La Conciencia del Átomo

 

Por el Maestro Tibetano Djwhal Khul

 

(Alice A. Bailey)

 

 

 


Prefacio

 

Las conferencias presentadas en este libro fueron pronun­ciadas por la autora en Nueva York, durante el invierno pa­sado. El propósito de esta serie fue exponer al auditorio el testimonio de la ciencia referente a la materia y a la conciencia, permitir al auditorio observar en otros y sucesivos estados superiores de la existencia la misma manifestación de estas relaciones y de ciertas leyes fundamentales; lle­varlos a una comprensión de la universalidad del proceso evolutivo y de su actualidad, tratando parcialmente las ex­pansiones de conciencia y la vida más amplia hacia la cual se encamina el género humano. Por lo tanto, estas confe­rencias estaban destinadas a servir de introducción a un es­tudio más detallado y a aplicar las leyes de la vida y del desenvolvimiento humano, que generalmente van incluidas en el término "ocultismo".

 

Se observará en esta serie de conferencias un sinnúmero de repeticiones, donde se recapitula brevemente en cada una, el tema abarcado en la precedente. Debido a que en cada conferencia había nuevos asistentes, fue necesario pre­sentar a grandes rasgos el campo abarcado y las razones debidas a la posición adoptada. Esto tenía la ventaja de fijar en la mente del auditorio algunos conceptos fundamentales y nuevos para muchos de ellos, ayudándolos a captar y aceptar fácilmente ampliaciones del tema. Al presentar las conferencias en forma de libro, se ha creído prudente man­tener su texto completo, tal como fue dado. Quienes estu­dian la sabiduría esotérica podrán seguir sin dificultad la línea de la argumentación; pero para quienes consideran por vez primera los temas aquí tratados, la repetición oca­sional de los puntos fundamentales ayudarán a una rápida comprensión, y este libro ha sido destinado principalmente a este tipo de lectores.

Septiembre 1922                                                                                     Alice A. Bailey

 

 

 EL CAMPO DE LA EVOLUCIÓN

 

 

PRIMERA CONFERENCIA

 

En la historia del pensamiento nunca hubo probablemente un período que se asemeje al actual. Los pensadores de todas partes son conscientes de dos cosas: primero, que hasta ahora jamás se habían definido con tanta claridad las re­giones misteriosas y, segundo, que esas regiones pueden ser penetradas más fácilmente que nunca. Por lo tanto, quizás sea posible persuadirlos a revelar algunos de sus secretos si los investigadores de todas las escuelas persiguen determi­nantemente su búsqueda. Los problemas que enfrentamos al estudiar los conocidos hechos de la vida y de la existencia, son susceptibles de ser definidos con más claridad que antes, y aunque no conozcamos la respuesta a nuestras preguntas ni la solución de nuestros problemas, ni tengamos en la mano la panacea para remediar las dolencias del mundo, sin embargo, el hecho de definirlos y señalar donde reside el misterio, y que la ciencia, la religión y la filosofía, han arro­jado luz sobre dilatadas extensiones consideradas anterior­mente tierras tenebrosas, constituye la garantía del éxito futuro. Exceptuando el círculo de doctos y místicos, sabemos mucho más que hace cinco siglos. Hemos descubierto varias leyes naturales, aunque todavía no sepamos aplicarlas, y el conocimiento de la "cosa tal cual es" (empleo deliberadamente esta frase) ha ganado mucho terreno.

 

No obstante, permaneciendo aún inexplorada la tierra del misterio, nuestros problemas son numerosos. Tenemos el problema de nuestra propia vida particular, sea cual fuere; además el problema de lo comúnmente llamado noyo; que concierne a nuestro cuerpo físico, medio ambiente, circunstancias y condiciones de vida; si somos introspectivos tenemos el problema de nuestra particular serie de emocio­nes, pensamientos, deseos e instintos, por los cuales contro­lamos la acción. Los problemas grupales son muchos. ¿Por qué hay sufrimiento, hambre y dolor? ¿Por qué el mundo entero está esclavizado por la abyecta indigencia, la enfer­medad y el malestar? ¿Cuál es el propósito subyacente en todo lo que vemos a nuestro alrededor y cuál será el resul­tado de los asuntos mundiales considerados como una tota­lidad? ¿Cuál es el destino de la raza humana, cuál su origen y la clave de su actual condición? ¿Hay otra vida después de ésta y su único interés reside en lo visible y material? Tales preguntas surgen en nuestra mente y surgieron en la mente de los pensadores en el transcurso de los siglos.

 

Se intentó diversamente responder a estas pregun­tas, y al estudiarlas hallamos que las respuestas dadas se dividen en tres grupos principales, y que tres soluciones mayores se presentan a la consideración de los hombres, y son:

 

Primero, Realismo. Otro nombre es materialismo. En­seña que "la representación del mundo externo en nuestra conciencia es verídica"; que las cosas son lo que aparentan ser; que la materia y la fuerza, tal como las conocemos, son la única realidad; que no es posible para el hombre ir más allá de lo tangible, y que debe satisfacerse con los hechos tal como los conoce o enseña la ciencia. Este método es perfec­tamente legítimo como solución, pero para muchos no va suficientemente lejos. Trata sólo lo que puede ser probado y demostrado, y se detiene en el punto en que el investiga­dor se pregunta: "esto es así, pero ¿por qué?" No tiene en cuenta muchas cosas conocidas y comprendidas como verdades por el hombre, aunque él es incapaz de explicar por qué sabe que son verídicas. Los hombres de todas partes reconocen la exactitud de los hechos de la escuela realista y de la ciencia materialista, aunque al mismo tiempo sien­ten innatamente que en la comprobada manifestación objetiva, subyace alguna fuerza vitalizadora y algún coherente propósito que no puede explicarse sólo en términos de ma­teria.

 

Segundo, tenemos un punto de vista que podríamos muy bien denominar supernaturalismo. El hombre siente que quizás después de todo, las cosas no son exactamente lo que aparentan ser, y que aún queda mucho que es inexpli­cable. Reconoce que no es simplemente una acumulación de átomos físicos, un algo material y un cuerpo tangible, sino que latente en él hay una conciencia, un poder y una naturaleza síquica que lo vincula con todos los miembros de la familia humana y con un poder fuera de sí mismo que forzosamente debe explicar. Esto ha conducido, por ejemplo, a la evolución del punto de vista judío y cristiano que pos­tula un Dios fuera del sistema solar creado por Él, pero extraño al sistema. Ambos sistemas enseñan que el mundo ha evolucionado por un Poder o Ser, que construyó el siste­ma solar, guía correctamente a los mundos, mantiene nues­tra pequeña vida humana en el hueco de su mano y "ordena suavemente" todas las cosas de acuerdo a algún propósito oculto que nuestra mente finita es incapaz de vislumbrar y mucho menos de comprender. Tal es el punto de vista reli­gioso y sobrenatural, basado en la creciente autoconsciencia del individuo y en el reconocimiento de su propia divinidad. Análogo al punto de vista de la escuela realista incluye úni­camente una verdad parcial y requiere ser complementado.

 

Tercero, podría llamarse idealismo. Postula un proceso evolutivo dentro de toda manifestación e identifica la vida con el proceso cósmico. Es el exacto polo opuesto del mate­rialismo, y coloca a la sobrenatural deidad que predica el religioso, como una gran Entidad o Vida, que evoluciona por medio de todo y del universo, así como la conciencia del hombre lo hace a través de un cuerpo físico objetivo.

 

En estos tres puntos de vista, el francamente materialista, el puramente sobrenatural y el idealista, tenemos pre­sentes tres principales líneas de pensamiento para explicar el proceso cósmico. Son verdades parciales y, sin embargo, ninguna está completa sin la otra. Todas aisladamente con­sideradas desvían y conducen a la oscuridad, y no desvelan el misterio central; pero sintetizadas, unidas y fusionadas, quizás contengan (y es tan sólo una insinuación mía) tanta verdad de la evolución como la mente humana puede captar en la actual etapa evolutiva.

 

Tratamos profundos y amplios problemas y quizás nos entrometemos en cosas elevadas y superiores, invadiendo regiones reconocidas como el dominio de la metafísica, e intentamos resumir en pocas y breves charlas todo el conte­nido de las bibliotecas del mundo, es decir, intentamos algo imposible. Lo que cabe hacer es considerar breve y sucintamente un aspecto tras otro de la verdad. Todo cuanto lograremos es bosquejar las líneas fundamentales de la evo­lución, estudiar las mutuas relaciones, entre sí y con nosotros, como entidades conscientes, y luego esforzarnos por fusionar y sintetizar lo poco que lleguemos a conocer, hasta esclarecer la idea general del entero proceso.

 

Debemos recordar, en conexión con todo enunciado de la verdad, que cada uno ha sido emitido desde un punto de vista particular. No podremos responder plenamente a la pregunta ¿qué es la verdad?, ni expresar sin prejuicios nin­gún aspecto de esta verdad, en forma perfectamente directa, hasta haber desarrollado algo más los procesos mentales y ser capaces de pensar en términos abstractos y concretos. Algunas personas poseen un horizonte más amplio que otras, y pueden ver la unidad subyacente en los diferentes aspectos. Otros se inclinan a pensar que su perspectiva e in­terpretación son las únicas verdaderas. Espero en estas charlas ampliar algo más su punto de vista. Espero también que lleguemos a comprender que el hombre interesado úni­camente en el aspecto científico, limitado al estudio de esas manifestaciones puramente materiales, se ocupe ade­más de estudiar lo divino como lo hace su hermano cabal­mente religioso, que sólo se interesa por el aspecto espiritual, y que el filósofo, después de todo, sólo trata de destacar el tan necesario aspecto de la inteligencia que vincula los aspectos material y espiritual y los fusiona en un todo coherente. Quizás por la unión de estas líneas, ciencia, religión y filosofía, adquiramos un conocimiento práctico de la verdad tal cual es, recordando al mismo tiempo que "la verdad reside en nosotros mismos". La expresión de la verdad por un solo hombre no es completa, y el único propósito del pensamiento es trabajar con materia mental y poder erigirla constructivamente para nosotros mismos.

 

Quisiera bosquejar mi plan esta noche y sentar las bases para las charlas futuras, tocando las principales líneas de la evolución. Por lógica, lo más evidente es ocuparse de la evo­lución de la sustancia, el estudio del átomo y la naturaleza de la materia atómica. De esta última línea de evolución nos ocuparemos en la próxima conferencia.

 

La ciencia tiene mucho que decir sobre la evolución del átomo, y ha recorrido un largo camino desde hace cin­cuenta años, a partir del siglo pasado, cuando se consideraba al átomo como una indivisible unidad de sustancia, conside­rándoselo ahora un centro de energía o fuerza eléctrica. De la evolución de la sustancia vamos lógicamente a la evolu­ción de las formas o del conglomerado de átomos, y se abren a nuestra consideración otras formas que no son las estricta­mente materiales -existentes en sustancia sutil, como las formas mentales raciales y de organizaciones. En este doble estudio, se hará resaltar uno de los aspectos de la deidad, si se elige utilizar el término "deidad", o una de las manifes­taciones de la naturaleza, si se prefiere esta expresión menos sectaria.

 

Entonces se considerará la evolución de la inteligencia o el factor mente, que actúa con ordenado propósito en todo lo que vemos a nuestro alrededor. Esto revelará un mundo que no camina a ciegas, sino que obedece a determinado plan, a un coordinado esquema y organizado concepto, que se desarrolla por medio de la forma material. Uno de los motivos por los cuales las cosas parecen difíciles de com­prender, es que nos hallamos en medio de un período de transición, y el plan es aún imperfecto. Estamos demasiado cerca de la maquinaria y somos parte integrante del con­junto. Vemos una parte aquí, otra un poco más allá, pero no percibimos la grandiosidad de la idea Podemos tener una visión, un elevado momento de revelación, pero al hacer contacto con la realidad en todas partes, dudamos de la posibilidad de materializar el ideal, porque el reajuste de la relación inteligente entre la forma y lo que la utiliza, está muy lejano.

 

El reconocimiento del factor inteligencia conducirá inevitablemente a contemplar la evolución de la conciencia en sus diversas modalidades, desde las consideradas subhumanas, pasando por la humana, hasta la que lógicamente podemos suponer conciencia superhumana, aunque no sea posible demostrarla. La inmediata pregunta que enfrenta­remos será: ¿qué hay detrás de todos estos factores? ¿Existe detrás de la forma objetiva y de su inteligencia animadora una evolución que corresponde a la facultad del yo, el Ego en el hombre? ¿Hay en la naturaleza y en cuanto vemos a nuestro alrededor la actuación del propósito de un Ser individualizado y autoconsciente? Si existe tal ser y existencia fundamental, podríamos percibir algo de sus inteligentes actividades y observar Sus planes, en vías de fructificación. Aunque no podamos probar que Dios o que la Deidad existe, por lo menos podemos decir que la hipótesis de que Él existe es razonable, la sugerencia es racional, lo cual constituye una posible solución para todos los misterios que nos rodean. Para ello debe demostrarse que hay un propósito, un pro­pósito inteligente, desarrollándose a través de todo tipo de formas, razas, naciones, y en todo cuanto se halla manifes­tado en la civilización moderna, más las etapas recorridas por este propósito y el gradual desenvolvimiento del plan, y quizás por esa demostración podremos ver lo que nos espera en las etapas futuras.

 

Consideremos brevemente qué significan las palabras "proceso evolutivo". Se emplean constantemente, y el hom­bre común sabe que la palabra evolución sugiere un desen­volvimiento de adentro afuera y el desarrollo de un centro interno; pero necesitamos definir más claramente la idea para tener un mejor concepto de ella. Una de las mejores definiciones que conozco de la evolución es: "el desenvolvi­miento de un continuo y creciente poder de responder". Aquí tenemos una definición muy iluminadora, al conside­rar el aspecto material de la manifestación. Entraña el con­cepto de vibración y la respuesta a la misma, y aunque con el tiempo tenemos que descartar la palabra "materia" y emplear el término "centro de fuerza", el concepto aún tiene validez y la respuesta del centro al estímulo puede ser percibida con mayor exactitud. La misma definición es muy valiosa al considerar la conciencia humana. Implica la idea de una creciente y gradual comprensión, de una respuesta, en desarrollo, de la vida subjetiva a su medio am­biente, que eventualmente conducirá hacia arriba, al ideal de una existencia unificada, síntesis de todas las líneas de evolución Y al concepto de una Vida central o fuerza que fusiona y mantiene coherentes todas las unidades                   evolucio­nantes, sean de materia, como el átomo del físico y del quí­mico, o unidades de conciencia, como los seres humanos. Esto es evolución, el proceso que desenvuelve la vida dentro de las unidades, el anhelo en desarrollo que oportunamente fusiona unidades y grupos, hasta obtener la suma total de manifestación, denominada Naturaleza o Dios, el conjunto de todos los estados de conciencia. A este Dios se refieren los cristianos cuando dicen: "en Él vivimos, nos movemos y te­nemos nuestro ser". Ésta es la fuerza o energía reconocida por los científicos Ésta es la Mente Universal o Super-alma del filósofo y también la inteligente voluntad que todo lo rige, une, construye, desarrolla y lo lleva a la máxima per­fección. Es esa Perfección inherente a la materia y la ten­dencia latente en el átomo, en el hombre y en todo cuanto existe. A esta interpretación del proceso evolutivo no se la considera como resultado de una Deidad externa que derrama su energía y sabiduría sobre un expectante mundo, sino más bien como algo latente en el mundo mismo, oculto en el corazón del átomo químico, en el del hombre, en el pla­neta y en el sistema solar. Es ese algo que impulsa todas las cosas hacia la meta y la fuerza que gradualmente pone orden en el caos, la ultérrima perfección de la imperfección temporaria, el bien del aparente mal. De las tinieblas y del desastre saldrá algún día aquello que reconoceremos como bello, correcto y verdadero. Esto es todo cuanto hemos con­cebido y vislumbrado en nuestros más elevados y mejores momentos.

 

Se ha definido también la evolución como "desarrollo cíclico", y esta definición me sugiere un pensamiento que ansío captar completamente. La naturaleza se repite conti­nuamente hasta alcanzar determinados fines y obtener cier­tos resultados concretos y respuestas a la vibración. Por el reconocimiento de este hecho podemos demostrar el inteligente propósito de la Existencia inmanente. Para ello se emplea el método del discernimiento o de inteligente elección. Los textos de las diferentes escuelas expresan la misma idea, tales como "selección natural" y "atracción y repulsión". Evitaré en lo posible emplear términos técnicos, porque al­gunas escuelas de pensamiento significan con esto unas ve­ces una cosa y otras otra. Si encontramos una palabra si­milar, pero no ligada a ninguna escuela o línea de pensa­miento, quizás hallemos una nueva luz para nuestro problema. Atracción y repulsión en el sistema solar, es sólo la facultad de discernir que poseen el átomo o el hombre, manifestada en los planetas y en el sol. Atracción y repul­sión existen en los átomos de todo tipo; podría llamársele adaptación o poder de crecer o de adaptarse el ente a su ambiente, por el rechazo de ciertos factores y la aceptación de otros. En el hombre común se manifiesta como libre albedrío o la facultad de elegir, y en el hombre espiritual como la tendencia al sacrificio, porque el hombre elige una parti­cular línea de acción a fin de beneficiar al grupo al cual pertenece, y rechaza lo estrictamente egoísta.

 

Podemos definir finalmente la evolución como un or­denado cambio y constante mutación, demostrados en la in­cesante actividad de la unidad o del átomo, en la interac­ción de los grupos y en la interminable acción de una fuerza o tipo de energía sobre otra.

 

Vimos que la evolución, sea de la materia o de la inteligencia, conciencia o espíritu, consiste en el siempre creciente poder de responder a la vibración que, mediante un constante cambio, progresa por la aplicación de una política selectiva o el empleo de la facultad discernidora y por el método de desarrollo cíclico o de repetición. Las etapas que caracterizan al proceso evolutivo podrían clasificarse en tres, y corresponden a las de la vida del ser humano: niñez, ado­lescencia y madurez. En lo que concierne al hombre, se ma­nifiestan en la unidad humana o en la raza, y a medida que transcurren y progresan las civilizaciones, se podrá observar la misma triple idea en toda la familia humana, y así nos cercioramos del divino objetivo, estudiando su imagen o reflejo, el HOMBRE. Podemos expresar estas tres etapas en términos más científicos y vincularlas con las tres escuelas de pensamiento referidas, y las analizaremos como:

 

a.   La etapa de energía atómica

b.  La etapa de coherencia grupal.

c.       La etapa de la existencia unificada o sintética.

 

Trataré de aclarar el concepto. La etapa de energía atómica concierne mayormente al aspecto material de la vida y corresponde al periodo de la niñez en la vida del hombre o de una raza. Es el período de realismo, de intensa actividad, y ante todo de desarrollo mediante la acción, de pura autocentralización o autointerés. Produce un punto de vista materialista y conduce inevitablemente al egoísmo. Involucra el reconocimiento de que el átomo se basta a sí mismo y que análogamente las unidades humanas tienen vida separada independiente de las demás unidades, sin re­lación entre sí. Esta etapa puede observarse en las razas subdesarrolladas del mundo, en los niños y en los individuos poco evolucionados. Son normalmente autocentrados; de­dican sus energías a su propia vida; se ocupan de lo objetivo y tangible, y los caracteriza un necesario y protector egoís­mo. Es una etapa indispensable en el desenvolvimiento y perpetuación de la raza.

