciles de fundar en el mundo es una escuela ocultista donde el individuo se interesa en sí mismo, siendo muy común, pero nada de eso queríamos.

 

Poco a poco aprendimos a organizar el trabajo, a instruir al personal, a sistematizar los ficheros y a adoptar esos sistemas comerciales que aseguran la rápida atención de nuestros estudiantes. Hemos mantenido financieramente a la escuela, sobre una base de aportes voluntarios, sin cobrar por el estudio. De esta manera no tenemos ninguna obligación pecuniaria con los estu­diantes y nos reservamos el derecho de rechazarlo o eliminarlo en cualquier momento, si no aprovecha la enseñanza. No tenemos ningún subsidio ni acaudalado donante para la obra. Se sostiene con los pequeños aportes de los muchos, lo cual es más sólido y seguro.

 

Creo que es todo lo que tengo que decir acerca del comienzo de la Escuela Arcana y su funcionamiento. Constituye el cora­zón de todo lo que hacemos. Tenemos hoy varias secciones: britá­nica, holandesa, italiana, suiza y sudamericana. Además, el trabajo ha sido organizado en Turquía y África occidental y hay miem­bros en muchos otros países. Las lecciones de la Escuela Arcana se publican en muchos idiomas; los estudiantes son atendidos por secretarios que hablan el mismo idioma. Las actividades de ser­vicio abarcan un campo amplio, pero no me ocuparé aquí de ellas.

 

Los seis años siguientes, 1924 a 1930, fueron algo monótonos. Los recuerdo claramente como un ciclo en que día tras día, semana tras semana, mes tras mes, hacía siempre lo mismo, mientras lle­vaba adelante la Escuela Arcana. Continuamente escribía artícu­los y lecciones para la escuela; concedía entrevistas y, en 1928, cada veinte minutos recibía a alguien. Nunca me dejé llevar por el engreimiento, creyéndome una gran persona. Esto se debía a que no cobraba nada.

 

En esos años, en todas partes, pronunciaban conferencias psicólogos de todo tipo. Psicoanalistas de cualquier especie concedían en­trevistas y cobraban elevados honorarios. Por mi parte, nunca co­bré nada, dedicaba el día entero en atender personas con algún problema que esperaba solución. En Nueva York había entonces una mujer que cobraba 500 dólares por una consulta de media hora, teniendo un sinnúmero de personas que esperaban ser aten­didas. Puedo asegurar que nunca dio tan buenos consejos como los que yo daba gratuitamente.

 

En esa época descubrí definidamente uno de los misterios de la naturaleza humana. Comprobé que la gente está dispuesta a revelar a un extraño los asuntos más íntimos de su vida diaria, sus relaciones sexuales con sus esposos o esposas. Creo que mi reacción en contra de esto tenía su base en mi educación inglesa, porque en América se habla a los desconocidos con más libertad que lo que acostumbra hacer la otra parte de la raza anglosajona. Con toda sinceridad digo que nunca me agradó. Que exista cierta reticencia es útil y correcto y siempre me he dado cuenta que cuando una persona ha sido demasiado franca y se ha abierto en una conversación íntima, generalmente termina detestándolo a uno —un tipo de odio inmerecido e injustificado contra la persona en quien se ha confiado. Nunca me han interesado las relaciones sexuales de la gente, pero comprendo que son un factor muy im­portante para la armonía individual.

 

La cuestión del sexo está hoy muy difundida. Soy una inglesa conservadora que siente horror por el divorcio y le desagradan las polémicas acerca del sexo, pero, sin embargo, sabe muy bien que la moderna generación no está totalmente equivocada. Sé que la actitud victoriana era malsana y perniciosa. El secreto y misterio con que rodeaban el problema del sexo, resultaba peligroso para los jóvenes inocentes, respecto a una vida creadora natural. Los rumores, los secretos, las informaciones a puertas cerradas, ori­ginan interrogantes entre los jóvenes, dando por resultado un pensar aberrante, por eso resulta difícil perdonar a los padres victo­rianos. Actualmente sufrimos la consiguiente reacción. Es muy posible que la juventud sepa demasiado, pero personalmente creo que esta condición es mucho más segura que la que yo conocí.

 

Cuál es la solución al problema sexual de las razas no lo sé; pero sé que algunos países regidos por la ley inglesa y pre­sumiblemente por la ley holandesa y otras más, el mahometano puede tener varias esposas. Los americanos, los ingleses o los de cualquier nación, siempre han tenido innumerables relaciones sexuales. De esta promiscuidad y de la búsqueda de una respuesta, se hallará eventualmente la verdadera solución. Los franceses no lo han resuelto, pues en la nación francesa se ha demostrado que “la mente es el matador de lo real”. Los franceses son tan rea­listas, que olvidan a menudo lo bello, espiritual y subjetivo, y esto indica una gran falla en su cerebro. El Senado se reúne sin reconocer a la Deidad; las Logias Masónicas son proscritas por las Grandes Logias de otros países, pues no reconocen al Gran Arquitecto del Universo, y sus relaciones sexuales se basan en un con­cepto puramente utilitario, que tendría una sólida base siempre que no existiera en el mundo nada más que la vida material.

 

Hoy, 1947, el mundo sufre de demencia sexual. Gran Bretaña, Estados Unidos y otros países están colmados de casos de divorcio; la juventud se casa en el entendimiento de que si la unión no resulta feliz, puede ser disuelta, y ¿quién puede decir que no es razonable? Los hijos ilegítimos, como resultado de la psicosis de la guerra, en todos los países son la regla y no la excepción. Dondequiera que marchen los ejércitos, dejan como saldo cientos de miles de hijos ilegítimos. La iglesia lanza su anatema contra los modernos puntos de vista del matrimonio y la desilusión que ello trae, pero no ofrece solución, y tanto la Iglesia Católica, como la Episcopal de los Estados Unidos y Gran Bretaña, sostie­nen que obtenido el divorcio, un nuevo casamiento constituye adulterio.

 

A este respecto recuerdo muy bien que, para asistir a la ma­ñana temprano a una pequeña iglesia en Tunbridge Wells, cerca de nuestra sede, y recibir la comunión, pedí permiso al párroco, pues Inglaterra es un país muy pequeño y mi familia muy cono­cida. El párroco respondió que tenía que pedir permiso al obispo, éste lo negó, y el rector me dijo que no podía recibir la comunión. Miré fijamente al rector unos minutos, y le dije: “Pude haber venido de América como mujer ligera, que bebe, juega a los nai­pes, y con media docena de amantes, permitiéndoseme recibir la comunión por no estar divorciada. Veinte años atrás se me otorgó el divorcio con total aprobación del obispo y del clero de la diócesis, porque conocían los hechos, pero ahora no puedo recibir la comu­nión —yo que he tratado de servir a Cristo desde que tuve 15 años”. Hay algo que fundamentalmente no está bien en la Iglesia Anglicana, y algo igualmente erróneo aquí, en la Iglesia Episco­pal, pues una vez me dijo un obispo: “Nunca me diga que una persona es divorciada, porque si lo ignoro, no causo daño, pero si lo sé, me veo obligado a negarle la comunión”. Los comentarios huelgan.

 

Creo que estamos en camino de lograrle solución al problema sexual. ¿Cuál será esa solución? no lo sé, pero confío en la pu­reza innata de la humanidad y en el progresivo desenvolvimiento del propósito de Dios. Puede que la solución salga de una educa­ción correcta, lograda en nuestras escuelas, unida a una correcta actitud de todos los padres del mundo para con sus hijos e hijas adolescentes. La actitud actual se basa en el temor, la ignorancia y la reticencia. Llegará el momento en que educadores y padres conversarán abierta y directamente con los jóvenes, sobre los he­chos de la vida, y la regulación de las relaciones sexuales, y pre­siento que ese momento se aproxima a pasos agigantados. La ju­ventud es muy sana, pero su ignorancia frecuentemente constituye la causa de las dificultades. Si conocieran los hechos (los hechos brutales al desnudo) sabrían qué hacer. Esas conversaciones estúpidas sobre florecillas y semilleros, y los niños que trae la cigüeña, y ejemplos similares y abundantes del problema sexual, resul­tan un insulto a la inteligencia humana, y nuestros jóvenes poseen una inteligencia muy elevada.

 

Personalmente quisiera que los jóvenes adolescentes, de ambos sexos, concurrieran a un médico comprensivo capaz de explicarles la verdad lisa y llana. Que se gestara en la joven generación el respeto por su función como futuros padres de la próxima gene­ración, y que los padres actuales, hablando en sentido general, dieran a los jóvenes más libertad para solucionar sus propios pro­blemas. La experiencia me ha enseñado que se puede confiar en ellos cuando saben las cosas. El varón y la mujer comunes no son degenerados por naturaleza, ni corren riesgos cuando saben que existen. Me agradaría que el médico encarara el problema sexual, hablándoles a los jóvenes desde el punto de vista de la paternidad y desde el ángulo de los peligros de la promiscuidad, además de advertirles seriamente sobre la homosexualidad, que constituye hoy una de las mayores amenazas que acechan a los jóvenes de ambos sexos. Al explicarles los hechos y discutir el cuadro con toda claridad, podemos confiar en nuestros jóvenes pero, sincera­mente hablando, no confío mucho en los padres, principalmente porque están llenos de temores y no tienen confianza en sus hijos.

 

Éstas son palabras preliminares, pues en los años siguientes tuve que afrontar el problema juvenil. Tengo tres hijas muy atractivas y los muchachos comenzaban a cortejarlas. En la sede veía gente y más gente; en mi hogar, muchachos y más muchachos. Así aprendí a conocer y apreciar a ambos grupos. Confío en la joven generación y la respeto y aprecio.

 

En esa época nos cambiamos de Ridgefield Park a Stanford, en Connecticut. Un amigo nuestro, el señor Graham Phelps-Stokes, tenía una casa desocupada en Long Island Sound y nos permitió ocuparla gratuitamente durante varios años. Era más espaciosa y bonita que la de Ridgefield Park y me gustaba mucho. Siempre recordaré las mañanas pasadas allí. En la planta alta de un ala del edificio había una amplia habitación que abarcaba el espa­cio correspondiente a las dependencias de servicio del piso bajo. Tenía ventanas en tres lados del aposento y allí vivía yo y tra­bajaba. Craigie estaba con nosotros y, aunque el trabajo de la casa era agotador, como las niñas crecían, ya prestaban ayuda. Foster y yo acostumbrábamos a viajar a Nueva York casi todos los días de la semana, pues Craigie cuidaba de las niñas, que estaban en plena adolescencia y eran extraordinariamente boni­tas, y no quisimos que ingresaran en la escuela pública. Entonces la población de Stanford era en su mayor parte extranjera, y las tres niñas, hermosas y rubias, eran irresistibles para los jóvenes italianos que las seguían a todas partes. Presenté mi problema a una amiga que estaba en buena posición, y costeó sus estudios en Low Hayward School, colegio particular de alta categoría para señoritas, al que concurrían diariamente durante nuestra perma­nencia en Stanford.

 

No me es posible recordar cuántos muchachos las asediaban. Dos de ellos aún son amigos y nos visitan de vez en cuando, aunque se han casado y tienen familia. Se nos presentan esporádicamente, pues siempre existe entre nosotros esa disposición hondamente arraigada, que elimina toda tirantez y nos permite retomar el hilo de una amistad íntima, sin tener en cuenta el tiempo transcurrido desde la última vez que nos vimos. He olvidado a los demás. Venían y se iban. Un recuerdo que persiste en mí es el de tantas noches pasadas en esa habitación de tres grandes ventanales, esperando que se encendieran las luces de un auto­móvil, lo cual indicaba que una de las chicas despedía a su novio. Esa actitud mía molestaba mucho a mis hijas, pero he pensado siempre que era una buena medida psicológica. Como madre siem­pre supo dónde estaban, con quiénes estaban y cuándo llegaban mis hijas; nunca tuve que lamentar mi terquedad en ese sentido, aunque con frecuencia lamenté las horas de sueño perdidas. Mis tres hijas nunca me causaron angustia, y jamás me dieron mo­tivos para desconfiar de ellas, por eso aprovecho esta oportuni­dad, ahora que están casadas y viven su propia vida, para decir que fueron muy buenas, sensatas, sensibles y muy decentes.

 

Así pasaron los años. Desde 1925 a 1930 fueron años de adap­tación, dificultades, alegrías y progreso. Poco tengo que decir. Constituyeron años normales, de trabajo, formación y estabiliza­ción de la Escuela Arcana. Se publicaron los libros de El Ti­betano, y a nuestro alrededor se reunían grupos de hombres y mujeres que no sólo eran amigos adictos, que habían trabajado entonces con nosotros, sino que aún se dedican lealmente a ser­vir a la humanidad.

 

Pocas veces tomábamos vacaciones en verano, pues la casa estaba sobre el Sound y tenía su propia playa, por lo cual mis hijas podían hartarse de nadar y sacar almejas. Tengo mucha habilidad para preparar sopa de almejas. Gracias a la generosi­dad de un amigo, teníamos un automóvil y podíamos ir a Nueva York o a donde quisiéramos. Prácticamente todos los domingos permanecíamos en casa para recibir a nuestros amigos y huéspe­des, que con frecuencia sumaban entre veinte y treinta personas. Los reuníamos a todos sin establecer diferencias, jóvenes y viejos, gente de buena o ninguna posición social, y creo que todos se divertían. Servíamos pasteles, bebidas, té y café, y sin tener en cuenta quienes eran, todos debían ayudar a lavar la vajilla y ordenar la sala al terminar el día.

 

Había un gato y uno perro con características propias. El perro era de policía, nieto de “Rin Tin Tín” y muy valioso. Se suponía que estaba para protegernos y ahuyentar a los ociosos vagabundos, pero por cierto no lo hacía. Quería a todo el mundo y daba la bienvenida a cuanto vago se acercaba a la casa. Era demasiado educado, sensitivo y nervioso, por lo tanto había que darle bromuro constantemente para calmar sus nervios. No existía en él la menor sombra de maldad y todos lo queríamos. En cam­bio porque el gato sólo me quería a mí, nadie lo quería. Era un enorme y magnifico ejemplar que recogimos cuando pequeño. Úni­camente quería estar conmigo. No aceptaba alimento de nadie que no fuera yo. Rehusaba entrar en la casa si no me encontraba en la planta baja, al extremo que Foster construyó una escalera que iba del jardín a la ventana de mi dormitorio, y agujereó la persiana para que pudiera entrar en la habitación; desde ese momento se sintió completamente feliz y no volvió a usar la puerta, saltando desde la escalera hasta mi cama.

 

El trabajo aumentaba aceleradamente en esos años. Mi esposo había empezado a editar la revista “The Beacon”, que satisfizo una verdadera necesidad, como lo hace actualmente. Yo daba por lo general de seis a ocho conferencias públicas por año, y como no se cobraba entrada, mi auditorio llegaba fácilmente al millar de asistentes. A su debido tiempo, constatamos que muchas de las personas que asistían a las conferencias eran sencillamente curiosos. Concurrían a todas las conferencias gratuitas sin impor­tarles el tema y nunca se beneficiaban por lo que oían. En consecuencia, llegó la hora en que decidimos cobrar entrada, aunque solamente consistió en 25 centavos. De inmediato la concurrencia disminuyó a la mitad, lo cual nos complació muchísimo, pues los asistentes querían escuchar y aprender y valía la pena hablarles.

 

Siempre me ha gustado dar conferencias, y durante estos últi­mos veinte años nunca supe lo que es sentirse nerviosa en un estrado. Me gusta la gente y confío en ella, y un auditorio es para mí simplemente una persona agradable. Dar conferencias es lo que más me gusta, e impedida actualmente de hacerlo por mi salud constituye una de mis más grandes privaciones. Mi médico no lo aprueba y mi esposo se aflige sobremanera, de modo que ahora sólo hablo en la conferencia anual.

 

Al comenzar este período entablé una amistad que ha signifi­cado tanto, para mí, como mi casamiento con Foster Bailey. Una amiga, combinación de sencillez, dulzura y altruismo, trajo a mi vida tal riqueza y belleza, como nunca había soñado. Durante diecisiete largos años marchamos juntas por el sendero espiritual. Le dediqué todo el tiempo disponible y constantemente lo pasaba en su casa. Nos divertían las mismas cosas, nos interesaban las mismas ideas y cualidades. Entre nosotras no había secretos; cono­cía todo lo que ella sentía acerca de las personas, las circuns­tancias y el medio ambiente. Me complace pensar que durante los últimos diecisiete años de su solitaria vida, no estuvo total­mente sola. Comprenderla, permanecer a su lado, dejarla hablar­me libremente y sentirse segura al hacerlo, era la única com­pensación a su interminable bondad para conmigo. Durante años me visitó, y hasta su muerte, en 1940, jamás me compré una prenda. Todavía sigo usando los vestidos que me dio. Todas las joyas que tengo me las obsequió ella. Cuando vine a este país yo había traído hermosas puntillas y joyas, pero todo tuvo que venderse para pagar las cuentas del almacenero, y ella hizo posi­ble su reemplazo. Corrió con los gastos de escuela de mis hijas y siempre nos pagó los pasajes de ida y vuelta a Europa y Gran Bretaña. Éramos tan intimas, que si yo me enfermaba lo sabia automáticamente. Recuerdo que una vez me enfermé estando en Inglaterra, hace algunos años, y a las pocas horas me envió por cable 500 libras esterlinas porque sabía que estaba enferma y las necesitaba.

 

Nuestras relaciones telepáticas han sido extraordinarias y con­tinúan aún después de su muerte. Las cosas que ocurrían en su propia familia, después de su deceso, las discutía conmigo tele­páticamente. Aunque yo no tenía forma de saberlo, posteriormente descubría de qué se trataba, y todavía frecuentemente hago contacto con ella. Poseía un penetrante y profundo conocimiento de la Sabiduría Eterna; pero la gente le inspiraba miedo, temía ser incomprendida, de que la quisieran por su dinero y la embargaba un básico y profundo temor a la vida. Creo que le serví de algo, porque respetaba mi razonamiento y comprobaba que casi siem­pre coincidíamos. Actuaba como válvula de seguridad. Sabía que no trascendería cualquier cosa que me confiara. Hasta el momen­to de morir me tuvo en su mente, y pocos días antes de su deceso recibí una carta, puesta en el correo por otra persona, que apenas pude descifrar, contándome sus cuitas. Una de las cosas que es­pero ver realizadas cuando pase al más allá es, como lo prometió, encontrarla esperándome. Reíamos de las mismas cosas y nos diver­timos mucho mientras se hallaba en la tierra. Gustábamos de los mismos colores y con frecuencia me he preguntado por qué razón merecí tal amiga en el presente.

 

Dos veces al año me obsequiaba ocho o nueve vestidos, cono­ciendo exactamente mi gusto y los colores que me sentaban bien. Cuando recibía esas cajas con hermosos vestidos, sacaba del guar­darropa un número equivalente de prendas del año anterior, que enviaba a alguna amiga en precaria situación económica. No acostumbro acumular cosas, porque sé lo que es necesitar un tipo de vestido o tapado y no poder adquirirlo. La pobreza, para quienes deben guardar ciertas apariencias por haber pertenecido a la aris­tocracia, es una experiencia mucho más amarga que la pobreza para las otras clases, pues no les agrada recibir limosnas ni pue­den salir a mendigar, pero se les puede inducir a aceptar lo que necesitan, si se les escribe, diciéndoles: “He recibido un obse­quio de vestidos nuevos, siéndome imposible usar todos los que tengo. Me sentiría avara quedándome con ellos, de modo que le envío un par de vestidos y espero que me haga el favor de acep­tarlos”. La felicidad proporcionada a esas personas se debía por lo tanto a mi amiga y no a mí.

 

Encuentro difícil referirme como quisiera, a las personas que gravitaron mucho en mi vida. Lo siento particularmente en el caso de esta amiga, y sobre todo en lo que se refiere a mi esposo, Foster Bailey. Conversé con él a este respecto y convinimos en que no es posible poner en una autobiografía todo lo que hubiera deseado.

 

En nuestro camino nos encontramos con otra amistad intere­sante, que trajo consigo algunas implicaciones de gran significado, y que muy probablemente lleguen a realizarse en nuestra próxima vida y no en ésta. En la ciudad de Nueva York hay un club llamado “Nobility Club”. Uno de los socios me invitó a ir un día al club a escuchar al Gran Duque Alejandro, hijo de uno de los zares de Rusia, cuñado del difunto zar Nicolás. Acepté más por curiosidad que por otra cosa, y me encontré con un salón atestado de lo más selecto de la realeza y nobleza de esa época, reunida en Nueva York. Nos pusimos todos de pie cuando hizo su entrada el Gran Duque y ocupó un sillón en el estrado. Al volver a sentarnos, nos miró con mucha seriedad y dijo: “No sé si podrán olvidar por un minuto que soy el Gran Duque, porque quiero hablarles a ustedes de sus almas”. Me enderecé en la silla, entre alarmada y complacida, y al final de la charla me volví hacia mi amiga, la baronesa..., y le dije: “Me agradaría poner al Gran Duque en contacto con personas de este país a quienes no les interesa si es o no un Gran Duque, pero que le apreciarán por sí mismo y su mensaje”. Fue todo lo que dije y no pensé más en ello.

 

A la mañana siguiente, estando en mi oficina, llamaron por teléfono, y una voz anunció: “Su Alteza Imperial agradecería a la señora Bailey que estuviera en el Ritz a las 11”. De modo que estuve a las 11 en el Ritz. En el vestíbulo me esperaba el secretario del Gran Duque. Me hizo sentar, y luego de mirarme con solemnidad dijo: “¿qué desea usted del Gran Duque, señora Bai­ley?”. Asombrada, lo miré y respondí: “Nada. No tengo la menor idea por qué he sido llamada”. “Pero”, continúo el señor Rouma­noff, “el Gran Duque dijo que usted quería verlo”. Le respondí que no había dado paso alguno para ver al Gran Duque ni podía imaginarme por qué me había llamado. Comenté que había asis­tido a su charla de la tarde anterior y había manifestado a una amiga mi deseo de que el orador pudiera conocer a ciertas personas. El señor Roumanoff me condujo entonces a las habita­ciones del Gran Duque, donde, después de haberle hecho la reve­rencia de rigor y haberme sentado, el Gran Duque me preguntó en qué podía servirme, y respondí: “en nada”. A continuación le dije que había mucha gente en Norteamérica, como por ejemplo la señora de Dupont Ortiz, que pensaban como él y poseían hermosas mansiones, pero asistían pocas veces a conferen­cias, abrigando la esperanza que tal vez él estaría dispuesto a ponerse en contacto con ellas; luego me aseguró que haría cuanto le pidiera y agregó: “Conversemos ahora de cosas importantes”. Pasamos casi una hora hablando sobre temas espirituales y la necesidad de amor que tiene el mundo. Acababa él de publicar un libro titulado: “La Religión del Amor”, y ansiaba su difusión más ampliamente.

 

Cuando regresé a mi oficina llamé por teléfono a Alice Ortiz y le pedí venir a Nueva York y ofrecer un almuerzo al Gran Duque en el Hotel Ambassador. Rehusó, y por supuesto insistí para que consintiera. Entonces ofreció el almuerzo. En la mitad de la reunión, el señor Roumanoff se volvió hacia mí y me pre­guntó: “¿Quién es usted señora Bailey?, nada hemos podido ave­riguar acerca suyo”. Le aseguré que eso no me sorprendía pues no era nadie —sólo una ciudadana norteamericana con una educación inglesa. Sacudió la cabeza con aire azorado y me contó que el Gran Duque estaba dispuesto a hacer lo que yo quisiera.

 

Éste fue el comienzo de una verdadera y genuina amistad que perduró hasta la muerte del Gran Duque, y aún después. Fre­cuentemente iba con Foster y yo a Valmy, a pasar unos días. Entre los tres teníamos interesantes conversaciones. Una de las cosas que en esa amistad ambos comprendimos profundamente fue la igualdad en todos y si alguien lleva sangre real o perte­nece socialmente a un ser humano de tipo inferior, tiene las mis­mas simpatías y antipatías, penas, sufrimientos y alegrías y los mismos anhelos de progresar espiritualmente. El Gran Duque era un convencido espiritista y nos entreteníamos celebrando sesio­nes en la amplia sala de Alice Ortiz.

 

Una tarde, el señor Roumanoff llamó por teléfono a mi esposo para pedirle, en caso de estar libres, responsabilizarnos por lle­var al Gran Duque a dos lugares donde él tenía que hablar. Res­pondimos que nos complacería hacerlo y lo llevamos, y al final de su charla pudimos rescatarlo de los cazadores de autógrafos. En el camino de regreso al hotel, volviéndose repentinamente hacia mí, el Gran Duque dijo: “Señora Bailey, si le dijera que yo también conozco a El Tibetano ¿significaría algo para usted?” —“Si señor”, le respondí, “significaría mucho”. —“Pues bien”, con­tinuó el Gran Duque, “ahora podrá comprender la razón del triángulo formado entre usted, Foster y yo”. Creo que esa fue la última vez que lo vi. Poco después partió para el sur de Francia y nosotros para Inglaterra.

 

Un par de años después, cierta mañana, mientras yo estaba en cama leyendo, alrededor de las 6.30, con gran sorpresa entro en mi alcoba el Gran Duque, vistiendo el pijama azul oscuro que solía usar para estar por casa. Me miró, sonrió, agitó su mano saludán­dome y desapareció. Fui donde estaba Foster y le dije que el Gran Duque había muerto. Así era, en efecto. Vi la nota necro­lógica en los diarios del día siguiente. Poco antes de irse me había obsequiado una fotografía, lógicamente autografiada, y al cabo de un año, más o menos, el retrato desapareció. Como ya había fallecido lamenté esta pérdida profundamente, después de su muerte; estaba convencida de que algún cazador de autógrafos la había robado. Varios años más tarde, caminando un día por la calle 43 de Nueva York, vi de pronto al Gran Duque que se aproxima­ba. Me sonrió y continuo su camino, y cuando llegué a mi oficina encontré sobre mi escritorio la fotografía perdida. Evidentemente existía un vínculo de unión muy íntimo en el plano espiritual, entre el Gran Duque, Foster y yo. En la próxima vida sabremos la razón del contacto que tuvimos en ésta, y el por qué de la amistad y comprensión que se estableció entre nosotros.

 

Una vida no debe verse como un hecho aislado, sino como un episodio en una serie de vidas. Lo que se está desarrollando hoy, los amigos y la familia, con quienes estamos ligados, y las cuali­dades, el carácter y el temperamento que mostramos, indican sim­plemente la suma total del pasado. Lo que seremos en nuestra próxima vida, resultará de lo que hemos sido y hecho en ésta.

 

Fueron años de arduo trabajo. Mis hijas crecían y los jóvenes las pretendían. La Escuela Arcana se ampliaba constantemente y yo internamente iba adquiriendo sentido de seguridad y el reco­nocimiento de que había hallado el trabajo del cual me había hablado K. H. en 1895. La Doctrina de la Reencarnación y la Ley de Causa y Efecto habían resuelto los problemas de mi mente Inquisitiva. Conocí a la Jerarquía. Se me otorgó el privilegio de ponerme en contacto con K. H. cuando quisiera, pues podía con­fiarse que no inmiscuiría mis asuntos personales en Su ashrama, y le sería de más utilidad en éste y, por consiguiente, en el mundo. Los libros de El Tibetano se conocían cada vez más en todas partes. A mi vez, fueron bien recibidos varios libros que escribí, precisamente para probar que podía realizar el denominado trabajo psíquico, así como mi trabajo con El Tibetano, y tam­bién mantener independiente mi propio cerebro, y ser un ente humano inteligente. Por los libros y por el acrecentado número de estudiantes de la Escuela Arcana, Foster y yo estábamos en creciente contacto con personas de todo el mundo. Nos llovían cartas requiriendo informes, pidiendo ayuda, solicitando que se establecieran grupos en diferentes países.