 

De este período atómico y egoísta surge otra etapa, la de la coherencia grupal, que se supone la construcción de formas y especies hasta obtener algo coherente e individualizado, pero constituido por multitud de individualidades y formas menores. En conexión con el ser humano correspon­de a su conocimiento incipiente de la etapa de responsa­bilidad y al reconocimiento del lugar que le corresponde dentro del grupo. Requiere del individuo la capacidad de reconocer una vida superior a la suya, ya se la denomine Dios o se la considere simplemente como la vida del grupo, al cual pertenecemos como unidad, esa gran Identidad de la cual formamos parte. Esto corresponde a la escuela de pensamiento supernaturalista y con el tiempo lo sustituirá otro concepto más amplio y verdadero. Según hemos visto, la primera etapa o atómica, se desarrolló por el egoísmo o la vida autocentrada del átomo, sea el átomo de la sustancia o el humano; la segunda etapa llega a la perfección por el sacrificio de la unidad, en bien de los muchos, y del átomo, en bien del grupo, en el cual tienen cabida. De esta etapa muy poco sabemos y, frecuentemente, la visualizamos y an­helamos. La tercera etapa está aún muy lejana, y algunos la consideran como una vana quimera. Otros poseen la visión y, aunque inalcanzable ahora, es lógicamente posible si nuestras premisas son exactas y sentamos correctamente las bases de la existencia unificada. Entonces no sólo habrá unidades independientes, átomos diferenciados en la for­ma, grupos constituidos por multiplicidad de entidades, sino que tendremos el conglomerado de formas, grupos y esta­dos de conciencia, fusionados, unificados y sintetizados en un todo perfecto, denominado sistema solar, naturaleza o Dios. Los nombres no tienen importancia. Corresponde a la etapa adulta del ser humano; análoga al período de la ma­durez y a esa etapa donde se supone que el hombre tiene un propósito y trabajo definido en la vida y también un bien determinado, llevado a cabo con la ayuda de su inteligencia. En estas charlas quisiera, si es posible, demostrar que algo similar se está llevando a cabo en el sistema solar, en el planeta, en la familia humana y en el átomo. Confío que podré demostrar que en todo subyace una inteligencia, que de la separación vendrá la unión, producida por la fusión y mezcla grupal y que con el tiempo surgirá de 108 dis­tintos grupos un todo perfecto, plenamente consciente, compuesto por miríadas de identidades separadas, animadas por un sólo propósito y una sola voluntad. Si esto es así, ¿cuál es el paso práctico que deben dar quienes alcancen esta com­prensión? ¿Cómo aplicar prácticamente este ideal a nuestras propias vidas y cómo asegurarnos nuestro inmediato deber a fin de participar y cumplir conscientemente con el plan? En el proceso cósmico tenemos nuestra diminuta participa­ción y en cada día de actividad debemos desempeñar nues­tra parte con inteligente comprensión.

 

Nuestro primer objetivo debería ser la autocomprensión, por la práctica del discernimiento. Aprender a pensar con claridad, a formular nuestros pensamientos y a dirigir nuestros procesos mentales. Saber lo que pensamos y por qué lo pensamos, y descubrir el significado de la conciencia grupal por el estudio de la ley del sacrificio. No sólo debe­mos descubrir en nosotros la primitiva etapa infantil de egoísmo (que ya debiéramos haber trascendido) y aprender a diferenciar entre lo real y lo irreal, por la práctica del discernimiento, sino a pasar a algo mucho mejor. Nuestra meta inmediata debe ser descubrir el grupo al cual pertene­cemos. No pertenecemos a todos los grupos ni es posible saber cuál es nuestro lugar en el gran grupo, pero podemos encontrar algún grupo donde hallar cabida, un conjunto de personas con el cual colaborar y trabajar, algún hermano a quien socorrer y ayudar. Esto involucra practicar conscientemente el ideal de la hermandad, y -hasta haber evolucionado en la etapa en que nuestro concepto es univer­sal- significa que debemos descubrir el particular grupo de hermanos a quienes podemos amar y ayudar por medio de la ley de sacrificio y la transmutación del egoísmo en amoroso servicio. Así colaboraremos en el propósito general y participaremos en la misión del grupo.

 

LA EVOLUCIÓN DE LA MATERIA

 

 

SEGUNDA CONFERENCIA

 

Evidentemente en una serie de conferencias como éstas no puede tratarse concretamente un tópico tan impor­tante, aunque yo tuviera la suficiente preparación para dic­tar cátedra sobre un asunto tan fundamentalmente científico. Además, si las conclusiones de la ciencia sobre la evo­lución de la materia fueran definitivas, el tema sería, aún así, demasiado vasto para tratarlo, pero como no lo son, de ahí proviene su mayor complicación. Esta noche quiero enunciar previamente que mi objetivo consiste en hablar especialmente a quienes carecen de conocimiento científico, para darles un concepto general de las ideas comúnmente aceptadas. Por lo tanto, haré algunas sugerencias que ayu­darán a ajustar nuestras mentes a este gran problema de la materia. Por lo común se ha presentado el aspecto sustancia de la manifestación en forma separada y sólo últimamente se presentó al público lo que podría llamarse "sicología de la materia", mediante las investigaciones y conclusiones de científicos de mente más amplia.

 

La semana pasada, como recordarán, traté de indicar­les en forma extensa y general, que existían tres líneas de acercamiento para estudiar el universo material. Tenemos la línea que sólo considera el aspecto materialista y se ocupa únicamente de lo visible, tangible y demostrable. La segun­da línea es el supernaturalismo que reconoce más el aspecto denominado divino que el aspecto material de las cosas; trata de los aspectos de la vida y del espíritu, considerando esa vida como una potestad extraña al sistema solar y al hombre, y a esa Potestad como un gran Agente creador, que guía y crea el universo objetivo, aunque permanece fuera de él. Ambas líneas de pensamiento son postuladas por cientí­ficos francamente materialistas y también por los cristianos ortodoxos y los deístas de todos los credos.

 

Mencioné también una tercera línea denominada con­cepto idealista, la cual reconoce la forma material, ve la vida dentro de ella y admite una conciencia que evoluciona por medio de la forma externa. Es la línea que destacaré e insinuaré en estas conferencias, porque ningún orador pue­de, después de todo, disociarse totalmente de su propio pun­to de vista, habiéndome propuesto desarrollar en estas char­las la tercera línea, porque para mí sintetiza las otras dos y añade ciertos conceptos que producen un conjunto coheren­te cuando se fusiona con ambas. A ustedes les corresponde decidir si este tercer punto de vista es lógico, razonable o claro.

 

Para la mayoría de nosotros, la realidad más común de la vida es el mundo material, el cual podemos ver y tocar con los cinco sentidos, y los pensadores metafísicos denomi­nan "no-yo", o lo objetivo para cada uno de nosotros. Como sabemos, la tarea del químico es reducir las sustancias conocidas a sus elementos simples, y hasta no hace mucho tiempo se creyó haberlo logrado satisfactoriamente. Las con­clusiones del químico señalaban entre setenta y ochenta el número de elementos conocidos. Sin embargo, hace más o menos veinte años, en 1898, se descubrió un nuevo elemen­to que se lo denominó radio, y este descubrimiento revolu­cionó totalmente las ideas mundiales sobre la materia y la sustancia. Si consultamos los libros de texto del siglo pasado, o buscamos en los antiguos diccionarios la definición del átomo, veremos citado a Newton, quien lo definía como la última, indivisible y dura partícula de la materia, algo im­posible de mayor subdivisión. Se lo consideró el ultérrimo átomo del universo, y los científicos de la Era Victoriana lo denominaron "la piedra fundamental del universo", cre­yendo que habían llegado hasta donde era posible llegar y que habían descubierto todo lo subyacente detrás de la manifestación y de la objetividad misma. Pero, descubierto el radio y otras sustancias radiactivas, fue necesario encarar un nuevo aspecto de la situación, y, evidentemente, se vio que lo que hasta entonces se había tenido por la ultérrima partícula, no era tal. Hoy el diccionario define el átomo en los siguientes términos:

 

"El átomo es un centro de fuerza, una fase de los fenómenos eléctricos, un centro de energía, activo por su propia construcción interna, que emite energía, ca­lor o radiación."

 

Por lo tanto, el átomo es, según conjeturaba Lord Kelvin, en 1867, un "vórtice anular" o Centro de fuerza, y no una partícula de lo que entendemos por sustancia tangible. Se ha demostrado que esta ultérrima partícula de la materia está compuesta de un núcleo positivo de energía, circunda­do, como el sol por los planetas, por varios electrones o corpúsculos negativos, subdividiendo así el átomo de los antiguos científicos en numerosos cuerpos menores. Los elemen­tos difieren según el número y disposición de estos negati­vos electrones alrededor de su núcleo positivo, y giran o cir­culan en torno a esta carga central de electricidad, como nuestro sistema planetario gira alrededor del sol. El profesor Soddy, en uno de sus últimos libros, señala que en el átomo puede observarse todo un sistema solar -con su sol central y los planetas que recorren sus órbitas a su alrededor.

Resulta evidente para cada uno, que al analizar y es­tudiar esta definición del átomo, surge un concepto total­mente nuevo de la sustancia. Por lo tanto, las aseveraciones dogmáticas están fuera de lugar, porque nos damos cuenta que probablemente un próximo descubrimiento puede re­velar que los electrones son mundos dentro de otros mundos. Hay una interesante conjetura sobre estas líneas en un li­bro escrito por un pensador científico, donde sugiere dividir y subdividir el electrón en lo que denomina "sicones", y penetrar así en reinos que ahora no se consideran físicos. Quizás sea esto un sueño, pero lo que trato de plasmar en mi mente y en la de ustedes, es que apenas sabemos dónde nos encontramos respecto a las ideas científicas, como tampoco sabemos dónde nos hallamos en los mundos religioso y económico. Todo pasa por un período de transición, cambia el antiguo orden, y los viejos métodos de ver las cosas resultan falsos o inadecuados, y las caducas formas de expresar las ideas parecen inútiles. Todo cuanto cabe ahora al hombre inteligente es reservar su opinión, cerciorarse de lo que cree ser la verdad, y entonces esforzarse por sintetizar ese  as­pecto particular de la verdad universal con el aspecto acep­tado por su semejante.

 

Podemos entonces considerar que el átomo se resuelve en electrones, y expresarlo en términos de fuerza o energía. Un centro de energía o actividad, sugiere un concepto dual: la causa del movimiento o energía, y aquello que energetiza o activa. Esto nos conduce directamente al campo de la psicología, porque siempre se ha considerado que la energía o fuerza es una cualidad, y donde hay cualidad estamos real­mente considerando el campo de los fenómenos síquicos.

 

Al ocuparnos de la materia aparecen continuamente ciertos términos comunes, factibles de una amplia diversi­dad de definiciones. Al hojear días pasados un libro cientí­fico, me desalentó saber que el autor decía que eran total­mente diferentes los átomos del químico, del físico, del matemático y del metafísico, y ésta es una de las razones para no dogmatizar sobre estas cuestiones. Sin embargo, correcta o no, tengo que presentar una hipótesis bien definida. Al ha­blar del radio, probablemente nos aventuremos en el reino de la sustancia etérea, la región del éter o del protilo, pala­bra acuñada por Sir William Crookes, que la definió como:

 

 "Protilo es una palabra análoga a protoplasma, y expresa la idea de la materia original primaria, antes de la evolución de los elementos químicos. La palabra que me aventuré a emplear para tal propósito está­ compuesta de dos voces griegas que significan 'antes que' y 'la materia de que están hechas las cosas“.

 

Por lo tanto, estamos retrotrayendo el concepto de la mate­ria al punto en que siempre lo ubicó la escuela oriental, a la materia primordial, llamada también por los orientalistas "éter primordial", aunque debe recordarse que el éter de la ciencia está infinitamente lejos del éter primordial del ocul­tista oriental, el cual nos lleva de vuelta a ese intangible algo, base de las cosas objetivas que vemos, tocamos y manejamos. La palabra "sustancia" significa lo que "está debajo" o detrás de las cosas. En consecuencia, sólo podemos decir en relación con el éter del espacio, que es el medio en que actúa o se hace sentir la energía o fuerza. Cuando en estas Conferencias hablé de energía y fuerza y de materia y sus­tancia, podemos separarlas en nuestra mente de la manera siguiente: al referirnos a energía y sustancia consideraremos lo que aún es intangible, y emplearemos la fuerza, en cone­xión con la materia, al tratar con el aspecto objetivo que es­tudian definidamente los científicos. Sustancia es el éter en uno de sus múltiples grados, subyacente en la materia misma.

 

Cuando mencionamos energía debe existir lo que ener­getiza esa fuente de energía y su origen, que se manifiesta en la materia. Esto es lo que trato de destacar. ¿De dónde procede esta energía y qué es?

 

Los científicos reconocen cada vez con mayor claridad las cualidades que el átomo posee, y convendría tomar los diversos tratados científicos que se ocupan del tema de la materia atómica, y observar cuál de sus numerosos y varia­dos términos pueden ser a su vez aplicados al ser humano. He tratado de realizar esto en pequeña escala y me resultó muy iluminador.

 

Ante todo sabemos que al átomo se le atribuye energía y el poder de cambiar sus modos de actividad. Un autor lo ha dicho: "en todos los átomos del mundo se estremece una absoluta inteligencia". A este respecto señalaré que Edison, al ser entrevistado por un periodista de Harpen's Magazine en febrero de 1890, y al ampliar sus declaraciones en el Scientific American en octubre de 1920, en la primera en­trevista dijo:

 

"No creo que la materia sea inerte y la mueva una fuerza externa. Me parece que todo átomo posee algo de inteligencia primitiva. Consideremos los miles de formas en que los átomos de hidrógeno se combinan con los de otros elementos para formar las diversas sus­tancias. ¿Quiere usted decir, dijo el periodista, que lo hacen sin poseer inteligencia? Los átomos en armónica y útil relación asumen hermosas e interesantes formas y colores, o exhalan un fragante aroma como si expresaran su satisfacción... , o unidos en determinadas for­mas, constituyen animales de orden inferior. Finalmen­te, se combinan en el hombre, que representa la total inteligencia de todos los átomos."

 

El periodista preguntó: Pero ¿de dónde procede ori­ginariamente esta inteligencia?

Edison respondió: "De algún poder superior a nosotros."

Entonces ¿cree usted en un Creador inteligente, en un Dios personal?

"Desde luego. La existencia de un Dios así, puede demostrarse, a mi entender, por medio de la química."

 

En la larga conversación publicada en 1920 en el Scien­tific American, Edison presentó un gran número de intere­santes suposiciones, de las que extraje las siguientes:

 

1.     La vida es indestructible, como la materia.

 

2.     Nuestro cuerpo está constituido por miríadas de en­tidades infinitesimales, siendo cada una en sí, una unidad de vida, así como el átomo está constituido por miríadas de electrones.

 

3.     El ser humano actúa como un conjunto más bien que como una unidad. El cuerpo y la mente expre­san la voz y el voto de las entidades de vida.

 

4. Las entidades de vida construyen de acuerdo a un plan. Si parte del organismo vital es mutilado, lo reconstruyen exactamente como era antes...

 

5.  La ciencia reconoce la dificultad de trazar una línea entre lo inanimado y lo animado. Quizás las entida­des de vida extienden sus actividades a los cristales y cuerpos químicos.

 

6. Las entidades de vida son inmortales, de manera que por lo menos, en esta medida, la vida eterna es una realidad que muchos anhelamos.

 

En una alocución Sir Clifford Allbut, Presidente de la Asociación Británica de Médicos, tal como lo informó el Li­terary Digest del 26 de febrero de 1921, se refirió a la                 capa­cidad del microbio para seleccionar y rechazar, y en el transcurso de sus observaciones dijo:

 

"Cuando el microbio se aloja en el cuerpo puede estar o no a tono con algunas o todas las células con que hace contacto. Probablemente en ningún caso suceda algo morboso... , la morbosidad podría ocurrir entre el microbio y las células del cuerpo que están a su alcance y no a tono con él. Es razonable suponer que cuando un microbio se acerca a una célula corpórea puede atacarla de un modo u otro, entonces el microbio inocuo se convierte en virulento. Por otra parte las cé­lulas pueden educarse para vibrar en armonía con el microbio disonante, o haber intercambio y adaptación mutua...

 

"Pero si esto es así, enfrentamos en verdad una ma­ravillosa y amplia facultad, la facultad de elegir, y esta elevación desde el fondo de la biología a la cima -fa­cultad formativa-, la autodeterminación o, si prefieren, la mente."

 

En 1895, Sir William Crookes, uno de nuestros más grandes científicos, dio una interesante conferencia ante un grupo de químicos de Gran Bretaña, donde trató la capaci­dad del átomo de elegir su propio camino, rechazar y seleccionar, y demostró que la selección natural se observa en todas las formas de vida, desde el átomo ultérrimo de en­tonces, pasando por todas las formas de existencia.

 

En otro artículo científico se reconoce que el átomo po­see también sensación:

 

"La reciente discusión acerca de la naturaleza del átomo, que en una u otra forma debemos considerar como factores máximos de todos los procesos físicos o químicos, parece que podrá dirimirse mediante el con­cepto de que esas diminutas masas poseen -como cen­tros de fuerza- un alma persistente, y que todo átomo tiene sensación y movimiento."

 

Análogamente Tyndall señala que hasta los mismos átomos parece que tuvieran "instinto con deseo de vida"

 

Si consideramos estas diferentes cualidades del átomo, como energía, inteligencia, capacidad de selección y recha­zo, atracción y repulsión, sensación, movimiento y deseo, tendremos algo muy parecido a la sicología de un ser hu­mano, aunque dentro de un radio más limitado y en grado más circunscrito. Por lo tanto, ¿no hemos llegado acaso, retrospectivamente, a lo que podría llamarse la siquis del átomo? Hemos visto que el átomo es una entidad viviente, un diminuto mundo vibrante, y que dentro de su esfera de influencia hay otras vidas, en análogo sentido en que el hombre es también una entidad o núcleo positivo de fuerza o vida, que mantiene dentro de su esfera de influencia a otras vidas menores, es decir, las células de su cuerpo. Esto atañe al hombre y, en la misma medida, al átomo.

 

Ampliaremos ahora el concepto del átomo y quizás lle­guemos a la causa fundamental que encierra la solución de los problemas del mundo. El concepto del átomo como manifestación positiva de energía, que contiene dentro de su campo de actividad su polo opuesto, puede extenderse no sólo a todo tipo de átomo, sino también al ser humano. Po­demos considerar a cada ente de la familia humana como un átomo humano, porque el hombre es simplemente un átomo mayor. Es centro de fuerza positiva que mantiene dentro de la periferia de su esfera de influencia las células de su cuerpo, y demuestra discernimiento, inteligencia y energía. La diferencia es sólo de grado. Posee una conciencia más amplia y vibra a una mayor medida que el diminuto átomo químico.

 

Podemos aún dilatar el concepto y considerar el pla­neta como un átomo. Quizás exista internamente en el planeta una vida que retiene en él la sustancia de las esferas y de todas las formas de vida en un todo coherente, con una específica esfera de influencia. Esto quizás parezca una dis­paratada especulación, pero si juzgamos por analogía, quizás exista en la esfera planetaria una Entidad cuya conciencia esté tan alejada de la del hombre, como la del hombre de la del átomo químico.

 

El mismo concepto puede ampliarse hasta incluir el átomo del sistema solar. En el corazón del sistema solar te­nemos el sol, centro positivo de energía, que mantiene los planetas en su esfera de influencia. Si existe inteligencia en el átomo y la hay en el ser humano, si existe en el planeta una Inteligencia que controla sus funciones, ¿no sería lógico ampliar el concepto y afirmar que existe una poderosa Inte­ligencia detrás del átomo mayor del sistema solar?

 

      Esto nos lleva finalmente al punto de vista sostenido por el enfoque religioso, de la existencia de un Dios o Ser divino, donde el cristiano ortodoxo diría reverentemente Dios; el científico, energía, con igual reverencia, y ambos significarían lo mismo. Cuando el maestro idealista habla del “Dios interno” que reside en la forma humana, otros con igual exactitud se referirán a la "facultad energetizadora" del hombre que lo impulsa a la actividad física, emocional y mental.

 

En todas partes existen centros de fuerza, y la idea puede ampliarse desde un centro de fuerza como el átomo químico, ascendiendo a través de los distintos grados y           gru­pos de estos centros inteligentes, hasta el hombre, y de allí a la vida que se expresa por medio del sistema. Así se mani­fiesta el Todo maravilloso y sintético. Algo de esto pensa­ría San Pablo al hablar del Hombre celestial, y cuando men­cionó el "cuerpo crístico", con toda seguridad se refirió a esos entes de la familia humana que están dentro de su es­fera de influencia y constituyen Su cuerpo, así como el con­junto de células físicas forman el cuerpo físico del hombre. Es necesario, en estos días de trastornos religiosos, demostrar que las verdades fundamentales del cristianismo son verda­des científicas. Por lo tanto, es preciso hacer científica la religión.

 

Hay una interesante escritura sánscrita que data de miles de años y me aventuro a exponerla aquí, y dice:

"Toda forma en la Tierra y toda partícula (átomo) en el espacio, se esfuerza en formarse a sí misma y se­guir en el Hombre celestial el canon trazado para ella. La involución y la evolución del átomo... todo tiene un único y mismo objetivo, el hombre."

 

¿No se advierte que este concepto abre una gran esperanza? Todo átomo de materia con inteligencia latente, discerni­miento, facultad selectiva, llegará en el transcurso de los eo­nes a una etapa avanzada de conciencia llamada humana. Ciertamente podemos también suponer que el átomo humano progresa hacia algo aún más ampliamente consciente y que con el tiempo alcanzará la etapa de desarrollo de esas excelsas Entidades cuyos cuerpos constituyen los átomos pla­netarios. Cabe preguntarse, ¿qué les espera a esas entidades? Alcanzar ese estado omnincluyente de conciencia llamado Dios o Logos solar. Ciertamente es lógica y práctica esta enseñanza. La antigua y esotérica exhortación que dice al hom­bre: "Conócete a ti mismo, porque en tí hallarás todo lo Conocible", es la regla para el inteligente estudiante. Si nos consideramos científicamente centros de fuerza, mantenien­do la materia de nuestro cuerpo dentro de nuestra esfera de control y actuando en y dentro de ellos, tendremos una hi­pótesis capaz de interpretar todo el plan cósmico. Si como insinúa Einstein, nuestro sistema solar es sólo una esfera, se deduce que éste a su vez es un átomo cósmico; así nos ubicaríamos dentro de un sistema aún mayor y tendríamos un centro alrededor del cual gira nuestro sistema solar, co­mo lo hace el electrón respecto al átomo. Los astrónomos di­cen que todo el sistema solar probablemente gire en torno de un punto central en el firmamento.

 

Así la idea fundamental que he tratado de destacar pue­de trazarse ascendiendo a través del átomo químico y físico, a través del hombre, de la vida energetizadora de un plane­ta, hasta el Logos, la Deidad del sistema solar, la Inteligen­cia o Vida, que subyace en toda manifestación o naturaleza, y de allí a un sistema mayor, donde nuestro Dios debe des­empeñar Su parte y hallar el lugar que le corresponde. Si es verdad, es un maravilloso cuadro.

 

Ahora bien, no puedo tratar esta noche los distintos desarrollos de esta inteligencia que anima a los átomos; pero quisiera considerar brevemente lo que quizás, desde el punto de vista humano, es el método de su evolución, que tan íntimamente nos concierne, recordando que lo que es verdad para un átomo lo es en mayor o menor grado para el todo.

 

Al considerar ampliamente los átomos del sistema so­lar, incluyendo el sistema mismo, existen dos cosas notables:

Primero, la vida y la actividad intensas del átomo mismo y su energía atómica interna; segundo, su interacción con otros átomos -repeliendo a unos y atrayendo a Otros. De estos hechos podemos deducir que el método de evolución de cada átomo, se debe a dos causas: su vida interna y su interacción o intercambio con los demás átomos. Ambas etapas son evidentes en la evolución del átomo humano. Cristo pu­so el énfasis en lo primero cuando dijo: "el reino de Dios está en vosotros". Así adjudicó a los átomos humanos el centro de vida o energía dentro de sí mismos, enseñándoles que por medio de este centro deben expandirse y Crecer. Todos so­mos conscientes que estamos centrados en nosotros mismos, consideramos todas las cosas desde nuestro propio punto de vista, y los acontecimientos externos resultan interesantes siempre que nos conciernen. Tratamos las cosas si nos afec­tan personalmente, y en determinada etapa de nuestra evo­lución lo que le ocurre a los demás nos parece importante si nos atañe. En esta etapa se hallan muchos actualmente y es característica de la mayoría, siendo el período de in­tenso individualismo, donde el concepto yo es de suprema importancia. Involucra mucha actividad interna.

 

El segundo método de evolución del átomo humano es por medio de su interacción con los demás átomos, y esto es algo que recién ahora alborea en la inteligencia humana, asumiendo su justa importancia, pues sólo comenzamos a comprender la relativa significación de la competencia y de la colaboración, y estamos en vísperas de saber que no podemos vivir egoístamente, en forma independiente del gru­po al que pertenecemos; empezamos a aprender que si nues­tros hermanos se detienen y no progresan y si otros átomos humanos no vibran debidamente, cada átomo del cuerpo colectivo es afectado. Nadie será perfecto hasta que las de­más unidades alcancen el más pleno y completo desarrollo.

 

En la próxima conferencia me extenderé algo más so­bre esto, cuando me ocupe de la construcción de la forma. Al finalizar esta conferencia trataré de llevar a sus conciencias un conocimiento del lugar que cada uno ocupa en el esquema general, lo cual nos permitirá comprender la im­portancia de la interacción de los átomos. Trato de señalar la necesidad de descubrir el lugar en el grupo al que por naturaleza pertenecemos, donde somos como electrones para la carga positiva y, una vez descubierto, realizar nuestra ta­rea dentro del átomo mayor, el grupo.

 

Esto hace que la hipótesis no sea un mero sueño desca­bellado sino un ideal útil y práctico. Si es verdad que todas las células de nuestro cuerpo son, por ejemplo, electrones que mantenemos en coherencia, y si somos el factor energetiza­dor dentro de la forma material, es de suma importancia re­conocerlo y ocuparnos correcta y cientificamente de esa forma y sus átomos. Esto implica el cuidado práctico del cuerpo físico y la adaptación inteligente de toda nuestra energía al trabajo que se debe realizar y a la naturaleza de nuestro objetivo, pues es necesaria la sensata utilización del conjunto de células, nuestro instrumento o herramienta, y nuestra esfera de manifestación. Muy poco sabemos sobre esto. Cuando se desarrolle este concepto y se reconozca al ser humano como un centro de fuerza, cambiará fundamen­talmente la actitud de las personas respecto a su trabajo y modo de vivir. Cambiará, por ejemplo, el punto de vista del campo de la medicina y se estudiarán los correctos métodos para utilizar la energía. No habrá enfermedades causadas por la ignorancia y se estudiarán y practicarán los métodos de transmisión de fuerza. Seremos entonces verdaderamente átomos inteligentes, algo que aún no somos.

No sólo seremos prácticos para manejar nuestro cuerpo material, pues conoceremos su constitución, sino que cons­cientemente hallaremos nuestro lugar en el grupo y dirigiremos nuestra energía para su beneficio, y no como ahora para nuestros propios fines. Muchos átomos no sólo poseen vida interna propia, sino que la irradian, y así como la ra­diactividad se va comprendiendo gradualmente, también se estudiará al hombre como centro de radiación activa. Esta­mos en vísperas de admirables descubrimientos; nos acerca­mos a una maravillosa síntesis del pensamiento mundial; avanzamos hacia ese período en que la ciencia y la religión se ayudarán mutuamente, y la filosofía contribuirá al cono­cimiento de la verdad.

 

El empleo de la imaginación abrirá con frecuencia una maravillosa visión, y si esta imaginación se basa en lo esen­cial y comienza con una hipótesis lógica, quizás nos lleve a solucionar algunos de los enigmas y problemas que pertur­ban hoy al mundo. Si las cosas son misteriosas e inexplicables para nosotros, será porque la gran Entidad que se ma­nifiesta por medio de nuestro planeta está llevando a cabo un propósito y plan definidos, análogamente a como lo ha­cemos en nuestras vidas. A veces llevamos el cuerpo físico a situaciones donde le producimos dificultades dolorosas y agobiadoras; aceptada la hipótesis tratada, es lógico suponer que la gran Inteligencia de nuestro planeta también lleva su cuerpo de manifestación -que incluye la familia huma­na- a situaciones angustiosas para los átomos. Ciertamente es lógico suponer que el misterio de cuanto vemos a nuestro alrededor está oculto en la voluntad o inteligente propósito de esa Vida mayor que actúa a través de nuestro planeta, como el hombre actúa a través del cuerpo físico. Sin embargo, esa Vida, esa Inteligencia superior a la nuestra, es un átomo de una esfera aún mayor, donde mora el Logos solar, la inteligencia que contiene todas las vidas menores.

 

LA EVOLUCIÓN DE LA FORMA

O LA EVOLUCIÓN GRUPAL

 

TERCERA CONFERENCIA

 

ESTA noche ampliaré la idea fundamental y el concepto de la unidad consciente o inteligente, desarrollada parcialmen­te en la conferencia anterior. Se ha dicho que toda evolu­ción procede de lo homogéneo, pasa por lo heterogéneo y retorna a lo homogéneo, y se ha puntualizado que:

 

"La evolución es una continua marcha acelerada de todas las partículas del universo, llevadas simultáneamente por un camino de destrucción, pero en for­ma ininterrumpida y sin pausa, desde el átomo material hasta la conciencia universal, donde se conocen la omnipotencia y la omnisciencia, en otras palabras, el. pleno conocimiento de lo Absoluto de Dios."

 

La evolución procede desde esas diminutas diversifica­ciones llamadas átomos y moléculas; asciende hasta sus con­glomerados al constituirse en formas, y sigue a través de la construcción de esas formas a otras mayores, hasta formar el sistema solar en su totalidad. Todo prosigue de acuerdo a la ley, y las mismas leyes básicas rigen la evolución del átomo y de un sistema solar. El macrocosmos se repite en el hombre, el microcosmos, y éste a su vez se refleja en los átomos menores.

 

Estas observaciones y la conferencia anterior concier­nen principalmente a la manifestación material de un sis­tema solar, pero en posteriores conferencias pondré el én­fasis principalmente en lo que podría llamarse evolución síquica, o gradual manifestación y desenvolvimiento evolutivo de la subjetiva inteligencia o conciencia, que se halla detrás de la manifestación objetiva.

 

Dividiremos esta conferencia en cuatro partes. Prime­ro, veremos el proceso evolutivo, que en este caso particular es la evolución de la forma o del grupo; después el método para el desarrollo grupal; seguirá el estudio de las etapas que deben recorrerse durante el ciclo de evolución, y, finalmente, trataremos de ser prácticos y extraer de nuestras con­clusiones alguna lección aplicable a la vida diaria,

 

Ante todo conviene considerar parcialmente lo que en realidad es la forma. El diccionario la define diciendo que "es la configuración externa de un cuerpo". Esta definición subraya lo externo, lo tangible y la manifestación exotérica. El mismo concepto subyace en el significado etimológico de la palabra manifestación, que deriva de dos palabras lati­nas: manus, mano, y fendere, tocar, esto es, tocar con la mano. Este significado sugiere una triple idea, en el sentido de que se puede sentir, tocar y comprender como algo tangi­ble. Sin embargo, en ambas interpretaciones se prescinde de la parte más vital del concepto, por lo cual debernos bus­car una definición más adecuada. A mi entender, Plutarco expresa con mucha más claridad que los diccionarios, la idea de la manifestación de lo subjetivo mediante la forma objetiva, cuando dice:

 

"Una idea es un ser incorpóreo que no tiene subsis­tencia propia, pero da forma y figura a la informe ma­teria, y es la causa de la manifestación."

 

Tenemos aquí una interesante frase de verdadero signi­ficado esotérico, y compensará el cuidadoso estudio y consi­deración que de ella se haga, pues contiene un concepto aplicable no sólo a una pequeña manifestación, el átomo químico y el físico, sino a todas las formas que éstos consti­tuyen, incluyendo la manifestación del ser humano y la deidad de un sistema solar, la excelsa Vida, la omniabar­cante Mente universal, el vibrante Centro de energía, la incluyente Conciencia denominada Dios, Fuerza o Logos, esa Existencia que se manifiesta por medio del sistema solar.

 

En la Biblia cristiana el mismo pensamiento está corro­borado por San Pablo en una carta a la Iglesia de Efesios. En el segundo capítulo de la epístola a los Efesios, dice:

"Porque somos a hechura suya" . Pero la exacta traducción del griego es: "Somos su poema o idea". El pensamiento del apóstol es que por medio de cada vida humana o del conjunto de vidas que constituyen un sistema solar, Dios, me­diante la forma, cualquiera sea, está llevando a cabo una idea, un concepto específico, un detallado poema. El hombre es un pensamiento corporificado, y tal es el concepto latente en la definición de Plutarco. Tenemos en ella, primero, la idea de una entidad autoconsciente, después, el pensamiento o propósito que dicha entidad trata de expresar y, finalmen­te, el cuerpo o forma, resultado secuencial.

 

Al hablar de la Deidad, el Nuevo Testamento emplea con frecuencia la palabra Logos. El término Logos, tradu­cido como el Verbo, se utiliza frecuentemente en el Nuevo Testamento al referirse a la Deidad. El pasaje más notable en este punto es el primer capítulo del Evangelio de San Juan, que dice: "En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios". Consideraremos breve­mente el significado de esta expresión. La traducción literal es "el Verbo", y ha sido definido como "la expresión obje­tiva de un pensamiento oculto". Si tomamos cualquier sus­tantivo o palabra similar, por ejemplo, y estudiamos su significación objetiva, descubriremos que siempre expresa a la mente un definido pensamiento, involucrando propósito, intención o quizás algún concepto abstracto. Si empleamos ese mismo método incluyendo la idea de la Deidad o del Logos, se esclarecerá el abstruso tema de la manifestación de Dios o Inteligencia central, mediante la forma material, sea que Lo veamos manifestándose en la minúscula forma de un átomo químico o en Su gigantesco cuerpo físico denominado sistema solar.

 

En la conferencia anterior vimos algo que puede apli­carse a todos los átomos y constituye cierta notable caracte­rística que los científicos de todas partes van reconociendo. Se ha demostrado que los átomos poseen vestigios de mente y una rudimentaria inteligencia. El átomo demuestra po­seer la facultad de discernir y el poder de seleccionar, la capacidad de atraer o repeler. Podrá parecer extraño el em­pleo de la palabra inteligencia con relación a un átomo químico, no obstante, la etimología de la palabra incluye perfectamente esta idea. Deriva de dos palabras latinas:

inter, entre, y legere, elegir. Por lo tanto, la inteligencia es la facultad de pensar o elegir, seleccionar y discernir. En realidad es ese algo abstracto e inexplicable que reside detrás de la gran ley de atracción y repulsión, una de las leyes básicas de la manifestación. Esta fundamental facul­tad de la inteligencia caracteriza a toda la materia atómica y rige también la construcción de las formas o conglomera­ción de átomos.

Anteriormente nos ocupamos del átomo en sí, pero no lo consideramos cuando interviene en la construcción de la forma o de esa totalidad de formas denominadas reino de la naturaleza. Consideramos también parcialmente la natura­leza esencial del átomo y su incipiente característica de inteligencia y destacamos aquello con lo cual están construidas las distintas formas tal como las conocemos -las del reino mineral, vegetal, animal y humano. En la totalidad de las formas tenemos toda la naturaleza, tal como generalmente se comprende.

 

Ampliemos la idea, desde las formas individuales que constituyen cada uno de los cuatro reinos de la naturaleza, y considerémosla proporcionando esa forma aún mayor denominada reino y observemos a éste como una unidad consciente, formando un todo homogéneo. Así cada reino de la naturaleza puede considerarse como una forma a tra­vés de la cual puede manifestarse determinado tipo o grado de conciencia. También así, el conglomerado de formas animales constituye esa forma mayor o reino animal, que a su vez ocupa un lugar en un cuerpo aún mayor. Por medio de ese reino procura expresarse una vida consciente, y por el conglomerado de reinos trata de manifestarse una Vida subjetiva mayor.

 

En los cuatro reinos mineral, vegetal, animal y humano, tenemos tres factores, siempre que, lógicamente, la base de nuestro razonamiento sea correcta: primero, el átomo original es una vida; segundo, las formas están construidas por una multiplicidad de vidas, y proporcionan un coherente conjunto, a través del cual una entidad subjetiva lleva a cabo un propósito; tercero, la vida central dentro de la forma constituye su impulso directriz, la fuente de su energía, el origen de su actividad y lo que mantiene unida la forma como una unidad.

 

Esta idea puede aplicarse al hombre, y para los propó­sitos de esta conferencia podemos definirlo como esa energía central, vida o inteligencia, que actúa por medio de una manifestación material, o forma construida por miríadas de vidas menores. Sobre el particular diré que en el mo­mento de la muerte se ha observado frecuentemente un extraño fenómeno. Hace algunos años me llamó la atención sobre esto, una de las más hábiles enfermeras quirúrgicas de la India, que durante mucho tiempo fue atea, pero había comenzado a dudar de su incredulidad después de haber sido testigo de ese fenómeno repetidas veces. Me explicó que en el momento de la muerte, en diversos casos, había visto surgir de la cima de la cabeza un destello de luz, y que en un caso particular, al morir una joven de evidente avanzado desarrollo espiritual, de gran pureza y santidad de vida, quedó el aposento iluminado momentáneamente como por una luz eléctrica. Además, hace poco, en una de nuestras populosas ciudades meridionales, varias eminencias médicas recibieron una carta, donde un investigador preguntaba si habían observado algún fenómeno particular en el momen­to de la muerte. Algunas respondieron haber visto una luz azulada surgiendo de la cima de la cabeza del moribundo, y una o dos afirmaron que habían oído un chasquido en la cabeza. Este último caso está corroborado por el Eclesiastes, donde se menciona la rotura del cordón plateado, o de ese vínculo magnético que une la entidad que mora interna­mente, o el pensador a su vehículo de expresión. En los dos casos mencionados, se advierte una demostración visual del retiro de la luz central o vida, y la consiguiente desintegra­ción de la forma y dispersión de las miríadas de vidas me­nores.

 

A algunos les parece una hipótesis lógica, que así como el átomo químico es una infinitesimal forma o esfera, con un núcleo positivo, que mantiene girando a su alrededor los electrones negativos, también las formas de los reinos de la naturaleza son de análoga estructura, y sólo difieren en grado de conciencia o inteligencia. Por lo tanto, podemos considerar a los reinos como la expresión física de una gran vida subjetiva, y por lógicos pasos llegar a reconocer que cada unidad de la familia humana es un átomo en el cuerpo de esa Vida o Entidad superior, llamada en algunas                Escri­turas, el Hombre celestial. Llegamos finalmente al concepto de que el sistema solar es sólo un conglomerado de los rei­nos de las formas y el Cuerpo de un Ser que Se expresa por su intermedio y lo utiliza para llevar a cabo un definido propósito y una idea central. En todas estas ampliaciones de nuestra hipótesis final vemos la misma triplicidad; una Vida o Entidad animadora que se manifiesta por medio de una forma o una multiplicidad de formas y denota inteligencia discriminadora.

 

No es posible ocuparnos del método de la construcción de formas ni ampliar el estudio del proceso evolutivo por cuyo medio los átomos se combinan en formas, y las formas se agrupan formando esa unidad mayor que llamamos reino de la naturaleza. Dicho método podría resumirse en tres términos: involución, o sea circundar de materia la vida subjetiva, método por el cual la Entidad inmanente se posesiona de su vehículo de expresión; evolución, o utilización de la forma por la vida subjetiva, su gradual perfeccionamiento y la final liberación de la vida aprisionada; la ley de atracción y repulsión, por la cual se coordinan el espíritu y la materia, la vida Central adquiere experiencia, expande su conciencia y por el empleo de esa particular forma logra el conocimiento y el control de si misma. Todo se efectúa de acuerdo a esta ley básica. En cada forma existe una vida central o idea, que viene a la manifestación, revistiéndose cada vez más de sustancia, adoptando una forma o configuración adecuada a su necesidad y requerimiento, utilizán­dola como medio de expresión y, con el tiempo, liberándose de la forma circundante, a fin de adquirir otra más adecuada a su necesidad. Así, a través de todo tipo de forma, pro­gresa el espíritu o vida, hasta que el sendero de retorno haya sido recorrido, llegando al punto de origen. Tal es el significado de la evolución y el secreto de la encarnación cósmica. Eventualmente el espíritu se zafa de la forma, logra la liberación y desarrolla una cualidad sí­quica y graduada expansión de conciencia. Consideremos brevemente estas etapas. Tenemos en el primer caso el pro­ceso de involución. En este período se limita la vida dentro de la forma o envoltura, y este lento y prolongado proceso abarca millones y millones de años. En este gran ciclo par­ticipa todo tipo de vida. Concierne a la vida del Logos solar, manifestándose por medio de un sistema solar. Es parte del ciclo de vida del Espíritu planetario, manifestándose por medio de una esfera como nuestro planeta Tierra; incluye esa vida denominada humana, y atrae hacia el camino de su energía a esa diminuta vida que actúa por medio del átomo químico. Es el gran proceso del devenir, que hace posible la existencia y el ser. Después de este período de limitación, de gradual y creciente aprisionamiento y de descenso más profundo en la materia, le sigue otro de adap­tación, donde la vida y la forma se interrelacionan íntimamente; después viene el período en que se perfecciona esa relación interna. Entonces la forma está adecuada a las ne­cesidades de la vida y puede ser utilizada. A medida que la vida interna se desarrolla y amplia, se va cristalizando para­lelamente la forma, y ya no es apropiada como medio de expresión. Después del período de cristalización tenemos el de desintegración. La limitación, adaptación, utilización, cristalización y desintegración, constituyen las etapas que abarca la vida de una entidad o idea corporificada, de grado superior o inferior, que trata de expresarse por medio de la materia.