 

Siempre he sostenido la teoría de que las verdades más pro­fundas y esotéricas podrían gritarse a la opinión pública desde los tejados, porque mientras se posea un mecanismo interno para el conocimiento espiritual, no es posible causar daño alguno. Por lo tanto, los juramentos por mantener el secreto no tienen signi­ficado, pues no hay secretos. Hay solamente la presentación de la verdad y su comprensión. En la mente del público existe una gran confusión entre esoterismo y magia. La magia es un modo de trabajar en el plano físico, en relación con la sustancia y la materia, la energía y la fuerza, de modo de crear formas mediante las cuales la vida pueda expresarse. Como en este trabajo deben manejarse fuerzas elementales resulta peligroso, y hasta los puros de corazón necesitan protección. El esoterismo es en realidad la ciencia del alma. Concierne al principio viviente, vital y espi­ritual que reside en todas las formas. Establece la unidad en tiempo y espacio. Motiva y complementa el Plan desde el ángulo del aspirante, y constituye la ciencia del sendero. Instruye al hombre sobre las técnicas del futuro superhombre, y le permite así entrar en el sendero de la evolución superior.

 

El programa de estudio de la Escuela se fue desarrollando gra­dualmente. Mantuvimos y aún mantenemos, la fluidez del tra­bajo, a fin de enfrentar las diversas necesidades, y gradualmente formamos un personal entrenado para supervisar el trabajo. Hace 15 años (1928) nos cambiamos a la actual sede, y los pisos 31 y 32 constituyen la Sede de la Escuela Arcana, de la Lucis Trust, del trabajo de Buena Voluntad y de la Lucis Publishing Company. Comenzamos con un pequeño grupo de estudiantes; ahora tene­mos grandes proyectos espirituales relacionados con el servicio para la humanidad, todos sin fines de lucro, que abarcan al mundo entero, y realizables todos por los estudiantes de la Escuela Arcana.

 

 

CAPITULO SEXTO

 

 

1930 señala el último año de lo que he denominado mi vida normal. Desde esa fecha en adelante, me absorbió el trabajo, tanto en Gran Bretaña y el continente Europeo, como en los Estados Unidos, a lo que debo agregar los respectivos compromisos y bodas de mis hijas, que por extraño que parezca me causaron honda emoción. El ritmo casi normal de mi vida entre 1924 y 1930, se quebró definitivamente en 1931. Los seis años a que me refiero, se caracterizaron por el ritmo monótono y la rutina: le­vantarse, trabajar para El Tibetano, constatar que mis hijas tam­bién se levantaran, estuvieran listas para ir al colegio, desayu­naran, encargar las provisiones, tomar el tren para Nueva York a fin de estar en mi oficina a las 10, y luego la monotonía de las constantes entrevistas, atender la correspondencia, dictar cartas, tomar decisiones respecto al trabajo de la Escuela Arcana, discu­tir problemas con Foster y salir a almorzar. Con frecuencia en las últimas horas de la tarde tenía que dar clase, y al echar una mirada retrospectiva a esa época, en que enseñaba los fundamen­tos de la Doctrina Secreta, la considero la más provechosa y satis­factoria de mi vida.

 

En muchos aspectos el libro de H. P. B., La Doctrina Secreta, resulta anticuado, y su forma de encarar el conocimiento de la Sabiduría Eterna tiene poco o ningún atractivo para la genera­ción moderna. Pero quienes realmente lo hemos estudiado y lo­gramos extraer alguna comprensión de su significado interno poseemos un concepto fundamental de la verdad, no impartido por ningún otro libro. H. P. B. dijo que la nueva interpretación de la Sabiduría Eterna sería un acercamiento psicológico. Tratado sobre Fuego Cósmico, libro que se publicó en 1925, es la clave psicológica de La Doctrina Secreta. No me hubiera sido posible escribir mis libros sin realizar previamente un estudio concienzudo de La Doc­trina Secreta.

 

Echando una mirada retrospectiva a mi primera juventud y a la de mis hijas, me doy cuenta ahora que la adolescencia es un período difícil. Yo pasé por una situación peor que la de mis hijas, porque nadie se ocupó de aclararme nada. Ellas pasaron por un período de dificultades, pero sólo Dios sabe que fue peor lo mío. Tuve que dejar que las acecharan y esperar que no fueran engañadas y algunas veces lo fueron. Me hicieron sufrir, pues me consideraban una madre anticuada. Tenía que soportar su opinión sobre mis puntos de vista que consideraban caducos y que debía recordar mis días de rebeldía. Había visto y sabía tanto de los males del mundo que sufría horriblemente por ellas, todo lo cual resultó infundado. Tuve que someterme a su creencia juve­nil de que yo nada sabía respecto al sexo, que ignoraba cómo se manejaba a los hombres, que nadie se había enamorado de mí, excepto los dos hombres con quienes me había casado. Mi expe­riencia era, por supuesto, la de toda madre que da hijos al mundo, especialmente hijas. Los varones se liberan antes y guardan silen­cio y la generalidad de las madres nada saben de sus andanzas. Por eso los siete u ocho años siguientes fueron muy difíciles para mí, y aún hoy no tengo la seguridad de haber procedido inteli­gentemente. De todos modos, no he causado aparentemente mayo­res daños y por eso estoy tranquila.

 

En el otoño de 1930 pudo constatarse que la obra de la Escuela Arcana se acrecentaba en Gran Bretaña y en Europa. Los libros publicados se difundían por todo el mundo y a través de ellos establecimos contacto con gente de todos los países. Muchas de esas personas ingresaban en la Escuela Arcana, y la mayoría ha­blaba inglés. En esa época no teníamos material en idiomas extran­jeros ni secretarios que conocieran otros idiomas. Lo que hacíamos y lo que ello representaba se difundía por el mundo principal­mente a través de los libros y de las personas que escribían, a fin de dar a conocer algo sobre la meditación o en conexión con algún problema.

 

Los miembros de la Sociedad Teosófica, descontentos por la estrechez de puntos de vista, también se pusieron en contacto con nosotros y muchos de ellos ingresaron en la Escuela Arcana. Cuando solicitaban su ingreso les decía que nada teníamos que objetar personalmente para su afiliación a la Escuela, pero lo hacían definidamente quienes dirigían la sección esotérica de esa Sociedad. Bien o mal, siempre les señalaba que sus almas les per­tenecían y que no debían aceptar dictámenes de nadie, ni de mi parte ni de la de los dirigentes de la sección esotérica. Todo esto dio por resultado que contamos actualmente en la Escuela Arca­na con muchos de los más antiguos y mejores miembros de la sección esotérica de esa Sociedad, que no ven nada contradictorio en las dos líneas de acercamiento.

 

La ridícula teoría promulgada por la sección esotérica, de que es peligroso practicar dos fórmulas de meditación simultáneamen­te, no sólo me ha divertido, sino que siempre fue equivocada. Por un lado, la misma calidad y vibración actúa a través de dos acercamientos; por el otro, la práctica de la meditación que asigna la sección esotérica es tan elemental, que produce poco o ningún efecto sobre los centros. Sin embargo, es extraordinariamente bue­na para los que se hallan en el sendero de probación.

 

La Escuela Arcana iba creciendo constantemente, aunque toda­vía era relativamente pequeña. Cambiamos de local, debido a las dificultades para alquilar en la ciudad de Nueva York, hasta que en abril de 1928 nos mudamos a la sede actual, 11 West, 42nd Street. Fuimos de los primeros que habitamos este nuevo edifi­cio, ocupando el último piso, el 32, y aunque actualmente ocupa­mos también el piso 31, nos resulta muy reducido y tendremos que buscar comodidades más amplias.

 

Habíamos mantenido correspondencia durante cierto tiempo con una señora que se hallaba en Suiza, poseedora de una gran cultura, interesada en nuestras enseñanzas, la cual deseaba hacer algo para llevar al mundo la Sabiduría Eterna. Tenía una hermosa casa a orillas del Lago Maggiore, en Suiza, donde había construido un salón para conferencias y formado una nutrida biblio­teca. Una noche, en el otoño de 1930, se apareció en nuestra casa de Stanford, en Connecticut, permaneciendo algún tiempo con nosotros para conversar sobre diversos temas, exponer varias ideas, conocer cuáles eran nuestros puntos de vista y ofrecernos su cola­boración. Nos sugirió abrir con nuestra ayuda un centro espiritual en Ascona, cerca de Locarno, en el Lago Maggiore, libre de sec­tarismos y abierto a todos los pensadores esotéricos y estudiantes ocultistas de Europa y de otras partes. Su contribución consistía en proporcionarnos las hermosas casas que poseía, el salón de conferencias y su magnífico terreno; Foster y yo debíamos ir para poner en marcha el proyecto, dar conferencias y clases. Nos ofreció la más amplia hospitalidad, estaba dispuesta a aceptar que nos acompañaran mis tres hijas si íbamos a Ascona, corriendo ella con todos los gastos de manutención y alojamiento, menos del viaje.

 

Lógicamente no podíamos tomar una decisión drástica, pero prometimos pensarlo cuidadosamente y hacerle saber lo resuelto, después del año nuevo de 1931.

 

El asunto involucraba muchos problemas. Para los gastos de viaje de cinco personas se requiere dinero, y no estábamos seguros de iniciar tal empresa en esas condiciones. Yo había permanecido 20 años en América sin volver a Europa, y no podía ir allá sin visitar previamente mi país, por lo tanto tuvimos en cuenta muchas cosas antes de llegar a una decisión correcta.

 

Fue entonces que vino a verme mi amiga Alice Ortiz para hacerme una proposición, relacionada con la situación. Sin saber nada del ofrecimiento de Olga Fröbe, me preguntó si quería enviar a mis hijas a la universidad durante varios años o, si prefería, que viajaran al exterior, corriendo ella con los gastos, pero yo debía decidir lo que conviniera a mis hijas. Conversamos cuida­dosamente con Foster y decidimos que un viaje al extranjero era mucho más útil y educativo que cualquier titulo universitario. Cualquiera puede obtener un título, pero muy pocos pueden viajar, supongo que en mi decisión influyó el hecho de haber viajado tanto y no poseer títulos.

 

Sólo en dos ocasiones he tenido que lamentar mi carencia de títulos. Se exagera mucho sobre el valor de los títulos en este país, pero aunque no los poseo, sé que estoy tan bien preparada como quienes los tienen. No hace muchos años se me pidió que diera una serie de conferencias en el Colegio de Postgraduados de Washington, D. C. Tenía que hablar sobre el intelecto y la intuición. Se habían impreso y distribuido los programas, pero cuando descubrieron que no poseía títulos académicos que agregar a mi nombre, cancelaron las conferencias. Luego recibí una carta del presidente de la institución manifestándome que la Facultad estimaba haber cometido un gran error, pero era demasiado tarde para corregirlo. Poco tiempo después recibí una invitación de la Universidad de Cornell para hablar a los alumnos de dicho establecimiento sobre el moderno acercamiento espiritual a la verdad y dar charlas a pequeños grupos de estudiantes. También esto se canceló por carecer de títulos académicos.

 

De cualquier modo, consideré que mis hijas aprenderían a ser seres humanos más útiles, conociendo mejor a las personas de otros países —que visitando monumentos y galerías de arte— y estando en contacto directo con la gente, de modo que descartarnos por completo la carrera universitaria y decidimos su ingreso en la escuela de la vida.

 

Considerando esa decisión en el pasado, nunca lamenté que no siguieran una carrera. Han aprendido a conocer a los seres huma­nos y a darse cuenta de que Estados Unidos no es el único país en el mundo. Descubrieron que hay gente tan simpática y tan inteligente, tan mala y tan buena, en Gran Bretaña, Suiza, Fran­cia, etc., como las hay en Estados Unidos.

 

Lo que debemos desarrollar hoy es el ciudadano del mundo y terminar con el crudo nacionalismo, fuente de tanto odio que vemos en todas partes. No conozco nada más pernicioso que la frase “América para los americanos”, ni nada más estrecho que el hábito de los británicos de considerar extranjeros a todos los demás, o la creencia de los franceses de que ellos son los guías de todos los movimientos civilizados; esto debe desaparecer. He encontrado siempre la misma clase de gente en los diversos países en que he vivido. Algunos pueden ser físicamente más confor­tables que otros, pero la humanidad que los habita es la misma.

 

Supongo haber observado esto más que nadie porque he deam­bulado ciudad tras ciudad en Estados Unidos, Gran Bretaña y Euro­pa, oyendo a distintas personas su opinión respecto a los demás, la manera como se ridiculizan, mofan y desprecian mutuamente, y es el sentido de la unicidad de la humanidad que quise que mis hijas captaran. Creo que tienen un punto de vista más amplio que las personas que van conociendo y esto es debido a que han viajado mucho; en mi caso también, no solo he viajado horizon­talmente por diversos países, sino verticalmente de arriba abajo en la escala social. Aprender a estimar a la gente es una gran cultura, y yo quise a la gente desde que nací. Uno de los mejores hombres que he conocido en mi vida y a quien consideré un amigo, era hijo de un emperador. La primera y más querida amiga que tuve hace 35 años cuando llegué a los Estados Unidos, fue una mujer de color y en mi conciencia tienen igual impor­tancia y los recuerdo con el mismo afecto.

 

Descubrí que mis hijas podían defenderse en cualquier sector o situación, aunque no tenían más instrucción que la recibida en las escuelas públicas de Norteamérica. Teniendo capacidad, un ho­gar donde se valoran las cosas interesantes y se hacen resaltar los valores humanos, considero que no hay mejor entrenamiento para la juventud que la educación dada en las escuelas públicas de Estados Unidos.

 

En la primavera de 1931 empezamos a hacer nuestros planes para aceptar la invitación de Olga Fröbe y visitar, por un par de meses, su casa situada en los lagos italianos. Pueden imagi­narse la emoción de los planes, la compra de equipaje, el arreglo de ropas y las conjeturas de mis hijas acerca de todo. Nunca en su vida habían salido de los Estados Unidos, excepto la mayor, Dorothy, que había estado en Hawai. Alice Ortiz proveyó todo con su generosidad habitual, procurando que tuviésemos la ropa apropiada, además de pagar totalmente los gastos de viaje.

 

Elegimos para la travesía uno de los barcos más chicos que iban directamente de Nueva York a Amberes, Bélgica, y debo reconocer que la vida de a bordo, con tres hijas que estaban llenas de vida y energías, resultaba un tanto agotadora. Seguir­las no era broma. Ir en su búsqueda todas las noches para que fue­ran a dormir, tampoco era gracioso. No es divertido para una niña que está bailando alegremente con un oficial, ver a su progenitora de pie, en un segundo plano, indicando con su presencia que es hora de ir a la cama. Las chicas eran buenas en demasía, pero también excesivamente emocionales. Conocían a bordo a todo el mundo, quiénes eran, de dónde venían y cómo se llamaban, y se habían hecho muy populares. Hace pocos años hallé un gran paquete que contenía tres disfraces que yo había hecho para mis hijas, a bordo de ese barco. No era una idea original en modo alguno, porque representaban la bandera norteamericana; fal­das azul oscuro con rayas blancas y una blusa blanca adornada con estrellas rojas de cinco puntas. No cosí las 48 estrellas en cada blusa por ser mucho el trabajo, pero el efecto general era muy patriótico y alegre.

 

Jamás olvidaré el día en que remontamos el río Scheldt y an­clamos en Amberes. Mis hijas nunca habían visto una ciudad extranjera. Todo les parecía nuevo y extraño, desde el coche de plaza en el que fuimos al hotel, hasta los acolchados de pluma de las camas. Paramos en el Hotel Des Flandes, y nos divertimos mucho los pocos días que permanecimos en Amberes. Los mante­les a cuadros del Van Viordinaire, la cocina extranjera y el café con leche, todo era emocionante para ellas y pleno de remembran­zas para mí.

 

Una amiga nos acompañó para estar con nosotros en Ascona, pero se separó después de pasar unos días en Amberes, porque quería recorrer el Rhin con su hija. Poseía una idea distinta de la que teníamos Foster y yo, acerca de cómo disfrutar de la per­manencia en un país extranjero. Solía aparecerse por la mañana con la hija de un brazo, y una gran cartera bajo el otro, pregun­tándome: “Alice, ¿qué vas a ver esta mañana? En la guía turís­tica figuran una estatua marcada con tres estrellas, los cuadros de Rubens y otras cosas más que hay en la catedral. ¿Qué vas a hacer primero?”. Con gran sorpresa de su parte le respondía que nada de eso, porque no nos interesaban las estatuas de militares fallecidos ni visitar las iglesias.

 

Le explicaba que mi principal idea era que las niñas se empa­paran del medio ambiente del país que visitaban, y observaran algunos de sus habitantes, cómo vivían y qué hacían en distintas horas del día. Por eso saldríamos a caminar sin rumbo fijo, toma­ríamos café bajo el toldo de una pequeña cafetería, para poder observar, escuchar y hablar con la gente. Esto hacíamos, mien­tras ella iba donde quería. Nunca llevé a mis hijas a las galerías de arte o a ver estatuas e iglesias, haciendo las cosas trilladas que hace el turista común. Deambulábamos por las calles, mirá­bamos los jardines, íbamos a pasear por los suburbios. Al cabo de unos días mi hijas habían adquirido un enorme conocimiento acerca de la ciudad y sus alrededores; de sus habitantes y su historia. Jamás adquiríamos objetos que sirvieran de recuerdo, pero tomábamos fotografías, comprábamos postales, y descubri­mos que la gente de otros países es igual a nosotros.

 

Desde Amberes fuimos a Locarno, en Suiza, último punto al que pudimos llegar por tren y allí nos esperaba Olga para llevar­nos a su hermosa villa donde permanecimos por varias semanas. El viaje por tren resultó maravilloso para mis hijas, pero para mi fue una jornada agotadora. Viajamos en el “tren azul”, que atraviesa el Simplón y pasa por el valle de Cinto.

 

Resulta imposible tratar de describir la belleza de los lagos italianos. Según mi parecer, el Lago Maggiore, en cuyas orillas se halla la villa de Olga, es uno de los más hermosos y extensos de Italia. Parte de este lago está en territorio suizo, en el can­tón de Ticino, pero en su mayoría corresponde a Italia. Las aguas son intensamente azules, y las pequeñas villas esparcidas en las laderas de las colinas, que se internan en el agua, son muy pin­torescas. No he conocido nada más hermoso en el mundo que el panorama que se percibe desde Ronco hacia el lago. Es inútil que trate de describirlo, pues me faltan palabras para ello, pero nin­guno de nosotros jamás olvidará la belleza del lugar. Es lo que imaginamos en momentos de fatiga y desilusión; sin embargo, detrás de toda esa belleza, existía corrupción y un antiquísi­mo mal.

 

Este distrito fue en una época el centro donde se celebraba la misa negra, en Europa Central, y la evidencia de ello perdura en los caminos de la campiña. Las pequeñas aldeas de los alrede­dores fueron abandonadas por sus habitantes, debido, principal­mente, a condiciones económicas, y luego compradas por grupos de alemanes y franceses cuyos objetivos e ideas distaban mucho de ser correctos y limpios. Los niños que precedieron a la guerra, especialmente en Alemania, fueron notablemente inmorales. Se practicaba toda suerte de vicios y maldades, y un buen número de quienes llevaban ese tipo indeseable de vida, concurría du­rante el verano a los lagos italianos. Algún día ese lugar será purificado y podrá llevarse a cabo el verdadero trabajo espiritual. Una de las cosas con que tuvimos que bregar fue el espíritu maligno que compenetraba el lugar, la peculiarmente degenerada y objetable gente que vivía en las orillas del lago.

 

Tan pronto me di cuenta del lugar en que nos encontrábamos, donde, a pesar de toda su belleza, acechaba el mal, se lo expliqué a mis hijas. Tomé la decisión de que no deberían ser tan inocen­tes como para enfrentar el peligro, y cuando íbamos por los cami­nos les señalaba a esas personas de tipo indeseable. Mis expli­caciones no las disfracé con bonitas palabras. Les dije lisa y llanamente de qué se trataba, incluyendo la degeneración y la homosexualidad, de modo que pudieran pasar incontaminadas a través de muchas vicisitudes sin sufrir daño. Como se podrá apreciar, no guardé secretos ni dejé de hablarles de determinados peca­dos y sacrílegos rituales. Les indiqué claramente cuál era el tipo de personas que se dedicaba a esa clase de cosas, cuyos rasgos eran tan evidentes, que hasta mis hijas se daban cuenta que en verdad era así. Siempre he creído que no se debe ocultar a los jóvenes el conocimiento de lo indeseable.

 

Siempre permití a mis hijas leer lo que quisieran con la salve­dad de que, sabiendo yo que el libro era inmoral, las ponía sobre aviso y les preguntaba por qué querían leerlo. Mi experiencia me dice que cuando somos francos y, no obstante, les permitimos leer lo que conceptuamos poco inteligente, su pureza y rectitud natural sirven de protección. Nunca leyeron a escondidas, hasta donde yo supe, pues sabían que podían hacerlo con libertad y también que me expresaría libremente al respecto. De todos mo­dos mis hijas pasaron tres temporadas veraniegas en Ascona, sa­biendo a ciencia cierta lo que allí ocurría, sin sufrir daño alguno.

 

El primer verano que pasamos en Ascona paramos en la casa de Olga, pero después ocupamos una pequeña casa sobre el lago que estaba en su propiedad. Cerca de nuestra casa había construido un hermoso salón de conferencias donde se celebraban reuniones por la mañana y por la tarde. Los jardines eran encantadores, las condiciones para nadar y remar ideales, y nos pareció que había­mos recibido un regalo del cielo, contando además con la promesa de futuras y amplias oportunidades de expansión. El primer año de estar allí, el grupo que se reunía era algo pequeño, pero du­rante los dos últimos años fue acrecentándose paulatinamente y creo poder decir que el trabajo fue exitoso. Allí se reunían personas de todas las nacionalidades; vivíamos todos juntos durante semanas, llegando a conocernos muy bien. Las barreras naciona­les parecían no existir y todos hablábamos el mismo idioma es­piritual.

 

Allí fue donde conocimos al Dr. Roberto Assagioli, nuestro re­presentante en Italia durante varios años, y el contacto con él y los muchos años de labor en común, constituyó uno de los hechos más felices y dignos de destacar en nuestra vida. En una época fue un destacado especialista del cerebro en Roma; cuando lo conocimos por primera vez se le consideraba como el psicólogo más renombrado de Europa. Posee muy buen carácter. No puede entrar a una habitación sin que su presencia resalte de inmediato por sus cualidades espirituales extraordinarias. Frank D. Van­derlip en su libro What Next in Europe (Lo que vendrá en Europa) hace un sorprendente comentario sobre el doctor Assagioli. Le llama el moderno San Francisco de Asís, y dice que la mañana que pasó con él en Europa, marcó uno de los acontecimientos más sobresalientes de su viaje. El doctor Assagioli es judío. En la época en que lo conocimos en Ascona y cuando más adelante le visitamos en Italia, los judíos eran bien tratados en ese país. Había aproximadamente 30.000 en Italia, considerados como ciu­dadanos italianos y no sufrían restricciones ni persecuciones.

 

Las charlas del doctor Assagioli constituían sucesos de gran trascendencia en las conferencias de Ascona. Daba sus conferen­cias en francés, italiano e inglés, y la fuerza espiritual que de él emanaba fue un estímulo para que un gran número de personas renovara su consagración a la vida. Durante los dos primeros años, él y yo llevábamos el peso de las conferencias, aún cuando había otros creadores interesantes y capacitados. El último año que estuvimos allí, concurrieron muchos profesores alemanes, al­terándose el tono y la calidad del lugar. Algunos de ellos eran muy indeseables, y la enseñanza que impartían variaba de un plano espiritual relativamente elevado a una filosofía académica y a un esoterismo espurio. El último año que estuvimos allí fue en 1933.

 

El segundo año que fuimos a Ascona, resultó uno de los más beneficiosos. El Gran Duque Alejandro se reunió con nosotros, dando charlas muy interesantes; algo muy importante para mí fue la llegada de Violet Tweedale a Ascona, lo consideré un día de fiesta. Aún la veo bajar por la colina con su esposo, dominando de inmediato, a todo el grupo, la fuerza de su personalidad espi­ritual. Era hermosa, graciosa y majestuosa; pronto Foster y yo entablamos una verdadera amistad con ella y su esposo. Más adelante nos alojábamos, con frecuencia, en su hermosa residencia de Torquay en South Devon. Cada vez que me encontraba cansada o preocupada, iba a verla y conversábamos. Era una escritora prolífica. Escribió muchas novelas que se hicieron populares; sus libros sobre psiquismo, basados en sus experiencias personales, son sensatos e intrigantes, y el último, titulado El Cristo Cósmico, tuvo amplia y útil difusión.

 

Constituía una de las pocas psíquicas en el mundo en quien se podía creer totalmente. Inteligente en grado sumo, poseía un agudo sentido del humor y un espíritu investigador bien desarrollado. Siendo una gran estudiosa de los libros de El Tibetano, yo le proporcionaba todos sus escritos en cuanto los recibía. Tenía amistades en todos los estratos sociales, y cuando murió, no hace mucho tiempo, cientos de personas, además de mi esposo y yo, evidenciamos un sentimiento de haber sufrido una pérdida irrepa­rable. Su esposo me obsequió el broche que ella usaba constantemente, y lo llevo siempre conmigo, recordándola con profundo amor y afecto.

 

Todos los años, después de nuestro viaje al extranjero, regresá­bamos a los Estados Unidos por unos meses, dejando general­mente a las niñas en Inglaterra. Si era necesario alquilábamos una casa, que un amigo, estudiante de la escuela, puso a nuestra disposición durante dos años, en Ospringe Place, Kent.

 

Por esa fecha mis tres hijas se casaron. Como ya he dicho, Dorothy se casó con el capitán Morton, seis meses mayor, y muy apropiado para ella. Forman uno de esos matrimonios realmente felices, que da gusto ver. Creo que ambos son muy afortunados. Terence es para Dorothy, uno en un millón, parco, inteligente, amable y firme, cuando debe serlo, y Dorothy, ingeniosa, chis­peante, profunda pensadora y buena psicóloga, de temperamento vivaz, alma de artista, enamorada de su esposo. Ellison se casó algún tiempo después con un oficial, compañero de Terence, llamado Arthur Leahy. Tanto Arthur como Terence son, al escri­bir esto, coroneles que prestan servicio activo en el exterior. Mi segunda hija, Mildred, volvió con nosotros por un año, a los Esta­dos Unidos, y se casó con Meredith Pugh; su matrimonio fue muy desgraciado, aunque nada indicaba que lo sería. Surgieron circuns­tancias tan drásticas, que en cuatro meses Mildred se compro­metió, se casó y se divorció, con un hijo en camino. El niño fue la recompensa por lo que sufrió. No es necesario dar detalles sobre esto. Mildred se comportó en todo momento, en esa dificultosa situación, con serenidad, aplomo e inteligencia. Cuando vino a verme, en Inglaterra, me maravilló su falta de rencor o espíritu de venganza y represalias, pero también me asombró de que con una apariencia tan enfermiza, pudiera continuar viviendo.