 

Apliquemos este pensamiento al ser humano. Al tomar forma física es donde se ve el proceso de limitación, y tam­bién en los primeros días de rebeldía, cuando el hombre hen­chido de deseos, aspiraciones, ansiedades e ideales, es inca­paz de expresarlos o satisfacerlos. Llega después la etapa de adaptación, cuando el hombre comienza a utilizar lo que posee y a expresarse como mejor puede, por medio de las miríadas de vidas e inteligencias menores que constituyen sus cuerpos, físicos, emocional y mental. Energetiza su triple forma, obligándola a obedecer sus mandatos y a cumplir sus propósitos; así lleva a cabo su plan, para bien o para mal. A esta etapa le sigue aquella en que utiliza la forma hasta donde es capaz, llegando a lo que denominamos ma­durez. Finalmente, en las etapas posteriores de la vida llega la cristalización de la forma, y el hombre reconoce lo inade­cuado de la misma, entonces sobreviene la feliz liberación llamada muerte, ese solemne momento en que el "aprisio­nado espíritu" escapa de los muros de su forma física. Nues­tras ideas sobre la muerte han sido erróneas. Hemos consi­derado a la muerte como terrible final, pero en realidad es la gran evasión, la entrada en una más plena actividad, y la liberación de la vida desde el vehículo cristalizado y la forma inadecuada.

 

Ideas análogas pueden aplicarse a todas las formas, no sólo a la del cuerpo físico humano; a formas de gobierno, de religión, de ciencia y de filosofía, y su actuación en forma peculiar e interesante puede verse en este ciclo en que vivimos. Todo se halla en estado de flujo. Cambia el antiguo orden y está en marcha un período de transición; en toda corriente de pensamiento se desintegran las viejas formas, pero únicamente para que la vida que les dio el ser, pueda liberarse y construir para silo que será más satisfactorio y adecuado. Tomemos, por ejemplo, la vieja forma religiosa de la fe cristiana; quisiera que no me interpreten mal, por­que no trato de demostrar que es inadecuado el espíritu del cristianismo ni que sean erróneas sus bien comprobadas y experimentadas verdades; Tan sólo trato de señalar que la forma por cuyo intermedio trató de expresarse ese espíritu, ha servido su propósito y constituye una limitación. Las mismas grandes verdades y las mismas ideas fundamentales requieren un vehículo más adecuado a través del cual actuar. Los pensadores cristianos en esta  época, deben dife­renciar cuidadosamente entre las vitales verdades del cris­tianismo y la cristalizada forma teológica. El impulso vi­viente fue dado por Cristo. Enunció esas grandes y eternas verdades y las envió para adquirir forma y satisfacer la necesidad de un sufriente mundo. Fueron limitadas por la forma, y sobrevino un largo período en que esa forma (dog­mas y doctrinas religiosas) creció gradualmente y se confi­guró. Transcurrieron siglos durante los cuales la forma y la vida parecieron estar mutuamente adaptadas, y los ideales cristianos se expresaron por medio de dicha forma. Ahora ha llegado el período de cristalización, y la conciencia cris­tiana en expansión halla inadecuadas y restrictivas las limi­taciones de los teólogos. La gran trama de dogmas y doctri­nas erigida por los eclesiásticos y teólogos de las edades, debe inevitablemente desintegrarse, pero sólo con el fin de liberar la vida interna y construir un mejor y más satisfactorio me­dio de expresión y así estar a la altura de la misión para la cual se la envió.

 

Lo mismo se observa en las distintas escuelas de pensamiento. Todas expresan una idea mediante una particular forma o conjunto de formas, y debe recordarse que la triple vida detrás de cada forma es una, aunque los vehículos de expresión sean diversos y resulten inadecuados en el transcurso del tiempo.

 

Entonces ¿qué propósito subyace en este interminable proceso de la construcción de formas y en esta combinación de formas menores? ¿Cuál es la razón de todo ello y cuál su finalidad? Con seguridad debe ser el desarrollo de cualida­des, la expansión de la conciencia, el desenvolvimiento de la comprensión la obtención de los poderes de la siquis o alma, la evolución de la inteligencia, la demostración gradual de la idea básica o propósito que esa gran Entidad llamada Logos o Dios, está llevando a cabo por medio del sistema solar. Es la demostración de Su calidad psíquica, porque Dios es Amor inteligente, y cumple su determinado propósito, porque Dios es Voluntad inteligente y amorosa.

 

Para cada uno de los diferentes tipos y grados de áto­mos existe un propósito y una finalidad. Hay una meta para el átomo químico, hay una etapa de realización para el átomo humano, el hombre; algún día el átomo planetario manifestará su propósito fundamental y, eventualmente, se revelará la gran Idea que subyace detrás del sistema solar. ¿Sería posible en breves momentos de estudio adquirir un sólido concepto de lo que puede ser este propósito? Quizá tengamos una idea amplia y general si abordamos el tema con suficiente reverencia y sensible perspectiva, teniendo en cuenta que únicamente es dogmatizada por el ignorante y que sólo el imprudente se ocupa detalladamente al conside­rar estos estupendos tópicos.

 

Hemos visto ya que el átomo químico, por ejemplo, denota inteligencia, vestigios de una mente discernidora y de una rudimentaria capacidad selectiva. Así la diminuta vida dentro de la forma atómica manifiesta cualidad psíquica. El átomo entra en la construcción de las diferentes formas en distintas épocas y etapas, y cada vez adquiere algo de acuerdo a la fuerza y vida de la entidad que anima esa for­ma y mantiene su homogeneidad. Tomemos, por ejemplo, el átomo que se utiliza en la construcción de una forma del reino mineral; no sólo demuestra mente discernidora y selectiva, sino también elasticidad. En el reino vegetal aparecen estas dos cualidades y además una tercera, podría denominársela sensación rudimentaria. La inteligencia inicial del átomo adquiere algo durante la transición de una forma a otra y de un reino a otro. Acrecienta su respuesta al contacto y su percepción general. Cuando tratemos de la evolución de la conciencia consideraremos más ampliamen­te este punto; pero ahora me limito a demostrar que las formas del reino vegetal construidas por átomos, no sólo denotan discernidora inteligencia y elasticidad, sino tam­bién capacidad de sensación, o de lo que en el reino vegetal corresponde a la emoción o sentimiento, pues la emoción es amor rudimentario. Sigue luego el reino animal, donde las formas animales, no sólo demuestran las cualidades mencionadas, sino el instinto, o lo que algún día florecerá como mentalidad. Finalmente llegamos al ser humano, que muestra todas estas cualidades en un grado superior, pues el cuarto reino es el macrocosmos de los tres reinos inferio­res. El hombre demuestra actividad inteligente, es capaz de sentir emoción y amor y ha agregado otro factor, la volun­tad inteligente. Es la deidad de su propio y pequeño sistema. Y no sólo es consciente sino autoconsciente. Construye su propio cuerpo de manifestación, como lo construye el Logos, aunque en menor escala. Rige su sistema por la ley de atrac­ción y repulsión, lo mismo que el Logos, y energetiza y sin­tetiza su triple naturaleza en una coherente unidad. Es el tres en uno y el uno en tres, lo mismo que el Logos.

 

Todo átomo tiene su porvenir en el sistema solar. El átomo ultérrimo tiene ante sí una grandiosa meta, y a medida que transcurren los eones, la vida que lo anima pasará por los sucesivos reinos de la naturaleza, hasta llegar a su meta en el reino humano.

 

Ampliando la idea podemos considerar esa excelsa Entidad vida animadora del planeta, que contiene en Su conciencia todos los reinos de la naturaleza. ¿No sería posible que su Inteligencia, animadora de todo grupo y reino, fuera la meta para el hombre, el átomo humano? Quizás con el correr del tiempo, su actual conoci­miento pueda ser también el nuestro, y para Él y todas esas grandes Vidas que animan a los planetas del sistema solar, constituya la adquisición de esa grandiosa amplitud de conciencia que caracteriza a esa excelsa Existencia que es la vida animadora del sistema solar. Quizá sea verdad que entre los diversos grados de conciencia que se extienden desde el átomo químico y físico hasta el Logos del sistema solar, no haya separaciones ni bruscas transiciones, pero siempre hay una gradual expansión y evolución de una forma de mani­festación inteligente a otra, y siempre la vida dentro de la forma adquiere cualidad por medio de la experiencia.

 

Cuando hayamos arraigado esta idea en nuestra conciencia, cuando resulte evidente que existe un propósito y orientación que subyace en todo, cuando nos demos cuenta que nada ocurre que no sea resultado de la consciente voluntad de alguna entidad, y que todo lo que sucede tiene un definido objetivo y meta, entonces tendremos la clave de nosotros mismos y de todo lo que vemos suceder a nuestro alrededor en el mundo. Por ejemplo, si comprendemos que debemos construir y cuidar el cuerpo físico, que controlamos nuestra naturaleza emocional y somos responsables de desarrollar nuestra mente; si comprendemos que somos factores energetizadores de nuestro cuerpo, y que al retirarnos de él se desintegra y desmorona, quizá entonces tengamos la clave de lo que puede estar haciendo la Vida animadora del planeta al actuar por medio de todo tipo de forma (continen­tes, civilizaciones, religiones y organizaciones) en el mundo, entonces quizás tengamos la clave de lo que ha sucedido en la Luna, que es hoy una forma en desintegración, lo que está sucediendo en el sistema solar, y lo que sucederá en él, cuando el Logos retire lo que para Él sólo es una manifestación temporaria.

 

Apliquemos prácticamente estas ideas. En la actualidad atravesamos un período donde todas las corrientes de pensa­miento se desintegran; la vida religiosa de los pueblos ya no es lo que era, y los dogmas y doctrinas de todo tipo caen bajo el escalpelo de la crítica. Muchas formas antiguas del pen­samiento científico se desintegran, y se conmueven los ci­mientos de las antiguas filosofías. El destino nos ha deparado uno de los períodos más difíciles de la historia mundial, ca­racterizado por el derrumbe de las naciones, la ruptura de antiguas relaciones y vínculos y la evidentemente inminen­te dislocación de la civilización. Sería un estimulo recordar que todo esto ocurre porque la vida de esas formas es tan pujante, que las considera una prisión y limitación; debe tenerse presente que este período de transición entraña la mayor promesa que jamás conociera el mundo. No hay lugar para el pesimismo ni la desesperación, sino para el máximo optimismo. Muchos se contrarían y afligen al ver sacudirse los cimientos, ante la amenaza de derrumbarse las tan cuidadosamente erigidas y profundamente queridas estructuras del pensamiento, creencias religiosas y los con­ceptos filosóficos; no obstante, sentimos ansiedad porque la forma nos ha absorbido demasiado y también porque nos ocupamos en demasía de nuestra prisión, y si sobreviene la desintegración, es sólo para que la vida construya para sí nuevas formas y pueda evolucionar. Tanto la tarea del des­tructor como la del constructor constituyen el trabajo de Dios, y el gran dios de la destrucción debe aplastar y destruir formas, a fin de facilitar el trabajo del constructor para que el espíritu pueda expresarse más adecuadamente.

 

A muchos les parecerán novelescas, fantásticas e insos­tenibles estas ideas, y aunque sólo sean hipótesis pueden ser interesantes y darnos la clave del misterio. Vemos la des­trucción de la civilización, vemos tambalearse la trama re­ligiosa, las filosofías vapuleadas y sacudidos los cimientos de la ciencia materialista. Pero, después de todo, ¿qué son las civilizaciones?, ¿qué las religiones?, ¿qué las grandes razas? Sencillamente las formas en que se manifiesta esa grande y triple Vida central que anima nuestro planeta y trata de expresarse. Así como nosotros nos expresamos por medio de la naturaleza física, emocional y mental, así Él se manifiesta por medio de los reinos de la naturaleza, de las naciones, razas, religiones, ciencias y filosofías,   existen­tes hoy. Cuando Su vida palpita en cada sector de Su ser, nosotros, como átomos y células de esa gran manifestación, pasamos etapa tras etapa por cada transición. Al transcurrir el tiempo y al ampliar nuestra conciencia, adquirimos ma­yor conocimiento de Su plan, tal como Lo lleva a cabo, pu­diendo eventualmente colaborarse con Él en Su propósito esencial.

 

Resumiendo el pensamiento central de esta conferen­cia, tratemos de reconocer que no existe tal cosa como ma­teria inorgánica, que cada átomo es una vida, que todas las formas son vivientes y que cada una de ellas es la expresión de una entidad inmanente. Comprendamos que esto tam­bién atañe al conglomerado de formas. He aquí la clave de nosotros mismos y quizás la clave del enigma del sistema solar.

 

 

LA EVOLUCIÓN DEL HOMBRE, EL PENSADOR

 

CUARTA CONFERENCIA

 

Esta es la cuarta de una serie de conferencias dadas este último mes, y por su intermedio se tendrá una idea de uno de los fundamentales principios de la evolución, viéndolo actuar en el sistema solar.

 

Recapitulemos brevemente lo expuesto, a fin de encarar el tema de esta noche con ciertas ideas claramente formula­das. Vimos que la interpretación del proceso de la natura­leza implica un concepto triple que concierne a los aspectos vida y sustancia y a su estrecha interrelación mediante la facultad de la inteligencia, manifestándose como grado de conciencia. Dicha interrelación producirá finalmente la perfecta expresión (por medio de la materia) del consciente propósito de alguna entidad interna. Trato de destacar que mi objetivo es presentar una hipótesis y sugerir que quizás contenga el germen de una posible verdad, y que para algu­nos parece ser la forma más clara de explicar el misterio del universo. Vimos que las tres partes de un gran todo son:

Espíritu o Vida, manifestándose por medio de un segundo factor llamado sustancia o materia, que utiliza un tercero, la inteligencia. En la gradual síntesis de los tres aspectos componentes de la Deidad puede verse la evolución de la conciencia.

 

Después llegamos, en forma más técnica, a discutir el tema de la sustancia, sin tratar las sustancias o los elementos diferenciados, sino el concepto de una sustancia primordial, retrotrayéndonos todo lo posible a lo que Sir Williams Crookes llamó "protilo", o sea lo subyacente en todo lo tan­gible u objetivo. Consideramos el átomo, y vimos que recientemente fue definido como una unidad de fuerza o energía; consistiendo en una carga de electricidad positiva que energetiza cierto número de partículas negativas. Evi­dencióse que el minúsculo átomo químico y físico es en sí un sistema solar con la misma conformación general del sistema mayor, con análoga actividad y regido por leyes similares, y hallamos que tiene un sol central en cuyo torno giran en definidas órbitas los electrones. También observa­mos que los elementos químicos sólo difieren según el núme­ro y disposición de los electrones, alrededor de la positiva carga central. De allí pasamos a considerar el alma o siquis del átomo, y encontramos que los científicos reconocen que el átomo posee cualidades, denota vestigios de mente o inte­ligencia, y es capaz de discernir, seleccionar y elegir.

 

Seguidamente procedimos a relatar lo que parece un cuento de hadas. Nos imaginamos al ser humano como un átomo, y vimos la semejanza de ambos y que atrae y man­tiene dentro de su esfera de influencia, la materia de sus cuerpos físico, emocional y mental, del mismo modo que los electrones se mantienen girando alrededor de su punto focal central. Fue factible expandir aún más la idea y fija­mos nuestra atención sobre el planeta, imaginándolo de na­turaleza análoga a la del átomo humano y al del ultérrimo átomo de sustancia, que sólo es la expresión de una vida que se manifiesta por medio de una forma esferoidal y lleva a cabo un propósito inteligente. Entonces llegamos a la culmi­nación, consideramos al sistema solar como un átomo cósmi­co energetizado por la vida del Logos.

Por lo tanto, hemos considerado cuatro clases de áto­mos:

 

Primero, el átomo químico y físico.

 

Segundo, el átomo humano u hombre.

 

Tercero, el átomo planetario, energetizado por el Logos planetario u Hombre celestial.

 

Cuarto, el átomo solar habitado por el Logos o Deidad solar.

 

Si es correcto nuestro concepto fundamental, si hay algo de realidad en nuestra hipótesis y si existe un fondo de verdad en nuestra idea de que el átomo compone los elemen­tos, debemos reconocerlo como una vida que actúa inteli­gentemente por medio de una forma. Quizás así podrá de­mostrarse que el hombre es también una vida o centro de energía, manifestándose por medio de sus cuerpos, y, además, que un planeta es asimismo el medio de expresión de un centro mayor de energía, y que de acuerdo a la Ley de analogía llegaremos a probar en el futuro que existe un Dios o Vida central detrás de la naturaleza material, y una Entidad que actúa conscientemente a través del sistema solar.

 

En la conferencia anterior consideramos otra fase de la manifestación. Estudiamos el átomo en sí, vimos cuando entra en relación con otros átomos, y que por mutua             cohe­rencia forman grupos o conglomerados de átomos; en otras palabras, lo consideramos como elemento constructor de las distintas formas de los reinos de la naturaleza, y observamos que en el proceso de evolución los átomos gravitan como electrones hacia puntos centrales, convirtiéndose a su vez en electrones. Así cada forma es un conglomerado de vidas menores.

 

Consideramos después sucintamente, los diferentes rei­nos de la naturaleza y trazamos el desarrollo del alma o siquis, en todos ellos. Ya habíamos dicho que el átomo posee inteligencia o poder de discernir y que en la construcción de las formas de los reinos mineral, vegetal y animal, apa­rece lo que entendemos por sensación, teniendo así los ru­dimentos de la emoción o sentimiento en embrión -reflejo del amor en el plano físico. Éste es un aspecto de la triple naturaleza de Dios, la inteligencia, manifestándose en el áto­mo; y por medio de la forma se manifiesta el amor o cuali­dad de atracción. Esto también puede explicarse como el re­conocimiento de que en estos dos aspectos de la vida divina central, existe la tercera persona de la Trinidad logoíca co­laborando con la segunda; tenemos también la actividad in­teligente de la divinidad o el aspecto Espíritu Santo, actuando en conexión con el segundo aspecto, el Hijo, constructor de las formas. La Biblia, en Prov. 8, expresa esto en forma interesante, donde la sabiduría clama en voz alta (la sabidu­ría representa al aspecto Crístico en el Antiguo Testamento), y después de señalar que Él era con Dios antes de la creación, dice: "... estableció los cimientos de la tierra, con Él estaba como maestro trabajador o constructor". Los estu­diosos harían bien en estudiar este capítulo en relación con las ideas expuestas, asegurándose de que la traducción sea exacta.

 

Vamos a considerar ahora el tema de la evolución del hombre, el pensador. Veremos que en el hombre interviene otro aspecto de la divinidad. Browning, en “Paracelsus”, abar­ca el tema en forma interesante, resumiéndolo de la manera siguiente:

 

"Él (Dios) mora en todo.

Desde el ínfimo comienzo de la vida hasta el fin,

el hombre -culminación de este esquema

del ser, la culminación de esta esfera

 de la vida; cuyos atributos han sido por doquier

diseminados en el mundo visible,

pudiendo ser combinados estos tenues fragmentos,

destinados a ser unidos en un todo maravilloso,

cualidades imperfectas en la creación,

que sugieren una criatura increada,

alguna etapa donde todos esos rayos diseminados

deberían converger en las facultades del hombre."