 

En esos años en que mi esposo y yo pasábamos cinco meses en Gran Bretaña y Europa y siete en los Estados Unidos, el tra­bajo de la escuela se acrecentaba constantemente. La labor reali­zada en Ascona, durante tres años, había atraído a la escuela un gran número de personas de distintas nacionalidades, y éstas, que habían ingresado por la lectura de los libros publicados, conjun­tamente con otras, formaron núcleos en muchos países de Europa, con los cuales pudimos erigir el futuro trabajo. La tarea reali­zada en España, bajo la supervisión de Francisco Brualla, mar­chaba muy bien, contando ya con varios cientos de estudiantes españoles, en su mayoría hombres. El trabajo en Gran Bretaña también avanzaba. Estudiantes, en pequeños grupos, esparcidos por todo el mundo, comenzaban a ingresar en la escuela.

 

Uno de tales grupos, formados en la India, me interesaba so­bre manera. Existía una organización denominada Sudha Dharma Mandala, fundada por Sir Subra Maniyer. Era una orden ocul­tista, aparentemente muy elevada. Por casualidad leí uno de los libros publicados por esa orden y descubrí que varios dirigentes de la Sociedad Teosófica actuaban en la misma, después de pasar por la sección esotérica de dicha Sociedad. No tengo costumbre de afiliarme a organizaciones, pero de todos modos escribí al diri­gente de la orden solicitando mi ingreso, pero no recibí respuesta. Al año siguiente, como aún no había tenido noticias, escribí nuevamente y encargué algunos libros, incluyendo el correspondiente cheque para el pago. No recibí respuesta ni los libros, aunque el cheque fue cobrado. Al cabo de unos meses envié la copia de mi carta anterior al dirigente de la orden; tampoco obtuve contes­tación. Abandoné el intento y pensé que se trataría de una de esas falsas organizaciones preparadas para engañar a los incautos occidentales.

 

Tres años más tarde fui a Washington, D. C., para dar una serie de conferencias en el hotel New Willard. Al terminar una de ellas se me aproximó un hombre, llevando una pequeña valija en la mano, y me dijo: “He recibido orden del Suddha Dharma Mandala de entregarle estos libros”. Me entregó los que yo había pedido y con eso se restableció mi fe en la rectitud de esa orga­nización. Durante un tiempo no tuve más noticias. Luego recibí una carta de uno de los miembros del grupo, donde me decía que Sir Subra Maniyer había fallecido, que mi libro Tratado sobre Fuego Cósmico había sido su constante compañero, y que en su lecho de muerte había pedido a los siete miembros más antiguos de la orden que ingresaran en la Escuela Arcana y recibieran mi enseñanza. Así lo hicieron, y durante años este intere­santísimo grupo de antiguos estudiantes hindúes trabajó con nos­otros. Por su edad avanzada, fueron muriendo uno tras otro, y ya no tengo contacto con ninguno. Ellos reverenciaban a H. P. Bla­vatsky, y me resultó muy interesante este contacto.

 

Otro vínculo con H. P. B. se produjo por medio de un pequeño grupo adicto a Sinnett, que se afilió a la Escuela Arcana, siendo mi amiga Lena Rowan-Hamilton la primera en hacerlo. Injerta­ron en la vida de la escuela algo de la antigua tradición y un fuerte sentido de relación con la fuente de origen de la Antigua Sabiduría, cuando en el siglo diecinueve vertía su luz en Occidente.

 

Uno de los desarrollos más interesantes producido en la escue­la, ha sido la constante rigidez de los requisitos de ingreso. Cada vez eran más numerosos los rechazos de estudiantes enfocados exclusivamente en el nivel emocional y recalcábamos la necesidad de poseer algún enfoque y desarrollo de la mente, para propor­cionar un entrenamiento más avanzado en los grados superiores.

 

    A medida que los años pasan y las necesidades del mundo son más urgentes, también aumenta, paralelamente, la necesidad de discípulos entrenados. El mundo debe ser salvado por quienes poseen inteligencia y amor; la aspiración y las buenas intenciones no bastan.

 

Durante los años de gira por Europa, conocimos muchos tipos de ocultismo en distintos países. En todas partes pudimos poner­nos en contacto con pequeños grupos que se ocupaban de hacer algunas exposiciones de la verdad esotérica y resaltar determi­nados aspectos de la Sabiduría Antigua. Los primeros indicios de una ascendente oleada espiritual podían constatarse en todas par­tes: Polonia, Rumania, Gran Bretaña y América. Parecía como si la puerta de acceso a una nueva vida espiritual, se hubiera abierto para la humanidad y evocara el correspondiente surgimiento de las fuerzas del mal, que culminó con la guerra mundial; no creo que esta ascendente oleada haya sido interrumpida por la guerra. Confío que nos llevará a la intensificación de esa urgencia espi­ritual, y que aquellos de nosotros que trabajamos en la viña del Maestro, estaremos muy ocupados, en los años futuros, organizan­do, animando e instruyendo a los que están espiritualmente des­piertos.

 

Una de las razones que me impulsaron a escribir esta autobio­grafía fue que, tanto yo como nuestro grupo asociado, estuvimos en situación de observar y reconocer ciertos desarrollos que ocu­rrieron en este planeta bajo la guía e influencia de la Jerarquía. Se nos ha utilizado para iniciar el trabajo que está destinado a inaugurar la nueva era y la futura civilización, especialmente desde el ángulo espiritual. Echando una mirada retrospectiva a los años transcurridos, resulta evidente lo que la Jerarquía defini­damente ha realizado por nuestro intermedio.

 

Al expresar esto no lo hago para vanagloriarme ni por propia satisfacción. Constituimos solamente uno de los numerosos grupos con quienes trabajan los Maestros de la Sabiduría, y todo grupo que lo olvide está propenso a convertirse en un satisfecho aisla­cionista, por tanto, corre el peligro inminente de sucumbir. Se nos ha permitido hacer ciertas cosas. Otros discípulos y grupos han tenido la responsabilidad de iniciar nuevos proyectos, bajo la guía de sus propios Maestros. Si todos estos proyectos se llevan a cabo por inspiración jerárquica y con espíritu de verdadera humildad y comprensión, contribuye a los factores de una gran empresa espiritual que inició la Jerarquía en 1925. A una de esas dramáti­cas expresiones del propósito jerárquico quiero referirme ahora.

 

En 1932, cuando nos hallamos en Ascona, recibí una comunica­ción de El Tibetano, que apareció ese otoño en forma de folleto, bajo el título de El Nuevo Grupo de Servidores del Mundo. Tuvo un significado épico, aunque muy pocas personas comprenden to­davía su verdadero sentido.

 

La Jerarquía espiritual de nuestro planeta consideró que un grupo estaba en proceso de formación, el cual contenía el núcleo de la futura civilización mundial, caracterizándose por las cualida­des que distinguirían esa civilización durante los próximos 2.500 años. Esas cualidades son, primordialmente, un espíritu de inclusividad, un potente deseo altruista de servir a nuestros semejan­tes, más un definido sentido de orientación espiritual, emanado del aspecto interno de la vida. Este nuevo grupo de servidores del mundo incluye dos sectores bien definidos. Una parte del grupo mantiene una íntima relación con la Jerarquía espiritual. Está compuesto de aspirantes que se preparan para el discipulado, guia­dos por algunos discípulos de los Maestros; éstos a su vez están dirigidos y guiados por unos pocos discípulos mundiales, y trabajan en tan amplia escala, que su labor es decididamente de alcance internacional. Dicho grupo actúa como intermediario definido en­tre la Jerarquía espiritual del planeta y la humanidad. Por su intermedio los Maestros de Sabiduría, dirigidos por Cristo, ela­boran planes gigantescos para la salvación del mundo.

 

La tentativa de llevar adelante a la humanidad por nuevos y más definidos caminos, y en mayor escala que nunca, ha sido posible por el advenimiento de la era acuariana, que tiene una importancia astronómica y astrológica.

 

Existe actualmente un fuerte prejuicio en el mundo contra la astrología, lo cual es comprensible, constituyendo también una definida protección para los crédulos y los tontos. Las prediccio­nes astrológicas, según mi punto de vista, son una amenaza y un obstáculo. Si una persona es muy evolucionada, regirá a sus pro­pios astros, realizará lo que no está predicho, y su horóscopo, por lo tanto, será inexacto y carecerá de sentido. Si una persona es subdesarrollada, existe entonces la probabilidad de que sus astros le condicionen totalmente, siendo su horóscopo exacto, desde el ángulo de la predicción. Cuando esto sucede y la persona acepta el dictamen, de su horóscopo, su libre albedrío es infringido y actuará exclusivamente dentro de los límites impuestos por el horóscopo, y como resultado no hará ningún esfuerzo personal para liberarse de los posibles factores determinantes.

 

Con frecuencia me sonrío cuando la gente se jacta y dice que su horóscopo es exacto y que todo ha sucedido de acuerdo al mismo. En realidad lo que dicen significa, soy una persona mediocre, sin libre albedrío, condicionada por los astros y, por lo tanto, no tengo la menor intención de progresar en esta vida. Los buenos astrólogos evitan confeccionar este tipo de horóscopos. Los mejores en este campo se preocupan fundamentalmente de delinear el carácter, lo cual resulta sumamente útil; luego tratan de descubrir de qué ma­nera puede confeccionarse el horóscopo del alma para conocer el propósito de la vida del individuo en encarnación, y por lo tanto establecerse una clara distinción entre las tendencias establecidas de la personalidad, a través de muchas encarnaciones, el propósito emergente y la voluntad del alma.

 

Sin embargo, al considerar lo que astrológicamente implican los hechos astronómicos, el asunto es muy distinto. La gente ha oído decir que estamos en tránsito hacia el signo de Acuario, lo cual significa que de acuerdo al zodíaco, el recorrido imaginario del Sol en los cielos, el Sol parece desplazarse a través de la constelación de Acuario. En la actualidad es una realidad astronómica y nada tiene que ver con la astrología. Sin embargo, la influencia que ejer­ce el signo por el cual atraviesa el Sol en un periodo mundial determinado, es irrefutable y puede ser probada aquí y ahora.

 

Antes de la dispensación judía, cuando Moisés sacó de Egipto al pueblo de Israel, el Sol estaba en Tauro; atravesaba el signo del Toro. Entonces aparecieron en la tierra los misterios mitraicos que tuvieron como centro el sacrificio del toro sagrado. El pecado de los hijos de Israel en el desierto, que provocó la irá de Moisés, cuando al descender de la montaña del Señor les encontró adoran­do al becerro de oro, consistió en que habían retrocedido a una pasada y caduca religión, la cual debió ser trascendida. La dispen­sación judía estaba regida por el signo de Aries, el carnero, a tra­vés del cual el sol atravesaría durante los 2.000 años siguientes. Tenemos después la aparición de la víctima propiciatoria en la his­toria de los judíos y también, en la Biblia, la narración del carnero atrapado en las zarzas, todo lo cual se debió a la influencia del tránsito del Sol por los signos del toro y del carnero.

 

Un aspecto, independientemente de los descubrimientos de la astrología académica, que hoy muy pocos pueden llegar a vis­lumbrar, produjo estas reacciones naturales. Alguna influencia, emanada de los signos del toro y del carnero, produjo la simbología que condicionó la vida religiosa de los pueblos de esa era. Esto se evidenció aún más cuando se produjo el tránsito del Sol en la si­guiente constelación, el signo de Piscis, los Peces. Luego apareció Cristo y la simbología del pez, cuya característica se destaca en el Evangelio. Los discípulos de Cristo eran en su mayor parte pesca­dores. Realizó el milagro de los peces, y ordenó a Sus apóstoles que, después de Su muerte, bajo la égida de San Pedro, se convirtieran en pescadores de hombres. De allí que la mitra que usa el Papa simboliza la cabeza de un pez.

 

Actualmente, según la astronomía, transitamos por el signo de Acuario, el portador de agua, o de la universalidad, porque el agua es un símbolo universal. Antes de su muerte, Cristo envió a Sus discípulos a buscar al portador de agua, que los llevó a un apo­sento en el piso alto, donde se instituyó el sacramento de la co­munión, lo cual indica que Cristo reconocía el advenimiento de una nueva era que sucedería a Su dispensación, en la cual entra­mos ahora. El famoso cuadro de Leonardo da Vinci, “La Ultima Cena”, es un gran símbolo de la era acuariana, porque todos nos reuniremos dirigidos amorosamente por Cristo, cuando se esta­blezca la fraternidad y los hombres se agrupen enlazados por la relación divina. Las antiguas barreras entre un hombre y otro y una nación y otra se irán derribando lentamente, durante los pró­ximos 2.000 anos.

 

A fin de inaugurar e instituir esta tarea, la Jerarquía anunció la aparición en la tierra, del nuevo grupo de servidores del mun­do, dirigido y guiado por discípulos y aspirantes espirituales no separatistas, que consideran a todos los hombres iguales, sin distinción de color o credo, y están dedicados a trabajar incesante­mente para promover la comprensión internacional, la participa­ción económica y la unidad religiosa.

 

El segundo sector del nuevo grupo de servidores del mundo, está formado por hombres y mujeres de buena voluntad. Hablando textualmente, no son aspirantes espirituales ni particularmente se interesan en el Plan, y poseen poco o ningún conocimiento sobre la Jerarquía planetaria. No obstante, desean fervientemente ver establecidas las rectas relaciones entre los hombres y aspiran a que prevalezca en la tierra, la justicia y la bondad. Bajo la dirección de los discípulos mundiales y sus colaboradores, tales personas pueden ser entrenadas en forma práctica y efectiva y expresar la buena voluntad. De esta manera pueden realizar un trabajo básico y fundamental, preparando al mundo para que exprese más plenamente el propósito espiritual y, además, fami­liarizar al género humano sobre la necesidad de manifestar rectas relaciones humanas, en toda comunidad, nación y, con el tiempo, internacionalmente.

 

El actual desorden provocado por la guerra mundial ha pre­parado eficazmente la escena. El mal que producen las incorrectas relaciones humanas, la agresión perversa y la discriminación ra­cial, son tan evidentes, que sólo un tonto o ignorante no verá la necesidad de la activa buena voluntad. Infinidad de personas bien intencionadas aceptan teóricamente la realidad de que Dios es amor, y gozosamente esperan que Él haga evidente ese amor en la humanidad.

 

De esta manera el nuevo grupo de servidores del mundo fue introducido en la conciencia de la humanidad moderna. El folleto que bosquejaba este ideal, escrito por El Tibetano, se distribuyó profusamente, seguido por otros sobre el mismo tema, los cuales ampliaban el tópico básico del propósito espiritual y de la buena voluntad. El Tibetano trazó en ellos un procedimiento definido a seguir. Estipuló que se debían preparar listas con los nombres de hombres y mujeres de buena voluntad, residentes en los dis­tintos países del mundo. Sugirió la organización de lo que se denominó Unidades de Servicio en todos los países. Describió el tipo de enseñanza que debían recibir, e inmediatamente nos dedi­camos a llevar a cabo esas sugerencias y requerimientos.

 

Desde 1933 a 1939 nos abocamos a la difusión de la doctrina de la buena voluntad, a la organización de las Unidades de Servicio en 19 países y a buscar hombres y mujeres que respondieran a la visión de El Tibetano, dispuestos a hacer todo lo posible para promover rectas relaciones humanas y propalar entre los hombres la idea de la buena voluntad.

 

Foster y yo estuvimos siempre en desacuerdo con el énfasis puesto sobre la paz. Durante años los grupos pacifistas del mundo se ocuparon de esparcir la idea de la paz, recopilando nombres de personas que endosaban la idea de paz y —¿quién no lo hace?— presentaban en todas partes la demanda de una paz obligatoria. Creemos que eso es como uncir el caballo detrás del carruaje.

 

Los días transcurridos entre la primera y segunda guerra mundial fueron de violenta propaganda pacifista, y la idea de la paz adquirió proporciones. Se recopilaron millones de nombres que pedían la paz. Las potencias del Eje recibieron con beneplácito la propaganda pacifista, porque representaba una condición somnífera, donde no se tomaría medida alguna para que las na­ciones se armaran contra posibles agresores. No se tuvo en cuenta el hecho de que las guerras derivan mayormente de las malas condiciones económicas y poco se hizo para corregirlas. La gente moría de hambre; en todas partes del mundo la mayoría percibía sueldos muy magros; en ningún país se abolió el trabajo infantil, aunque los esfuerzos realizados lograron algo; la superpoblación del mundo acrecentaba constantemente las dificultades. También en todas partes existían condiciones propicias para inducir a la guerra, aunque por todo el mundo surgía el clamor de “paz en la tierra”.

 

En Belén los ángeles cantaban: “Gloria a Dios en las alturas” —la consumación y meta final. “Paz en la tierra” —en lo que a toda la humanidad concierne— y “Buena Voluntad entre los hombres”, primer paso absolutamente necesario. Ante todo debe haber buena voluntad si queremos la paz, y esto se ha olvidado. La gente trató de iniciar un período de paz antes de manifestar buena voluntad. No puede haber paz si la buena voluntad no ac­túa como factor condicionante de todas las relaciones humanas.

 

Otro hecho revolucionario aconteció cuando El Tibetano dictó el Tratado sobre Fuego Cósmico. Se cumplió la profecía de H. P. B., de que se daría la clave psicológica de la creación cósmica. Ella declaró que en el siglo XX un discípulo informaría respecto a los tres fuegos referidos en La Doctrina Secreta: el fuego eléctrico, el fuego solar y el fuego por fricción. Esta profecía se cum­plió cuando llegó a manos del público el Tratado sobre Fuego Cósmico, que alude al fuego del espíritu puro o vida; al fuego de la mente, que vitaliza todos los átomos del sistema solar y crea el medio por el cual pueden evolucionar los Hijos de Dios; se refiere también al fuego de la materia, que produce atracción y repulsión, ley básica de la evolución, y mantiene las formas uni­das, a fin de proporcionar vehículos para la vida evolutiva y, posteriormente, cuando las formas han servido su propósito, las re­chaza para que dichas vidas evolutivas sigan su camino hacia la evolución superior. El verdadero significado de ese libro sólo será comprendido al finalizar este siglo. Contiene un penetrante y profundo conocimiento técnico, fuera del alcance de la compren­sión del lector común. Es un libro de enlace, porque toma ciertas ideas y frases orientales básicas y las presenta al estudiante occi­dental, y al mismo tiempo lleva a la práctica los vagos conceptos metafísicos de Oriente.

 

El tercer hecho excepcional de El Tibetano, realizado en estos últimos meses, ha sido presentar el programa y dar ciertas indica­ciones acerca de los rituales sobre los cuales será fundada la nueva religión mundial.

 

Durante mucho tiempo se hizo evidente la existencia de un punto de contacto entre las religiones exotéricas de Occidente y las creencias esotéricas de Oriente. En los niveles esotéricos o acer­camiento espiritual a la divinidad, siempre ha existido uniformi­dad entre Oriente y Occidente. Las técnicas que sigue el místico buscador occidental de Dios, son idénticas a las que sigue el bus­cador oriental. En cierta etapa, en el sendero de retorno a Dios, todos los caminos se unen, y por lo tanto el procedimiento es uni­forme en las etapas subsiguientes. Las etapas para la meditación son idénticas. Esto lo verificará cualquiera que estudie las obras de Meister Eckhart y Los Aforismos de la Yoga de Patanjali. To­das las grandes expansiones de conciencia delineadas en la filoso­fía hindú y la expresión de esas cinco grandes expansiones repre­sentadas en las cinco crisis de la vida de Cristo, narradas en el Nuevo Testamento, son también las mismas. Cuando el hombre comienza a buscar a Dios conscientemente y a someterse también conscientemente a la disciplina y sufrimiento, descubrirá su iden­tificación con los buscadores de Oriente y Occidente, con los que existieron antes de la venida de Cristo y con los buscadores ac­tuales.

 

A fin de poner en claro la relación que existe entre Oriente y Occidente, escribí el libro La Luz del Alma. Es un comentario de Los Aforismos de la Yoga de Patanjali, que probablemente vivió y enseñó hace unos 9.000 años antes de Cristo. El Tibetano me proporcionó la paráfrasis del antiguo texto sánscrito, pues no co­nozco ese idioma; yo escribí los comentarios porque ansiaba pre­sentar una interpretación de los aforismos, mejor adaptada al tipo de mente y conciencia occidental que la común presentación oriental.

 

Además, escribí el libro De Belén al Calvario, a fin de dilucidar el significado de los cinco episodios principales de la vida de Cristo: el nacimiento, el bautismo, la transfiguración, la crucifixión y la resurrección, estableciendo su relación con las cinco iniciaciones delineadas para el discípulo oriental. Ambos libros tienen una conexión definida con la nueva religión mundial.

 

Llegará el momento en que habrán de fusionar la obra del Gran Maestro de Oriente, el Buda, que vino a la Tierra y alcanzó la iluminación, trasformándose en guía e instructor de millones de orientales, y la obra de Cristo, que vino como instructor y salva­dor, siendo reconocido primero en Occidente. No hay divergencia ni conflicto en Sus enseñanzas. Tampoco hay rivalidad entre Ellos. Ambos se destacan como los dos instructores y salvadores más grandes del mundo. Uno ha acercado a Dios a los pueblos de Orien­te, y el otro hizo lo mismo con los de Occidente.

 

Tal es el tema desarrollado por El Tibetano en su opúsculo: La Nueva Religión Mundial. Señala que Buda preparó a los pue­blos para el sendero del discipulado, mientras que Cristo los pre­paró para la iniciación. En el opúsculo mencionado, El Tibetano describe un ritual celebrado en el gran día del Buda, el Festival Wesak (Festival de Vaisakha) de la Luna llena de mayo, y otro en el domingo de Pascua, determinado por la Luna llena de abril, ambos dedicados al Buda iluminado y al Cristo resucitado, mien­tras que la Luna llena de junio está destinada al Festival de la Humanidad, siendo el mayor acercamiento anual a Dios bajo la guía del Cristo. Los otros plenilunios de cada mes, constituyen festivales menores en los cuales se consideran y destacan las cua­lidades espirituales necesarias para entrar en el discipulado y recibir la iniciación.

 

Otra actividad revolucionaria de El Tibetano fue llevar a la atención pública, el hecho del paulatino acercamiento de la Je­rarquía a la humanidad, la restauración de los antiguos Misterios y la posible exteriorización y manifestación, en el plano físico, de los Maestros y Sus grupos de discípulos, reunidos en lo que se denomina técnicamente ashramas.

 

Por lo tanto, implícito en este intento, tenemos el significado del segundo advenimiento de Cristo. Vendrá trayendo consigo a Sus discípulos. Los Maestros volverán a estar en la tierra, como lo estuvieron hace millones de años en la infancia de la humani­dad. Por un lapso nos abandonaron y desaparecieron detrás del velo que separa lo visible de lo invisible. Esto fue hecho con la finalidad de que el hombre tenga tiempo de desarrollar su libre albedrío, llegue a ser un adulto que emplea su mente, tome sus propias decisiones y finalmente se oriente hacia el reino de Dios, esforzándose conscientemente por hollar el sendero de retorno. Esto ha tenido lugar en tan amplia escala, que existe la posibilidad de que los Maestros rompan con su silencio y sean conocidos nue­vamente por los hombres en el siglo venidero. Con este fin ha estado trabajando El Tibetano, y muchos de nosotros hemos cola­borado con Él.

 

El Tibetano instituyó, además, las nuevas reglas para discípulos, que darán mayor libertad al discípulo individual que las conoci­das en el pasado. Hoy no se exige obediencia. El discípulo es con­siderado un agente dotado de inteligencia, y se le deja en libertad para cumplir con los requisitos como lo considere mejor. No se pide guardar secreto, ya que no se admite a ningún discípulo en un ashrama o lugar de iniciación, mientras subsista el menor peligro de no guardar silencio. Los discípulos se instruyen ahora telepáticamente, y ya no es necesario la presencia física de un Maestro. Tampoco se hace hincapié sobre el desarrollo personal. Las necesidades de la humanidad se presentan como el mayor incentivo de desarrollo espiritual. A los discípulos se les enseña hoy a trabajar en grupo, manteniendo ante ellos la posibilidad de recibir iniciaciones grupales, lo cual constituye una idea y visión completamente nuevas. Ya no son obligatorias las disciplinas fí­sicas. Se considera que el moderno discípulo, inteligente, que ama y sirve, no las necesita. Debe haber superado sus apetitos físicos y estar libre de ellos a fin de servir. Gran parte de esta enseñanza se ha dado en el libro, recientemente publicado, El Discipulado en la Nueva Era, que contiene las instrucciones que El Tibetano dio a un grupo de Sus discípulos esparcidos por el mundo, algunos de los cuales he conocido. Ésta es la primera vez en la historia de la Jerarquía, según sabemos, que se publicaron y llegaron a manos del público, las instrucciones detalladas e impartidas por el Maestro a su grupo de discípulos.

 

En los párrafos precedentes he tratado de describir somera­mente algunas de las actividades iniciadas por El Tibetano, en el intento de emitir, conjuntamente con otros miembros de la Je­rarquía, la nota clave de la nueva era, y sobre la cual los cursos superiores de la Escuela Arcana ponen el mayor énfasis.

 

Algunos estudiantes han estado con nosotros durante veinte años o más. Realizaron finalmente su trabajo y están cosechando los resultados. Esperamos desarrollar más adelante ciertos grupos que emplearán algunas de las técnicas tratadas por El Tibetano en Tratado sobre los Siete Rayos, que probablemente será el más importante. Describe la nueva escuela de curación. Enseña la técni­ca para construir el sendero de luz entre el alma y el espíritu, del mismo modo que el hombre ha creado un sendero entre él y su alma. Recalca también la nueva astrología esotérica, que se refie­re a los propósitos del alma y al sendero que el discípulo debe hollar. Da también las catorce reglas que deben seguir los inicia­dos. Este tratado de cinco volúmenes, es por lo tanto un compendio completo de la vida espiritual, y presenta nuevas formulaciones de antiguas verdades, que guiarán a la humanidad durante la era de Acuario.

 

En 1934 empezamos a visitar otras partes de Europa. Durante los cinco años siguientes fuimos, en diversas ocasiones, a Holanda, Bélgica, Francia e Italia y, por regla general, mientras estábamos en Europa, íbamos a Ginebra, Lausana o Zurich, donde permane­cíamos una corta temporada. Gentes de distintos puntos de Europa venían a vernos allí. Era algo revelador para nosotros, después de tantos años de trabajo, encontrarnos frente a un auditorio en Rotterdan, Milán, Ginebra o Amberes, y hallar las mismas cuali­dades en las personas, exactamente como en Gran Bretaña, y los Estados Unidos. Se les podía decir las mismas cosas, pues tenían la misma visión de la fraternidad y el discipulado. Sus reacciones eran las mismas. Comprendían y deseaban la misma liberación y tenían las mismas experiencias espirituales.