 

Por lo tanto, habiendo descubierto dos aspectos de la di­vinidad, en el átomo y en la forma, hallaremos la perfecta triplicidad en el hombre. Sabemos que el hombre está hecho a imagen de Dios, y por eso debemos verlo reflejarse en la triple naturaleza del Logos. Debe demostrar inteligencia, ex­presar amor y manifestar voluntad. Consideremos algunas definiciones del hombre en diccionarios y libros. El Standard Dictionary da una definición muy poco interesante: el hombre es "un individuo de la raza humana", y sigue una larga serie de sugestivas derivaciones de la palabra hombre, en diferentes idiomas, y concluye diciendo que muchas de ellas son improbables. A mi entender, la etimología más satisfac­toria es la que deriva de la palabra de raíz sánscrita "man", hombre, que significa "el que piensa". Annie Besant, en una de sus obras, da la siguiente definición excepcionalmente clara: "El hombre es el ser en que el supremo espíritu y la ínfima materia están vinculados por la inteligencia". Esta definición describe al hombre como el punto de convergencia de las tres líneas de evolución: el espíritu, la materia y el intelecto vinculador. Unifica el yo y el no-yo, mediante la re­lación entre ambos. Es el conocedor, lo conocido y el conoci­miento. ¿Cuál es, pues, el propósito del intelecto y del cono­cimiento? Con toda seguridad su propósito consiste en adap­tar la forma material a las necesidades y exigencias del es­píritu inmanente; permite al pensador que reside en el cuerpo, ser utilizado inteligentemente y para algún propósito definido; también que debe existir con el fin de que la central unidad energetizadora pueda controlar constructivamente su aspecto negativo. Todos somos entidades animadoras de una forma, que por medio de la inteligencia procuramos uti­lizarla para un especial propósito existente en la consciente voluntad del verdadero ser.

 

En un libro esotérico muy antiguo -tan antiguo que no es posible asegurar su fecha- hallamos una ilustradora de­finición del hombre, de acuerdo con el concepto que estamos explicando. Define al hombre como "la Vida y las vidas". Hemos visto que el átomo es una vida que se manifiesta por intermedio de una minúscula esfera, de la cual es el centro. Vimos también que toda forma mineral, vegetal y animal, es un conglomerado de vidas. Pasemos a la siguiente etapa de la gran escala de evolución, y hallaremos que el ser hu­mano es la lógica secuencia de estos precedentes desarrollos. Primeramente, la sustancia primordial que en esen­cia es energía inteligente; después la materia atómica, con toda su variada actividad, formando la combinación elemen­tal; luego la forma o conglomerado de átomos, hasta llegar al que mora en la forma, que no sólo es de activa inteligen­cia e inherente atracción y amor, sino también resuelta vo­luntad. El "morador interno" tomó posesión de la forma cuando ya tuvo cierto grado de preparación y las vidas com­ponentes habían alcanzado cierta capacidad vibratoria. Aho­ra la está utilizando y repite dentro de su propia esfera de influencia, la obra de un átomo de materia, aunque no se manifiesta de una manera ni dos, sino de tres. Por lo tanto, en el hombre tenemos realmente y en verdad, lo que el cris­tiano llama "imagen de Dios". Para todos los pensadores debe ser evidente que la única manera de conocer a Dios es por el estudio de Su naturaleza o Su cualidad síquica. Sabe­rnos que Dios es inteligencia, que es amor, o la gran fuerza atractiva del sistema solar y la enorme voluntad o propósito detrás de todo lo manifestado. Las Escrituras del mundo re­presentan a la Deidad bajo estos tres aspectos y Se manifies­ta triplemente en la naturaleza.

 

La evolución de la materia se desarrolla gradualmente, siendo a su vez complementada por la lenta acción de la in­terna cualidad subjetiva de la vida de Dios, cuya esencial na­turaleza queda así demostrada. Primeramente, tenemos un aspecto, luego otro y finalmente un tercero, teniendo así la maravillosa combinación y consumación, el ser humano, que sintetiza los tres aspectos y es la totalidad de los divinos atributos, aunque todavía muy embrionarios, y que debe re­petir en su ciclo evolutivo el idéntico proceso seguido por el átomo. Así como el átomo sigue su curso interno y                     posterior­mente debe ser atraído por otros átomos, para fusionarse y mezclarse y formar un grupo, análogamente el átomo hu­mano debe hallar el lugar que le corresponde dentro de una forma mayor.

 

Por consiguiente, consideremos brevemente el proceso evolutivo del ser humano. Hemos visto que en él convergen las tres líneas, que es un punto de síntesis, que aún predomina un aspecto, el de la inteligencia, y que el segundo aspec­to de amor-sabiduría recién está haciendo sentir su presencia, teniendo en embrión el aspecto Superior, la voluntad espiritual.

 

A casi todos se nos ha enseñado a creer en el concepto bíblico de "la caída del hombre", pero pocos son hoy los que creen en este relato tal como aparece en el tercer capitulo del Génesis, y para la mayoría es una interpretación alegórica. ¿Qué oculta verdad subyace en esa curiosa historia? Sencillamente, que la verdad acerca del descenso del espí­ritu en la materia, le es impartida a la infantil mentalidad del hombre por medio de un cuadro simbólico. La conver­gencia de las tres líneas supone un doble proceso. Por una parte, tenemos el descenso de la entidad, la vida central, a la materia, y la encarnación del espíritu; por otra, el ascenso fuera de la materia de esa vida o espíritu, más todo lo adqui­rido mediante la utilización de la forma. Experimentar la materia, morar en la forma, energetizar la sustancia, aban­donar el Jardín del Edén (donde no hay lugar para el nece­sario desenvolvimiento) y el deambular del Hijo Pródigo en un país lejano, constituyen las distintas etapas representadas en la Biblia cristiana, donde el hombre descubre que él no es la forma, sino la entidad que la utiliza. Es inteligencia y, por lo tanto, está hecho a imagen de la tercera Persona de la Trinidad; es amor, y en él se manifestará algún día per­fectamente el aspecto amor de la Deidad, y podrá exclamar con su hermano mayor el Cristo, en respuesta a la demanda: "Señor, muéstranos al Padre", y así "el que me ha visto a mí, ha visto al Padre", porque Dios es amor y, finalmente, por medio del hombre se manifestará el superior aspecto de la voluntad de Dios, y será entonces perfecto como perfecto es Su Padre en los cielos.

 

Así como en la evolución de la sus­tancia podemos ver tres etapas -la energía atómica, la co­herencia grupal y la eventual síntesis- las mismas etapas aparecen en la evolución del hombre. En las primeras etapas de la evolución humana, que podríamos llamar atómica, el hombre reconoce gradualmente que es una unidad auto­consciente, con individualidad propia. Quien ha educado niños, conoce bien esta etapa. En la constante repetición de "mío, mío, mío", puede observarse la etapa de apropiación para sí, sin pensar en los demás. Los niños son por naturale­za, sensata e inteligentemente egoístas. Es la etapa del gradual reconocimiento de la existencia separatista, y la cada vez más potente utilización, por el átomo humano, de su interna fuerza atómica. El niño se rebela contra la forzada vigilancia de quienes tratan de protegerlo, pues cree bastarse a sí mismo. Esto se observa en el individuo y en la raza.

 

A medida que la vida transcurre, el hombre pasa de la etapa atómica a otra superior y mejor, donde reconoce sus relaciones grupales, se da cuenta que tiene responsabilidades grupales y debe desempeñar funciones con otros átomos. Empieza a hacerse sentir la conciencia grupal. Así el átomo humano encuentra su lugar en el grupo, en la unidad mayor a que pertenece, y comienza el aspecto amor. El hombre ha pasado de la etapa atómica a la etapa de la coherencia grupal.

 

Posteriormente llega a la etapa en que se da cuenta de que no sólo tiene responsabilidades con el grupo, sino que existe algo mayor, tiene conciencia de que es parte de una gran vida universal, subyacente en todas las agrupaciones; que no es un átomo universal ni tan sólo parte de un grupo, sino que al sumergirse en el grupo sin perder su identidad, el grupo mismo debe fusionarse nuevamente con la conciencia de esa gran Identidad, la síntesis de todo. Así llega a la etapa final de la inteligente apreciación de la divina unidad.

 

Esta triple idea está sintetizada en la notable frase don­de Jehová le dice a Moisés, el hombre representativo: "Yo soy ese yo soy". Si dividimos en tres partes esta frase tendre­mos la idea de lo que he tratado de exponer hoy: primero, la conciencia atómica YO SOY; después el grupo, YO SOY ÉSE, la conciencia de que él no es una individualidad separada ni sólo una unidad autocentrada, tampoco una entidad auto-consciente, sino algo aún superior. Entonces el hombre al­canza ese reconocimiento que lo conducirá a sacrificar su identidad al servicio del grupo y a sumergir su conciencia en la del grupo. De esta consciente unión nada sabemos todavía. Esto ocurrirá cuando esa etapa superior del YO SOY ESE YO SOY no constituya un ideal imposible, un concepto visiona­rio, sino una realidad fundamental; cuando los hombres en conjunto se reconozcan como expresión de la vida universal, y la conciencia grupal misma se fusione con la conciencia de todo el conjunto de grupos.

 

Supongo y tengo la esperanza de que salimos rápida­mente de la etapa atómica y que nuestra esfera de influen­cia e interés no está limitada por un muro atómico, sino que nos estamos haciendo radiactivos, utilizando un término fa­miliar. Cuando así sea, no estaremos circunscritos ni limita­dos por nuestros propios cascarones ni por los estrechos con­fines de nuestra vida personal, contrariamente comenzare­mos a irradiar y hacer contacto con otros átomos, llegando así a la segunda etapa, la de atracción.

 

Por lo tanto, ¿cuál es la meta para cada uno de nos­otros? ¿Cuál la de estos diferentes átomos de los que nos ocu­pamos? Las antiguas Escrituras orientales dicen que la meta del átomo de la sustancia es la autoconsciencia. ¿Cuál es, por lo tanto, la meta del átomo humano que ya es autoconsciente, se ha individualizado y se guía a sí mismo por medio de su voluntad? ¿Qué tiene el hombre por delante? Sencilla­mente la expansión de su conciencia hasta incluir la conciencia de la excelsa Vida o Ser, en cuyo cuerpo es una cé­lula. Nuestro cuerpo físico está, por ejemplo, constituido por innumerables vidas menores o átomos, cada uno separado del otro, y caracterizado por su propia e inherente actividad, y cada uno forma una esfera, que contiene dentro de su periferia otras esferas menores o electrones.

 

Hemos visto que el hombre es la carga positiva, que mantiene a su multiplicidad de átomos o vidas menores energetizados y unidos en formas coherentes. Cuando en la muerte se retira el aspecto espíritu, la forma se desintegra y disuelve, y estas pequeñas vidas conscientes, habiendo cum­plido su función, se dispersan. La conciencia del átomo den­tro del cuerpo es muy distinta de la conciencia del hombre, y esto lo comprenderemos si reflexionamos un poco. Si acep­tamos que el hombre es una célula, en una esfera mayor, ¿no sería posible la existencia de una conciencia que fuera para el hombre lo que su conciencia es para las células de su cuerpo? ¿No sería posible que nuestra meta inmediata fuera obtener esa conciencia, en el mismo sentido en que el átomo de la sustancia tendrá que lograr algún día la conciencia de un ser humano? Sería esto lo que pensaba Brow­ning cuando dijo: "El género humano está constituido por cada uno de los hombres, y en dicha síntesis termina el re­lato". Nos presenta aquí el concepto de un hombre superior, síntesis o suma total de todas las unidades menores. Esta síntesis podría ser la gran Vida o Entidad planetaria que está detrás de nuestra manifestación planetaria y es la suma to­tal de la conciencia grupal. Sugiero que así como la autoconsciencia es la meta para todas las formas subhumanas de vida, y la conciencia grupal o la del Hombre Celestial es la meta del ser humano, así también existirá para él una me­ta, y la realización puede ser el desarrollo de la conciencia de Dios; de manera que él debe luchar para lograr el co­nocimiento que posee el Logos solar.

 

De este modo podemos ver la unidad de conciencia desde el más diminuto átomo hasta la Deidad misma, abrien­do ante nosotros una admirable perspectiva de posibilidades, pudiendo verse también la vida de Dios en Su triple y esen­cial manifestación, desarrollándose en una conciencia siem­pre en expansión, expresándose en el átomo de sustancia, ampliándose por medio de la forma, hasta llegar al punto culminante en el hombre y, luego, continuar su curso hasta manifestarse como la conciencia planetaria, suma total de todos los estados de conciencia en nuestro planeta Tierra, hasta llegar a la Vida fundamental y básica que sintetiza to­das las evoluciones planetarias, dentro de Su esfera mayor, el sistema solar. En resumen, tenemos cuatro estados de in­teligente actividad que podemos o denominar: conciencia, autoconsciencia, conciencia grupal y conciencia de Dios, que se manifiestan respectivamente mediante los cuatro tipos de átomo: primero, el átomo químico y todas las formas atómi­cas; segundo, el átomo humano; tercero, el átomo planetario, y, finalmente, el omniabarcante átomo solar. Animando a estas formas atómicas, podemos ver la manifestación de todos los tipos de vida subhumana, desde la vida del átomo de la sustancia, hasta la vida animadora de los animales su­periores; luego esa vida denominada humana, el hombre, el pensador; después el Hombre celestial, y, finalmente, la ex­celsa Vida del sistema solar, que los cristianos denominan Dios o Logos.

 

Browning expresa la idea de la gradual expansión de la conciencia de un ser humano hacia algo mayor y más vasto, con las palabras siguientes:

 

"Cuando la raza llegue a ser perfecta, es decir, como un hombre; todo lo dado al género humano, y hasta ahora producido por el hombre, habrá llegado a su fin; pero en el hombre íntegro se inicia nuevamente  una tendencia hacia Dios. Las predicciones auguraron el o acercamiento del Hombre; en el yo del hombre surgen augustas anticipaciones, símbolos, tipos de tenue esplendor siempre existentes en ese eterno Círculo perseguido por la vida.Los hombres comienzan a cruzar los límites de la naturaleza, descubriendo nuevas esperanzas y obligaciones, que rápidamente suplantan sus propias alegrías y pesares; llegan a ser demasiado grandes para los estrechos credos del mal y del bien, que se desvanecen ante la inmensurable sed de bien; en tanto surge de ellos la paz en forma creciente. Estos hombres se hallan ya en la tierra, serenos en medio de las criaturas semiformadas que

los rodean, que deberían ser salvadas por ellos y unirse a ellos".

 

 

 

 

LA EVOLUCIÓN DE LA CONCIENCIA

 

QUINTA CONFERENCIA

 

LA semana pasada analizamos en forma inadecuada la evo­lución del hombre, el pensador, el morador de los cuerpos, que los utiliza mediante el ciclo de evolución. Vimos que constituía el resumen de las evoluciones precedentes. En dos conferencias anteriores nos preparamos para el estudio de esa evolución, considerando primero la sustancia o materia atómica, antes de ser utilizada para construir la forma, o el diminuto átomo antes de ser incorporado a determinado vehículo. Después estudiamos la construcción de las formas, por medio de la gran ley de atracción que agrupa a los áto­mos, haciendo que se adhieran y vibren al unísono, produ­ciendo una forma o conglomerado de átomos. Reconocimos que en la sustancia atómica había un aspecto de la Deidad y de la fuerza central o energía del sistema solar, manifes­tándose como el aspecto inteligencia, y vimos manifiesta en el aspecto forma de la naturaleza otra cualidad de la Deidad, la de amor o atracción, fuerza cohesiva que mantiene la unidad de la forma. Después nos ocupamos del ser huma­no u hombre, y observamos que reúne los tres aspectos di­vinos, y lo reconocimos como la voluntad central, manifestándose mediante una forma compuesta de átomos, expre­sando las tres cualidades de Dios, inteligencia, amor-sabiduría y voluntad o poder.

 

Hoy nos apartaremos del aspecto ma­teria de la manifestación, tratado ya, y entraremos a con­siderar la conciencia de la forma. Notamos que el átomo puede considerarse como la Vida central manifestada por medio de la forma esferoidal, expresando la facultad mental; el átomo humano también puede ser considerado como una positiva vida central que utiliza una forma y denota las dis­tintas cualidades ya enumeradas; dijimos que si nuestra hi­pótesis sobre el átomo era correcta y si estábamos en lo cier­to al considerar al ser humano como un átomo, podríamos entonces aplicar este primer concepto al planeta y decir que en el átomo planetario reside una excelsa Vida manifestada a través de una forma, denotando cualidades específicas al llevar a cabo una meta específica; por último extendimos este concepto a la gran esfera del sistema solar y a la Deidad que mora en ella.

 

Ahora nos ocuparemos de la cuestión de la conciencia; estudiaremos brevemente el problema y la reacción de la vida en la forma. Si con esto les proporciono unas pocas ideas generales de acuerdo con lo dicho anteriormente, colocaré un ladrillo más sobre la estructura que trato de erigir.

 

La palabra conciencia deriva de dos palabras latinas: con, con, y scio, saber, y literalmente significa "aquello por lo cual conocemos". Los diccionarios definen la conciencia como "el estado de ser consciente" o la condición de percibir, la capacidad de responder a los estímulos, de reconocer con­tactos y el poder de sincronizar vibraciones. Estas frases pueden ser incluidas en cualquier definición de la conciencia, pero lo que quiero acentuar ahora es la que proporcio­na el Standard Dictionary, ya mencionado. Al pensador co­mún que consulta la mayoría de los textos que se ocupan del tema, le resultará confuso, porque fragmentan la conciencia y el estado de ser consciente en varias divisiones y subdivisio­nes hasta llegar a confundirlos. Sólo trataremos hoy tres tipos de conciencia, a saber: conciencia absoluta, conciencia universal y conciencia individual. De los tres, sólo dos pue­den definirse más o menos con claridad.

 

Para el pensador común es prácticamente imposible conocer la conciencia absoluta. Un autor la define como "la conciencia en que existe todo, tanto lo posible como lo actual" y concierne a todo lo que puede concebirse como que ocurrió, está ocurriendo u ocurrirá. Posiblemente, ésta es la conciencia absoluta, y desde el punto de vista humano es la conciencia de Dios, que contiene en sí el pasado, el presente y el futuro. Por lo tanto ¿qué es la conciencia universal? Podría definírsela como la conciencia que piensa en tiempo y espacio, conciencia con ideas de ubicación y suce­sión, involucradas en sí, o, en realidad, conciencia grupal, el grupo mismo formando una unidad mayor o menor. Fi­nalmente, la conciencia individual puede definirse como esa medida de conciencia universal, que la unidad separada puede alcanzar y concebir de sí misma.

 

Para comprender estas vagas expresiones de conciencia absoluta, conciencia universal y conciencia individual, será de ayuda si trato de ilustrarlas. Vimos en anteriores conferencias que el átomo debe ser considerado en el cuer­po humano como una minúscula entidad, una diminuta vida inteligente y una microscópica esfera activa. Tomemos ahora la pequeña célula como punto de partida y obtendre­mos por su intermedio algún concepto de lo que son estos tres tipos de conciencia, observándolos desde el punto de vista del átomo y del hombre. Para el pequeño átomo en el cuerpo del hombre, la conciencia individual sería su propia vida vibratoria, su interna actividad y todo cuanto específi­camente le concierne. Para la pequeña célula, la conciencia universal podría ser la conciencia de todo el cuerpo fí­sico, observándolo como la unidad que incorpora al átomo. Para el átomo, la conciencia absoluta sería la conciencia del hombre pensante que energetiza el cuerpo, lo cual re­sultaría para el átomo algo tan remoto, desde su propia vida interna, que le sería prácticamente inconcebible e incognos­cible; sin embargo arrastra, dentro de la línea de su volun­tad, a la forma y al átomo que está en la forma y a todo lo que ello concierne. Esto puede aplicarse al hombre, vién­dolo como un átomo o célula del cuerpo de una excelsa Entidad, de allí que podamos aplicar este concepto a tres tipos de conciencia. Sería inteligente descender y ocuparnos de cosas más prácticas que la conciencia absoluta.