 

Me acostumbré a hablar mediante un intérprete. Cuando daba conferencias en Italia, el doctor Assagioli servía de intérprete, y cuando estaba en Holanda, el dirigente de nuestro trabajo, Ger­hard Jansen (llamado generalmente Gerry por quienes lo tratan y aprecian), oficiaba de traductor. Solía observarlo entre una multitud cosmopolita y conversar con igual facilidad en seis idiomas distintos. Antes de la guerra realizó un magnífico trabajo en Ho­landa. Prácticamente, todas las lecciones de la Escuela se traduje­ron al holandés, y estuvo al frente de un grande y ansioso grupo de estudiantes. Los trabajos realizados en Holanda y España constituyeron dos puntos brillantes, y a pesar de los diferentes tem­peramentos de ambos países, su aspiración fue similar.

 

Aquí termina el manuscrito

 

 

 

Mi Trabajo

 

Por El Tibetano

 

    En el mes de noviembre de 1919 me puse en contacto con Alice A. Bailey y le pedí que escribiera y publicara algunos libros que debían aparecer, con el fin de impartir la verdad en forma correlativa. Rehusó de inmediato, argumentando que no simpatizaba con la denominada lite­ratura ocultista, difundida entre el público por los diversos grupos de esa índole; que nunca había escrito para el público y, además, que le des­agradaba profundamente toda clase de trabajos y escritos psíquicos. Cambió de parecer al explicarle que la relación telepática era algo ya comprobado y un asunto de interés científico, que ella no era clarividente ni clariaudiente y que nunca lo sería y, sobre todo, que la prueba de la verdad es la verdad misma. Le dije que si aceptaba escribir durante un mes, el material trascrito le demostraría contener la verdad, pues enfocaba reco­nocimiento y comprensión intuitiva y abarcaba cuanto fuera de valor para la nueva e inminente era espiritual. Esto contribuyó a superar su aversión a tal tipo de trabajo, como también a las diversas e imperantes pre­sentaciones ocultistas de la verdad; entonces estipuló que los escritos fueran publicados sin pretensiones de ninguna especie y que las ense­ñanzas demostrarían o no su valor, de acuerdo a sus propios méritos.

 

Los Libros

 

El primer libro publicado fue Iniciación Humana y Solar, resultado de su primer esfuerzo en este tipo de trabajo, base de los demás libros. Es­cribió para mí durante casi veinticinco años. Los libros se publicaron de acuerdo a un propósito profundo y subyacente que quizá deseen conocer y ha tenido amplia aceptación mundial.

 

En Iniciación Humana y Solar se trató de dar a conocer la realidad de la existencia de la Jerarquía, que H. P. B. ya había difundido me­diante insinuaciones y enunciados, pero no en forma ordenada. La Socie­dad Teosófica había enseñado la existencia de los Maestros, a pesar de que H. P. B. manifestara a la sección esotérica que lamentaba profunda­mente haberlo hecho. Estas enseñanzas fueron erróneamente interpreta­das por los posteriores dirigentes teosóficos, quienes cometieron varios errores fundamentales.

 

La descripción que daban de los Maestros se caracterizaba por una imposible infalibilidad, olvidando que Ellos también evolucionan. La enseñanza impartida fomentó un creciente interés por el autodesarrollo y un intenso enfoque sobre la liberación y el desenvolvimiento personales, pues las personas consideradas como iniciados y discípulos avanzados, eran mediocres y sin mayor influencia fuera de la Sociedad Teosófica, exigiendo total devoción a los Maestros y a Sus personalidades. Decían que estos Maestros interferían en la organización de esos grupos esotéricos que afirmaban trabajar bajo Su dirección. Se Les hacia responsables de los errores cometidos por los dirigentes de los grupos, los cuales se escuda­ban detrás de las siguientes declaraciones: “el Maestro me dio instruc­ciones para que dijera...”, “el Maestro desea que se haga el siguiente trabajo”, o “el Maestro quiere que los miembros hagan esto o aquello”. Quienes obedecían, eran considerados buenos y a los que no se interesa­ban ni obedecían, se los consideraba como renegados. Se infringía constan­temente la libertad individual y se justificaban las debilidades y ambicio­nes de los dirigentes. A. A. B., en conocimiento de esto, rehusó tomar parte en tales actividades, pues ésta es la historia de la generalidad de todos los grupos esotéricos que atraen al público. Aunque yo hubiera querido trabajar en esas condiciones —algo que ningún miembro de la Jerarquía hace— ella no habría colaborado conmigo.

 

Luego escribió Cartas sobre Meditación Ocultista. Estas cartas propor­cionaron, en cierta medida, un nuevo acercamiento a la meditación, basada en el reconocimiento del alma en cada persona y no en la devoción a los Maestros. A éste siguió Tratado sobre Fuego Cósmico. Este libro consti­tuye una ampliación (ampliación esperada) de las enseñanzas difundidas en el libro La Doctrina Secreta sobre los tres fuegos —fuego eléctrico, fuego solar y fuego por fricción; también presenta la clave psicológica de La Doctrina Secreta y deberá ser estudiado por los discípulos e inicia­dos al finalizar este siglo y comenzar el próximo, hasta el año 2025.

 

Después A. A. B. pensó que sería de valor para mí y el trabajo, escribir libros útiles para los estudiantes, además de la trascripción de mis escritos y apuntes, en el idioma original inglés, e ideamos hacerlo juntos, lo cual me incitó a pensar y transmitir ideas, que constituyo mi deber hacer pú­blicas. El promedio general de los psíquicos y médium no poseen mayor­mente un alto grado de inteligencia; A. A. B. deseaba demostrar (para ayudar al trabajo del futuro) que puede hacerse un trabajo netamente psíquico e inteligente al mismo tiempo. Por esta razón escribió cuatro libros que son el producto de su propio esfuerzo:

 

La Conciencia del Átomo,

El Alma y su Mecanismo,

Del Intelecto a la Intuición,

De Belén al Calvario.

 

También escribió, con mi colaboración, un libro titulado La Luz del Alma, donde doy una paráfrasis en inglés, de los Aforismos sánscritos de la yoga de Patanjali, colaborando ella en los comentarios y consultán­dome ocasionalmente para estar segura del significado.

 

A éste siguió Tratado sobre Magia Blanca, escrito hace unos años, que en forma de capítulos enviaba a los estudiantes avanzados de la Escuela Arcana, únicamente como material de lectura. Es el primer libro publi­cado que trata del entrenamiento y control del cuerpo astral o emocio­nal. Se han escrito muchos libros ocultistas sobre el tema del cuerpo físico y su purificación; también sobre el vehículo etérico o vital y la mayoría es recopilación de otros libros, antiguos y modernos. En este libro se inten­ta entrenar, al aspirante moderno, en el control de su cuerpo astral, con ayuda de la mente, a medida que es iluminada por el alma.

 

El siguiente fue Tratado sobre los Siete Rayos; es un libro muy extenso y aún no ha sido terminado. (En la actualidad ya está completa la serie de este tratado. Nota de los editores.) Consta hasta ahora de cuatro to­mos, dos de los cuales ya fueron publicados; el tercero está por publicarse y el último está en preparación. Los tomos I y II tratan sobre los siete rayos y sus siete tipos psicológicos, poniendo los cimientos para la nueva psicología, pues la psicología moderna, por más que sea materialista, ha establecido bases sólidas. El tomo III está íntegramente dedicado al tema de la astrología esotérica y constituye en sí una unidad completa. Está destinado a difundir la nueva astrología, basada en el alma, no en la personalidad. El horóscopo confeccionado por la astrología ortodoxa pre­dice la suerte y el destino de la personalidad, y cuando dicha personalidad está poco evolucionada o medianamente desarrollada, puede ser y con frecuencia es asombrosamente correcto. Sin embargo, en los casos de per­sonas muy evolucionadas, aspirantes, discípulos e iniciados, que comienzan a controlar sus estrellas y por consiguiente sus acciones, no resulta tan exacto. Los sucesos y acontecimientos de sus vidas son impredecibles. La nueva y futura astrología se esfuerza por dar la clave del horóscopo del alma, condicionado por el rayo del alma y no por el rayo de la personali­dad. He impartido bastante como para capacitar a los astrólogos, que tengan interés y posean una nueva inclinación, a predecir el futuro desde el ángulo de este nuevo acercamiento. La astrología es una ciencia fundamental y necesaria. A. A. B. no es versada en ello ni sabe confeccionar un horóscopo, tampoco conoce los nombres de los planetas ni las casas que rigen. Por lo tanto, soy absolutamente responsable de lo que aparece en él y en todos mis libros, excepto, como ya he explicado, el libro La Luz del Alma.

 

El tomo IV versa sobre el tema de la curación y la construcción del puente, el antakarana, que elimina la separatividad existente entre la mónada y la personalidad. También se dan las Catorce Reglas que deben dominar quienes se preparan para la iniciación. (Posteriormente, El Tibe­tano y A. A. B. decidieron publicar estas reglas en un tomo aparte. Por lo tanto, dentro de breve tiempo aparecerá el tomo V de Tratado sobre los Siete Rayos). Quisiera llamar la atención acerca de este último tema, recordándoles que A. A. B. nunca hizo la menor alusión, pública o privada, de que es un iniciado. Sabe que ello es contrario a la Ley y oyó a muchas personas de escasa luz espiritual o capacidad intelectual, hacer tal afirma­ción, produciendo el consiguiente daño, menoscabando la idea de la Jerar­quía y la naturaleza del adepto, ante los ojos del público observador. Soy absolutamente responsable de las Catorce Reglas y de su elucidación y aplicación. A. A. B. nunca pretendió ser más que un discípulo activo ocupado en el trabajo mundial (lo cual no se puede negar) y ha reiterado constantemente que la legítima palabra “discípulo” no admite controver­sia, así como también es la más exacta para ser aplicada a las distintas categorías de trabajadores de la Jerarquía, desde el discípulo probacionista, apenas afiliado a algunos discípulos de la Jerarquía, hasta la influencia misma de Cristo, el Maestro de Maestros e Instructor de án­geles y hombres. Constantemente se opone, con mi total aprobación, a la malsana curiosidad respecto de títulos y categorías, lo cual constituye una plaga en muchos grupos esotéricos y conduce a la competencia desmedida, envidia, críticas y pretensiones, que caracterizan a la generalidad de esos grupos ocultistas, inutilizando la mayoría de sus publicaciones e impidien­do al público recibir las enseñanzas en toda su pureza y sencillez. Estado y titulo, categoría y posición, nada significan. Lo que vale es la enseñanza, es decir, su verdad y su llamado intuitivo. Esto debe tenerse constante­mente presente. Los discípulos aceptados, reconocen al Maestro internamente —lo cual puede ser corroborado por sus discípulos y utilizado por el Maestro como condición real—, lo conocen, aceptan Sus enseñanzas y es considerado por ellos como su Maestro, pero no lo hacen con el mundo externo.

 

Mis libros han sido publicados constantemente durante años. Cuando haya terminado el Tratado sobre los Siete Rayos y editado un pequeño libro titulado Espejismo (Glamour) y también EL Discipulado en la Nueva Era, A. A. B. habrá terminado su trabajo en colaboración conmigo, enton­ces podrá reasumir su tarea como discípulo en el Ashrama de su propio Maestro.

 

La Escuela

 

La siguiente fase del trabajo que procuraré ver realizado, funciona ordenadamente. Mi deseo (como también el de muchos que están asocia­dos con la Jerarquía) fue establecer una escuela esotérica cuyos miembros tuvieran libertad, no se vieran obligados a hacer juramentos ni a contraer compromisos; se les proporcionara meditación, estudios y enseñanza esoté­rica, dándoles libertad para hacer sus propios ajustes e interpretar la ver­dad de acuerdo a su capacidad; presentándoles diversos puntos de vista y al mismo tiempo transmitirles esas verdades esotéricas más profundas que podrían reconocer, si en ellos despertara la idea de los misterios y, aunque leyeran u oyeran algo acerca de los mismos, no los perjudicara aunque carecieran de percepción para reconocer la verdad tal como es. Dicha escuela fue establecida en 1923 por Alice A. Bailey, con ayuda de Foster Bailey y de algunos estudiantes con comprensión y visión espirituales. A. A. B. estableció como condición, que yo no interviniera en la Escuela Arcana ni controlara sus planes y programas de estudio. En esto A. A. B. actuó en forma inteligente y correcta y apruebo plenamente su actitud. Tampoco fueron usados mis libros como texto. Sólo, durante los últimos años, uno de ellos, Tratado sobre Magia Blanca, fue adoptado como texto de estudio, ante los continuos requerimientos de muchos estudiantes. Tam­bién fue utilizada durante dos años, en una sección del cuarto grado, la en­señanza sobre el antakarana (que aparecerá en el tomo V del Tratado sobre los Siete Rayos). Además se dio en otra sección como material de lectura, enseñanza sobre espejismo (glamour).

 

En la Escuela Arcana no se exige obediencia a nadie, ni tampoco “obediencia al Maestro”, pues ningún Maestro dirige la Escuela. En cam­bio se recalca la existencia del Maestro en el corazón, el alma, que es el verdadero hombre espiritual dentro de cada ser humano; tampoco se enseña teología ni se obliga al estudiante aceptar determinada interpre­tación o presentación de la verdad; un miembro de la Escuela puede aceptar o rechazar la existencia de los Maestros, de la Jerarquía, de la reencarnación o del alma y continuar siendo miembro de la misma. No se exige ni se pide lealtad a la Escuela ni a A. A. B. Los estudiantes pueden trabajar en cualquier grupo ortodoxo, ocultista, esotérico, meta­físico o iglesia y ser no obstante miembro de la Escuela Arcana. Sólo se les pide considerar dichas actividades como campo de servicio, donde puedan proporcionar ayuda espiritual, obtenida a través de los estudios de la Escuela. Los dirigentes y colaboradores avanzados de muchos gru­pos esotéricos, también trabajan en la Escuela Arcana y, sin embargo, son totalmente libres para poder dedicar su tiempo, lealtad y servicio a sus propios grupos.

 

Después de veinte años, la Escuela Arcana entra ahora en un nuevo ciclo de crecimiento y utilidad —juntamente con toda la humanidad—, para lo cual se están haciendo los debidos preparativos. El principio fundamental es servicio basado en el amor a la humanidad. El trabajo de meditación está equilibrado y va paralelo al estudio y al esfuerzo de enseñar a los estudiantes a prestar servicio.

 

El Nuevo Grupo de Servidores del Mundo

 

Otro aspecto de mi trabajo se concretó hace más de diez años, cuando comencé a escribir ciertos folletos para el público, en los cuales lla­maba la atención sobre la situación mundial y el nuevo grupo de ser­vidores del mundo. Traté de introducir en la Tierra —si puedo utilizar tal expresión— una exteriorización o símbolo del trabajo de la Jerar­quía. Esto constituyó un esfuerzo para unir, hasta donde fuera posible subjetiva y objetivamente, a todas las personas de propósitos espiritua­les y de profundo amor a la humanidad, o a quienes trabajaban activa­mente en muchas naciones, ya sea en organizaciones o individualmente. Éstos son legión. Unos pocos son conocidos por los trabajadores de la Escuela, por A. A. B. y F. B. Conozco a miles de éstos, pero ellos no los conocen. Todos trabajan bajo la inspiración de la Jerarquía y, consciente o inconscientemente, cumplen con sus funciones como agen­tes de los Maestros. Forman un grupo íntimamente unido en el aspecto interno, por la intención y el amor espirituales. Algunos son ocultistas que trabajan en diferentes grupos esotéricos; otros, místicos que trabajan con visión y amor; muchos pertenecen a religiones ortodoxas y, aún otros, no reconocen en absoluto a ninguno de los llamados grupos espiritualistas. Sin embargo, a todos les anima el sentido de responsabilidad por el bienestar humano y se han comprometido internamente a ayudar a sus semejantes. Este grupo es actualmente el Salvador del mundo y sal­vará al mundo e inaugurará la nueva era después de la guerra. Los folletos que he escrito (el primero de los cuales se titula Los Próximos Tres años, editado en 1932 con el titulo de El Nuevo Grupo de Servidores del Mundo), explican sus planes y propósitos y sugieren los modos y métodos para colaborar con dicho grupo, ya existente y activo en mu­chos campos.

 

Quienes son influidos por el nuevo grupo de servidores del mundo y tratan de trabajar con él como agentes del mismo, se denominan hombres y mujeres de buena voluntad. En 1936 hice un gran esfuerzo para ponerme en contacto con tales personas, cuando aún había una pequeña posibilidad de evitar la guerra. Muchos recordaron esta cam­paña y su relativo éxito. La palabra escrita y hablada, a través de la radio, llegó a millones de personas, pero no hubo un número suficiente que se interesara espiritualmente por dar los pasos necesarios y detener el odio, el mal y la agresión, que amenazaban envolver al mundo. La guerra estalló en 1939, a pesar de todos los esfuerzos de la Jerarquía y Sus trabajadores, paralizando el trabajo de buena voluntad. Esa parte del trabajo, en la que habían tratado de servir los miembros de la Escuela Arcana, y que trajo como resultado la formación de diecinueve centros de servicio, en diversas naciones, fue temporalmente abando­nada —pero sólo temporalmente, hermanos míos, porque la buena voluntad y la expresión de la voluntad al bien es la “fuerza salvadora” que anima al nuevo grupo de servidores del mundo.

 

Quisiera puntualizar el hecho de que la tarea de introducir al nuevo grupo de servidores del mundo y organizar el trabajo de buena volun­tad, no tiene en absoluto nada que ver con la Escuela Arcana, excepto en lo que se refiere a la oportunidad que se les dio a los miembros de la Escuela para ayudar en ese movimiento. Se les otorgó plena libertad de hacerlo o no. Un sinnúmero de ellos no hizo esfuerzo alguno, demos­trando así que se valieron de la libertad que se les otorgó y enseñó.

 

Cuando estalló la guerra y el mundo estuvo envuelto en el consi­guiente caos, horror, desastre, muerte y agonía, numerosas personas, espiritualmente orientadas, optaron por permanecer alejadas de la lucha. No era la mayoría, pero si una poderosa y ruidosa minoría. Consideraban cualquier actitud partidaria como una violación a la ley de fraternidad, y estaban dispuestas a sacrificar el bien de toda la humanidad por el sentimental anhelo de amar a la humanidad, en forma tal que no impli­caba acción ni decisión de su parte. En vez de decir “defenderé a mi patria, tenga razón o no”, decían “defenderé a la humanidad, tenga o no razón

 

Cuando escribí el folleto titulado La Actual Crisis Mundial y sucesi­vamente artículos sobre la situación del mundo, expresé que la Jerar­quía apoyaba la actitud y los objetivos de las naciones aliadas, que luchaban por la liberación de toda la humanidad y por el alivio de los pueblos sufrientes. Esto, lógicamente, obligó a la Jerarquía a no apoyar en forma alguna al Eje. Muchos de los colaboradores, en el trabajo de buena voluntad, y algunos miembros de la Escuela, interpretaron tal declaración como de carácter político y creyeron que la absoluta neutra­lidad, en lo que concierne al bien y al mal, era la actitud que debían mantener las personas con inclinaciones espirituales. No pensaron con claridad, y confundieron el amor fraternal con el hecho de abstenerse de tomar partido a favor de uno de los bandos, olvidando las palabras de Cristo: “El que no está conmigo, está contra mí”. Repetiré lo que he dicho con frecuencia: La Jerarquía y Sus miembros, incluyéndome, aman a la humanidad pero no desean apoyar el mal, la agresión, la crueldad y el aprisionamiento del alma humana. Con el fin de que todos avancen en el camino hacia la luz, defienden la libertad, la oportunidad, el bienestar del género humano y, sin discriminación, la bondad y el derecho de pensar, hablar y trabajar libremente, que cada hombre posee. Por lo tanto, no pueden apoyar a las naciones o a los habitantes de cualquier nación que vaya en contra de la libertad y la felicidad huma­nas. Saben que en su amor y comprensión de las circunstancias, en una vida o en vidas posteriores, la mayoría de quienes ahora son enemigos de la libertad humana, serán a su vez libres y hollarán el Camino Iluminado. Mientras tanto, toda la fuerza de la Jerarquía está de parte de las naciones que luchan por liberar a la humanidad y de aquellos que en cualquier nación trabajan en ese sentido, Si fuera en detri­mento de los valores espirituales el estar a favor del bien y de la libertad, entonces la Jerarquía trabajaría para cambiar la actitud de los pueblos, respecto a lo que es espiritual.

 

Por ser responsable Alice A. Bailey de transcribir los folletos, y F. B. de su publicación y distribución, se ha encontrado ante la difícil posición de ser el blanco de la crítica y ataques. Sin embargo, ella sabe que el tiempo reajusta todas las cosas, y que el trabajo realizado, si está correctamente motivado, oportunamente probará su propio valor.

 

Por consiguiente, me he interesado en tres aspectos del trabajo: los libros, la Escuela Arcana y el nuevo grupo de servidores del mundo. Los impactos mundiales hechos por estos tres aspectos del trabajo, fue­ron efectivos y útiles. La parte útil del trabajo realizado es lo que interesa, no la crítica e incomprensión de quienes pertenecen al viejo orden y a la era pisceana, pues son incapaces de ver el surgimiento de las nuevas formas de vida y los nuevos acercamientos a la verdad.

 

Todo este tiempo he permanecido detrás de la escena. Soy respon­sable de los libros y folletos, que llevan la autoridad de la verdad —si la verdad existe en ellos—, pero no la autoridad de mi nombre, ni la categoría que puedan adjudicarme o que me otorgan los curiosos, los investigadores y los devotos. No he dictado ninguno de los programas de la Escuela Arcana ni he interferido en sus planes de estudio, y de ellos es responsable A. A. B. Mis libros y folletos fueron puestos a disposición de los estudiantes de la Escuela y del público.

 

He tratado de ayudar en el trabajo de buena voluntad, del cual es responsable Foster Bailey, sugiriendo e indicando cuál es la tarea que el nuevo grupo de servidores del mundo está tratando de realizar, pero no lo he hecho en forma autoritaria, ni jamás lo haré. Los resultados de estas actividades fueron buenos; ha habido poca incomprensión pues ella es inherente a las facultades y actitudes personales de quienes critican. La crítica es sana mientras no se torne destructiva.

 

El Entrenamiento Personal

 

Paralelamente a estas principales actividades, desde el año 1931 he estado entrenando a un grupo de hombres y mujeres, dispersos por todo el mundo, en la técnica del discipulado aceptado, entendido acadé­micamente. De entre un grupo de muchos y posibles neófitos, señalé aproximadamente a 45 personas —algunas conocidas personalmente por A. A. B. y otras totalmente desconocidas— que habían demostrado dis­posición para el entrenamiento, y podía ser probada su aptitud para el trabajo grupal del nuevo discipulado. Estas personas recibieron directa­mente mis instrucciones personales y ciertas enseñanzas generales, aun­que basadas lógicamente en las antiguas reglas, que involucraban el nuevo acercamiento a la Jerarquía y a la vida espiritual. Estas instruc­ciones estarán en breve a disposición del público, pero no se darán indicaciones acerca de las personas así entrenadas, ni se impartirá infor­mación al respecto; nombres, fechas y lugares serán cambiados, aunque las instrucciones permanecerán tal como fueron dadas.1

 

Estas personas comprobarán mi identidad, por haber mantenido con­tacto directo conmigo. Saben quien soy desde hace años, pero han conser­vado mi anonimato con gran cuidado y verdaderas dificultades, debido a que centenares de personas en el mundo han hecho conjeturas respecto a mi identidad y algunas han acertado quien soy. Actualmente, y a pesar de todo lo que A. A. B. y mis discípulos hicieron, se admite gene­ralmente que soy un Maestro, y a tal efecto se me ha dado un nombre. Lo afirmé a mi grupo de aspirantes especialmente elegidos, cuando lo descubrieron internamente por sí mismos. Hubiera sido torpe e inútil no hacerlo, y al comunicarme con ellos y escribir instrucciones sobre el nuevo discipulado, ocupó lógicamente el lugar que me correspondía. Algu­nas de estas instrucciones fueron consideradas, por mí y A. A. B., como apropiadas y útiles para un uso más general, y luego incorporadas en una serie de escritos intitulados: Etapas del Discipulado, editados bajo mi nombre en la revista The Beacon. Fueron cuidadosamente revisados antes de su publicación, excepto uno, en el que A. A. B., bajo la presión del excesivo trabajo, omitió la supresión de un párrafo en el cual se refería a mí como Maestro. Este párrafo apareció en The Beacon en julio de 1943 y le produjo un gran disgusto. Cometió este descuido después de tantos años de ocultar mi identidad como Maestro, quedando así públi­camente reconocida.

 

En relación con esto, hay tres puntos sobre los cuales deseo llamar la atención.

 

Hace años, manifesté en Tratado sobre Magia Blanca que era un ini­ciado de cierta categoría, pero que se debía mantener mi anonimato. Años más tarde, debido a aquel error de A. A. B., aparentemente me vi en la posición de contradecirme, y por lo tanto cambiar mi actitud, pero en realidad no hice tal cosa. La difusión de las enseñanzas alteran las cir­cunstancias, y las necesidades de la demanda humana exigen a veces un cambio en el acercamiento. No hay nada estático en la evolución de la verdad. Desde hace tiempo intento hacer lo necesario para presentar al público, en forma más definida y atrayente, la existencia de la Jerarquía y Sus miembros.

 

Manifesté claramente a A. A. B., hace unos años (como lo hizo su pro­pio Maestro), que su deber principal como discípulo era familiarizar al público con la verdadera naturaleza de los Maestros de Sabiduría, para contrarrestar la impresión errónea que el público había recibido. Lo lo­gró hasta cierto grado, pero no en la amplitud esperada. A. A. B. se sintió cohibida ante esta tarea por el desprestigio en que había caído el tema debido a las falsas presentaciones de los diferentes instructores y grupos ocultistas, además de las ridículas explicaciones que daban los ignorantes acerca de nuestra identidad. H. P. B., su predecesora, manifestó en ciertas instrucciones enviadas a la sección esotérica de la Sociedad Teosófica, que lamentaba amargamente haber mencionado a los Maestros, dando Sus nombres y Sus funciones. La misma opinión sostuvo A. A. B. Los Maes­tros, tal como son presentados por la Sociedad Teosófica, tienen una vaga semejanza con la realidad. Ha traído mucho bien este testimonio de Su existencia, pero hicieron gran daño los torpes detalles a veces impartidos. Ellos no son como se Les describe: no dan órdenes a Sus seguidores (o mejor dicho devotos) para hacer esto o aquello o para formar ésta u otra organización; tampoco señalan a nadie como la encarnación de un personaje de suprema importancia, pues saben muy bien que los discí­pulos, iniciados y Maestros, son conocidos por su trabajo, sus obras y actos y no por sus palabras, y tienen que demostrar su categoría por el trabajo realizado.

 

Los Maestros trabajan en muchas organizaciones por medio de Sus discípulos; pero no exigen, por su intermedio, la total obediencia de los miembros de determinada organización, ni excluyen de las enseñanzas a quienes están en desacuerdo con las actividades de la organización o las interpretaciones de sus dirigentes. No son separatistas ni antagonizan con los grupos que trabajan bajo la dirección de distintos discípulos o Maes­tros. Cualquier organización por la que Ellos se interesen será incluyente y no excluyente. Tampoco promueven cuestiones respecto a las persona­lidades, apoyando a una y rechazando a otra, simplemente porque las opiniones de un líder sean o no apoyadas. No son personas extravagantes ni mal educadas, tal como las describen los dirigentes mediocres de muchos grupos; tampoco eligen, como discípulos consagrados y trabajadores pro­minentes, a hombres y mujeres de evidente inferioridad, desde el punto de vista mundano, ocupados en reivindicaciones y en el arte de atraer la atención sobre sí mismos. El discípulo en probación podrá ser un devoto, pero debe poner el énfasis sobre la purificación y la adquisición de una comprensión inteligente, respecto a la fraternidad y necesidad humana. Para ser un discípulo aceptado, que actúe directamente bajo la dirección de un Maestro y esté activo en el trabajo mundial, ejerciendo una cre­ciente influencia, se requiere polarización mental, desarrollo del corazón y sentido de los verdaderos valores.

 

Los Maestros presentados al público por algunos movimientos como el “Yo soy”, constituyen una tergiversación de la realidad. Los distintos movimientos teosóficos (desde la época de H. P. B.) no han demostrado inteligencia ni buen criterio en la elección de quienes la organización proclama como iniciados o importantes miembros de la Jerarquía.

 

Habiendo conocido todo lo dicho y observado los malos efectos cau­sados por la enseñanza impartida acerca de los Maestros, A. A. B. extremó Sus esfuerzos a fin de presentar la verdadera naturaleza de la Jerarquía, Sus metas y sus miembros; procuró poner el énfasis —como lo hace la Jerarquía— sobre la humanidad y el servicio prestado al mundo, y no sobre un grupo de instructores, que aunque trascendieron los habituales problemas y experiencias de la personalidad en los tres mundos, están aún en proceso de entrenamiento, preparándose (bajo la dirección de Cristo) para hollar “el Sendero de la Evolución Superior”, tal como se lo denomina. El nombre con que nos conocen algunos discípulos en el Tíbet, da un indicio de nuestra etapa de realización. Denominan a la Jerarquía la “sociedad de mentes iluminadas y organizadas” —ilumina­das por el amor y la comprensión, por una profunda compasión e inclu­sividad, por el conocimiento del plan, a fin de captar el propósito, sacrifi­cando su propio progreso inmediato para ayudar a la humanidad. Eso es un Maestro.

 

El segundo punto a tratar, lo expondrá en forma interrogativa: ¿Qué daño puede ocasionar el hecho de señalar con el dedo a un Maestro y reconocerlo como tal, siempre y cuando su comportamiento corrobore es­ta declaración y su influencia sea mundial?

 

¿Ha producido algún daño este inadvertido descuido de A. A. B., evi­denciándome como Maestro? Mis libros, portadores de mi influencia, han llegado a los más lejanos lugares de la tierra y estimulan y ayudan. El trabajo de buena voluntad que he sugerido, y que F. B. está llevando a cabo voluntariamente, ha llegado literalmente a millares de personas por medio de folletos, la radio, el uso de la Invocación, los Triángulos, y mediante la palabra y el ejemplo de los hombres y mujeres de buena vo­luntad.

 

Durante los veinticinco años que A. A. B. trabajó conmigo en el campo esotérico, nunca trató de beneficiarse por el hecho de que yo soy uno de los numerosos Maestros, reconocido hoy por millares de personas. No se ha respaldado en mi, ni en su propio Maestro; no nos ha hecho responsa­bles por lo que ella ha realizado; tampoco inició ni emprendió su trabajo sobre la base de que el Maestro “lo ordenó”. Sabe que la tarea del Maes­tro consiste en poner al discípulo en contacto con el Plan, y que por propia iniciativa y cierta medida de sabiduría y de amor, el discípulo se esfuerza inteligentemente para hacerse cargo de la parte que le corres­ponde en la materialización del Plan. Comete errores, y aunque no pre­senta quejas al Maestro, paga el precio, aprendiendo la lección. Cuando tiene éxito no acude al Maestro para que lo alabe, pues sabe que no lo hará. Lucha contra la mala salud, la envidia y el antagonismo de quienes tienen menos éxito o temen la competencia, y no acude al Maestro para recibir fuerza a fin de mantenerse firme. Trata de caminar a la luz de su propia alma y permanecer fuerte en su propio Ser espiritual, y así aprende a ser Maestro, aprendiendo.

 

El tercer punto sobre el que quisiera llamar la atención es, que el nuevo ciclo que vendrá al finalizar la guerra —la realidad de la exis­tencia de la Jerarquía y el trabajo de los Maestros por intermedio de Sus discípulos—, debe ser llevado a conocimiento del público. Los discípulos de todas partes presentarán al mundo, acrecentadamente, el plan jerár­quico para lograr la fraternidad, la vida y la inclusividad espirituales. Esto no lo realizarán apoyándose en las frases (tan prevalecientes entre los tontos), “el Maestro me ha elegido a mí”, o “el Maestro apoya mis esfuerzos”, o “soy el representante de la Jerarquía”, sino mediante una vida de servicio, recalcando que los Maestros existen y que son conoci­dos por muchas personas; que el Plan consiste en el desarrollo evolutivo y el progreso educativo hacia una meta espiritual inteligente; que la humanidad no está sola y que la Jerarquía existe; que Cristo está con Su pueblo; que el mundo está lleno de discípulos ignorados, debido a que trabajan silenciosamente; que existe el nuevo grupo de servidores del mundo; que los hombres y mujeres de buena voluntad se hallan en todas partes; que a los Maestros no les interesa absolutamente las personali­dades, sino que utilizan a hombres y mujeres pertenecientes a todas las tendencias, creencias y nacionalidades, siempre que los aliente el amor, sean inteligentes, tengan mentes entrenadas y posean además influencia magnética y radiante, lo cual atraerá a las personas hacia la verdad y la bondad, pero no hacia el individuo, ya sea Maestro o discípulo. Los Maes­tros no se preocupan, en absoluto, por la lealtad personal; están exclusivamente dedicados a aliviar el sufrimiento, a promover la evolución de la humanidad y a indicar los objetivos espirituales. Ellos no esperan el reconocimiento de Su trabajo ni la alabanza de Sus contemporáneos, sino sólo el acrecentamiento de la luz en el mundo y el desenvolvimiento de la conciencia humana.

 

Agosto 1943.

 

 

 

Los Métodos Aplicados en la Recepción de:

 

“TRATADO SOBRE FUEGO CÓSMICO“

 

 

Cuatro métodos han sido aplicados por El Tibetano para trasmitir esta enseñanza al público.

 

1. Clariaudiencia.

En las primeras etapas — durante los dos primeros años— el material contenido en los dos primeros libros fue dictado por El Tibetano a la señora Bailey mediante la clariaudiencia. En determinados y prefijados momentos, se establecía el contacto, mediante una vibración que ella aprendió a reconocer; luego oía clara y nítidamente su voz, que le dictaba palabra por palabra.

 

2. Telepatía.

A medida que la señora Bailey iba acostumbrándose a esta tarea, y producían efecto la disciplina y dieta necesarias, el trabajo fue cambiando gradualmente y el Tratado sobre Fuego Cósmico se trasmitió en forma telepática. La señora Bailey se ponía en contacto con El Tibetano en determinado momento y si Él estaba libre y disponía de tiempo, se comu­nicaba telepáticamente con ella. La información era impartida con gran rapidez y la detallada enseñanza se plasmaba con tal claridad en su conciencia, que podía escribirla sin cambiar una sola palabra. El libro se publicó tal como fue recibido, excepto leves cambios, a veces en el tiem­po de un verbo, pues el inglés de El Tibetano, resulta un poco arcaico y desusado cuando quiere emplear Su propia redacción, y no permitía que la señora Bailey interpretara Sus pensamientos, como lo hace frecuen­temente. Antes de recibirse la información y transcribirse adecuadamente, debía practicar cierto proceso de meditación, donde los temas particula­res a tratar constituyeran los pensamientos simiente para el esfuerzo meditativo. Esto debe ser precedido por la adquisición de un conocimien­to sintético de todo cuanto se haya escrito previamente sobre el tema. La facultad mental, o cuerpo mental, debe ser por lo tanto amplia y alta­mente organizada, con gran acopio de material y controlada adecuadamen­te. Con esta base puede impartirse sin temor, un conocimiento que trasciende la experiencia personal o el conocimiento previo del receptor.

 

Éste es el método aplicado entre El Tibetano y la señora Bailey, lo cual evidencia que no se apreciará el verdadero valor del tratado hasta des­pués de un profundo estudio y meditación y de muchas lecturas comple­mentarias. Sin embargo, el lenguaje empleado es tan claro y lúcido y el material utilizado tan coordinado, que lleva adelante el razonamiento con lógica precisión, y cualquier persona inteligente, aún en la primera lectura, hallará una experiencia inspiradora, que iluminará ignotas re­giones de la conciencia, incitando a estudios posteriores más profundos, lo cual es muy deseable.

 

Dicho tratado es un buen ejemplo del verdadero método telepático. Después de una cuidadosa lectura de los datos impartidos en él, eviden­temente la señora Bailey no podía haber formulado esta enseñanza, por­que se refiere a procesos cósmicos que lógicamente ignora. Su contribu­ción al trabajo fue el gran interés inicial puesto en estos temas, durante veinte años de práctica de meditación, muchos años de estudio y reflexión y su dominio de un inglés claro y vigoroso.

 

3. Visión clarividente.

A la señora Bailey le fueron presentados los diversos símbolos que aparecen en los libros (y son muchos), que luego describió. Este proceso sólo es posible con la ayuda de un poderoso colaborador. El Tibetano plasmaba el símbolo o grabado deseado, sobre una de las sutiles diferen­ciaciones del éter, manteniendo al mismo tiempo la vibración de los ve­hículos del discípulo, en el grado requerido; entonces las imágenes apa­recían claras y perfectas para ser estudiadas, en forma análoga a una exquisita obra maestra pictórica expuesta en alguna galería de arte. El cuadro no puede retirarse, pero el observador puede estudiarlo y descri­birlo y el artista copiarlo, aunque son imposibles de reproducir los efectos del color en la materia física densa.

 

A la señora Bailey le fueron también presentadas siete grandes figu­ras de Ángeles o Devas, correspondientes a los siete globos de la cadena terrestre, que quizá posteriormente sean incluidos en la segunda edición.

 

También se le presentaron extractos de antiguos manuscritos; se le permitió leer ciertas estanzas y se le mostraron los datos existentes en los archivos jerárquicos, que ella tradujo superficialmente, siendo corre­gidos por El Tibetano. No es necesario el conocimiento de las lenguas arcaicas para realizar este tipo de trabajo, pues los más antiguos manuscritos son ideográficos y simbólicos y, al haber suficiente estímulo, el observador se da cuenta del significado y puede transcribirlo.

 

4.   La Recordación, al despertar, de lo visto u oído durante el sueño de la noche, cuando se está fuera del cuerpo físico.

 

Éste fue el método empleado en las estanzas que aparecen al final del libro, y también en los diagramas. Algunas de las definiciones que figuran en ese libro se obtuvieron de esta manera.

 

Extraído de la revista “The Beacon”, junio 1925.

 

 

 

¿QUÉ ES UNA ESCUELA ESOTÉRICA?

 

Por Alice A. Bailey

 

     Existen en la actualidad muchas escuelas supuestamente esotéricas que son relativamente modernas y se establecieron durante los últimos sesenta años. No me refiero a esa Escuela Esotérica que siempre ha exis­tido y está presente en todas partes del mundo. No posee un nombre de­terminado, tampoco está representada por organización exotérica alguna ni tiene directores. Esta única y verdadera escuela ha llenado siempre la necesidad de esos buscadores que —a través de las épocas— han solici­tado ser admitidos en los misterios, y lo han logrado después de cumplir con los requisitos. Me refiero, en cambio, a las innumerables escuelas místicas, metafísicas, teosóficas, rosacruces y a las órdenes ocultas que existen en todas partes. Tales organizaciones están compuestas por personas que poseen una devota intención espiritual, animadas por grandes aspiraciones, reunidas alrededor de un instructor y de ciertas enseñanzas. El instructor imparte su interpretación personal de la enseñanza acadé­mica ocultista y acentúa la necesidad de hollar el sendero y lograr la pureza y formación del carácter, adoptando por lo general la posición de única y máxima autoridad.

 

Esta etapa, en la historia del esoterismo, ha sido un buen trabajo de preparación, porque presentó al público la naturaleza de la doctrina se­creta, la enseñanza esotérica y el gobierno interno del mundo. La rea­lidad de la existencia de los Maestros de Sabiduría —que trabajan con la Jerarquía planetaria bajo la dirección de Cristo— ha sido ampliamente difundida, ya sea en términos de la teosofía ortodoxa y de las conjeturas metafísicas hindúes, o bajo la terminología cristiana. Ya se ha impartido mucho conocimiento. El complicado proceso de la creación divina y la consiguiente manifestación de Dios, constituye un gran estimulo para el desenvolvimiento mental, pero con frecuencia trae muy poca comprensión. Las escuelas esotéricas se ocupan de desarrollar la comprensión. Han di­fundido últimamente ciertas reglas elementales destinadas, primeramente, a purificar la naturaleza emocional o de deseos; han tratado extensamente cuestiones como la diversidad de planos, los fuegos creadores y la dife­renciación de la sustancia, así como también los diversos septenarios que condicionan la vida, la conciencia y la forma. Nada de esto es enseñanza esotérica. Han enseñado devoción a los Maestros, pero presentándolos en forma inadecuada. Expresan que tales Maestros se interesan especial­mente por el instructor del grupo, y a los amigos personales del instructor con frecuencia se les dice que el Maestro los ha aceptado en el circulo interno de sus discípulos. Dentro de estos grupos se erige, casi sin excep­ción, un círculo íntimo de adherentes, devotos del instructor, quienes obedecen ciegamente a él y a los supuestos mandatos del Maestro, tras­mitidos por su intermedio, violando así la ley oculta de que un Maestro no debe dar órdenes ni esperar obediencia. Por lo general los grupos eso­téricos son hoy organizaciones herméticas, con miembros seleccionados; fomentan un malsano sentido de misterio y presentan únicamente a medias esas verdades, que sirven sólo al propósito de testimoniar la exis­tencia de lo real.

 

Por lo tanto, no existe hasta ahora una verdadera escuela esotérica. Su formación es todavía una esperanza —esperanza que ha llegado a la etapa en que puede hacerse la debida preparación para su establecimiento.

 

Lo antedicho no constituye en manera alguna una condenación al servicio lealmente prestado, pero sin inspiración. Los estudiantes deben saber que las escuelas con las cuales estén familiarizados son de carácter preparatorio únicamente, adoleciendo de muchas fallas, basadas en la flaqueza o fortaleza de los instructores que las fundaron; en consecuen­cia, prepondera el énfasis sobre la personalidad, la demanda de lealtad y la errónea interpretación y aplicación de la enseñanza. No obstante ello, han sido jalones útiles para el futuro.

 

En verdad, no ha llegado aún el momento para establecer verdaderas escuelas esotéricas. La humanidad no está preparada. Sin embargo, en la actualidad, hay bastantes personas inteligentes que justifican la forma­ción de escuelas más avanzadas de entrenamiento, las cuales sentarán las bases para las escuelas futuras, que irán apareciendo de acuerdo con la Ley de Evolución. Las escuelas esotéricas no son una excepción en el proceso evolutivo, y aparecen siempre en respuesta a la demanda del género humano y cuando su desarrollo mental lo requiere. En los próximos setenta años se fundarán las nuevas escuelas. Las actuales deben empezar a renovarse, abandonar lo no esencial y aislar las verdades real­mente esotéricas, para tener una clara visión del objetivo del entrena­miento esotérico, lo cual aún no se ha hecho. Debe conocerse la disciplina a que se someterá el neófito en el futuro, y también impartirse las téc­nicas correctas; todo ello será elevado a un nivel superior al alcanzado en el presente. La enseñanza tiene que independizarse de su actual tendencia teológica y pronunciamiento autocráticos. Las numerosas escue­las ocultistas internas y diversas secciones esotéricas, han sido desgra­ciadamente culpables de los pronunciamientos dogmáticos.

 

Más adelante aparecerán instructores que tendrán una verdadera com­prensión de la naturaleza espiritual de la autoridad, la cual no se basará en pretensiones ni en el misterio, sino en una vida vivida de acuerdo con los ideales más elevados y en la presentación de una enseñanza que evocará el respeto y la respuesta intuitiva del discípulo. El instructor del futuro señalará simplemente el camino, lo recorrerá con el discípulo y destacará las antiguas reglas, pero con una nueva interpretación, y no (corno sucede con frecuencia) colocándose entre el grupo y la luz, o entre el aspirante y el Maestro.

 

Estas escuelas preparatorias ya están en proceso de formación, y la fundación de la Escuela Arcana, en 1923, fue parte de este esfuerzo espi­ritual. A principios del próximo siglo surgirá, de dichas escuelas, la pri­mera verdadera Escuela de Iniciación.

 

Hasta la fecha, las llamadas escuelas esotéricas se ocuparon de los aspirantes que están en el sendero de probación o purificación. Las que ahora se forman, como la Escuela Arcana, se ocupan de entrenar discí­pulos y prepararlos para hollar el sendero del discipulado y, en fecha posterior, ponerlos en contacto directo con los Maestros. Las nuevas es­cuelas que se establezcan en el próximo siglo admitirán y prepararán discípulos para hollar el sendero de la iniciación.

 

Tenemos así un esfuerzo unificado y gradual del cual son responsables los Maestros. Las escuelas que ahora están en formación para entrenar discípulos son de carácter intermedio y tienen por objeto establecer un puente entre las escuelas esotéricas del pasado y las verdaderas escuelas que aparecerán más adelante, lo cual podría resumirse así:

 

 

 

I.                    Escuelas Esotéricas del Pasado

 

 

Con éstas estamos muy familiarizados, y son las escuelas internas de los numerosos grupos teosóficos, las órdenes rosacruces y las incon­tables organizaciones místicas y metafísicas. Aunque de carácter defi­nidamente esotérico, son útiles para despertar el interés del público. Proporcionan valiosa información respecto a los tres mundos de la evolución humana —físico, emocional y mental—, siendo exclusiva­mente para los neófitos que se hallan en el sendero de probación. Se ocupan del acercamiento a Dios por medio del corazón y también del profundo instinto humano, si el hombre puede descubrirlo.

 

II.                 Escuelas Esotéricas del Presente

 

Las escuelas que se establecen ahora poseen un mayor conocimiento esotérico, que se está correlacionando y aplicando. Gran parte es to­davía teórico, pero la teoría debe siempre preceder a la práctica. Di­chas escuelas llevarán la enseñanza más allá del punto alcanzado en las primitivas escuelas, trasladándola de los tres mundos al reino del alma. Se ocuparán de los valores esotéricos y serán de naturaleza mental, poniendo el énfasis sobre el conocimiento de Dios y no sobre la idea de ir a tientas detrás de una divinidad presentida. Las mejores escuelas del pasado lograron la integración de la personalidad e hicie­ron realidad el dualismo esencial del místico. Las nuevas escuelas persiguen una fusión más elevada, la de la personalidad integrada y el alma. Revelan que detrás del dualismo del místico, etapa necesaria, existe la realidad oculta de la identificación con lo divino.

 

III.               Escuelas Esotéricas del Futuro

 

Estas escuelas serán verdaderamente esotéricas, porque para enton­ces la humanidad estará preparada. Evocarán y entrenarán la con­ciencia superior del discípulo, enseñándosele a trabajar conscientemente en niveles espirituales y a actuar como alma en los tres mundos de la evolución humana, por medio de una personalidad altamente inte­ligente. Los discípulos serán preparados para la iniciación, y los ini­ciados serán entrenados para iniciaciones mayores y superiores. Harán hincapié sobre el correcto manejo de las energías y fuerzas, sobre la sabiduría, como resultado del conocimiento aplicado, y sobre los pla­nes y trabajos de la Jerarquía. Desarrollarán la intuición, y produci­rán una fusión aún más elevada entre el hombre espiritual y el Ser universal.

 

    Dividiré en acápites lo que tengo que decir respecto a las escuelas:

 

·        Algunas definiciones del esoterismo.

·        Cómo se forma una Escuela Esotérica.

·        Verdades fundamentales enseñadas en las nuevas escuelas.

 

    El estudio de estos temas ayudará a conocer en qué consiste la enseñanza esotérica, y a trabajar como esoteristas, recibiendo el entrenamiento ne­cesario y aprendiendo a hollar el camino correctamente. Los dirigentes o instructores de las actuales seudo escuelas esotéricas deben enfrentar la realidad por dura que sea. Si son honestos y sinceros lo harán gustosa­mente, se adaptarán a las necesidades de la época, valorarán correcta­mente el lugar que ocupan en la escala de la evolución y decidirán hacia dónde deben dirigir sus esfuerzos. Nada puede detener los planes jerár­quicos, tal como han sido delineados. Quienes no pueden enfrentarse a sí mismos, ni realizar un trabajo de verdadero valor, descubrirán que sus escuelas han caducado —esto ya sucede en todas partes. Los que se dan cuenta de la situación y pueden percibir el futuro, avanzan hacia una acrecentada utilidad, una reconstrucción vital y un servicio más amplio.

 

Algunas Definiciones del Esoterismo

 

Las palabras “esotérico” y “oculto” significan aquello que está escon­dido; indican lo que se halla detrás de las apariencias externas y seña­lan las causas que producen apariencias y efectos; se refieren al sutil mundo de energías y fuerzas, que todas las formas externas velan y ocultan, y a lo que debe conocerse antes de desarrollar la conciencia iniciática.

 

En el pasado se hicieron resaltar las fuerzas subjetivas, que no dejan de ser fuerzas materiales ocultas en el ser humano, y frecuentemente los poderes psíquicos, tales como la clarividencia y la clariaudiencia, que el hombre comparte en común con los animales. En las antiguas escue­las se ha acentuado de manera extraordinaria la pureza física y todo lo concerniente a la purificación de las formas, mediante las cuales el alma debe manifestarse. Esta purificación no es de carácter esotérico ni un indicio de desarrollo esotérico o espiritual, sino únicamente un paso preliminar muy necesario, pues hasta no emprender tal purifica­ción es imposible realizar un trabajo más avanzado. Las disciplinas físi­cas son necesarias y útiles y deben aplicarse en todas las escuelas para principiantes, pues mediante ellas el neófito adquiere hábitos de pureza y construye el tipo de cuerpo que el discípulo necesita para iniciar el verdadero trabajo esotérico.

 

Este entrenamiento elemental permite al neófito transferir su con­ciencia, del mundo tangible del vivir cotidiano, a los mundos de las fuer­zas más sutiles de su personalidad. Llega así a darse cuenta de las ener­gías que debe manejar, y presiente vagamente lo que hay detrás de ellas —el alma en su propio mundo, el reino de Dios.

 

Ahora las nuevas escuelas se ocupan de los valores más esotéricos. Entrenan al discípulo para trabajar como alma, en los tres mundos, y lo preparan para actuar como discípulo aceptado, en el grupo de un Maestro. La mayoría de las escuelas del pasado han descuidado la etapa de integración de la personalidad y también el conocimiento de la vida en los tres mundos, sobre lo cual se debe instruir al principiante. En cambio han ofrecido la tentadora perspectiva de hacer contacto con un Maestro y con Su grupo, antes de ser el aspirante una personalidad coordinada, calificado como “inteligente”, y de haber establecido contacto con su alma. Se ha hecho y se hace hincapié sobre la devoción, devoción al instructor del grupo, a sus verdades enunciadas y al Maestro, además de la firme determinación de merecer el titulo de “discípulo”, para decir algún día “conozco a tal o a cual Maestro”. Mientras tanto, no se ha dado al principiante una verdadera idea del discipulado ni de sus responsabilidades. Las nuevas escuelas en formación imparten a sus estudiantes ideas muy diferentes y emplean técnicas de entrenamiento muy dis­tintas.

 

1.  Una escuela esotérica enseña la relación existente entre el alma, el hombre espiritual, y la personalidad. Ésta es para el estudiante la principal línea de acercamiento, constituyendo el contacto con el alma su primer gran esfuerzo. Llega a conocerse a sí mismo y se esfuerza por actuar conscientemente como alma y no sólo como personalidad activa. Aprende a regular y dirigir su naturaleza inferior mediante el conocimiento técnico de su constitución, y a hacer fluir la luz, el amor y el poder del alma. Por el alineamiento, la concentración y la medita­ción, establece contacto permanente con su ser espiritual interno y está bien encaminado para convertirse en un útil servidor de la humanidad.

 

2.   Una escuela esotérica es la ampliación, en el mundo físico externo, del grupo interno o Ashrama de un Maestro. El discípulo individual aprende a considerarse un canal para el alma y una avanzada de la conciencia del Maestro; una verdadera escuela esotérica es además la avanzada de algún grupo subjetivo espiritual o ashrama, condicionado e impresionado por el Maestro, como el discípulo lo es por su alma. Por lo tanto, un grupo de esta naturaleza está en relación directa con la Jerarquía.

 

3.   Una verdadera escuela esotérica trabaja en cuatro niveles de servi­cio y experiencia. Esto permite al discípulo acercarse a la humanidad y utilizar todas sus facultades. En las verdaderas escuelas espirituales, apro­badas y apoyadas por los Maestros, se enseña al discípulo a servir a la humanidad y no a ponerse en contacto con un Maestro, como ocurrió con la mayoría de las escuelas esotéricas del pasado. El contacto con el Maestro depende de la calidad del servicio que el discípulo presta a sus semejantes. Con frecuencia esto lo pasan por alto los instructores que acentúan el logro y el perfeccionamiento individuales. Las nuevas escue­las en formación tratan de entrenar a los hombres para satisfacer las necesidades del mundo y servir espiritualmente en los cuatro niveles de la actividad consciente, enumerados a continuación:

 

a.       En el nivel del mundo externo se enseña al discípulo a vivir nor­mal, práctica, efectiva y espiritualmente en el mundo de la vida cotidiana. Nunca debe ser extravagante ni raro.

 

b.      En el nivel del mundo de significados se enseña al discípulo las causas que originan los hechos y circunstancias, individuales y universales. De esta manera se prepara al aspirante para actuar como intérprete de los acontecimientos y como portador de luz.

 

c.       En el nivel del alma, su propio mundo, el discípulo se convierte en un canal para el amor divino, pues la naturaleza del alma es amor, inspirando y curando al mundo.

 

d.      En el nivel del ashrama o grupo del Maestro, a medida que se le revela gradualmente el Plan jerárquico, aprende a colaborar con éste, adquiriendo el conocimiento que le permitirá dirigir algunas de las energías que producen los acontecimientos mundiales. Así lleva a cabo los propósitos del grupo interno al cual está afiliado. Inspirado por el Maestro y Su grupo de discípulos e iniciados activos, imparte a la humanidad conocimientos definidos acerca de la Jerarquía.

 

 

4. Una escuela esotérica entrena al discípulo para el trabajo grupal. Le enseña a abandonar sus planes personales en bien del propósito grupal —que está siempre dirigido a servir a la humanidad y a la Jerarquía. Sin perder nada de su identidad individual ni particular, se sumer­ge en las actividades grupales, contribuye con su dedicación al Plan, sin que ninguna idea proveniente del no-yo influya en su forma de pensar.