         

La ciencia occidental va acercándose gradualmente a la conclusión de la filosofía esotérica de Oriente, que no sólo reconoce la conciencia en el hombre y en el animal, sino también en el vegetal y el mineral, y que la auto-conciencia debe considerarse como la consumación del evolutivo des­envolvimiento de la conciencia en los tres reinos inferiores. Quizás sea posible, en el breve tiempo que me queda, enca­rar ese estudio fascinador del desarrollo de la conciencia en los reinos animal y vegetal, y su aparición en el reino mi­neral, así descubriríamos que incluso los minerales mani­fiestan vestigios de conciencia y de reacción a los estímulos, que dan señales de fatiga y que es posible envenenar a un mineral y matarlo como se hace con un ser humano. La realidad de que las flores tienen conciencia se está aceptan­do rápidamente, y se publican artículos muy interesantes sobre la conciencia de las plantas, abriendo un amplio cam­po de reflexión. Hemos visto que respecto a la materia ató­mica, lo único que podemos afirmar con seguridad es que denota inteligencia, poder de seleccionar y discriminar. És­te es el rasgo predominante de la conciencia al manifes­tarse por medio del reino mineral. En el reino vegetal apa­rece otra cualidad, la de sensación o sensibilidad rudimen­tarias, que responden en forma distinta de la del mineral. En el reino animal, aparece una tercera reacción, el animal no sólo demuestra señales de sensación en acrecentado gra­do, análogamente a la respuesta del reino vegetal, sino que manifiesta señales de intelecto o mente embrionaria. El ins­tinto es una facultad que poseen todos los animales, y las palabras instinto e instigación, derivan de la misma raíz. Cuando el poder de instigación se inicia en la forma animal, es signo de que la mentalidad embrionaria comienza a ma­nifestarse. En estos reinos existen distintos grados y tipos de conciencia, mientras que en el hombre tenemos los primeros síntomas de la autoconsciencia, o la facultad con que el hombre se hace consciente de que es una entidad separada, el impulso inmanente en el cuerpo, que está en proceso de hacerse consciente a través de dicho cuerpo. Esto ha sido enseñado en Oriente a través de las épocas, y "la filosofía esotérica también enseña que todo vive y es consciente, pe­ro que no toda vida y conciencia es similar a la humana", y además hace resaltar que "existieron dilatados intervalos entre la conciencia del átomo y de la flor, la de la flor y el hombre, la de éste y Dios". Según dijo Browning: "En el hombre comienza nuevamente la tendencia hacia Dios". El hombre no es un Dios, sino un Dios en ciernes; está la­brando la imagen de Dios, y algún día la producirá a la perfección. Se esfuerza en manifestar la triple vida divina subjetiva, mediante la objetiva.

 

El método del desarrollo evolutivo de la conciencia de un ser humano es la repetición, en una vuelta más elevada de la espiral, de las dos etapas observadas en la evolución del átomo, la de la energía atómica y la de coherencia grupal. Actualmente podemos ver en el mundo a la familia humana en la etapa atómica, manifestación que conduce a una meta aún no lograda, la etapa grupal.

 

A quienes están interesados por la facultad de percep­ción y habitualmente observan lo que sucede a su alrededor, les resulta evidente los distintos grados de mentalidad que vemos en todas partes y los variados tipos de conciencia que existen entre los hombres. Conocemos individuos alertas, despiertos, que se dan cuenta de todo lo que sucede; agudamente conscientes, responden a los distintos tipos de co­rrientes mentales en los asuntos humanos; perciben contac­tos de todo tipo; otros individuos parecen estar dormidos, nada les interesa, totalmente inconscientes a los contactos, están todavía en la etapa de la inercia y son incapaces de responder a los estímulos externos, pues no se hallan men­talmente despiertos. También lo observamos en los niños; algunos responden rápidamente y otros en cambio parecen tontos. No es que realmente unos sean más estúpidos que otros, sino que, sencillamente, se debe a la etapa interna de evolución del niño, a que encarnaron con más frecuencia y a que se dedicaron durante períodos más prolongados a ser conscientes.

 

Consideremos ahora las etapas del átomo y de la forma, y veamos cómo se desarrolla la conciencia humana, teniendo en cuenta que en el átomo humano está acumulado todo lo adquirido en los tres reinos inferiores de la naturaleza, en las primeras etapas. El hombre es el beneficiario de ese vasto proceso evolutivo que quedó atrás. Comienza con lo adquiri­do, latente en él. Es autoconsciente y tiene ante si una meta definida, el logro de la conciencia grupal. El logro de la autoconsciencia constituye la meta para el átomo sustancia. La finalidad para el hombre consiste en adquirir mayor Conciencia y un campo más amplio.

 

La etapa atómica que estamos considerando es pecu­liarmente interesante, interesante porque en ella se halla la mayoría de la humanidad. Pasamos allí el indispensable        pe­ríodo de la autocentralización, ciclo en que el hombre se ocupa principalmente de sus propios asuntos, de lo que le interesa, y vive su propia vida interna vibratoria, intensa­mente. Durante un largo período y quizás también en la actual etapa (creo que nadie debe ofenderse si no ha alcan­zado la perfección ni la meta), somos intensamente egoístas, y sólo nos interesamos mentalmente de lo que sucede en el mundo y, probablemente, lo hacemos por compasión o des­agrado, o porque es común. A pesar de esta actitud mental, ponemos la atención en lo que atañe a nuestra vida indivi­dual. Estamos en la etapa atómica y somos intensamente ac­tivos respecto a nuestros problemas personales. Si observa­mos las multitudes en las calles de una gran ciudad populo­sa, veremos por todas partes personas en la etapa atómica, centradas en sí mismas, preocupadas únicamente en sus ne­gocios, procurando sus propios placeres, deseando sólo di­vertirse, e incidentalmente preocupadas en los asuntos que conciernen al grupo. Esta etapa es necesaria. y protectora, de esencial valor para cada ente de la familia humana. Su comprensión nos hará pacientes con nuestros hermanos que con tanta frecuencia nos provocan irritabilidad.

 

¿Cuáles son los dos factores por cuyo intermedio evolu­cionamos dentro y fuera de la etapa atómica? Durante muchos siglos, en Oriente, se ha considerado que el proceso de evolución es dual. Se le ha enseñado al hombre que él evo­luciona y llega a ser consciente, primeramente por medio de los cinco sentidos, después por el desarrollo de la facultad de discernimiento, conjuntamente con el desapasionamiento. En Occidente hemos dado importancia a los cinco sentidos, y no se ha enseñado el discernimiento, tan esencial. Si obser­vamos el desarrollo de un niño, advertiremos, por ejemplo, que primeramente desarrolla los cinco sentidos en ordenada secuencia. El primer sentido es el oído; oye algún ruido y mueve la cabeza. Después el tacto, y empieza a palpar con las manos. Le sigue la vista. No es que el niño no vea o nazca ciego como los gatos, sino que transcurren varias semanas an­tes de ver y reconocer conscientemente los objetos. La fa­cultad ha estado latente en espera de su realización. Así su­cede con las graduadas expansiones de conciencia y conoci­mientos que tiene ante sí el hombre. En estos tres principa­les sentidos: oído, tacto y vista, tenemos una interesante analogía y relación con la triple manifestación de la Deidad, el yo, el no-yo y la relación entre ambos. El yo oye y respon­de ocultamente a la vibración y se reconoce a sí mismo. Se hace consciente del no-yo y de su tangibilidad por medio del tacto, pero hasta actualizar la visión o consciente reconoci­miento, no se establece la relación entre ambos. El yo utiliza otros dos sentidos, el gusto y el olfato, al hacer sus contactos, pero no son tan esenciales como los tres primeros para desarrollar la percepción inteligente. Por medio de los cinco sentidos podemos efectuar cuantos contactos son posibles en el plano físico; por ellos aprendemos, crecemos, somos cons­cientes, nos desarrollamos, evolucionan los grandes instin­tos, constituyen los sentidos protectores, que no sólo nos permiten relacionarnos con nuestro medio ambiente, sino que nos protegen del mismo.

 

En consecuencia, habiendo llegado a ser inteligentes unidades por medio de los cinco sentidos, y expandido por su intermedio la conciencia, llegamos a un punto crítico donde aparece otro factor: el inteligente discernimiento. Aquí me refiero al discernimiento manifestado por la uni­dad autoconsciente, esa elección consciente evidenciada por ustedes y yo, que forzosamente utilizaremos cuando el po­der de la evolución nos impulse hacia el punto en que apren­deremos a diferenciar entre el yo y el no-yo, lo real y lo irreal, entre la vida dentro de la forma, y la forma que ésta utiliza, y entre el conocedor y lo conocido. He aquí la fina­lidad de la evolución, el logro de la conciencia del verdadero yo por medio del no-yo.

 

            Atravesamos un largo período o ciclo de muchas vidas donde nos identificamos con la forma y estamos tan unifi­cados con el no-yo que no vemos la diferencia, ocupándo­nos totalmente de las cosas transitorias y pasajeras. Esta identificación con el no-yo, trae dolores, insatisfacciones y sufrimientos en el mundo; sin embargo, debe recordarse que por medio de la reacción del yo sobre el no-yo, aprendemos inevitablemente y nos apartamos finalmente de lo imper­manente y lo irreal. Este ciclo de identificación con lo irreal va paralelo a la etapa de la conciencia individual. Así como el átomo de la sustancia debe abrirse camino hacia una for­ma y contribuir a vitalizar a una unidad mayor, también mediante la evolución de la conciencia, el átomo humano debe llegar a un punto en que reconozca su lugar en el Todo mayor, y cargar su responsabilidad en la actividad grupal. Tal es la etapa a la que se acercan muchos individuos de la familia humana. La gente comprende como nunca hasta ahora, la diferencia entre lo real y lo irreal, lo perecedero y lo permanente. Por medio del dolor y el sufrimiento, re­conoce que el no-yo es insuficiente, y busca externa e in­ternamente algo que satisfaga más adecuadamente sus necesidades. Muchos anhelan hoy conocerse a sí mismos, hallar el reino de Dios en su interior y, mediante la Ciencia Mental, el Nuevo Pensamiento y el estudio de la psicología, llegarán a ciertos conocimientos que serán de inestimable valor para la raza humana. Por lo tanto, hay indicios de que llega rápidamente la etapa de la forma y los hombres pasan del período atómico a algo infinitamente mejor y más grande. Comienza el hombre a sentir las vibraciones de esa ex­celsa Vida de cuyo cuerpo es un átomo; empieza en pequeña escala a responder conscientemente al magno llamado y a descubrir posibles canales mediante los cuales podrá com­prender a esa excelsa Vida que presiente, pero que no conoce aún. Si persiste en ello hallará al grupo al que pertenece, entonces cambiará su centro. Ya no estará limitado por su propio y pequeño muro atómico, sino que irá más allá, convirtiéndose a su vez, en parte consciente, inteligente y ac­tiva del Todo mayor.

 

¿Cómo se produce este cambio? La etapa atómica se desenvolvió por medio de los cinco sentidos y la aplicación de la facultad discernidora. La etapa en que el hombre     al­canza la comprensión grupal y llega a participar conscientemente de las actividades del grupo se logra de dos maneras: por medio de la meditación y por una serie de iniciaciones. Al emplear la palabra meditación no indico lo que generalmente se entiende por ella, un estado mental receptivo, ne­gativo o de trance. Existe un concepto erróneo sobre lo que es realmente la meditación, y se practica una pseudo meditación que hace poco fue verazmente descrita por alguien que dijo "cierro los ojos, abro la boca y espero que suceda algo". La verdadera meditación requiere intensa concentración mental, máximo control del pensamiento y una actitud equilibrada, que no es negativa ni positiva, sino un punto de equilibrio entre ambos extremos. Las Escrituras orientales describen, a quien practica la meditación para obtener re­sultados, con las siguientes palabras, cuya consideración proporcionará ayuda e iluminación: "El Maha Yogi, el gran asceta, en quien está centrada la máxima perfección de          austera penitencia y meditación abstracta, y por la cual alcan­za ilimitados poderes y obra milagros y prodigios, adquiere el supremo conocimiento espiritual y llega eventualmente a la Unión con el excelso espíritu del universo". Aquí se sos­tiene que la unión con la Vida grupal es resultado de la me­ditación y no puede lograrse de otra manera.

 

La verdadera meditación (cuyas etapas preliminares son la concentración y la dedicación en cualquier línea determinada de pensamiento) diferirá según el individuo y el tipo. El hombre religioso, el místico, enfocará su atención en la vida que reside en la forma, en Dios, en Cristo, o en lo que para él encarne su ideal. El comerciante, el profesional, que durante horas de trabajo se centraliza en su negocio y enfoca su atención en los problemas que debe resolver, aprende a meditar; posteriormente, cuando entra en el as­pecto espiritual de la meditación, descubrirá que ha recorri­do la parte más ardua del camino. Quien lee un libro difícil y se esfuerza con todo su poder mental en comprender el sentido de las palabras, medita hasta donde le es posible en ese momento. Digo esto para alentarlos, pues vivimos en una época en que hay muchos libros que se refieren a la medita­ción. Todos presentan algún aspecto de la verdad y pueden ser de ayuda, pero no contienen lo mejor para el individuo. Debemos descubrir nuestro propio método de concentración, cerciorarnos de cuál es nuestro método de acercarnos a lo interno y estudiar qué es la meditación.

 

Sería conveniente hacer aquí una advertencia. Debe desconfiarse de las escuelas y métodos que combinan la me­ditación con los ejercicios de respiración, enseñan diferentes posturas físicas y enfocan la atención en determinados ór­ganos o centros físicos. Quienes siguen estos métodos van ha­cia el fracaso y, además de los peligros físicos que entrañan y de los riesgos de locura y desórdenes nerviosos, se ocupan de la forma, que es una limitación, y no del espíritu, que es la vida. Por este camino nunca se llegará a la meta. Para la mayoría de nosotros la concentración intelectual, resultado del control de la mente y de la capacidad de pensar con cla­ridad y sólo sobre lo que queremos, debe preceder a la ver­dadera meditación, algo que muy pocos conocen. No me es posible explayarme sobre la verdadera meditación, la cual dará por resultado un definido cambio en la polarización, abriéndole al hombre un campo de experiencias hasta ahora insospechado, revelándole contactos que aún no conoce, y permitiéndole hallar el lugar que le corresponde en el grupo. Ya no estará recluido entre las paredes de su vida personal, comenzará a fusionar esa vida en la totalidad mayor. Ya no se ocupará de sus intereses egoístas, sino que atenderá los problemas del grupo. No empleará el tiempo en cultivar su propia identidad, sino que procurará comprender esa Identidad mayor de la cual es parte. En realidad, esto es lo que los hombres avanzados comienzan más o menos a hacer. Por poco que lo comprenda el hombre común, los grandes pensadores como Edison y otros, solucionaron sus problemas por medio de la meditación. Por la concentración reflexiva, la constante recapitulación y la intensa aplicación a la línea particular de pensamiento que les interesa, obtienen resultados, extraen de las reservas internas de inspiración y poder, y permiten que desciendan de los niveles superiores del pla­no mental, resultados benéficos para el grupo. Cuando hayamos efectuado cierta medida de trabajo en la meditación y cultivado el interés por el grupo y no el propio, cuando des­arrollemos un cuerpo físico fuerte y sano, y controlemos el cuerpo emocional, para que no nos arrastre el deseo, y el cuerpo mental sea nuestro instrumento y no nuestro amo, entonces conoceremos el verdadero significado de la meditación.

 

Cuando el hombre, por la meditación, ha establecido contacto con su grupo al cual pertenece, y es cada vez más consciente del grupo, entonces se halla en la etapa en que puede recibir una serie de iniciaciones, según se las denomina, que son simplemente expansiones de conciencia obtenidas con la ayuda de Quienes alcanzaron la meta, están identificados con el grupo y son parte consciente del cuerpo del Hombre celestial. Con la asistencia de estos Seres y su participación, el hombre despertará gradualmente al conocimiento que Ellos poseen.

 

Existe gran interés sobre el tema de la iniciación y se ha destacado mucho, quizá demasiado, su aspecto ceremonial. Conviene recordar que cada gran desenvolvimiento de la conciencia es una iniciación, y cada paso adelante en el camino de la percepción es también una iniciación. Cuando el átomo de sustancia entró a constituir parte de una forma, fue una iniciación para el átomo, conoció otro tipo de fuerza y se extendió su campo de contacto. Cuando la conciencia de los reinos vegetal y animal se fusionó y pasó del reino in­ferior al superior, constituyó una iniciación; cuando la conciencia del animal se expandió hacia la conciencia del hom­bre, tuvo lugar una iniciación aún mayor. Se entra en los cuatro reinos a través de una iniciación o expansión de conciencia. La familia humana tiene ante sí un quinto reino o espiritual, en el cual se ingresa mediante cierta iniciación, según se infiere de la lectura de El Nuevo Testamento. En todos estos casos la iniciación se logró con la ayuda de Quie­nes tienen conocimiento. De manera que en el esquema evo­lutivo no hay grandes separaciones entre un reino y otro, un estado de percepción y otro, sino un desarrollo gradual de conciencia, donde cada uno de nosotros desempeñamos y desempeñaremos nuestra parte. Si recordamos la universali­dad de la iniciación, obtendremos un proporcionado punto de vista. Cada vez que somos más conscientes de nuestro medio ambiente y aumenta nuestro contenido mental, es una iniciación en pequeña escala. Cada vez que nuestro horizon­te se dilata y pensamos y vemos con más amplitud, es una iniciación. En esto reside el valor de la vida y la magnitud de nuestra oportunidad.

 

Aquí deseo señalar que toda iniciación debe ser autoiniciada. Esa etapa final, donde recibimos ayuda definida de fuentes externas, no se debe a que los Grandes Seres ansían ayudarnos, llegar a nosotros y tratar de elevarnos; llega porque hemos realizado el trabajo nece­sario y nada puede evitar recibirla, pues nos corresponde por derecho. Quienes llegaron a la perfección, pueden y quieren ayudar, pero Sus manos están atadas si no hemos desempeñado nuestra parte en la tarea. Por lo tanto, nada de lo hecho se pierde para acrecentar nuestra utilidad en el mundo, mejorar nuestros cuerpos, adquirir dominio propio y equipar el cuerpo mental. Este ingreso en el cúmulo total traerá algún día una gran revelación; cada hora y cada día el esfuerzo acrecentará la oleada de energía que llevará al portal de la iniciación. El significado de iniciación es "en­trar en". Simplemente significa que iniciado es quien ha dado los primeros pasos hacia el reino espiritual y ha reci­bido la primera serie de revelaciones espirituales, cada una de las cuales es la clave de una revelación mayor.

 

 

 

 

LA META DE LA EVOLUCIÓN

 

SEXTA CONFERENCIA

 

No me inspira mucha confianza el título "La Meta de la Evolución", pues reconozco que únicamente puedo exponer algunas suposiciones forjadas en mi imaginación, debido a que la mente finita es incapaz de calibrar exactamente el plan de Dios. Sólo cabe estudiar la historia, investigar las condiciones actuales, conocer algo de las tendencias naturales y raciales y seguir lo más lógicamente posible los diversos pasos y etapas. Lo único que podemos hacer es co­menzar desde la sólida base de los hechos y conocimientos adquiridos, luego reunirlos y establecer sobre ellos una hi­pótesis respecto a lo que pueda ser la probable meta. No es posible ir más allá.

 

En charlas anteriores, sobre el tema de la evolución, como mencioné en la primera, nos ocupamos de conjeturas y posibilidades. Sabemos ciertas cosas y comprobamos verdades, pero las conclusiones de la ciencia, tan mencionadas y repetidas hace cuarenta años, ya no se consideran como hechos ni se emplean o promulgan tan drástica y enfáticamente como antes. La ciencia descubre que su conocimiento es muy relativo. Cuanto más capta y conoce el hombre, mayor es el horizonte que se abre ante él. Los científicos se están aventurando en los planos sutiles de la materia y, por lo tanto, en los reinos de lo no comprobado, y si recordamos, la ciencia había negado hasta ahora su existencia. Estamos trascendiendo la esfera de la llamada  materia sólida" y entrando en esos reinos que se infieren al hablar de los "centros de energía", de la "fuerza positiva y negativa", de los "fenómenos eléctricos", donde se resalta cada vez más la cualidad de la sustancia. Cuanto más adelante miramos, más amplias son nuestras conjeturas y tentativas; al tratar de justificar la telepatía, el psiquismo y otros fenómenos, más nos internamos en el reino de lo subjetivo y subconsciente, y nos vemos obligados a expresarnos en términos de cuali­dad o energía.

 

Si logramos explicar lo poco común, lo inexplicable, y cerciorarnos de la realidad de lo oculto, llegaremos a esta­blecer una condición casi paradójica, y gradualmente con­vertiremos lo subjetivo en lo objetivo.

 

El tópico que consideraré ahora nos afecta íntimamen­te, se refiere al logro, por el hombre, de esa conciencia grupal que es su meta, y las expansiones de la pequeña conciencia hasta llegar a la altura de esa conciencia superior que la circunda. Recordarán que al explicar la diferencia entre la autoconsciencia, la conciencia grupal y la conciencia de Dios, expuse el ejemplo de que en el pequeño átomo de sustancia del cuerpo físico -esa minúscula vida centrali­zada que contribuye a la constitución de la forma hu­mana- teníamos la analogía de la autoconsciencia del ser humano; que la vida del cuerpo físico, considerando cada uno de sus sectores como una totalidad, es para esa pequeña célula que se basta a sí misma, lo que la conciencia grupal es para nosotros; que la conciencia del verdadero hombre, la entidad animadora del cuerpo, es para ese átomo lo que la conciencia de Dios para nosotros, siendo tan lejana como inexplicable. Si ampliamos este concepto del átomo del cuerpo y su relación con el hombre, el pensador, hasta con­siderar al átomo humano como una unidad dentro del cuerpo mayor, comprenderemos la radical diferencia entre estos tres estados de conciencia.