 

5. Una escuela esotérica no se funda en la autoridad de algún ins­tructor ni en las exigencias de que se le reconozca y obedezca. No se basa en las pretensiones de personas generalmente mediocres que afir­man ser iniciados, y que en virtud de ello hablan con autoridad dogmática. La única autoridad reconocida es la de la verdad misma, perci­bida intuitivamente y sometida al análisis mental y a la interpretación del discípulo. El discípulo (que trabaja con alguno de los Maestros) inicia una escuela esotérica sin ejercer ninguna autoridad, excepto la que le otorga una vida vivida lo más ajustadamente posible a la verdad, además de la medida de la verdad que puede impartir a su grupo. La obediencia que el dirigente del grupo debe inculcar a su grupo de estu­diantes es el reconocimiento de la responsabilidad y lealtad conjuntas a las intenciones y propósitos grupales y —dados como sugerencias, no como órdenes. Las declaraciones o exigencias del instructor del grupo, para que se le reconozca autoridad y se le preste obediencia y lealtad incondicional, lo señalan como principiante y simple aspirante, aunque tenga buenas intenciones y sentimientos, e indica que no es un discípulo a cargo del trabajo de la Jerarquía.

 

6. Un grupo esotérico se preocupa del completo desarrollo del discípulo. La formación del carácter y la aspiración altruista se consideran ya existentes, pero no se les da gran importancia a las virtudes comunes, a una vida externa pura, a la bondad, al buen carácter, ni a la total carencia de auto imposición. Estas cualidades son consideradas esencialida­des básicas y existentes en cierta medida, pero su mayor desarrollo es una cuestión personal del discípulo y no del instructor o del grupo. Se le da importancia al desarrollo mental, a fin de que el discípulo sea inte­ligente, analítico —pero no criticador— y posea un rico y bien organi­zado equipo mental. La cabeza y el corazón son considerados de igual importancia y similarmente divinos. La Jerarquía trabaja con los esta­dos de conciencia de los hombres de cualquier clase, raza o nación. Los discípulos aprenden a trabajar en la misma forma, para llegar oportunamente a ser Maestros de Sabiduría. Esto lo obtienen superando todas las dificultades y obstáculos mediante el poder de sus propias almas. Así algún Maestro activo ahora en el mundo, queda libre para realizar un trabajo diferente y más elevado.

 

7.    Una escuela esotérica es el medio por el cual la vida del discípulo se enfoca en el alma; los mundos físico, emocional y mental, no son para él la esfera principal de sus actividades. Estos mundos son mera­mente su campo de servicio, y la personalidad se convierte en aquello por cuyo medio su alma sirve. Aprende a trabajar totalmente desde niveles espirituales, y su conciencia está firmemente centrada en el alma y en el ashrama de su Maestro. La escuela esotérica le enseña cómo lograrlo, a establecer contacto con su alma, vivir como alma, reconocer al Maestro y a trabajar en el grupo de un Maestro. Aprende la técnica por la cual puede registrar impresiones del Maestro, responder a la in­tención del grupo y así ser cada vez más sensible al Plan, en el cual se han comprometido colaborar su Maestro y el Ashrama. Aprende a desempeñar su parto en la tarea de elevar la conciencia de la raza, em­pleando consciente y directamente la mente entrenada, la naturaleza emocional controlada y el cerebro receptivo. Entonces desempeña eficientemente la doble y difícil función del discípulo: vive como alma en la vida diaria y trabaja conscientemente en relación con la Jerarquía.

 

Hay muchas otras definiciones de lo que es una escuela esotérica, pero he elegido las más sencillas y las que se han de captar primero si se quiere lograr un correcto progreso. El discípulo es llevado paso a paso, por el sendero, hasta el momento en que está preparado para esos grandes desenvolvimientos de conciencia denominados “iniciaciones”. Entonces comienza a hollar conscientemente el sendero de iniciación, que las escuelas esotéricas harán conocer al público en el futuro.

 

La Escuela Arcana se esfuerza por cumplir con los siete requisitos de las escuelas esotéricas. No se ocupa, ni jamás se ha ocupado, de pre­parar a los discípulos para las iniciaciones. Procura que sus estudiantes establezcan los contactos preliminares y trabajen como verdaderos ser­vidores en el mundo. Actualmente no existe ninguna verdadera escuela esotérica que entrene para la iniciación. Las que pretenden hacerlo en­gañan al público. Se puede dar entrenamiento acerca de la vida del discipulado, pero académicamente entendido. El entrenamiento en la vida del iniciado debe comprobarse individualmente y por medio de contac­tos en el mundo del ser espiritual.

 

Cómo se Forma una Escuela Esotérica

 

Una escuela esotérica no es creada por algún discípulo que recibió órdenes de su Maestro. El discípulo que inicia una escuela preparatoria de ocultismo lo hace por propia voluntad. Es su definida y auto elegida tarea. Sirvió lo mejor que pudo en el Ashrama de un Maestro; conoce las necesidades del mundo; ansía intensamente servir, y es consciente de que aprende continuamente y de los métodos por los cuales ha apren­dido y progresado en el sendero. Por lo tanto, es un trabajador consciente de su deber como discípulo, está en contacto con su alma y es cada vez más sensible a la impresión del Maestro. Generalmente no proyecta iniciar una escuela esotérica; en su mente no se configura una definida y pla­nificada organización; ansía simplemente satisfacer las necesidades que lo circundan. Debido a que está en contacto con su alma y —en el caso de discípulos más avanzados— con el Maestro y el Ashrama, su vida diaria llega a ser magnética, radiante y dinámica y, en consecuencia, atrae hacia él a quienes puede ayudar, reuniéndolos a su alrededor. Se convierte en el punto central de vida de un organismo viviente, y no en el dirigente de una organización. Tal es la diferencia entre el trabajo de un aspirante bien intencionado y la de un discípulo entrenado. El mundo está lleno de organizaciones, a cuyo frente hay alguien con móviles generalmente sanos, pero cuyos métodos y acercamientos hacia quienes trata de servir, son similares a los del mundo comercial; podrá crear una organización útil, pero no fundar una escuela esotérica. El discípulo se convierte en el centro de un grupo vital y radiante, que crece y alcanza sus objetivos, porque la vida en el centro se desarrolla de aden­tro a fuera. Por la fuerza de su vida logra el éxito, no por un sistema de propaganda. Raras veces o nunca, tiene éxito comercial.

 

La gente responde a la nota emitida y a las verdades que se enseñan, y la influencia del grupo aumenta constantemente hasta que el discípulo es responsable de un grupo de aspirantes. Según la medida de contacto con su alma, y su respuesta sensible a las sugerencias del Maestro y a las impresiones del Ashrama con el cual está afiliado, así será la fuerza y utilidad del grupo con el cual trabaja. Poco a poco irá reuniendo a su alrededor a quienes pueden ayudarlo en la enseñanza, según la sabiduría y el discernimiento que demuestre en la elección de sus colaboradores, será el éxito de su servicio. No asume autoridad alguna sobre el grupo ni sobre sus colaboradores, excepto la autoridad que le otorga su mayor conocimiento, sabiduría y luz; esto le hace un punto inconmovible de poder, contra el cual las interpretaciones insigni­ficantes y métodos se estrellan y desaparecen. Enseñan ciertos princi­pios ocultos, inalterables, que el grupo aceptará fácilmente y sin con­troversia, y precisamente esos principios son los que le llevaron a efectuar ese trabajo. Si en sus colaboradores observa signos de desarrollo espiri­tual los coloca en posiciones de responsabilidad, a medida que se van capacitando. Vive continuamente como aprendiz y condiscípulo, hollando con ellos el sendero. La tónica del verdadero dirigente esotérico es humil­dad, lo que indica visión y sentido de proporción, y le enseña que cada paso adelante en la vida espiritual revela las etapas que aún le quedan por dominar. La diferencia entre discípulo entrenado y principiante re­side en que este último posee visión limitada y se inclina a creer que el camino es más fácil de lo que realmente es; entonces se sobrestima. En cambio, el discípulo tiene una amplia visión y sabe cuánto falta para convertirla en realidad.

 

Las escuelas esotéricas se pueden dividir en diferentes categorías, dependiendo del grado de evolución del instructor. La comprensión sub­consciente al respecto, lleva al dirigente mediocre a tratar de imponer su trabajo y llamar la atención sobre sus esfuerzos, mediante ruidosas declaraciones, pretendiendo familiaridad con el Maestro y, a veces, con toda la Jerarquía, exigiendo así reconocimiento. Esto significa ser principiante, pues debe saberse que una verdadera escuela esotérica es iniciada siempre por un discípulo, y ésta es su tentativa de servicio y no el campo de expresión de un Maestro. El discípulo —no el Maestro— es el único responsable del éxito o fracaso de la escuela. Los Maestros no son responsables de las escuelas que hoy existen, ni de las que están en proceso de formación. Tampoco establecen normas ni solucionan pro­blemas. En la medida en que el discípulo dirigente esté en contacto consciente y humilde con el Maestro y Su Ashrama, así afluirá a la es­cuela el poder del grupo interno; esto se manifestará como luz y sabidu­ría espirituales, no como dirección, mandato u órdenes concretas, ni como responsabilidad transferida del dirigente al Maestro. El discípulo toma sus propias decisiones, entrena a sus colaboradores, anuncia sus propias nor­mas, interpreta la Sabiduría Eterna de acuerdo con la luz que hay en él, y supervisa el entrenamiento dado a los estudiantes. Cuanto más avanzado, menos hablará el discípulo de su Maestro, y señalará más eficaz­mente el camino hacia la Jerarquía, acentuando también la responsa­bilidad individual y los principios básicos ocultos.

 

Las escuelas que existen hoy en el mundo pueden dividirse en tres grupos:

 

1. Hay un sinnúmero de seudo escuelas esotéricas, iniciadas por aspi­rantes los cuales desean ayudar a sus semejantes, impulsados por amor a la enseñanza, cierta medida de amor a la humanidad y algo de ambi­ción personal. En resumidas cuentas, sus métodos son exotéricos; la ense­ñanza que imparten se funda en lo que ya se ha dado y conoce; enseñan pocas novedades, aunque las disfracen con distintos grados y misterios. Emplean los libros comunes sobre ocultismo o recopilan de otros sus propios libros de texto, extrayendo frecuentemente los detalles espectaculares y sin importancia y omitiendo lo espiritual y esencial. Anuncian sus escuelas por cualquier medio, y con frecuencia hacen resaltar el aspecto comercial. Exigen obediencia; menosprecian y critican a otras escuelas; enseñan adhesión exclusiva al dirigente, y lealtad a su inter­pretación de la verdad; realizan un trabajo útil entre las masas, familiarizándolas con la existencia de los Maestros y la doctrina secreta, y brindándoles la oportunidad para el desarrollo espiritual. Ocupan un lugar definido en el plan de la Jerarquía; pero no son escuelas esoté­ricas, ni sus dirigentes discípulos, sino aspirantes en el sendero de pro­bación, y no muy avanzados.

 

2. Existen también cierto número de escuelas esotéricas, iniciadas por discípulos, que están aprendiendo mediante el esfuerzo de ayudar a su gru­po, la forma de enseñar y servir. Estas escuelas son pocas, comparadas con las del primer grupo, y numéricamente muy pequeñas, porque el dirigen­te se ajusta más a las reglas ocultas y se esfuerza por cumplir con los requisitos espirituales. Trata de enseñar humildemente y sin preten­siones; se da cuenta de que está alcanzando poco a poco el conoci­miento del alma y que su contacto con el Maestro no es frecuente. Comúnmente presenta la verdad en forma académica y teológica, pero rara vez es personalmente autoritario. Su influencia y radiación aún no son muy potentes, pero es cuidadosamente vigilado por el Maestro, porque constituye un valor positivo en potencia y se confía en que aprenderá generalmente por sus errores. Atrae mucho menos público que el pri­mero y ruidoso grupo, pero da un entrenamiento más sensato y pre­para a los principiantes en los fundamentos de la Sabiduría Eterna. Su trabajo se halla entre los grupos del pasado y los que hoy se van formando.

 

3.   Están apareciendo ya las nuevas escuelas esotéricas iniciadas por discípulos más avanzados. Lógicamente debe ser así, pues la tarea es más difícil, e involucra la enunciación de una nota tan clara que hará surgir nítidamente la diferencia entre lo nuevo y lo antiguo, y se darán ciertas verdades e interpretaciones nuevas. Esta presentación nueva y más avanzada se funda en antiguas verdades; pero se interpretarán diferentemente y despertarán antagonismo en las antiguas escuelas. Estos discípulos más avanzados emiten una radiación de mayor potencia; su influencia y trabajo mundial, mucho más amplios, evocan antagonismo y rechazo en los grupos del pasado, pero también respuesta de muchos que pertenecen a esos grupos que han superado los métodos antiguos, han esperado un nuevo acercamiento a Dios y están preparados para un llamado más espiritual. Ellos se convierten en puntos focales de activi­dad espiritual, en los antiguos grupos y en su medio ambiente, lo cual conduce a:

 

a.        Que los grupos del pasado rechacen a quienes respondan a la nueva enseñanza esotérica, expulsándolos de su grupo.

 

b.       Que las nuevas escuelas tomen forma, gracias a este rechazo, en respuesta a la enseñanza impartida por un discípulo más poderoso y desinteresado.

 

c.        Que el público sea consciente del nuevo movimiento, surgiendo así un profundo interés por las cosas esotéricas relacionadas con la Jerarquía.

 

Estos discípulos, a quienes se les confía la difícil tarea de inaugurar las nuevas escuelas, son conocidos técnicamente como discípulos mun­diales. Su influencia penetra en todas direcciones, quebrantando y per­turbando las escuelas del pasado y liberando a quienes están preparados para las nuevas enseñanzas; crean nuevas escuelas intermediarias entre las antiguas y las futuras Escuelas de Iniciación; impresionan la con­ciencia de los hombres, ampliando el punto de vista del público en gene­ral y presentando a la humanidad nuevos conceptos y renovadas opor­tunidades. Esto ya está ocurriendo. Los investigadores, por lo tanto, deban aprender a diferenciar entre el trabajo de un aspirante bien intencio­nado, que funda una escuela de esoterismo para principiantes, el tra­bajo de un discípulo que está aprendiendo a ser instructor y el de los discípulos mundiales que están derribando los antiguos métodos e insti­tuyendo nuevos y más adecuados, para la enseñanza de la verdad oculta. La Escuela Arcana es parte de este último esfuerzo mundial.

 

Existen también ciertas escuelas espúreas, bien conocidas y espec­taculares, que atraen a los curiosos e ignorantes. Afortunadamente ejer­cen un breve ciclo de influencia. Causan temporalmente mucho daño, pues deforman la enseñanza y dan una idea falsa respecto a los Maes­tros y al sendero, pero su poder de perdurar es prácticamente nulo. Los otros tipos de escuela realizan un buen trabajo y satisfacen la necesidad de quienes responden a su tónica. Sin embargo, las escuelas antiguas están desapareciendo, las del segundo grupo se mantendrán activas aún durante largo tiempo, dando instrucción elemental, entrenando a discípulos en los métodos de trabajo y en la forma de servir. El último y nuevo, tipo de escuela acrecentará su poder y preparará a los discípulos de la nueva era para las futuras Escuelas de Iniciación.

 

Las Verdades que se Enseñan en las verdaderas Escuelas Esotéricas

 

Debe observarse que muchas de las verdades impartidas hasta ahora bajo el término “esotéricas”, no lo han sido, o son totalmente “exoté­ricas”. Las verdades esotéricas del pasado son fundamentalmente ver­dades exotéricas en el presente. Durante los últimos cien años, las doc­trinas esotéricas y la enseñanza secreta de la Sabiduría Eterna —dadas al público frecuentemente bajo juramento de guardar secreto— han lle­gado a ser de propiedad pública. La naturaleza del hombre, según se enseñaba en las escuelas de misterios del pasado, es reconocida, entre otros, con el nombre de psicología moderna. Los misterios del cuerpo etérico, del astral y del mental, son tratados por nuestras universidades en cursos de psicología que se ocupan de la vitalidad, la naturaleza emocional y la mentalidad del ser humano. La creencia en los Maestros fue un secreto celosamente guardado, pero hoy se habla de Ellos en las tribunas públicas de nuestras grandes ciudades. La práctica de la meditación y sus técnicas eran temas cuidadosamente reservados, y al público se le decía que su enseñanza era peligrosa; hoy esta idea ha sido desvirtuada y gran número de personas meditan para lograr el alineamiento, establecer contacto con el alma y adquirir su conocimiento. La verdad también ha estado velada y oculta por un cúmulo de ense­ñanza secundaria que ha desviado el interés del investigador y concen­trado su atención en los fenómenos, por la importancia que le atribuyen. La postura, el empleo de antiguas fórmulas, palabras y mántram, los ejercicios de respiración, las insinuaciones misteriosas para elevar el fuego kundalini, el despertar de los centros y otros aspectos atrayentes del ocultismo secundario, han llevado a las personas a perder de vista el hecho de que gran parte de lo dicho, por pertenecer al reino de los fenómenos, se relaciona con el cuerpo físico, con su correcto ajuste, su vitalización y energetización y, por lo tanto, con los efectos y no con las causas esenciales de dichos efectos. Todos estos resultados fenoménicos serán demostrados sin peligro, normal y sensatamente, así como automá­ticamente, cuando el hombre interno, emocional y mental, esté en armo­nía con el mundo espiritual y empiece a funcionar como ser espiritual. Este acercamiento secundario a la verdad ha hecho mucho daño a la causa del verdadero ocultismo y ha perturbado considerablemente las mejores mentes en el campo espiritual.

 

En las escuelas que están en formación se acentuará el conocimiento del alma, el conocimiento espiritual, la comprensión de las fuerzas supe­riores y el conocimiento directo de la Jerarquía espiritual que rige la vida de nuestro planeta, y la comprensión (desarrollada progresivamen­te) de la naturaleza divina y del Plan que, obedeciendo a la voluntad de Dios, condiciona cada vez más los asuntos del mundo. En dichas escuelas se estudiarán las leyes que rigen al individuo, a la humanidad y a los reinos de la naturaleza, y la Ciencia de las Relaciones (a medida que se va desarrollando en nuestro mundo evolucionante) será de inte­rés práctico para el discípulo. Cuando éste establezca rectas relaciones consigo mismo, con el mundo del ser espiritual, con el mundo del vivir humano y con todas las formas de vida divina, automáticamente tendrá lugar el despertar de su propia naturaleza, sus centros se convertirán en fuentes vitales de poder espiritual y toda su constitución entrará en actividad rítmica y tendrá la consiguiente utilidad. Sin embargo, todo esto ocurrirá en virtud del correcto ajuste con Dios y con el hombre, su creciente comprensión del propósito divino y su conocimiento de las di­versas técnicas y leyes científicas que condicionan todos los fenómenos, incluso al hombre.

 

Quisiera exponer con claridad que la Escuela Arcana, por ser una de las escuelas intermedias más nuevas, se ocupa de los fundamentos comu­nes de la doctrina secreta, pero sólo como base de la nueva enseñanza que se va desarrollando. Los ejercicios respiratorios se dan únicamente después de varios años de estudio, sin hacer resaltar su importancia, porque la respiración correcta —esotéricamente comprendida— no depende del control de los pulmones ni del aparato respiratorio, sino de la orienta­ción correcta y del ajuste rítmico de la vida al orden espiritual y a las circunstancias.

 

Se estudia la psicología del hombre interno cuando condiciona los cen­tros del cuerpo vital; sin embargo, se pone de relieve el aspecto psicoló­gico y no los centros; éstos funcionarán correctamente cuando el pensa­miento sea sano y el hombre viva con éxito la vida dual del discípulo: rectas relaciones con el mundo de las almas y la Jerarquía, y rectas relaciones con sus semejantes en la vida diaria.

 

Después de una enseñanza preliminar acerca de las bases generales, y de un período de comprobación del grado de comprensión del estu­diante, además de algunas instrucciones básicas sobre la naturaleza de la meditación, las nuevas escuelas enseñarán las siguientes materias:

 

1. La Ciencia de Impresión. El estudiante aprende a ser sensible a las “impresiones” que llegan de su propia alma y, más tarde, del Maes­tro y del Ashrama. Se le enseña a interpretar correctamente tales impre­siones a través de su mente entrenada e iluminada; aprenderá también a diferenciar entre lo que llega de su propio subconsciente, lo que regis­tra telepáticamente como procedente del mundo del pensamiento y de las mentes de otros hombres, y lo que procede del mundo del ser espiritual.

 

2.   La Ciencia de Unificación. El estudiante aprende la integración y coordinación, el contacto y la fusión entre el ama y la personalidad y, más tarde, la relación directa entre el aspecto espiritual más elevado y su yo personal. Esto lleva progresivamente al constante desarrollo de la conciencia, preparando al estudiante para aprovechar la enseñanza que recibirá en las Escuelas de Iniciación. Además, estudia la naturaleza de la iniciación como expresión de grandes expansiones de conciencia y resultado de la integración autodirigida.

 

3.    La Naturaleza de la Jerarquía. El estudiante aprende que quien emprende el entrenamiento necesario y se disciplina, puede conocer a la Jerarquía y hacer contacto directo con ella. La disciplina debe ser auto impuesta y adaptada a la naturaleza y grado de desarrollo del dis­cípulo individual. Se estudian los distintos grados de la Jerarquía, el carácter de las iniciaciones y el trabajo de Cristo, como Guía de la Jerarquía. De esta manera el discípulo tiene un cuadro preciso del grupo interno que constituye su meta.

 

4.    La Ciencia de la Meditación. Esta ciencia y sus técnicas son domi­nadas gradualmente en sus distintas etapas: alineamiento, concentración, meditación, contemplación, iluminación e inspiración; al estudiante se le enseña el correcto empleo de la mente, el control del pensamiento y la correcta interpretación de los fenómenos espirituales. Aprende el signi­ficado de la iluminación en su siete etapas, y empieza a vivir, con acre­centada eficacia, la vida inspirada de un Hijo de Dios.

 

5.   Las Leyes del Mundo Espiritual. El discípulo estudia estas leyes y las aplica en sí mismo, en los acontecimientos, en el mundo y en la humanidad, las cuales incluyen, entre muchas otras:

 

a.       La Ley de Causa y Efecto.

b.      La Ley de Renacimiento.

c.       La Ley de Evolución.

d.      La Ley de la Salud.

 

Conciernen a la manifestación del mundo de los valores e impulsos espirituales, a través del mundo de los fenómenos materiales.

 

6.   El Plan. El estudiante recibe indicaciones sobre el Plan que custodia la Jerarquía y que subyace en todos los acontecimientos plane­tarios, desarrollando el propósito divino; estudia su actuación en el pasa­do, que ha llevado a la humanidad a su actual grado de desarrollo; interpreta los acontecimientos actuales en términos del Plan de Dios, investigándolos como preludio para el futuro; considera también profundamente el raso inmediato, invocando así su activa participación. Luego, cuando sea parte activa y consciente de la Jerarquía, estará familiarizado con los amplios delineamientos del propósito divino y podrá colaborar inteligentemente en la tarea inmediata.

 

7. Energías y Fuerzas. Éstas constituyen la sustancia misma de la creación y deben ser comprendidas y oportunamente controladas. El alum­no aprende que todo cuanto se manifiesta sobre el planeta y en él, es sólo un conjunto de fuerzas que producen las formas, y que todo es movimiento y vivencia. Empieza aprendiendo la naturaleza de las fuerzas que hacen de él lo que es, como hombre; luego aprende a atraer una fuerza o energía de orden superior, la del alma, para controlar esas fuerzas. Después estudia la naturaleza del espíritu, del alma y de la materia, a las cuales generalmente denomine: vida, conciencia y forma; o vida, cualidad y apariencia. Así obtiene una vislumbre de la naturaleza de la Trinidad divina y de la naturaleza eléctrica de todos los fenómenos, incluyendo al ser humano.

 

8.  Psicología Esotérica. Se la considera también de gran importancia. Señala el cambio de enfoque de la presentación material de las antiguas escuelas de esoterismo, con su énfasis puesto sobre los distintos planos, los procesos de desarrollo material y la constitución de las formas. En las nuevas escuelas se hará resaltar la naturaleza del alma que anima a las formas, y ese agente creador que actúa con el mundo material y en él. Se estudiarán los siete tipos principales de personas; se investiga­rán sus características, además de su relación con los siete grupos de que está compuesta la Jerarquía y con los siete grandes rayos o ener­gías, emanaciones que la Biblia llama “los siete espíritus ante el trono de Dios”. Así se evidencia la síntesis en toda la manifestación, y puede verse con claridad el lugar que ocupa la parte dentro del todo.

 

Existen muchos estudios subsidiarios que el estudiante debe conocer antes de ingresar en las futuras escuelas de iniciación; pero lo ante­dicho dará una idea del programa general a que se ajustarán las nuevas escuelas. La Escuela Arcana procura dar una preparación general sobre tales fundamentos básicos, a fin de que el estudiante pueda aprovechar la riqueza de literatura y enseñanza que aparecerá en lo que reste del presente siglo.

 

El estudiante debe adquirir, ante todo, una idea general de la ense­ñanza esotérica, para saber cuál de las numerosas líneas seguirá; debe aprender a aplicar la enseñanza, en forma práctica, trasmutando la teo­ría en práctica y demostrando para sí la necesidad y posibilidad de llegar a vivir en el mundo de los significados. Entonces reconocerá la relación, en todos los acontecimientos individuales, humanos y planetarios, y por qué y cómo tienen lugar dichos acontecimientos. A medida que adquiere conocimiento de la psicología esotérica, y domina algunas de las técnicas de los procesos de meditación, podrá ubicarse en el pel­daño que le corresponde en la escala de la evolución; entonces sabrá cuál es su paso inmediato, la siguiente meta de desarrollo, lo que tiene que dar como servicio a la humanidad y a quién podrá ayudar.

 

Empieza así a participar conscientemente en la gran escuela de la experiencia espiritual, donde hallará oportunamente respuesta a sus pre­guntas y solución a sus problemas. Descubrirá que los principales requi­sitos para desarrollar con éxito el trabajo esotérico son: paciencia, con­tinuo esfuerzo, visión y sano juicio discriminativo. Poseyendo todo esto, más un sentido del buen humor, una mente abierta y sin fanatismos, el estudiante rápidamente progresará en el “Camino Iluminado”, como se lo denomine a veces al sendero. Finalmente se encontrará ante el portal de la iniciación, sobre el que están inscriptas las palabras de Cristo: “Pide y se te dará; busca y encontrarás; llama y se te abrirá.”

 

Enero 1944

 

PRINCIPIOS DE LA ESCUELA ARCANA

 

Por Alice  A. Bailey

 

A quien ingresa en la Escuela Arcana y participa activamente en este grupo, deseamos exponerle ciertas ideas fundamentales o principios que rigen la enseñanza, pues de ello depende el éxito de su trabajo y el nuestro. Usted emprende una tarea para la cual su vida actual y las anteriores, lo ha preparado —si es que acepta la Ley de Renacimiento y las nuevas oportunidades. Lo que va a iniciar es de gran importancia. Implica probablemente reorientar su vida y sus métodos de vida; signi­fica aprender las reglas que le permitirán realizar en el quinto reino los esfuerzos que realiza en el cuarto reino o humano. El quinto reino de­nominado a veces reino de Dios, otras la Jerarquía espiritual de nues­tro planeta, es un reino de la naturaleza, tanto como lo son el humano y el animal. Recibirá también preparación para lograr esas grandes expansiones que trasformarán su conciencia y harán que sea constante­mente consciente del todo universal, en vez de identificarse con una diminuta fracción de ese Todo, lo cual le permitirá reemplazar la sepa­ratividad, característica del ser humano común, por la síntesis.

 

Al encarar esta nueva vida de entrenamiento y progreso, hacia una nueva vivencia espiritual, hay ciertas proposiciones y condiciones esoté­ricas esenciales que, una vez comprendidas, simplificarán su acercamiento a ese reino y a la verdad, y lo ayudarán a reconocer la sólida base en la que usted se apoya. Quizá esto hará que usted formule preguntas como las siguientes:

 

¿Cuál es la finalidad de la Escuela Arcana?