 

Hay una analogía muy interesante entre la evolución del átomo y la del hombre (y supongo, por lo tanto, que también debe haberla respecto a la evolución de la Deidad planetaria y del Logos solar) en los dos métodos de desen­volvimiento. Vimos que el átomo tiene su propia vida atómica, y que cada átomo de sustancia del sistema solar, análogamente, es en sí un minúsculo sistema con un centro positivo o sol central, y los electrones o centros negativos, giran en sus órbitas a su alrededor. Tal es la vida interna del átomo, su aspecto autocentrado. Observamos también que se está estudiando el átomo bajo un nuevo aspecto, el de la radiactividad, y que en muchos casos se evidencia una activa radiación. Es imposible decir a dónde nos llevará este descubrimiento, porque el estudio de la sustancia radiactiva está todavía en su infancia y poco se sabe de ella. Muchas enseñanzas primitivas de la ciencia de la física han sido alteradas por el descubrimiento del radio, y cuanto más descubren los científicos, tanto más se evidencia (como ellos mismos se dan cuenta) que estamos en vísperas de grandes descubrimientos y de profundas revelaciones.

 

A medida que evoluciona y se desarrolla el ser humano, se observan dos etapas: la primitiva o etapa atómica, en la cual el hombre sólo se interesa por sí mismo y su propia esfera de actividad, donde la autocentralización es la ley de su ser. Es una etapa de la evolución necesariamente protec­tora. El hombre puramente egoísta se ocupa principalmente de sus cosas. En una etapa posterior, la conciencia del hom­bre comienza a expandirse, su interés trasciende la esfera personal y llega un período en que tantea en busca del grupo al cual pertenece. Esta etapa corresponde a la de radiactividad. Desde ese momento el hombre ya no es sólo una vida exclusivamente autocentrada, sino que empieza a afectar definitivamente su medio ambiente, aparta la aten­ción de su propia vida personal egoísta y busca su centro superior. De un simple átomo que es, se convierte en un electrón y queda bajo la influencia de la gran Vida central, la cual lo sujeta dentro de su esfera de influencia.

 

Si esto es así, etapas análogas transcurrieron en la vida de la Deidad planetaria, y quizás explique las vicisitudes y acontecimien­tos que ocurren en el planeta. Creemos que los asuntos del mundo se deben a la actividad humana. Se considera, por  ejemplo, la guerra mundial como resultado de errores y debilidades humanas. Quizás sea así, porque sin duda pu­dieron contribuir a su estallido las condiciones económicas y las ambiciones humanas; pero tal vez fue consecuencia del cumplimiento del propósito de esa gran Vida central, cuya conciencia aún no alcanzamos y que tiene Sus propios planes, propósitos e ideales, y probablemente también esté experimentando con la vida. En Su vasta escala y nivel elevado, este Espíritu planetario aprende a vivir, a estable­cer contacto y a expandir Su conciencia; en realidad va a la escuela como ustedes y yo. Lo mismo puede suceder en el sistema solar y con acontecimientos de tanta magnitud que escapan completamente a nuestra comprensión. Quizás, los acontecimientos del sistema solar deriven de que se están llevando a cabo los planes de la Deidad o Logos, esa Vida central, fuente energetizadora de todo cuanto existe en el sistema solar. Constituye una interesante línea de pensa­mientos, y no produce ningún daño el conjeturar si su efecto consiste en darnos una amplia visión, inspirar mayor tole­rancia o infundir un intenso e inteligente optimismo, no lo sé.

 

Habiendo visto que las dos etapas de actividad, atómica y radiactiva, caracterizan la evolución de todos los átomos del sistema solar, veamos ahora cuáles son los diferentes desenvolvimientos que parecen esperarse a medida que evoluciona la conciencia en el átomo humano. Concentremos la atención sobre este tipo humano de conciencia, porque es la evolución central de este sistema solar. Cuando los tres aspectos de la vida divina se unen -la vida o espíritu inmanente, la forma material o vehículo sustancial, y el factor actividad inteligente- se producen ciertos resultados específicos y el gradual desarrollo de determinado tipo de conciencia; la adquisición de  una cualidad síquica, el efecto de la vida subjetiva sobre la forma material; la utilización de la forma para fines específicos, y el logro de ciertas cua­lidades por la entidad que mora internamente. La verdadera naturaleza de la vida central, sea Dios u hombre, se mani­festará durante un ciclo de vida, solar o humano. Lo mismo sucede en el hombre y probablemente también en el Logos planetario y, por lo tanto, en el Logos solar.

 

Consideremos ahora los diferentes desenvolvimientos en relación con los cuatro tipos de átomos, el de la sustancia, el humano, el planetario y el cósmico. Uno de los primeros y más importantes desarrollos será la consciente respuesta a toda vibración y contacto, es decir, la capacidad de respon­der al no-yo en cada plano. Permítanme ilustrar. Podría reunir un auditorio de personas sin cultura y analfabetas y repetirles lo que he dicho hoy y no entenderían, pero podría darles una charla como la que di hace diez años sobre con­ceptos estrictamente evangélicos, y obtendría una rápida respuesta. No tiene aquí cabida lo bueno y lo malo, sino la diferencia de capacidad, las distintas categorías y tipos de hombres en las diversas etapas de evolución, para responder al contacto y la vibración. Significa sencillamente que cier­tas personas están en una etapa a la que puede llegarse me­diante un llamado emocional, en lo que se refiere a su propia salvación personal, pues están todavía en la primitiva etapa atómica. Existe otra etapa que incluye a esa, pero permite a la persona responder también a un llamado más intelectual, que proporciona cierto interés y satisfacción en charlas como éstas, y significa investigar cuestiones que conciernen al grupo. Ambas etapas son correctas.

 

Podemos considerar este asunto desde otro ángulo. Es muy posible conocer personajes, hombres y mujeres de ta­lento, sin que lleguen a impresionarnos, al pasar a su lado, ni reconocerlos, perdiendo así lo que podrían darnos. Esto sucedió en Palestina con el Cristo hace dos mil años. ¿Por qué? Porque no somos lo suficientemente talentosos para responder a ellos. Carecemos de algo, de manera que somos incapaces de comprender o sentir su particular vibración. He oído decir, y creo que es verdad, que si Cristo volviera a la Tierra y caminara entre los hombres como entonces, podría vivir con nosotros día tras día y no advertiríamos la diferencia entre Él y otras personas buenas y altruistas. Aún no hemos cultivado la capacidad de responder a lo divino que existe en nuestros hermanos. Sólo vemos lo malo y lo burdo, reconocemos principalmente sus fallos y somos aún insensibles hacia las personas más evolucionadas.

 

Otro desarrollo consistirá en poder actuar conscientemente en todos los niveles del ser. Ahora actuamos conscien­temente en el plano físico y pocos pueden hacer lo mismo en el siguiente nivel sutil, el astral (palabra que me desagrada, pues no imparte verdadero significado a nuestra mente) o plano emocional, donde el hombre está activo fuera del cuerpo físico, en las horas de sueño, e inmediatamente después de la muerte. Pocos seres humanos pueden actuar con la conciencia plenamente despierta en el nivel mental y menos aún en el espiritual. El objetivo de la evo­lución es que actuemos conscientemente con plena conti­nuidad de conocimiento en los planos físico, emocional y mental. Ésta es la gran realidad que alcanzaremos algún día. Entonces sabremos que hacemos cada hora del día, no sólo doce o catorce horas de las veinticuatro. Actualmente no sabemos dónde está nuestra verdadera entidad pensante mientras dormimos. Desconocemos sus actividades y las condiciones ambientales. Algún día utilizaremos y aplica­remos cada minuto del día.

 

Otro de los propósitos de la evolución tiene triple fina­lidad: coordinar el propósito o voluntad, el amor y la ener­gía. Esto aún no se ha hecho. Ahora desplegamos mucha energía inteligente, pero es rara la persona cuya vida está animada por un propósito central que cumple indesviablemente, animada e instigada por el amor que actúa me­diante la actividad inteligente. Sin embargo, llegará el momento en que habremos expandido nuestra conciencia en tal medida y estaremos tan activos internamente que seremos radiactivos. Entonces llevaremos a cabo un definido propósito, resultado del amor, y lograremos nuestro objetivo a través de la inteligencia. ¿No es esto lo que hace Dios? En nuestra actual etapa de desenvolvimiento somos, sin duda alguna, inteligentes, pero aún amamos muy poco. Algo de amor sentimos por nuestros amigos, conocidos y algo más por nuestra familia, pero prácticamente nada sabemos sobre amor grupal. No obstante, es verdad que hemos llegado a una etapa en la que podemos responder parcialmente cuando los grandes idealistas de la raza hablan del amor grupal y sentimos que es algo que quisiéramos ver realizado. Es bueno recordar que cuanto más reflexionamos sobre tales líneas definidamente altruistas, tanto más construiremos cosas de mayor valor y desarrollaremos lenta y laboriosamente los rudimentos de una verda­dera conciencia grupal, muy lejos aún de la mayoría de nosotros.

 

Existen otros desarrollos en el proceso evolutivo, de los cuales podría hablarse, pero tan distantes actualmente que prácticamente son inconcebibles, a no ser que poseamos un cerebro capaz de pensar en forma abstracta. Existe una etapa en que se trasciende el tiempo y el espacio, por ejem­plo cuando la conciencia del grupo en todo el planeta sea nuestra conciencia, y cuando resulte muy fácil establecer contacto con la conciencia de un amigo en la India, África o cualquier otra parte, como si estuviera aquí; la distancia y la separación no serán barreras para el intercambio. Sus síntomas pueden observarse en la capacidad con que algu­nas personas se comunican telepáticamente o practican la psicometría.

 

Aceptemos dedicar algunos momentos a visualizar esta meta distante e imaginarnos lo que realizará el Logos de aquí a millones de años, pero es de importancia más vital tener una idea de la etapa inmediata y comprender lo que podemos esperar, en conexión con el proceso evolutivo du­rante los próximos milenios. Consideremos esta idea. Sabemos que existen en el mundo tres corrientes principales de pensamiento, la científica, la religiosa y la filosófica. ¿En qué consisten? La línea científica de pensamiento incluye todo cuanto concierne a la materia, el aspecto sustancia de la manifestación. Se ocupa de la objetividad, lo material, tangible y visible, literalmente, de lo que puede ser comprobado. El pensamiento religioso concierne a la vida en la forma, al retorno del espíritu a su origen, a lo adquirido por medio de la forma y al aspecto subjetivo de la natura­leza. El orden filosófico atañe a lo que podríamos llamar utilización de la inteligencia por la vida inmanente, a fin de que la forma se adapte adecuadamente a sus necesidades. Consideremos a este respecto ciertos desarrollos que cabe esperar en el futuro inmediato, recordando que cuanto digo sobre el particular, son meras sugerencias y en modo alguno declaraciones dogmáticas.

 

Para la mayoría de los pensadores es evidente que ha­biendo comenzado la ciencia el estudio de la radiactividad, está al borde de descubrir la naturaleza del poder del átomo mismo; probablemente antes de mucho tiempo la energía de la materia atómica podrá ser controlada para todo propósito concebible, calefacción, iluminación y aquello que yo podría denominar la motivación de todo lo que se lleva a cabo en el mundo. Algunos sabemos que hace cincuenta años, un investigador llamado Keely, estuvo a punto de descubrir esa fuerza en Estados Unidos, pero no se le per­mitió dar su descubrimiento al mundo debido al peligro que implicaba. Los hombres son demasiado egoístas y no puede confiárseles la distribución de la energía atómica. Ese descubrimiento probablemente irá a la par del desarrollo de la conciencia grupal. Sólo cuando el hombre sea radiactivo y capaz de trabajar y pensar en términos grupales, podrá uti­lizar sin peligro el poder latente en el átomo. Todo en la naturaleza está bellamente coordinado y nada puede des­cubrirse ni utilizarse antes del momento oportuno. Sólo cuando él hombre sea altruista se le podrá confiar el formi­dable poder de la energía atómica. No obstante, creo que podemos esperar que la ciencia dé grandes pasos en la com­prensión de la energía atómica.

 

Paralelamente a su evolución, podemos esperar que el ser humano llegue a dominar el aire. Hay en el sistema solar un plano, esfera o nivel vibratorio, llamado en algunos libros esotéricos el plano intuitivo, y en la literatura orien­tal el plano búdico, cuyo símbolo es el aire. Así como el hombre comienza, mediante el desarrollo de la intuición, a penetrar en el plano búdico, también la ciencia ha empren­dido la conquista del aire, cuyo dominio será cada vez mayor a medida que el hombre vaya desarrollando la intui­ción.

 

Podemos esperar algo más (y ya se está reconociendo), y es el desarrollo de la capacidad de ver la materia sutil. En todas partes nacen niños que pueden ver más que ustedes y yo. Me refiero a algo que se basa estrictamente en el te­rreno material y concierne al ojo físico. Es la visión etérica, que consiste en ver la materia refinada del plano físico o éter. En California, estudiantes y científicos efectuaron tra­bajos interesantes. El doctor Frederick Finch Strong ha hecho un gran trabajo en este sentido y enseña que el ojo físico es capaz de ver etéricamente, y que su visión etérica es función normal del ojo. ¿Qué traerá el desarrollo de esta facultad? Hará que la ciencia rectifique definidamente su punto de vista respecto a los planos sutiles. Si en los próxi­mos cien años la visión normal del hombre percibe ciertos aspectos y formas de vida consideradas hoy imaginarias, se desvanecerá para siempre el burdo materialismo que nos ha caracterizado durante tanto tiempo. Si lo ahora invisible llega a verse, ¿quién puede decir hasta dónde será posible llegar en el transcurso del tiempo? Además, la evolución propende a la síntesis. Si descendemos a la materia y a la materialización, tenemos heterogeneidad; si ascendemos hacia el espíritu, llegamos a la unidad, de modo que en el mundo religioso podemos esperar la unidad. Existe hoy ma­yor tolerancia que hace cincuenta años, y se acerca rápidamente el momento en que la gran unidad fundamental de todas las religiones, de que cada credo es una parte necesaria de un gran todo, será reconocida por los hombres de todas partes, y en este reconocimiento tendremos la simplificación de la religión. Acentuaremos y utilizaremos las grandes realidades centrales y pasaremos por alto las pequeñas y mezquinas diferencias de organización y explicación.

 

Además, podemos esperar un interesante aconteci­miento, en conexión con la familia humana, pero ¿qué ocu­rrirá cuando la conciencia grupal se convierta ampliamente en un objetivo consciente del hombre? El ser humano en­trará en lo que el mundo religioso llama "el sendero". Entonces se controlará definidamente a sí mismo y procu­rará vivir la vida del espíritu, negándose a llevar una vida atómica autocentrada; buscará el lugar que le corresponde en el todo mayor, y lo descubrirá por medio del esfuerzo autoiniciado, para unificarse con ese grupo. Esto es lo que significa realmente las enseñanzas sobre el sendero, en las iglesias protestante, católica y budista, al que designan con los diversos nombres de Camino, el Noble Óctuple Sendero, el Sendero de Iluminación o de Santidad. Sin embargo, es el solo y único sendero, que brilla y brillará hasta el día perfecto.

 

Además, es de esperar el desarrollo del poder de pensar en forma abstracta y el despertar de la intuición. A medida que las grandes razas se han ido sucediendo en el planeta, hubo siempre un desenvolvimiento ordenado y dirigido de los poderes del alma y una secuencia definidamente plani­ficada. En la tercera raza raíz, la lemuriana, el aspecto físico del hombre llegó a una elevada etapa de perfección. Poste­riormente en la gran raza que precedió a la nuestra, la atlante, que pereció en el diluvio, se desarrolló la naturaleza emocional. En la raza aria o quinta, a que pertenecemos, debe desarrollarse la mente concreta o inferior, y lo estamos haciendo década tras década. Algunos individuos comienzan también a desarrollar el poder del pensar en términos abstractos.

 

Cuando esto suceda predominará cada vez más esa inte­resante y peculiar capacidad, evidenciada por algunas personas, denominada inspiración. No me refiero a la me­diumnidad ni a la facultad mediumnica. No existe nada tan peligroso como el significado común del término "mé­dium". El médium común es una persona negativa o de naturaleza receptiva, y por lo general tan superficialmente coordinada en su triple naturaleza, que una fuerza extraña puede utilizar su cerebro, sus manos o su cuerpo. Este fenó­meno es muy común. Las escrituras automáticas, las planchetas y las sesiones espiritistas de orden inferior abundan en estos días y llevan a miles de personas a la insania y a los trastornos nerviosos. La mediumnidad es la distorsión de la inspiración, y cuando la mente humana llega a la etapa evolutiva en que el hombre está consciente y positivamente controlado por su propio yo superior, el Dios interno, enton­ces puede recibir inspiración. El regidor interno, el verda­dero yo, puede controlar su cerebro físico por el contacto definido y permitir al hombre tomar decisiones y también comprender la verdad, independientemente de la facultad razonadora; este Dios interno le permite hablar, escribir y conocer la verdad sin valerse de la mente inferior; la verdad reside internamente. Cuando hagamos contacto con nuestro Dios interno, se nos revelará la verdad. Seremos conocedores. Esto es algo positivo, no algo negativo, y significa que nos ponemos en alineamiento directo y consciente con el yo superior o ego, sin permitir que se introduzca en la persona­lidad cualquier entidad o ánima pasajera.

 

Aunque en la actualidad esto ocurre a veces, no es fre­cuente que el hombre común se ponga en contacto con su yo superior, lo cual sucede sólo en los momentos de elevado esfuerzo, en las crisis de la vida y como resultado de una larga disciplina y ardua         meditación. Pero algún día regiremos nuestra vida, no desde el ángulo personal o egoísta, sino desde el Dios interno, que es revelación directa del Espíritu en el plano más elevado.

 

Por último, diré hoy que la meta que tenemos por de­lante cada uno de nosotros, es el desarrollo de los poderes del alma o de la siquis, lo cual significa que todos vamos a ser síquicos. Sin embargo, no empleo esta palabra en el sentido que se le da comúnmente. La siquis es literalmente el alma interna o yo superior, que surge del triple yo inferior como la mariposa de la crisálida. Es la hermosa realidad que lograremos como resultado de nuestra vida o vidas terrenas. Los verdaderos poderes psíquicos nos ponen en contacto con el grupo. Los poderes del cuerpo físico que diariamente empleamos nos ponen en contacto con individuos; pero cuando hayamos desarrollado los poderes del alma y des­plegado sus potencialidades, seremos verdaderos síquicos. Ahora bien, ¿cuáles son estos poderes? Sólo puedo enumerar algunos.

 

Uno de ellos es controlar conscientemente la materia. La mayoría de nosotros controla conscientemente el cuerpo físico, que obedece nuestros mandatos en el plano físico. Algunos controlamos conscientemente el cuerpo emocional, pero pocos, la mente. La mayoría estamos dominados por nuestros deseos y pensamientos. Pero se acerca el momento en que controlaremos conscientemente nuestra triple natu­raleza inferior. Entonces no existirá el tiempo para nosotros. Poseeremos continuidad de conciencia en los tres planos del ser -físico, emocional y mental-, que nos capacitará para vivir como el Logos en la metafísica abstracción del Eterno Ahora.

 

Otro poder del alma es la psicometría. ¿Qué es la psico­metría? Es la habilidad de tomar una cosa tangible que pertenece a un individuo y, por su intermedio, relacionarnos con él. La psicometría es la ley de asociación de ideas aplicada a la cualidad vibratoria de la fuerza a fin de obtener infor­mación.