¿Cuál es la naturaleza de su enseñanza?

¿Cuáles son los principios que rigen el entrenamiento y la ayuda que presta?

¿Qué compromisos contraigo al ingresar en la Escuela Arcana?

¿Cuales son las características de toda verdadera escuela esotérica?

¿Se ajusta la Escuela Arcana a ellas?

¿Qué conceptos e ideas fundamentales rigen en la Escuela Arcana?

 

Los trabajadores y estudiantes de la Escuela Arcana deben ajustarse a siete principios u objetivos regentes. Un análisis de éstos facilitará en gran parte el trabajo futuro, pues responderá a todos los interrogan­tes y despejará el camino para un progreso comprensivo. Tales princi­pios son inmutables y nunca se alteran; si llegaran a alterarse enton­ces la Escuela Arcana ya no cumpliría con su propósito original.

 

Métodos y técnicas podrán cambiar, dogmas y doctrinas aparecer y desaparecer, a medida que la Sabiduría Eterna se manifiesta genera­ción tras generación y continúa la secuencia de revelaciones, de acuerdo a la demanda de las necesidades de la humanidad, pero el objetivo sub­yacente en todas las escuelas esotéricas (incluyendo a la Escuela Arca­na) es siempre el mismo: revelar la divinidad en el hombre y en el universo, lo cual conduce inevitablemente al reconocimiento de Dios Trascendente y de Dios Inmanente. La terminología y la presentación de la verdad una, lógicamente, cambian de acuerdo a la época, satisfa­ciendo así la necesidad de los distintos pueblos del mundo, pero lo que trata de expresarse sigue siendo eternamente inalterable. Es de espe­rar que una década tras otra, cambien la técnica y los métodos de en­trenamiento ofrecidos por la Escuela Arcana, en respuesta a las exigen­tes demandas de los aspirantes y al desenvolvimiento de la mente de la humanidad y, en consecuencia, al desarrollo de la cultura y civilización humanas. Sin embargo estos cambios no podrán conducir a la deforma­ción de la enseñanza esotérica, ni se harán en desmedro de la verdad; tampoco deben asumir indebida importancia ni exageradas proporcio­nes, anulando la realidad o velando la visión.

 

Los siete principios o proposiciones esenciales son:

 

            1.            La Escuela Arcana tiene por objetivo el entrenamiento de discípulos, no de discípulos en probación o aspirante devocionales.

            2.            La Escuela Arcana entrena a hombres y mujeres adultos, para dar el próximo paso en el sendero de evolución.

            3.            La Escuela Arcana reconoce la existencia de la Jerarquía espiri­tual del planeta e imparte instrucciones sobre la forma de acer­carse y pertenecer a Ella.

            4.            La Escuela Arcana enseña que: “Las almas de los hombres son una”.

            5.            La Escuela Arcana no pretende tener poder, categoría ni posición espirituales. Destaca la necesidad de vivir una vida espiritual.

            6.            La Escuela Arcana es no-sectaria, apolítica y de alcance internacional.

            7.            La Escuela Arcana no tiene dogmas teológicos, sino que enseña las doctrinas fundamentales de la Sabiduría Eterna, tal como ha sido reconocida en todas partes, desde épocas remotas.

 

Analicemos cada uno de estos principios fundamentales a fin de ex­traer su significado y ver cómo se expresan los métodos y formas de trabajar de la Escuela Arcana.

 

 

1.  La Escuela Arcana tiene por objetivo el entrenamiento de discípulos

 

Al finalizar la guerra mundial (1914-1945) la Escuela Arcana contaba casi con veinticinco años de existencia, y durante ese tiempo había ser­vido a más de 20.000 estudiantes. Su programa de estudio es progresivo; paso a paso se profundizan los estudios y se intensifica la práctica de la meditación a medida que el estudiante pasa de un grado a otro. No imparte enseñanza para desarrollar poderes psíquicos ni enseña al estu­diante la clarividencia y la clariaudiencia; tampoco lo entrena en la magia, en los rituales mágicos, ni en nada que se relacione con la magia sexual. Pone todo el énfasis sobre la vida espiritual, la captación men­tal de la enseñanza esotérica y las normas y procesos que contribuyen a establecer rectas relaciones con nuestros semejantes, con la propia alma, con la Jerarquía espiritual (de la cual el Cristo es el Guía Su­premo) y con un Maestro y Su Ashrama o grupo.

 

Debido a que la Escuela Arcana está destinada únicamente al entre­namiento de personas que se convertirán en discípulos activos y cons­cientes, su programa de estudio es definidamente selectivo. El estudio que se exige al estudiante no es fácil ni intenta serlo. Las normas que sustenta son elevadas, y el trabajo está programado en tal forma, que aquellos cuyo haber mental y aspiración espiritual son inadecuados a los requisitos exigidos, automáticamente se eliminan; por sí solos se dan cuenta que no pueden cumplir con el programa de estudio. El estu­diante nunca es obligado a continuar sus estudios si no demuestra apti­tud, pues ello causa desaliento y un sentido de fracaso que redunda en perjuicio de todos.

 

El discipulado requiere un corazón amoroso y una mente aguda y alerta. Las iglesias y los grupos esotéricos hacen resaltar siempre “el corazón amoroso y la devoción”. Esto es una verdad y necesidad básicas, pero la mente entrenada, aguda y alerta, tiene igual importancia. Los Maestros llegan al mundo de los hombres por medio de Sus discípulos, pues es la forma en que han decidido trabajar. Por lo tanto, buscan personas inteligentes y autocontroladas, con visión y disciplina espiri­tual autoimpuesta, mediante las cuales el trabajo puede llevarse acabo. Por esta razón hemos hecho intencionadamente difícil el estudio y man­tenido elevadas normas y requisitos, y sólo retenemos a esas personas que pueden utilizar sus mentes o que, por lo menos, demuestran dispo­sición para emplear y desarrollar los procesos mentales. Las personas emocionales, aspiracionales y devocionales, pueden satisfacer sus nece­sidades en otros grupos y escuelas esotéricos.

 

En todo el programa de estudio de la Escuela Arcana el tema predo­minante es el servicio. El servicio al semejante es la característica del discípulo y la llave que le abre la puerta a la iniciación. Por lo tanto, a quienes ingresan en la Escuela Arcana e inician el nuevo ciclo de entrenamiento, les decimos: estudien, piensen, pruébense a sí mismos y compruébennos que han captado las enseñanzas, respondiendo a las lecciones; aprendan a meditar, para hacer contacto con su verdadero yo espiritual, el alma, y a prestar servicio como expresión de lo que apren­den. Estas tres cosas deben ser su principal preocupación espiritual, a medida que cursan los primeros grados. En el transcurso de los años hallarán que se acrecienta constantemente su conocimiento, relativo al camino hacia la Jerarquía, y que su vida adquiere un significado más pleno y rico, pues se logra penetrar en el mundo de los significados. Verán que los siguientes grados le abrirán sus puertas, porque habrán asimilado el trabajo preliminar necesario, obtenido cierta medida de conocimiento técnico y académico, establecido algunos contactos espi­rituales y alcanzado ciertos grandes reconocimientos.

 

2.  La Escuela Arcana entrena a hombres y mujeres adultos, para dar el próximo paso en el sendero de evolución

 

Al ingresar en la Escuela Arcana usted toma parte en un nuevo experimento educativo para adultos, basado en tres requisitos; por lo tanto cada estudiante:

 

1.     Se compromete a prestar obediencia esotérica.

2.     Considera que tiene libertad para continuar o no, el programa de estudio de la escuela.

3.     Se convierte, si lo desea, en parte de la Escuela Arcana.

 

En realidad ¿qué es un adulto? Desde nuestro punto de vista, es un hombre o mujer que ha alcanzado ciertas integraciones fundamentales o está tratando conscientemente de lograrlas. Ser adulto, en verdad, nada tiene que ver con la edad de la persona. Sostenemos —al igual que la psicología moderna— que el ser humano es una síntesis de la natu­raleza física —actividad vital y suma total de los estados emocional, sentimental y mental. Frecuentemente estos diversos aspectos no se relacionan entre sí y, en la mayoría de los casos, están dominados por la naturaleza emocional, y la mente no tiene oportunidad de actuar. Sin embargo, cuando se ha logrado cierto equilibrio, cuando la mente, la naturaleza emocional y la persona física vital constituyen una unidad funcionante, puede decirse que el hombre es adulto. Puede clasificarse como “personalidad”, porque ha logrado internamente —como resultado del proceso evolutivo— una serie de integraciones.

 

Muchos estudiantes de la Escuela Arcana están abocados a la tarea de integrar la personalidad o de desarrollar la mente, para ejercer un control eficaz sobre la naturaleza emocional y dirigir las actividades del individuo en el plano físico. Otros han obtenido cierta integración de la personalidad y procuran alcanzar una síntesis más elevada, la del alma y la personalidad, o del yo superior y el yo inferior. Una vez lograda esta última integración, el hombre puede ser considerado como una “personalidad fusionada con el alma”. En este punto, o cuando está en proceso de realizarlo, puede convertirse en un discípulo acep­tado, técnicamente entendido.

 

La obediencia esotérica a la cual nos referimos, es la obediencia del hombre —la personalidad— a su propia alma. No es la obediencia a un instructor o a un conjunto doctrinario. En ningún grado de la Escuela Arcana se exige al estudiante promesas o juramentos. Debido a que los estudiantes ingresan en la Escuela por su propia voluntad, presumimos que procurarán cumplir, también voluntariamente, con los requisitos. Sin embargo, esto nada tiene que ver con la obediencia esotérica; es simplemente cuestión de sentido común. La obediencia esotérica es la reacción espontánea de la mente a los deseos o a la voluntad del alma. Significa que el aspirante al discipulado se está entrenando para ser sensible a las impresiones provenientes del alma, que luego se apresura a obedecer. La finalidad de la meditación es ante todo, lograr esta sensibilidad y permitir al estudiante trabajar guiado por la luz de su alma. Por este medio, y siguiendo el sendero de la obediencia esotérica la personalidad se hará progresivamente más sensible a las impresio­nes del alma.

 

El personal y los secretarios de la Escuela nunca intervienen en la vida espiritual y esfuerzos del estudiante. La ayuda prestada en la prác­tica de la meditación y las sugerencias ofrecidas, respecto a la vida espiritual, son desinteresadas. Los requisitos nunca son impuestos; nos complace saber que el estudiante se beneficia por el estudio y la ayuda prestada; pero si no aprovecha las oportunidades ofrecidas es asunto suyo.

 

El objetivo fundamental de la Escuela Arcana es dejar completa­mente libre al estudiante. Esto es necesario si quiere aprender a mane­jarse a sí mismo inteligentemente y progresar espiritualmente; puede o no continuar con el estudio, pues es dueño de abandonar la Escuela si lo desea. Cuando el estudiante no estudia ni envía sus trabajos e informes de meditación regularmente, llegamos lógicamente a la con­clusión de que no le interesan y que debemos eliminarlo de la lista de estudiantes activos. También nos reservamos este derecho cuando obser­vamos que no aprovecha las enseñanzas.

 

La Escuela Arcana también tiene como norma no inmiscuirse en la vida privada del estudiante. No se impone disciplina física ni régimen vegetariano; tampoco se prohíbe fumar ni beber alcohol, como lo hacen a menudo otras escuelas esotéricas; eso lo considera de su propia incum­bencia, pues cree que dada la correcta enseñanza, hará por sí solo los reajustes necesarios. Sabe que el alma impone su propia disciplina a su instrumento, la personalidad. La tarea de la Escuela Arcana consis­te en enseñarle a conocer su propia alma y a obedecer sus requisitos. Por lo tanto, no impone al estudiante normas de vida ni se inmiscuye en sus asuntos privados. A medida que transcurre el tiempo, el alma impondrá al estudiante sus propias normas, si es sincero y está realmente interesado. Tampoco formula preguntas ni escucha habladurías. La Escuela sabe que todos debemos aprender a ser Maestros, aprendiendo, para que el Maes­tro en el corazón pueda asumir control. El objetivo de la Escuela consiste en ayudar al estudiante a controlarse, enseñándole las antiguas reglas que rigen el sendero del discipulado, adaptadas a las condiciones moder­nas y a la comprensión mental más avanzada del aspirante moderno.

 

También el estudiante es libre de servir cómo y dónde quiere. No se le obliga a emprender una u otra actividad, como hacen otros grupos eso­téricos. Como organización no exige ser servida; no tiene logias ni centros, no obliga a asistir a reuniones y conferencias; el estudiante tiene plena li­bertad de trabajar en cualquier grupo, iglesia, organización y actividad social o benéfica. La Escuela sostiene que si imparte algo de valor espi­ritual, debe ser aprovechado y utilizado por el estudiante en el medio ambiente (cualquiera sea) que evoca su interés o demanda su lealtad. La plena libertad para trabajar y servir fuera de la Escuela Arcana, constituye la razón por la cual han ingresado tantos estudiantes, afiliados a otras Escuelas y asociaciones. En la Escuela Arcana hay muchos teósofos y rosacruces, lo mismo que muchos de la Christian Science (Ciencia Cristiana), eclesiásticos de todas las denominaciones, protestantes y cató­licos, y hombres y mujeres de diversas ideas religiosas y políticas, los cua­les se sienten libres, y verdaderamente lo son.

 

Además los estudiantes de la Escuela Arcana pueden formar su propio grupo y dar expresión a sus propias ideas y modalidades de servicio, sin que la Escuela interfiera. Frecuentemente ellos lo hacen. Sin embargo, no asume responsabilidad por dichos grupos ni los considera como parte de la Escuela Arcana o afiliados a ella; tampoco los patrocina ni responde por lo que tales grupos imparten. En cambio aprobará todo esfuerzo que proporcione al estudiante un campo de servicio y su intento de difundir la Enseñanza de la Sabiduría Eterna. Considera que es indicio saludable cuando un estudiante trata de trabajar de esta manera, pues la necesidad de esta enseñanza en el mundo es muy grande y puede llegar a miles de personas.

 

Finalmente, este experimento en la educación del adulto, es excep­cional, en el sentido de que los estudiantes más avanzados se convierten en colaboradores instructores de la Escuela y, como secretarios, supervi­san el trabajo de los estudiantes menos avanzados. Todo estudiante puede ser secretario si ha captado la enseñanza, es inteligente y ama a sus se­mejantes. En 1947, había alrededor de ciento cuarenta secretarios de todas las nacionalidades, y su número aumenta a medida que la Escuela va creciendo, y lo hace con rapidez. Estos secretarios pertenecen a todas las nacionalidades. El estudio en los grados más avanzados es atendido por el grupo de la Sede.

 

3.  La Escuela Arcana reconoce la existencia de la Jerarquía espiritual

 

La Escuela está libre de dogmas y doctrinas. No pide que el estudiante acepte ésta o aquélla verdad, y si éste rechaza lo que la Escuela cree y acepta, es asunto suyo. Ello no implica que exista diferencia alguna entre los trabajadores de las Sedes; es indiferente que un estudiante rechace la doctrina del renacimiento o se niegue a creer en la Jerarquía y en los Maestros de Sabiduría. Todo lo que se le pide es que investigue y analice las razones en favor o en contra de tales creencias, y luego se ajus­te a lo que considera correcto. Sin embargo ciertas creencias de origen muy antiguo son generalmente aceptadas, ya sea como verdades conocidas, premisas fundamentales o hipótesis interesantes. Se le sugiere al estudiante mantener esta actitud o acercamiento a la ver­dad, pues la Escuela cree que deben considerarse las verdades pre­sentadas como campo propicio de investigación honesta. Esto puede aplicarse también a la creencia en la existencia efectiva de la Jerarquía espiritual; esta verdad está encarada desde el ángulo del desarrollo evo­lutivo; se considera que el orden jerárquico de los Seres que forman la Jerarquía, constituye el quinto reino de la naturaleza, inevitable resultado de la experiencia de la vida en el cuarto reino, el humano. La enseñanza cristiana respecto al reino de Dios, se refiere a la Jerarquía espiritual. Si esta premisa es verdadera, la existencia de este reino puede considerarse científicamente como parte integrante del gran proceso evolutivo, en su sistema de seres vivientes que avanzan en ordenada progresión desde el átomo más diminuto hasta Dios mismo.

 

En los primeros grados de la Escuela se enseña muy poco sobre esto, excepto la consideración e interrelación de la existencia del Plan divino y el hecho del desarrollo de la conciencia en el hombre y en todas las formas. Posteriormente el estudiante dirige su atención hacia esos Seres que inspiran e imparten la verdad a la humanidad, y a ello se refiere el trabajo de meditación; no obstante, si no le atrae, se le proporciona como alternativa otra meditación, en la que es omitida toda referencia a la Jerarquía espiritual. En los grados superiores (en los cuales se ingresa por invitación) se supone que el estudiante cree en la existencia de los Maestros de Sabiduría, iniciándoselo en el entrenamiento elemental para el discipulado. Llegado a este punto, se analiza el trabajo realizado en los grados anteriores y, quienes pueden continuar, se clasifican en dos categorías:

 

            1.         Los que no dudan de la existencia de la Jerarquía espiritual, de la cual Cristo es el Guía.

            2.         Los que aún dudan, pero aceptan la enseñanza como hipótesis activa.

 

Entonces se les instruye sobre las reglas que rigen el sendero del discipulado; si son aceptadas y seguidas persistentemente, conducen a millares de personas de la “oscuridad a la luz” y del cuarto al quinto reino de la naturaleza. Se le enseñan las leyes y reglas del Ashrama de un Maestro. El Ashrama es ese centro de luz y poder espirituales donde el Maestro reúne a Sus discípulos para instruirlos sobre el Plan, del cual se convierten en agentes.

 

Discipulado es un término técnico que indica aptitud para la ense­ñanza, disposición para el desarrollo del Plan para la humanidad y un profundo amor hacia el semejante. El estudiante que aprende la aplicación de estas antiguas reglas a su vida cotidiana, adquirirá con el tiempo un conocimiento personal de la Jerarquía y del Plan, que Ella custodia. Dicho Plan, Dios Trascendente, se desarrolla mediante los procesos evolutivos, los cuales con el tiempo revelan la existencia de Dios Inmanente.

 

El estudiante no está obligado a aplicar estas reglas o a seguir el sen­dero del discipulado, sin embargo, sabemos por experiencia que al en­frentarse con la oportunidad ofrecida, acepta el entrenamiento o se retira de la Escuela, por lo menos temporalmente.

 

En los grados superiores de la Escuela Arcana se hace hincapié sobre la naturaleza del Plan, el nuevo ciclo evolutivo en el cual la humanidad está entrando ahora, y el inminente retorno de Cristo, según las enseñan­zas de todas las religiones del mundo. Los cristianos esperan el adveni­miento de Cristo, los judíos la venida del Mesías, los budistas la llegada del Boddhisattva, los hindúes el Avatar y los mahometanos la aparición de Iman Mahdi. La universalidad de esta enseñanza, más la expectativa general, representan el principal argumento de la naturaleza real de la verdad involucrada. La amplia aceptación de cualquier verdad, en cual­quier civilización y cultura y en el transcurso de las épocas, indica un hecho espiritual divinamente presentado. En la actualidad, la atracción de estas verdades debe ser mental y científica, y no simplemente emocio­nal y mística, como ha sucedido generalmente hasta ahora.

 

4.  La Escuela Arcana enseña que “las almas

de los hombres son UNA”

 

Esta verdad surge normalmente de cualquier consideración del Plan evolutivo y demuestra ser una realización progresiva para quienes inten­tan llevar a la práctica las reglas de la vida espiritual, y así ajustarse a las leyes qué rigen el reino de Dios. Durante los últimos trescientos años se ha impartido mucha enseñanza acerca de la hermandad y de la rela­ción fraternal entre los hombres. En la Escuela Arcana se estudian los fundamentos de esta creencia y la inclusividad de la Vida divina que anima a todos los reinos subhumanos, a la familia humana y a las vidas superhumanas, que se extienden más allá de lo estrictamente humano hasta la luz misma de la eternidad.

 

Esto se acepta prácticamente por el aspecto internacional en desarrollo de la Escuela Arcana. Sus estudiantes pertenecen a todas las naciones y religiones. Las lecciones y escritos de la Escuela están disponibles en inglés, francés, alemán, italiano, holandés, castellano, y se están tradu­ciendo al polaco, griego, rumano y armenio. En este sentido se ha progre­sado mucho. Los secretarios de la Escuela pertenecen a todas las nacio­nalidades. Al estudiante se le asigna a veces un secretario de distinta nacionalidad, lo cual contribuye a fusionar a los hombres en una gran fraternidad espiritual, sin diferencia de raza, nación o religión. La Invocación que emplean los estudiantes diariamente, ha sido traducida a más de cincuenta idiomas y dialectos.

 

En la Escuela Arcana tratamos de contrarrestar la “gran herejía de la separatividad”, característica del pensamiento moderno, y de sentar las bases para ese nuevo mundo, del cual surgirá una civilización basada en la creencia de que “las almas de los hombres son Una”. El aislamiento, la desunión y el individualismo son expresiones de una arraigada separa­tividad, que desdichadamente ha caracterizado a la humanidad; esto sub­yace en el fondo de las diferencias religiosas, políticas e ideológicas y es la fecunda fuente de todas las guerras. La solución de este problema mundial reside en la aparición de un grupo espiritual (cuyos miembros pertenezcan a todas las razas y naciones) que se una con la finalidad de hollar el sendero del discipulado, de modo de traer a la manifestación el reino de Dios y expresar rectas relaciones humanas. Dicho grupo reco­nocerá a los grupos de ideales, origen y metas similares, y expresará una unidad espiritual fundamental. Los miembros de este grupo pondrán el énfasis sobre los puntos de contacto y no sobre las diferencias; pro­curarán colaborar con todos los grupos que poseen sana visión y obje­tivo espiritual, sin perder a la vez su individualidad e integridad.

 

Por esta razón la Escuela Arcana no forma grupos o logias, ni organiza reuniones en las diversas poblaciones del mundo, donde residen sus estu­diantes. No desea erigirse en una organización que compita con los demás movimientos de esta índole. Como ya se ha dicho, los estudiantes tienen libertad para trabajar en otras organizaciones y no se espera adhesión a nadie en la Escuela Arcana. Al estudiante se le enseña a comprender que las almas de los hombres son una y a vivir y aplicar el poder que otorga esta verdad fundamental. Se le alienta a desarrollar tal actitud, resumida en las siguientes líneas, constituyendo el anteproyecto sobre el cual se le pide que amolde su vida:

 

Los hijos de los hombres son uno y yo soy uno con ellos.

Trato de amar y no odiar;

Trato de servir y no exigir servicio;

Trato de curar y no herir.

Que el dolor traiga la debida recompensa de luz y amor.

Que el alma controle la forma externa,

La vida y todos los acontecimientos,

Y traiga a la luz el amor

Que subyace en todo cuanto ocurre en esta época.

Que venga la visión y la percepción interna.

Que el porvenir quede revelado.

Que la visión interna sea demostrada.

Que cesen las divisiones externas.

Que prevalezca el amor.

Que todos los hombres amen.

 

5.  La Escuela Arcana no pretende tener poder, categoría

ni posición espirituales

 

En el mundo, muchas personas se autoproclaman discípulos, iniciados y Maestros; en todas partes se elevan voces que demandan atención; estas pretensiones personales engañan a mucha gente. Falsos Maestros existen en muchos países donde se engaña al pueblo y se prostituye públicamente la Divina Ciencia de los Iniciados; iniciados espurios e impostores dan conferencias por todo el mundo; falsos Cristos surgen en ambos hemisfe­rios, corroborando la exactitud de las profecías de Cristo, expuestas en San Mateo 24. Es fácil engañar a la gente que ansía grandemente ser ayudada, porque reconoce instintivamente que existe cierto grado de desarrollo espiritual en la humanidad. Las masas poseen la inherente creencia en la Jerarquía espiritual, y precisamente es lo que los falsos profetas explotan intencionadamente.

 

A los estudiantes de la Escuela se les enseña la verdad (tal como fue dada por Cristo) de que “por sus frutos los conoceréis”; y se acentúa el hecho de que tales pretensiones, constituyen un engaño.

 

Ningún Maestro o iniciado verdadero lo proclama, ni trata de atraer la atención; en cambio se ocupa intensamente de las “cosas del reino de Dios”, pues no dispone de tiempo para imponerse a la conciencia de los hombres.

 

Maestro es quien ha logrado liberarse del control de la personalidad o yo inferior; por lo tanto, no desea imponerse ni exigir reconocimiento. Prefiere trabajar tranquila y silenciosamente detrás de la escena, ocu­pándose de la verdad y de la necesidad humana, impulsando a los hom­bres en la búsqueda del Maestro en sus propios corazones.

 

Los trabajadores de la Escuela Arcana trabajan porque están orien­tados espiritualmente y no porque desean ser reconocidos como iniciados. Sólo aspiran a hollar el sendero del discipulado, única y legítima aspi­ración que puede tenerse; pretender ser Maestro o iniciado indica engaño y crasa ignorancia. Por lo tanto, nadie que trabaja en la Escuela Arcana (incluso la señora y el señor Bailey y el personal de la Sede) puede asig­narse una elevada categoría espiritual; si alguien procediera así, dejaría automáticamente de ser un trabajador de la Escuela. Podrá decir que es un discípulo, pero no un iniciado o Maestro.

 

6.  La Escuela Arcana es no-sectaria, apolítica

y de alcance internacional

 

La Escuela Arcana está preparada para ayudar a todo hombre o mu­jer, cualquiera sea su punto de vista religioso o político, ideología o na­cionalidad. Si es verdad (e indudablemente lo creemos así) “que las almas de los hombres son UNA”, sostenemos que los conceptos y aceptaciones de la mente consciente del estudiante, no interfieren en realidad su capacidad de captar este hecho espiritual ni evitan que haga contacto con su alma. Sólo pedimos al estudiante que mantenga una mente abierta y esté dispuesto a ver la vida y los acontecimientos mundiales como un todo; que considere los asuntos mundiales, políticos, religiosos, sociológicos o económicos, como un vasto método o campo de experiencia, por medio del cual y en el cual, el propósito divino se desarrolla lentamente; que investigue de qué manera su creencia particular se ajusta a ese pro­grama mundial, y si es excluyente o incluyente en su acercamiento.

 

Debido a esta actitud de la Escuela Arcana, hay estudiantes que res­ponden actualmente a todas las tendencias políticas y pertenecen a todas las religiones. No deben existir barreras y muros separatistas entre ellos. En realidad ¿cómo podría haberlos? El fondo religioso y la ideología política de un hombre son determinados generalmente por su lugar de nacimiento, trasfondo nacional y tradición. En la Escuela estudian ecle­siásticos de todas las denominaciones y personas espirituales que no perte­necen a ninguna iglesia, y además miembros de todos los partidos políticos e ideologías. Estudiamos unidos, respetando los puntos de vista de los demás, y no entramos en discusiones o controversias. A los secretarios no se les permite discutir cuestiones políticas o religiosas con los estudiantes a su cargo. Sólo se trata de indicar la meta común, el campo universal de ser­vicio y los antiguos métodos por los cuales los seres humanos pueden pasar de lo irreal a lo real.