 

La raza será también clariaudiente y clarividente, que significa la capacidad de oír y ver con claridad y exactitud en los planos sutiles como lo hacemos en el plano físico. Entraña el poder de oír y ver todo cuanto atañe al grupo, es decir, en la cuarta y quinta dimensiones. No estoy lo bas­tante versada en matemáticas para explicar estas dimensio­nes y me confundiría considerarlas, pero me fue dado un ejemplo que puede aclarar toda la cuestión. Un pensador sueco me explicó que:

 

"la cuarta dimensión es la facultad de ver a través y alrededor de una cosa. La quinta dimensión es la capacidad, por ejemplo, de tomar un ojo y por medio del ojo ponernos en relación con los demás ojos en el sistema solar. Ver en la sexta dimensión podría definirse como el poder de tomar un guijarro y por su intermedio ponerse en relación con todo el planeta. En la quinta dimensión, allí donde llevamos el ojo estamos limitados a determinada línea de manifestación, pero en la sexta dimensión, donde toma­mos un guijarro, nos ponemos en contacto con todo el pla­neta". Todo esto se halla muy lejos de nosotros, pero interesa hablar de ello, porque es una promesa para todos y cada uno.

 

No dispongo de tiempo para tratar los demás poderes ni puedo enumerarlos, entre ellos está incluida la curación por el tacto, la manipulación de fluidos magnéticos y la creación consciente por medio del color y el sonido. Todo cuanto realmente nos concierne. Por ahora es conocernos debidamente y procurar cada vez más que el regidor inter­no nos controle, lleguemos a ser radiactivos y desarrollemos la conciencia grupal.

 

 

 

 

LA EVOLUCIÓN CÓSMICA

 

SÉPTIMA CONFERENCIA

 

ALGUIEN puede considerar ridículo dar una conferencia sobre la Evolución Cósmica, porque, como es lógico, yo ni ninguna mortal sabe algo sobre este tema y, en consecuen­cia, somos incapaces de explayamos sobre él. Sin embargo, hay ciertas deducciones que podemos extraer de acuerdo a la ley de analogía, que podrán conducirnos a interesantes regiones del pensamiento.

 

     Durante varias semanas consideramos la evolución del átomo, etapa tras etapa, hasta incluir el entero sistema solar en el término átomo. Estudiamos, primeramente, en líneas generales, el átomo de sustancia, después el átomo humano y luego aplicamos lo que conocemos sobre ambos a una esfera mayor, átomo o planeta, denominado átomo planeta­rio; extendiendo la idea hasta el átomo del sistema solar, dijimos que tiene su lugar dentro de un todo mayor.

 

Estudiamos tres métodos de evolución o desarrollo, en conexión con este tema. Consideramos los aspectos que evo­lucionaron por medio de esos átomos, sus cualidades o natu­raleza síquica y vimos que en el átomo de sustancia la única cualidad síquica que podíamos atribuirle era la inteligencia. Pasamos después a las formas atómicas subhumanas y vimos que las formas en los reinos mineral y vegetal, manifestaban otra cualidad de la deidad, sensación, sensibilidad, amor embrionario y emoción. También descubrimos que en el reino animal comenzaba a manifestarse una tercera cuali­dad, la mente rudimentaria, y al llegar al átomo humano teníamos la expresión de tres aspectos, inteligencia, amor y una voluntad central. Extendimos este concepto al planeta y al sistema solar, y hallamos que por medio de la forma del sistema solar actúa una excelsa Inteligencia o Mente, utili­zada para demostrar otra cualidad, Amor o Sabiduría, y que energetizaba todo mediante una gran VOLUNTAD. De ello deducimos que esa voluntad podía ser la manifestación de una Entidad que anima a todo el sistema solar, desde el ínfimo átomo de sustancia hasta la gran Vida que energetiza al sistema planetario.

 

Sentados estos fundamentos, pasamos a considerar la evolución de la vida consciente en la forma atómica, y vimos que en cada átomo evolucionaba conscien­temente un tipo superior de conciencia, y que la conciencia humana se distingue de las otras formas inferiores en que es autoconsciente; que el hombre es una inteligente volun­tad que ejecuta conscientemente cada acción, y se da cuenta de lo que lo rodea, actuando en definida línea de actividad con un particular objetivo. La autoconsciencia del hombre conduce a algo más elevado, a la conciencia del gran Espíritu planetario, que puede describirse mejor como conciencia grupal. A medida que avanza la evolución, el hombre pasará de la etapa de la autoconsciencia en que nos hallamos ahora, ustedes y yo, al conocimiento de lo que significamos por conciencia grupal, algo prácticamente desconocido, excepto como un hermoso ideal, un sueño que se materiali­zará en un lejano futuro. La conciencia grupal conducirá lógicamente a lo que a falta de mejor término, llamamos conciencia de Dios, aunque desapruebo el empleo de la pala­bra Dios debido a que ocasiona muchas discusiones entre los distintos pensadores de la familia humana. Estas diferencias se fundan mayormente en las distintas fraseologías y tér­minos que se emplean para expresar ideas fundamentales y los varios métodos de organización. Cuando el científico habla de fuerza o energía, el cristiano de Dios y el hinduísta emplea términos análogos a 'yo soy ese yo soy', o el yo, todos se refieren a la misma Vida una, y pierden el tiempo en el intento de demostrar el error ajeno y la exactitud de su pro­pia interpretación.

 

Vimos después, en términos generales, que la evolución atómica podía dividirse en dos etapas: una, la atómica; la otra, a falta de mejor término, la radiactiva. La etapa ató­mica es ésa donde el átomo vive su vida autocentrada, pre­ocupándose totalmente de su propia evolución y del efecto producido por sus contactos. A medida que prosigue la evo­lución, se evidencia que el átomo comienza a reaccionar a una vida mayor fuera de sí mismo y tenemos aquí un período análogo al de la construcción de formas, donde los átomos de sustancia son atraídos por una mayor carga de energía o fuerza eléctrica positiva, si desean llamarla así, que los absorbe o atrae y construye una forma con ellos, que a su vez se convierten en electrones. Vimos que en nuestro caso y en el de toda unidad autoconsciente, se sigue el mismo procedimiento y que posemos una vida central que man­tiene dentro de la esfera de su influencia a los átomos que constituyen los distintos cuerpos, físico, emocional y men­tal; también que nos manifestamos, nos movemos y vivimos nuestra vida, desarrollamos nuestros propósitos, atrayendo hacia sí átomos de sustancia adecuados a nuestra necesidad para poder así realizar los necesarios contactos. Estos átomos son, para nosotros, la vida central, lo que los electro­nes para la carga central positiva en el átomo de sustancia. Después comprendimos que si esto es verdad, es decir, si existe una etapa autocentrada o período estrictamente atómico para el átomo y para el átomo humano, entonces se podría decir lo mismo del átomo del planeta, habitado por su Vida central espiritual. De allí entramos en el campo de las conjeturas y consideramos que todo lo que transcurre en el planeta se debe a la condición autocentrada de la Entidad que lleva a cabo su propósito por medio del planeta. Finalmente introducimos la misma idea en conexión con el sistema solar.

 

Pasamos luego a considerar la segunda etapa, la radiac­tiva, que los científicos están estudiando desde hace veinte años en conexión con el átomo químico y físico, y vimos una condición análoga en la evolución del átomo humano, pero precedida por un período paralelo al de la etapa atómica, donde el hombre es puramente egoísta, totalmente autocentrado y no le interesa el bienestar del grupo del cual forma parte. Esta etapa previa es muy evidente hoy en el mundo. Un gran porcentaje de la familia humana se halla en la etapa atómica, pero recordemos que es una etapa pro­tectora y necesaria; por ella pasa toda unidad humana du­rante el proceso de descubrir su lugar en el grupo, permitiéndole desarrollar algo que dé valor a ese grupo cuando entre en la segunda etapa.

 

También hay en el mundo unidades humanas que están pasando a la segunda etapa y llegando a ser radiactivas y magnéticas, influyen a otras formas y van siendo    conscientes del grupo. Salen de la etapa del "yo soy" y entran en el conocimiento de "yo soy ése"; comienzan a conocer la vida y propósito de la excelsa Entidad de cuyo cuerpo son parte; se dan cuenta del propósito detrás de la vida del Espíritu planetario el impulso subjetivo, subyacente en la manifes­tación objetiva de la tierra. Empiezan a colaborar con Sus planes, a trabajar por el mejoramiento de su grupo, y la diferencia entre ellos y los otros átomos de la familia hu­mana es que ahora son conscientes del grupo, poseen perspectivas más amplias, reconocimiento grupal y un propósito mayor. Al mismo tiempo, no pierden su autoconsciencia ni su identidad individual, y mantienen su propia vida esfe­roidal, pero no aplican a sus propios planes la fuerza y la energía que afluye a través de ellos, sino en la inteligente colaboración con la excelsa Vida de la cual forman parte. Dichos hombres son pocos y vienen de vez en cuando, pero cuando sean más numerosos, entonces podremos esperar un cambio en las  condiciones del mundo, y también la llegada de ese momento de que habla San Pablo, cuando dice: "No deberá haber desavenencia en el cuerpo, sino que los miem­bros deben cuidarse mutuamente. Si un miembro padece, todos sufren con él, y si un miembro es honrado, todos se regocijan con él... El mismo Dios actúa en todos. Hay diversidad de dones, pero el mismo espíritu; hay diversidad de ministerios o servicios, pero el mismo Señor". Cuando todos seamos conscientes del grupo, entonces lo seremos del propósito subyacente en la manifestación, en nuestro planeta; cuando seamos conscientemente activos y apliquemos nuestra energía en llevar a cabo los planes del grupo, enton­ces llegará lo que los cristianos llaman el "milenio".

 

Ahora bien, si tenemos en la evolución del átomo de la sustancia y en el humano, ambas etapas, y si son la base de todo futuro desarrollo, entonces dentro del átomo plane­tario tendremos las mismas dos etapas, aquella en que la Vida planetaria lleva a cabo Sus propios planes, y otra donde colabora con los planes superiores de la Vida que anima al sistema solar. Como aún no puedo entrevistar al Espíritu planetario, no puedo decir si colabora con los propósitos del Logos solar, pero podemos tener una idea general del pro­pósito, estudiando la evolución de la raza y el desarrollo de los grandes planes internacionales en el planeta. También debe recordarse que aunque los seres humanos nos conside­ramos como la manifestación más elevada en el planeta, puede haber otras evoluciones, a través de las cuales pudiera estar actuando la Vida central y de la cual muy poco sabe­mos. No sólo debemos estudiar al hombre, sino también la evolución angélica o dévica, como la llama el hinduista. Esto nos abre un dilatado campo de estudio y reflexión.

 

En el sistema solar esperamos hallar además análogas etapas, y probablemente la gran Vida que anima el entero sistema solar, esa gran Entidad que utiliza al sistema solar para llevar a cabo un definido propósito, lo energetiza por medio de estos grandes centros de fuerza que llamamos átomos planetarios, que a su vez actúan por medio de centros menores o grupos, haciendo descender su energía a través de los grupos de átomos humanos, a los distintos reinos de la naturaleza, y así al minúsculo átomo de sustancia que refleja a su vez todo el sistema solar. Si meditamos sobre esta cuestión de la vida atómica, resulta muy interesante y nos introduce en múltiples conjeturas. Uno de los puntos más interesantes que nos ofrece es la íntima correlación, la estrecha interacción de los diversos átomos y la omnipene­trante unidad que finalmente debemos reconocer. Si hemos descubierto que en la evolución de los átomos de todo tipo llega una etapa en que palpan y buscan su lugar en el grupo, y de positivos se convierten en negativos, en lo que respecta a una vida mayor, si es verdad que en estas manifestaciones de conciencia hay una etapa autoconsciente y otra de conciencia grupal, ¿no sería lógico y posible, después de todo, que nuestro sistema solar sea sólo un átomo dentro de un todo mayor? ¿No habrá para nuestro sistema solar y Logos solar, una vida central más grande hacia la cual el espíritu animador, dentro de la esfera solar, sea gradualmente atraí­do y a cuya conciencia aspira nuestra deidad? ¿Se observan en alguna parte, indicios de esta fuerza atractiva o meta? ¿Hay mayores esferas de vida solares fuera de nuestro siste­ma, que producen un definido efecto sobre él? Todo esto puede ser una mera conjetura, pero ofrece puntos interesan­tes. Si consultamos los tratados de astronomía para averi­guar si lo afirman los astrónomos, hallaremos muchas opi­niones contradictorias. Unos dicen que en las Pléyades hay un punto central en cuyo torno gira nuestro sistema plane­tario, y otros declaran que el punto de atracción magnética está en la constelación de Hércules, y por otra parte otros lo contradicen rotundamente. Algunos astrónomos hablan de "deslizamientos de estrellas" y dicen que van hacia una dirección específica, mientras otros arguyen que en distan­cias tan vastas no es posible determinar si ciertos sistemas siguen o no una órbita definida.

 

Sin embargo, si consultamos los antiguos libros mitoló­gicos, podremos definir el mito como algo que oculta una gran verdad, hasta comprenderla, y si estudiamos los antiguos libros de Oriente, hallaremos que todos aluden a dos o tres constelaciones que poseen una relación íntima y pecu­liar con nuestro sistema solar. Respecto a esto los modernos astrónomos mantienen una actitud agnóstica, que corresponde al punto de vista de la ciencia materialista. Lo que trato de acentuar es que un tópico sobre el cual están divi­didos y discuten los astrónomos, y que sin embargo exponen tan claramente los libros orientales, debe basarse en la reali­dad científica y en que probablemente hay algo de verdad en tal afirmación. Mi sugerencia personal sobre este aspecto de la verdad no reside en la interpretación física, sino en la Conciencia; que la evolución síquica se está llevando a cabo en el átomo (empleando la palabra síquica en sentido de conciencia sub­jetiva), puesto que está insinuada en dichos libros, subra­yando la oculta relación que tenemos con otros sistemas solares. Quizás aquí encontremos la verdad. La vida subjetiva puede ser una, la energía que fluye entre ellas también puede ser una; pero en las formas físicas reside la diversidad. Quizás en la evolución de la inteligencia, en la manifestación del amor, o conciencia grupal, y en el desarrollo de la voluntad, o propósito, reside la unidad, la unicidad de la vida subjetiva y el eventual reconocimiento de que sólo en la forma existe separación y diferenciación.

 

    Al considerar este asunto, los libros orientales dicen que las siete estrellas de la Osa Mayor, las siete estrellas de las Pléyades y el sol Sirio, están en íntima relación con nuestro sistema solar y tienen estrecha relación psicomagné­tica con nuestro Logos solar.

 

    Hemos visto que la meta para el átomo de la sustancia es la autoconsciencia, y que para la entidad que está evolu­cionando a través de un planeta, la meta puede ser la conciencia de Dios. Pero, lógicamente, al considerar al Logos solar fallan las palabras; sin embargo, para Él también debe haber una meta, que bien podríamos denominar Conciencia Absoluta. Daré un ejemplo: se dice que nuestro cuerpo está constituido por multitud de pequeñas vidas, células o áto­mos, poseyendo cada uno su propia conciencia individual o autoconsciencia. La conciencia del cuerpo físico, considerado en conjunto, podría ser, desde el punto de vista del átomo, como su conciencia grupal. Después tenemos la conciencia del hombre, el pensador, que energetiza al cuerpo, lo maneja a voluntad, y es para el átomo de su cuerpo, análogamente a lo que denominamos conciencia de Dios. Nuestro conocimiento autoconsciente se halla tan lejos del átomo, como la conciencia del Logos solar está de la nuestra. Para el átomo del cuerpo humano, esa conciencia del Logos solar, ¿no podría ser la denominada Conciencia Absoluta? Esta idea puede extenderse al átomo humano y al átomo plane­tario, de modo que el Logos solar tiende a una conciencia más allá de la propia, análoga a la que se extiende entre nuestro átomo y el de Él. Aquí se nos abre una maravillosa perspectiva sumamente alentadora, porque si estudiamos la célula del cuerpo físico y consideramos la enorme distancia recorrida entre su conciencia y la humana, tenemos la pro­mesa y la esperanza de una futura realización y el incentivo para perseverar en nuestro esfuerzo.

 

Los antiguos libros de Oriente han mantenido en secre­to durante largos siglos muchas verdades que hoy empiezan a introducirse en la conciencia del occidental. Enseñaron hace miles de años la radiactividad de la materia, y quizás después de todo puede haber el mismo fondo de verdad en su enseñanza sobre las constelaciones. Acaso en las estrellas que vemos en el lejano firmamento, y en la vida que en ellas evoluciona, esté la meta de nuestro Logos solar, y las in­fluencias que afluyen hacia él, lo atraen y a su debido tiem­po lo hacen radiactivo. Los libros orientales dicen que en el sol Sirio está la fuente de la sabiduría y que de allí emana la influencia o energía del amor. También dicen que hay una constelación que está más estrechamente vinculada a nues­tro Logos solar, debido a que Éste no ha evolucionado bas­tante para responder completamente a Sirio, pero puede responder a la influencia de las siete hermanas, las Pléya­des, que es una interesante constelación. Si consultamos en un diccionario la palabra "electricidad", hallaremos que se refiere etimológicamente a la estrella Electra, una de las siete hermanas, que para algunos es la Pléyade perdida. Los instructores orientales dicen que en el misterio de la elec­tricidad está oculto todo conocimiento, y que cuando lo sondemos, conoceremos todo lo conocible. No es posible decir qué relación existe entre las Pléyades y nuestro sistema solar; pero la Biblia cristiana reconoce tal relación, pues Job habla de la "dulce influencia de las Pléyades", y alguna de las Escrituras orientales afirman que la conexión reside en el sonido o vibración. Quizás las Pléyades son la fuente de la vida atómica de nuestro Logos, el activo aspecto inteli­gente, el primero que se desarrolló y al que podríamos llamar materia eléctrica.

 

    Tenemos luego la Osa Mayor. Mucho de interés dicen los escritos orientales acerca de la relación entre las Pléya­des y la Osa Mayor. Se dice que las siete hermanas son las siete esposas de las siete estrellas de la Osa Mayor. ¿Qué ver­dad encubre esta leyenda? Si las Pléyades son la fuente de la manifestación eléctrica, el activo aspecto inteligente del sistema solar y la energía que anima a toda materia, pueden representar el aspecto negativo, cuyo polo opuesto o positivo serían sus siete esposos, las siete estrellas de la Osa Mayor. Quizás la unión de ambas constelaciones engendró nuestro sistema solar. Acaso estos dos tipos de energía, el de las Pléyades y el de la Osa Mayor, al unirse en su conjunción, produzcan y sigan produciendo el surgimiento en los cielos de lo que llamamos nuestro sistema solar.

 

     La relación de ambas constelaciones o más bien su rela­ción subjetiva, debe tener una base real, pues de lo contrario no la insinuarían las diversas mitologías. Debe haber algo que las relaciona entre las miríadas de constelaciones, con nuestro sistema solar. Pero nos extraviamos cuando trata­mos de aplicarla en forma puramente física. En cambio, si la definimos en líneas de la vida subjetiva y la conectamos con la energía, cualidad o fuerza, probablemente tropece­mos con la verdad y descubramos algo de la realidad subyacente en lo que a primera vista parece una disparatada fábula. Todo cuanto dilate nuestro horizonte y nos permita ampliar la visión y obtener una clara perspectiva de lo que sucede en el proceso evolutivo, será muy valioso, no por lo que valga la acumulación de hechos comprobados, sino por lo que permite acrecentar dentro de nosotros mismos, acre­centar nuestra capacidad de pensar en términos más am­plios, ver más allá de nuestro autocentrado punto de vista e incluir en nuestra conciencia aspectos diferentes del nues­tro. Al hacerlo desarrollamos la conciencia grupal y llega­mos eventualmente a comprender que los hechos aparentemente maravillosos por los cuales luchamos y morimos, en el transcurso de los siglos, y destacamos como toda verdad, fueron, después de todo, simples fragmentos de un plan y porciones infinitesimales de la gigantesca suma total. Quizás cuando volvamos de nuevo a la tierra y podamos mirar las cosas que tanto nos interesan ahora y tan importantes nos parecen, descubramos cuán erróneos eran los hechos tal como los captamos entonces. Después de todo, los hechos no tienen importancia; no la tienen ahora los hechos del último siglo, y en el próximo siglo los científicos se reirán de nues­tras aseveraciones dogmáticas y se admirarán de cómo observábamos la materia. Lo importante en realidad es el desarrollo de la vida y su relación con lo que la circunda, y aún mayormente el efecto que producimos con quienes estamos asociados y el trabajo que realizamos, que afecta para bien o mal, al grupo al cual pertenecemos.

 

    Al cerrar esta serie de conferencias no puedo hacer nada mejor que citar las palabras de San Pablo: "Porque tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente, no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse... porque somos salvados por la esperanza... por lo cual estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni principados, ni potestades, ni lo presente ni lo por venir, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna cosa creada, nos podrá separar del amor de Dios..."

 

 

 

 

 

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2004