 

Durante la guerra (1914-1945) la Escuela Arcana estuvo de acuerdo con el propósito de las naciones aliadas y en firme oposición con las que combatían a las Fuerzas de la Luz; esto no fue en forma alguna un mo­vimiento político; se basó en la convicción espiritual de que el propósito de las Potencias del Eje contrariaba el Plan de Dios y se oponía a la Jerarquía espiritual del planeta y al bienestar general de la humanidad. La política del Eje se fundaba en una perversa separatividad y odio. La decisión de no permanecer neutrales coincidió con la voluntad de la mayoría de los estudiantes. Hay quienes sostienen que el esoterista debe mantenerse alejado de los acontecimientos mundanos, y que el estudiante esotérico no debe tomar parte en los asuntos de la humanidad, sino estar activo en los reinos espiritual y mental. Si los asuntos del plano físico están fuera de la esfera de influencia de la vivencia espiritual, hay algo fundamentalmente erróneo en la interpretación de la verdad; si el obje­tivo de nuestro esfuerzo espiritual es establecer el reino de Dios en la Tierra, entonces los acontecimientos del plano físico deben convertirse en la preocupación de las personas espirituales. ¿No será verdad que debido a esta antigua división, entre la vida espiritual y la acción mate­rial, las iglesias de todos los países y la vida política y económica del mundo, han degenerado hasta llegar a la terrible situación que la humanidad del siglo XX tiene que enfrentar?

 

A los estudiantes de la Escuela Arcana se les alienta a llevar su conocimiento, energía y comprensión espirituales, a los asuntos humanos, y hacerlo en el nivel físico de la existencia. Pedimos a los estudiantes de cada nación que estudien el desarrollo efectivo del Plan y su propósito espiritual, en todos los aspectos de la actividad humana, y que relacionen la palabra “espiritual” con todas las actividades de la vida cotidiana, y no sólo, como sucede frecuentemente, con los grupos religiosos existentes, con la aspiración, la práctica de la meditación y el estudio esotérico.

 

Quien firmemente crea que las “almas de los hombres son UNA”, se verá obligado a poner en práctica tal concepto en la vida diaria; de lo contrario será un mero teórico, un idealista o un místico impráctico. La aplicación diaria de la verdad espiritual y esotérica hace práctico, útil e interesante el trabajo de la Escuela.

 

Por esta creencia el factor dinero adquiere mucha importancia. El dinero domina todos los aspectos de nuestra vida en el plano físico; siendo el factor predominante y controlador de nuestra civilización ac­tual, muy poco se ha hecho hasta ahora en el mundo para emplear el dinero con fines verdaderamente espirituales. Mucho dinero se ha inver­tido en propósitos filantrópicos y humanitarios; gran parte de éste se halla en manos de los teólogos de las distintas iglesias, pero la contribución intencional de fondos dedicados a la obra de los Maestros y a la ayuda de los planes de la Jerarquía espiritual, es prácticamente nula. Los conceptos incluyentes de la Sabiduría Eterna y el conocimiento del Plan divino, re­quiere dinero para que llegue a las multitudes, pues es precisamente lo que la humanidad espera en la actualidad. Los místicos, los profesionales espirituales y los esoteristas del mundo, que consideran el dinero como algo maligno, con el cual no deben asociarse, son en gran parte culpables. Mucho daño han hecho las Escuelas de pensamiento que consideran malé­fico, perjudicial y erróneo, el deseo de dinero, aún para llevar a cabo la obra de los Maestros, afirmando que el hombre verdaderamente espiritual no debe solicitar dinero ni orar para obtenerlo. Una de las mayores nece­sidades de hoy es crear grandes fondos para la obra de Cristo y sus discí­pulos y para preparar las mentes de los hombres para Su advenimiento. Es necesario reorientar la tendencia material del dinero y ponerlo a disposición del trabajo de los Maestros. Ésta es una de las tareas nuevas e inmediatas de los discípulos mundiales y trabajadores espirituales, y se pide a los estudiantes de la Escuela Arcana que consideren y reflexionen sobre ello. La Escuela Arcana, por ejemplo, no establece cuotas por el ser­vicio que presta; la obra se lleva a cabo con contribuciones voluntarias; anualmente se envía a los estudiantes el balance para informarlos del monto de la financiación de la Escuela. Cuando surgen necesidades, se pide a los estudiantes satisfacerlas en lo posible, habiendo demostrado su amplia generosidad en el transcurso de los años. La Escuela Arcana no tiene sub­sidios, ni donantes generosos que aportan en forma regular y constante. El personal de las Sedes tiene un salario mínimo, lo cual es parte de su contribución voluntaria a la obra.

 

7.  La Escuela Arcana enseña las doctrinas fundamentales

de la Sabiduría Eterna.

 

Presenta las enseñanzas para que el estudiante las acepte o rechace, de acuerdo a su modo de pensar o deseo. Como bien se sabe, no hay imposición oficial dogmática ni teológica de la verdad.

 

Desde el punto de vista de la Escuela Arcana. ¿Cuáles son los prin­cipios esenciales? ¿Qué enseñanzas se consideran necesarias?

 

1.      Que el reino de Dios, la Jerarquía espiritual de nuestro planeta, puede materializarse, y se materializará en la tierra. Creemos que ya está presente y que, más tarde, será reconocida como el reino culminante de la naturaleza.

 

2.      Que en el transcurso de las edades ha continuado la revelación, y que ciclo tras ciclo Dios se ha revelado a la humanidad.

 

3.      Que Dios Trascendente es también Dios Inmanente, y que por me­dio de los seres humanos, que en verdad son hijos de Dios (si las palabras de Cristo y de todos los instructores del mundo significan algo), los tres aspectos divinos —conocimiento, amor y voluntad— pueden ser expresados.

 

4.      Que existe únicamente una vida divina que se expresa por medio de múltiples formas en todos los reinos de la naturaleza, y por eso los hijos de los hombres son UNO.

 

5.      Que en cada ser humano hay un punto de luz, una chispa de la Llama Una. Creemos que el alma es el segundo aspecto de la divinidad, referido por San Pablo al hablar de “Cristo en ti espe­ranza es de gloria”. Nuestra meta es demostrar la vivencia divina en cada persona, y el discipulado es un paso hacia esa realización.

 

6.      Que es posible alcanzar una última perfección, aunque relativa para el aspirante individual y la humanidad como un todo, me­diante la acción del proceso evolutivo. Tratamos de estudiar este proceso para reconocer las miríadas de vidas en desarrollo, cada una en su lugar en el esquema, desde el átomo más humilde, ascendiendo desde los cuatro reinos reconocidos de la naturaleza hasta el quinto reino, del cual Cristo es el Guía Supremo, y hasta las excelsas esferas en las que el Señor del Mundo desarrolla el Plan divino.

 

7.      Que existen ciertas leyes inmutables que rigen el universo, de las cuales el hombre se da cuenta progresivamente a medida que evoluciona. Estas leyes son expresiones de la voluntad de Dios.

 

8.      Que la ley fundamental de nuestro universo se observa en la ma­nifestación de Dios como Amor.

 

Sobre estos ocho principios fundamentales descansa toda la enseñanza esotérica. Existen factores subsidiarios y otras enseñanzas que se pide al estudiante considerar, pudiendo o no aceptarlas, según su criterio. Estas enseñanzas son: la reencarnación, regida por la Ley de Renacimiento, la naturaleza cíclica de toda manifestación, la naturaleza y finalidad del proceso evolutivo, la existencia de la Jerarquía espiritual, la existencia de los Maestros y Su trabajo y la naturaleza de la conciencia en sus distintas etapas de conciencia individualizada —la autoconciencia y con­ciencia espiritual—, que se manifiesta en el Sendero de Evolución y culmina en el Sendero de Iniciación.

 

Son presentadas para su aceptación, las mayores y grandes verdades, porque existen como verdades fundamentales en todas las religiones del mundo y han evocado reconocimiento universal; el hombre las conoce instintivamente, ya sea como hipótesis activa, que no son contrarias, o bien las acepta como realidades, de acuerdo a su grado de evolución. Las verdades menores se ofrecen simplemente para su consideración, y también como aspectos o detalles, que complementan o surgen del con­junto de verdades más fundamentales que, aunque debatibles, millones de personas creen en ellas.

 

Por lo tanto, estos siete factores rigen el trabajo de la Escuela Arca­na. En consecuencia, pedimos a los estudiantes analizarlos y aceptarlos mientras estén con nosotros. Han ingresado voluntariamente y pueden retirarse cuando deseen. No es un camino fácil. Todos tenemos nuestros momentos de desaliento; ninguno de nosotros ve el mundo perfecto, aun­que esperamos que lo será algún día; tampoco nos vemos perfectos a nosotros mismos como desearíamos serlo; pero podemos trabajar y percibir muchas y grandes mejoras, tanto en nosotros como en el mundo. La visión siempre se halla delante; si no fuera así no habría nada que nos alentara en nuestro esfuerzo. Sin embargo, es de valor comprender, por lo menos, que parte de nuestra visión puede convertirse en reali­dad y que trabajamos para lograrlo.

 

Año 1947

 

LA ESCUELA ARCANA, SU Origen

Y PROPÓSITOS ESOTÉRICOS

 

por foster bailey

 

éste es el momento propicio para considerar la relación de la Escuela Arcana con algunos aspectos inmediatos, en los planes de la Jerarquía. Comprendemos que poseemos un conocimiento muy limitado de esos planes, pero también nos damos cuenta que, como resultado del trabajo realizado durante 30 años por El Tibetano, en colaboración con Alice A. Bailey (a la que nos referimos como A. A. B.), ha sido puesta a nuestra disposición, especialmente durante los últimos dieciocho años, información que no había llegado antes a la mayoría de los aspirantes y discípulos sinceros y sensatos del mundo. Nuestro conocimiento trae res­ponsabilidad. Nuestra posición privilegiada nos ofrece una oportunidad extraordinaria. En la actualidad, la situación de la familia humana nos pone frente a una necesidad mundial mucho más crítica de lo que somos capaces de comprender la mayoría de nosotros.

 

La Escuela Arcana fue fundada en 1923 por la señora Bailey. Han transcurrido veintiocho años y constituimos hoy un grupo de servidores bien organizados, que lleva a cabo ciertos proyectos espirituales, para los cuales hemos asumido la responsabilidad. Por lo tanto, es fácil deter­minar con cierta exactitud nuestra posición, debido a que todos recono­cemos que enfrentamos un nuevo ciclo en la vida del grupo, lo cual justifica que tratemos de definir cuáles son nuestro origen y propósitos esotéricos.

 

Constituimos un grupo esotérico acuariano, es decir, somos un grupo de discípulos y aspirantes al discipulado, que está tratando de ayudar a la humanidad en relación consciente con lo más elevado que se conoce del trabajo jerárquico. Por lo tanto, procuramos ocuparnos de las causas en vez de neutralizar los efectos desafortunados. Tratamos de compren­der los significados espirituales más profundos que subyacen en los sucesos mundiales y nos esforzamos por vivir en tal forma, que debiéra­mos ejemplificar acrecentadamente cualidades espirituales esenciales.

 

El hecho de que estamos verdaderamente relacionados con la Jerar­quía, no sólo justifica nuestra existencia como grupo espiritual en el mundo, sino que es el factor esencial en todas nuestras futuras empre­sas. Sin esta relación jerárquica, conscientemente reconocida y constan­temente mantenida, en los días venideros seríamos menos merecedores que todo el cúmulo de movimientos mundiales de beneficencia y actividades surgidas espontáneamente en todas partes, que no han obtenido conscientemente vínculo espiritual.

 

Durante toda su vida A. A. B. evitó cualquier afirmación o acción que pudiera interpretarse como una adjudicación de derechos, respecto a su estado espiritual personal. Esto lo sabemos muy bien. El trabajo pode­roso y sorprendentemente efectivo y fructífero que realizó, trajo, sin embargo, el reconocimiento inevitable de que realmente era un esforzado discípulo de los Grandes Seres, que alcanzó un estado adecuado a su tarea y que, por su intermedio, el impacto directo de la fuerza espiri­tual, tal como la maneja la Jerarquía, fue puesto a nuestra disposición.

 

Retrocedamos a esa época, previamente a la manifestación externa de nuestro grupo, en el plano físico, de los primeros días de la niñez de la señora Bailey. Siendo una adolescente, cuando actuaba en Londres en los círculos aristocráticos, poseedora de una considerable fortuna, cum­pliendo con las actividades y obligaciones sociales, como correspondía a esas damas jóvenes, se le apareció su Maestro. Su círculo era de un conservadurismo extremo; su comprensión de la religión y su fidelidad a la Iglesia Anglicana era cerrada, rígida y dogmática. Su conocimiento del mundo, fuera de su pequeño círculo de experiencia, era terriblemente escaso.

 

La visita del Maestro tuvo el propósito de implantar en la conciencia de su cerebro físico los puntos esenciales del diseño de su vida, tal como debían desarrollarse. Suficientemente fuerte como para conocer el pro­grama de servicio al que estaba dedicada y consagrada en el plano in­terno, los puntos esenciales fueron elegidos por su propia alma.

 

En aquella época era un discípulo avanzado en el Ashrama del Maes­tro K. H. (un ashrama puede ser considerado como un centro de ener­gía espiritual viviente en la vida grupal de la Jerarquía). A medida que transcurrían los años aprendí a beneficiarme de las enseñanzas que re­cibí personalmente de ella, llegando a comprender mejor lo que invo­lucra necesariamente una posición avanzada en el ashrama. Tal posición es la clave de todo el trabajo que ella realizó. Hay muchos factores involucrados, sobre algunos de los cuales puedo hablar ahora. A tra­vés de las enseñanzas de El Tibetano, innumerables personas han apren­dido mucho acerca de tales cosas, y otras comparten conmigo el cono­cimiento de ciertos puntos esenciales, que constituyen nuestro trasfondo como grupo esotérico.

 

Cuando nos referimos habitualmente a El Tibetano, sabemos que en realidad es uno de los Maestros de la Sabiduría, conocido por algunos de sus asociados como el Maestro Djwal Khul. Se le confió a D. K., especializado en filosofía esotérica y ley cósmica, la tarea de proporcionar en nuestra época esa enseñanza de enlace, necesaria para guiar a los muy apremiados discípulos de los Grandes Seres, y especial­mente proveer el conocimiento necesario de las realidades espirituales, que deberá ponerse a disposición de la humanidad durante el periodo crítico de nuestra historia mundial actual, al pasar de la era pisceana a la acuariana. D. K. trabajó con ese gran discípulo a quien conocemos como H. P. B. Sus escritos, y especialmente La Doctrina Secreta, fueron un valiente esfuerzo precursor que irrumpió en los primeros días, que facilitó la realización de lo que ahora hacemos, que de otro modo no hubiera sido posible. Había llegado el momento para la siguiente expan­sión de la enseñanza. D. K. permanecía cerca de K. H., de quien había sido discípulo durante mucho tiempo. Era lógico que buscara y hallara al colaborador necesario, en ese grupo de discípulos que estaban en su mismo ashrama.

 

D. K. debía encontrar algún osado y consagrado discípulo, disponi­ble en el plano físico, para realizar este trabajo, pero lógicamente tenía otras responsabilidades y actividades, de las cuales poco sabemos. Además, había llegado el momento en que debía producirse la expansión planificada, con la consiguiente reorganización de la Jerarquía, y formarse los ashramas adicionales, buscando y entrenando al personal para los mismos.

 

Esta ardua empresa constituye en muchas maneras, una tarea difícil como es de imaginarse, y la Escuela Arcana ha ayudado a proporcionar el material utilizable. Por lo tanto, El Tibetano se ha ocupado, en parte, de la fundación de su propio Ashrama (que ahora se está consolidando y expandiendo rápidamente), de impartir las enseñanzas contenidas en dieciocho volúmenes, y de la inauguración de ciertas actividades espi­rituales en el mundo, acordes con el plan de operaciones tal como es desarrollado por la Jerarquía, en un esfuerzo por acelerar la reaparición de Cristo. En los últimos años hemos llegado a comprender que el retorno de Cristo ha sido en realidad la nota clave y el objetivo culmi­nante de todo lo realizado.

 

Es característico de las fuerzas verdaderamente espirituales y cons­tructivas, que su expresión activa trae siempre como resultado bene­ficios definidos. Tal es la potencia de la fuerza espiritual. El trabajo que El Tibetano ha hecho en los últimos treinta años, demuestra esta cualidad enormemente significativa y alentadora. Lo mismo tiene vigen­cia en la vida de todo discípulo, en proporción a la importancia de su categoría y a la cantidad de fuerza espiritual que contiene.

 

Es privilegio y programa inevitable de todo discípulo avanzado, ini­ciar en cada encarnación alguna actividad que sirva al Plan jerárquico y ayudar especialmente en esa parte del Plan, para lo cual su propio ashra­ma ha aceptado la responsabilidad. Por esta razón, antes de su última encarnación física, A. B. proyectó establecer, en el momento apro­piado, una escuela esotérica. Cuando un discípulo presenta y propone una línea de acción, es aprobada si ello ayuda efectivamente al trabajo ashrámico y si las circunstancias hacen factible su cumplimiento razo­nable. Pero, en todo caso, el discípulo está libre de probar y mientras sea constructivo y útil, y ayude verdaderamente al Plan, tendrá dis­ponible para su propósito toda la energía ashrámica que el discípulo individual sea capaz de asimilar. Si se aleja de su destino espiritual, estas fuerzas no están ya disponibles. La tentativa en este caso se marchita, y muere en la mayoría de los casos antes de que el discípulo desapa­rezca, o inevitablemente, no mucho después. Raros son en el mundo los movimientos de naturaleza espiritual que sobreviven a los rigores y confusión de la segunda generación, y tal supervivencia es la ver­dadera señal de su genuino origen espiritual.

 

Nos hallamos hoy frente a la oportunidad de emplear en tal forma las fuerzas espirituales disponibles en la Escuela Arcana, como resultado de treinta años de trabajo, que los frutos alcanzados serán más de lo que sabemos, sólo la parte más pequeña del resultado benéfico final. Esta rica recompensa nos fue dada por A. A. B. y la recibimos quienes hemos tenido la buena fortuna de poder acompañarla a través de los años y llevarla a una utilidad viviente, manteniéndola fiel a la visión. En efecto, su éxito en crear la conciencia y acción grupales, produjo al final un sentimiento de responsabilidad mutua y estableció una inter­dependencia, lo cual ha hecho que la realización grupal sea nuestra y de ella. La conciencia grupal adquirida, es la mayor garantía de que actuaremos exitosamente en los días venideros.

 

La Escuela Arcana fue proyectada por A. A. B., como un esfuerzo para ayudar a satisfacer ciertas necesidades definidas en el campo esoté­rico. Primero, existía la real necesidad de un creciente número de discípulos activos en el mundo, que estuvieran dispuestos a llevar adelante los planes de la Jerarquía. Una escuela esotérica podría proporcionar esas personas que recibirían entrenamiento preliminar, lo cual resolve­ría el problema del personal para el ashrama. Segundo, era necesario un experimento esotérico para la enseñanza de segundo rayo, que trata­ría de impartir algo de la creciente cualidad acuariana. Esto exigía un nuevo énfasis sobre la responsabilidad grupal y servicio mundial, como esencial del verdadero discipulado en el futuro. A. A. B. logró, en forma remarcable, impregnar a su escuela de las cualidades necesarias y, por lo tanto, satisfacer esta exigencia. Este factor dio, a nuestro trabajo orga­nizado en el mundo, un aspecto precursor, haciéndonos cada vez más conscientes de que, en medida considerable, todo el asunto era experi­mental.

 

Otra necesidad real en el campo esotérico fue establecer, para el discipulado, un tipo de enseñanza y acción que ayudara a contrarrestar la cristalización de las escuelas esotéricas establecidas en la era pisceana que está pasando. Estos errores y aspectos desafortunados fueron, en cierto sentido, inevitables, y no justifican la crítica de algún grupo o trabajo esotérico. Sin embargo, existieron y fueron un obstáculo, evitando la recepción de las nuevas formas de expresión espiritual. A. A. B. vio esto claramente y trabajó con persistencia, teniéndolo siempre presente. Este esfuerzo, entre otros, está ejemplificado por su insistencia en lograr una relación colaboradora con el trabajo de la Jerarquía, en contrapo­sición con la actitud del devoto que actúa sobre el principio de obedien­cia, en forma infantil. Insistió en llevar una vida de servicio altruista como factor muy importante, donde las disciplinas del plano físico, particularmente la dieta y la frecuente y fanática obediencia a las interca­ladas citas de Hatha y Laya Yoga, aparecidas en el mundo occidental y tan prevalecientes entre los esotéricos, estaban ampliamente fuera de moda y, por lo tanto, eran obstáculos limitadores.

 

Además, insistió sobre la libertad y polarización mentales y la adqui­sición de una mente entrenada y bien equipada, para considerar inteli­gentemente, y con sentido común, las condiciones mundiales. Sabía que ello reemplazaría al idealismo místico y a menudo impráctico, de las primeras etapas del entrenamiento espiritual, de carácter básicamente más emocional, que conduce frecuentemente a la separatividad y al egoís­mo espirituales. Esta posición es bien conocida por todos nosotros y, en el caso de nuestra propia vida grupal, tuvo su origen en la sabiduría de A. A. B., en un esfuerzo por satisfacer esta tercer necesidad.

 

Lo que antecede, sugiere sólo algunos factores útiles en el proyecto, tal como ella lo concibió originalmente. Otra consideración que ha afec­tado a toda la actuación, ha sido la regla de que el trabajo realizado en la vida de todo discípulo avanzado, no sólo debe ser objetivamente útil a la Jerarquía y al Ashrama, y tener un efecto práctico en el mundo, sino ofrecer una oportunidad adecuada para adquirir esa experiencia propia del discípulo individual, si quiere desempeñar su parte en el trabajo de equipo, planificado para la siguiente encarnación. La funda­ción, la conducción y el perfeccionamiento de la Escuela Arcana fue, en efecto, parte del entrenamiento de A. A. B., en la realización de su tarea, de la cual ya se liberó. Este hecho no implica un menor interés o apoyo en su trabajo inaugurado en esta vida, pues ella está tan profundamente preocupada como nunca lo estuvo antes.

 

Sin duda la señora Bailey, se halla, en la actualidad, subjetiva y telepáticamente, en relación con un gran número de amigos y estudiantes. Quienes son sensibles, a veces registran impresiones; sin embargo, no se ocupa de ir detrás de individuos, diciéndoles qué deben hacer o qué quiere ella que hagan. A. A. B. y El Tibetano establecieron defi­nidamente que después de su muerte, él no seguiría actuando por inter­medio de ningún canal como lo hizo con ella; tampoco ella trataría de controlar a la Escuela Arcana ni dirigir sus asuntos o alguna de las actividades de servicio, con mensajes de ninguna naturaleza.

 

La humanidad está pasando por la crisis espiritual más grande, en la larga historia de este planeta. Las implicaciones son demasiado profundas para nuestra comprensión. Las selecciones que la humanidad ha esta­do haciendo en los recientes años, y que aún debe hacer en los pocos que tiene por delante, son de significado más profundo de lo que podemos imaginar. Se nos ha enseñado, y lógicamente será verdad, que la Jerarquía de Maestros no es todopoderosa, de lo contrario habría poca libertad humana y estaríamos destinados a ser “robots” espiritua­les. Ella depende de cómo respondemos a los estímulos espirituales en los momentos de crisis. Evidentemente el Plan de Dios consiste en que la humanidad logre su propio destino, a la luz de su propia alma, por el poder de su propia capacidad intelectual en desarrollo y por su pro­funda percepción y consagración al cumplimiento de su destino divino.

 

En esta luz podemos comprender por qué, desde el ángulo de un mayor conocimiento y sabiduría de la Jerarquía, se sabe que ciertas cosas son inevitables para la familia humana y otras están sujetas a nuestra respuesta a los acontecimientos. Lo que denominamos segunda guerra mundial, no fue de hecho kármicamente necesaria y se habría evitado la guerra en el plano físico si se hubieran alcanzado ciertas realizaciones. Este desarrollo del Plan, por la Jerarquía, durante los últimos doce años, incluía esa actividad que fue imposible iniciar, porque la humanidad decidió precipitar la segunda fase del gran conflicto mun­dial, en el plano físico, desatando una verdadera guerra.

 

Esto explica muchas cosas. Significa que el trabajo efectivo de mu­chos miembros del nuevo grupo de servidores del mundo, fue grande­mente demorado. La posibilidad de un trabajo efectivo en el campo de la buena voluntad, fue completamente destruida durante casi un ciclo. Por lo menos hasta terminar la lucha en el plano físico externo se evitó momentáneamente que los discípulos y los estudiantes disemina­dos por todo el mundo, en contacto con la Escuela Arcana, no pudieran ingresar en nuestras filas. El desarrollo del programa que solucionaría el problema de la correcta relación del dinero con el trabajo jerárquico, cesó totalmente. La construcción de la Red de Luz y Buena Voluntad, estableciendo el movimiento de los Triángulos, fue casi completamente frustrada. La posibilidad de llevar la Gran Invocación a todo el mundo, como se hace ahora, no pudo realizarse.

 

En los oscuros días de 1939, cuando pareció que todo se derrumbaba y que los esfuerzos heroicos de muchos discípulos, para ayudar a evitar la guerra, eran inútiles, resultó un poco difícil vislumbrar cómo podría ini­ciarse el trabajo, reorganizarse, refinanciarse y volver a activarlo eficien­temente. En esa época, por la bondad de su corazón y para mi estímulo, El Tibetano me aseguró que terminado el holocausto de la guerra, se descubriría que los cimientos tan bien y verdaderamente asentados para todo nuestro trabajo, estarían no sólo intactos, sino que serían muy ade­cuados para erigir la estructura necesaria de nuestro futuro trabajo. Esto me parecía increíble en esa época, porque era profundamente consciente de las desastrosas consecuencias de la segunda guerra mundial, pero la afirmación hecha demostró ser verídica: actualmente estamos en una posición más fuerte y trabajamos y servimos más eficazmente de lo que la mente finita, en aquel entonces, podía razonablemente creer.

 

Ahora, nuestro grupo está lleno de luz, amor y poder. Hoy, la Es­cuela Arcana, grupo del cual formamos parte, está funcionando como una gran estación de luz en el cuerpo del nuevo grupo de servidores del mundo. Somos un punto focal magnético en ese cuerpo, llevándole potencia y ayudándolo para que su trabajo sea exitoso. Ésta es nuestra posición alcanzada y constituye para nosotros el hecho más significativo de la hora presente. No estamos solos. Nuestros esfuerzos se justifican por las relaciones mantenidas con todos los discípulos activos en todas partes que, consciente o inconscientemente, integran ese grupo mundial de servidores, traídos a la existencia por la misma Jerarquía, como parte de la gran aventura de las nuevas técnicas acuarianas. En efecto, el nuevo grupo de servidores del mundo es un proyecto sintetizador del campo combinado de operaciones en los planes de la Jerarquía, involucrando un nuevo tipo de discipulado mundial en acción grupal. Nuestro verdadero lugar en el esquema de las cosas puede ser comprendido sólo en términos de nuestra participación en esta vida grupal mayor.

 

(Charla dada a los estudiantes en la Conferencia Anual de la Escuela Arcana, Nueva York, mayo 1950.)

 

Notas:

1. Las Instrucciones están disponibles en los Tomos I y II de El Discipulado en la Nueva Era (ed. en inglés.)

 

 

 

 

 

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